Preguntas para la mesa de Shabat: Lej Lejá
Un cuadernillo de estudio para imprimir: una pregunta por página, la respuesta del Rav, su fuente y una enseñanza para debatir en familia.
Esta clase completa el estudio del lej lejá («vete») como elemento fundador de la emuná (la fe), y plantea una pregunta sencilla: ¿qué es una fe que no se petrifica? El Rav Raphaël Benizri parte de la orden de marcha dada a Avraham hacia una tierra que no conoce, y muestra que el peligro no es la duda, sino la comodidad de las ideas adquiridas. A partir de ahí, la clase desciende con Avraham a Egipto, donde el hambre impone una crisis y donde la casa de Avraham se ve amenazada en lo que tiene de más íntimo. Concluye con Hagar, la hija del Faraón introducida en esa casa, y con lo que ella engendrará allí.
El punto de partida es una lectura del movimiento mismo: caminar hacia la tierra es poner al descubierto lo que la tierra esconde bajo su superficie, y es el mismo gesto que el del estudio, que no se detiene en el texto tal como se presenta. El Rav vincula esta idea con lo que Avraham recibió de las academias de Shem y de Éver, y luego con el secreto de la concepción —en el tiempo, en el estudio, en la tierra—, que impide que nada se repita idéntico a sí mismo.
La clase da luego un giro con el hambre que golpea la tierra de Canaán apenas se ha establecido allí Avraham. El descenso a Egipto se lee como una crisis querida, necesaria para el avance de la historia, y como una confrontación con una civilización que pretende hacer pasar a todas las demás por su propia matriz. Es allí donde se desarrolla la escena de la hermana y la esposa, y donde se abre ese tema de la codicia de lo femenino que, anunciado desde las primeras palabras, atraviesa toda la historia.
Lo que enseña esta clase
La fe nunca está petrificada. Evoluciona a medida que avanzan nuestros descubrimientos y nuestras revelaciones, y su función propia es impedirnos detenernos en una idea ya revelada. Nos proyecta hacia lo que esa idea esconde detrás de sí o en lo más hondo de sí misma. El lej lejá hacia la tierra es ante todo un movimiento de marcha que pone al descubierto las riquezas de la tierra, porque lo que ella muestra en la superficie no es más que un atisbo de lo que guarda sepultado. La fe pertenece al orden del sondeo, no del inventario. Por eso la Torá de la Tierra de Israel es incomparable: allí se encuentran la raíz y la fuente, y siempre vale más sondear en profundidad los tesoros que esconde que ir a buscarlos lejos.
Avraham emprende la marcha sin hacerse preguntas, y esa es la verdadera fe. Cuando uno se muda, la tendencia habitual es ir primero a ver las posibilidades que ofrece el lugar elegido, comprobar que será para nosotros una fuente de plenitud, y solo después emprender el traslado en las mejores condiciones. Ahora bien, esta noción de la tierra precedió a la revelación en el monte Sinaí: primero se le destinó una tierra a Avraham, y a esa tierra había que ir con la máxima fe. Avraham hace lo contrario de lo acostumbrado. Cuando todo es evidente y está al alcance de la mano, no hay problema de fe, y es precisamente ahí donde surge el peligro.
El peligro de la idolatría reside en los principios que hemos dejado fijados. Consiste en aferrarnos a toda costa a las ideas adquiridas, a nuestros esquemas, a nuestros prejuicios, a los datos que hemos puesto a prueba y edificado a nuestro alrededor porque aseguran nuestra comodidad intelectual y espiritual. Allí ya no queda ninguna posibilidad de apertura, ninguna posibilidad de corrección, ninguna posibilidad de teshuvá (arrepentimiento, retorno), y por lo tanto ninguna posibilidad de revelación. «Ve a la tierra que Yo te mostraré» significa: allí donde voy a revelarte cosas que hoy no sospechas, y que quizá pongan en tela de juicio tus ideas recibidas. Esto supone una marcha ininterrumpida.
Y sin embargo, Avraham no lo descubrió todo por sí mismo. Si nos atenemos a la idea de un Avraham que se hace preguntas desde los tres años, tenemos ante nosotros a un superdotado provisto de una inteligencia fenomenal, capaz por sí solo de aprehender la visión de un Amo del universo. Pero antes de él hubo hombres como Janoj, de quien se dice que anduvo delante de D-os, y Nóaj, de quien se dice que habló con D-os; Avraham, en esta etapa, todavía no ha hablado con D-os: es D-os quien se le manifiesta. Además, dos academias habían preparado esta búsqueda, la de Shem y la de Éver: Shem buscaba el nombre de D-os a través de Sus atributos, y Éver fundaba su enseñanza en el descubrimiento de D-os a través del prójimo. Avraham, Itzjak y Yaakov fueron todos discípulos suyos.
El primer elemento de esta búsqueda es, paradójicamente, el ibur. De una mujer encinta se dice que está meuberet: lleva en sí una vida distinta de la suya, a la que va a dar a luz. En el tiempo existe igualmente el ibur hashaná, el año que lleva en sí un decimotercer mes. El cálculo consiste en recuperar el desfase que la luna acumula en un año respecto del sol: hay que alcanzarlo, hay que volver a poner ambos recorridos en la misma línea. El año solar es un ciclo igual a sí mismo, en el que las estaciones se repiten sin cambio; el año lunar, hecho de meses, lleva el jódesh, la renovación, es decir, que las cosas no se repiten automáticamente y que cada vez se requiere un esfuerzo de ajuste.
Este secreto de la concepción en el tiempo es el mismo en el estudio y en la tierra. No se trata de recitar el estudio de memoria, ni de tomar el texto tal como se presenta, sino de intentar ver lo que esconde en su profundidad. Lo mismo ocurre con la tierra: Avraham la recorrió a lo largo y a lo ancho, y al recorrerla ya sabía cuáles serían sus toledot, cuáles serían las etapas de la historia que atravesaría el pueblo judío. Caminar, estudiar y concebir son aquí un solo y mismo gesto.
Así es como el lej lejá funda una historia. Avraham es quien se atrevió a destruir todas las ideas petrificadas y preconcebidas, todas las ideologías, y quien fijó la innovación de su tiempo en el apego a la tierra y a los valores de la Torá. Se nos enseña a no leer solamente «cuando fueron creados», sino a leer «por Avraham»: la historia comienza con él. Con él comienzan los nuevos dos mil años, dentro de un total de seis mil años dividido en tramos de dos mil; los primeros son los del caos, en los que cada uno se aferra a las fuerzas que lo rodean y termina rindiéndoles culto.
El culto de los idólatras convierte a la divinidad que sirven en una divinidad para su propio uso. El Faraón ofrece la imagen: el río que alimenta a todo Egipto es su dios, pero es él quien lo administra. Con los tzadikim (los justos), la fórmula se invierte: D-os está por encima de ellos. Avraham habría podido detenerse, como su hermano Najor, que pensaba llegar hasta los confines de Canaán y se detuvo en el camino, juzgando que en Jarán se vivía bien. Él no se detiene: todo es incierto, pero está convencido de que va hacia un descubrimiento real.
La tierra prometida es una tierra en la que el cielo y la tierra coordinan sus energías. No tiene un río que la atraviese y asegure, como en Egipto, el riego de los campos; bebe la lluvia del cielo, y por eso hay que alzar los ojos y rezar para que el cielo una su energía a la de la tierra. La necesidad del pan, alimento básico del hombre, es allí como el equivalente de la necesidad de la palabra de D-os. No solo de pan vivirá el hombre, pero ese pan es en sí mismo el canal de otro alimento: el del propio ser.
El hambre golpea en el momento mismo del asentamiento, y golpea precisamente esa tierra. Apenas se ha establecido Avraham en la tierra de Canaán, sobreviene el hambre sobre una tierra para la cual se habían hecho tantas promesas: hay motivos para que se tambalee su fe. El texto indica que él toma por sí mismo la iniciativa de descender a Egipto: él podría soportar esta prueba, pero no quiere imponérsela a su compañera, porque ciertas convicciones que no nos plantean ningún problema, de tan fáciles y evidentes que nos resultan, nunca deben imponerse a los demás. Otro comentario da a este descenso una segunda razón: Avraham no quiere presentar un judaísmo de pobreza. Por dondequiera que va, gana almas para la fe en un Creador del universo; Sará, por su parte, ha tenido éxito entre sus discípulas, y hay que atender a las necesidades de todas esas almas recién ganadas. Egipto es entonces el gran granero, como lo será en tiempos de Yosef.
El hambre vuelve con Itzjak, y de nuevo con Yaakov: no es casual. Hay aquí una voluntad decidida de hacer avanzar la historia, y la historia no puede avanzar sin crisis. Si nos instalamos en lo cotidiano, una multitud de ídolos, de ideologías y de creencias termina por destruir la sociedad desde dentro. La crisis apunta a una renovación, a un nuevo impulso, a una aceleración, y aquí esa aceleración apunta a compartir la fe de Avraham con las demás civilizaciones y las demás culturas.
Egipto quiere hacer pasar todas las tendencias por su propia matriz. Está en aquella época a la vanguardia de la civilización y se considera el gran imperio, llamado a fundir en su seno todas las demás tendencias, y en particular la que porta Avraham. El Faraón tiene en gran estima lo que emprenden Avraham y Sará; querría que la matriz egipcia fuese la de lo que representa la esposa de Avraham, de modo que sus súbditos fueran judíos en toda regla, pero que la identidad de cada uno siguiera siendo egipcia. Es toda la dialéctica entre un judío francés y un francés de confesión judía. Esto no significa que haya que rechazarlo todo: las naciones desarrollan una cierta cultura, y hay lugar para integrar algunos de sus valores, que encontrarán su sitio en el rompecabezas del pensamiento judío.
La crisis también opera una criba dentro de la casa de Avraham. Lot, su sobrino huérfano, adoptado por su tío, lo acompaña a Egipto. Se dice que se parecía mucho a Avraham, que tenía su rostro, pero un rostro exagerado: la gente podía equivocarse acerca de Avraham mirando a Lot, cuya conducta no respondía a las exigencias de su moral. Al volver a subir, Lot ha hecho fortuna allí, ha obtenido cierto reconocimiento, se ha vuelto algo independiente y ahora puede afirmarse frente a su maestro. Es la ocasión para que Avraham le diga que ha llegado el momento de separarse, para que no arrastre su moral tras de sí: un peligro constante cuando uno toma bajo su tutela a personas que imitan sin buscar el fondo de las cosas.
Entre el Faraón y Lot, la diferencia está en aquello que funda una casa. El Faraón fracasa en su intento de apropiarse de la esposa de Avraham, es decir, de lo que funda su casa, porque la mujer es considerada el bayit, la casa misma: ella es el lugar de morada, la que pone en práctica toda la Torá de Avraham. Si esa enseñanza no tiene un laboratorio donde se aplique, se quedará en pura teoría; lo propio de la mujer es dar realidad al marido y a lo que él representa. Hay, pues, un vínculo directo entre la promesa de la tierra y la salvaguarda de la casa frente a toda apropiación, y el fenómeno se repetirá en el nacimiento mismo del pueblo judío, cuando el Faraón ordene eliminar a todo hijo varón y mantener con vida a toda hija.
«Sé que eres una mujer hermosa» no es un descubrimiento. Avraham lo dice en pasado: no se da cuenta en ese instante de que Sará es hermosa. Pero llegan a un país donde la belleza no es la belleza interior, sino la exterior, aquella de la que se dice que la gracia es engaño y la belleza vanidad: una belleza que se marchita, se arruga y se va. La belleza interior, en cambio, no hace más que ocupar cada vez más espacio y afirmarse cada vez más. De ella se trata aquí, y es ella la que caracteriza a cuatro mujeres de la historia bíblica: Sará, Rajav, Avigail y Ester; de Ester se dice que tenía la tez verdosa, y que todo su encanto era interior.
«Di que eres mi hermana» abre una dimensión nueva en la relación entre el hombre y la mujer. La relación primera había comenzado con «macho y hembra los creó», como con los animales. Luego, cuando la mujer fue presentada a Adam, él la reconoció por su propio atributo, ishá tomada del ish: una relación todavía algo ambigua, sublimada más tarde cuando Adam llama a su mujer Java, madre de todo viviente. Aquí la relación es la del hermano y la hermana: una relación prohibida, y por tanto un amor puro, no condicionado por la atracción física, como en el anhelo del Cantar de los Cantares: ojalá fueras para mí como un hermano. Lo que rige entonces la vida íntima es una noción de familia espiritual que uno quiere llevar a su plenitud.
El sentido literal de la petición no la agota. Literalmente, Avraham dice: para que me vaya bien gracias a ti y siga con vida, porque podrían eliminarme para quedarse contigo. Pero en la búsqueda del sentido oculto, la frase dice otra cosa: para que yo pueda tomar de esta civilización egipcia lo que corresponde tomar, y dar vida a todo lo que tú representas para mí. Esto volveremos a encontrarlo en la salida de Egipto, cuando cada mujer pida joyas a su vecina y a la que habita a su alrededor: el oro y la plata tienen allí otra resonancia. El gesto solo tiene sentido en relación con lo que permite llevarse de una cultura sin pertenecer a ella.
Tras su fracaso, el Faraón intenta el movimiento inverso a través de Hagar. Da a Avraham una de sus hijas, y este gesto pertenece al fenómeno de la conversión. Lo que no logró reteniendo a Sará bajo su dominio —pues una plaga golpeó su casa y a él mismo, haciendo imposible toda correspondencia de vida entre su modo de ser y lo que representaba Avraham—, intenta obtenerlo infiltrando a su hija en la casa de Avraham, para que los valores espirituales de Avraham pasen esta vez por la matriz de Hagar. Y de esa matriz nacerá Ishmael, el reverso de la medalla en la casa de Avraham, el que planteará el problema de la propiedad de la Tierra de Israel, el que se replegará en el desierto, pero que nunca ha perdido de vista su parte en esa casa.
Transcripción completa de la clase
Abordamos un fenómeno que nos persigue a lo largo de toda la historia, a saber, esa codicia de lo femenino. Pero primero vamos a terminar con esta noción de lej lejá el haárets —«vete a la tierra»—, que es el elemento fundador de la emuná (la fe). La fe, propiamente dicha, nunca está petrificada. Evoluciona a medida que avanzan nuestros descubrimientos, nuestras revelaciones. Pero también nos permite no detenernos nunca en una idea revelada, y proyectarnos hacia lo que ella esconde detrás de sí o en lo más hondo de sí misma. Así pues, el lej lejá hacia la tierra es ante todo un movimiento de marcha que va a poner al descubierto las riquezas de la tierra, porque lo que la tierra presenta en la superficie no es más que, digamos, un atisbo…
un atisbo de las riquezas que todavía puede guardar sepultadas en su interior. Y esa es la razón por la que decimos que la Torá de Érets Israel es incomparable. ¿Por qué? Porque allí se encuentra la raíz, la fuente. Y, a decir verdad, nunca hay que ir lejos en busca de revelaciones ulteriores; siempre vale más sondear en profundidad cuáles son las fuentes que la tierra esconde en lo más hondo de sí misma, cuáles son sus tesoros. Y dijimos que esta noción de la tierra precedió a la revelación de D-os en el monte Sinaí. Primero se nos destinó una tierra, y a esa tierra había que ir con la máxima fe. Por lo general, vemos que cuando hay que mudarse de un lugar a otro, la tendencia es ir primero a ver las posibilidades que ofrece el lugar elegido para la mudanza, y emprender después, en las mejores condiciones, el traslado.
¿Será este lugar una fuente de plenitud para nosotros? Avraham, en cambio, emprende la marcha hacia la Tierra de Israel sin hacerse preguntas. Y esa es la verdadera fe, porque cuando todo es evidente, cuando todo está al alcance de la mano, no hay problema de fe. Pero cuando no hay problema de fe, ¿cuál es el peligro? Aferrarnos, cueste lo que cueste, a las ideas adquiridas, a nuestros esquemas, a nuestros prejuicios, a los datos que hemos puesto a prueba y que hemos edificado a nuestro alrededor, y que aseguran nuestra comodidad intelectual y espiritual. Y ahí se sitúa el peligro de la idolatría: en los principios que hemos dejado fijados, de los que ya no queremos movernos, obstinados en nuestra manera de ver las cosas.
Y eso es terrible. No hay ninguna posibilidad de apertura, ninguna posibilidad de corrección, ninguna posibilidad de teshuvá (arrepentimiento, retorno). Y entonces tampoco hay posibilidad de revelación. «Ve a la tierra», y allí, allí donde voy a revelarte cosas que hoy no sospechas, que no comprendes. Tal vez surjan dudas que pongan en tela de juicio tus ideas recibidas; pues bien, hay que ser capaz de emprender esta marcha, una marcha ininterrumpida. ¿Acaso Avraham lo cultivó y lo descubrió todo por sí mismo? Si, en definitiva, nos atenemos a esa idea de un Avraham que, desde los tres años, se hace preguntas, entonces tenemos ante nosotros a un superdotado que goza de una inteligencia fenomenal y que puede efectivamente llegar a aprehender esa visión de un Amo del universo, de un Creador del universo, en cuyo nombre combate todas las ideas recibidas hasta entonces.
Hubo, con todo, hombres como Janoj y Metushélaj, y Nóaj, que también anduvieron con D-os. Se dice que Janoj anduvo delante de D-os, y que Nóaj habló con D-os; por el momento, Avraham todavía no ha hablado con D-os: es D-os quien se revela. Así pues, ya existía un fondo de búsqueda realizado por hombres antes que él, e incluso había dos academias que formaban discípulos: la academia de Shem y la de Éver. Shem es el que buscaba el nombre de D-os a través de los atributos. Éver es el que fundaba su enseñanza en el descubrimiento de D-os a través del prójimo. Había, pues, toda una cadena de estudio en esas dos academias, con objetivos muy precisos, y fueron ellas las que iniciaron a Avraham, a Itzjak y a Yaakov: todos ellos fueron discípulos de esas escuelas. Ahora bien, ¿qué aprendieron?
¿Cuál era, dicen nuestros sabios, el primer elemento de su búsqueda? Paradójicamente, el ibur. El ibur: cuando se dice de una mujer que está encinta, está meuberet. Lleva en sí un embrión, una vida que es distinta de ella y a la que va a dar a luz. Ahora bien, en el tiempo existe lo que se llama ibur hashaná, que se traduce como año embolísmico, es decir, un año que lleva en sí un decimotercer mes. El cálculo consiste en recuperar el tiempo que al año lunar le falta respecto del año solar. Hay que alcanzarlo; hay que intentar volver a poner al sol y a la luna en el mismo recorrido. Y ya dijimos que el año solar es un ciclo que es igual a sí mismo y que vuelve a empezar.
Shaná: repetición, exactamente. No hay ningún cambio. Hay un ciclo de estaciones que se repite. Y el año cíclico de la luna se calcula según un número de meses lunares. Y sabemos muy bien que no es idéntico al del sol; se queda atrás. Pero tiene algo propio que es original, a saber, la renovación, el jódesh (el mes nuevo). Es un año de meses; está constituido por meses. Y esta noción de novedad, que hace que las cosas no se repitan de manera automática, sino que haya que hacer un esfuerzo de ajuste a medida de los cálculos que hacemos, de las operaciones que realizamos, se llama el secreto de la concepción.
El secreto de la concepción en el tiempo es el mismo que existe en el estudio de la Torá, porque no se trata de recitar el estudio de memoria, ni tampoco de tomar el texto tal como es; se trata de intentar ver lo que esconde en su profundidad. Y lo mismo ocurre con la tierra. Avraham recorrió la tierra a lo largo y a lo ancho, pero al recorrerla ya sabía cuáles serían sus toledot, cuáles serían las etapas de la historia que atravesaría el pueblo judío. Y en eso consiste el movimiento que Avraham emprendió de manera definitiva, puesto que es él quien se atrevió a destruir todas las demás ideas petrificadas y preconcebidas, todas las ideologías. Y es él quien, en suma, innovó y fijó la innovación de su tiempo, a saber, en el apego a la tierra y en el apego a los valores espirituales,
en el apego a los valores de la Torá. Y es así como esta mitzvá del lej lejá es la fundadora de una historia. «No leas behibaram, «cuando fueron creados», sino lee be-Avraham, «por Avraham»». La historia comienza con Avraham. Con Avraham comienzan los nuevos dos mil años, puesto que hay un total de seis mil años, dividido en tramos de dos mil, dos mil y dos mil. Dos mil años de tohu: los primeros son el caos, el vacío. Cada uno se aferra a las distintas fuerzas que lo rodean, fuerzas que, en suma, están más allá de él; y precisamente porque están más allá de él se convirtieron en objeto de culto, se les rindió culto.
Pero este culto propio de los idólatras hace que la divinidad a la que sirven esté a su conveniencia, a su servicio. A su servicio: tenemos una imagen de ello en el Faraón: «Y el Faraón soñó, y he aquí que estaba de pie sobre el río». El Yeor, el río que alimenta a todo Egipto, es su dios. Pero es él quien está de pie sobre el río, es él quien lo administra. Mientras que con los tzadikim (los justos), no: «Y he aquí que Hashem estaba de pie sobre él, y dijo»; esto se dice de Yaakov Avinu. Es decir, D-os está por encima de nosotros. Si hemos asimilado, pues, esta noción importante del lej lejá el haárets que Avraham emprende con determinación —cuando habría podido hacer como Najor, su hermano, que pensó llegar hasta las puertas de Canaán, pero se detuvo a mitad de camino y dijo: «En Jarán se vive bien», y habría podido quedarse allí—, no.
Él va; todo es incierto, pero está convencido de que va realmente al descubrimiento de lo insondable, y es verdad. Como subrayamos la semana pasada, «Hashem se apareció a Avram»: el Eterno se manifiesta a Avraham. Él acepta otro modo de conocimiento. Esta tierra que le es prometida en una primera revelación, y que está destinada a las generaciones futuras, a su descendencia futura, es una tierra en la que el cielo y la tierra coordinan sus energías, de tal modo que el hambre —o más bien la necesidad del pan, alimento básico del hombre— tiene como equivalente el hambre de la revelación de la palabra de D-os. No solo de pan vivirá el hombre, pero ese pan es en sí mismo el canal, si se quiere, de otro alimento, el alimento espiritual del ser, puesto que la Tierra de Israel, es cierto, no tiene recursos agrícolas.
No hay ríos que la atraviesen y que puedan asegurar, como en Egipto, el riego de las tierras. No. Hay que alzar los ojos al cielo y rezar para que el cielo coordine su energía con la de la tierra. Pero entonces Avraham se ve sorprendido por un hambre. Apenas acaba de establecerse en la tierra de Canaán. Y vamos a leer este texto para comprenderlo mejor: mientras Avraham prosigue su recorrido para poner de manifiesto la Jerusalén celestial, «y hubo hambre en la tierra»: un hambre golpea el país, golpea la tierra. Se nos dice que esta hambre golpea únicamente la Tierra de Israel. Hay tantas promesas en esta tierra, para esta tierra; al principio, hay motivos para que se tambalee la fe de Avraham.
Se nos dice que tomó por sí mismo la iniciativa de ir a Egipto. ¿Por qué razón? Él, digamos, bien podría soportar esta prueba del hambre, pero no querría imponérsela a su compañera. A veces tenemos ciertas convicciones que no nos plantean ningún problema; nos resultan totalmente fáciles, evidentes. Nunca hay que intentar imponérselas a los demás. Y él se apoya en el principio de «El que pone paz en tus fronteras te sacia con lo mejor del trigo»: quien quiere de verdad asegurar la paz en su entorno inmediato debe asegurar el sustento. Así, Avraham decidió, por su compañera, descender a Egipto. Otro comentario nos da otra línea de pensamiento, a saber, que Avraham no quiere presentar un judaísmo de pobreza.
Sabemos muy bien que por dondequiera que pasa está difundiendo la fe en D-os, en un Creador del universo, y que tiene muchos seguidores; Sará tiene igualmente éxito entre las discípulas. ¿Cómo, entonces, atender a las necesidades de todas esas almas recién ganadas? Decide, pues, ir a buscar el alimento allí donde pueda encontrarlo. En aquel momento, Egipto era todavía un gran granero de cereales —como lo fue en tiempos de Yosef, según vemos—, porque esta idea del hambre que golpea en la época de Avraham, que se repite con Itzjak y que vuelve con Yaakov, no es casual. Hay aquí una voluntad decidida de D-os de hacer avanzar la historia. Y la historia no puede avanzar sin crisis. Porque si nos instalamos en lo cotidiano y nos olvidamos de nosotros mismos, ¡ay de nosotros! Entonces, efectivamente, una multitud de ídolos, de ideologías, de creencias destruyen la sociedad desde dentro. La crisis apunta al curso de la historia, para permitirle avanzar, como si se le diera un nuevo impulso, una nueva aceleración. ¿Y a qué apunta esta nueva aceleración? Apunta a compartir la fe de Avraham con las demás civilizaciones, con otras culturas. Y Mitzráim era conocido en aquella época como el país a la vanguardia de toda la civilización, y Egipto se consideraba verdaderamente el Imperio, el gran Imperio […], que debía fundir en su seno, atrayendo a su órbita todas las culturas, todas las demás tendencias, y en particular la que porta Avraham, que no es poca cosa. Cabe pensar que el Faraón tenía en gran estima todo lo que emprendía Avraham [y Sará], y quería realmente que la matriz de los egipcios fuera la de lo que representa la esposa de Avraham, de modo que los egipcios, por su concepción, fueran judíos en toda regla —puesto que todo va según la madre—, pero que la identidad de cada uno fuera egipcia.
Es toda la dialéctica entre un judío francés y un francés judío, de confesión judía. O bien somos portadores de los valores de una civilización grecorromana teñida de nuestros valores judíos; o bien somos ante todo —reivindicamos ante todo— nuestros valores judíos, y hemos adoptado como hermana, «Di, te ruego, que eres mi hermana», como hermana. Entonces hemos adoptado, efectivamente, la civilización egipcia, o grecorromana, o europea, o africana, poco importa; las naciones, por su parte, desarrollan una cierta cultura. No todo hay que rechazarlo. Hay lugar, efectivamente, para integrar ciertos valores que encontrarán su sitio en el rompecabezas del pensamiento judío. Pues bien, ese es el diálogo. El hambre que golpea la tierra de Canaán obliga a Avraham a atravesar una etapa de crisis.
Se lleva consigo a Lot, su sobrino, que era, digámoslo, huérfano. Es adoptado por su tío Avraham, y entonces lo sigue; pero lo sigue Lot, que, como su nombre indica, es un velo. Se dice que se parecía mucho a Avraham, que tenía el rostro de Avraham, pero un rostro, digamos, exagerado. La gente, efectivamente, podía equivocarse acerca de Avraham mirando a Lot, cuya conducta no respondía a las exigencias de la moral de Avraham. Ahora bien, ¿qué permite esta crisis, o este exilio? Permite hacer una criba. ¿Qué va a suceder? Lot, efectivamente, va a descender, va a acompañar a Avraham a Egipto; y cuando lo acompaña —presten atención— hay un orden en la familia que hace que incluso sea mencionado primero; pero cuando vuelve a subir de Egipto…
Lot también ha hecho dinero allí, ha obtenido cierto reconocimiento, se ha vuelto algo independiente, y por consiguiente puede afirmarse frente a su maestro. Pero es solo una manera de hablar; más bien es la ocasión para que Avraham le diga: «Sepárate, te ruego, de mí»: es hora de que te separes de mí, para que no haya falsas interpretaciones, para que no me arrastres, para que no arrastres mi moral tras de ti. Eso también es un peligro cuando uno toma bajo su tutela a personas que no hacen más que plagiar, que copiar, y que no buscan llegar a lo más profundo de las cosas. Entre el Faraón y Lot hay una diferencia, porque el Faraón, en definitiva, no logra apropiarse de la esposa de Avraham, es decir, de lo que ella representa, de lo que funda la casa, porque no olviden que la mujer es considerada el bayit, la casa. Ella es el lugar de morada; ella es la que pone en práctica toda la Torá de Avraham. Por consiguiente, si esa Torá no tiene un laboratorio donde se lleve a la práctica, se quedará en pura teoría. Y la fuerza particular de la mujer es dar realidad al marido y a lo que él representa. Vemos, pues, la relación que existe entre la promesa de la tierra y la salvaguarda de la casa de Avraham frente a todo peligro de apropiación. El peligro de una apropiación de lo femenino amenaza con hacer fracasar todo el recorrido de Avraham. Esto se repetirá en la historia: en el nacimiento del pueblo judío veremos exactamente lo mismo, a saber, que el Faraón quiere hacer pasar la civilización egipcia por la matriz judía, diciendo: «Todo hijo que nazca, lo arrojaréis al río» —lo sacrificaréis a la divinidad—, «pero a toda hija la dejaréis con vida».
Hay aquí un modo de expresarse que puede prestarse a confusión. Cuando Avraham dice a su mujer: «Sé que eres una mujer hermosa», no es que se dé cuenta ahora de que es hermosa. Eso lo sabe, puesto que lo dice en pasado: lo sé, no lo discuto. Pero llegamos a un país donde la belleza no es la belleza interior, sino la belleza exterior, de la que se dice: «Engañosa es la gracia y vana la hermosura». Esa es una belleza que después se marchitará, se arrugará y se irá. La belleza interior, en cambio, no hace más que ocupar cada vez más espacio y afirmarse cada vez más. [El texto] habla de esa belleza interior, y cada vez que se habla de belleza en el sentido de la Torá, se hace siempre en referencia a esa belleza que caracterizó a cuatro mujeres en la historia bíblica: Sará,
Rajav, Avigail y Ester. De Ester se decía que era verdosa, pálida; es decir, que de aspecto no era gran cosa. Pero toda su belleza, todo su encanto, es interior. Esto nos remite a la idea del valor interior, frente a la sabiduría que sostiene o que gobierna a los demás pueblos, a las demás civilizaciones. Así, él dice a su mujer: «Di que eres mi hermana». Esto es también una nueva —perdón—, una nueva dimensión en la relación entre el hombre y la mujer. Recuerden que la relación primera comenzó con «zajar unekevá beraam», «macho y hembra los creó», igual que con los animales. Después, cuando D-os presentó a Adam la mujer enteramente engalanada, él le dio reconocimiento; la reconoció por su propio atributo, ishá: «Esta será llamada ishá, porque del ish fue tomada». Es la relación de ish e ishá. Queda algo un tanto ambiguo en esta relación de ish e ishá, aunque más tarde fuera cubierta, o sublimada, por la de «Y llamó Adam el nombre de su mujer Java, porque ella fue la madre de todo viviente»: el hombre que llamó a su mujer madre de toda vida. Pero aquí la relación es aj veajot, hermano y hermana. Hermano y hermana: esos eran los lazos reservados a las élites de sangre azul, que no querían mezclarse con el pueblo y que conservaban y cultivaban sus lazos íntimos dentro de la familia. No. Aquí, al contrario, la relación está prohibida. El amor es puro. No está condicionado por una atracción física. Así es como Avraham considera a su mujer: «Di, te ruego, que eres mi hermana». Se ha llegado a este estado de relación, es decir, lo que efectivamente rige ante todo nuestra vida íntima es una noción de familia espiritual que queremos llevar a su plenitud. «Di, te ruego, que eres mi hermana», y en el Shir haShirim (el Cantar de los Cantares)…
precisamente, la mujer dice a su amado: «Mi yitenjá keaj li»: ojalá fueras un día mi hermano. Así es, pues, como se percibe al amado, y esa es la idea importante que el texto nos sugiere aquí. Y, por supuesto, si tomamos el texto al pie de la letra: «para que me vaya bien gracias a ti, y viva mi alma por causa de ti»: para que se me considere bien gracias a ti, y que siga viviendo, puesto que efectivamente podrían eliminarme para quedarse contigo. Pero aquí también, como digo, en la búsqueda del sentido oculto del texto, no: «para que me vaya bien gracias a ti» significa: para que yo pueda efectivamente tomar de la civilización egipcia lo que corresponde tomar, y para que pueda dar vida, dar vida a todo lo que tú representas para mí. Volveremos a verlo en Egipto, en la salida de Egipto, con los Hijos de Israel: «y pedirá cada mujer a su vecina, y a la que mora en su casa»: cada mujer pidió joyas a su vecina y a la que vivía en los alrededores. ¿Acaso necesitaban ese oro y esa plata para llevárselos consigo?
No; pero el oro y la plata tienen aquí otra resonancia, otra tonalidad; no es… Y, por lo demás, esto lo confirma lo que hace el Faraón. ¿Qué hace? Da una de sus hijas a Avraham, Hagar: he aquí el fenómeno de la conversión. Lo que él no había logrado hacer por sí mismo, reteniendo a Sará bajo su dominio —puesto que una plaga golpeó la casa del Faraón y al propio Faraón; hubo, pues, desgracia, una imposibilidad de correspondencia, de vida común entre ambos: el modo que quería el Faraón y todo lo que representaba Avraham—, ahora lo que va a intentar es infiltrar a su hija Hagar en la casa de Avraham, de modo que se realice el movimiento contrario y que los valores espirituales de Avraham pasen por la matriz de Hagar. Y cuando pasan por la matriz de Hagar, ¿qué resulta de ello? ¿Qué engendra ella? Da a luz a Ishmael. Ishmael, que será precisamente, digamos, el reverso de la medalla en la casa de Avraham, puesto que planteará el problema de la propiedad de la Tierra de Israel; en suma, se replegará en el desierto, pero nunca ha perdido de vista su parte en la casa de Avraham. Bien, me detengo aquí; si quieren hacer preguntas, con mucho gusto.
Seguir estudiando
- ← Clase anterior: Lej Lejá: Lot, nuestro vecino
- Clase siguiente: Lej Lejá: el recorrido de Avraham →
- Otras clases sobre la parashá Lej Lejá: el tercer intento · la relación del hombre con D-os · el diálogo de la revelación · Avraham contra Faraón · la guerra contra los cuatro reyes (primera parte) · la guerra contra los cuatro reyes (segunda parte)
- La parashá Lej Lejá: resumen, temas y cuadernillo
- Todas las clases de la serie: Parashá de la semana
- ¿Quién es el Rav Raphaël Benizri?
