Vayishlaj: de Yaakov a Israel

par le Rav Raphaël Benizri

Preguntas para la mesa de Shabat: Vayishlaj

Un cuadernillo de estudio para imprimir: una pregunta por página, la respuesta del Rav, su fuente y una enseñanza para debatir en familia.

Descargar el cuadernillo (PDF) →

Esta clase cierra el recorrido de Yaakov, desde la orden de subir a Beit El hasta la lista de los reyes de Edom que precede a la historia de Yosef. La pregunta que plantea es la del nombre: ¿por qué Avram y Sarai cambian de nombre de manera definitiva, mientras que Yaakov conserva el suyo aun recibiendo el de Israel? El Rav Raphaël Benizri responde distinguiendo dos dimensiones que no se sustituyen la una a la otra: la dimensión terrenal y la dimensión espiritual. En el camino, la clase trata de lo que se entierra al entrar en la tierra, de la muerte de Rajel en los confines de esa tierra y de la casa de Yaakov, que sigue contando doce hijos pase lo que pase.

El Rav parte de la llamada al orden dirigida a Yaakov: antes de construir el altar prometido, hay que despojarse de los dioses extraños y de las vestiduras del exilio. Esos dioses no se destruyen, sino que se entierran en la tierra, pues no se trata de anular una cultura, sino de convertirla. De ahí la clase pasa a la confirmación del nombre de Israel, al nacimiento de Binyamín a costa de la muerte de Rajel y al episodio de Reuvén, que traslada el lecho de su padre.

La última parte deja a la familia para adentrarse en la historia larga: Esav y Edom, el antagonismo que se extiende hasta los tiempos mesiánicos, los reyes que reinaron antes de que reinara rey alguno en Israel, y la realeza que comienza con Yosef para culminar con David. Una sesión de preguntas cierra la clase, sobre la muerte de Rajel como precio de la entrada en la tierra y sobre el papel secundario de Yosef y de Binyamín.

Lo que enseña esta clase

Antes del altar, hay que despojarse de las vestiduras del exilio. Al huir de su hermano, Yaakov se había comprometido a construir un altar a D-os si regresaba sano y salvo a casa de sus padres, no solo en señal de gratitud, sino para hacer irradiar los beneficios de la providencia que lo había acompañado. El texto lo pone de nuevo ante ese compromiso y le ordena subir a Beit El. Ahora bien, antes de construir, invita a toda su familia a deshacerse de los dioses extraños. Lo queramos o no, siempre nos llevamos algo de los usos, las costumbres y las culturas en medio de las cuales hemos vivido. No habría que llegar a Israel importando todo eso y encerrándose dentro de ello: no se habría hecho entonces otra cosa que trasladar la galut (el exilio) a Israel. El día de la angustia es precisamente el generador de una nueva liberación, y hay que permitir que esa regeneración florezca.

Esos dioses son principios y modos de vida, y no se suprimen: se convierten. ¿Se puede realmente barrer con todo? No. En toda cultura, en todo exilio, hay chispas de santidad que recuperar. No se trata, pues, de aniquilar, sino de convertir. Por eso Yaakov no destruye los ídolos ni los arroja al mar: los entierra bajo la encina que está cerca de Shejem. Es en la tierra donde se purifican las costumbres y los modos de vida que hemos traído con nosotros, pues la tierra es un medio de filtrado, de cultivo y de germinación.

Los tres frutos que trajeron los exploradores describen tres etapas. La uva tiene dentro una pepita de la que hay que deshacerse —cuidando, sin embargo, de no destruir el germen: se reconstruye sobre las ruinas, no se destierra todo lo que existía—. La granada, en cambio, se come por sus granos: esta vez es el grano lo que se consume y la cáscara lo que se tira. El higo, por último, no tiene hueso: todo en él se consume. En las etapas de la vida hay que llegar a ese fruto en el que ya nada se desecha.

El respeto de las naciones llega cuando somos nosotros mismos. Tras esta determinación, el temor de D-os cae sobre las ciudades de alrededor, y no persiguen a los hijos de Israel. Solo se los persigue cuando intentan imitar a los demás pueblos, vivir como las otras naciones, calcar sus modos de vida incluso en la tierra prometida. El principio mismo de la tierra de Israel es escapar a la vida de las demás culturas y civilizaciones. Ese es el mensaje: obtendremos el respeto de las naciones cuando apliquemos a la tierra de Israel el modo de vida que le es propio.

La muerte de Devorá, la nodriza de Rivká, recibe aquí su homenaje. Nadie había hablado de ella hasta entonces. Fue ella quien formó a Rivká, quien la educó, quien la acompañó a lo largo de toda su vida. Ahora bien, estas mujeres fueron instruidas en la casa de Najor, es decir, en la otra vía posible: la que considera que no se necesita una tierra, que somos un pueblo luz de las naciones y que hay que permanecer mezclados entre las naciones para difundir mejor nuestras creencias. Avraham eligió para su hijo una mujer formada en ese medio, y de la misma manera que se entierran las ideas extrañas, se entierra también a la nodriza que las portaba. Obsérvese, por lo demás, que son Rajel y Lea, y no Sará ni Rivká, a quienes se invoca para los recién casados, y que Bilhá y Zilpá, que las acompañaban, fueron integradas en la casa de Yaakov, puesto que sus hijos forman parte de las tribus y las completan.

Esta vez el nombre de Israel es confirmado por D-os mismo. Hasta entonces solo se lo había dado a Yaakov el ángel. Ahora llega la confirmación: tu nombre será Israel. Eso no significa que pierdas el nombre de Yaakov, sino que siempre aspirarás a realizarte como Israel. Es por este nombre por el que fructificarás y te multiplicarás, por él convencerás a los demás pueblos, por él podrás gobernar; y la tierra te corresponde a ti y a tu descendencia.

La diferencia con Avraham y Sará es decisiva. Cuando los nombres de Avram y de Sarai fueron cambiados, lo fueron de manera definitiva: ya nunca se los podrá llamar de otro modo, y eso se convierte en una regla. Con Yaakov no ocurre así. Yaakov sigue siendo la dimensión terrenal; Israel, la dimensión espiritual. Por eso la promesa está formulada en futuro: tendrás que valerte de astucia para obtener lo que quieres en tu vida, porque estarás rodeado de gente que querrá vaciarte de tu sustancia; pero el nombre al que aspirarás es Israel. Inmediatamente después, D-os, que hasta entonces estaba por encima de él, prosiguiendo Su marcha con él —puesto que Yaakov es, como Avraham, la carroza de la Shejiná (la Presencia divina)—, se retira y lo deja actuar: Yaakov erige una estela y consagra el lugar con el nombre de Beit El, la casa del Todopoderoso, primer nombre de la tierra de Israel tal como él la inaugura.

Pero la llegada se paga con la muerte de Rajel. Muere en el momento mismo en que da a luz a su segundo hijo. Cuando tuvo a Yosef, había pedido que ese hijo se prolongara en otro, y ese otro nace en el confín de la tierra de Israel. Es Binyamín. Por eso Binyamín es el vecino inmediato de Yehudá y el sostén de su realeza: él es quien nació en Israel, quien puede justificar físicamente, por su nacimiento, la identidad de Israel, y es en su porción donde se encuentran Jerusalén y el Templo.

Binyamín lleva dos nombres, y esos dos nombres expresan su posición. Su madre lo llama «hijo de mi desdicha», puesto que queda huérfano de ella; su padre lo llama «hijo de mi diestra», aquel en quien va a apoyarse. Nacido en el confín, está por un lado en la frontera del exilio y, por el otro, dentro de la santidad de la tierra. La bendición que Yaakov le da dice que por la mañana devora su presa y por la tarde reparte el botín: por la mañana construye el santuario, por la tarde distribuye. Yaakov ve en él la culminación de su descendencia. En cuanto a Rajel, no está enterrada junto a su marido sino en el camino, y nuestros sabios dicen que es ella quien vela por el porvenir de todos sus hijos y por su recuperación.

Reuvén interviene en la vida íntima de su padre, y sin embargo nadie queda excluido. Tras la muerte de Rajel, Yaakov instala su lecho en la tienda de Bilhá. Reuvén, primer hijo de Lea, defiende el honor de su madre y traslada el lecho a la tienda de Lea. La Torá censura esta intervención y llega a hablar de ella como si él hubiera yacido con la concubina de su padre. Israel oye —el verbo ha de entenderse aquí en el sentido de comprender— y no reacciona. Sobre todo, no excluye a Reuvén de entre sus hijos, y el texto dice a continuación que los hijos de Yaakov eran doce.

Nada sacude ni desequilibra esta casa. Seguirá siendo lo que es, con lo que la parasita desde dentro, con esas personas que no siempre siguen la corriente de los padres; y es ese conjunto lo que constituye la estructura de Israel. La perennidad de Israel reside en esta lección: en ningún momento hay razón para excluir a nadie de la casa de Israel.

Yaakov se presenta ante su padre en la ciudad de los cuatro. Itzjak era el rigor; es otra estructura la que su hijo le presenta ahora. Existen varias explicaciones sobre esos cuatro, y el Rav retiene la alusión a los cuatro componentes de la esencia divina, a las cuatro letras del Nombre, siendo Jevrón lo que los une. Itzjak termina entonces su vida, enterrado por sus dos hijos, y el propio Esav siguió siendo un hijo apegado a su padre.

Esav, por lo demás, nunca se ha vuelto un extraño para nosotros. Yaakov le sujetaba el talón: quería seguirlo en su marcha, pero no del todo; ese talón, esas huellas, quería guardarlos para sí, y nosotros los guardamos todavía. Hasta los tiempos mesiánicos habrá una última confrontación, de la misma naturaleza que la de Yaakov y Esav, entre el pueblo de Israel y los pueblos de Edom. Nuestros sabios situaron además a Yishmael en la prolongación de Edom y no en la de Israel: Edom está detrás de Yishmael y es él quien, en suma, le da su realidad. El exilio bajo Yishmael, por otra parte, no fue contado, mientras que el de Edom sigue vigente, porque es allí donde hay una verdadera antítesis. El antagonismo se refiere a la relación entre lo que se comprende y se admite sin aplicarlo, y lo que se aplica. Existe incluso dentro del pueblo de Israel. El cristianismo, engendrado por Edom, prescinde de la práctica y se funda más bien en una enseñanza que pretende elevarse hacia lo alto, mientras que Israel es ante todo fundador de un mundo nuevo y se aplica en la realidad de este mundo.

Cada etapa de la historia va precedida de una noche. Así como el caos precedió a la creación de este mundo, el exilio precedió al nacimiento del pueblo judío. Cada etapa será introducida por unas tinieblas que invaden el mundo y lo reducen, de modo que se promueva una nueva etapa de la historia, y así hasta la fase final. Se avanza de filtrado en filtrado, pero cada filtro va precedido de una noche de sufrimiento. Por eso la Torá sitúa aquí, antes de la historia de Yosef, la lista de los reyes que reinaron antes de que reinara rey alguno en Israel.

Este pasaje oscuro está, según el Zóhar, lleno de secretos. Es, pues, portador de luz, solo que no sabemos extraerla. Habría que llegar a imaginar un mundo edificado a partir del conjunto de los atributos y coronado por el da’at (el conocimiento). Ahora bien, a veces ponemos el acento en el jésed (la bondad) ignorando la guevurá (el rigor), o a la inversa, y la estructura de la vida pierde entonces su equilibrio y atraviesa fases de sombra y de luz. Hubo mundos que fueron construidos y destruidos por no haber obedecido a la armonía de esta estructura: el mundo tiene la estatura del hombre, y es preciso que el tiempo, el espacio y el hombre hayan integrado esos atributos.

La realeza de Israel comienza con Yosef y culmina con David. Es con Yosef cuando aparece la palabra «reinar», cuando sus hermanos le preguntan si pretende reinar sobre ellos. La noción de realeza que porta la osamenta de Israel comienza, pues, allí, pero no termina allí: culmina con David y el Mesías hijo de David. Y la Torá ordena establecer un rey de entre tus hermanos: no se puede permanecer tributario de un rey ni de un gobierno extranjero. Con esta exigencia se cierra el recorrido de Yaakov.

La muerte de Rajel se imponía en los confines de Israel. A la pregunta de un participante, el Rav responde que algunos comentaristas ven en ella, en efecto, una forma de sacrificio: Yaakov ya no debía presentarse en la tierra con dos esposas que eran dos hermanas. Rajel se sacrificó a lo largo de toda su vida, manifestándose solo para reclamar un hijo, permaneciendo pasiva, con un amor que quedaba interior y sin expresar —cosa que nuestros sabios le reprocharon un tanto, aunque siempre la citan antes que a Lea.

Yosef y Binyamín desempeñan por ello un papel secundario. Secundario no quiere decir menor: son el soporte y el sostén de la entidad de Israel y de la del santuario. Pero en ningún momento serán los elementos determinantes de la historia del pueblo, para no consagrar el segundo matrimonio de Yaakov con una hermana. Había que envolver a Rajel en la personalidad de Lea, que formara un solo cuerpo con ella y no una entidad separada; y por eso está enterrada en los confines de la tierra.

Transcripción completa de la clase

Buenas noches, buenas noches. Bueno, escuchen: ya han fijado las fechas, muy bien. Buenas noches a todos. Estamos ahora en un capítulo de transición entre la parashá de Vayishlaj y la parashá de Vayeshev. Con Vayeshev empezaremos a analizar toda la historia de Yosef con sus hermanos, y esta noche vamos a cerrar, en cierto modo, primero todo ese recorrido de Yaakov, que llega a su primer término con el regreso a casa de su padre. Él había prometido que, si llegaba sano y salvo a casa de sus padres, construiría un altar a D-os, no solo en señal de gratitud, sino también para difundir, para hacer irradiar los beneficios de esa providencia divina que lo había acompañado a lo largo de todo su recorrido. Muy bien. Pues el texto comienza por recordarle a Yaakov su compromiso.

«Y dijo D-os a Yaakov: Levántate, sube a Beit El y habita allí, y haz allí un altar a D-os, que se te apareció cuando huías de delante de Esav tu hermano» (Bereshit 35:1). Así le dijo a Yaakov: construye primero un altar al Todopoderoso, que se te manifestó cuando huías de Esav tu hermano. Y Yaakov, antes de proceder a la construcción de ese altar, invita a toda su familia a deshacerse de los dioses extraños, de las vestiduras del exilio. Lo queramos o no, por el hecho de permanecer mezclados con los usos y costumbres y con las culturas de los demás pueblos, siempre nos llevamos ciertos principios, ciertas costumbres; y no habría que llegar a Israel importando todo eso y encerrándose dentro de ello.

En ese caso no habríamos hecho nada: habríamos trasladado sin más la galut (el exilio) a Israel. Eso es lo que no hay que hacer, y es la primera enseñanza de este pasaje: todas esas modas, incluso todas esas maneras de comportarse, habría que intentar cambiarlas para abrirse a un arte de vivir nuevo. Así es como se sube a Beit El. Y cuando se construye un nuevo altar, es «al D-os que me respondió en el día de mi angustia» (Bereshit 35:3). Porque en realidad, «el día de mi angustia», el día de mi miseria, el día de mi sufrimiento, es el generador de una nueva liberación, y habría que permitir que esa regeneración, esa eclosión a una vida nueva, florezca; pero para ello hay que deshacerse primero de todas las vestiduras del exilio, sea cual sea su forma, ¿no es así? Y, en efecto, «dieron a Yaakov todos los dioses extraños que tenían en sus manos» (Bereshit 35:4): entregaron a Yaakov todos los dioses extraños; los llaman «dioses». ¿Qué son esos dioses? Son principios, son costumbres, son una manera de vivir. ¿Se puede realmente barrer con todo?

No, pero habría que convertirlos. En realidad no se suprime nada, no se aniquilan las cosas. En toda cultura, en todo exilio, hay chispas de santidad que hay que recuperar, y por consiguiente de lo que se trata es de conversión. No olvidemos que lo que los exploradores trajeron consigo de Israel fueron tres frutos: la uva, la granada y el higo. ¿Cuál era el mensaje? Israel presenta frutos. La uva tiene una pepita dentro, sí. Habría que intentar deshacerse de ella; pero, atención, al deshacerse de ella no hay que destruir el germen. No se trata de desterrar de Israel todo lo que existía para construir algo nuevo; es sobre esas ruinas donde se va a reconstruir. El segundo es la granada. En la granada son las pepitas mismas lo que se come; es el grano lo que se consume. Evidentemente, se tira la piel de la granada, pero esta vez es el grano lo que se come. ¿Y a qué se llega en la tercera etapa? Al higo: no tiene hueso, todo se consume. En las etapas de nuestra vida habría que llegar efectivamente a esto: primero extraer la sustancia del fruto, después, de su pepita, de su semilla, hacer un alimento, y pasar luego a ese fruto en el que todo se consume; es decir, una vida que se llama en Israel […] más allá de las contingencias de la vida.

Bueno, no olvidemos que con Yaakov cerramos un período de la historia, el de los patriarcas; pero los patriarcas concentran en sí todo el recorrido futuro de los hijos de Israel. Lo volveremos a ver más adelante. Entonces, ¿qué hace Yaakov con esos dioses? No los destruye, no los arroja al mar: los entierra en la tierra. Los entierra bajo la encina que está cerca de Shejem, porque es allí, en la tierra, donde se van a purificar todos esos dioses, todas esas costumbres y usos y principios y modos de vida que hemos traído con nosotros, ¿no es así? La tierra es un medio de filtrado, y también de cultivo y de nueva germinación, ¿ven lo que quiere decir? Y se dice que, con esta determinación, el temor de D-os cayó sobre todas las ciudades de alrededor y no persiguieron a los hijos de Israel (Bereshit 35:5). A los hijos de Israel solo se los persigue cuando intentan imitar a los demás pueblos, vivir como las otras naciones, calcar sus modos de vida en su nuevo destino, o en la tierra prometida. El principio de la tierra de Israel es que debe escapar a esa misma vida extranjera de las demás culturas, de los demás modos de civilización; y ese es el sentido de veló radfú, «y no persiguieron».

No persiguieron a los hijos de Israel, no los hostigaron. Hay aquí un mensaje, se quiera o no: obtendremos el respeto de las naciones cuando seamos nosotros mismos, cuando apliquemos a la tierra de Israel el modo de vida que le es propio. Y por eso construye un altar y llama a ese lugar «la casa del Todopoderoso», «porque allí se le había revelado D-os» (Bereshit 35:7), porque es allí donde D-os se le reveló en su huida. Pero ahora hemos visto que Yaakov ya no huye de Esav: es capaz de hacerle frente. Y este episodio, si se quiere, se cierra con la muerte de Devorá, la nodriza de Rivká (Bereshit 35:8). Hasta ahora nadie había hablado de ella, pero es una nodriza que acompañó a Rivká, y por eso se le rinde homenaje: fue ella quien la formó, quien la educó, quien la acompañó a lo largo de toda su vida. Y esta es una idea completamente nueva, a saber, que estas mujeres fueron instruidas y educadas en la casa de Najor.

Les había dicho que la diferencia entre Najor y Avraham es esta: o bien se va a Israel y desde allí se forma una sociedad que es el punto de mira de las naciones, o bien se considera que no se necesita una tierra, que no se necesita una nación, que somos sencillamente un pueblo, «luz de las naciones», y que, al contrario, hay que estar mezclados entre las naciones para poder difundir mejor nuestras creencias, nuestras ideas, nuestros principios. Ahora bien, estas son las mujeres que Avraham eligió para su hijo dentro de la familia de Najor, es decir, mujeres que habían sido formadas en el exilio para esa ausencia de tierra, y más bien para la irradiación de las cualidades que les eran propias. Por eso tenían nodrizas, tenían una especie de tutor que las acompañaba todo el tiempo. Y de la misma manera que se enterraron todas las ideas extrañas del exilio, se enterró también a la nodriza de Rivká, a Devorá. Y, por cierto, cuando se desea éxito a unos recién casados, no se evoca ni la personalidad de Sará ni la de Rivká, sino que se evoca sobre todo la de Rajel y Lea.

Pero Rajel y Lea iban acompañadas de Bilhá y Zilpá, y Bilhá y Zilpá fueron integradas en la casa de Yaakov, puesto que hay hijos de Bilhá y de Zilpá que forman parte de las tribus, o que completan las tribus. Ven ustedes, pues: «Y se apareció D-os a Yaakov otra vez, al venir de Padán Aram» (Bereshit 35:9); nueva revelación, nueva manifestación de D-os, y esta vez para confirmar el nombre de Israel. Hasta ahora el nombre de Israel se lo había dado a Yaakov únicamente el ángel; ahora el Santo, bendito sea, va a confirmarlo diciéndole: «Israel será tu nombre» (Bereshit 35:10); es decir, no vas a perder el nombre de Yaakov, pero siempre aspirarás a realizarte como Israel. Y la diferencia es esta: cuando el Santo, bendito sea, cambió el nombre de Avram en Avraham y el de Sarai en Sará, cambió el nombre de manera definitiva. De hecho, ya no se los podrá llamar Avram ni Sarai; siempre será Avraham y Sará, y quien use el nombre antiguo transgrede una regla, una ley. En cambio, en el caso de Yaakov e Israel, no: Yaakov sigue siendo una dimensión terrenal, e Israel una dimensión espiritual, enteramente espiritual.

Por eso D-os emplea aquí el futuro: yihyé, «será»; será en el futuro. Por supuesto que tendrás que luchar, tendrás que valerte de astucia para alcanzar lo que quieres en tu vida, porque estarás efectivamente rodeado de personas que querrán vaciarte de tu sustancia; pero el nombre al que aspirarás es el de Israel. Es aquel por el que vas a fructificar, por el que te vas a multiplicar —«una nación y una congregación de naciones saldrán de ti» (Bereshit 35:11)—; es por él por el que vas a convencer, a convertir, a persuadir a los demás pueblos; «y reyes saldrán de tus entrañas»: es el nombre por el que podrás gobernar. En cuanto a la tierra, por supuesto, te corresponde a ti y a tu descendencia: te la doy. Y después: «Y se elevó D-os de sobre él» (Bereshit 35:13); D-os, que hasta entonces estaba por encima de él, que contaba con él, que proseguía, digamos, Su marcha con él, puesto que Yaakov es, como Avraham, la merkavá de la Shejiná, la carroza de la Presencia divina.

Así que ahora Él se retira y deja actuar a Yaakov. Y Yaakov erige una estatua —una estela, perdón— en el lugar donde Él había hablado con él (Bereshit 35:14); consagra esta llegada a la tierra de Israel y llama a ese lugar Beit El (Bereshit 35:15). Beit El es, pues, el primer nombre de la tierra de Israel tal como fue inaugurada por Yaakov. Pero con ella llega el drama: la muerte de Rajel, en el confín de la tierra. Rajel encuentra la muerte, sí; pero el momento en que encuentra la muerte es el momento en que da a luz a su segundo hijo, Binyamín. Recordemos que cuando tuvo a Yosef pidió que ese Yosef se proyectara en un segundo hijo: «Añádame D-os otro hijo» (Bereshit 30:24), que trajera consigo a otro. ¿Y por qué? Porque ella aspiraba efectivamente a dar a Israel un hijo que viviera y naciera en el confín de la tierra de Israel.

Ese hijo nacido en el confín de la tierra de Israel es Binyamín. Esa es la razón por la cual Binyamín es el vecino inmediato de Yehudá, el sostén de la realeza de Yehudá: porque él es quien nació en Israel, él es quien puede reivindicar, justificar físicamente por su nacimiento, la identidad de Israel. Y Binyamín es también aquel en cuya porción se sitúan Jerusalén y el Beit HaMikdash (el Templo); está allí, está presente, porque es el hijo nacido en Israel, sobre el cual nadie tendrá dominio alguno. Pero este Binyamín tiene dos nombres. Es Ben Oní, «hijo de mi desdicha»; hijo de mi desdicha porque queda huérfano de madre. […] Pero, por otro lado, he aquí que su padre lo llama Binyamín, «hijo de mi diestra», el hijo en quien ahora voy a apoyarme.

Binyamín no desempeñó ningún papel particular, pero es verdaderamente […]. Y estando en el confín, habiendo nacido en el confín de la tierra de Israel, está por un lado en la frontera del exilio y, por el otro, dentro de la santidad de la tierra de Israel: de un lado jol (lo profano), del otro kódesh (lo sagrado). Y así es: «Binyamín es un lobo que arrebata» (Bereshit 49:27). ¿Qué dice Yaakov cuando bendice a Binyamín? Les doy enseguida la bendición de Binyamín: «Binyamín es un lobo que arrebata; por la mañana devora la presa, y por la tarde reparte el botín». […]

[…] Se alimenta hasta el límite de todo, y Onkelos dice: por la mañana construye el santuario, y por la tarde distribuye; en cierto modo, reparte el usufructo de toda esa santidad. Yaakov ve en Binyamín la culminación de su descendencia. Y es a este título que incluso Moshé, cuando bendiga a Binyamín, dirá… un momento, no tengo el texto delante de los ojos y no quisiera citarlo de cualquier manera; no tengo aquí el libro, discúlpenme, lo haré la próxima vez. Vuelvo a mi texto. Así pues, Yaakov erige la estela de la sepultura de Rajel […]. Rajel está enterrada en el camino de Efrat […], y Yaakov erige «la estela de la sepultura de Rajel, hasta el día de hoy» (Bereshit 35:20).

Y ya saben lo que dicen nuestros sabios de Rajel, que no está enterrada con Yaakov aunque era, sencillamente, la amada de Yaakov: es ella quien vela por el porvenir de todos sus hijos, por la recuperación de todos sus hijos. Dicho de otro modo, Binyamín es, por supuesto, el precio que se paga —una muerte— por esta llegada, por el cierre de este exilio y la llegada a la tierra de Israel. Y, por otro lado, es el punto de partida de una vida nueva: Binyamín, el hijo de mi diestra. Y aquí vuelve el episodio de Reuvén, que interfiere en la vida íntima de su padre. Ahora bien, sabíamos muy bien que Yaakov había plantado su tienda principalmente junto a Rajel, y de vez en cuando era Lea quien reclamaba lo que le correspondía, pero él estaba entregado [a Rajel].

Pero, tras la muerte de Rajel, he aquí que toma a Bilhá e instala su lecho junto a Bilhá. Eso no le agrada a Reuvén, el primer hijo de Lea, que defiende el honor y la dignidad de su madre y traslada el lecho de su padre a la tienda de Lea. […] Él comprendió el mensaje, no dice nada […]; y ya hemos dicho que ahora son estos hijos quienes han tomado el relevo y asumen la sucesión. Y la Torá censura esta intervención de Reuvén; llega a considerarla como si él hubiera yacido con Bilhá, la concubina de su padre. «Y oyó Israel» (Bereshit 35:22): Israel oyó, pero no reaccionó. Lo comprendió. Aquí vayishmá tiene el sentido de comprender. No por ello excluyó a Reuvén de entre sus hijos por haber actuado así, y esa es la razón por la cual la Torá nos dice: «Y los hijos de Yaakov eran doce». En adelante, nada va a —digamos— sacudir o desequilibrar esta casa de Yaakov. Seguirá siendo lo que es, con sus parásitos, si se quiere, dentro de la familia, esas personas que no siempre seguirán la corriente de los padres; pero es ese conjunto lo que constituye la estructura de Israel, la perennidad de Israel. Y hay aquí una lección: en ningún momento hay razón para excluir a nadie de la casa de Israel.

Y es precisamente así como Yaakov se presenta ante su padre, en «Mamré, Kiryat HaArbá» (Bereshit 35:27). Ahora bien, sabemos muy bien que su padre era la guevurá, el rigor, el atributo del juicio. Es otra estructura la que Yaakov presenta a su padre. ¿Y qué hay en Arbá, en la ciudad de los Cuatro, y quiénes son esos Cuatro? Existen varias explicaciones, pero retengo la alusión: en la ciudad de los Cuatro están los cuatro componentes del ser, de la esencia divina, de la havayá (la existencia); es esa: Yud-He, Vav-He. Kiryat Arbá, es decir, Jevrón: es la que une esos cuatro. Y así Itzjak, Itzjak [se encuentra] ante, digamos, el nuevo orden de la herencia de Yaakov, de la nueva estructura del pueblo judío, de nuestros hijos.

Llega, y eso marca el final de la vida [de Itzjak] […]. Y en sus funerales participan Esav y Yaakov […]. Ahora bien, hemos hablado de Esav como de un hijo que también permaneció apegado a su padre: «Escucha, hijo mío, la instrucción de tu padre» (Mishlé 1:8). Ese musar (esa instrucción), él lo retuvo, lo guardó; por eso su cabeza, su razón de ser, está enterrada en Jevrón, mientras que el resto de su cuerpo, evidentemente, quedó fuera. Y el texto nos dice: «Y estas son las generaciones de Esav, que es Edom» (Bereshit 36:1). He aquí la genealogía, he aquí los descendientes de Esav. Es decir, que Esav nunca nos es extraño. Recuerden que hablamos de «y su mano sujetaba el talón de Esav» (Bereshit 25:26): Yaakov sujetaba los talones de Esav, es decir, que en cierto modo quería seguir a Esav en su marcha, pero no del todo.

Los talones de Esav quería guardarlos para sí. Esas huellas de Esav, las guardamos, sí, las guardamos. Esav, es decir, Edom, hasta los tiempos mesiánicos. Habrá en ese momento una confrontación, una última confrontación, de la misma naturaleza que la de Yaakov y Esav, entre el pueblo de Israel y los pueblos de Edom. Nuestros sabios no consideraron a Yishmael como prolongación de Yaakov, de Israel. Consideraron más bien que Yishmael estaba en la prolongación de Edom, que Edom estaba detrás de Yishmael y que es él quien, en suma, da realidad a Yishmael. […] Yishmael sería, en efecto, el servidor de Edom […]. Bueno, es un hecho que el exilio bajo Yishmael no fue contado.

En cambio, el de Edom sigue vigente, porque es allí donde hay verdaderamente una antítesis. Y hay un antagonismo entre Edom —Esav— e Israel, porque es el antagonismo que existe entre naasé y nishmá («haremos» y «comprenderemos»): entre lo que podemos comprender, lo que podemos admitir, pero no integramos ni aplicamos, y lo que se aplica sin recurrir a ese nishmá. Y este antagonismo permanecerá hasta el umbral mismo de los tiempos mesiánicos. Y sabemos muy bien que incluso dentro del pueblo de Israel existe este antagonismo, esta rivalidad entre los adeptos de Esav, los que se identifican con él, y […]. Paradójicamente, el cristianismo, que fue engendrado por Edom, prescinde de la práctica y se funda más bien en la integración de una enseñanza que pretende ser elevada hacia lo alto por el hombre, mientras que la del pueblo de Israel es ante todo fundadora de un mundo nuevo y se aplica sobre todo —sí— en la realidad de este mundo.

Bien, la Torá nos va a hacer desfilar ahora… no me detengo más en este texto […]. Con Yosef vamos a comenzar otra etapa de la historia, pero hay que saber que, así como el tohu, el caos, precedió a la creación de este mundo, [el exilio] precedió al nacimiento del pueblo judío; cada etapa de la historia será introducida por unas tinieblas que invaden el mundo. Reducen el mundo de tal manera que se promueva una nueva etapa de la historia, y así hasta, digamos, la fase final de la historia. Avanzaremos de filtrado en filtrado hasta el final, pero cada vez esos cristales, esas pantallas, irán precedidos de una noche de tinieblas, de sufrimientos […].

Hay reyes que precedieron a la creación de este mundo. Así, la Torá, [antes de] la historia de Yosef, nos da la lista de los reyes, siete reyes que precedieron al rey de Israel: «Y estos son los reyes que reinaron en la tierra de Edom antes de que reinara rey alguno sobre los hijos de Israel» (Bereshit 36:31). Uno se pregunta qué hace este texto aquí, y nos da los nombres de esos reyes. Muchos comentaristas se han detenido en el significado de este texto, que, digamos, no se comprende. Pero el Zóhar dice que esta sección está llena de secretos; es portadora de luz, solo que no somos capaces de extraerla. En realidad, habría que llegar a imaginar un mundo edificado a partir del conjunto de los atributos divinos:

Jésed, Guevurá, Tiféret, Nétsaj, Hod, Yesod, Maljut, y todo ello coronado por el da’at (el conocimiento). Existe, pues, esta estructura del ser, que hemos explicado a menudo y que es propia de nuestra vida; pero a veces tendemos a poner más el acento en el jésed, o a poner el acento en la guevurá e ignorar el jésed. Y, por ello, la estructura misma de la vida no conserva su equilibrio y atraviesa fases de sombra y de luz. Esa es la corriente de la historia; así fue como se creó el mundo: hubo mundos que fueron construidos y que fueron destruidos por D-os porque no obedecían a la armonía de todas estas estructuras. Y el mundo tiene la estatura del hombre, y el hombre la estatura del tiempo; sería preciso que el tiempo, el espacio y el hombre hubieran integrado estas nociones de jésed y de guevurá, de tiféret y de nétsaj […], junto con el da’at, para que lleguemos a la octava, a la octava realeza; y la octava realeza es la que va a comenzar con Yosef.

¿Por qué? Porque es con Yosef cuando va a aparecer la palabra «reinar». La noción de realeza que porta la estructura de Israel, la osamenta de Israel, llegará con Yosef, pero no terminará con Yosef: terminará con David y el Mashíaj ben David, el Mesías hijo de David. Esa es la realeza. Se nos dice, pues, que esta realeza del pueblo de Israel pasaría a través de la realeza de los siete reyes de las otras naciones, reyes que no se conocen entre sí, que se excluyen, que se desalojan unos a otros, que se libran guerras sin cuartel […]. La Torá te dice: «pondrás sobre ti un rey de entre tus hermanos» (Devarim 17:15); no puedes permitirte permanecer tributario de un rey extranjero, de un gobierno extranjero. Y si tienes que designar a alguien […], no permanezcas tributario de los Estados de Edom: es preciso que seas tu propio dueño.

Y con esto se cierra el capítulo, este último capítulo, el capítulo 36 de la parashá de Vayishlaj. Y así se cierra el circuito, el recorrido de Yaakov. La próxima vez pasaremos a Yosef […]. Ahora, si tienen preguntas… —En primer lugar, en cuanto a la muerte de Rajel: ¿se puede decir que es una forma de sacrificio por parte de Yaakov? Sabía que una de sus esposas iba a morir al entrar en Israel; sabía que no podía entrar con dos esposas que eran hermanas. ¿Es una forma de sacrificio, como existe el sacrificio de Itzjak? ¿Un sacrificio de su amor a la entrada de Israel? —Tienes razón en señalarlo. Algunos comentaristas han dicho que la muerte de Rajel se imponía en los confines de Israel: Yaakov ya no debía presentarse con dos esposas que eran dos hermanas.

Era preciso que ella, Rajel […], ella a quien él había amado y que, en cierto modo, se salía del conjunto, porque, como hemos visto, Rajel se sacrificó a lo largo de toda su vida y no se manifestó en absoluto, salvo para reclamar un hijo; nunca respondió al amor de Yaakov. Permaneció pasiva, si se quiere; pero todo su amor era interior, no se expresaba, quedaba contenido, y por eso nuestros sabios se lo reprocharon un tanto, aunque se le concedió cierta prioridad: cada vez que se menciona a Rajel y a Lea, siempre se ha citado a Rajel antes que a Lea, no a Lea y Rajel. Yaakov había concluido su matrimonio con Lea, la hermana de ella, y eso estaba zanjado; Lea, en suma, podía justificar su amor por Yaakov, etcétera.

Es un hecho. Pero Yosef y Binyamín [tienen] un papel secundario, en el sentido, lo preciso, de que son los soportes, el sostén de la entidad de Israel, incluso de la entidad del santuario; pero en ningún momento serán los elementos determinantes de la historia del pueblo judío, para no ratificar el segundo matrimonio de Yaakov con una hermana. Había que [situar a Rajel] dentro de Lea, envolverla en la personalidad de Lea, para que formara un solo cuerpo con Lea y no una entidad separada. Y esa es la razón por la cual Rajel está enterrada en el confín de la tierra de Israel y ya no puede seguir viviendo al lado de Yaakov: porque sigue siendo una segunda esposa, una segunda hermana, no aprobada desde el punto de vista de la ley, de la halajá.

—Bueno, en cuanto a esta hermana […]. Tenía otra pequeña pregunta: Binyamín, ¿cómo es que, si es el sostén, no tuvo ninguna misión? Todos los patriarcas y todas las personalidades que hemos visto, incluso Yosef, tuvieron misiones. Incluso Yaakov: vemos que cada personalidad tuvo una misión. —¿Qué has estudiado […] del último capítulo del libro de Jueces? —No, todavía no. —Entonces ya lo verás. El último capítulo de Jueces… sí, ese es otro capítulo, un capítulo dramático. —Sí. De acuerdo. —Sí. ¿Otra pregunta? Entonces los dejo hasta el próximo domingo. Creo que Daniel quería hacerle también una pregunta, sobre el mes de julio.

—[…], usted me preguntaba sobre las vacaciones. —Sí. —Un momento. —Usted solo quiere saber las fechas: cuándo será la última clase y cuándo se reanudan, para que podamos anunciarlas. —Escuche, todo depende de ustedes. Ustedes deciden y me lo dicen. —Tengo el 5, el 12 y el 19 de julio, y a partir del 23 de agosto podemos volver a empezar. Es una propuesta. —El 5, el 12 y el 19 son domingos; no son jueves, al fin y al cabo. —Sí, eso es; el 5 y el 12 están muy bien. —¿Y el 19?