Vayetzé — Rajel y Lea, los dos rostros de Israel

par le Rav Raphaël Benizri

Preguntas para la mesa de Shabat: Vayetzé

Un cuadernillo de estudio para imprimir: una pregunta por página, la respuesta del Rav, su fuente y una enseñanza para debatir en familia.

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Rajel y Lea son dos personalidades totalmente distintas, y fue juntas como edificaron la casa de Israel. Esta clase sigue a las dos hermanas como dos figuras espirituales opuestas: una amada incluso antes de la boda, la otra introducida en la casa mediante una sustitución. El Rav Raphaël Benizri plantea la pregunta de cuál de las dos lleva consigo el futuro del pueblo, y su respuesta desplaza el centro de gravedad del relato. No es la mujer perfecta la que conduce el mundo a su culminación.

El Rav parte de la presencia femenina en la forja de la identidad judía —Sará, Rivká, y luego Rajel y Lea, cuya huella conserva todavía la bendición nupcial— y de lo extraño de un amor declarado antes del matrimonio, algo que el texto bíblico no hace en ningún otro lugar. Muestra que la madre de Yaakov se cierne sobre este encuentro, y que el recurso de la sustitución que ella había empleado en otro tiempo va a repetirse contra su hijo.

La clase pasa luego por la cuestión de la belleza, por la de saber por qué un ser perfecto no puede dirigir una comunidad, y por los nombres que Lea da a sus hijos. Desemboca en la oposición entre el justo consumado y el que retorna, y después, en las preguntas de los participantes, en lo que esta oposición dice del Mesías y de Rut.

Lo que enseña esta clase

Fueron las mujeres quienes edificaron la casa de Israel. La presencia femenina a la que el texto dedica capítulos enteros es la de Sará, Rivká, Rajel y Lea: Sará, con el problema que le plantea Hagar; Rivká, con el desvío de la bendición de Esav hacia Yaakov; y luego las dos hermanas de quienes se dice que entre ambas edificaron la casa de Israel. Es esta fórmula la que retomamos al bendecir a una pareja, deseando que la mujer que entra en esa casa sea como Rajel y como Lea. Y sin embargo, las dos hermanas son personalidades totalmente distintas, totalmente diferentes.

El texto bíblico nunca habla de amor antes del matrimonio, salvo aquí. De Avraham y Sará no se dice nada en ese sentido; de Itzjak y Rivká, es después de la boda cuando el texto señala que él la amó. Podría citarse a David y Mijal, pero es un amor que apenas llegó a buen término; el de Amnón por Tamar es un amor prohibido y no puede servir de referencia. La única pareja verdaderamente enamorada antes del matrimonio es la de Yaakov y Rajel, y ese amor él lo lleva hasta el final.

La presencia de la madre se cierne sobre este encuentro. Rivká, al enviar lejos a su hijo, le dice que busque al mismo tiempo una esposa, y le anuncia que, así como a ella la encontraron junto a un pozo, también él hallará a la suya de ese modo. Y eso es exactamente lo que sucede. Pero el texto repite tres veces, en pocos versículos, la mención del hermano de su madre: Yaakov se acerca, hace rodar la piedra de la boca del pozo y abreva el rebaño de Laván, el hermano de su madre. Esta insistencia no es neutra.

El recurso de la madre va a volverse contra el hijo. El medio que empleó Rivká para desviar la bendición de Esav hacia Yaakov va a repetirse de otra forma, en el paso de Rajel a Lea. El midrash dice que Yaakov era consciente del problema, y que ese problema hacía imposible aquel amor: la costumbre exige que se case primero a la hija mayor y después a la menor, y Rajel le había hecho saber que tenía una hermana mayor.

Lea guardaba la casa; Rajel iba a la fuente. Era la hermana menor la que se ocupaba de ir a buscar el agua, mientras la mayor se quedaba en casa. Pero la que iba a la fuente poseía una belleza tanto interior como exterior, y esa belleza marcó a Yaakov a lo largo de toda su vida. Por Rajel aceptará trabajar siete años más. Y le dará prioridad en todas las circunstancias: siempre es ella la nombrada antes que su hermana, y cuando debe enfrentarse a Esav y dividir sus campamentos, es a ella a quien coloca en último lugar, para ponerla a salvo de cualquier golpe.

Este amor intenso fue al principio estéril, y esa esterilidad tiene un sentido. Yaakov solo vive catorce años con Rajel, y el comienzo de esos años está marcado por la esterilidad, porque son dos seres completos que no sienten la necesidad de proyectarse hacia un futuro. El amor se basta a sí mismo. Será necesario pasar por la sierva, como lo había hecho Sará, y sobre todo por la oración, para que por fin llegue un hijo; y ese hijo será también el preferido.

Yosef se parecía tanto a su madre que lleva en sí su belleza. El texto lo describe hermoso de figura y hermoso de aspecto, exactamente como lo había dicho de ella. Esta belleza no es un simple adorno. La clase relata que, cuando Rabí Yojanán se encontraba junto al lecho de Rabí Elazar y este se echó a llorar, le preguntó si lloraba por la Torá que no habría estudiado lo suficiente; pero lo que cuenta no es la cantidad, sino la intención con la que se ha estudiado. ¿Lloraba por su pobreza? Pero no todo hombre merece dos mesas, y el éxito en el plano espiritual consuela de lo demás. ¿Lloraba por un hijo perdido en vida? Pero su interlocutor había perdido diez. No: lloraba por aquella belleza destinada a ser sepultada en la tierra, y ambos se pusieron a llorar juntos. Pues esa belleza era el resplandor de una vida espiritual: era tanto interior como exterior, y las personas de esa clase son muy raras. Rajel y Yaakov estaban hechos de esa tela, y también Yosef, y también Binyamín. La clase evoca a este propósito a aquellos pocos hombres que conocieron la muerte solo porque estaba inscrita en el destino de la humanidad desde el pecado de Adam, y no por falta propia. Recuerda por último la correspondencia entre los doscientos cuarenta y ocho preceptos positivos y las trescientas sesenta y cinco prohibiciones, por una parte, y los miembros y los tendones, por otra: una conexión perfecta, una unidad de una sola pieza, sin que se perciba una composición de elementos diversos.

Precisamente por eso Yosef no podía ser el guía espiritual del pueblo. No podía acceder a la realeza, aunque Yaakov reconoció su primogenitura, dándole dos porciones, como corresponde a un primogénito que se hace cargo de toda la familia. Pero un ser perfecto no puede gobernar ni hacerse cargo de su sociedad. Para ello es preciso que haya algo que reprocharle, que sea un hombre imperfecto; y es su misma imperfección la que se convierte en su ventaja.

Dichosa la generación cuyo dirigente peca y expía su falta. Porque así ofrece un modelo de vida a su comunidad y a su pueblo. Si es perfectamente justo, eso es una naturaleza, un don que se le ha concedido, y los demás asumen su destino como pueden; pero se reconocen mucho más en aquel que se gana esa responsabilidad. Yehudá pecó con Tamar, Reuvén pecó contra su padre, y uno y otro lo reconocieron y permanecieron honestos hasta el final: eso es lo que los levantó y lo que justificó su lugar en el seno de su comunidad. Y Yehudá no es hijo de Rajel: es hijo de Lea.

Rajel y Yaakov habían convenido una contraseña, y Rajel la entregó. Cuando Yaakov se le declaró, ella le había respondido que tenía una hermana mayor y que su padre jamás aceptaría casarla antes que a ella. Yaakov le contesta entonces con una frase que nuestros Sabios cuestionan, puesto que Laván no es hermano del padre de Yaakov sino de su madre: si él toma el camino de la honestidad, seré honesto con él; pero si toma el del engaño, sabré sortearlo. Convienen, pues, unas señales, ligadas a las tres obligaciones sobre las que se funda su matrimonio. Pero al ver que su padre no cedería, Rajel transmitió esa contraseña a su hermana: no se la guardó para sí. Se dijo que su hermana no iba a ser humillada, e hizo el sacrificio de su amor en favor de Lea. Así, Yaakov amó a Rajel, creyó casarse con Rajel, y a la mañana siguiente descubre que es Lea. La clase relaciona esta escena con la costumbre nupcial: el novio se adelanta hacia la que ha elegido con el rostro descubierto y luego le cubre el rostro; pues él la ha elegido, pero ¿es ella su destino? Es el destino el que conduce a la novia bajo el palio nupcial, y es a él al que vienen a saludar las bendiciones.

Los dos nombres expresan dos estados. Rajel es la oveja dulce, como indica su nombre: la que se toma en brazos, se acaricia y se ama. Lea es un ser cansado, una mujer que se había rendido. Se había rendido porque no estaba segura de su destino: se decía que, de las dos hijas, la mayor correspondería al hijo mayor, es decir, a Esav, y la menor al menor. Lea no quería ese destino, y lloraba día y noche.

Yaakov, al descubrir la sustitución, no se vuelve contra su esposa. A quien le ocurriera algo semejante, iniciaría de inmediato los trámites de divorcio. No es lo que hace Yaakov. Considera que probablemente hay aquí un destino. No le reprocha nada a Lea. Es contra su suegro contra quien se vuelve, porque Laván no le había advertido de antemano que no podría darle a Rajel mientras la mayor no estuviera casada.

Lea es llamada «aborrecida» porque entró en el juego. No fue honesta, y tomó ejemplo del propio Yaakov. Él había luchado para arrancar a su hermano la bendición y la primogenitura; ella se dijo que haría lo mismo. El diálogo que se relata es tajante: toda la noche, dice él, te llamé Rajel y tú respondías; y ella le contesta que él mismo había dicho, ante su padre, que era Esav el primogénito: yo no hice más que tomar lo que tú mismo declaraste. Esa es la fuerza del desafío: llorar el propio destino, pero no dejarse abatir por él, y aprovechar la primera ocasión para luchar por obtener lo que se desea.

Los nombres de los cuatro primeros hijos narran un reconocimiento progresivo. El primero dice que D-os ha visto su aflicción; el segundo, que ha oído que ella no era amada; el tercero, que su marido por fin se unirá a ella; y es el propio Yaakov quien da nombre a este tercer hijo, mientras que a los dos primeros los había nombrado ella. Se diría que, con el tercero, él empieza a adoptar a Lea, a aceptarla como esposa. Con el cuarto, ella ya no pide nada: esta vez alabaré al Eterno. De este hijo, Yehudá, vendrán la realeza y la Torá.

Dos personalidades, pues: el justo consumado y el que retorna. Rajel es el tzadik (justo) perfecto; Lea es la persona de la teshuvá (arrepentimiento): incompleta, pero que lucha por alcanzar su objetivo y dar la vuelta a la situación en su favor. Y es ella la recompensada, porque el tzadik perfecto no es de este mundo: no es él quien llevará este mundo a su culminación, pues se instala en lo que es y permanece algo pasivo. El otro, en cambio, tiene un objetivo; debe reconstruirse, cuestionarse, redefinir aquello a lo que aspira. Rajel sigue siendo el modelo, pero es Lea quien determina lo que viene después.

Las dos hermanas son dos mundos que se funden el uno en el otro. Rajel es el mundo descubierto, el mundo revelado; Lea es el mundo cubierto, oculto. Pero ambos son completos y se funden en una sola personalidad, y por eso se las nombra juntas al bendecir a una pareja. Lo mismo vale para el amor: así como no se agota en el presente, sino que proyecta un porvenir, el justo debe proyectarse hacia delante y no conformarse con un éxito perfecto que lo aislaría del resto de la comunidad.

Las preguntas de los participantes prolongan la oposición hasta el Mesías. A quien pregunta cómo puede el dirigente ser imperfecto, si nunca se oye hablar de los defectos del Mesías, el Rav responde que el Mesías nunca fue definido como un ser perfecto, y que creerlo es un error: es aquel que logra realizar una perfección en el seno de la humanidad, aquel que reúne bajo una misma bandera unidades que siguen siendo independientes y autónomas. Aquel que ha de restablecer la justicia pertenece a Lea, no a Rajel; pero Rajel sigue siendo el punto de referencia. Yaakov pasa su vida junto a Lea y pide ser enterrado donde ella está enterrada, sin olvidar nunca a Rajel, a quien evoca y que permanece presente.

La oración tiene más fuerza que el estudio, y Rajel lo aprende en los celos. Solo se reza cuando se siente la necesidad, cuando se toma conciencia de las propias imperfecciones y de aquello de lo que se carece. Cuando Rajel, al ver que su hermana tiene hijos, reclama los suyos a su marido, él le responde preguntándole si acaso está él en lugar de D-os. No es un arrebato de ira: es decirle a una mujer que se siente disminuida que ella misma es capaz de rezar. Y el nombre que da al hijo obtenido significa «añadirá»: ha comprendido que no debe quedarse en el estado de una mujer colmada por el amor de su marido, sino proyectar ese amor hacia un porvenir en lugar de vivirlo por entero en el presente.

Transcripción completa de la clase

Buenas noches, queridos amigos. Seguimos en Parashat Vayetzé, y esta noche abordamos la pareja de Rajel y Lea: la presencia femenina en la forja del destino de la identidad judía. Ciertamente comenzó con Sará; pero la presencia femenina en la historia de la humanidad ya había comenzado antes, con Java, con Adá, que estuvo en el origen de las tres grandes civilizaciones, y continuó después […]. Pero digamos que la presencia femenina a la que el texto dedica capítulos enteros es la de Sará, Rivká, Rajel y Lea: Sará, con su problema frente a Hagar; Rivká, con el desvío de la bendición de Esav hacia Yaakov; y Rajel y Lea, asher banú shteihem et beit Israel, «que edificaron ambas la casa de Israel». Fueron ellas quienes edificaron la casa de Israel.

Cuando bendecimos a una pareja, le otorgamos esta bendición tomada del libro de Rut: «Que Hashem haga a la mujer que entra en tu casa como a Rajel y como a Lea, que edificaron ambas la casa de Israel». Y sin embargo, Rajel y Lea son dos personalidades totalmente distintas, totalmente diferentes. En efecto, cuando Yaakov se ve obligado a huir, su madre le dice: ve, y al mismo tiempo busca una esposa; y así como a mí me recibieron junto a un pozo, también tú encontrarás a tu pareja del mismo modo. Y eso es, efectivamente, lo que sucede. Llega a Jarán y pregunta por el hermano de su madre, Laván.

Le dicen: sí, vive aquí. Y apenas se lo han dicho, aparece Rajel, y es un flechazo. Por lo general, el texto bíblico nunca nos ha hablado del amor de una pareja antes del matrimonio. De Avraham y Sará no se nos dice nada. En el caso de Itzjak y Rivká, es después de la boda cuando el texto menciona de pasada —vaieehavéha, «y la amó»— que él la amó. Aparte de eso, quizá podría tomarse como ejemplo a David y Mijal, la hija de Shaúl; pero al final fue un amor que no llegó realmente a buen término. El de Amnón por Tamar es un amor prohibido y no puede servir de referencia. Eso explica la complejidad de ese amor que buscamos siempre en el Shir HaShirim (el Cantar de los Cantares), donde el amado busca a su amada y la amada va en busca de su amor; se encuentran a duras penas, y apenas se han visto, furtivamente, se separan.

Aquí, en cambio, ese amor está presente. Como dijimos, la única pareja verdaderamente enamorada antes del matrimonio es la destinada a Yaakov. Y ese amor él lo lleva hasta el final, porque la personalidad de su madre está constantemente presente en este acercamiento a Rajel. El texto lo subraya con insistencia: «Y sucedió que cuando Yaakov vio a Rajel, hija de Laván, el hermano de su madre, y al rebaño de Laván, el hermano de su madre, se acercó Yaakov, hizo rodar la piedra de la boca del pozo y abrevó el rebaño de Laván, el hermano de su madre» (Bereshit 29:10). Tres veces «el hermano de su madre» en el espacio de un solo versículo. Que Yaakov viera a Rajel, hija del hermano de su madre, podemos admitirlo. Después abrevó el ganado de Laván, el hermano de su madre; levantó la piedra que tapaba la boca del pozo; y ahí de nuevo se dice «el rebaño de Laván, el hermano de su madre»: cuidó el rebaño de Laván, el hermano de su madre.

La presencia de su madre se cierne sobre el amor de esta pareja. Bien, por el momento no hay nada malo en ello. Pero el medio que usó su madre para desviar la bendición de Esav hacia Yaakov va a repetirse de otra forma, de otra manera, mediante el traspaso de esta relación de Rajel a Lea. El midrash nos dice que él era consciente de este problema, y que este problema hacía de aquel un amor imposible. ¿Por qué? Porque la costumbre exige que se case primero a la mayor y después a la menor. Y Rajel le había hecho saber que tenía una hermana mayor. Esta hermana mayor, ojo, guardaba la casa, y era la hermana menor la que se ocupaba de ir a buscar agua a la fuente. Pero esta hermana que iba a buscar agua a la fuente poseía una belleza tanto interior como exterior…

… una belleza que no lo dejó indiferente y que lo marcó a lo largo de toda su vida: por Rajel aceptará trabajar siete años más. A Rajel le dará prioridad en todas las circunstancias. Siempre es Rajel la nombrada antes que Lea. Cuando debe encontrarse con su hermano Esav y tiene que repartir y dividir los majanot, los campamentos —dividiéndolos en cuatro campamentos—, es a Rajel a quien coloca en último lugar, porque quiere ponerla a salvo de cualquier golpe. Y con Rajel no vive más que catorce años de amor intenso. Un amor marcado al principio por la esterilidad, porque son dos seres completos que no tienen necesidad de proyectarse hacia un futuro.

El amor se basta a sí mismo; no hay hijo. Hay que pasar por la shifjá, la sierva: una sierva que Rajel da a su marido —es decir, ella misma aconseja esa unión, como lo había hecho Sará—, para que, por medio de la oración, logre por fin tener un hijo que será también el preferido de Yaakov. Se parecía tanto a su madre: vaiehí Yosef yefé toar vifé mar’é, «y Yosef era hermoso de figura y hermoso de aspecto». También él era muy hermoso. Y atención: esta belleza tiene un sentido. Sabéis que, cuando Rabí Yojanán acudió junto al lecho de Rabí Elazar, Rabí Elazar se echó a llorar. Rabí Yojanán le preguntó: ¿por qué lloras? ¿Es por la Torá que no has estudiado lo suficiente?

En cuanto a lo que se ha estudiado —«tanto el que hace mucho como el que hace poco»—, estudie uno más o estudie menos, lo esencial es la intención con la que ha estudiado. Lo que uno ha acogido de verdad: eso es lo que importa. ¿Es por tu sustento, porque viviste en tanta pobreza? Pues bien, lo kol adam zojé lishtei shuljanot: no todo hombre merece dos mesas, es decir, lo material y lo espiritual a la vez. A ti se te ha concedido el éxito en el plano espiritual; puedes consolarte con eso y hacer abstracción de lo material. ¿Lloras por haber perdido un hijo en vida?

Pues mírame: yo perdí diez hijos en vida y he seguido siendo yo mismo. ¿Y qué le respondió? No, no lloro por eso. Lloro por tu belleza; lloro por tu belleza, que está destinada a ser sepultada en la tierra. Y ambos se echaron a llorar; los dos se echaron a llorar. Y uno puede preguntarse por qué lloraron. ¿Por la belleza? No: esa belleza era tanto interior como exterior. Era el resplandor de una vida espiritual que irradiaba desde su propio ser. Por eso se llora por ella: personas así son muy raras. Rajel y Yaakov estaban hechos de esa tela.

También Yosef, también Binyamín. Binyamín es uno de los cuatro que conocieron la muerte únicamente porque estaba inscrita en el destino de la humanidad desde el pecado de Adam HaRishón (el primer hombre); ellos mismos no debían conocer los tormentos de la muerte. Fueron cuatro: Amram, el padre de Moshé; Binyamín; Ishai, el padre de David; y un hijo de David, [Kilav]. Así pues, también Binyamín: los dos hijos de Rajel eran verdaderamente el fiel producto de una espiritualidad plena que se desprendía de su propio ser físico. Había, por así decir, la armonía del cuerpo humano que funcionaba a través de las ramaj mitzvot asé —los 248 preceptos positivos— y las 365 prohibiciones, que corresponden a los tendones, mientras que los 248 corresponden a los miembros. Había una conexión perfecta, que producía una unidad de Torá tal que no se percibía una composición de elementos diversos: era verdaderamente una sola pieza.

Mikshá: labrado de una sola pieza. Esta es, pues, la razón por la que Yosef no podía ser el guía espiritual del pueblo judío. No podía acceder a la realeza, aunque su primogenitura había sido reconocida por Yaakov, que le dio dos porciones, como corresponde a un primogénito que asume la responsabilidad de toda la familia. Pero un ser perfecto, en efecto, no puede gobernar ni hacerse cargo de su sociedad, de su comunidad. Para ponerse al frente de una comunidad, es preciso que haya algo que reprocharle. Como dicen los Sabios, no se nombra a un dirigente sobre la comunidad a menos que lleve colgada del cuello un cesto de reptiles; es decir, que se vea que es un hombre al que se le pueden hacer reproches: es imperfecto, pero su imperfección es en sí misma su ventaja.

Recordemos lo que dice el texto: asher nasí iejetá, «cuando un príncipe peque», que los Sabios leen como «dichosa la generación» cuyo dirigente comete un pecado y lo repara. Porque así ofrece un modelo de vida a su comunidad, a su pueblo. Si es un tzadik, un tzadik perfecto, eso es una naturaleza, un don; HaKadosh Baruj Hu (el Santo, bendito sea) le dio los medios para serlo. Los demás asumen su destino como pueden. Pero se reconocen mucho más en alguien que se gana esa responsabilidad: Yehudá, en este caso. Yehudá cometió una falta con Tamar, Reuvén cometió una falta contra su padre; lo que contó es que hicieron teshuvá (arrepentimiento) y fueron honestos hasta el final.

Eso es lo que los levantó; eso es lo que justificó lo que debían ser en el seno de su comunidad. Ahora bien, Reuvén y Yehudá no son hijos de Rajel; Reuvén y Yehudá son hijos de Lea. ¿Y Rajel, qué hace? ¿En qué se distinguió? Nuestros Sabios dicen que, cuando Yaakov se le declaró, Rajel le respondió: «Tengo una hermana mayor, y mi padre jamás aceptará casarme antes que a ella». Así que ella lo sabía. Él dijo —vaiaguéd Yaakov leRajel ki ají aviha hu—: «Yaakov le dijo a Rajel que él era hermano de su padre». Y nuestros Sabios dicen: ¡pero él no es hermano de su padre! Su padre es hermano de la madre de Yaakov. ¿Qué significa entonces «hermano de su padre»? Él le dijo, en esencia:

Si tu padre toma el camino del tzadik, el de la honestidad, seré honesto con él. Pero si toma el del engaño, el de la falta, sabré sortearlo. Convinieron una contraseña. La contraseña era que su matrimonio se funda sobre tres condiciones: [el encendido de la lámpara], la jalá —la separación de una porción de la masa— y la nidá. [Es decir:] que nada caiga bajo el efecto de la rutina, que conduce hacia la muerte; que no todo quede entregado al ciclo ordinario de la naturaleza; que ese amor se eleve por encima de la mera atracción natural. Y esta contraseña secreta Rajel no la guardó para sí: la entregó.

Se la dio a su hermana cuando vio que, pasara lo que pasara, su padre no quería de ningún modo dársela a Yaakov en primer lugar. Y se dijo: mi hermana no va a ser humillada, rebajada; le daré mi contraseña a ella. Así pues, sacrificó su amor en favor de su hermana. De modo que Yaakov, en efecto, amó a Rajel, creyó haberse casado con Rajel, pero a la mañana siguiente descubre que es Lea. Sabéis que esta imagen se ha perpetuado en nuestras costumbres. Antes de la boda, el novio se adelanta hacia su elegida cuando ella tiene el rostro descubierto. Ve claramente que es aquella a la que ha elegido. Y luego le cubre el rostro.

Sí, él la ha elegido; pero ¿forma ella parte de su destino? Ese es otro aspecto de las cosas. Porque es D-os quien destina una mujer a un hombre. Y por consiguiente, cuando esa mujer se dirige hacia la jupá (el palio nupcial), lleva el rostro cubierto: es el destino el que la conduce hacia la jupá. Y es ese destino el que será objeto de las bendiciones bajo el palio. Hay, pues, dos aspectos en el matrimonio: el de la elección, el de ser amado; y el de la realidad que se descubre al despertar. Y al despertar, sí, es otra mujer. Vaiehí vaboker vehiné hi Lea, «y a la mañana, he aquí que era Lea»: uno se da cuenta de que es Lea, ya no Rajel. Rajel era la oveja dulce, como indica su nombre, tierna, la que se toma en brazos, se acaricia y se ama. Lea es un ser cansado, nil’á, como a menudo se entiende el nombre.

Se había rendido. Se había rendido porque no estaba segura de su destino. Se decía: Itzjak tiene dos hijos, Yaakov y Esav. Esav es para la mayor, para la hija mayor, que es Lea. Y el menor, Yaakov, tomará a la menor, que es Rajel. Pero Lea no quería ese destino. Lloraba día y noche. Sí; y sin embargo también hubo llanto por parte de él. Se dice que, cuando encontró a Rajel por primera vez —algo inaudito, que la Torá no menciona en ningún otro lugar—, besó a Rajel. No era habitual; no entraba en las convenciones. La gente de alrededor se burló un poco de él, y él se sintió avergonzado.

Lloró. Pero el texto nos dice que no: lloró porque, en realidad, había vislumbrado un futuro que no sería radiante, que no sería luminoso para él. Ahora bien, Yaakov se encuentra con Lea a la mañana siguiente de la boda. Si algo así le ocurriera a cualquiera, iniciaría de inmediato los trámites de divorcio. No es lo que hace Yaakov. Considera que meHashem ishá leish —que es D-os quien destina una mujer a un hombre—, que probablemente hay aquí un destino. Lo comprendió. No se vuelve contra su esposa. No le reprocha nada, porque él mismo había hecho en otro tiempo exactamente lo mismo. Pero se vuelve contra su suegro, porque Laván no le había advertido de antemano que no podía darle a Rajel mientras no hubiera casado a la mayor.

Pero entonces, imaginemos un poco este matrimonio forzado, el de Yaakov y Lea. Y el «aborrecimiento»: cuanto ama Yaakov a Rajel, tanto se nos dice snuá Lea: Lea era aborrecida. Es aborrecida. ¿Aborrecida por qué? Porque entró en el juego. ¿Y por qué entró en el juego? No fue honesta […]. Tomó ejemplo de Yaakov. Él había luchado para arrancarle a su hermano la bendición, y la primogenitura. Ella se dice: pues bien, yo también. Y esa es la fuerza del desafío: por una parte, llorar el propio destino, pero no dejarse abatir por él, y aprovechar la primera ocasión para luchar y obtener lo que se desea.

Porque, por la mañana, cuando Yaakov le dijo: «Durante toda la noche no dejé de dirigirme a ti como Rajel, y tú me respondías», ella le contestó: «Pues tú también: ¿no le dijiste a tu padre anojí Esav bejorja, “yo soy Esav, tu primogénito”? Tú te hiciste pasar por Esav. Yo, a mi vez, […] me hice pasar por otra. Así que no hice nada malo: tomé lo que tú mismo habías declarado». Emprendido este camino, ella seguirá su ruta, y será ella quien dará la kehuná —el sacerdocio—, la maljut —la realeza— y la Torá: todas las cualidades necesarias para asegurar el porvenir de una familia. Es ella.

Ciertamente, Yosef y Binyamín tienen un hermoso papel […], pero Yehudá es quien ocupa el centro de la realeza. Y Yehudá es el cuarto hijo. Mirad los primeros hijos. Reuvén, el primogénito de Lea: ki raá Hashem beonyí, «porque Hashem ha visto mi aflicción»; se compadeció, vio mi miseria. El segundo, Shimón: ki shamá Hashem, Hashem ha oído que yo no era amada. El tercero, Leví: hapaam ilavé ishí elai, «esta vez mi marido se unirá a mí». Se diría que, con el tercer hijo, Yaakov empieza a adoptar a Lea, se acerca a ella, acepta a Lea como esposa. Y de hecho, a los dos primeros los nombra ella misma, pero el tercero —al ken kará shemó Leví, «por eso llamó su nombre Leví»—: es Yaakov quien da nombre al tercer hijo.

Y así, con el cuarto hijo, ¿qué dice ella? ¿Por qué llamarlo Yehudá? Hapaam odé et Hashem, «esta vez alabaré a Hashem», porque me ha dado lo que deseaba. En suma, pues, estamos en presencia de dos personalidades. Una es el tzadik perfecto, en la persona de Rajel; la segunda es el baal teshuvá, la persona del arrepentimiento: es incompleta, pero va a luchar por alcanzar su objetivo y dar la vuelta a la situación en su favor. Y es a ella a quien HaKadosh Baruj Hu recompensa, porque el tzadik perfecto no es de este mundo. No es él quien llevará realmente este mundo a su culminación, porque se instala en lo que es y es algo pasivo.

Se aísla. El otro, en cambio, tiene ahora un objetivo. Debe reconstruirse a sí mismo, cuestionarse, definir sus objetivos. Y así es como se forma la célula del pueblo judío: aunque Rajel es el modelo, es Lea quien determina su porvenir. El amor, del mismo modo, no se agota en el presente sino que se proyecta, proyecta un porvenir: ese es el verdadero amor; de lo contrario, muere en el presente. Y lo mismo en el ámbito del tzadik: es él quien debe proyectarse hacia un porvenir, y no conformarse con ben porat Yosef, ben porat alei ayin, «rama fructífera es Yosef, rama fructífera junto a una fuente»; es decir, con un éxito perfecto en este mundo, pero que lo aísla un tanto del resto de la comunidad.

Y esa es la razón por la que la pareja de Rajel y Lea se presenta como dos mundos que se funden el uno en el otro. Se dice que Rajel es alma deitgalia, el mundo descubierto, revelado, mientras que Lea es alma deitkasia, el mundo cubierto, el mundo oculto […]. Pero ambos son completos; los dos se funden en una sola personalidad. Y por eso, cuando bendecimos a una pareja, decimos: como Rajel y como Lea. Eso es todo. Si tenéis preguntas, adelante. —Sí, si me permite, Kevod HaRav: ¿y el Mesías, el Mashíaj?

Si usted dice que el dirigente debe ser imperfecto… pues yo nunca he oído hablar de los defectos del Mashíaj. Y la segunda pregunta también se refiere al Mashíaj: si Rajel encarna la perfección y Lea hace el trabajo, cabría esperar que el Mashíaj de Lea sea el que nos acerque, y que el Mashíaj de Rajel termine el trabajo. —Tendría que remitirte al capítulo que el propio mundo cristiano adoptó para su mesías, a saber, que lo presenta como un ser perseguido, afligido […], alguien que además está abrumado por los pecados y es denostado por todos.

Así pues, el Mashíaj no es el ser perfecto; es aquel que logra realizar una perfección en el seno de la humanidad. Es aquel que reúne todas las unidades bajo una misma bandera: todas ellas unidades, todos elementos independientes, autónomos, pero bajo un mismo estandarte. Eso es el Mashíaj. Nunca se ha definido al Mashíaj como un ser perfecto; es un error. En todo caso, tú hablas de Mashíaj Tzidkenu, «nuestro Mesías justo»: aquel que debe restablecer la justicia. Y quien debe restablecer la justicia es Lea, no Rajel. Pero si hacían falta Rajel y Lea, ¿por qué hace falta entonces un Mashíaj [del lado de Rajel] además del de Lea? Porque necesitamos un punto de referencia. Ese punto de referencia es Yosef.

Ese punto de referencia es Rajel. Mirad: Yaakov, a lo largo de toda su vida, se encuentra junto a Lea, incluso en la muerte. ¿Quiso que Rajel estuviera a su lado? No. Rajel está lejos […]. Él mismo pide ser enterrado donde está enterrada Lea; pero no olvida a Rajel. Habla de ella; ella está presente, siempre presente. No la olvida; nunca la olvida. Por lo demás, cuando no tenía hijos, ¿cómo tuvo a su hijo, Yosef? Por la oración. La oración solo la haces cuando sientes su necesidad, cuando tomas conciencia de tus imperfecciones, de aquello que te falta y que realmente quisieras obtener, y de tu deseo de triunfar sobre tus debilidades.

Así pues, la oración tiene más fuerza que el estudio. Y cuando, por ejemplo, ella tiene un arrebato de celos porque su hermana tiene hijos y ella no, y se vuelve hacia Yaakov y le dice, más o menos, havá li vanim, «¡dame hijos!», ¿qué le responde él? Hatajat Elokim anojí asher maná mimej pri vaten?, «¿Acaso estoy yo en lugar de D-os, que te ha negado el fruto del vientre?». Pero no es una manera de montar en cólera contra una persona que se siente disminuida, rebajada, por no tener hijos. No: le está diciendo que ella misma es capaz de rezar, que es capaz de elevar esa misma oración […]. Pero para ello hay que sentirlo como algo verdaderamente indispensable.

Y si rezas tomando conciencia de lo que falta, pues bien, verás a Yosef: verás al hijo que ella tiene. Lo llama Yosef: «que Hashem añada», Él añadirá. Es decir, ahora ha tomado conciencia de que no debe quedarse solamente en el estado de una mujer colmada por el amor de su marido, sino que debe proyectar ese amor hacia un porvenir y no vivirlo por entero en el presente. Ahí es donde […]. ¿Otra pregunta, entonces? —Os digo hasta la semana próxima. —Creo que no se le oye. —Hasta la semana próxima […]. —Disculpe, aquí estoy. Tengo una pregunta un poco al margen. Acabamos de leer el libro de Rut.

Leímos allí que Rut sea «como Lea y Rajel». ¿Podemos verla como una especie de —no exactamente— matriarca secundaria, o de verdad también como una matriarca? —Sí, precisamente. Dijimos que hay algo forzado en este matrimonio. Es una mujer joven, una conversa, que busca su lugar en el seno del pueblo de Israel, que al principio no es reconocida […]; tiene que obtener ese reconocimiento. Lea está en la misma situación: no es reconocida, y también ella tiene que obtener ese reconocimiento. Pero, por otro lado, Rut es admirada por sus cualidades humanas. Boaz está, por así decir, lleno de admiración ante las virtudes de esta mujer, Rut, hasta el punto de que le da seis medidas de cebada, [que representan] los atributos mesiánicos.

Y así hay en Rut este doble aspecto: a la vez el de Rajel y el de Lea; pero siempre Rajel antes que Lea, puesto que Rajel es el patrón de medida. —Muchas gracias. —Eso es todo. —Todá, muchísimas gracias. Kevod HaRav, es usted formidable. Todá rabá. Shavúa tov. —Shavúa tov, muchas gracias.