Preguntas para la mesa de Shabat: Lej Lejá
Un cuadernillo de estudio para imprimir: una pregunta por página, la respuesta del Rav, su fuente y una enseñanza para debatir en familia.
Avram tiene noventa y nueve años cuando recibe el primer mandamiento que se le dirige personalmente: el de la circuncisión. Esta clase recorre el capítulo versículo por versículo y lo lee como el paso de un régimen de la revelación a otro. Antes del pacto, D-os se revela a Avraham; después de él, el orden de las palabras se invierte en el texto, y es Avraham quien se convierte en el lugar de la revelación. La pregunta que se plantea es, pues, la del precio de un diálogo: qué hay que inscribir en la propia carne para que la palabra deje de ser un simple decir.
El Rav Raphaël Benizri parte del Nombre con el que D-os se presenta aquí: Aquel que fijó límites a la creación. Esos límites están en todas partes: en las leyes físicas, en el razonamiento, en la sensibilidad, en la capacidad misma de percibir lo trascendente. El único ámbito que no está acotado es el del tiempo, y a él se accede más por el compromiso que por el pensamiento.
A partir de ahí, la clase avanza por el texto: la visión y su traducción, la orden de caminar delante en lugar de esperar, la comparación con Noaj, los tres pactos, el cambio de nombre de Avram en Avraham y de Saray en Sará, el consejo de los tres compañeros y, por último, la risa de Avraham y el nombre de Itzjak. Se cierra con preguntas del público acerca de la conversión y del lugar de Sará.
Lo que enseña esta clase
D-os se presenta a Avram como Aquel que impuso límites. Así lo había percibido Avram en un principio: como el Creador del mundo, Aquel que responde a su pregunta sobre el origen de todas las cosas. Habría podido seguir extendiéndome, dice en sustancia este Nombre, y fijé fronteras. Esas fronteras existen en todos los niveles: las leyes físicas, la lógica, la afectividad. No todos tenemos la misma manera de sentir el mundo, de percibirlo, de verlo, y por eso algunos se contentan con una fe elemental: ese es su límite.
El único ámbito sin límites es el tiempo. En el espacio hay que saber ponerse un término; en el tiempo hay una apertura hacia lo infinito y hacia el más allá. Pero a esa apertura se llega más por el compromiso y por la acción que por el pensamiento. El Rav no desvaloriza el pensamiento —una fe pensada tiene más impacto, es transmisible, está abierta al diálogo—, pero el pensamiento no basta para franquear el límite.
El verbo empleado para la visión de Avraham no es el verbo corriente. El texto se sirve de un verbo que el arameo prefiere, y que designa una visión que llega más lejos que el campo visual humano, pero que, por eso mismo, sigue siendo algo borrosa. Reclama una traducción. Ahora bien, quien no entiende el original necesita una traducción, mientras que, para quien entiende el original, la traducción reduce el campo de la interpretación. Ese es el paso que va a operarse por medio de la circuncisión.
Circuncidar el ser es darle acceso a la palabra. El Rav pone en relación el pacto de la carne y el pacto de la lengua. Mientras permanecemos en el nivel del decir, cada uno afirma lo que quiere y nuestras opiniones divergen sin daño. La palabra verdadera supone otra cosa: que haya un diálogo, que nos interese el mismo tema y que queramos llegar a un lenguaje concordante y pacífico. Es esa una segunda etapa de la fe.
«Camina delante de Mí y sé íntegro»: no hay que esperar la revelación. Toda la diferencia entre quien practica la circuncisión y quien se abstiene de ella reside ahí. Abstenerse equivale a considerar que la naturaleza, tal como está hecha, es perfecta y que no hay que tocar nada. Pero la perfección en el orden de la naturaleza es imposible: para hacer avanzar el mundo se necesitan fuerzas contradictorias y, sin embargo, complementarias. Es también lo que separa a Noaj de Avraham: Noaj se contentaba con la gracia que había hallado, y ya sabemos cómo terminó sus días con sus hijos.
Noaj será el padre de la humanidad; no será la creación. El Rav se apoya en el versículo que abre las generaciones del cielo y de la tierra, cuyas letras pueden releerse como el nombre de Avraham. Solo se habla de engendramiento a propósito de la creación, porque es eso lo que pone en movimiento todo su devenir. Avraham, en cambio, es la creación: ella descansa sobre él, y él puede darle otro rostro.
La perfección exigida no se alcanzará, y no es esa la cuestión. Busca la perfección, dice el texto; no la alcanzarás, te quedarás a mitad de camino, pero habrás tenido el mérito de caminar a tu ritmo y según tus propias fuerzas. El Rav añade una observación sobre lo que frena la revelación: la pereza y la tristeza. Cuando uno está triste, no tiene ganas de hacer nada; es cuando uno se siente bien en su propia piel cuando quiere que las cosas salgan bien y avancen.
El mandamiento no concierne solo al hombre. Podría objetarse que este pacto está reservado a los hombres. El Rav remite a la expresión profética que habla de «la mujer de tu pacto»: la mujer es como el cuerpo del hombre, son una misma entidad, y la circuncisión que el hombre realiza, la realiza por dos: por sí mismo y por aquella que está unida a él.
Tres pactos, de los cuales solo uno se llama eterno. Está el pacto del espacio, el del arco iris, que compromete a la humanidad entera y recuerda que el mundo corre el riesgo del diluvio. Al pueblo judío le conciernen otros dos: el del Shabat, que es el pacto del tiempo y que hace salir del calendario ordinario, y el de la circuncisión, que es el pacto del ser. Este último se llama pacto perpetuo: nada puede anularlo. Hasta tal punto que un judío que decide no hacérsela sigue siendo judío: está en falta, pero no deja de pertenecer.
La comunidad carga con esa responsabilidad. Un niño que hubiera perdido a sus padres y no tuviera a nadie que le hiciera la circuncisión queda a cargo de los representantes de la comunidad; a falta de ellos, deberá hacérsela él mismo una vez adulto. La razón es sencilla: por sus orígenes y por sus raíces, pertenece al pueblo judío y a la descendencia de Avraham, Itzjak y Yaakov. La pertenencia precede al acto.
La palabra «pacto» es vecina de la palabra «criatura»: se trata de una recreación. No hay que creer que el circuncidado sea simplemente alguien que se ha sometido a una pequeña operación. La circuncisión verdadera opera una recreación del ser. Por eso, realizada al octavo día, reclama una superación del orden de la naturaleza y hasta desplaza el Shabat. Si el niño no está en condiciones, en cambio, se aplaza: no vamos a privarlo de la posibilidad de guardar muchos otros Shabatot.
Los justos que lo precedieron nacieron circuncidados; Avraham, no. Gozaron por ello de cierta gracia. Pero lo propio de la vida espiritual no es beneficiarse de condiciones exteriores favorables: al contrario, lo que cuenta es la inversión de uno mismo. D-os se revela en la medida de lo que el hombre compromete de su persona para descubrirlo. Avraham debía, pues, realizar por sí mismo lo que otros habían recibido.
Antes de la circuncisión, D-os se revela a Avraham; después de ella, el orden se invierte. El Rav compara los versículos: en el primero, el Nombre divino va delante, y la revelación desciende de arriba abajo; tras el cumplimiento del precepto, es «se le apareció» lo que viene primero, y el Nombre después. Una vez practicada la circuncisión, es Avraham quien revela a D-os. El diálogo ha cambiado de sentido.
El nuevo nombre hace de él un padre en medio de las naciones, no el jefe de una élite. Lo que quiero de ti, dice en sustancia el texto, no es Avram: no es una élite que se sitúa por encima de todo el mundo y no entabla ninguna relación con él. Quédate en la muchedumbre de las naciones, pero sé su padre: un padre que ama a sus hijos, que piensa en su porvenir, que es capaz de sacrificarlo todo por ellos. Un elegido responsable, un enviado, no un hombre replegado sobre sí mismo. El Rav añade que eso equivale a aceptar todas las críticas y todas las persecuciones.
La letra añadida es aquella con la que fue creado el mundo. Está suspendida, y es pequeña, en el versículo de las generaciones del cielo y de la tierra. Es una letra que no se articula, que no es más que un soplo, y que expresa la finalidad y la determinación. Es ella la que D-os pone en juego al dársela a Avraham. El Rav extrae de ello una consecuencia práctica: llamar Avram a un niño sería una falta. El caso de Yaakov convertido en Israel es distinto, pues ambos nombres siguen en uso y se sostienen mutuamente; aquí, la conversión de la persona es completa.
De los tres compañeros de Avraham, solo uno le aconseja realizar la circuncisión. El Rav plantea el problema en los términos de hoy: ¿hay que ser complaciente, dejar venir las cosas, simplificar, sumarse a la corriente de las ideas universales y diferir esta práctica que va a constituir una barrera? Mientras se permanece en el nivel de la ley universal, la palabra de Avraham es escuchada y su diálogo con las naciones tiene éxito. Dos de sus compañeros se oponen; solo uno le dice que siga adelante. No hay medias tintas en la vía de la espiritualidad: quienes puedan seguir, seguirán, pero no se rebajan las exigencias para practicar un judaísmo de masas.
Saray se convierte en Sará, y pasa también ella de lo relativo a lo universal. El nombre de Avraham lo hacía padre de una multitud de naciones; el de Sará le quita la terminación posesiva: ya no es «mi princesa», es princesa para todos. El texto anuncia que estará en el origen de reyes, es decir, de la manifestación de la realeza divina aquí abajo. Interrogado más tarde sobre este punto, el Rav precisará que no hay una madre universal como hay un padre universal: la madre sigue siendo propia de sus hijos.
Avraham cae sobre su rostro dos veces, y la segunda se ríe. La primera vez es el ser que se anula ante la exigencia divina, a propósito del órgano mismo de la reproducción, el que asegura la continuidad de la creación. La segunda, ve a Itzjak y se alegra; y el nombre de Itzjak está en futuro: reirá, reirá en el porvenir. Pero el texto precisa que habló en su corazón, y el Rav señala ahí una reserva: rumiar pensamientos sin atreverse a expresarlos es una actitud que la Escritura atribuye en otro lugar al insensato. El justo, en cambio, domina sus malas vibraciones y acaba liberando su palabra, que es lo que hace Avraham al pedir que Ishmael también tenga su oportunidad.
Transcripción completa de la clase
Abordamos ahora el capítulo de la primera mitzvá dada efectivamente a Avraham: la milá (la circuncisión). Les propongo, en un primer momento, recorrer el texto antes de hacer un comentario de conjunto. Así que leo y, al mismo tiempo, comento un poquito el texto, de una manera algo deshilvanada. Avraham tiene noventa y nueve años, y es objeto de una visión de D-os, que le dice: Aní El Shadai, «Yo soy El Shadai». Se le manifiesta bajo el atributo de los Patriarcas y del Creador, puesto que así es como Avraham, en un primer momento, percibió al Eterno: como el Creador del mundo. Y por consiguiente, es verdad: soy Yo quien estableció límites a las leyes físicas de la naturaleza.
Te preguntaste quién estaba en el origen de todo este mundo: soy Yo, en efecto. Y habría podido, en efecto, seguir extendiéndome; impuse límites. Esos límites existen en todos los niveles. Cada uno de nosotros es consciente de sus propios límites, en tal o cual terreno. En el terreno espiritual —en la percepción de D-os, en el conocimiento de D-os, en ese diálogo que buscamos con el más allá, con lo trascendente—, cada cual según sus posibilidades. No todos tenemos las mismas capacidades de razonamiento en este ámbito, y por eso hay quienes se contentan con una fe quizá elemental: pero ese es su límite. Este Shadai, este atributo que fija límites, es el que ponemos en las puertas de nuestras casas, como para decir: cuidado, también aquí, en esta conquista del espacio, deben imponerse un límite.
Lo ponemos en las puertas de nuestras casas para decir: cuidado, también aquí, en esta conquista del espacio, deben imponerse un límite. Donde no deben imponerse un límite es en el tiempo. En el tiempo no hay límite; ya está: es una apertura hacia lo infinito […], una apertura hacia el más allá, al que se puede llegar más por el compromiso, por la acción, que por el pensamiento. Porque, desde luego, una fe que ha sido pensada tiene mucho más impacto, mucho más valor; es transmisible, está abierta al diálogo, y la apertura al diálogo es importante, como vamos a ver. Porque ¿cómo se manifiesta el Santo, bendito sea, a Avraham? Bamajazé, «en una visión». Nuestros Sabios señalan que bamajazé viene del verbo jazá, jazón: es más bien una traducción aramea. Es el arameo el que se sirve preferentemente del verbo jazá en lugar de raá.
Jazá es ver y raá es ver; pero jazá es una visión que llega mucho más lejos que el campo humano, que la visión humana. Sin embargo, esa visión, ese jazón, no es una visión muy clara: sigue siendo algo borrosa. Necesita traducción. Quien no comprende el original necesita una traducción. Pero, para quien comprende el original, la traducción, al contrario, reduce el campo de interpretación. Ese es el paso que se efectuará a través de la milá: del brit hamaor, el pacto en la carne, al brit halashón, el pacto de la lengua. El brit hamaor, la circuncisión —la circuncisión del ser—, es la que va a dar al hombre acceso a la palabra, a la transparencia de la palabra, al diálogo. Porque mientras permanecemos en la amirá, mientras permanecemos en el mero decir…
… cada uno dice lo que quiere, cada uno afirma lo que quiere; tenemos opiniones divergentes. Bueno, está bien. Pero el dibur, la palabra verdadera, supone que hay un diálogo, que nos interesa el mismo tema y que queremos llegar de verdad a una palabra que sea un lenguaje pacífico, un lenguaje concordante. Y esa es una segunda etapa de la fe […]. Así pues, Aní El Shadai: soy el Eterno de la creación, que impuso límites a la creación. Límites a las leyes físicas: Yo los impuse. Límites a la lógica, al intelecto (séjel), a la razón del hombre; límites también a la afectividad: también esos los establecí. No todos tenemos la misma manera de sentir el mundo, de percibirlo, de verlo.
Hay que hacer un verdadero esfuerzo: hithalej lefanai, «camina delante de Mí». Si quieres de verdad alcanzar, aunque sea un poco, el sentido de la perfección, entonces tienes que salir al encuentro de las cosas. No te quedes esperando. Esa es toda la diferencia entre haber practicado la circuncisión y no haberla practicado. No haberla practicado significa que hemos considerado que la naturaleza, tal como está hecha, es perfecta: no hay que tocar nada, no hay que hacer nada. No: la perfección en el orden de la naturaleza es imposible, porque, para hacer avanzar el mundo, se necesitan fuerzas contradictorias pero complementarias entre sí. Y por eso no hay que esperar la revelación, una manifestación de D-os —vayerá elav Hashem, como veremos—.
Eso es cuando todavía no se tienen en la mano los instrumentos para hacerlo uno mismo. Pero cuando se tienen, es hithalej lefanai veheié tamim, «camina delante de Mí y sé íntegro». Ya dijimos que esa era la diferencia entre Noaj y Avram. Noaj se contentaba con lo que era, con esa gracia divina, si quieren, de la que había gozado —veNoaj matzá jen beené Hashem, «y Noaj halló gracia a los ojos del Eterno»—. Tanto mejor para él. Pero, por desgracia, no es así como terminó sus días con sus hijos: el escándalo de Jam, que abusó —entre comillas— de su persona […], y que lo condenó a la esterilidad. Y eso —no dar fruto, no ser capaz de dar fruto, y además prohibírselo, hacer todo lo posible para evitar dar fruto— es un crimen. Es un crimen. Noaj, el padre de la humanidad, no será Avraham. Cuando digo que será un derivado de la creación y no la creación misma, quiero decir esto; recuerdo el versículo: Ele toldot hashamáyim vehaáretz behibaram, «Estas son las generaciones del cielo y de la tierra cuando fueron creados». Solo se habla de engendramiento cuando se habla de la creación, porque es eso lo que pone en movimiento todo el devenir de la creación. Y por eso behibaram y beAvraham tienen las mismas letras. Es una correlación de ser: Avraham es la creación misma. Sobre él descansa esta creación; y no solo descansa sobre él esta creación, sino que él puede darle otro rostro.
Bueno, basta con esto. Es hithalej lefanai: camina delante de Mí; eso es lo que D-os pide. Veheié tamim: busca ser íntegro, busca la perfección. No la vas a alcanzar; bueno, no la alcanzarás. Te quedarás a mitad de camino, a mitad de camino; aun así, habrás tenido el mérito de caminar a tu ritmo, según tus propias fuerzas. Porque la revelación de D-os siempre se ve frenada: o bien por la pereza del hombre, la atzlut, cuando uno no se despierta, cuando hay una actitud de pereza; o bien por la atzvut, la tristeza. Cuando uno está triste, no tiene ganas de hacer nada. Cuando uno está contento, cuando se siente bien en su propia piel, cuando quiere que las cosas salgan bien y avancen, entonces, adelante, está muy bien. Veheié tamim: con esto es como el Santo, bendito sea, introduce ante Avraham la exigencia de la milá, de la circuncisión.
Y ahora, atención: aquí debo abrir un paréntesis, porque ustedes me dirán que esto solo concierne al hombre. No. El profeta Malají habla de éshet britéja, «la mujer de tu pacto». Ishtó kegufó: la mujer de un hombre es como su propio cuerpo; son una misma entidad. Por consiguiente, la circuncisión que él realiza, la realiza por dos: por sí mismo y por su futura esposa. Juntos: por sí mismo realiza la circuncisión; por su esposa hace la paz; se mantiene dentro de los límites —de D-os, digamos— como es debido. Veetná briti beiní uveinéja, «Y pondré Mi pacto entre Mí y ti»: ese es el pacto. Hemos hablado de tres pactos. Está el pacto en el espacio, que concierne a la humanidad entera.
Es el arco iris, que recuerda que el mundo corre el riesgo de hundirse en el diluvio, o de atraer sobre sí el diluvio; pero ahí es la humanidad entera la que está comprometida. Al pueblo judío, en cambio, le conciernen otros dos pactos. El del Shabat: el pacto del tiempo, el que sale del calendario del tiempo normal, del tiempo limitado. Y al Shabat le añadimos tiempo, puesto que no le damos un día de veinticuatro horas, sino mucho más: es una manera de salir de este muestreo medido del tiempo. Y está el de nuestro ser, de nuestro ser por la circuncisión. Son, pues, tres britot, tres pactos: el brit hakéshet (el pacto del arco iris), el brit haShabat y el brit hamilá.
Pero el brit milá tiene, si quieren, algo más que los otros, porque es un brit olam. Brit olam quiere decir un pacto eterno, un pacto que nada puede anular ni detener. Hasta tal punto que, si un judío decidiera no hacerse la milá, sigue siendo judío; no por eso deja de serlo. Dado que sus antepasados están comprometidos por el brit milá, está en falta, sencillamente, porque no se la ha hecho. Por lo demás, un niño que hubiera perdido a sus padres y no tuviera a nadie que le hiciera la milá: la comunidad tiene esa responsabilidad; los representantes de la comunidad, los rabinos de la comunidad, tienen el deber de hacerle la milá. Si no, debe someterse él mismo a esa operación, porque por sus orígenes, por sus raíces, pertenece al pueblo judío.
Pertenece a la descendencia de Avraham, Itzjak y Yaakov. Y eso lo recordamos en la bendición que decimos en cada milá: Asher kidesh yedid mibéten, vejok bisheeró sam, vetzeetzaav jatam beot brit kódesh. Al ken bisjar zot, El jai jelkenu tzurenu, tzavé lehatzil yedidut sheerenu mishájat: «Que santificó al amado desde el vientre, puso un estatuto en su carne y selló a sus descendientes con la señal del santo pacto. Por eso, en recompensa por ello, D-os viviente, nuestra porción y nuestra Roca, ordena que el amado de nuestra carne sea salvado de la destrucción». El yedid, el amado, es Avraham; y los tzeetzaim son siempre el nieto: el nieto es el tzeetzá. Así explica el Rambán la relación del abuelo con el nieto: es la continuidad de estas generaciones, de estas descendencias. Así pues: veetná briti beiní uveinéja; este pacto es entre D-os y el hombre. Vearbé otejá bimeod meod, «y te multiplicaré en gran manera». Esta multiplicación, ¿para qué sirve? Ya lo dijimos, ¿no es así?
Es una multiplicación más en sentido vertical que horizontal. Hace florecer al ser. Con ello tendrás otra visión del mundo; saldrás de los límites de tu propia naturaleza. Mientras permaneces dentro de los límites de la naturaleza y Me percibes a través de sus leyes físicas, soy El Shadai. A partir del momento en que las superas, estás en relación con Hashem, pero en otra visión: dominas la naturaleza, la controlas, te ves de otro modo. Por lo demás, esta palabra brit tiene el sentido de briyá y de beriá, una criatura y una creación: se trata de una creación nueva. No hay que creer que el circuncidado es sencillamente alguien que se ha sometido a una pequeña operación en sí mismo.
La verdadera circuncisión es la que opera una recreación del ser. Y por eso la milá, que se hace al octavo día, reclama una superación del orden de la naturaleza, e incluso del Shabat; y sabemos muy bien que la milá desplaza al Shabat: aparta el Shabat, puesto que podemos hacer la circuncisión en Shabat. En cambio, si la persona corre algún peligro —si el niño pequeño no está preparado desde el punto de vista de la salud y no reúne las condiciones requeridas—, entonces se aplaza, y habrá ocasión de hacer la milá otro día. No vamos a privarlo de la posibilidad de guardar muchos Shabatot.
Cuando Avraham oyó lo que el Eterno le pedía, cayó: se sometió. Este caer sobre su rostro es la anulación del ser ante la exigencia divina, porque se trata —recordémoslo una vez más— del órgano de la reproducción del ser, es decir, del órgano que asegura la continuidad de la creación. Sin él no es posible: el mundo no se sostendrá. Y por eso, una vez más, behibaram — beAvraham: toda la creación descansa sobre la milá, sobre el Yesod (el «fundamento»), cuando su cauce es bueno, cuando su cauce es sano, cuando su cauce es santo. Y por eso, incluso cuando un niño nace ya circuncidado, hay que practicar de todos modos la circuncisión.
Una circuncisión simbólica —hacer brotar una gota de sangre—, pero hay que hacerla. Ahora bien, todos los tzadikim que precedieron a Avraham nacieron circuncidados. Sí, estaba dentro del orden de la naturaleza, porque en aquel momento eran sencillamente personas que gozaban de cierta gracia de D-os, y por ese motivo nacieron circuncidados. Pero Avraham mismo no, porque la meta no es beneficiarse de condiciones exteriores favorables al éxito en el terreno de la espiritualidad. En el plano de la espiritualidad, al contrario, lo que más importa es la inversión de uno mismo. Todo depende de ello: D-os se revela en la medida de lo que invertimos de nuestra persona para descubrirlo. Así que comparemos el primer versículo, el segundo y el tercero.
Vayerá Hashem el Avram, «el Eterno se apareció a Avram»: se presenta, se revela a Avram. Lo subrayo aquí porque, después de la milá, tendremos vayerá elav Hashem. Después de la milá, elav, «a él», precede a Hashem; mientras que aquí Hashem precede a el Avram. Eso quiere decir que aquí el Eterno se manifiesta de arriba abajo; pero, una vez practicada la circuncisión, no: es Avraham quien revela a Hashem. Volveremos sobre este punto. Lo que quiero hacer de ti no es Avram: no es una élite que se sitúa verdaderamente más allá de todo el mundo, por encima de todo el mundo, y que no entabla ninguna relación con el mundo.
No: quiero que permanezcas en esta muchedumbre de naciones, pero que sigas siendo su padre. Padre, con todo lo que ello implica: un padre que ama a sus hijos, un padre que piensa en el porvenir de sus hijos, un padre capaz de sacrificarlo todo por sus propios hijos. Así pues, quiero que seas un Av, palabra ligada al deseo, puesto que av está en relación con el verbo avá, querer, desear. Quiero que seas av hamón goyim, padre en medio de las naciones. No quiero que te repliegues sobre ti mismo y te sientas un elegido de D-os que no tiene nada que ver con los demás. No: un elegido responsable, un enviado, un delegado de D-os en medio de las naciones. Serás, por supuesto, objeto de todas las críticas y de todas las persecuciones, pero será Mi he, la Mía.
Porque la he del Eterno… Cada vez que se quiere sacar a alguien de un peligro, de un peligro de muerte, cada vez que se quiere engrandecerlo, hoy ¿qué hacemos? Cambiamos el nombre, añadimos un nombre. Sí: es otro; ya no es simplemente la persona que se define bajo tal atributo, sino que hay otro atributo, y ese otro atributo hace de ella una persona totalmente distinta. Pero aquí la milá va a cambiar los atributos de Avraham, que hasta ahora era, si quieren, el hombre que se había distinguido de la generación del diluvio, que había permanecido fuera de esa generación del diluvio, que no había querido seguir en modo alguno el movimiento. Y eso que esa generación tenía las herramientas para ello, puesto que poseía aquella lengua […].
Dominaba la lengua de la creación. Con esa lengua de la creación podía alcanzar el cielo. Pero no se hizo así: prefirieron usar esa lengua para reducir la espiritualidad a su propio deseo. Nosotros también lo hacemos, porque muy a menudo nos damos argumentos convincentes para convencer a nuestro entorno, con comentarios que nos permiten escapar un poco de nuestras responsabilidades, reafirmarnos en lo que hacemos: nos mentimos a nosotros mismos. Ocurre, ocurre. Es lo que intentó hacer el Dor haHaflagá, la generación de la Dispersión: vamos a reducir el cielo a nuestra medida, a nuestra manera de ver las cosas. De ahí que haya diferentes lenguajes, e incluso asistimos, en medio de los movimientos ortodoxos más puros, a una eclosión de corrientes de pensamiento, de maneras de ver, de interpretar, de legislar. Y en eso corremos grandes riesgos, porque ya no somos temimim, ya no somos íntegros. Ya no somos temimim. Pero, saben, una vía espiritual no procura solo alegrías: nos hace sufrir, porque a veces —e incluso muy a menudo— seguimos siendo incomprendidos. O bien lo hemos provocado nosotros mismos, o bien todos los que nos rodean no han podido ser suficientemente convencidos por esa otra manera de vivir. Y ese es el problema de este pacto. Veló yikaré od et shimjá Avram, vehayá shimjá Avraham: ya no te llamarán padre de una élite, sino que tu nombre será av hamón goyim, padre de una multitud de naciones; porque Yo, el Eterno, eso es lo que hice: la he, Mi he, con la que creé el mundo.
Ele toldot hashamáyim, «Estas son las generaciones del cielo»: los engendramientos de la creación, behibaram. Esta he está suspendida en behibaram, y es muy pequeña, para decirnos que es con la letra he con la que los creó, que creó el mundo con la letra he: la letra de un soplo, la letra que no se articula. Es la finalidad; sí, es la determinación, es cierto. Es eso lo que el Santo, bendito sea, pone en juego al dar a Avraham la he de Avraham. Y quien se atreviera a llamar a su hijo Avram en lugar de Avraham cometería un grave error, un pecado. No está permitido llamar a un niño Avram. Sin embargo, cambiamos el nombre de Yaakov por el de Israel, y usamos los dos atributos a la vez, es cierto; pero uno es el soporte del otro, uno es el inspirador del otro; mientras que en Avraham es la misma naturaleza, pero ha sido convertida. Avraham es el primero que se atrevió a llevar a cabo esta conversión de su propia persona y, a la vez, a sostenerla […] a través de toda la generación del diluvio: ¡hay que hacerlo! Pero es eso lo que hace D-os al crear, es lo que hizo D-os al crear el mundo, y es lo que hace el hombre en el plano del microcosmos cuando ha optado por esta misión de ser […] un servidor de Hashem.
Ahí está. Es en ese sentido: vehifreti otejá, «te haré fructificar». No olvidemos —lo veremos— que el Santo, bendito sea, se reveló después de la circuncisión en Mamré. Avraham tenía tres amigos, tres confidentes: Aner, Eshkol y Mamré. Y el problema se plantea; se plantea igual que se plantea el de la Reforma dentro del pueblo judío. ¿Hay que ser flexible y, en efecto, dejar venir las cosas, simplificar y sumarse un poco a la corriente de ideas más amplias, de ideas universales, y quizá no practicar por el momento esta circuncisión, que va a constituir una barrera para los demás? Mientras permanecemos en el nivel de esa ley universal, la palabra de Avraham es escuchada.
Avraham tiene éxito en ese diálogo abierto con las demás naciones; ha podido atraer a una multitud de personas. Entonces, ¿va a optar por ese judaísmo reformado, dejando la práctica de lado por un tiempo, con la idea de recuperarla más adelante? ¿Qué hay que hacer? Al fin y al cabo, ellos sirven a D-os bastante bien dedicándose a la difusión, a la enseñanza de las leyes universales; eso también está muy bien, es loable, ¿no? Aner y Eshkol se opusieron, en efecto, a la circuncisión; solo Mamré le dijo que siguiera adelante. No hay medias tintas en la vía de la espiritualidad. Hay que ir hasta el final, y quienes puedan seguir, seguirán. En cuanto a quienes quieran quedarse atrás, bueno, que les aproveche: será su ritmo.
Un día, quizá, nos alcanzarán; pero sigamos nuestro camino. No habría que frenar ni rebajar las exigencias sencillamente porque vayamos a practicar un judaísmo de masas. Por tanto: av hamón goyim; pero, con todo, es por la circuncisión como serás av hamón goyim. Unetatija legoyim, «te convertiré en naciones»: estarás siempre en medio de los pueblos, serás siempre el blanco de las miradas de los demás pueblos. Pero los depositarios de la realeza —es decir, quienes serán capaces de representar esta realeza divina en la tierra, como David, como Shelomó, como el proyecto del Mashíaj—, umelajim mimjá yetzeú, «reyes saldrán de ti». Es con esta condición como mantendré Mi pacto entre Mí y ti y tu descendencia, ledorotam livrit olam, «por sus generaciones, como pacto perpetuo». Ledorotam brit olam: se dijo dos veces en la Torá, a propósito de la milá y a propósito del Shabat. Por todas las generaciones y como pacto para siempre: ot hi leolam; el Shabat es un pacto para la eternidad. Y sabemos también que somos portadores de tres señales de pacto; hay tres señales. El Shabat es un ot, una señal. La milá es un ot. Y el tercer ot, ¿cuál es?
El Shabat es un ot, la milá es un ot, y el tercer ot… —¿El espacio? —El espacio: entonces, el arco iris… —No, aquí no se trata del késhet. —¿Entonces la palabra? —Un momento: están los tefilín. Tefilín, Shabat y milá. Así pues, debemos dar testimonio. Un judío es portador de dos testigos —al pi shené edim… yakum davar, «por boca de dos testigos se establecerá el asunto»—. La milá forma parte de nuestro ser; los tefilín, que son el concentrado de la fe judía, se llevan todos los días, salvo en Shabat. Entonces, en Shabat tenemos los dos testigos, que son el Shabat mismo —puesto que en Shabat no llevamos tefilín— y la milá. Este ot, esta señal, es verdaderamente una manera concreta de llevar el pacto de D-os.
Venatatí lejá ulezarajá ajaréja et éretz megureja, et kol éretz Kenáan laajuzat olam, vehayiti lahem leElokim: «Y te daré a ti y a tu descendencia después de ti la tierra de tus peregrinaciones, toda la tierra de Canaán, en posesión perpetua, y seré su D-os». Y del mismo modo que el brit olam es un pacto eterno, no reducible en el tiempo, la tierra de Israel, reservada al pueblo de Israel, es ajuzat olam, una propiedad para la eternidad. El Rambán dice que esto significa que, si el pueblo se ve condenado a abandonar este país durante un número cualquiera de años, el regreso será un regreso del todo natural a sus raíces, a su tierra. En ningún momento habrá perdido el beneficio de su tierra. Del mismo modo que lleva en sí la milá, lleva en sí la Tierra. Y ahí está, si quieren, el minhag, la costumbre de, al hacer la milá, cortar el prepucio y ponerlo en un recipiente con tierra —un recipiente donde hay un poco de tierra—, porque recordamos que este acto de la circuncisión está ligado a otra promesa, o garantiza otra promesa: la de ajuzat olam.
Así pues: Vayómer Elokim el Avraham: veatá et briti tishmor, «Y dijo D-os a Avraham: y tú guardarás Mi pacto». Es una prenda de que se seguirá este pacto; es la formulación insistente. Así pues, el Santo, bendito sea, pide a Avraham que observe este pacto, y hay que entender que es una dura prueba, porque, al fin y al cabo, significa atestiguar en el propio ser, en la propia carne, la pertenencia al pueblo. Quienes nos persiguieron no tenían más que comprobar —por mucho que intentáramos ocultarlo— si estábamos circuncidados o no. Ahora bien, esta circuncisión, como dijimos, es una reconversión del ser, es una recreación. Precisamente por eso todo candidato a entrar en el pueblo judío debe pasar por la circuncisión.
Y a partir del momento en que pasa por la circuncisión, se une a las raíces del pueblo judío. Eso quiere decir que no ha sido añadido, que no viene como un suplemento en la composición del pueblo judío; no: viene como parte integrante del pueblo judío. Y aquí nuestros Sabios dicen que en esta he que se añadió a Avraham con vistas a su milá se buscaba cierta perfección del ser. Dijeron: la he tiene un valor numérico de cinco, y esta he hace referencia a los dos ojos, a los dos oídos y al órgano de la milá. Es decir: podemos dominar todos los demás sentidos; lo que en general se nos escapa, lo que no logramos controlar, es el campo de nuestra visión, los sonidos, las vibraciones —el ruido de este mundo que nos rodea— y nuestro deseo interior, que se despierta de mil maneras.
No sé… Hoy tenemos un ordenador que razona por nosotros. Pero ¿desea por nosotros? ¿Es capaz de dispensarnos consuelo, afecto? Eso es otra cuestión, ¿no? ¿Qué viene a hacer la milá? Viene a orientar nuestro campo de visión, a acallar todo lo demás, a hacernos sensibles a otra música, a otra palabra, a otro lenguaje; a hacernos ver las cosas de otro modo, a percibirlas de otro modo. Eso es. Zot briti asher tishmerú… unemaltem et besar orlatjem, vehayá leot brit beiní uveineijem: «Este es Mi pacto, que guardaréis… circuncidaréis la carne de vuestro prepucio, y será señal del pacto entre Mí y vosotros». La circuncisión es lo que les va a dar esa otra visión del mundo, en su carne.
Pero esto supone el octavo día: es decir, harán la cuenta a partir de ese ciclo que está fuera del mundo. Van a salir de la visión puramente natural, de su condicionamiento por las leyes de la física. Uven shemonat yamim yimol lajem kol zajar ledoroteijem, yelid báyit umiknat késef: «A los ocho días será circuncidado entre vosotros todo varón por vuestras generaciones, el nacido en casa y el comprado con dinero» […]. El mismo principio, la misma mitzvá se aplica a él: la mitzvá se aplica a todos aquellos que hayan adquirido como servidores. No habría que dejar que él les perturbara esta manera de ver las cosas.
Habría que permanecer siempre en esta visión del mundo y no crear una pantalla. Por eso se impone esta circuncisión: se impone a todos los que viven con ustedes, que comparten su espacio. Una vez más: en su carne, y eso es mucho más difícil. El incircunciso: quien no practique la circuncisión de su carne, de la carne de su prepucio, será condenado a karet. El karet es una muerte prematura, una muerte sin continuidad, una muerte atroz; es ser arrancado del ser físico del pueblo. Pero, atención: no lo decide el hombre, no es obra del hombre; es obra de D-os. Karet bidé shamáyim, «karet a manos del Cielo»: una muerte que solo D-os decide, cuando hay una ruptura consciente del pacto.
Abordamos el versículo 15: «Y dijo D-os a Avraham: Saray ishtejá lo tikrá et shemá Saray, ki Sará shemá», «a Saray, tu mujer, no la llamarás por su nombre Saray, porque Sará es su nombre». Ahora se sale de lo relativo hacia lo universal. Avraham estaba en lo relativo —av hamón goyim—; se convierte en el hombre por excelencia, el prototipo de lo universal. No debe servir solo a un pueblo; debe servir a la humanidad entera. Lo mismo ocurre con su mujer, Saray, que pierde esta terminación de primera persona: «mi princesa». No: es la princesa de todo el mundo. […] Esto es para decir que esta milá concierne tanto a la mujer como al hombre. Una vez más, es lo mismo. Pero aquí no es unetatija legoyim, como se le dijo a Avraham, sino vehaytá legoyim, maljé amim mimena yihyú: «se convertirá en naciones; reyes de pueblos saldrán de ella». También ella estará en el origen de esos reyes que son la manifestación de la realeza divina en este mundo.
Una vez más, vayipol Avraham al panav, «Avraham cayó sobre su rostro». La primera vez era Avraham inclinándose ante D-os; y una segunda vez, esta vez ve a Itzjak y se ríe. Está muy contento, probablemente, puesto que el nombre de Itzjak quiere decir «reirá»: reirá en el futuro, en lo que está por venir. Está siempre riéndose de todo lo que le ocurre […], y aquí estamos. Pero hay una pequeña reserva: vayómer belibó, «dijo en su corazón». Se lo dice a sí mismo. Eso no está bien: estar siempre rumiando pensamientos y no atreverse, no atreverse a expresarlos, a liberarlos. Vayómer belibó, ¿lo ven?
Esa es la actitud de un rashá, de un descreído. ¿Dónde lo hemos visto? Vayómer belibó: también él hablaba consigo mismo y no se atrevía a declarar abiertamente su antisemitismo, porque no sería correcto, no estaría bien visto. Pero ya ven: amar naval belibó, «dijo el necio en su corazón»; el naval dijo: en Elokim, «no hay D-os». Entonces, ¿cómo es el justo? ¿Qué dice? Él tiene su corazón en su poder: lo domina. Domina sus vibraciones, las malas vibraciones de su corazón. Está bien, es una promesa; pero ¿soy capaz?, ¿lo merezco? […] ¿Tú crees? Avanza con ello.
No te hagas la pregunta: halevén meá shaná yivaled, «¿a un hombre de cien años le nacerá un hijo?»; ¿podré todavía, a los cien años, seguir haciendo algo? Veim Sará habat tishim shaná teled, «¿y Sará, a los noventa años, dará a luz?»; y proyectas eso incluso sobre tu mujer. Es la vida, es la vida. Y es eso lo que hace que aquí, por fin… por fin libera su pensamiento. Avraham dice: lu Ishmael yijyé lefanéja, «¡ojalá Ishmael viva delante de Ti!». ¿Acaso Ishmael no va, al final…? Si me das un hijo, ¿el otro va a ser rechazado? Pero ¿por qué? Dale al menos una oportunidad. Ya hemos tratado este problema; no vamos a volver sobre él. Vayómer Elokim: aval Sará ishtejá yolédet lejá ben, vekaratá et shemó Itzjak: «Y dijo D-os: en verdad, Sará, tu mujer, te dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Itzjak».
Y el Señor del mundo dio nombre al niño: se llamará, en efecto, Itzjak. Y es la primera vez que un niño recibe su nombre directamente de Él, porque en el caso de Ishmael fue el ángel. UleIshmael shematija, «y en cuanto a Ishmael, te he escuchado»… Discúlpenme, veo que ya ha pasado la hora. Bueno, escuchen, voy a detenerme aquí para permitirles hacer algunas preguntas, si las tienen. No he conseguido terminar el recorrido de este capítulo; lo haré la próxima vez, y al mismo tiempo daré la clase. —Dos preguntitas, Rav, si es posible. —Sí. —Primera preguntita: cuando una guiyoret, una conversa, pasa… cuando un guer pasa [por la conversión], sí, se hace la circuncisión. Pero ¿cómo se produce esa transferencia? Lo que hace el guer, ¿cómo se da en la guiyoret? Aunque digamos que la mujer es el complemento del hombre, la guiyoret todavía no tiene al hombre con ella. ¿Cómo puede llevar a cabo esa transformación, esa integración en el pueblo judío, sin la milá?
Respondo: la mujer, en su misma constitución, […]. Es verdaderamente el recipiente que recoge toda la semilla de la tierra y la desarrolla, desde el momento en que sigue siendo depositaria de esa semilla para seguir asegurando, en efecto, la posteridad, puesto que el hombre solo no puede hacerlo y la necesita, virtualmente. —Entonces, ¿por qué necesita convertirse? —¿Perdón? —¿Por qué debería convertirse? ¿Por qué debería convertirse una mujer? Si no es más que el receptáculo, entonces da igual; no debería… —No, atención, porque la mikve es para la mujer: la mikve es para la mujer, y es su lugar de recreación.
—Pero también para el hombre. —¿Perdón? —También para el hombre. —Para el hombre no se impone. No es simplemente yarad vetaval, «bajó y se sumergió». Ante todo: ¿se ha hecho la circuncisión? Sumergirse en la mikve, si no se ha hecho la circuncisión, no sirve de nada: es como si tuviera un insecto en las manos, un ser impuro en las manos. Así pues, para el hombre es complementario; para la mujer es esencial, puesto que para la mujer, al fin y al cabo, va a formar parte de su recreación permanente, de la fertilización de su tierra, de su propia persona. —Pero entonces, supongamos que hay una mujer no judía que está en el proceso: de hecho, todo el proceso de conversión tal como está no tiene nada que ver…
… es simplemente, de hecho, lo que va a consagrar su… ¿cómo decirlo?… —Sí, lo que la va a consagrar es simplemente el hecho de que se sumerja en la mikve. Sí: para la mujer es la manera de validar, si quieren, su conversión; de validar esencialmente su conversión. —Usted dijo que Saray se convertía en Sará, que se convertía en la madre de todos los pueblos, la madre universal. Pero mientras que Avram fue realmente, de hecho, el padre de muchos pueblos, Sará siguió siendo la madre solo de Itzjak. No tiene nada que ver con Ishmael, nada que ver con el otro pueblo; no pretende ser la madre de Ishmael ni de otros, como Avraham. ¿En qué es ella la madre universal? —Ah, sí. Tocas ahí un punto delicado. Una mujer no puede pertenecer a dos hombres. Un hombre puede tener dos mujeres.
—Teóricamente. —¿Cómo? —Teóricamente. —Teóricamente, de acuerdo. Sí. Bueno, Yaakov es el prototipo, incluso con dos hermanas. Se dice que en aquel momento la Torá todavía no había sido dada. Pero la pareja por definición, la pareja monógama —la pareja judía es una pareja monógama—, es la de Itzjak y Rivká, aquella cuyo compromiso y cuya boda relata la Torá. De Avraham no tenemos ni la elección, ni el shidduj (el enlace), ni la boda. A Hagar sí la tenemos. Pero en cuanto a Hagar, hubo… fue un malentendido. Con todo, de estas dos mujeres —de cuatro— nació el pueblo judío. Y ese es un punto delicado. No por ello lo justifico.
Nosotros no somos Avraham, Itzjak ni Yaakov. —Pero ¿cuál es el carácter universal de Sará? —¿Perdón? —El vínculo, el carácter universal de Sará. —Sará no es la madre. No hay madre universal. Hay un padre universal. La madre… las madres son propias de sus hijos. No son todas… no son… Quizá de Rajel podría decirse. —¿Qué edad tenía Sará cuando Avraham empezó a hacerse preguntas sobre el origen de la creación? —Acababa de nacer cuando Avraham tenía ya diez años. Hay un comentarista que dice que Sará no fue alcanzada por la generación de la Dispersión —la vigésima generación, la de la torre de Babel— como lo fue Avraham, al menos durante tres años.
Porque […]; sí, fue incluso a partir de los tres años cuando habría empezado a interrogarse sobre esas múltiples divinidades que lo rodeaban. Ahora bien, sobre esos tres años, uno puede, en efecto, plantearse preguntas así. Pero habría que ver qué se esconde detrás; hoy no lo sé. —De acuerdo. Todá rabá. —Todá rabá a usted. Muchas gracias. —Bueno, los dejo. Buenas noches. Los espero, los espero. Hasta la semana que viene, beezrat Hashem. Buenas noches. Adiós. Saludo a Jonathan: te he reconocido. Gracias.
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