Preguntas para la mesa de Shabat: Vayerá
Un cuadernillo de estudio para imprimir: una pregunta por página, la respuesta del Rav, su fuente y una enseñanza para debatir en familia.
Esta clase abre el capítulo 18 del Génesis, la tercera manifestación de D-os a Avraham, y se detiene en lo que tiene de extraño: esta vez, D-os no dice nada. La pregunta que se plantea es, pues, la siguiente: ¿qué sentido tiene una visita sin palabras, y cómo llega un hombre a ser objeto de semejante visión? El Rav Raphaël Benizri responde remontándose a la creación de Adam y a aquello que la tierra, precisamente, no pudo producir. A partir de ahí hace de esta visita la consecuencia directa de la circuncisión, y del jésed (la bondad) el lugar mismo del encuentro con D-os.
La clase avanza en dos tiempos. El primero es un análisis del acto gratuito: lo que la naturaleza da y lo que no da, lo que significa ser a Su imagen, por qué el don desinteresado es casi imposible de encontrar, y por qué la milá —situada en el octavo día, fuera del marco de la creación— condiciona la posibilidad de un amor incondicional. El segundo sigue el texto mismo: Avraham dolorido, sentado a la entrada de su tienda bajo un calor abrasador, corriendo hacia tres transeúntes y pidiendo a D-os que espere.
El Rav añade un relato jasídico sobre la dificultad de un don verdaderamente gratuito, vuelve sobre los tres pilares del mundo y sobre lo que encarna cada patriarca, y luego analiza la condición de los visitantes: ¿ángeles u hombres encargados de una misión? Termina con Mamré, el único de los tres amigos de Avraham que lo alentó, y con la única recompensa que Avraham recibió realmente. Las preguntas de los participantes prolongan la clase hacia la transmisión entre las generaciones.
Lo que enseña esta clase
Es la tercera manifestación, y no contiene ninguna palabra. La primera fue para la promesa de la tierra; la segunda, para la garantía de una descendencia, pero esa descendencia estaba sujeta a una condición importante: la circuncisión. En cuanto Avraham cumple la milá, tiene derecho a una nueva manifestación; solo que esta vez D-os no le habla: es una visita de cortesía, y Rashí lo dice expresamente: D-os se le manifiesta para visitar a un enfermo. Aún hay que entender cómo se llega a ser objeto de una visión así: si alguien viniera hoy a declarar algo semejante, lo encerrarían. Y sin embargo el texto dice que Avraham es, en efecto, objeto de una visión, una visión en la que ya no hay nada que decirle, salvo alentarlo. Para comprender su objeto y el modo en que se realiza, hay que volver a la creación primera de Adam.
Hay algo que la tierra no produjo. Se dice: produzca la tierra alma viviente según su especie —el animal, los reptiles, el ser viviente de la tierra—, y el texto añade: y así fue. Pero el versículo siguiente dice que D-os hizo: ya no bastaba la palabra; era necesario que Él interviniera personalmente para realizar esa dimensión del hombre. El hombre contiene, desde luego, los elementos requeridos: se arrastra por su alimento, es bestia de carga, lucha ferozmente por sobrevivir, porque el mundo creado está hecho de una tensión permanente entre fuerzas creadas, aunque complementarias. Lo que la naturaleza no produjo es el ser viviente, el alma capaz de dar vida, y es D-os mismo quien toma las riendas, sirviéndose de la tierra y de Su aliento. Incluso la inteligencia humana pertenece a la naturaleza; lo que no pertenece a ella es ese aliento divino depositado en el hombre para que sea a Su imagen. Y ser a Su imagen significa ser capaz de jésed, de bondad, de un acto gratuito en todo lo que hacemos.
El don gratuito es casi imposible de encontrar. Se cuentan cinco relaciones entre el hombre y su prójimo: la del padre y su hijo, la del rico y el pobre, la del patrón y su empleado, la del fuerte y el débil, y la del hombre que, por su propia voluntad, es capaz de dar. Ahora bien, no existe el don gratuito: siempre hay un interés subyacente en lo que damos. Incluso esperar el reconocimiento del otro es una manera de afirmarse a sí mismo. El único acto gratuito del que se pueda hablar es el que D-os se reservó al crear el mundo y al hombre, en contra de la opinión de los ángeles servidores, que consideraban imposible confiar semejante responsabilidad al hombre.
Por eso este amor solo se concreta después de la milá. Un acto de bondad supone ante todo un amor incondicional, y ese amor solo es posible si ha sido despojado de sus excrecencias, que son cuatro: la excrecencia de la carne, la del corazón y del deseo, la de la palabra que rebasa sus límites y la del oído que se presta a todos los condicionamientos. A estas cuatro corresponden los cuatro planos que se sopesan en la vida de un hombre: la realidad física, la realidad psicológica, la realidad intelectual y la realidad espiritual. La circuncisión recae sobre el miembro encargado de la reproducción, de la concepción, de la continuidad de la creación: es a través de él como se realiza el corte. Y el marco de la creación son siete días, mientras que la milá, con las cuatro circuncisiones reunidas que comporta, se sitúa en el octavo: interviene fuera de ese marco. En la oración cotidiana, la alusión a esta curación de los deseos de la carne y de las desviaciones psicológicas, intelectuales y espirituales se encuentra en la bendición que pide: cúranos, Hashem, y seremos curados.
La milá es la mitzvá que se cumple aun cuando el corazón arde. El padre no soporta el sufrimiento de ese niño recién llegado al mundo, tan esperado, y se pregunta si hay que sufrir así para responder a la voluntad divina; uno puede prestarse al cumplimiento de esta mitzvá, pero es al tercer día cuando surge la pregunta. Hay en ello una fiebre espiritual que el hombre siente en ciertos momentos, acompañada de un sentimiento de rebeldía y, al mismo tiempo, de una fe a toda prueba. Ahora bien, Avraham hizo la milá a los noventa y nueve años, y estamos precisamente en el tercer día. Se pregunta si esta circuncisión no lo separa del resto de la humanidad y de todos sus amigos, y sabe que es una prueba que no puede pedir a los demás: no lo seguirán. ¿Era realmente por ahí por donde había que empezar? Es en ese estado, debatiéndose con ese ardor espiritual que lo interpela, cuando llega la visita.
Visitar a un enfermo es encontrarse con un hombre que ha cambiado de plano. Cuando el hombre está postrado en cama, cuando ha perdido sus fuerzas y sus energías, cuando se descubre impotente, su espíritu empieza a elevarse por encima de las mezquindades de la vida y de los placeres cotidianos para pasar a otro nivel de reflexión. Es lo que el Jazón Ish llamaba convertirse por momentos en un ángel: es objeto de una elevación tal que sabe desconectarse de todo, porque se da cuenta de su impotencia para luchar contra fuerzas a las que renuncia. Se encuentra en estado de debilidad, y hay que quitarle esa debilidad: esa es la función del ángel Refael, del verbo que significa curar.
El encuentro con D-os se realiza en la superación de uno mismo por medio del jésed. Y el acto gratuito existe, sin duda: cuando se ha dado un consejo a alguien, cuando se le ha pasado una indicación útil, cuando se ha compartido una enseñanza, cuando se ha ayudado al otro a realizarse como un hombre creado a imagen de D-os. El verdadero jésed no es en primer lugar el de quien practica la caridad con los demás: ese es un jésed accesorio. Hacemos muchos ejercicios de práctica antes de resolver un problema más difícil; los actos de bondad realizados en las distintas etapas de la vida no son sino esos ejercicios, para el hombre que llegará a conectar el cielo con la tierra y la tierra con el cielo, y a establecer la creación entera como una entidad sagrada.
Por eso Avraham saldrá en defensa de los habitantes de Sedom. Son, sin embargo, personas corruptas, descreídas. Pero a él le importa construir este mundo en común, con el sello de lo divino, es decir, el sello de la bondad: puesto que en su origen la creación del mundo no es sino un acto de bondad, hay que perseverar en ese camino. Avraham es el hombre que camina delante de D-os, es decir, aquel que esboza lo que D-os quisiera hacer de Su mundo.
La escena de la tienda lo ilustra hasta el exceso. Avraham acaba de circuncidarse a una edad avanzada y sufre; está dispensado de la mitzvá de acoger gente en su casa; además, el sol ha sido sacado de su estuche, hace un calor abrasador y la gente se queda encerrada en su casa. Él, en cambio, se sitúa a la entrada de su tienda, movido por el deseo de encontrarse con el otro: no quiere quedarse a solas consigo mismo, no quiere ocuparse solo de sí. Divisa a lo lejos a tres personas que pasan, y tiene que correr hacia ellas pese a su sufrimiento e insistir para que entren, aun cuando D-os ha venido a visitarlo. En sustancia, le dice: espera, déjame terminar con esto. Nos molestamos cuando, ante un mostrador, alguien se hace atender antes que nosotros; aquí es a D-os a quien Avraham pide que espere porque otros están de paso. La escena está ahí para decirnos, a través del encuentro con el otro, lo que es el verdadero servicio.
Un mundo fundado en el toma y daca corre hacia su perdición. Si las relaciones entre los hombres se fundaran únicamente en el interés de una contrapartida, del orden que sea, el mundo se derrumbaría; eso ya ocurrió una vez, con el Diluvio, y puede repetirse bajo otras formas. Para evitarlo no hacen falta muchos tzadikim (justos): basta con uno solo para salvar a la generación. El midrash hace decir a la bondad que vino a quejarse ante D-os —desde que Avraham está aquí, me he quedado sin trabajo, él lo hace todo en mi lugar—, manera de decir que lo que compartimos con lo divino son los atributos, y que el primero de ellos es el jésed. Este subyace, por cierto, a un mishpat, una ley que tiene su estructura, pero es necesario ir más allá de esa estructura. Y si somos objeto de Su amor y de Su gracia, es con una parte de rigor que se nos aplica: por eso sufrimos a veces al no ver volver lo que hemos dado, pues el acto gratuito del pueblo judío hace que su vida misma esté jalonada de sufrimiento.
Un relato jasídico expresa lo difícil que es un don verdaderamente gratuito. Rabí Zusha, que ha ido a ver a su maestro, el Maguid de Mezritch, le expone que tiene una hija que casar y que está desprovisto de todo; el maestro le entrega quinientas monedas. En el camino de regreso pasa la noche en una posada, donde encuentra a una mujer desconsolada que ha perdido su cartera, que contenía precisamente quinientas monedas, el dinero con el que debía casar a su hija. Él le anuncia que ha encontrado ese dinero, pero se niega a devolverlo sin una comisión; escandalizada, ella lo lleva ante el rabino de la ciudad, que lo reprende, y él se marcha humillado. Interrogado más tarde por su maestro, explica que al dar esa suma había sentido crecer en él un sentimiento de orgullo desmedido, y que quiso combatirlo reclamando una compensación que sabía que le valdría una humillación, a cambio de la cual su acto se volvía enteramente gratuito.
El mundo se sostiene sobre tres cosas, y la tercera no es la menor. Torá, avodá y guemilut jasadim: el estudio que forma, el servicio de los sacrificios y la conducta hacia los demás. Se enseña que Avraham, Itzjak y Yaakov estudiaron en las grandes academias de Shem y de Éver, pero no fue esa Torá la que les sirvió: cuando uno estudia, estudia el amor a la bondad como quien lee un libro de instrucciones que explica cómo hay que comportarse, lo cual no significa que uno lo vaya a hacer. La realización de la bondad no se encuentra solo en el estudio, donde uno puede quedarse en las esferas celestiales debatiendo sin fin, ni solo en los sacrificios, donde uno derrama su alma en la oración. Avraham se realizó por el jésed; Itzjak, por su rigor, por su dominio de sí, por la introspección que llevó a cabo sobre sí mismo; Yaakov, por la síntesis de ambos, y por eso es amado.
«Los actos de los padres son una señal para los hijos» se entiende mal. No hay que entender una señal, sino una linterna: lo que hacen los padres es lo que se invierte en los hijos, y así es como serán. Lo que nosotros hemos sido es lo que ellos serán. Puesto que somos los hijos de Avraham, de Itzjak y de Yaakov, estamos tejidos de esos mismos atributos; y por eso la Torá presta atención a estos detalles, cuando todo habría podido caber en uno o dos versículos, y se toma el tiempo de mostrar a Avraham corriendo de un lado a otro, ofreciendo, insistiendo.
Los visitantes plantean una cuestión que los comentaristas se disputan. Para el Rambam, no se puede concebir a un hombre comiendo con ángeles: la escena no puede ser más que un sueño profético. Rabenu Bajyé se le opone en este terreno, y se observa que el texto habla unas veces de hombres y otras de ángeles. Es que el hombre a veces está encargado de una misión que hace de él, por momentos, un ángel, un emisario. Este intercambio solo es posible si se ha concebido el mundo como una creación divina, y no como un mundo al que habría que insuflar después un alma.
El universo es ya cielo y tierra, espíritu y materia. Solo que un espacio separa el cielo de la tierra, existe una tensión entre ambos, y el hombre se sitúa en medio para unirlos: bajar el cielo a la tierra y elevar la tierra hacia el cielo. Cuando esta obra se cumple, el mundo recupera su integridad divina y ya no aparece compuesto de fuerzas que se desgarran entre sí, sino de fuerzas que se complementan. Cada uno es entonces a la vez hombre y ángel: hombre cuando permanece apegado solo a los problemas de la tierra, ángel cuando logra dar a esa materia un aliento divino, como hizo D-os en la creación.
La manifestación tiene lugar en los robles de Mamré, y ese nombre es un homenaje. Avraham tenía tres amigos íntimos: Aner, Eshkol y Mamré. Dos de ellos intentaron disuadirlo —toda esa moral que enseñas está muy bien, pero esta amputación en tu carne no responde a nada—, sin establecer la relación entre lo que es carne y lo que es espíritu, y sin ver que el soporte de todo espíritu es precisamente esa carne. Por lo demás, sabemos que ciertos países prohibieron la circuncisión en su territorio, por considerarla cruel para con el niño. Solo Mamré lo alentó: si esto está verdaderamente en el orden de tus convicciones y de tu fe, debes hacerlo, aun a costa de quedar en ruptura durante un tiempo; porque la circuncisión debe enseñar al mundo que la vida espiritual no es un compromiso.
¿Qué recompensa recibió, entonces, Avraham? El horno ardiente, el riesgo de no tener hijos, un hijo rebelde dentro de su propia casa, la destrucción de Sedom, su mujer que le arrebatan: a la vista de la vida que llevó, cabe preguntarse qué obtuvo de ello. Su recompensa consiste en que lo que hizo comprometió a las generaciones venideras, y en que su descendencia optó por restaurar la obra del Creador para que no se perdiera. Esa fue su recompensa sublime. El verdadero jésed es el camino que trazamos para la generación venidera.
Una pregunta lleva a releer el versículo sobre el pecado de los padres. Se objeta que los hijos pagarían, hasta la cuarta generación, los malos actos de sus padres. Hay que leerlo de otro modo: el sujeto del verbo no es D-os, sino el pecado mismo, que repercute por sí mismo hasta la cuarta generación; y es en la cuarta generación cuando D-os interviene para detenerlo, cuando los implicados no han comprendido que están atrapados en un torbellino del que no saldrán. Así como hay una herencia física y psíquica, construimos en nosotros una constitución espiritual que se transmite por sí misma, tanto para bien como para mal. Mientras los cuatro planos del ser no estén todos afectados, una reparación puede producirse por sí sola; cuando lo están todos, hace falta una re-creación.
Transcripción completa de la clase
Comenzamos el capítulo 18 de Bereshit, la tercera manifestación de Hashem a Avraham. La primera fue para la promesa de la tierra. La segunda, para la garantía de una descendencia, de una posteridad, de generaciones por nacer. Pero para esas generaciones había una condición importante: la circuncisión, la milá. Y a partir del momento en que cumple la milá, tiene derecho a una nueva manifestación de D-os. Solo que esta vez D-os no dice nada; no le habla. Es una visita de cortesía. Así nos lo dice Rashí —retomemos su comentario— sobre Vayerá elav Hashem, «Hashem se le apareció»: levaker et hajolé, para visitar al enfermo. Pueden imaginárselo: el Santo, bendito sea, presentándose Él mismo en casa de Avraham para reconfortar al enfermo.
¿Cómo hemos de ver esta visión, esta manifestación? Descendamos por un momento a un plano, digamos, bastante terrenal: ¿cómo se llega a ser objeto de una manifestación del Santo, bendito sea? Hoy, si fueran ustedes a declarar algo así, los encerrarían. Pero aquí, al contrario, se nos dice: atención, Avraham es objeto de una visión. Es objeto de una visión en la que el Santo, bendito sea, ya no tiene nada que decirle: viene sencillamente a alentarlo. ¿Qué es lo que ocurre? Para comprender el objeto de esta visión y cómo se realiza, hay que volver a la creación primera de Adam. Allí, cuando leemos el texto relativo a la creación de Adam, se dice: Vayómer Elokim totzé haaretz néfesh jayá leminá, dijo D-os: produzca la tierra alma viviente según su especie; behemá, el animal; varémes, y los reptiles; vejaytó éretz leminá, y la bestia de la tierra según su especie. Jaytó éretz quiere decir más bien el ser viviente sobre la tierra. Y el texto dice: y así fue. Pero el versículo siguiente, ¿qué dice? D-os hizo; es decir, lo realiza Él mismo. Esta vez no basta solo con la palabra: es necesario que intervenga en la realización de la dimensión del hombre, que va a contener los cuatro elementos requeridos. El reptil: el hombre que se arrastra por su alimento. Pues sí, él es el najash, la serpiente que se arrastra por su alimento. Es también una bestia de carga, y lucha ferozmente, encarnizadamente, por sobrevivir, porque el mundo de la creación está hecho sencillamente de una tensión permanente entre fuerzas creadas, fuerzas que en cierto sentido son complementarias. Solo que hay algo que la tierra no da.
Cuando decimos que la tierra no da, que la naturaleza no produce: produjo el animal, produjo el reptil, produjo la bestia. Pero jaytó éretz, el ser viviente sobre la tierra, néfesh jayá, el alma viviente, eso no lo produjo. Y es D-os quien tiene que tomar las riendas, y va a servirse de la tierra y de Su propio espíritu para hacer existir al hombre. Y más adelante, en efecto, se nos dice que cuando D-os insufló Su espíritu en el hombre, vayehí haadam lenéfesh jayá, «y el hombre fue un alma viviente». El hombre llegó a ser un alma capaz de dar vida, un alma viviente capaz de dar vida. Es decir, hay ciertos elementos que la naturaleza puede producir por sí misma, en virtud de la creación, y esto incluye incluso la inteligencia humana.
La inteligencia humana pertenece a la naturaleza. Lo que en cambio no pertenece a la naturaleza es ese aliento divino que D-os depositó en el hombre para que fuera a Su imagen. Ahora bien, ¿cómo se llega a ello? Y ante todo, ¿qué significa ser a Su imagen? Significa ser capaz de jésed, de bondad, de un acto gratuito, en todo lo que hacemos. Por lo general, cuando se habla de jésed, de bondad, se cuentan cinco relaciones entre el hombre y su prójimo: la del padre y su hijo, la del rico y el pobre, la del patrón y su empleado, la del fuerte y el débil, y también la del hombre que, por su propia voluntad, es capaz de hacer un don gratuito. Y se dice que en realidad no existen los dones gratuitos. Siempre hay un interés subyacente en lo que damos.
E incluso esperar el reconocimiento del otro es una manera de afirmarse a sí mismo. Entonces, ¿dónde se sitúa el don gratuito que sería el equivalente de lo que hizo D-os al crear Su mundo, para que el hombre pudiera ser verdaderamente a imagen y semejanza de D-os? Se sitúa en ese espacio que el Santo, bendito sea, se reservó en la creación del hombre, y al que se opusieron los ángeles servidores —ya hablaremos de estos ángeles servidores—, diciendo que no era posible confiar esa responsabilidad a los seres humanos. Así pues, vamos a comprender ahora por qué solo después de la milá se concreta este amor que roza lo irracional, este acto gratuito. Porque, en principio, un acto de bondad supone ante todo un amor incondicional. Pero ese amor, si no se lo ha despojado de sus excrecencias… Las excrecencias son cuatro: la excrecencia de la carne; la excrecencia del corazón, del deseo; la excrecencia de la palabra, que a veces rebasa sus límites; y la excrecencia del oído, que se presta a todos los condicionamientos.
Orlat ózen, orlat pé, orlat lev, orlat… Ahora bien, ¿cuántas dimensiones de la existencia se sopesan en la vida de un hombre? Havayá, yud-he-vav-he: son cuatro. Las llamamos la realidad física de la vida, la realidad psicológica de la vida, la realidad intelectual de la vida y la realidad espiritual. Cuando hemos logrado quitar estas excrecencias a través de ese elemento —es decir, del miembro encargado de la reproducción, de la formación, de la concepción, de la continuidad de la creación—, entonces hemos rebasado el marco de la creación. El marco de la creación son siete días. El marco de la milá, de la circuncisión —y entiendan por ello las cuatro circuncisiones reunidas—, es el octavo día.
Ahora bien, ¿dónde se encuentra, en la oración cotidiana, la alusión a la milá, allí donde pedimos que Hashem nos cure de los deseos de la carne, de las desviaciones psicológicas, de las desviaciones intelectuales, de las desviaciones espirituales? En la octava bendición de la Amidá: Refaénu Hashem venerafé, hoshiénu venivashéa, «Cúranos, Hashem, y seremos curados; sálvanos y seremos salvados». Préstanos Tu ayuda para que podamos escapar del dominio de todas estas excrecencias. Así pues, esta milá se impone al niño al octavo día; interviene fuera del marco de la creación, es decir, en el octavo día. ¿Por qué? Porque la milá es verdaderamente la mitzvá que se cumple leshem shamáyim, en nombre del Cielo, aun cuando al padre le arde el corazón, pues no soporta el sufrimiento de ese niño
recién nacido, recién llegado al mundo, esperado, tan esperado, y se pregunta si hay que sufrir esto para responder a la voluntad de D-os. ¿Cuál es su sentido? Uno puede, en efecto, prestarse al cumplimiento de esta mitzvá, pero al tercer día surge la pregunta. Esa cuarta dimensión que hay en nosotros —la esencia— entra en ebullición. Hay una fiebre espiritual que el hombre puede sentir en ciertos momentos, acompañada de un sentimiento de rebeldía y, al mismo tiempo, de una fe a toda prueba. Comprenderán, pues, que Avraham es presa de esa fiebre espiritual al tercer día. Hizo la milá a la edad de noventa y nueve años, y se pregunta acerca de esta milá: ¿no lo separa del resto de la humanidad, de todos sus amigos? Y es una prueba que no puede pedir a los demás: no lo van a seguir. ¿Es, en definitiva, por ahí por donde hay que empezar?
Y la manera en que Avraham se mide con la prueba al tercer día es que, en efecto, se debate con todo ese ardor espiritual que hay en él, que lo interpela y al que debe responder. Vayerá elav Hashem: para visitar al enfermo. Ya saben lo que significa visitar al enfermo: cuando el hombre está postrado en cama, cuando ha perdido sus fuerzas, ha perdido sus energías y está impotente, es entonces cuando su mente empieza a elevarse por encima de las mezquindades de la vida, por encima de los mismos placeres cotidianos, y comienza a pasar a otro nivel de reflexión. Este paso a otro nivel de reflexión es lo que el Jazón Ish llamaba malaj lirgaím: se convierte en un ángel por momentos.
Por momentos es objeto de una elevación espiritual tal, porque se ha desconectado de todo y se da cuenta de su impotencia para luchar contra esas fuerzas a las que renuncia. Así pues, también aquí se trata de una visita al enfermo: está rafé, en estado de debilidad. Hay que quitarle esa debilidad —quitar la debilidad es lerapé, curar—, y el ángel encargado de restaurar el ánimo es el ángel Refael, del verbo rafá: Refael, rafá. Por lo tanto, lo que concluimos de este análisis es que el encuentro con D-os se realiza en la superación de uno mismo por medio del jésed, es decir, de un acto gratuito, de un acto de bondad gratuito. ¿Existe tal cosa? Sí, existe. Cuando se ha dado un consejo a alguien, cuando se le ha pasado una indicación útil, cuando se ha compartido una enseñanza, cuando se ha ayudado al otro a realizarse como un hombre creado a imagen y semejanza de D-os, hemos realizado un acto gratuito. Porque el verdadero jésed no es el de quien practica la caridad con los demás; no es ese. Ese es un jésed accesorio. Hay muchos ejercicios de práctica que uno hace para llegar a resolver un problema mucho más difícil. Pero primero hay que pasar por esos ejercicios.
Por consiguiente, los intentos de bondad que uno hace en las distintas etapas de la vida no son sino ejercicios de práctica para el hombre que llegará a conectar el cielo con la tierra y la tierra con el cielo, y que, por así decirlo, establecerá la creación en su conjunto como una entidad sagrada, una entidad divina. Y por eso veremos que Avraham saldrá en defensa incluso de los habitantes de Sedom. Pero ¿cómo es posible? Son personas corruptas, descreídas. Pero a él le importa construir este mundo en común, con el sello de lo divino, es decir, el sello de la bondad. Puesto que en su origen la creación del mundo no es sino un acto de bondad, hay que perseverar en ese camino. Y Avraham, como hemos dicho, es el hombre que camina delante de D-os; es decir, es él quien esboza lo que D-os quisiera hacer de Su mundo. ¿Y cómo lo ilustran nuestros Sabios, de manera maravillosa? Precisamente en esa apertura de la casa de Avraham a todos los vientos, a todos los transeúntes. Imagínense: Avraham acaba de circuncidarse, a una edad avanzada; sufre. Está dispensado de la mitzvá de acoger gente en su casa, etcétera. Además, el Santo, bendito sea, le hizo un favor, según se nos dice: sacó el sol de su estuche —es decir, hacía un calor abrasador— para que no lo molestaran, y la gente se quedaba encerrada en su casa. Pero a él lo mueve el deseo de encontrarse con el otro, de salir al encuentro del otro. No quiere quedarse a solas consigo mismo; no quiere ocuparse solo de sí; no lo entiende así. Y por eso se sienta pétaj haóhel, a la entrada de la tienda. De modo que, aun cuando el Santo, bendito sea, lo dispensa de todo esfuerzo, él considera que su deber es seguir adelante y desafiar, como dijimos hace un momento, todos los obstáculos que puedan interponerse en su camino.
Pues bien, por eso puede decir —¿se lo imaginan?—, puede decirle al Santo, bendito sea, cuando ve a las tres personas que pasan delante de su tienda… Las divisa a lo lejos; en realidad no pasan necesariamente justo al lado, puesto que tiene que correr hacia ellas pese a su sufrimiento, para insistir en que entren en su casa. Mientras D-os ha venido a visitarlo, él le dice: «Escucha, por favor, espera, déjame terminar con esto». Nos molestamos cuando estamos esperando ante un mostrador y alguien se cuela por un lado y se hace atender antes que nosotros; refunfuñamos. Pero aquí, imagínense: Avraham le dice al Santo, bendito sea: «Escucha, tenemos tiempo; nos veremos después, pero déjame ocuparme de estas personas que están de paso». Es sencillamente para mostrarnos, a través del encuentro con el otro, lo que será el verdadero servicio divino. El mundo no podría vivir sin el atributo del jésed. Si las relaciones humanas se fundaran sencillamente en el toma y daca —es decir, todo con el interés de una contrapartida, del orden que sea—, entonces el mundo corre hacia su perdición. Eso ya ocurrió una vez, con el Diluvio; puede repetirse bajo otras formas. Y para impedirlo no hace falta que haya muchos tzadikim. Basta con un tzadik para salvar a la generación. La bondad vino a quejarse, dice el Midrash, ante el Santo, bendito sea, diciéndole: desde que Avraham está aquí, me he quedado sin trabajo; ya no tengo nada que hacer; él lo hace todo en mi lugar.
Es una manera que tienen nuestros Sabios de decir que, en realidad, lo que compartimos con lo divino son las midot, los atributos. Y el primer atributo es el jésed. Por supuesto, este jésed subyace a un mishpat: subyace a una justicia, a una ley. Pero es necesario ir más allá de esas leyes. Hay una estructura de la ley. Ki gavar alénu jasdó, «porque Su bondad ha prevalecido sobre nosotros»: si somos objeto de Su amor, de Su bondad, de Su gracia, es con una guevurá relativa, es decir, con un sentido de la justicia aplicado, aplicado a nosotros. Por eso estamos aquí, sufriendo a veces al no ver volver nada. Es el acto gratuito del pueblo judío lo que hace que su vida misma esté jalonada de sufrimiento. Así pues, hemos explicado Vayerá elav Hashem. Y aquí quisiera —aunque no es mi costumbre— relatar un pequeño cuento jasídico. Quizá lo conozcan: la historia de Zusha. Saben que los jasidim acostumbran, con ocasión de las fiestas, visitar a su maestro. Él fue a ver al Rebe de Mezritch, su maestro, y le contó que tenía una hija que casar y que estaba desprovisto de todo. Entonces el Rebe de Mezritch le dio quinientos rublos para casar a su hija. Pero en el camino de regreso pasa por una posada, se queda allí a pasar la noche, y allí encuentra a una joven viuda desconsolada, llorando porque había perdido su cartera, que contenía quinientos rublos, el dinero con el que debía casar a su hija. No encontraba ese dinero: ¿cómo iba a arreglárselas? Él se llenó de compasión. Exclama: «¡Pero si yo encontré ese dinero!». La mujer se alegró muchísimo. Solo que él le dice: «No puedo devolvértelo si no me das una comisión del diez por ciento: cincuenta». La mujer se indigna: «¿Qué? ¿Una comisión? ¿Un diez por ciento de comisión, y por qué?». Van a un din Torá, a un juicio ante un tribunal rabínico: van a ver al rabino de la ciudad. El rabino de la ciudad también se escandaliza por el comportamiento de este hombre, de este Rabí Zusha, y le dice: «¿No te da vergüenza? Una pobre viuda que va a casar a su hija, ¿y porque encontraste ese dinero le pides cincuenta?». Y, avergonzado, Rabí Zusha vuelve a su casa. El Rebe de Mezritch está haciendo una gira; pasa por ese pueblo, y el rabino le relata los hechos: que un tal Rabí Zusha había reclamado cincuenta rublos por haber encontrado el dinero. El Rebe de Mezritch ya lo había comprendido, y esperó a que su discípulo volviera a visitarlo.
Le dijo: «¿Qué te pasó? ¿Por qué te comportaste así?». Él le respondió: «Escuche: cuando quise dar la suma que usted me había confiado para casar a mi propia hija, sentí en mí un sentimiento de orgullo, un orgullo desmedido, porque estaba haciendo esa tzedaká y daba ese dinero. Y quise combatir ese sentimiento de orgullo. Entonces pedí una compensación, sabiendo muy bien que me humillarían y que no me darían nada. Pero con esa humillación quedaba en paz: había realizado un acto gratuito, un acto enteramente gratuito». Es una ilustración perfecta de ese don en el límite mismo de la gratuidad que está ligado a la persona de Avraham. Ahora bien, nuestros Sabios afirman: Al sheloshá devarim haolam omed, el mundo se sostiene sobre tres cosas: al haTorá, veal haavodá, veal guemilut jasadim.
La Torá es la formación de uno mismo. La avodá son los korbanot, los sacrificios. La guemilut jasadim es la conducta hacia los demás. Ahora bien, se dice de Avraham, Itzjak y Yaakov que estudiaron en la yeshivá de Shem y Éver, una gran yeshivá, pero no fue esa Torá la que les sirvió. Porque cuando estudias la Torá, estudias la ahavat jésed, el amor a la bondad. Es como si leyeras un libro de instrucciones, de recetas, de leyes, donde se te explica cómo hay que comportarse; cómo hay que comportarse, lo cual no quiere decir que tú mismo lo vayas a hacer. Por eso dice: no hay que hablar solo de ahavat jésed; hay que practicar la asiyat jésed, la realización de la bondad, y llevarla efectivamente a cabo.
Ahora bien, la realización de esta bondad no está simplemente en el estudio de la Torá, porque allí uno puede quedarse en las esferas celestiales, debatiendo problemas sin fin. Tampoco puede estar solo en los korbanot, donde, al fin y al cabo, uno está en la oración, derramando siempre su alma ante Él. La meta es la guemilut jasadim. Somos los hijos de Avraham. Somos los hijos de Itzjak. Avraham se realizó por el jésed. Itzjak se realizó por su guevurá, por su dominio de sí, por esa introspección que llevó a cabo sobre sí mismo y en la que triunfó brillantemente. Yaakov hizo la suma de ambos, y por eso es amado.
Hacen falta los dos. Se lo dije: jésed y mishpat. El jésed es Avraham, el mishpat es Itzjak, y Yaakov […]. Y lo que estamos estudiando aquí es el abecé de esta manera misma de concebir la propia vida. Porque si hablamos de los avot, los patriarcas, es porque nosotros somos los banim, los hijos. Maasé avot simán labanim, lo que hacen los padres… Siempre se dice simán labanim, «una señal para los hijos». No, no hay que entenderlo así: simán labanim es una linterna para los hijos —simán babanim—, es decir, lo que hacen los padres es lo que se invierte en los hijos. Así es como serán los hijos. Lo que nosotros hemos sido es lo que ellos serán. Y por lo tanto nosotros, que somos bené Avraham, los hijos de Avraham, estamos tejidos de esos mismos atributos. Por eso la Torá presta atención a estos detalles cuando los relata; porque todo esto habría podido resumirse en un versículo, o en dos, pero es toda una historia en la que vemos a Avraham correr de un lado a otro, tratar de ofrecer algo, insistir. Pues bien, cada detalle tiene su lugar. Y atención: estamos ante malajim, ángeles, y ¿qué es eso?
Saben que el Rambam nos dice que no se puede concebir una comida con ángeles —todo eso es imposible—; tiene que tratarse de un sueño profético. Un sueño profético está muy bien, pero aquí se relata algo: a saber, que comieron, que se desprendieron del polvo de la tierra, de su idolatría. Es entonces cuando Rabenu Bajyé trató de retomar el pulso que el Ramban sostiene con el Rambam en este punto: para uno se trata de ángeles, mientras que para el otro no puede ser más que una apariencia. Es decir, el hombre a veces está encargado de una misión que hace de él, por momentos, un ángel, alguien encargado de una misión.
Alguien encargado de una misión; y por eso el texto habla unas veces de malajim y otras de hombres. En ocasiones habla de esos mismos hombres como de malajim, como de ángeles. Pero ¿cuándo se puede hacer verdaderamente este intercambio entre el hombre y el ángel? Cuando hemos concebido el mundo como una creación divina, como un conjunto divino. No es un mundo al que tratamos de insuflar un alma divina. No: el hombre, el mundo mismo, el universo creado, es shamáyim vaáretz: es a la vez cielo y tierra, es decir, a la vez espíritu y materia. Solo que hay un espacio que separa el cielo de la tierra, una tensión entre ambos, y el hombre está en medio para hacer esa unión: bajar el cielo a la tierra y elevar la tierra hacia el cielo.
Cuando esta obra se cumple, el mundo recupera su integridad divina; es decir, vuelve a sintonizar con la voluntad divina que lo creó. No está compuesto de fuerzas que se desgarran entre sí, sino de fuerzas que se complementan, y entonces cada uno en su interior es a la vez hombre y ángel: hombre cuando está apegado únicamente a los problemas de la tierra, ángel cuando se eleva por encima de ellos y logra efectivamente insuflar a esa materia un aliento divino, como hizo D-os en la creación. Eso es lo que el texto quiere decirnos. Se dice que se rindió homenaje a un hombre que se mostró tolerante —más que tolerante— para con Avraham. Saben que hay países que en ciertos momentos prohibieron la circuncisión en su territorio; consideraron que era un acto cruel, malvado para con el niño.
Así pues, piensen que en tiempos de Avraham había tres amigos íntimos: Aner, Eshkol y Mamré. Dos de ellos dijeron: «Espera: toda esa moral que nos enseñas está muy bien, pero esta amputación en tu carne no responde a nada». No establecen la relación entre lo que es carne y lo que es espíritu. Por supuesto. No saben que el soporte de todo espíritu es esta carne, y que esta carne es precisamente la que lleva al hombre a arrebatos de amor, arrebatos de bienestar, etcétera. Así que lo disuadieron. Pero hubo uno solo que lo alentó: «Si esto está verdaderamente en el orden de tus convicciones y de tu fe, deberías hacerlo, aun a costa de quedar en ruptura con los demás durante un tiempo. Pero es necesario que el mundo aprenda, a través de la circuncisión, que esto no es una peshará, que no son compromisos que uno hace». No: el jésed no es un compromiso; la vida espiritual no es un compromiso. Es algo que nos cuesta caro alcanzar, pero algo se realiza, aunque no sea a nuestro nivel. Porque, escuchen: el horno ardiente; el riesgo de no tener hijos; Yishmael: conoció a un hijo rebelde dentro de su propia casa.
Sufrió por Sedom y Amorá; estuvo allí. Le arrebatan a su mujer. Pues bien, ¿qué obtuvo? ¿Cómo se puede decir… qué recompensa tuvo por toda la vida que llevó? Pues bien: el hecho de que lo que hizo comprometió a las generaciones venideras; sobre todo, que su descendencia optó por restaurar la obra de D-os para que no se perdiera. Esa fue la sublime recompensa de Avraham. Lo que verdaderamente realizamos es el camino que trazamos para la generación venidera. Aquí me detendré —veo que vamos por el minuto cincuenta y cuatro—; los dejo hacer preguntas. —Tengo una pregunta, tengo una pregunta. Buenas noches, buenas noches, Rav Benizri. De hecho, usted dijo que los padres son los hijos; es decir, que los actos de los padres repercuten en los hijos, en su porvenir. ¿Es eso lo que quiso decir? —No es que repercutan.
Ya están trazando el camino de sus hijos, porque un niño empieza, ante todo, por imitar. —Sí, eso es seguro. Ahora bien, no sé por qué, pensé en otra cosa: en que los hijos pagan, hasta la cuarta generación, los malos actos de los padres. Eso chirría un poco. —Pues bien, le diré: no chirría en absoluto, porque hay que leer el versículo de otro modo. —Sí, explíquelo, por favor, porque es… —Entonces: poked avón avot al banim al shileshim veal ribeím. Poked quiere decir el que hace repercutir, el que recuerda, el que cuenta. Avón avot al banim, el pecado de los padres sobre los hijos. Pero ¿cuál es el sujeto del verbo poked? Poked.
Poked: el avón es poked; el pecado, el pecado mismo, repercute por sí mismo hasta la cuarta generación, y en la cuarta generación el Santo, bendito sea, dice: basta. Si no han comprendido que están efectivamente atrapados en un torbellino del que no van a salir, soy Yo quien interviene. Soy Yo quien interviene para detenerlo en la cuarta generación. Es decir, lo que uno hace… Hay que saber que el acto bueno se traza su camino por sí mismo. No soy yo quien se lo da desde fuera, ¿verdad? —Por supuesto. —Del mismo modo que ustedes tienen una herencia física y psíquica del ser, así, a medida que vamos constituyendo nuestro ser espiritual, estamos construyendo en nosotros una constitución del ser que se transmite por sí misma a nuestros hijos.
Y puede ser para bien; puede ser, desgraciadamente, para mal. Pero no somos nosotros quienes lo hacemos; no somos nosotros los responsables. Más bien —digamos— es la desviación misma, como si hubiera una célula que se hubiera extraviado, desviado de su camino, y que fuera destruyendo todo el tejido del ser, del ser espiritual. —Entonces, ¿usted dice que en cierto momento, en la cuarta generación, el Santo, bendito sea, lo detiene? —Sí, lo detiene, sí. —Porque a menudo se interpreta […]. —Lo detiene porque hace falta una reconversión total. —¿Perdón? ¿Qué dijo? —Hace falta una reconversión. Hablamos de las cuatro etapas, de las cuatro letras del Nombre.
Así pues, mientras los cuatro elementos no estén podridos, puede producirse una reparación por sí sola. Pero cuando los cuatro elementos están efectivamente afectados, entonces hace falta una re-creación. —De acuerdo, sí, lo entiendo. Es como… no sé si fue en una de sus clases, hace mucho tiempo, usted decía también que en realidad son las generaciones venideras… —No, no, no: usted lo hace cada día. —Ah, sí, claro. —Lo que usted era ayer no lo es hoy, y mañana ya no será lo que es hoy. Así que ya se ha despojado, ¿ve?, de ciertas células de la víspera y se ha rehecho, ¿no es así?
Dígase entonces que no rehace células físicas, sino que rehace células espirituales. Y menos mal, porque las células físicas están arrugadas; ya han envejecido. Eso es irrecuperable. Pero lo que sí es recuperable, y en todo su esplendor, son las células del pensamiento. —Sí. Gracias. —Gracias. —Tenía dos pequeñas preguntas, si me lo permite; pequeños detalles. Al principio usted hablaba de la orlá: orlat haguf, del cuerpo; orlat lev, del corazón; orlat pé, de la boca; orlat shemiá, del oído; ¿y qué hay de una orlá de los enáyim, de los ojos? […] —¿Orlá? ¿De los ojos? —¿No hay una orlá de los ojos?
—No hay orlá de los ojos. Bueno, espere: algún día se lo desarrollaré. Algún día se lo desarrollaré, porque el ojo, el áyin, es un elemento en sí mismo. Me hace usted una pregunta que debería haber abordado en Vayerá. Vayerá: se dejó ver… —Sí, raá, ver. —Vayerá significa mostrarse, manifestarse. Ahora bien, en Pirké Avot, el maestro interroga a sus discípulos y les dice: ¿cuál es la conducta más segura en la vida? Uno dice lev tov, un buen corazón; otro dice una mente esclarecida que no pierde nada, que razona bien. Y uno dice áyin tová, un buen ojo.
El ojo en sí es un elemento determinante: la manera de ver, la manera de aprehender. Y, además, es femenino. Bueno. —Queda todavía una pequeña pregunta, que en realidad se refiere a la Parashat Nóaj, o quizá también a esta. Usted lo mencionó: siempre se habla de la yeshivá de Shem. —Sí. —¿Qué aprendían? ¿De qué Torá estamos hablando? —¡Vaya pregunta! Me ha provocado usted. La Torá: puesto que no éramos capaces, puesto que nos mostramos incapaces de descubrirla por nosotros mismos, D-os nos la escribió y nos la dio. Pero, en principio, si fuéramos como los avot, buscando y reflexionando sobre los problemas de la existencia, y pensando por nosotros mismos los problemas de la creación, entonces habríamos descubierto nosotros mismos la Torá. Es la Torá de veal libam ejtavena, «y sobre su corazón la escribiré». Es la Torá inscrita en el corazón del hombre. Es él quien la forjó. Porque la Torá no se impone desde fuera; hay que articularla desde dentro. Así pues, lo que hicieron las primeras generaciones fue ir en busca de la Torá, y lo descubrieron todo. Por eso se dice que era Pésaj cuando los ángeles visitaron a Avraham: en Pésaj. Es un aspecto que analizaremos más adelante, el año que viene. Pero, en fin, es sencillamente para decir que aquí, cuando se enseña que cumplieron toda la Torá, incluso el eruv tavshilín, incluso el eruv jatzerot, significa que fueron capaces de descubrirla por sí mismos. Porque, en la medida en que la Torá precedió a la creación del mundo y fue la pieza maestra de la arquitectura del universo, al fin y al cabo, si sabes descubrir el universo, si sabes leer el universo, descubres las leyes de la Torá.
—Pero entonces, ¿en qué sentido fue Avraham el primero? —Pues bien, no fue Avraham el primero; fue Shem, o Malkí-Tzédek, rey de Shalem. Malkí-Tzédek es el rey de la justicia, aquel que indagó los arcanos de la justicia. Y es junto a él —junto a Shem— donde Avraham, Itzjak y Yaakov se foguearon. —¿Por qué Shem no está entre los avot, en realidad? —¿Perdón? —¿Por qué Shem no se cuenta entre los avot? Shem: esa es mi pregunta. ¿Por qué? —Buena pregunta. Buena pregunta. Porque, como sugerí hace un momento, es como el estudio en la yeshivá: a veces, a algunos, los coloca en las esferas celestiales y los desconecta totalmente de la tierra.
Y en ese momento no hay puesta a prueba, no hay adaptación de lo que han estudiado al mundo en el que viven; no hay interacción. Eso es grave. Y eso no lo hará la yeshivá por ti. La yeshivá te da las armas. Pero a ti te toca realizar la cosa. Adrabá, adrabá, al contrario… […] —Quisiera intervenir. ¿Quiere usted decir que la yeshivá está bien por un tiempo, y que después hay que trabajar, entrar en la vida activa? —Pero no es después; es al mismo tiempo: hay que estar en la vida activa. —No, no, porque la gente lo hace a menudo. —Pero simplemente hay que considerar que el trabajo, en realidad, lo es todo.
—Pero desde el momento en que usted construye efectivamente su hogar, se dedica efectivamente a servir a la comunidad, está haciendo la conexión entre el mundo celestial y el universo terrenal. —Es interesante lo que dice, porque hay muchos que no piensan así. —No, no lo creo. —Creo que se equivoca usted, señora Moriel. No conoce el mundo de las yeshivot. —Hay quienes estudian de la mañana a la noche y eso es todo, y son las esposas las que trabajan. —¿Cómo que «eso es todo»? Usted no conoce ese mundo; tiene prejuicios; no conoce ese mundo. —No, no, no tengo prejuicios.
—Digamos que es difícil generalizar, pero que es algo que ocurre. Al fin y al cabo, los excesos existen en todo. —¿Perdón? ¿Qué dice? —Los excesos existen en todo. Eso es: las exageraciones existen en todo. Hablamos de excrecencias. Hay que saber practicar la circuncisión en todos los niveles. —Hay límites para todo, entonces. —Pero también en el otro sentido: límites también en la ignorancia y en el no estudiar. —Eso es seguro. —Sí, eso es seguro. —Por suerte no es lo que ocurre en nuestra noble asamblea. —¡Aquí va a hacer falta un moderador! —Tengo una pequeña pregunta. Por desgracia no he seguido; hacía un tiempo que no había vuelto, desde después de las fiestas, cuando se reanudaron. ¿Se han grabado todas las clases desde las fiestas, desde que se reanudaron las clases?
—Entonces, la clase de la semana pasada y, evidentemente, la de esta semana no están grabadas. —Pero aquí dice «record». —No, están grabadas, pero todavía no se han subido al sistema. —Yo la vi en Facebook. No estuve en la clase y la vi en Facebook. —¿En YouTube? —La vi en Facebook. La encontré porque la semana pasada no estaba; estaba en […]. —Bueno, yo no entro en Facebook; me gustaría en YouTube. —Entonces, como digo, en YouTube, Lej Lejá probablemente se publicará esta misma noche. Así que, hasta Lej Lejá, todo está hecho. —Ah, todo está hecho, de acuerdo. ¿Y hay fechas? ¿Pone usted las fechas o no?
—No, no pongo las fechas. Hay que recorrerlas en orden. Y así, las clases están listadas una tras otra. —¿Pone usted títulos, al menos? —Pongo títulos, sí, pongo títulos. —De acuerdo, eso es fácil. Está bien. ¿Y por qué no las fechas? Si me permite, ¿por qué no las fechas? Porque a veces uno quiere volver a algo un poco más antiguo. —Sí, es verdad. Digámoslo así: poner las fechas es una idea excelente. Las añadiré también. Desgraciadamente, es difícil ponerlas en el título. Puedo ponerlas, eventualmente, en el cuerpo del texto, pero para el título solo tengo cien caracteres. —De acuerdo.
—Puede ponerlo en el primer comentario, debajo. —Eso es, así es, exactamente. —Buenas noches a todos, shavúa tov. —Rav Benizri, le ruego que disculpe a todos los participantes que hoy prefirieron conectarse por Facebook. Es bastante asombroso: había más gente en Facebook que en Zoom, unas dieciocho personas. —Sí, es muy sorprendente. —Y sin embargo no son habituales de la clase. En fin, los días pasan y no se parecen. En todo caso, una vez más, muchas gracias. —Gracias a todos. —De acuerdo. Gracias. —Muchas gracias. —Gracias. —Muchas gracias. —Gracias. Adiós. Buena semana. Buena salud. —Buenas noches a todos, buenas noches, adiós.
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