Preguntas para la mesa de Shabat: Lej Lejá
Un cuadernillo de estudio para imprimir: una pregunta por página, la respuesta del Rav, su fuente y una enseñanza para debatir en familia.
En esta segunda parte, el Rav Raphaël Benizri lee la guerra de los cuatro reyes como el espejo de una historia que vuelve a representarse en cada época: Avram no desencadenó este conflicto, pero se convierte en su actor principal, porque lo que está en juego es la soberanía de D-os sobre la historia de los hombres.
La clase parte de una cuestión de método: ¿por qué la Torá relata la vida de los Patriarcas, y por qué la volvemos a leer cada año? Para el Rav, el libro de Bereshit es el espejo de la historia, la del pueblo judío y la de toda la humanidad. La guerra del capítulo 14 es un ejemplo de ello: las naciones se disputan el monopolio de la historia, y Avram se ve envuelto en ella a pesar suyo.
A partir de ahí, el Rav sigue varios hilos: Nimrod y la idea de un poder humano que prescinde del Creador; los cuatro reinos del exilio y sus ecos dentro del propio pueblo judío; Lot como falsa identidad de Avram; Sedom y su justicia sin amor; y, por último, el rechazo del botín y el diezmo entregado a Malki-Tsedek.
Lo que enseña esta clase
La historia de los Patriarcas no sucedió una sola vez. El Rav comienza por la repetición de las parashiot: cada año retoma una perspectiva sobre la historia de Israel en medio de las naciones. Los Patriarcas son individualidades que marcaron un tramo de la historia cuyas repercusiones siguen siendo de una actualidad candente. La historia de Avram se rehace y se revive en cada época, y lo mismo las de Itzjak, Yaakov y Yosef. El libro de Bereshit se llama Libro de la Rectitud, pero el Rav propone traducirlo como el espejo de la historia, no solo del pueblo judío, sino de la humanidad entera. No somos más que Avram, Itzjak, Yaakov, Yosef y las tribus, y sin embargo toda la historia de la humanidad parece girar en torno a nosotros. El Rav plantea la pregunta: ¿somos conscientes de esta participación en la historia, o se nos impone, más allá de nuestro compromiso voluntario? El recorrido de los Patriarcas nos interpela precisamente porque a veces tenemos la impresión de ser los actores de la historia, mientras que ciertos acontecimientos escapan a nuestro dominio y nos implican a pesar nuestro. Una historia que no quisimos, pero que nos fue impuesta, obliga a asumir la propia responsabilidad y a reivindicarla.
No es Avram quien desencadena la guerra. Se trata de la primera guerra después de dos mil años de historia de la humanidad, y de la primera en la que Avram se ve implicado. No es él quien moviliza a sus discípulos contra las demás naciones: son las naciones las que se disputan el monopolio de la historia y quieren imprimirle su ideología, su visión, sus creencias. Avram solo entra en ella de manera indirecta. Pero decidió llegar hasta el final y no doblegarse ante la corriente que quería aislar la vida espiritual de la vida nacional y económica, y construir una torre y una ciudad que no fueran gobernadas por ninguna fuerza exterior, sino solo por el hombre.
Nimrod sabe que hay un Creador, y aun así reclama el poder. Para el Rav, el cabecilla de esta ideología es Nimrod. Es consciente de que el mundo obedece a una conciencia suprema, pero considera que no es ella la que debe tener las llaves de la historia: el hombre debe tomar su destino en sus manos y forjarlo por sí mismo. Es la cuestión, todavía actual, de la separación entre la religión y el Estado. Tal vez sería posible, dice el Rav, si no hubiera acontecimientos que superan nuestras previsiones y desbaratan nuestros planes, y en primer lugar las guerras. En esta carrera por el poder y la realeza, sería necesario que se reconociera la soberanía del Creador del universo.
No hay realeza sin libre albedrío. Eso es Maljut Shamáyim, el Reinado de los Cielos: reconducir hacia D-os todo el proyecto de la creación, dejando al hombre el poder de elegir ser su colaborador o, el Cielo no lo permita, su impugnador. Una realeza solo se confirma por la elección del pueblo; el libre albedrío es, pues, también el poder de impugnar el reinado de D-os. Nimrod, que había manipulado a toda la sociedad de su época, supo servirse de ello.
La primera vestidura del hombre era una pantalla que había que volver transparente. Después del pecado de Adam, D-os hizo para el hombre túnicas de piel: una vestidura opaca que crea una pantalla entre la criatura y su Creador. Pero, como decía Rabí Meír, esas túnicas debían convertirse en túnicas de luz: había que trabajar esa pantalla hasta que se volviera transparente como el cielo. Desgraciadamente, el hombre usó su libre albedrío para afirmarse frente a sí mismo y frente a la sociedad, aun siendo consciente de sus límites y de los agujeros negros de su propia vida.
La guerra contra los cuatro reyes tiene un carácter mesiánico, porque nos pone frente a los cuatro exilios. Babel nos condena al exilio y no nos reconoce existencia. Luego viene la voluntad de suprimirnos físicamente de la escena de la historia: es la historia de Amán, es la historia de Amalek. Yaván, Grecia, reconoce que hemos aportado algo a la historia y se nutre de ello, pero quiere suprimir su raíz. El último es la suma de todo: nos niega el derecho a una tierra y a una existencia como descendientes de Avram, impugna nuestro patrimonio y quiere sustituirlo por otra cosa.
Estas corrientes se encuentran dentro del pueblo judío. El Rav vuelve la pregunta hacia nosotros. Están aquellos para quienes la tierra nacional es algo accesorio, que hacen la apología de la vida en el exilio; aquellos para quienes afirmarse como judío se convierte en algo que habría que borrar, sustituido por una nacionalidad a secas; y, por último, aquellos a quienes no les interesan la historia del pueblo judío, su legado y su patrimonio. Cita entonces una idea que califica de maravillosa: los cuatro hijos de la Hagadá de Pésaj corresponden a estos cuatro reyes que combaten a Avram.
El número cuatro atraviesa las festividades. Se encuentra en Pésaj en las cuatro expresiones de la liberación, en Shavuot en los cuatro modos de lectura de la Torá —literal, alusivo, místico…—, y en las cuatro especies, que representan las cuatro tendencias dentro de la colectividad. El Rav concluye que el mesianismo, objeto de esta guerra, se juega tanto dentro del pueblo judío como fuera de él: entre los discípulos de Avram y entre quienes se desvincularon de él.
Avram es aquel que se recrea. En apariencia, cuatro reyes libran una guerra para someter a otros cinco reyes; en realidad, forman una liga contra la existencia misma de Avram. El Rav lee el versículo «Estas son las generaciones de los cielos y de la tierra, behibaream» no como «cuando fueron creados», sino como una creación de sí mismo: Avram se rehace. Lo arrojaron al horno ardiente, y puede volver a la vida desde sus cenizas y rehacer la historia, porque su poder no está en la espada, sino en la palabra y el lenguaje.
La torre y la ciudad de Babel tenían su verdadero modelo. La generación de la Torre de Babel quiso construir una ciudad y una torre. El Rav les contrapone la Ciudad de David y la Torre de David: el Santuario, que establece la unión entre el cielo y la tierra, entre el espíritu y el cuerpo, y que afirma que el cuerpo es uno con todos sus componentes. Si estos niveles funcionan por separado, es la catástrofe. Hay que reunir las cosas, como el río que sale del Edén, en un mismo impulso y un mismo movimiento de pensamiento, y realizar su unidad.
Lot es una falsa identidad de Avram. Se le parece, pero ya ha establecido límites y separaciones. Y también nosotros corremos el riesgo de ser una identidad falseada de Avram cada vez que nos limitamos a un aspecto de las cosas y olvidamos verlas en su conjunto y en su unidad, tanto en nuestra manera de vivir como en nuestra manera de comportarnos. Por ahí pueden atacar las naciones. El cristianismo, dice el Rav, es un aspecto amputado del cuerpo del pensamiento judío; lo mismo ocurre con cada religión, que toma una corriente del judaísmo, pone el acento en ella y relega el resto a un segundo plano. Es el mesianismo abortado. Porque el mesianismo pasa por etapas, en el plano personal y en el colectivo, y hay que dejar de pensar en un mesías que vendría de fuera: somos nosotros quienes lo hacemos venir. Para ello, incluso cuando las manos son las de Esav, es necesario que la voz sea la de Yaakov: la voz del estudio, de la oración, de la comunicación entre todos los componentes, para que brote un canto del conjunto.
Nos tienen como rehenes, y no solo físicamente. No se trata de reducir todas las corrientes a una sola, sino de someter todas las ideologías y todas las corrientes de pensamiento a la soberanía del Cielo. Eso es lo propio de la única guerra que libró Avram: recuperar a los rehenes. Nos tienen como rehenes intelectual y espiritualmente, porque hemos perdido la facilidad de comunicarnos con quienes formaban un solo cuerpo con nosotros y que, poco a poco, tomaron distancia hasta alejarse hasta Sedom.
La elección de Lot no es casual: Sedom reclama la justicia sin el amor. Sedom quiere que cada hombre se realice por sí mismo, desarrolle sus propias facultades y no viva a expensas del otro; quien quisiera vivir de la caridad no tiene lugar allí: hay que trabajar a toda costa y alimentarse del fruto del propio trabajo. Es un sistema, pero llevado hasta el extremo choca con la realidad: en cierto momento se pierde la capacidad de trabajar, no todo el mundo tiene las mismas facultades, y cada uno dependerá siempre de la sociedad o de sus propios hijos. Es necesario que el amor intervenga en la justicia.
La justicia de Sedom también es una cautiva. Si Avram intercede por Sedom, es porque la considera defendible: puede haber justos en ella, con tal de que se abran ventanas aquí y allá. Pero cuando uno se cierra a la vida y ya no quiere moverse, acaba en el otro extremo del amor: el amor incestuoso que llevó a las hijas de Lot a querer engendrar con su padre en un estado de semiconsciencia. Eso es lo que sucede, dice el Rav, cada vez que el mesianismo pierde su propia consistencia.
Nada de lo que sucede en el mundo nos es ajeno. Recomponer el cuerpo y librar el combate por esa recomposición es una obligación. Los reyes se enfrentan entre sí, pero Avram se convierte en el actor principal, porque estamos directa e indirectamente implicados en todos los avatares de la humanidad. Replegarse tras fronteras únicamente nacionales, únicamente espirituales o únicamente intelectuales es condenar al pueblo judío a una persecución permanente, en un exilio que pasa de una etapa a otra y obliga a cada generación a recrearse.
De este combate no hay nada que esperar, y Avram dice que no. Quieren darle regalos y un reconocimiento; él se niega, hasta el hilo y la correa de sandalia. No se le puede exigir esto a todo el mundo: hay quienes se sirven de la fe para mejorar su situación o responder a una necesidad, y eso es un favor que se puede pedir, pero no puede fundar una realidad propia. D-os, por Su parte, dio un mundo y un Jardín del Edén, como un padre dispuesto a darlo todo a su hijo: un mundo fundado en la bondad en todos los niveles, sin nada a cambio.
«Y le dio el diezmo de todo»: ¿quién dio a quién? Frente a Malki-Tsedek, los comentaristas se preguntan quién dio el diezmo; algunos responden que fue Avram. No lo hace para afirmarse frente a los demás, sino para servir a la soberanía de D-os y enseñar al mundo a proclamar Su Nombre y a asociarlo al destino de Su creación. Ese es el mesianismo de este capítulo, que se presenta en distintos niveles con las mismas características, hasta la promesa de dar a las naciones un lenguaje claro, para que todos llamen por el mismo Nombre y reconozcan el reino de D-os.
Transcripción completa de la clase
La repetición de las parashiot, las secciones semanales de la Torá, corresponde a retomar una perspectiva sobre la historia del hombre en cuanto Israel, y de Israel en el conjunto de las naciones. La Torá nos ha presentado la historia de los Patriarcas: individualidades que marcaron con su vida un tramo importante de la historia, cuyas repercusiones, a largo plazo, son de una actualidad candente. Es decir, la historia de Avraham no sucedió una sola vez: se rehace, se revive a lo largo de nuestras épocas, en nuestro propio siglo. Lo mismo la historia de Itzjak, la historia de Yaakov, la de Yosef. Todo el libro de Bereshit se llama Séfer HaYashar, el Libro de la Rectitud; pero en realidad hay que traducirlo como el espejo de la historia, no solo del pueblo judío, sino de la humanidad entera.
Porque ¿qué somos, en realidad, en la historia de la humanidad? Somos Avraham, somos Itzjak, somos Yaakov, somos Yosef, somos los shevatim, las tribus, y nada más que eso. Y sin embargo, parecería que toda la historia de la humanidad gira en torno a nuestra propia realidad. Y uno se pregunta: ¿somos nosotros mismos, en definitiva, conscientes de esta participación en la historia, o bien se nos impone, de un modo que rebasa incluso el marco de nuestro compromiso voluntario con ella? Por eso todo el recorrido de los Patriarcas en el seno de la humanidad, en sus primeros balbuceos, nos interpela. Nos interpela porque a veces tenemos la impresión de que somos nosotros los actores de esta historia.
Pero, en definitiva, hay acontecimientos que escapan realmente a nuestro dominio, que son independientes de nuestra voluntad, y que hacen que, a pesar nuestro, nos veamos implicados en una historia que no quisimos; y precisamente porque nos fue impuesta, nos vimos obligados a asumir nuestra responsabilidad en ella y a reivindicarla después como propia. Me explico. Estamos analizando el capítulo de la guerra: la primera guerra después de dos mil años de historia de la humanidad, la primera guerra en la que Avraham se ve implicado. En realidad, no es él quien desencadena la guerra; no es él quien moviliza a sus seguidores, a sus discípulos, a sus soldados para hacer la guerra a las demás naciones. No: son las naciones las que se disputan entre sí el monopolio de la historia de la humanidad, las que quieren realmente imprimir a esa historia un rumbo según su ideología, su visión, sus creencias; y, de manera indirecta, Avraham se ve mezclado en ella.
Así, Avraham decidió llevar su pensamiento hasta el final y no doblegarse ante la corriente que despuntaba entonces en el seno de la humanidad, y que consistía realmente en aislar la vida espiritual de la vida material, de la vida nacional, de la vida económica; en lograr que hubiera un migdal vaír, una torre y una ciudad, que no fueran gobernadas en absoluto por una fuerza exterior, sino que fueran obra del hombre. Esta es una constante en la historia de la humanidad: naciones que se disputan los imperios y que quieren imprimir a su historia su propia manera de ver las cosas, con independencia de toda creencia religiosa —«no hay que mezclar, hay que separar la religión y el Estado»—. Y el autor, el cabecilla de esta ideología, es Nimrod.
Nimrod, como su nombre lo indica, es consciente de que hay un Creador, de que este mundo, tal como fue concebido, obedece a una conciencia, a una suprema conciencia universal; pero no es ella, según él, la que debe tener las llaves de la historia de la humanidad. El hombre debe tomar su destino en sus manos y forjarlo por sí mismo. Son nociones que todavía hoy nos plantean la pregunta: ¿hay que separar verdaderamente la religión del Estado? ¿Es posible? Realmente habría sido posible si no hubiera acontecimientos que superan nuestras previsiones y que a veces desbaratan todos nuestros planes. Cuando se trata de guerras, […] parecería que alguien tira de los hilos de un lado y del otro, y nosotros estamos en medio de esta situación. En esta carrera por el poder, por la realeza, por el dominio del destino de la humanidad, sería necesario que se reconociera la soberanía del Creador del universo.
Eso es Maljut Shamáyim, el Reinado de los Cielos. El Reinado de los Cielos es aquel que reconduce hacia sí todo el proyecto de la creación tal como fue concebido, pero que dejó en manos del hombre el poder de elegir: ser el colaborador del Reinado de los Cielos o, jas veshalom (el Cielo no lo permita), su impugnador. Por eso digo que Nimrod, que había manipulado a toda la sociedad de su época, era consciente de esta presencia divina que gobierna el mundo; y, a pesar de todo, reclama el poder, su propio poder. Ustedes saben que no hay realeza confirmada si no hay una elección del pueblo, si no hay libre albedrío. Así pues, el libre albedrío es precisamente la capacidad de impugnar el reinado de D-os; y esa capacidad, el Santo, bendito sea, la dejó en manos del hombre.
Nimrod supo servirse de ello. Para eso se valió de la primera vestidura que el hombre hizo —que D-os hizo para el hombre— después del pecado de Adam: kotnot or, túnicas de piel, escrito con áyin. Es una túnica opaca, una túnica que crea, por así decirlo, una pantalla entre el hombre, criatura de D-os, y el Creador. Pero debía llegar a cierta transparencia, a ser kotnot or con álef, túnicas de luz, como decía Rabí Meír. Había que trabajar esa pantalla de modo que se volviera transparente como un rakía, como el cielo. Pero el hombre, desgraciadamente, usa este libre albedrío más bien para afirmarse: frente a sí mismo, frente a la sociedad, y más aún frente a nosotros. Sabe que es incapaz de gobernarlo todo; sabe que hay agujeros negros en su propia vida; es consciente de sus límites, y a pesar de ello…
Ahora bien, atención: esto no es solo una cuestión entre el pueblo judío y las naciones; es una cuestión dentro del propio pueblo de Israel. Escuchen lo que se enseña […] sobre la guerra librada por Avraham contra los cuatro reyes, que, como hemos visto, tendría un carácter mesiánico. ¿Por qué? Porque nos pone frente a pueblos que nos niegan. Babel nos condena al exilio: no tenemos derecho a ser. Luego tenemos que hacer frente a Persia —el Irán de aquella época—, que no nos reconoce existencia alguna: hay que suprimirnos totalmente de la escena de la historia, físicamente. Es la historia de Amán, la historia de Amalek. Luego tienen a Yaván: hemos dejado huellas en esta historia, hemos aportado a ella algo de lo que ellos mismos se nutren, pero hay que suprimir la raíz; ese es el caso de Yaván, de Grecia. Y por último Edom, que es la suma de todo: es Edom quien nos niega el derecho a una tierra, el derecho a nuestra existencia como judíos, como descendientes de Avraham; impugna nuestro patrimonio y quiere sustituirlo por otra cosa. Ahora díganme: ¿no se encuentran en cierta medida estas tres corrientes incluso dentro del cuerpo mismo del pueblo judío?
Están aquellos para quienes, en definitiva, la idea de una tierra nacional es algo accesorio: la suya es la apología misma del exilio, de la vida en el exilio. Para otros, afirmarse como judío se ha convertido también en algo que quizá habría que tratar de borrar, sustituyéndolo por una nacionalidad a secas. Otros hacen caso omiso de la historia del pueblo judío: de lo que ha dado, de su legado, de su patrimonio. Desgraciadamente, hay muchas personas a las que esto no les interesa en absoluto. Sobre esto, el Likutéi Moharán dijo algo maravilloso. Ustedes conocen a los cuatro hijos de la Hagadá de Pésaj: son estos mismos cuatro reyes que combaten a Avraham. Itzjak es el hijo sabio, Ishmael es el hijo malvado, el hijo simple es Yaakov, y Esav es el que no sabe preguntar.
Los encuentran también en el despliegue cuádruple de las festividades, porque en cada gran festividad aparece el número cuatro. Están las cuatro copas de la Hagadá de Pésaj, las cuatro etapas de la liberación. En Shavuot están los cuatro modos de lectura y de interpretación de la Torá: puedes adoptar una lectura literal, una alusiva, una mística. Y en Sucot tienes las cuatro especies, que representan las cuatro tendencias dentro de la propia sociedad. Lo que esto quiere decir es que el mesianismo —que es, en cierto modo, el objeto de esta guerra— es una guerra tanto dentro del pueblo judío como fuera de él: dentro, entre los discípulos de Avraham, y también con quienes, como Lot, se desvincularon de él. Surge entonces la pregunta: ¿de qué guerra se trata? Aquí hay cuatro reyes que hacen la guerra a cinco reyes a los que pretenden someter. Pero estos cuatro reyes, en sí mismos, constituyen una liga dirigida contra la existencia misma de Avraham como tal. Pero Avraham: behibaream. «Éle toldot hashamáyim vehaárets behibaream», «Estas son las generaciones de los cielos y de la tierra cuando fueron creados» (Bereshit 2:4).
¿Qué quiere decir behibaream? «Estas son las generaciones de los cielos y de la tierra, behibaream»: ¿en el momento de la creación? No. Quiere decir: creándose a sí mismos, dándose el ser a sí mismos. Avraham es alguien que se recrea, que se rehace. Lo arrojan al horno ardiente; puede volver a la vida, renacer de sus cenizas y rehacer una vez más la historia, porque el poder que posee no está en el arma —«veal jarbejá tijyé», «de tu espada vivirás» (Bereshit 27:40)—. No es la espada. No: está en la palabra, en el lenguaje. En el plano del lenguaje: la generación de la Torre de Babel quiso construir una ciudad y una torre. Y la ciudad, se ha dicho, es la Ir David, la Ciudad de David.
Y la torre, el migdal, es el migdal de «kemigdal David tzavaréj», «tu cuello es como la torre de David» (Cantar de los Cantares 4:4). La torre, atención, es el Santuario, que establece la unión entre el cielo y la tierra, entre el espíritu y el cuerpo; entre el cielo y la tierra. Es él quien permite, por así decirlo, este paso, y quien hace posible establecer que el cuerpo es uno, con todos sus cuatro componentes. Cuatro componentes: […]. La yejidá y la jayá son algo que va más allá. Pero si dejamos que estos cuatro niveles funcionen por separado, es la catástrofe. Entonces ya no hay «venahar yotsé meÉden», «un río salía del Edén» (Bereshit 2:10) […] dentro de nosotros.
Ya no hay ese río que sale del Edén. Ya no hay esa luz que… Hay que saber reunir las cosas en un mismo impulso, en un mismo movimiento de pensamiento; realizar su unidad. Y no lo hacemos. Y ese es el problema de Lot. Desde luego, corremos el riesgo de ser una identidad falseada de Avraham. Lot es una falsa identidad de Avraham: se le parece, pero ya ha establecido límites, separaciones. Y esto es también el aislamiento que se puede practicar en muchos niveles, en nuestra manera de vivir, en nuestra manera de comportarnos: cuando nos limitamos a un aspecto de las cosas y olvidamos verlo todo en su conjunto, en su unidad.
Entonces las naciones pueden atacar eso. Porque ¿qué es el cristianismo? Es un aspecto que se amputó del cuerpo del pensamiento judío. Lo mismo ocurre con cada una de las religiones: toman una corriente del propio judaísmo y ponen sobre ella un acento particular que relega, por así decirlo, a un segundo plano todo lo demás. Es el mesianismo abortado. Porque el mesianismo se despliega en diferentes etapas, en el plano personal y en el plano colectivo. ¡Basta de pensar en un mesías que vendrá de fuera! Al Mesías lo traemos nosotros mismos, lo hacemos venir. Pero para hacerlo venir hay que aprender a usar […]. Incluso cuando «hayadáyim yedé Esav», cuando las manos son las manos de Esav, hace falta que una voz se una a la otra voz: «hakol kol Yaakov», que la voz sea la voz de Yaakov (Bereshit 27:22): la voz del estudio, la voz de la oración, la voz de la comunicación entre todos los componentes […], de modo que brote del conjunto una shirá, un canto.
No se trata de reducir todas las fuerzas, o todas las corrientes, a una sola corriente. Se trata del vasallaje de todas las ideologías, de todas las corrientes de pensamiento, a Maljut Shamáyim, la soberanía del Cielo, la soberanía de D-os. Eso es lo propio de la única guerra que libró Avraham: recuperar a los rehenes, los rehenes que habían sido capturados. Sí, nos tienen como rehenes, y no solo físicamente: nos tienen como rehenes intelectualmente, nos tienen como rehenes espiritualmente, […] porque hemos perdido la facilidad de comunicarnos con todos aquellos que formaban un solo cuerpo con nosotros y que, poco a poco, tomaron distancia, alejándose hasta llegar al punto de Sedom. La elección de Lot no es casual. Porque Sedom es codiciada: está a favor de la justicia, de que cada hombre se realice por sí mismo y desarrolle sus propias facultades, de que no viva a expensas del otro; si pretende vivir de la caridad, no hay lugar para él. Hay que trabajar a toda costa y alimentarse del fruto del propio trabajo. Es un sistema. Pero, a fuerza de llevar el razonamiento hasta el extremo, uno acaba encontrándose a su vez frente a necesidades imperiosas, porque en cierto momento perdemos nuestra capacidad de trabajar, perdemos nuestra capacidad de realizar nuestra vida. No todo el mundo tiene las mismas facultades, y por mucho que uno quiera asegurar su futuro, siempre dependerá, o de la sociedad, o de sus propios hijos.
[…] y que el amor intervenga en la justicia. Pero la justicia de Sedom es también un shevi, un cautiverio: también ella es un rehén. Porque consideramos: sí, pero si Avraham intercede por Sedom, es porque considera que Sedom es defendible: puede haber tsadikim, justos, en Sedom; puede haber tsadikim. Bien, con tal de que se abran ventanas aquí y allá. Pero cuando uno se cierra a la vida y no quiere moverse, entonces acaba en el otro extremo del amor; y el otro extremo del amor es el amor incestuoso, que llevó efectivamente a las hijas de Lot a querer engendrar con su padre en un estado de semiconsciencia o de inconsciencia total. Eso es lo que sucede cada vez que el mesianismo pierde su propia consistencia.
Así pues, recomponer el conjunto y librar el combate por su recomposición es también algo a lo que el Santo, bendito sea, nos ha obligado. Porque Avraham se encuentra en esta guerra aunque sean los reyes quienes se enfrentan entre sí, y al final se convierte en su actor principal. El actor principal, porque nada de lo que sucede en el mundo es ajeno al destino del pueblo judío. Hay que metérselo en la cabeza: estamos directa e indirectamente implicados en todos los avatares de la humanidad. Limitarse al silencio, querer replegarse tras fronteras únicamente nacionales, o únicamente espirituales, o únicamente intelectuales, es condenar al pueblo judío a una persecución permanente, en un exilio que pasa de una etapa a otra y que obliga a las nuevas generaciones a redimensionarse, a recrearse, a regenerarse.
Este es el tema […] de este capítulo 15: al fin y al cabo, del combate que libró no hay nada que esperar. No hay nada que esperar. Quieren darle regalos, quieren darle un reconocimiento a Avraham, y Avraham dice que no. Ciertamente, no se le puede exigir esto a todo el mundo. ¿Qué es lo que se quiere? Hay personas que se sirven de la fe para mejorar su situación, para responder a tal necesidad o a tal otra. Eso puede ser un favor que se pide; no puede fundar una realidad propia. Él dio, dio y dio: dio un mundo, dio un Jardín del Edén, como da un padre, dispuesto a darlo todo a su hijo.
Un mundo que se funda en dar la bondad en todos los niveles, sin nada a cambio. «Im mijut vead serój naal», «ni un hilo ni una correa de sandalia» (Bereshit 14:23). […] «El Elyón koné shamáyim vaárets», «D-os Altísimo, Dueño de los cielos y de la tierra» (Bereshit 14:19) […]. «Vayitén lo maaser mikol», «y le dio el diezmo de todo» (Bereshit 14:20): se ha preguntado quién dio a quién. ¿Fue el hijo de Shem quien dio a Avraham? Hay comentaristas que dicen: no, fue Avraham quien dio; Avraham dio. Y no lo hace para afirmarse más frente a los demás. No: es sobre todo para servir a la soberanía, Maljut Shamáyim, la soberanía de D-os.
Es para enseñar a la gente —«vayikrá beshem Hashem», «e invocó el Nombre de Hashem»—, para enseñar a las personas, al mundo, a reivindicar el Nombre de D-os, a reivindicar Su presencia, a asociarlo al destino de Su creación. Y ese es el mesianismo del que se trata en este capítulo, cuyo hilo intentamos seguir a cada paso, porque hay distintos mesianismos, que presentan siempre, digamos, las mismas características, pero en distintos niveles. Y poco a poco: en aquella época, la humanidad tenía una safá ajat, una sola lengua, mientras que la promesa es que un día Él dará a las naciones una safá berurá, un lenguaje claro que facilite la comunicación —«likró julam beshem Hashem», «para que todos invoquen el Nombre de Hashem» (Tsefaniá 3:9)—, para que todos llamen por el mismo Nombre, el reino de D-os.
Me detengo aquí; si tienen preguntas, pueden enviarlas por escrito.
Esta clase es la continuación de la guerra contra los cuatro reyes, primera parte. Encuentre todas las clases del Rav Raphaël Benizri en la parashá de la semana.
Seguir estudiando
- ← Clase anterior: Lej Lejá: la guerra contra los cuatro reyes (primera parte)
- Clase siguiente: Vayerá: las promesas a Avraham (1.ª parte) →
- Otras clases sobre la parashá Lej Lejá: el tercer intento · la relación del hombre con D-os · el diálogo de la revelación · Avraham contra Faraón · Lot, nuestro vecino · la fe en movimiento · el recorrido de Avraham
- La parashá Lej Lejá: resumen, temas y cuadernillo
- Todas las clases de la serie: Parashá de la semana
- ¿Quién es el Rav Raphaël Benizri?
