Lej Lejá: el tercer intento

par le Rav Raphaël Benizri

Preguntas para la mesa de Shabat: Lej Lejá

Un cuadernillo de estudio para imprimir: una pregunta por página, la respuesta del Rav, su fuente y una enseñanza para debatir en familia.

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Esta clase abre la parashá de Lej Lejá presentándola como el tercer intento de poner en marcha la historia de la humanidad. Después de Adam, después de Noaj, es Avram quien recibe la orden de partir. La pregunta que plantea el Rav Raphaël Benizri es la de la misión: ¿por qué hay que llegar a ser una gran nación, si la promesa final se refiere a las familias de la tierra? La clase responde con una distinción que recorre todo su desarrollo: la del goy (la nación) y la mishpajá (la familia), la del labio y la lengua.

El Rav parte de las tres lecturas posibles de un mismo versículo de tres palabras, ya empleado para distinguir a Adam, Noaj y Avram. Adam no quiere un servicio incondicional y fracasa; Noaj quiere comprometerse, pero pide el concurso de D-os; Avram no espera nada para sí mismo y se entrega gratuitamente. Es con él con quien se sella una alianza sin límite de espacio ni de tiempo, cuya descendencia prometida no es una evaluación cuantitativa, sino espiritual.

La segunda mitad de la clase es genealógica e histórica: los orígenes hebreos en el linaje de Shem y de Éver, el nombre de Péleg y la división de la humanidad, las tribus habiru de las que la historia guarda huella, la tienda de ídolos de Téraj releída como una librería filosófica, la persecución bajo Nimrod y el camino de Ur Kasdim a Harán; un participante comparte un mapa durante la sesión. La clase termina con dos preguntas de un oyente, una sobre el paso del labio a la lengua y otra sobre la filosofía.

Lo que enseña esta clase

Hay tres intentos, y el primero es el de Adam. Adam vive en un mundo edénico: tiene todo lo que desea y no tiene absolutamente nada que hacer. Es el justo colmado, pero que quisiera intentar por sí mismo su propia formación y que no quiere conformarse con estar al servicio de D-os de manera incondicional. Fracasa, y va a hacer su aprendizaje fuera del jardín, en el tiempo y en el espacio, lo cual es del todo normal. Pero la evolución de ese intento desemboca en la destrucción del mundo. El arrepentimiento de D-os significa sencillamente que este primer intento no funcionó: no se puede acceder a esa espiritualidad intensa de la cercanía de D-os sin un esfuerzo personal, sin haberla adquirido por uno mismo.

Un versículo de tres palabras se lee de tres maneras, y distingue los tres intentos. Figura en la plegaria de Yaakov y lo repetimos casi a diario. La primera lectura es la de Adam. La segunda es la de Noaj: la persona que quisiera comprometerse totalmente con D-os en la realización de este mundo tal como D-os lo concibió, pero que para ello pide Su concurso; y esta es la primera alianza sellada entre D-os y el hombre. Este segundo intento también se agota al cabo de diez generaciones, pues diez generaciones representan siempre una unidad de la historia de la humanidad: diez de Adam a Noaj, diez de Noaj a Avram.

La tercera lectura es la de Avram, y su entrega es gratuita. Todo lo que emprende es para la gloria del Nombre, únicamente para Él; no espera nada ni quiere nada para sí mismo. Es con él con quien D-os sella una alianza sin límite ni en el espacio ni en el tiempo. La descendencia prometida, como el polvo de la tierra y como las estrellas del cielo, no es una evaluación cuantitativa: es una estimación espiritual, el potencial de luz que este pueblo podría aportar al universo entero mediante un espíritu de abnegación y de entrega a la causa de lo humano.

La primera revelación contiene a la vez la palabra goy y la palabra mishpajá. Se le dice que se arranque de su tierra, de su patria, de la casa de su padre, hacia una tierra que no está definida. Luego: haré de ti un gran pueblo, te bendeciré, engrandeceré tu nombre y serás una bendición; bendeciré a quienes te bendigan y suprimiré a quienes te maldigan. Pero el último miembro cambia de vocabulario: todas las familias de la tierra serán bendecidas por ti. Ya no son goyim, son mishpajot. En cuanto a la palabra bendición, tiene también el sentido del acodo, como una rama que se entierra en el suelo y que da vida a otro árbol.

La noción de familia toma cuerpo con Noaj, no antes. En el caso de Adam, una vez salido del jardín y entregado a su experiencia personal, todo es un borrador: no se ve ninguna familia constituida, solo hijos que cumplen su tiempo y desaparecen. Hay algunas estrellas en esas generaciones, pero no se adaptan en absoluto a la evolución de su sociedad. La familia toma cuerpo con Noaj, en su arca, en su casa. Porque es la familia lo que hay que cultivar si uno no quiere ser arrastrado por el diluvio que amenaza a una humanidad librada a sí misma: primero hay que saber cerrar las puertas de la propia casa y empezar a construir la propia familia.

El capítulo 10 enumera las dos dimensiones una junto a otra, y cuando la familia fracasa, el goy amenaza. El texto habla de los hijos de Shem según sus familias, según sus lenguas, en sus tierras, según sus naciones: la mishpajá por un lado, el goy por el otro. La mishpajá cultiva un lashón, una lengua interior, una lengua de intimidad; y cuando la familia está constituida y evoluciona bien, no necesita delimitar sus fronteras: al contrario, los intercambios entre familias unen las fronteras y se vive en un espacio común. El goy, en cambio, se define por su territorio: en sus tierras, según sus naciones. Se apela entonces a la nación, a la patria, a un nacionalismo obtuso. Cada uno delimita su territorio vital, y sobre todo no hay que inmiscuirse en las fronteras del otro. Ya no es el lenguaje del lashón, sino el de la safá, el labio: un lenguaje exterior, funcional, político, un lenguaje de buen entendimiento, cosmopolita, y nada más. Es exactamente lo que se dice de la generación de la división: la tierra tenía una sola safá, la lengua exterior y convencional, que no es ni la del corazón, ni la de la espiritualidad, ni la de la familia.

Llegar a ser un gran pueblo solo tiene sentido con miras a devolver a las naciones la noción de familia. Hay que constituirse en nación, llegar a ser ese gran pueblo; pero ¿con qué fin? Con el fin que enuncia el final del versículo: todas las familias de la tierra serán bendecidas. Hay que realizar, pues, esa conversión, ese paso del goy a la mishpajá. Ese es el sentido mismo de la orden dada a Avram.

Somos los hebreos, es decir, los descendientes de Éver. Hay que interrogarse sobre nuestros orígenes: ¿de dónde venimos, quiénes somos? Somos los descendientes de esas tribus habiru que los arqueólogos y los investigadores descubren a lo largo de la historia, y que forman un pueblo distinto de todos los demás, una tribu distinta de todas las demás por la filosofía que posee. Éver es un descendiente de Shem. El capítulo 10 dice de Shem que es el padre de todos los hijos de Éver, y el linaje desciende de Arpajshad a Shélaj, luego a Éver, a quien le nacen dos hijos, uno de los cuales se llama Péleg. La Torá asocia este nombre con el verbo que significa dividir, y esa división es la de Babel, donde la gente ya no se entiende, tan volcada está en una civilización de descubrimientos técnicos que ya no tiene tiempo de interrogarse sobre el sentido de su vida. ¿De dónde sabía el padre lo que iba a suceder? O bien el nombre vino después, o bien Éver lo llamó así porque presentía la escisión de la humanidad en setenta naciones, cada una tomando una parcela de un Adam desmembrado; y se responde entonces que Éver es un profeta, en el sentido de esa búsqueda en las profundidades de uno mismo que une la raíz del hombre con el espíritu divino que lo anima.

Los tres hijos de Noaj debían mantenerse unidos, y él los separó. Shem es la encarnación de la ética, Jam la de la economía, Yéfet la del arte. Habría sido necesario poder abarcarlos en una misma descendencia, en una misma concepción. No se puede vivir únicamente de Shem permaneciendo dependiente de Jam; tampoco se puede optar por una vida de Yéfet, que busca penetrar el interior a partir del exterior, mientras que nosotros buscamos moldear el exterior según nuestra sensibilidad interior. Noaj lo comprendió al final, porque haberlos separado le valió una decadencia: era tzadik tamim (justo perfecto), y se convirtió en el hombre de la tierra, en cierto modo secularizado, rendido a la evidencia de las exigencias de la vida; y en su bendición asocia el arte de Yéfet a Shem.

Los habiru estaban dispersos porque no se los quería en ninguna parte. La historia habla de esas tribus dispersas entre los pueblos, porque nadie las soportaba en su país: no se quiere una concentración de pensamiento que pese sobre la política, y se busca amordazarla mediante el fenómeno de la dispersión. Existe incluso el escrito de un rey de la región que se queja de su nocividad: se niegan a devolver a sus propietarios a un esclavo que ha huido de sus amos; al contrario, le dan asilo, lo protegen y lo encubren. Son seres ávidos de libertad y de espiritualidad, que se convierten en los defensores de un ideal de vida para el hombre. Esos son nuestros orígenes: somos los del otro lado.

La tienda de ídolos de Téraj era una librería filosófica. Lo que cuenta el texto explica la suerte de Avram en Ur Kasdim, donde se hacía pasar a los hombres por los hornos de la época, y por eso Téraj resuelve exiliarse por sí mismo. ¿Qué es hoy una tienda de ídolos? Una tienda de libros filosóficos de todas las tendencias. Sabemos bien cómo los gobiernos están constituidos por convicciones ideológicas diferentes, cada una con su divinidad, su filosofía, su manera de concebir la vida y la historia, y dispuesta a sacrificar su vida por el triunfo de esa ideología. Téraj estaba abierto a todas esas filosofías y las comercializaba, hasta el día en que Avram libra el combate contra ellas, las rompe y demuestra su inanidad.

Un pensamiento que no ha sido reconducido a la unidad sigue expuesto a ser una idolatría. A la pregunta de por qué se dice que de Moshé a Moshé no se levantó otro semejante, el Rav responde que Moshé abarcó todas las orientaciones filosóficas, todos los ideales sublimes que puedan imaginarse. Los despojó de su corteza, de lo que hacía de ellos un culto extraño, de lo que representaba el desecho, y los integró dándoles un código único. Lo mismo sucede con las distintas corrientes de pensamiento: por sublimes que sean, mientras no se las haya reconducido a la unidad, están expuestas a ser un culto extraño. Si se quiere evitarlo, hay que armonizarlas con la unidad primera.

Téraj tuvo tres hijos, y uno de ellos no salió del fuego. Tuvo a Avram, a Najor y a Harán. Avram pasó por el fuego de su época, perseguido por Nimrod, y salió de él. Harán, en cambio, solo se movía por el espíritu de imitación y de competencia: pasó la misma prueba y fracasó, no salió de ella. Un tercio de esa familia desapareció, pues. Pero Harán dejó con todo descendientes: Sará, que será la mujer de Avram, y Milká, que será la de Najor; de modo que habrá tres padres surgidos de Téraj, y cuatro madres, esbozo de lo que serán los patriarcas y las matriarcas.

Téraj se exilia hacia Canaán, que es la tierra de Shem, pero se detiene en Harán. Avram es un sobreviviente de persecuciones que adquirieron una magnitud excepcional bajo el reinado de Nimrod, ese defensor único del laicismo a cualquier precio, el que presidió el movimiento de la torre de Babel: destronar lo divino que pesa sobre el espíritu de la sociedad y demostrar que por nosotros mismos podemos organizarnos y realizar una sociedad que tendría el mérito entero de todo lo que ha hecho. Los terajitas se ven, pues, obligados al exilio, y piensan en regresar a Canaán, la tierra de Éver; porque Shem, en el reparto de las tierras, recibió la tierra de Canaán, invadida desde entonces por los descendientes de Jam. Es el regreso de un hombre que quiere reencontrar sus raíces en su país, un poco como un sionista laico que emprende ese regreso porque huye de los pogromos. Pero no llega al término de su misión: se detiene en Harán, en algún lugar de la actual Turquía.

Najor, por su parte, elige el cosmopolitismo de Aram. Se instaló en Harán, donde la tierra de Aram le pareció mucho más tolerante, pues ofrecía un lugar para una vida de acomodo con los arameos de la época. En lugar de pensar en un regreso a la tierra original de Shem, uno se conforma, pues, con vivir fuera de la tierra y con intentar difundir esa enseñanza, esa vocación, ese ideal a través de un cosmopolitismo en el seno de las naciones. Es un intento que también han hecho muchos judíos a lo largo de la historia. Najor no deja por ello de formar parte de la familia de Éver y de Téraj, y eso explica por qué los patriarcas insistirán en que los matrimonios se hagan dentro de la familia; pero Avraham mandará buscar una esposa para Itzjak con la condición de que venga a Israel, sin querer oír hablar de una estancia fuera de la tierra.

La orden se da en Harán para que no se quede a mitad de camino. No hay que quedar a merced de un país que de buen grado nos acogería, pero a condición de que no lo molestemos con nuestra manera de pensar, nuestra ideología, nuestra fe. Hasta entonces solo se hablaba de profetas, y el profeta ha sido definido como el hombre en busca de su punto límite de comunicación con lo absoluto. El versículo dice una tierra que te mostraré: primero vas a escuchar, después vas a ver; la evolución va de la escucha hacia la visión. Y por el momento el proyecto no debe desvelarse: no se desvela el proyecto de un Estado judío en un país ocupado por los cananeos; primero hay que instalarse, sentar las bases de una familia y realizar poco a poco el florecimiento de un pueblo surgido de Avraham.

Israel debe ser un gran pueblo, pero la bendición se refiere a las familias. Ciertamente, hay que ser un gran pueblo, porque hay que delimitar las propias fronteras respecto del resto del mundo: es el gesto de Noaj encerrándose en su arca, y el pueblo de Israel también se delimita. Pero la promesa dice que todas las familias de la tierra serán bendecidas: las familias de los otros pueblos, diferentes, cuya unión se trata de realizar. Esa es la verdadera misión confiada a Avraham, y es la misión del pueblo judío. A una pregunta sobre el modo de pasar de la safá al lashón, el Rav responde que todo hombre tiene en sí una lengua interior, ese soplo de la palabra que le fue insuflado, que es el de su espiritualidad y su esencia: de no haber sido dividido por el despedazamiento de Adam, cada uno lo habría tenido en su totalidad; pero, como las tablas de la Ley, fue fragmentado, y cada uno solo conserva una parcela; de ahí el plural, pues ese lenguaje solo recuperará su unidad mediante la comunicación entre las distintas familias de la tierra.

La filosofía no es la Torá, y el filósofo no encarna su filosofía. A una pregunta sobre la sabiduría entre las naciones, el Rav recuerda la fórmula: cree que hay sabiduría entre las naciones, pero no que haya Torá entre ellas. Toda filosofía busca demostrar la inanidad de otra filosofía, y se pueden estudiar todas las filosofías sin encontrar en ellas respuesta a lo que la humanidad espera. El filósofo no es la encarnación misma de su propia filosofía: ¿con qué título darle crédito? La Torá, en cambio, pide ser consecuente con uno mismo y realizar el conjunto en uno mismo, desprendiéndose de los extremos. Y cuando se separa a Elokim del otro Nombre, se convierte en otras divinidades.

Transcripción completa de la clase

Bien, le cedo la palabra. Muy bien. Entonces, buenas noches a todos. Buenas noches. Esta semana abordamos la parashá de Lej Lejá. Ya habíamos comenzado este estudio el año pasado, pero esta vez vamos a seguir en el texto este nuevo intento de poner en marcha, por así decirlo, la historia de la humanidad a través de Avraham. Hay tres intentos. El primero es el de Adam. Adam está en un mundo edénico. Tiene todo lo que quiere. No tiene que hacer absolutamente nada. Es el tzadik (el justo) colmado, pero que quisiera, efectivamente, intentar por sí mismo su propia formación y que no querría conformarse con estar al servicio de D-os de manera incondicional. Fracasa; va a hacer su aprendizaje fuera del jardín del Edén, en el tiempo y en el espacio, lo cual es del todo normal. Y, a decir verdad, toda la evolución de este intento desemboca en la destrucción del mundo, del universo entero. D-os se arrepiente de lo que ha hecho; pero ¿qué quiere decir un arrepentimiento de D-os? Un arrepentimiento de D-os quiere decir sencillamente que el primer intento no funcionó: no podemos acceder a esa espiritualidad intensa de la cercanía de D-os sin un esfuerzo personal, sin haberla adquirido por nosotros mismos. Desde luego, D-os decide entonces otro método pedagógico, a través de Noaj. Ya les había dicho que hay un versículo muy explícito en la plegaria de Yaakov, tres palabras que repetimos casi a diario, que se lee de tres maneras. Lishuatejá kiviti Hashem: «En Tu salvación he esperado, Hashem»; esa es la primera lectura. La segunda lectura es kiviti Hashem lishuatejá: «Espero, Hashem, en Tu socorro», en Tu participación, en Tu ayuda. Es decir, la persona de Noaj es la que quisiera, efectivamente, comprometerse totalmente con D-os en la realización de este mundo tal como D-os lo concibió y lo quiere; pero para ello pide el concurso de D-os. Es la primera alianza sellada entre D-os y el hombre. Muy bien. Pero este segundo intento también se agota al cabo de diez generaciones, y diez generaciones representan siempre una unidad de la historia de la humanidad; así lo cuentan nuestros sabios, puesto que se cuentan diez generaciones desde Adam hasta Noaj y diez generaciones desde Noaj hasta Avraham. Y Avraham emprende un nuevo acercamiento, digamos, a D-os. Este acercamiento a D-os es […]: es decir, «Todo lo que emprendo es para la gloria de Tu Nombre, es únicamente para Ti; no espero nada, no quiero nada para mí; me entrego enteramente a Ti, y mi entrega es totalmente gratuita».

Avraham es, efectivamente, quien va a marcar la historia de la humanidad. Es con él con quien D-os sella una alianza que no tiene límites ni en el espacio ni en el tiempo, puesto que se trata de una descendencia que será ka-afar ha-árets, como el polvo de la tierra, y ke-jojvé ha-shamáyim, como las estrellas del cielo; es decir, no solo en el sentido de que no se la puede contar. No es una evaluación cuantitativa de la descendencia de Avraham, sino una estimación espiritual; es decir, es el potencial de luz que el pueblo judío podría aportar al universo entero mediante ese espíritu de abnegación, ese espíritu de entrega a la causa de lo humano. Y esta es la primera revelación de D-os a Avraham.

Les leo el texto. La tierra no está definida. «Haré de ti un gran pueblo»: retengamos esta palabra, goy. «Te bendeciré, engrandeceré tu nombre y serás una bendición», para la humanidad. «Bendeciré a quienes te bendigan», a quienes se adhieran a ti. Pero «suprimiré a todos los que te maldigan», o que te persigan. Ve-nivrejú vejá: y serán bendecidos en ti, por ti. Ya hemos explicado esta noción de berajá, que tiene también el sentido de acodar: es como una rama que, efectivamente, desaparece en el suelo y da vida a otro árbol. Así son las generaciones de Israel, y así serán todas las familias de la tierra. Aquí ya no se habla de goy; se habla de familia.

Mishpejot ha-adamá, las familias de la tierra. Esta definición de goy y de mishpajá se precisa en la parashá de Noaj. Porque en el caso de Adam ha-Rishón (el primer hombre), una vez salido del jardín del Edén y cuando intenta su experiencia personal, todo es un borrador. Todavía no se ven familias constituidas; solo se ven hijos que cumplen su tiempo y desaparecen. Hay algunas estrellas en esas generaciones, pero no se adaptan en absoluto a la evolución de su sociedad. Pongo esto entre paréntesis: con Adam, pues, no hay familia. La noción de familia toma cuerpo con Noaj, en su arca, en su casa, porque es la familia lo que hay que cultivar en primer lugar. Si uno no quiere ser arrastrado por el diluvio que amenaza a una humanidad librada a sí misma, entonces primero hay que saber cerrar las puertas de la propia casa y empezar, efectivamente, a construir la propia familia; et ha-Elokim hithalej Noaj, caminando con D-os en su aspiración espiritual, con un sentido de humildad total.

Efectivamente, en la parashá de Noaj, en las generaciones de Noaj, vemos a las familias sucederse. Pero en esas familias que se suceden hay dos dimensiones. Están precisadas, por ejemplo, en el capítulo 10: «Estos son los hijos de Jam, según sus familias, según sus lenguas, en sus tierras, según sus naciones». Ven aparecer aquí, pues, el término mishpajá por un lado y el término goy por el otro. La mishpajá cultiva un lashón: una lengua interior, una lengua de intimidad, una lengua personal. Eso es el lashón. Y la familia, cuando está bien constituida y evoluciona bien, no necesita delimitar sus fronteras. Al contrario, los intercambios entre familias producen una suerte de eruv tejumín (una fusión de los límites): se unen todas las fronteras y se vive en un espacio común.

Pero cuando la familia fracasa en su andadura, entonces aparece la amenaza del goy. El goy se define por su territorio: be-artzotam, be-goyehem, en sus tierras, según sus naciones. En ese momento se apela a la nación, a la patria, a un nacionalismo obtuso, efectivamente, y por eso cada uno se dedica a delimitar su territorio vital; y cuidado, no hay que intentar inmiscuirse en las fronteras del otro. Y ahí ya no es el lenguaje del lashón, ya no es un lenguaje interior; es el de la safá. La safá es el labio: es un lenguaje exterior, un lenguaje convencional, un lenguaje político, un lenguaje de buen entendimiento, diríamos, cosmopolita y nada más.

Así, en el dor ha-haflagá, la generación de la torre de Babel, la de la escisión, la de la división de las familias, se nos dice: «Toda la tierra tenía una sola safá», la lengua exterior, una lengua convencional, una lengua enteramente formal. No es la lengua del corazón, no es la lengua interior, no es la lengua de la espiritualidad, no es la lengua de la familia: es la lengua de los goyim, la lengua de los pueblos, la lengua de las naciones. Ahora bien, en lo que dice el Santo, bendito sea, en esta primera revelación de D-os a Avraham, Lej lejá: deja este mundo en el que vives, este mundo de la haflagá (la división) en el que vives, ¡déjalo! Pero él mismo ya lo ha dejado, como vamos a ver. Sin embargo, esta vez Hashem interviene para decir: no, tienes que constituirte en nación. Tienes que llegar a ser el goy gadol, tienes que llegar a ser el gran pueblo; pero ¿con qué fin?

Con el fin de devolver a las naciones la noción de familia. Ve-nivrejú vejá kol mishpejot ha-adamá: todas las familias de la tierra serán bendecidas por ti. Habría que realizar, pues, esa conversión, ese paso del goy a la mishpajá. Y por esa razón el Santo, bendito sea, le dice a Avraham Lej lejá me-artzejá u-mi-moladetejá u-mi-beit avija («Vete de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu padre»); porque habría podido hacerlo allí donde se encontraba. Pues allí donde se encuentra ahora, se encuentra en Harán. ¿Por qué en Harán? Saben, hay que interrogarse un poco sobre nuestros orígenes. Interrogarse sobre nuestros orígenes: ¿de dónde venimos? ¿Quiénes somos? ¿Quiénes somos? Somos los hebreos. Si somos los hebreos, somos los descendientes de Éver.

Somos los descendientes de esas tribus habiru que los arqueólogos y los investigadores descubren a lo largo de la historia, y que son un pueblo distinto de todos los demás pueblos, una tribu distinta de todas las demás tribus, por la filosofía que posee. ¿Qué filosofía? Pero para eso tengo que decirles que Éver es un descendiente de Shem. Sabemos que Noaj tuvo tres hijos: Shem, Jam y Yéfet. Shem, que es la encarnación de la ética; Jam, la de la economía; y Yéfet, la del arte. Desgraciadamente, él los separó; en realidad habría que poder abarcarlos en una misma descendencia, un mismo engendramiento, una misma concepción. Shem, Jam y Yéfet: no se puede vivir únicamente de Shem permaneciendo dependiente de Jam, y tampoco se puede optar por una vida de Yéfet, que busca, efectivamente, penetrar el interior a partir del exterior; mientras que nosotros buscamos moldear el exterior según nuestra sensibilidad interior, según nuestra espiritualidad.

Y Noaj, al final, comprendió esto, porque, por haberlos separado, él mismo sufrió en cierto modo una decadencia. Era tzadik tamim, era perfecto; luego se convirtió en tzadik a secas, un simple justo. Luego se convirtió en ish ha-adamá, el hombre de la tierra; en cierto modo se secularizó, se rindió a la evidencia de las exigencias de la vida, etcétera. Así que abandonó en alguna medida sus aspiraciones. Y en cuanto a sus hijos, al bendecirlos […], habla de aquel que se entrega únicamente a las exigencias de la vida material, porque no se da cuenta de que ese no es el objetivo.

El arte, en cambio, sí lo asocia a Shem. Y nosotros somos, efectivamente, los descendientes de esa familia de Shem. Somos semitas. Entonces, ¿dónde se encuentra el otro origen, el hebreo, en Éver? U-le-Shem yulad gam hu; les leo el capítulo 10, versículo 21: a Shem también le nació un hijo; avi kol benei Éver, es el padre de todos los hijos de Éver, los hebreos. Acabo de hablarles de Yéfet: es el que está en la academia del arte, el que cultiva el arte; ají Yéfet ha-gadol, y Shem está asociado a él, ¿no es así? Y luego los hijos de Shem nos dan a Elam, Ashur, Arpajshad, Lud y Aram. Y Arpajshad engendró a Shélaj, y Shélaj engendró a Éver. Y a Éver le nacieron dos hijos. El nombre de uno era Péleg; y la Torá establece una asociación entre Péleg y el verbo palag, que quiere decir dividir, escindir. Y está esa torre de Babel que escindió, donde la gente ya no comprende el lenguaje del otro, ya no se comprende, tan volcada está en una civilización de descubrimiento técnico e industrial que no tiene tiempo de pensar en sí misma, de repensarse, de interrogarse sobre el sentido de su vida, sobre por qué, en suma, está aquí. Así que llamó a ese niño Péleg. Pero ¿de dónde supo que ki ve-yamav niflegá ha-árets, «en sus días fue dividida la tierra»?

Si decimos que se trata de Péleg, ki ve-yamav niflegá ha-árets, entonces el nombre de Péleg quedó asociado a la división de la sociedad de su época. Pero si decimos que es Éver quien le puso nombre a su hijo, porque ya había pensado que iba a haber un drama en la evolución de esta historia de la humanidad, que iba a haber una escisión de la humanidad en setenta naciones y que cada una iba a tomar una parcela de Adam ha-Rishón (Adam ha-Rishón desmembrado, y cada uno tomando una parte de él), ¿de dónde lo sabía? Se nos responde: ¡no, atención! Éver es un profeta. Un profeta: sabemos muy bien lo que es, y ya hemos hablado de esta noción de búsqueda personal, de esa indagación en las profundidades de uno mismo que realiza la conexión entre la raíz del hombre y el espíritu divino que lo anima, y que hace que Hashem hable en el hombre, a través del hombre, a través de su voz. Por consiguiente, Éver es, efectivamente, ese hombre entregado a una búsqueda personal, profunda, por la cual desarrolla día tras día distintas direcciones de pensamiento, de vida, de ideal.

[…] La historia habla de esas tribus habiru que estaban un tanto dispersas entre los pueblos, porque nadie las soportaba en su país. Y ustedes saben muy bien que no se quiere una concentración de pensamiento que pese sobre la política, y que se querría, aunque sea un poco, amordazarla. ¿Cómo? Mediante el fenómeno de la dispersión. Así se pretende, en cierto modo, atenuar su poder, su influencia sobre los hombres. Y esos habiru son irreductibles. Hay incluso un escrito de un rey de Canaán, otro rey de la región, que se queja de la nocividad de esos habiru, que no quieren entregar, digamos, a un esclavo que ha huido de sus amos; no quieren en absoluto devolverlo a sus propietarios.

Al contrario, le dan asilo, lo protegen, lo encubren, porque son seres ávidos de libertad, de espiritualidad, y que se convierten en los defensores de un ideal de vida para el hombre. Esos son los habiru: esos son nuestros orígenes, los hebreos. Somos del otro lado del río, efectivamente, y hemos surgido, hemos surgido en un mundo de diversidad, de dispersión; sí, de dispersión. Así pues, Éver llamó a su hijo Péleg porque sabía muy bien lo que iba a suceder. Ese Yoktán, [su otro hijo,] tuvo trece hijos; está en la península arábiga, vive con sus tribus, en tribus; y los habiru están allí, pero son habiru que viven en la península arábiga.

Pero son personas no apreciadas, perseguidas, lo que explica la suerte de Avraham en Ur Kasdim. Avraham en Ur Kasdim: efectivamente, son personas a las que se hace pasar por los hornos crematorios de la época. No se quiere oír hablar de ellas; no se quiere dejar ni siquiera una estela que pudiera evocar su paso por la historia. Esa es la suerte de estos benei Éver, los hijos de Éver. Esto explica a Téraj, Téraj avi Avraham va-avi Najor, Téraj, padre de Avraham y padre de Najor; Téraj, que provenía de esa tribu, de esa descendencia, y que resolvió exiliarse por sí mismo, no quedarse más allí donde se encontraba. Porque ¿qué hacía Téraj? Téraj tenía una tienda de ídolos. ¿Qué quiere decir hoy tener una tienda de ídolos? Tenía una tienda de libros filosóficos de todas las tendencias.

Hoy lo sabemos muy bien: basta con ver cómo los gobiernos están constituidos por diferentes convicciones ideológicas, y cada uno tiene su divinidad, su filosofía, su manera de concebir la vida y la historia; se adhiere a ella y está, efectivamente, dispuesto a sacrificar su vida por el triunfo de esa ideología. Y Téraj estaba abierto a todas esas filosofías; las vendía, las comercializaba, de una manera u otra; hasta el día en que Avraham libra el combate contra esas distintas ideologías y las rompe, las rompe, y demuestra su inanidad. Ayer me preguntaron: ¿por qué se dice «De Moshé a Moshé no se levantó nadie como Moshé»? De Moshé a Moshé no hubo más que un Moshé.

Y la razón esencial es que Moshé abarcó todas las orientaciones filosóficas, todos los ideales sublimes que puedan imaginarse. Los despojó de su corteza; los despojó de su avodá zará (su culto extraño), de lo que representaba el desecho, y los integró; les dio, efectivamente, un código único. Del mismo modo que decimos Shemá Israel, Hashem Elokenu, Hashem Ejad […], las distintas corrientes de pensamiento, de concepción, por sublimes que sean, mientras no se las haya reconducido a la unidad, están expuestas a ser avodá zará. Si quieren evitarlo, traten entonces de armonizarlas con el conjunto, con la unidad primera. Así nació el pueblo hebreo.

Porque Téraj tenía tres hijos: Téraj tuvo a Avram, tuvo a Najor y tuvo a Harán. Avram pasó por el fuego de su época, perseguido como estaba por Nimrod, y salió de él indemne. Harán, en cambio, solo se movía por el espíritu de imitación, de competencia; no salió de él. Pasó la misma prueba, pero fracasó. Así pues, un tercio de esa familia desapareció: es Harán. Pero Harán dejó con todo descendientes: Saray, que será la mujer de Avraham, y Milká, que será la mujer de Najor. Vamos a tener tres padres surgidos de Téraj y vamos a tener cuatro madres. Y estos son, si se quiere, los esbozos de lo que serán Avraham, Itzjak y Yaakov, y de lo que serán nuestras matriarcas: Sará, Rivká, Rajel y Lea.

Pero no es el momento de desarrollar esto; se trata simplemente de decirles aquí cómo se nos presenta Avram. Avram es un sobreviviente de esas persecuciones que adquirieron una magnitud excepcional bajo el reinado de Nimrod, de ese espíritu que es el defensor único del laicismo a cualquier precio. Es él quien presidió el movimiento del Migdal Bavel, la torre de Babel: «Vamos a destronar lo divino que pesa tanto sobre el espíritu de nuestra sociedad, y vamos a demostrar que por nosotros mismos podemos organizarnos y realizar una sociedad que tendría el mérito entero de todo lo que ha hecho, de todo lo que ha realizado». Y esa es la razón por la cual los terajitas se ven obligados a exiliarse.

No pueden vivir allí. ¿Adónde piensan regresar? A Canaán. Canaán. A Canaán. Es la tierra de Éver, porque Shem, en el reparto de las tierras, recibió la tierra de Canaán, recibió la tierra de Israel; pero esa tierra de Israel fue invadida por los descendientes de Jam, Canaán, que la ocupan. Se comprende que el cananeo había venido a ocupar la tierra de Shem, y Téraj quiere ir a reencontrar sus raíces en su país. […] Es Téraj: un poco como el sionista laico que quiso emprender ese regreso a Israel sencillamente porque quiere huir de los pogromos. Pero no llega al término de su misión: se detiene en Harán.

Harán: es una lástima que no tenga un mapa para mostrarles cuál es el trayecto de Ur a Harán. Y Harán está en algún lugar de la actual Turquía, y es allí donde se encuentra Najor. Najor, que es un hijo de Téraj. Najor encontró que Aram, la tierra de Aram, era mucho más tolerante; que había lugar para una vida de […] acomodo con los arameos de la época. ¿Y por qué no? Así que, en lugar de pensar en un regreso a la tierra de Shem, la tierra original de Shem, uno se conformará con vivir en jutz la-árets (fuera de la Tierra), se conformará con vivir en Harán, e intentará, efectivamente, difundir esa enseñanza, esa vocación, ese ideal a través de un cosmopolitismo en el seno de las naciones.

Es un intento que también se ha hecho a lo largo de la historia. —«Señor Benizri, disculpe, tengo un mapa para usted, si quiere. ¿Quiere que lo comparta?» —«Si usted quiere, sí, estaría bien.» —«¿Lo ve?» —«No, por el momento no lo veo.» —«No, no lo consigo… Un momentito.» —«Ah, ahí está, muy bien.» —«Ahí está.» —Entonces, ahí ven Ur: eso es Ur Kasdim, un poco más arriba del golfo Pérsico, Ur Kasdim. Ahora miren Harán: va hacia el norte, y Najor está en Harán; es allí donde se ha instalado Najor. Pero forma parte de la familia, forma parte de la familia de Éver; es de Téraj; él también es de Éver, él también es de Éver. Se comprende por qué los patriarcas quieren a toda costa que los matrimonios se hagan dentro de la familia; no quieren salir de ese marco familiar. Así, cuando Avraham manda buscar una esposa para su hijo Itzjak, la busca en su propia familia. Pero ella tiene que venir a Israel. No quiere oír hablar de jutz la-árets; no quiere oír hablar de ese ideal cosmopolita del que Najor querría hacerse el portavoz internacional; no. Él quiere a toda costa realizar su ideal de vida a través de Érets Israel, la tierra de Canaán, que originalmente le corresponde porque es la porción de Shem, la patria de Shem. Y efectivamente, todos los patriarcas se casaron con descendientes de Najor.

Dentro de la misma familia; a veces sobrinas, nietas. Así pues, llegaron hasta Harán. Es allí donde Avraham recibe de Hashem la orden de dejar Harán y de no quedarse a mitad de camino. No hay que quedar a merced del país que de muy buen grado nos acogería, pero con ciertas condiciones: que no molestemos en absoluto, con nuestra manera de pensar, nuestra ideología, nuestra fe, a las demás filosofías o a los demás modos de vida. Él le dice: no, ve a buscar tus raíces en otra parte. Así pues, lo hemos comprendido: Hashem hablándole a Avram. Hasta ahora había profetas; solo se hablaba de profetas. Y hemos dado estas definiciones del profeta: el hombre que está en busca de su punto límite de comunicación con lo absoluto, con lo divino, y que lo siente tan intensamente que finalmente eso le pide dejar el medio en el que se desenvuelve y partir por un camino, el ha-árets asher areka, «hacia la tierra que te mostraré».

Ahora vas a escuchar; después vas a ver: la evolución va de la escucha hacia la visión. La visión de la tierra: por el momento no habría que desvelar el proyecto. No se desvela el proyecto de un Estado judío que se quiere crear a toda costa en un país ocupado por los cananeos. Por el momento, primero hay que instalarse; hay que sentar las bases de una familia y realizar poco a poco el florecimiento de un pueblo surgido de Avraham, en familia. Las familias de los hijos de Israel: ciertamente son un goy gadol, un gran pueblo, porque deben delimitar sus fronteras respecto del resto del mundo. Es como Noaj, que se encierra en su tevá, su arca: el pueblo de Israel también se delimita dentro de sus fronteras; es un goy gadol. Pero ve-nivrejú vejá kol mishpejot ha-adamá: serán bendecidas todas las familias, todas las familias de la tierra, todas las familias; hacer de los otros pueblos distintas familias, realizar la unión de esas familias: esa es la verdadera misión confiada a Avram, y es la misión del pueblo judío.

Veo que no podré ir más lejos que esto, pero si puedo cederles la palabra, si hay preguntas, si hay conversación, con mucho gusto: los escucho. —«Si me permite, no sé si es mi turno, soy Yoann. Muchas gracias, porque esto es una delicia, una verdadera delicia; es la mejor manera de terminar el fin de semana. Lo sigo con atención, pero por desgracia no suelo tener la oportunidad de hacer preguntas, y ahora me quema los labios, o la lengua, todavía no lo sé. La pregunta es la siguiente: hay diferentes filosofías, diferentes divinidades, y Moshé logró unificar todo eso, volviéndolas irrelevantes si se las tomaba por separado.

»Y por otro lado, está ese movimiento que me interesa enormemente, de la safá, ese labio, esa lengua del goy, es decir, una lengua pulida, cosmopolita, hacia el lashón de la mishpajá. Entonces, dos pequeñas preguntas. La primera: ¿cuáles son los mecanismos que nos van a permitir ir de la safá al lashón? Y una subpregunta: ¿por qué se dice entonces mishpejot? ¿Por qué no se dice simplemente mishpajá?» —Sí. ¿Has terminado? ¿Esas son tus preguntas? Entonces, para responder a la primera pregunta, hay que saber que todo hombre goza de una lengua interior, que le es propia; va-yipaj be-apav nishmat jayim: cuando D-os insufló en el hombre el soplo de la palabra, el hombre recibió en sí un soplo interior.

Ese soplo de la palabra es el de su espiritualidad, es el de su esencia. Si no hubiera sido dividido a causa del despedazamiento de Adam, cada uno lo habría tenido en su totalidad dentro de sí. Pero, como las tablas de la Ley, fue efectivamente fragmentado. Así que cada uno solo conserva una parcela de él, y para que ese lenguaje recupere su unidad, tiene que haber una comunicación entre las mishpejot, entre las distintas familias de la tierra, cada una de las cuales posee, efectivamente, […]. Eso es. Bueno, ahí está: una respuesta breve, creo. ¿Otra pregunta? —«Quizá otra respuesta breve para mi pequeña pregunta. Usted nos había enseñado: «[…] ba-goyim al taamín, […] ba-goyim taamín».» —«Jojmá ba-goyim taamín» (cree que hay sabiduría entre las naciones). —«Ah, […] ba-goyim taamín. Hay científicos extraordinarios.

»Entonces, precisamente, ¿usted considera…? Me gustó mucho el paralelismo entre Téraj y el vendedor de libros de filosofía; pero para usted, ¿la filosofía no es una ciencia?» —En verdad, voy a citarles esta definición; no sé si todavía la recuerdo. Toda filosofía (no recuerdo las palabras exactas, pero esta es la idea), en la medida en que toda filosofía solo busca demostrar la inanidad de la otra filosofía, y que cada una, efectivamente… no hay filosofía que se pueda [simplemente] aprender. Puedes aprender todas las filosofías, pero hay que llegar a decir Mi jamoja ba-elim Hashem, «¿Quién como Tú entre los poderosos, Hashem?». ¿Ba-elim? Los sabios dijeron: ba-ilemim, entre los mudos. Ba-ilemim: son filosofías que permanecen mudas ante lo que la humanidad espera.

No se detienen en estos problemas. El filósofo está lejos de ser un tzadik. Es filósofo; no es tzadik. No es la encarnación misma de su propia filosofía; entonces, ¿cómo puedes darle crédito? Así pues, jojmá ba-goyim taamín: sophia, la sabiduría entre las naciones; esa es la traducción: sophia; la filosofía es el amor a la sabiduría, es la sabiduría; entonces créelo: eso lo tienen, eso lo tienen. Pero la Torá, que te pide ser consecuente contigo mismo y realizar el conjunto en ti, desprendiéndote de los extremos, ¿no es así?, eso todavía no lo tienen, porque están más bajo el dominio de Elokim que bajo el dominio de Hashem. Y cuando se separa a Elokim de Hashem, se convierte en elohim ajerim: se convierte en divinidades, se convierte en otras divinidades. Ahí está.

Gracias. Bien, con esto los dejo hasta la próxima. Recuerden que apenas hemos rozado el primer […]. Ahí está. Muchas gracias y buenas noches a todos. —«Muchas gracias otra vez.» —«Buenas noches, muchas gracias.» —«Que tengan buena noche.» —«Muchas gracias. Señor Benizri, muchas gracias. Adiós.» —«Adiós. Hasta la semana que viene.» —«Infinitas gracias.»