Preguntas para la mesa de Shabat: Lej Lejá
Un cuadernillo de estudio para imprimir: una pregunta por página, la respuesta del Rav, su fuente y una enseñanza para debatir en familia.
Esta clase abre la parashá Lej Lejá con una lectura minuciosa de sus primerísimos versículos, los del llamado y la bendición. La pregunta que plantea es la de la partida: ¿qué significa «ve para ti», y hacia qué tierra se parte cuando esa tierra aún no ha sido descrita? El Rav Raphaël Benizri sigue paso a paso el itinerario de Avraham, de Jarán a Shejem y luego hacia el sur, deteniéndose en cada altar que construye. Amplía después la mirada a aquello que ocupó a Avraham entre los tres y los setenta y cinco años: la lucha contra tres formas de idolatría, que son también tres maneras de errar en la fe.
La clase comienza con la traducción de los versículos y el inventario de lo que ya contienen: las almas adquiridas en Jarán, la ausencia de desvíos, la llegada a Shejem, la primera manifestación, el primer altar. Cada etapa se lee como una toma de posesión que solo se justifica por lo que se construye sobre ella, y cada nombre de lugar como una identificación, a la manera en que Adam nombraba a los seres.
A partir de ahí, el Rav deja el relato para abordar la estructura de la fe: tres puertas, tres principios, tres desviaciones históricas —la generación de Enosh, la del Diluvio y la de la Dispersión y Nimrod—. Vuelve por último al versículo de partida, «la tierra que te haré ver», para mostrar que no se trata de ver más, sino de ver de otro modo, y concluye con la alianza jurada a la entrada en la Tierra Prometida. La clase se abre con un momento de recogimiento por miembros de la comunidad y por las pruebas que atraviesa el pueblo judío.
Lo que enseña esta clase
«Ve para ti» ha de entenderse ante todo como una orden dada en favor de quien la recibe. Ve por tu bien, por tu plenitud, fuera de tu tierra, de tu patria, de la casa de tus padres, hacia la tierra —no simplemente «que Yo te mostraré», sino donde Yo me revelaré a ti—. Siguen las promesas: haré de ti un gran pueblo, te bendeciré, engrandeceré tu nombre, tú serás la bendición; bendeciré a quienes te bendigan, y a quienes te maldigan o te tomen a la ligera los maldeciré; todas las familias de la tierra serán bendecidas por ti. El texto une así, desde el origen, el desplazamiento y la revelación.
Lo que Avraham lleva consigo no son solo bienes. Parte como se le ha ordenado, a los setenta y cinco años, con Sará su mujer, con Lot su sobrino, que se une a él por propia voluntad, y con todos los bienes adquiridos. Ahora bien, esos bienes son las almas que había «hecho» en Jarán: todas las personas que había logrado arrastrar tras de sí durante su lucha contra el decreto de Nimrod, que quería uniformar a la humanidad entera bajo una sola bandera, una sola torre, una sola ciudad. La salida es, pues, ya un movimiento colectivo.
No se desvía de su camino, y es en Shejem donde D-os se manifiesta por primera vez. El texto precisa que se puso en marcha hacia la tierra de Canaán sin detenerse en el camino, y que luego atravesó el país hasta el lugar de Shejem. Shejem es el lugar del monte Guerizim y del monte Eval, donde la alianza entre D-os y el pueblo judío sería reafirmada en torno a la carta de la Torá, pero esta vez con un juramento. Hasta entonces no había habido manifestación: Shejem marca un verdadero giro en la toma de posesión del país. «A tu descendencia daré esta tierra», se dice, y Avraham construye allí un altar. Había comprendido, pues, que la propiedad solo podía justificarse por el altar que erigía, y ello para dar mayor resonancia a su movimiento, tanto físico como espiritual.
«El cananeo estaba entonces en el país» se lee como la cáscara del fruto. Así como la cáscara protege el fruto, y su naturaleza depende del estado del fruto, el pueblo judío está rodeado de diversas cáscaras, y lo estará siempre. Nuestros enemigos están así destinados a ser nuestros protectores, de modo que podamos realizarnos desde el interior. La vecindad hostil no es solo un obstáculo: es lo que contiene.
Avraham es la montaña, reservada a una élite. En comparación con los patriarcas a quienes él inició, es el acceso difícil, como indica su nombre, Avram: el padre de una élite. Luego planta su tienda, y la ortografía del texto da esa palabra en femenino: la tienda de ella, la tienda de su mujer —antes de que haya un lugar de encuentro entre lo divino y el hombre, está primero el del hombre y su esposa—. La precisión geográfica que sigue tampoco es una mera indicación de mapa: Beit El está del lado del mar, y la ciudad de Ai, al este. Ai es el lugar donde, durante la conquista de la Tierra Prometida, se produce un incidente y tiene lugar una profanación del Nombre divino. Es decir, que esta tierra, incluso en su conquista, debe tomarse teniendo en cuenta sus exigencias morales y espirituales.
El segundo altar no tiene la misma función que el primero. El primero era para la revelación; el segundo es para la promesa de la tierra a Avraham y a su descendencia futura. Y así como Adam dio nombres identificando a todos los seres que lo rodeaban, Avraham identifica aquí el lugar, el makom. El makom es el lugar donde el ser alcanza su plenitud, y por eso es también un atributo divino: lo abarca todo. Israel es la matriz del universo y, como tal, el lugar desde donde se difunde el Nombre de D-os.
Nombrar una cosa es decir su proyecto de ser. Cuando se identifica algo, se dice o bien su naturaleza inmediata, su naturaleza en el presente, o bien su proyecto futuro. Aquí se trata del proyecto futuro: Avraham viaja, yendo y desplazándose hacia el sur; ha llegado a este país pero aún no ha hallado su residencia definitiva —sigue en el movimiento del lej lejá—. Y lo que sigue dirá que se dirige siempre hacia Yerushaláyim: en nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestras acciones, Yerushaláyim debe estar siempre presente y ser siempre objeto de nuestra reflexión.
No se juzga a un ser mientras está en camino. No nos corresponde decir de un hombre que es esto o aquello: mientras camina, deseamos que esté siempre en evolución positiva, y no sabemos qué puede llegar a ser de él. Un solo hombre mereció un atributo divino en vida, y no después de su muerte: Itzjak, ya que se jura por «el Temor de Itzjak». Esto se debe a que se define como un elemento activo en el servicio divino, y a que lo encarnó mediante su sacrificio, hasta el punto de que nuestros sabios lo llaman holocausto perfecto.
Tres puertas se abren al Guehinom, y señalan tres peligros. Está la de Yerushaláyim; la del mar, que quiso tragarse a Yoná, el profeta encargado de llevar la palabra a las naciones, la paloma mensajera que vuelve a llevar su mensaje a la humanidad entera; y la del desierto, que el terremoto abrió para tragarse a Kóraj y a su banda, los que impugnan el orden divino. El mar se comprende por la naturaleza del agua, que es informe: adopta la forma del kli, el recipiente, en que se la vierte; si no, se proyecta en todas direcciones, y siempre cuesta abajo. Para que tome forma hace falta la tierra: ella es el recipiente que contiene esta fuente de vida, puesto que el agua es el principio primero de la vida. En este sentido nuestros sabios leyeron shamáyim, los cielos, como el lugar donde hay agua.
Tres principios fundamentales corresponden a estas tres puertas. El primero es que hay un Creador del mundo y un Amo que rige la creación. El segundo es que, puesto que el mundo existe, Él debe darnos la receta de su funcionamiento, y esa receta es la Torá —dada precisamente en el desierto—. El tercero es Yerushaláyim, morada de la Presencia divina, lo cual previene el peligro de ver a Yerushaláyim convertida en presa de las naciones que la reclaman. Y el texto menciona tres veces que el pueblo depositó su fe: al recibir la Torá en el desierto, al atravesar las aguas del mar, y cuando se le dijo que sería llevado a la tierra.
Hay que distinguir la fe de la evidencia. Que exista un Creador es cuestión de lógica sencilla: ante una obra perfectamente estructurada, organizada, que funciona de maravilla, no se puede invocar el azar; hay que reconocer un genio que la anima desde dentro —y cabe preguntarse hasta qué punto eso merece todavía el nombre de fe—. La fe comienza cuando se va más allá de la evidencia: cuando se considera que de toda cosa nunca se ha percibido más que el exterior, y que la tierra guarda en sus profundidades tesoros que nos llaman a buscar. Así como la inversión científica da sus frutos, también la inversión espiritual da los suyos. Y sin embargo, a menudo nos contentamos con espigar la Torá, como el buey que pace su hierba y se va a otra parte en cuanto se acaba. La verdadera fe es la que no se detiene en el producto natural que tenemos delante, como si agotara la realidad, sino que busca lo que yace enterrado en su interior.
La palabra «idolatría» se queda corta para lo que Avraham combate. El tratado dedicado a esta cuestión tenía cuatrocientos capítulos, de los que solo nos quedan cinco. En hebreo, avodá zará es el culto de todo lo que es extraño —extraño, ante todo, a uno mismo—. Porque no puedo objetivar las cosas si no las he interiorizado: estoy hecho de materia y de espíritu, y es esta amalgama la que me permite aprehender el universo.
La primera desviación es la de la generación de Enosh. Se dice que entonces se comenzó a profanar el Nombre del Eterno. Profanar el Nombre es fijar todo el pensamiento en los derivados de la creación y en los derivados del pensamiento, en lugar de remontarse a la fuente. Es mucho más fácil hablar de las manifestaciones plurales de lo divino —a través de las ideas, de los fenómenos de la naturaleza, de la ciencia— que confiarse al Ser que lo abarca todo. Por eso concluimos el día de Yom Kipur con la proclamación, repetida siete veces, de que el Eterno es la suma de esas fuerzas: un reconocimiento que ya se les había arrancado a los falsos profetas.
La segunda desviación es la de la generación del Diluvio. Consiste en dejar al hombre a lo que siente, a lo que desea, a lo que quiere: una liberación de las costumbres, y un rechazo del principio que une las fuerzas a su fuente única. Se dice entonces que la tierra se llenó de violencia, y es la primera aparición de esa palabra. El mundo se vuelve informe y regresa al estado de las aguas en que se hallaba antes de la creación: el agua contenida purifica, sacia y bendice, pero el agua sin dique ni freno lo arrastra todo a su paso.
La tercera es la de la generación de la Dispersión, en tiempos de Nimrod. Separa lo espiritual de lo material: desbarataremos los planes, nos gobernaremos nosotros mismos, no dependeremos de una voluntad superior, dominaremos las fuerzas de la naturaleza y nos fijaremos nosotros mismos nuestra línea de conducta. Como indica su nombre, Nimrod alimenta un movimiento de rebelión. Y, sin embargo, aquellos hombres tenían un lenguaje común, el lenguaje de lo sagrado, al que tenían acceso: lo usaron mal al separarlo de su fuente, sin considerar que ese lenguaje, que era el de la creación, era también el de la revelación.
Avraham sale solo a la guerra, y se mantiene firme. Es como un individuo único en ese mar de seres humanos, y debe llevar allí su palabra; se le desprecia, se le rechaza, y se espera que acabe poniéndose del lado de la mayoría —el paso por el horno, piensan, debería hacerle reflexionar y desear ser una nación como las demás—. Se enseña que comenzó su búsqueda a los tres años, y el Ramban cita este midrash; es también la edad del primer corte de pelo, como si se diera entonces al niño una iniciación, diciéndole que, cuando hace tabla rasa, debe conservar sus peot, esa porción de espiritualidad a partir de la cual podrá brotar una semilla nueva. Pero no es llamado sino a los setenta y cinco años: ¿qué sucedió entretanto? Libró la lucha contra estas tres tentaciones, estos tres modos de avodá zará, que eran corrientes entonces, lo son hoy y lo serán mañana. Esas son las puertas del Guehinom: el agua que lo borra todo, la impugnación de la elección en nombre de una igualdad reivindicada, y la negación de una Providencia cuyo lugar de emanación es Yerushaláyim.
«La tierra que te haré ver» no promete ver más. No se trata de mostrar: Avraham ya sabe ver las cosas. Se trata de verlas de otro modo, de descubrir una nueva perspectiva de visión y de interpretación, de acceder a una visión interior en lugar de contentarse con una visión exterior. Toda la promesa está en este desplazamiento de la mirada.
Y esta visión exige interiorizar el juramento de la alianza. Sobre el Guerizim y el Eval, seis tribus de un lado, seis del otro y los levitas en medio, se proclamaban las bendiciones y las maldiciones, y la última apuntaba a quien no mantuviera las palabras de esta Torá. Cabe preguntar por qué hacía falta una nueva alianza a la entrada en la Tierra Prometida, cuando todo se había hecho ya en el Sinaí. La respuesta es que no es lo mismo: la Torá dada en el Sinaí dejaba a cada uno su margen —uno es celoso y hace lo máximo, otro toma una parte y descuida otra, sin que ello lo sitúe fuera del pueblo de Israel—. Pero el verbo «jurar» se dice aquí en una forma reflexiva, la de una acción que revierte sobre uno mismo: soy arrastrado, movido por el compromiso mismo, de modo que no hay otra posibilidad de vivir en esta tierra que en el marco de la Torá.
Transcripción completa de la clase
Como en el programa del Shabat pasado, esta clase está dedicada también a la elevación de las almas de Jaim Ben-[…] y de […] Rosenberg —Joachim, miembro de nuestra comunidad, que falleció de forma repentina—. Sí. Consideremos este momento como el minuto de silencio que habría correspondido ante la dura prueba que atraviesa el pueblo judío. Todos estamos consternados por la suerte de las víctimas y la de los rehenes, lamentablemente; que el Santo, bendito sea, los envuelva con Su compasión y Su consuelo. Amén. Comenzamos —inauguramos, si se quiere— el año con una enseñanza que no es ajena a los acontecimientos que estamos viviendo en este momento: la de Lej Lejá. Mi reflexión se limitará a estos pocos versículos de introducción. Los leo en francés. El Eterno dijo a Avram: «Ve para ti» —por tu bien, por tu plenitud— «de tu tierra, de tu patria, de la casa de tus padres, hacia la tierra donde Yo me mostraré a ti». No simplemente «que Yo te mostraré», sino donde Yo me revelaré a ti. «Haré de ti un gran pueblo, te bendeciré, engrandeceré tu nombre, y tú serás la bendición» —para toda la tierra—. «Bendeciré a quienes te bendigan», y a quienes te maldigan, o a quienes te tomen a la ligera, «los maldeciré; y por ti» —hallarán en ti su plenitud— «serán bendecidas todas las familias de la tierra». Y Avraham emprendió esta marcha «como el Eterno le había ordenado», y Lot se unió a él por propia voluntad; y Avraham tenía entonces setenta y cinco años cuando salió [de Jarán]. Y tomó consigo a Sará su mujer, a Lot su sobrino, y todos los bienes que había adquirido. ¿Y cuáles eran esos bienes? «Las almas que habían hecho en Jarán».
Todas las personas que efectivamente había logrado arrastrar tras de sí en Jarán, durante su lucha encarnizada contra el decreto de Nimrod, que quiso uniformar a la humanidad entera bajo una sola bandera, una sola torre, una sola ciudad. «Y salieron para ir a la tierra de Canaán»: no se detuvo en el camino, no se desvió de su ruta, y llegó a la tierra de Canaán. Y Avraham atravesó el país —haciendo reconocimiento del lugar— «hasta el lugar de Shejem». Ahora bien, en Shejem se encuentran el monte Guerizim y el monte Eval, donde se reafirmó la alianza entre D-os y el pueblo judío en torno a la carta de la Torá y su observancia, pero esta vez con un juramento. «Y el cananeo estaba entonces en el país». Sí: lo queramos o no, así como el fruto está rodeado de una cáscara, y todo depende del fruto, de su estado, así el pueblo judío está rodeado de diversas cáscaras. Y lo estará siempre, porque del mismo modo que la cáscara protege el fruto —sí—, nuestros enemigos están en efecto destinados a ser nuestros protectores, de modo que podamos realizarnos desde el interior. «Y se apareció Hashem a Avram»: es allí donde el Eterno se manifiesta a Avraham. Hasta ahora no se había manifestado todavía; pero cuando llegó a Shejem —y Shejem representa un verdadero giro en la toma de posesión de la tierra de Canaán—, «dijo: A tu descendencia daré esta tierra. Y construyó allí un altar a Hashem, que se le había aparecido». Comprendió, pues, que esta tierra no podía justificarse —que la propiedad no podía justificarse— sino por el altar que erigía, y ello para dar mayor resonancia a su movimiento, un movimiento tanto físico como espiritual.
«Se trasladó de allí hacia la montaña». Hemos aprendido que Avraham, en comparación con los otros patriarcas a quienes él puso en camino —Itzjak y Yaakov—, era la montaña inaccesible. Sí: reservada a una élite, tal como indica su nombre, Avram, el padre de una élite. «Y plantó allí su tienda». Se nos dice, a partir de la ortografía del texto, que está escrito ohalá: la tienda en femenino, la tienda de ella, la tienda de su mujer. Es una tienda, pero es ella quien lo va a acompañar, porque es el lugar de encuentro. Antes de que haya un Ohel Moed, una Tienda del Encuentro —el lugar de encuentro de lo espiritual, de lo divino, con el hombre—, está primero el lugar de encuentro del hombre con su esposa.
Esto dice mucho. «Beit El hacia el mar»: se nos da una precisión geográfica, Beit El del lado del mar, «y Ai al este». Beit El es donde Yaakov inaugurará su etapa de exilio; y Ai es el lugar donde, durante la conquista de la Tierra Prometida, se produce un incidente: hay una profanación del Nombre divino. Porque esta tierra, incluso en su conquista, debe tomarse teniendo en cuenta sus exigencias morales, sus exigencias espirituales, y eso no lo observó un hombre, Aján; Aján, que más tarde instituyó la oración Al ken nekavé, «Por eso esperamos en Ti», con la que concluimos nuestras oraciones tres veces al día: mañana, tarde y noche, en Shajarit, Minjá y Arvit. «Y construyó allí un altar a Hashem», se nos dice. Es, pues, un segundo altar. El primero, «a Hashem que se le había aparecido», era para la revelación; el segundo es para la promesa de la tierra a él y a su descendencia futura. «E invocó el Nombre de Hashem»: del mismo modo que Adam dio nombres identificando a todos los seres que lo rodeaban, aquí Avraham identifica el lugar, el makom. El makom es el lugar donde el ser alcanza su plenitud. Por eso Makom es un atributo divino.
El makom es aquello que lo abarca todo, e Israel es la matriz del universo entero; como tal, es el makom, el lugar de residencia de D-os, pero es también desde allí donde se difunde el Nombre de D-os. Difundir el Nombre: ¿qué quiere decir? Lo veremos. Porque cuando se identifica una cosa, se nombra o bien su proyecto de ser, o bien su naturaleza inmediata, su naturaleza en el presente. «Y viajó Avram»: no, se nos dice, aquí se trata de su proyecto futuro, porque «Avram viajó, yendo y desplazándose hacia el Néguev», el sur. Ha llegado, pues, a este país, pero aún no ha hallado su residencia definitiva; sigue dentro del movimiento del lej lejá. Va hacia el sur, y lo que sigue nos dirá que siempre va en dirección a Yerushaláyim.
Adondequiera que va, es en dirección a Yerushaláyim. En nuestros pensamientos, en nuestras palabras, en nuestras acciones, Yerushaláyim debe estar siempre presente y ser siempre objeto de nuestra reflexión; objeto de nuestra reflexión porque la primera mitzvá dada al hombre fue alimentarse de todos los frutos del jardín, del Edén. Y la orden dada a Avraham —de quien, hasta ahora, no sabemos nada; lo sabremos más adelante, lo descubriremos—: también eso está dentro del Lej Lejá, dentro del Lej Lejá. No nos corresponde dictaminar sobre un ser diciendo que es un tzadik, que es esto o aquello. No: mientras el hombre está en camino, deseamos que esté siempre en evolución positiva. Pero no sabemos qué puede llegar a ser de él. Hay un solo hombre que mereció un atributo divino en vida, y no después de su muerte: Itzjak. Se jura por Pájad Itzjak, «el Temor de Itzjak»; y veremos que Pájad Itzjak tiene efectivamente un sentido, puesto que él se sitúa —o más bien se define— como un elemento activo en la avodat Hashem, el servicio divino.
E Itzjak lo encarnó mediante su sacrificio, y en efecto nuestros sabios lo llaman olá temimá, el holocausto perfecto. Así pues, una primera cosa que podemos retener de esta primera parashá es que se concentra en la tierra prometida a Israel, esta matriz del universo, que puede dar resonancia [al bien] o, del mismo modo, amplificar el mal. Y por eso hemos aprendido que hay tres puertas del Guehinom. Una está en Yerushaláyim: allí hay un horno, dice Yeshayahu. Otra está en el mar: el mar que quiso tragarse a Yoná, el profeta de Israel, el profeta encargado de llevar la palabra a las naciones; la paloma mensajera —la de Nóaj—, que vuelve a llevar su mensaje a la humanidad entera a través de Yoná, el profeta Yoná.
«Desde el vientre del Sheol clamé; oíste mi voz»: desde las profundidades de las aguas te imploré, y oíste mi voz desde las profundidades del abismo. El Maharal de Praga dice: el agua es informe. Adopta la forma del kli, el recipiente, en que se vierte; si no, sigue proyectándose por todas partes, en todas direcciones, pero siempre cuesta abajo. Para que tome forma hace falta el jeres, el barro cocido; hace falta la tierra. La tierra es el recipiente, la que contiene esta fuente de vida, puesto que el agua es en realidad el principio primero de la vida. Y nuestros sabios, cuando hablaron de shamáyim, los cielos —la vida tal como puede concebirse espiritualmente—, dijeron: shamáyim es sham máyim, allí donde hay agua. Ahora, la tercera.
La tercera puerta del Guehinom es la del desierto: el desierto que, en aquel terremoto, se tragó a Kóraj y a toda su banda; la rebelión de quienes impugnan el orden divino. Porque dentro de los trece principios de fe que estableció el Rambam —que son, si se quiere, el kli, el instrumento, la herramienta de las trece midot harajamim, los trece atributos de amor—, hay tres principios fundamentales que constituyen los elementos de la fe. El primero es que el Eterno creó el mundo. Hay un Creador del mundo; hay un Amo que rige la creación. Es una fe del todo lógica, porque de lo contrario caemos en lo absurdo.
Es cierto, queda ese punto oscuro, que no deseábamos; pero si lo apartamos, si lo proyectamos hacia el futuro para descifrarlo más adelante, ¿por qué no remitirlo a lo que es la evidencia misma, a saber, que nada puede crearse a sí mismo y que hay un espíritu, un Ser que lo gobierna todo? Por lo demás, no sé hasta qué punto se puede llamar a eso fe, porque todo ello pertenece a la evidencia misma: cuando nos encontramos ante una obra cualquiera perfectamente estructurada, organizada, que funciona de maravilla, no podemos decir que es el azar, obra del azar, sino que hay verdaderamente un genio detrás, que se oculta detrás, que la anima, que la anima desde dentro. Entonces, ¿dónde entra la fe? ¿Qué es la fe? Ese es el problema. Pero la fe, ¿saben?, es cuando se va más allá de la evidencia misma; es cuando se considera que en toda cosa siempre hemos visto, siempre hemos percibido, el exterior, y nunca la profundidad.
La profundidad interior: estamos todavía en proceso de descubrirla; pero tenemos fe en que, más allá de lo que la tierra muestra en su superficie, hay tesoros en el mar, en la tierra, en los cielos, que nos llaman al trabajo, a la búsqueda. Como un tesoro que sales a buscar: el esfuerzo no queda sin resultado. Del mismo modo que la inversión científica da sus frutos, así también la inversión espiritual, y esto en el estudio de la Torá. Porque a veces nos contentamos con un estudio que se limita a cosechar la Torá y a espigar de ella, como el buey que pace; como el buey pace su hierba y, cuando ya no la hay, se va a otra parte, busca otra comarca donde pueda encontrar su alimento, y cuando la ha terminado, se va de nuevo.
No: la verdadera fe es la que no se detiene en el producto natural que tenemos delante, que no agota la realidad, sino que busca más bien lo que yace enterrado en su interior. Y sobre esto les voy a dar un midrash de nuestros sabios, que dijeron en suma… Pues bien, sabemos muy bien que Avraham libró un combate contra tres modos de idolatría. Ustedes saben que el tratado de Avraham sobre la idolatría tenía cuatrocientos capítulos, mientras que nosotros solo tenemos cinco en nuestro poder. Esto es para decirles que «idolatría», esa palabra en francés, no dice nada, o más bien es limitada. En cambio, en hebreo, avodá zará, avodat kojavim, es el culto de todo lo que es extraño. ¿Extraño a quién? Ante todo, extraño a uno mismo. ¿En qué es extraño a uno mismo? En que no puedo objetivar las cosas si no las he interiorizado. Estoy hecho de materia y de espíritu, y esta amalgama es lo que me permite aprehender este universo creado por Él.
Ahora bien, sucede que cedo a tres tentaciones del espíritu. La primera es la que conoció el mundo de Enosh. El mundo de Enosh, ¿qué es? «Entonces se comenzó a profanar el Nombre del Eterno». ¿Qué es profanar el Nombre del Eterno? Profanar el Nombre del Eterno es concentrar todo el pensamiento en los derivados de la creación, en los derivados del pensamiento, en lugar de remontarse a la fuente. Es mucho más fácil —mucho más fácil— hablar de Elokim, es decir, de las manifestaciones plurales de D-os, a través de las ideas, así como a través de los fenómenos físicos de la naturaleza y a través de la ciencia, que confiarse al Ser que lo abarca todo.
Ya les he dicho que concluimos el día de Yom Kipur recitando siete veces Hashem hu haElokim, «Hashem es D-os»: el Eterno es la suma de la pluralidad de las divinidades, o de las fuerzas divinas. Y esto lo dijeron los profetas de Baal, los falsos profetas: es un reconocimiento, un reconocimiento de los errores del hombre. Ahora bien, esta desviación comenzó con Enosh, con Enosh. Luego se pasó a una segunda etapa de desviación con la generación del Diluvio. La generación del Diluvio: hay que dar rienda suelta al hombre, dejarlo a lo que siente, a lo que desea, a lo que quiere; una liberación de las costumbres.
Y, en efecto, se cantó y se gritó «democracia, democracia, democracia», y ello simplemente para rechazar el principio de la adecuación de Elokim con Hashem, para querer negarlo. Entonces «la tierra se llenó de hamás». Hamás: es la primera vez que la palabra aparece en la Biblia. La violencia cubrió la faz del mundo. Cada uno hace lo que quiere. Cada uno hace lo que quiere. El mundo se vuelve informe, y regresa al estado de las aguas en que se hallaba antes de la creación. Les he dicho la idea del Maharal: mientras el agua puede ser contenida, mientras está en un kli y está contenida, da forma y toma forma; puede sustentar el cuerpo del hombre, su salud —también nosotros somos un odre de agua en movimiento—, y puede purificar al ser; puede ser, en efecto, una fuente de abundancia, una bendición. Pero puede arrastrarlo todo a su paso cuando no tiene dique, cuando nada la detiene. Ese es el problema. Esa es, pues, la tendencia de la generación del Diluvio, y lo que de ella se siguió. Y está también el pecado de la tercera generación, el dor haflagá, la generación de la Dispersión: la que separó lo espiritual de lo material. Desbarataremos todos los planes del Eterno; nos gobernaremos nosotros mismos; no dependeremos de una voluntad suprema; no, podremos dominar las fuerzas de la naturaleza y fijarnos nosotros mismos el camino a seguir, la línea de conducta. Ese fue Nimrod, en tiempos de Avraham; como indica su nombre —«rebelémonos»—, mantendremos un movimiento de rebelión. Y, sin embargo, tenían un lenguaje común: tenían el lenguaje de lo sagrado. El midrash dice que todos hablaban la lashón hakódesh, la lengua santa. Hablaban el lenguaje de lo sagrado, tenían acceso a él, y lo usaron mal. Lo separaron de su fuente: ese fue el mal uso que hicieron de él.
No consideraron que ese lenguaje, así como era el lenguaje de la creación, era también el lenguaje de la revelación. Sí: y él salió solo a la guerra. El pueblo judío, el pueblo de Avraham —«el más pequeño de todos los pueblos»—, es también como el individuo en ese mar de seres humanos, y debe llevar su palabra; y lo logra, pero se le desprecia, se le rechaza: no aguantará, acabará poniéndose del lado de la masa, de la mayoría; así es como lo ve el mundo. Y si no lo hace, el paso por el horno crematorio acabará por hacerle reflexionar, y se despojará de su judaísmo y querrá ser una nación como las demás, o engendrar una nación como las demás. Y Avraham se mantiene firme. Se mantiene firme, ¿por qué? Porque Avraham, se nos dice, comenzó [su búsqueda] a la edad de tres años. El Ramban cita el midrash: «A los tres años», a los tres años. Sí: y a los tres años hacemos al niño el primer corte de pelo.
Se ha convertido en costumbre a los tres años. Como si, en suma, se diera en ese momento al niño una iniciación, una iniciación mística, a saber: debes conservar tus peot. Cuando te cortas el pelo, cuando haces tabla rasa de todo, procura conservar tus peot, este rincón, este rincón de la cabeza. Procura cultivar esta porción de espiritualidad, porque a partir de ella brotará una semilla nueva. Uno. Pero no nos detenemos ahí. Desde los tres años este muchacho lo cuestiona todo, y no es llamado por D-os sino a los setenta y cinco años. ¿Qué sucedió entretanto? Libró una lucha contra estas tres tentaciones de avodá zará, estos tres modos de avodá zará, que eran corrientes entonces, como lo son hoy y como lo serán mañana, porque esas son las puertas del Guehinom.
Las puertas del Guehinom: en el agua, lo que lo borra todo, lo que lo reduce todo a la nada; está la puerta del mar, desde la que [Yoná] dirige su oración a D-os. Luego, el movimiento de rebelión de Kóraj, que impugna la elección de Moshé por D-os, la elección de los Kohanim por D-os, y que quisiera devolver el poder a quien a él le parece, ¿no es así? Esa es la segunda etapa. Y la tercera: hemos dicho midbar, yam, Yerushaláyim —desierto, mar, Yerushaláyim—. Yerushaláyim es el lugar de residencia de D-os, aquel donde la Shejiná ha fijado su morada. Si se considera que no hay Providencia que vele por la suerte de la humanidad y por la evolución del mundo, una Providencia cuyo lugar de emanación es Yerushaláyim, entonces se hace de Yerushaláyim otra puerta del Guehinom. Se convierte en presa de las naciones que la reclaman. Sí. Ahora bien, los tres principios fundamentales de la fe, dicen nuestros sabios: en primer lugar, Boré Olam, el Creador del mundo. Y no es porque D-os existe que deba manifestarse. No, no: es porque existe un mundo que Él debe manifestarse; debe darnos la receta del funcionamiento de este mundo.
Y la receta del funcionamiento de este mundo es la Torá. Y la Torá fue dada en el midbar, el desierto. Nos permite evitar que este desierto se convierta para nosotros en una puerta del Guehinom. [Asimismo,] el lugar de residencia de D-os, el que Él eligió, nos permite prevenir el peligro de que se convierta en presa de las naciones, de todas las naciones. Y por último, la tercera es bayam, […] el mar. Y hemos dicho que se menciona tres veces que el pueblo proclamó su fe en Hashem: cuando recibió la Torá en el desierto; cuando atravesó las aguas del mar; y la tercera, cuando D-os les dijo: os llevaré, cumpliré lo que juré a vuestros padres y os llevaré a la tierra que es morashá, herencia. La palabra morashá aparece dos veces, como hemos señalado: una a propósito de la tierra —y, paradójicamente, precede a la revelación, a la entrega de la Torá—, y el segundo morashá, [dicho de la Torá,] ese anhelo de aquel encuentro, etcétera. Y ambas, Torá y Éretz Israel, están en efecto concentradas en este primer llamado del Eterno a Avraham, porque le dice que en este movimiento —hacia la tierra, primero—, asher areka. Asher areka: ¿qué quiere decir? ¿«Te mostraré»? No: no te voy a mostrar; tú sabes muy bien ver las cosas. Pero vas a ver las cosas de otro modo; vas a descubrir una nueva perspectiva de visión, de interpretación; vas a acceder a una visión interior de las cosas y no te contentarás con una visión exterior.
Eso es. ¿Y cuándo? Ahora bien, no puedes acceder a esta visión —y aquí quizá termine esta clase para dejar lugar a las preguntas—. No puedes acceder a esta visión si no interiorizas el juramento de la alianza que se hizo sobre el monte Guerizim y el monte Eval, donde había seis tribus a la izquierda, seis tribus a la derecha y los levitas en medio, que decían: «Bendito sea el que haya hecho esto y haya hecho aquello», y los demás respondían «Amén». Había once de ellas. Pero la última: Arur asher lo yakim et divré haTorá hazot, «Maldito sea el que no mantenga las palabras de esta Torá». Nuestros sabios se preguntaron: pero en realidad ya estábamos —[…]— ya estábamos comprometidos en la alianza en el monte Sinaí; todo se había hecho. ¿Por qué ahora, en el umbral, otra vez? ¿Por qué, en cuanto ponen el pie [en la tierra], hay una nueva alianza? Respondieron: no es lo mismo. La Torá dada en el monte Sinaí quedaba siempre a la elección de cada uno.
Uno es celoso e intentará cumplir el máximo de mitzvot; otro tomará una parte y descuidará otra; tendrá limitaciones aquí y allá. En fin, hay compromisos, es cierto, pero eso no me sitúa fuera del pueblo de Israel aunque deje de observar una parte de ella. Pero aquí el juramento es nishbá: ustedes saben que el verbo «jurar» está siempre en nifal, y el nifal es una forma reflexiva, una acción que revierte sobre uno mismo. ¿Por qué? Si soy yo quien jura, ¿no debería tener la forma simple del verbo? No: nishbá, nishbá, porque soy arrastrado, movido por el compromiso mismo, de modo que no hay otra posibilidad de vida que a través de la Torá.
Así pues, aquí la visión del pueblo judío en la tierra de Israel es completamente distinta: una tierra que le fue dada, y no conquistada por él; una tierra que no fue, en suma, su tierra de cultivo originaria; no fue él quien la desbrozó. Por eso debe sentir que esta carta de la Torá forma parte de la tierra, y que no hay otra posibilidad de permanecer en esta tierra y de vivir en esta tierra que en el marco de la Torá. Y por eso todo está incluido en estos primeros versículos, cuando dice: «Haré de ti un gran pueblo»: serás el dispensador del jésed, de la bondad. La guedulá, la grandeza, es la creación del mundo, el Creador del mundo. «Haré de ti»: ese eres tú; y tú eres el jésed. El mundo —este mundo está regido por esta bondad, este amor—: ese es «el D-os de Avraham». La bendición —la bendición del «D-os de Itzjak»— es la de la avodá, la implicación personal de cada uno en el servicio divino: esa es la avodá, ese es «el D-os de Itzjak». «Y engrandeceré tu nombre»: el nombre es perpetuar una existencia. Así será vuestra descendencia y vuestro nombre; tendréis vuestro nombre, este nombre de Israel, que debe en efecto inspirar […] y evocarse con humildad y respeto.
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