Vayetsé — Los enfrentamientos de los patriarcas

par le Rav Raphaël Benizri

Preguntas para la mesa de Shabat: Vayetsé

Un cuadernillo de estudio para imprimir: una pregunta por página, la respuesta del Rav, su fuente y una enseñanza para debatir en familia.

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A cada uno de los tres patriarcas le responde una fuerza que lo impugna. Esta clase sigue esa simetría: Ishmael frente a la bondad de Avraham, Esav frente al rigor de Itzjak, Lavan frente a la verdad de Yaakov. El Rav Raphaël Benizri muestra que el último de estos adversarios es el más difícil de definir, porque no se opone a la verdad de frente: la traduce, la diluye, la blanquea. La pregunta que se plantea entonces es qué se transmite intacto de una generación a otra.

El Rav parte del doble motivo de la partida de Yaakov —huir de las amenazas de Esav y buscar esposa en el ámbito de la familia hebrea— y descubre en él el riesgo de un judaísmo sin fronteras, sin entidad nacional, que pretendería ser la conciencia del mundo desde ninguna parte. Le opone el proyecto inicial: primero una entidad nacional, y después la irradiación.

La clase recorre luego las piedras del lugar y el contramodelo de la torre de Babel, las tres leyes dadas a la salida de Egipto, el nombre de Lavan y su blancura, hasta llegar al montículo que separa a los dos hombres y que recibe —caso único en la Torá— un nombre en arameo.

Lo que enseña esta clase

El segundo motivo de la partida de Yaakov lleva en sí su propio peligro. Se trata, por una parte, de huir de las amenazas de Esav y, por otra, de buscar el alma gemela en el ámbito de la familia hebrea. Pero permanecer apegado de este modo al antiguo parentesco es arriesgarse a un judaísmo cosmopolita, sin fronteras nacionales, sin entidad nacional, que pretendería seguir siendo la conciencia del mundo desde cualquier lugar. Ahora bien, la voluntad inicial, cuando Avraham fue encaminado hacia la tierra de la visión, era muy distinta: primero una entidad nacional, y después la irradiación desde ese lugar.

Uno no puede ser uno mismo fuera de sus fronteras. Fuera de ellas estamos obligados a tener en cuenta el pensamiento de los demás, y existe la posibilidad de ahogar la pureza del mensaje divino bajo ropajes, bajo un envoltorio que tiene más de parecer que de ser. Por eso se dice que quien habita fuera de la Tierra es como si no tuviera D-os: no puede expresarse con claridad y nitidez sin un toque de la cultura del pueblo en medio del cual vive. El Rav da el ejemplo, oído en boca de ciertos políticos, de quien se dice judío pero de cultura cristiana.

Tres fuerzas rivalizan con los tres patriarcas. Ishmael se alza frente al jésed de Avraham, frente a su bondad. Esav se alza frente al rigor de Itzjak. Y frente a la verdad de Yaakov está Lavan. Ninguna de estas fuerzas se opone a un atributo desde fuera: cada una es su posible falsificación, lo que vuelve el enfrentamiento mucho más difícil.

El nombre de Lavan habla de blancura, y nuestros sabios leyeron en él una paradoja. Su nombre proviene de la palabra que significa blanco, blanquear, y se interpretó que blanqueará los pecados de los hijos de Israel. Cabe entonces preguntarse qué tenemos que ver con un Lavan que blanquearía a Israel, cuando él mismo buscó abolir el sentido del parentesco, la raíz de la filiación en Israel, la de los patriarcas. La contradicción es el corazón del problema, tanto más cuanto que Lavan es también el arameo, y con las mismas letras se forma la palabra que designa al tramposo, al deshonesto, al que urde astucias: se dice de él que quiso desarraigar al pueblo.

Lavan reivindica todo lo que Yaakov ha construido. Las hijas son mis hijas, los hijos son mis hijos, el rebaño es mi rebaño: todo lo que Yaakov ha realizado, Lavan lo declara suyo. Quiso arrebatarnos a nuestros propios hijos. Y seguimos viviendo esto en distintos planos, cuando se quiere a toda costa arrebatarnos la Tierra, nuestro judaísmo, nuestros valores, nuestro espíritu, nuestra espiritualidad. La reivindicación de Lavan no pertenece al pasado.

Las piedras tomadas en ese lugar son las del cordón umbilical del mundo. Ese lugar es el embrión de la tierra. Del mismo modo que el cordón alimenta al niño en el vientre de su madre, Yaakov, por la verdad que revela, está llamado a alimentar a los demás pueblos que el pueblo de Israel lleva dentro de sí. Porque el pueblo de Israel es la suma de esta humanidad, y precisamente por eso Yaakov es el retrato de Adam.

No se trata de rehacer la humanidad, sino de restaurarla. No vamos a empezar de nuevo la humanidad: vamos a reestructurarla, a refundarla sobre lo que ya existe. No pretendemos hacer un mundo nuevo: queremos restaurarlo en lo que era en su origen y librarlo de las impurezas que ha acumulado a lo largo de sus ensayos y de sus fracasos. Es una obra de restauración, no de fundación.

La torre de Babel es el contramodelo exacto de la piedra de Yaakov. Ese lugar es el centro de las miradas de la humanidad, el fundamento de la creación, aquel sobre el cual habrá de erigirse el Santuario, punto de unión entre el mundo de aquí abajo y la espiritualidad. Ahora bien, la generación de la dispersión quiso también erigir un edificio, pero a base de ladrillos, de arena y de cemento. Quiso proponer una torre que fuera una referencia para la humanidad entera, dar una ley universal pero puramente terrenal, desligada de todo lo espiritual: son ellos quienes construyen, ellos quienes definen la ley, ellos quienes juzgan lo que es bueno y lo que es malo.

Las tres leyes dadas a la salida de Egipto responden precisamente a esto. La primera dice que no podemos funcionar sin una legislación. Pero esa legislación debe inspirarse en una conciencia moral encarnada en el sentido de lo sagrado, y no ser un tribunal que decide por sí mismo lo bueno y lo malo: debe remitirse a un libro revelado. La tercera dice que lo que fija las leyes de pureza e impureza no es materia de discusión sobre lo conveniente, y que solo D-os posee el secreto por el cual lo puro puede extraerse de lo impuro.

Babel no se sostuvo, y cada pueblo se llevó un fragmento de verdad. Hubo una dislocación, y nuestros sabios dicen que cada pueblo tomó una parte de verdad, una chispa. Por consiguiente, cuando vivimos fuera de la Tierra estamos siempre entre pedazos de verdad; pero un pedazo de verdad no es la verdad. La verdad solo puede ser la verdad, y emana de Jerusalén; es la de Yaakov, a quien se atribuye la verdad.

Avraham ya había respondido a Babel con un altar. Su primera etapa fue Shejem, y no por casualidad: es allí donde la realeza corre el riesgo de ser sacudida, alterada, desviada de lo que debería ser, una representación de la realeza celestial. Avraham percibió ese peligro y erigió un altar para proclamar la unidad divina e invocar el Nombre. A Babel, que construye una torre para sí misma, opone un altar que no es para sí mismo.

¿Cuántas piedras tomó Yaakov? La pregunta es una lectura de la historia. Algunos dicen que tres piedras: una por Avraham, que no lo logró a causa de la presencia de Ishmael; una por Itzjak, que fracasó igualmente; y la suya propia. Yaakov quiere una descendencia que sea el cemento de una casa, con sus doce aristas. Una tercera versión dice que no eran ni tres ni dos piedras, sino doce, que se soldaron por sí mismas hasta formar una sola. Es preciso que esas piedras constituyan un solo bloque.

La piedra es el modo mismo de la transmisión de la Torá. La Torá fue dada sobre tablas de piedra. Y cuando el pueblo ha de entrar en la Tierra de Israel, levanta piedras sobre las cuales se escribirá la esencia de toda la Torá. Esa piedra es, pues, el fundamento mismo del ser de Israel. Pero para que se sostenga, primero hay que separarse de Lavan, en el momento en que Yaakov deja el exterior para retomar el rumbo hacia la Tierra de Israel y sellar allí su toma de posesión.

Salir de los propios límites naturales era ya la orden dada a Avraham. En la alianza entre las partes se le dice, en sustancia: sal de tus límites naturales, sal de las leyes de causalidad que rigen el mundo, sal de esa inmovilidad en la que te mantienes encerrado en las leyes de la naturaleza, y mira las estrellas del cielo: así será tu descendencia, como estrellas que iluminan el mundo en plena noche. Moshé, tras el pecado del becerro de oro, recordará esa promesa: les prometiste que serían como las estrellas del cielo, y no solo como la arena de la tierra, pisoteada por todas partes. La arena, sin embargo, dice otra cosa: la posibilidad de una vida normal y duradera en tierra firme.

La Torá, en cambio, es el blanco y el negro. Otros escribieron «Rojo y negro»; entre nosotros es el blanco y el negro: el manto de oración, el rollo de la Torá. El blanco, en su movimiento, es la suma de todos los colores, y esa suma en reposo es el negro. Mientras la página está en blanco, se puede escribir en ella todo lo que se quiera; en cuanto se ha escrito, se la ha condicionado. Todo depende entonces del contenido: si se ha escrito algo sagrado, la página misma se vuelve sagrada. El pergamino, antes de eso, solo tenía un valor comercial; y cuando la escritura se borra, el rollo pierde su función, pero no se lo puede tirar.

El nombre de Lavan encierra dos bazas, y la segunda es una trampa. En él está el corazón, y están las cincuenta vías: no las de la sabiduría, sino las del análisis y la deducción. ¡Ay de quien razona solo con el corazón, o de quien solo quiere expresar su verdad a través de lo afectivo! El pensamiento aspira a ser fijo, lógico, estable, sereno; lo afectivo cambia según los estados de ánimo y según las situaciones. Pretender someter la ley a la manera en que uno la siente, declinándola en todas las formas posibles, es escribir sobre esa blancura cosas que no se sostienen y que están limitadas en el tiempo.

La única traducción aramea de la Torá se encuentra en el momento de la separación. Se levanta un montículo de piedras entre los dos hombres: se hace un pacto de paz, pero cada uno se prohíbe en adelante inmiscuirse en la vida íntima y espiritual del otro. Yaakov le da el nombre hebreo que significa «el montículo testigo»; Lavan se empeña en darle un nombre arameo que quiere decir más o menos lo mismo. ¿Por qué? Porque querría sustituir el hebreo por una lengua universal, y permanecer fiel a una traducción de la palabra revelada.

Traducir es adormecer. La palabra que designa la traducción tiene el mismo valor numérico que la que designa el sueño profundo, la anestesia. Esa lengua universal que Lavan querría dar a la humanidad no es más que una traducción, y una traducción traiciona la esencia del texto, la esencia de la lengua en la que fue dicho; no puede ser más que un lenguaje exterior, que no expresa la profundidad del pensamiento. Por eso Yaakov se empeña en conservar la piedra: en la palabra que la designa se leen el padre y el hijo, es decir, lo que se transmite sin traicionarse a lo largo de las generaciones y de las civilizaciones.

Transcripción completa de la clase

Por una parte, huir de las amenazas de Esav; por otra, buscar el alma gemela en el ámbito de la familia hebrea; es decir, permanecer apegado, a pesar de todo, a un judaísmo cosmopolita que querría, sin fronteras nacionales, sin entidad nacional, seguir siendo la conciencia del mundo. Mientras que la voluntad de D-os al principio, cuando encaminó a Avraham hacia la tierra «que Yo te mostraré» (Génesis 12:1) —la tierra de la visión, de la vista, de la irradiación—, era primero una entidad nacional y después, desde allí mismo, tratar de irradiar. ¿Por qué? Sencillamente porque no podemos ser nosotros mismos fuera de nuestras fronteras. Estamos obligados a tener en cuenta el pensamiento de los demás, y existe la posibilidad de ahogar la pureza del mensaje divino bajo ropajes, bajo un envoltorio que tiene más de parecer que de ser. Y eso […] no era lo que se quería. Por eso se dice que «todo el que habita fuera de la Tierra es como si no tuviera D-os» (Ketubot 110b). ¿Por qué? Sencillamente porque no puede expresarse plena, clara, nítidamente sin un toque de la cultura del pueblo en medio del cual vive. Hay quien dice hoy que es judío, pero de cultura cristiana; se oye en estos tiempos en boca de ciertos políticos.

Y eso es precisamente lo que corre el riesgo de ocurrir con Lavan. Ustedes saben que hay tres fuerzas que se oponen, que rivalizan con los tres patriarcas. Frente al jésed (bondad amorosa) de Avraham, frente a la bondad de Avraham, está Ishmael. Frente al rigor de Itzjak, está Esav. Frente a la verdad, la emet de Yaakov —«Darás verdad a Yaakov» (Miqueas 7:20)—, está Lavan. Lo explicaremos, ya que Lavan, al fin y al cabo, como su nombre lo indica, viene de la palabra laván, blanco, blanquear; y nuestros sabios trataron de interpretar su nombre. ¿Por qué se le llamó Lavan? Porque blanqueará los pecados de los hijos de Israel. Y uno se pregunta: ¿qué tenemos que ver con un Lavan que va a blanquear a los hijos de Israel, cuando él mismo buscó abolir el sentido del parentesco, la raíz del parentesco en Israel, es decir, el de los Avot, los patriarcas? Quiso arrebatarnos a nuestros propios hijos; los reivindicaba como suyos.

Todo lo que aún quedaba por realizar lo reivindicaba como suyo. Y seguimos viviendo esto en distintos planos: se quiere a toda costa arrebatarnos tanto la Tierra como nuestro judaísmo, nuestros valores, nuestro espíritu, nuestra espiritualidad. Entonces, ¿qué tiene todo esto que ver con Lavan? Abordaremos ese aspecto dentro de un momento; pero primero tratemos de comprender estas piedras que aparecen, que se manifiestan en esta visión. Toma piedras de este lugar, y hemos dicho que este lugar es el embrión de la tierra y su cordón umbilical. Del mismo modo que el cordón umbilical nutre al bebé, al niño en el vientre de su madre, así Yaakov, por la verdad que revela, está llamado a nutrir a los demás pueblos, que el pueblo de Israel encierra en su ser, en su seno. Porque ya hemos dicho que el pueblo de Israel es la suma de toda esta humanidad; por eso, dicho sea de paso, Yaakov es el retrato de Adam HaRishón, el primer hombre. Porque no vamos a hacer de nuevo la humanidad: vamos a reestructurarla, a refundarla sobre lo que ya existe. No pretendemos hacer un mundo nuevo; queremos, en cierto modo, restaurarlo en lo que era en su origen y librarlo de todas las impurezas que ha acumulado a lo largo de sus ensayos y de sus fracasos. Y así: «Tomó de las piedras del lugar» (Génesis 28:11), las piedras de este lugar, del lugar que es el centro de las miradas de la humanidad, del lugar que es el fundamento de la creación, del lugar sobre el cual habrá de erigirse el Santuario; es decir, el punto de unión entre el mundo de aquí abajo, el mundo creado, y la espiritualidad, entre el cielo y la tierra. La generación de la torre de Babel quiso también erigir un edificio, pero a base de ladrillos, de arena y de cemento, de modo que se sostuviera bien. Es decir, también ella quiso proponer algo —una torre— que fuera una referencia para la humanidad entera. Quiso dar a la humanidad una ley, pero únicamente terrenal, desligándola de todo lo espiritual.

Son ellos quienes construyen, ellos quienes definen la ley, ellos quienes juzgan lo que es bueno y lo que es malo. Ahora bien, ustedes saben que al pueblo judío se le dieron tres cosas a la salida de Egipto […]: las leyes civiles, el Shabat y el estatuto de la vaca roja. ¿Cuál es la idea? ¿Por qué estas tres leyes? La primera es que no podemos funcionar sin una legislación; muy bien. Pero esa legislación debe inspirarse en una conciencia moral encarnada por el Shabat, por el sentido de lo sagrado, y no ser simplemente un tribunal que decide por sí mismo lo que es bueno y lo que es malo. Debe remitirse a un libro sagrado, revelado, y debe comprender que lo que fija las leyes de pureza e impureza es un jok, un decreto que está más allá de la razón: la vaca roja. Y aquí no se trata de discutir si es conveniente o no lo es. Se juega entre la vida y la muerte, por supuesto, entre lo puro y lo impuro; pero existe la posibilidad de extraer lo puro de lo impuro, y ese secreto solo lo posee D-os. Muy bien; pero el migdal, la torre de Babel, no se sostuvo. Al contrario, hubo una dislocación, y hemos dicho que cada pueblo tomó una parte de verdad, un fragmento de verdad, una chispa de verdad. Por consiguiente, cuando salimos fuera de la Tierra, cuando vivimos fuera de la Tierra, estamos siempre ante retazos de verdad, ante fragmentos; pero eso no es la verdad.

La verdad es que «de Sión saldrá la Torá, y la palabra de D-os de Jerusalén» (Isaías 2:3). Es la verdad que sale, que irradia desde Jerusalén; y es la de Yaakov. Ahora bien, veamos lo que hizo Avraham —él, que se opuso a la torre de Babel— cuando llegó a Shejem. Y ustedes saben que Shejem fue su primera etapa, porque es allí donde la realeza será sacudida, y donde se corre efectivamente el riesgo de alterar, de desviar esa realeza —que debería ser, digamos, una representación de la realeza celestial— y convertirla en una realeza para sí misma, una simple monarquía. Entonces, ¿qué hizo? Avraham percibió ese peligro […] y erigió allí un altar para proclamar la unidad divina.

Pues bien, también Yaakov, lo que hace en el momento en que D-os se le revela, es tomar piedras, y se dice a sí mismo… Algunos dicen que tomó tres piedras: una por Avraham, que no lo logró, dada la presencia de Ishmael; una por Itzjak, que fracasó igualmente, dada la presencia de Esav. «Yo, por mi parte, quiero lograr —así lo espero— una descendencia que sea el cemento de una casa compuesta, si se quiere, de doce aristas en su estructura». Y sabemos bien que esas doce aristas son las combinaciones posibles de las letras del Nombre divino, de las letras propiamente dichas. «Y voy a reunirlas en un solo bloque». Es preciso que esas piedras constituyan un solo bloque.

Por eso existe una tercera versión: no eran ni tres piedras ni dos, sino doce piedras, que se soldaron por sí mismas hasta formar una sola piedra. Y esa piedra es la del fundamento del pueblo de Israel, del edificio de Israel; es la del altar de D-os; es el punto fijo, el nexo —o el lugar— de comunicación entre el mundo de arriba y el mundo de abajo. Sabemos muy bien que la Torá fue dada a través de piedras: lujot avanim, tablas de piedra. El Santo, bendito sea, nos la dio en piedra: «Te daré las tablas de piedra» (Éxodo 24:12). Las tablas de piedra: piedra, tablas hechas de piedra.

Y cuando el pueblo de Israel ha de entrar en la Tierra de Israel —precisamente en la región de Shejem, en el reino de Shejem—, se nos ordena levantar piedras sobre las cuales se escribirá la esencia de toda la Torá. Dicho de otro modo, esa piedra es el fundamento mismo del ser de Israel. Pero para ello hay que separarse de Lavan, porque Yaakov está a punto de dejar las tierras de fuera de Israel y retomar el rumbo hacia la Tierra de Israel, para llevar a cabo su regreso definitivo a ella y sellar su toma de posesión de la Tierra de Israel. Ahora bien, ustedes saben que en la alianza entre las partes, el brit bein habetarim, cuando D-os reveló a Avraham el proyecto de hacer de él un pueblo y de asentarlo dentro de las fronteras de la Tierra Prometida, le dijo: sal de tus límites naturales, sal de las leyes de causalidad que rigen el mundo, sal de esa inmovilidad en la que te mantienes, encerrado en las leyes de la naturaleza: «Mira ahora hacia los cielos y cuenta las estrellas» (Génesis 15:5). Mira las estrellas del cielo. Y le dijo: «Así será tu descendencia»; tu descendencia será como estrellas en plena noche que iluminan el mundo. Esa es la promesa hecha a los Avot: que el pueblo de Israel será como las estrellas de los cielos.

Por cierto, Moshé, cuando evoca la promesa hecha a los patriarcas después del pecado del becerro de oro, dice: les prometiste que serían como las estrellas del cielo, y no solo como la arena de la tierra, pisoteada por todas partes. Aunque se puede decir que la arena de la tierra representa la posibilidad de llevar en este mundo una vida normal, firme, sobre tierra firme, duradera. Así pues, Yaakov quiere separarse definitivamente de Lavan, que representa para él un peligro real. Sí: Lavan haAramí, el arameo, cuyas letras forman ramai: el deshonesto, el astuto, el embaucador. Se dice de él que quiso desarraigarlo todo, que quiso desarraigar al pueblo […]. Blanquear, como les dije; blanquear. Blanquear los pecados de Israel.

Hay quien escribió «Rojo y negro», pero entre nosotros la Torá es el blanco y el negro. El talit que llevamos es blanco y negro; el Séfer Torá es blanco y negro; los tefilín son blanco y negro. Y ya hemos dicho que el blanco, en su movimiento, es la combinación, la suma de todos los colores, y que la suma de todos los colores en reposo es el negro. Mientras la página está en blanco, pueden escribir en ella todo lo que quieran. A partir del momento en que han escrito, han condicionado esa página, porque han escrito en ella. Entonces todo depende del contenido de lo que han redactado.

Si, al fin y al cabo, han escrito algo que pertenece a lo sagrado, entonces la página en la que escribieron es ella misma sagrada. Hasta entonces, la piel, el pergamino que tenían no tenía otro valor que el comercial. Pero a partir del momento en que escriben en él un Séfer Torá o unos tefilín, adquiere un valor sagrado. Más aún: si escribieron el texto sagrado y este se ha borrado —la escritura, de algún modo, se ha esfumado y el rollo ha perdido su función: ya no se puede leer en él, no se pueden poner esos tefilín, no se puede conservar la mezuzá—, aun así no pueden tirar el pergamino, ni de los tefilín ni de las mezuzot, y menos aún de un Séfer Torá. […] Y así, en la medida en que la humanidad aspira, en efecto, a verdades, pero esas verdades están truncadas…

A menudo se ha dicho: vamos, tú tienes razón, el otro también tiene razón, y aquel también; son fragmentos de verdad. Pero cuando son fragmentos de verdad, es que no son verdades verificadas. La verdad solo puede ser la suma de todas esas verdades repartidas entre las culturas, si se quiere, o entre toda clase de revelaciones; pero la verdad solo puede ser la que es revelada, y no lo que el hombre ha producido a partir de su propia reflexión, de su propia inspiración […]. Ahora bien, Lavan posee dos bazas: el lev, el corazón, y la nun, las cincuenta puertas de biná, el entendimiento: las cincuenta vías del análisis, de la deducción; no jojmá, no la sabiduría, sino el análisis. Y ¡ay de quien razona solo con el corazón, o de quien quisiera expresar su verdad únicamente a través de lo afectivo! Hay principios que proceden de lo afectivo, y otros que proceden del intelecto, del pensamiento, del rigor del pensamiento.

El intelecto, la razón, es fijo, lógico, estable, sereno; lo afectivo cambia según los estados de ánimo, según las situaciones. Así que, si pretenden someter la ley a la manera en que la sienten y la viven, simplemente interpretándola bajo toda clase de formas diferentes, entonces han escrito, en efecto, sobre el laván, sobre el blanco, sobre la blancura, mentiras: cosas que no se sostienen, que están limitadas en el tiempo. Ahora bien, Lavan quería precisamente reducir todo el pensamiento de Yaakov a esa conciencia moral de un judaísmo sin fronteras, sin entidad nacional, sin pueblo judío, solo judíos de diversas culturas; y con ello quiso suprimir al pueblo judío, quiso suprimir la herencia de los antepasados. Y cuando se separa de Yaakov, hay un gal avanim, un montículo de piedras que separa a Yaakov de Lavan. Hacen un pacto de paz, pero parece que ninguno de los dos habrá de inmiscuirse ya en la vida íntima del otro, en la vida espiritual del otro. Y la única vez en la Torá en que hay una traducción aramea es a propósito del nombre dado a ese montículo de piedras. Yaakov lo llama Galed, el montículo testigo, y Lavan se empeña en darle un nombre arameo, Yegar Sahaduta (Génesis 31:47), que quiere decir más o menos lo mismo. Es la traducción de Galed. Pero ¿por qué? Sencillamente porque él querría sustituir el hebreo por el esperanto, quizá: por una lengua universal.

Y esa lengua —la primera lengua […]— es el arameo; es la primera lengua, y querría permanecer fiel a esa traducción de la palabra revelada. Saben ustedes que targum, traducción, tiene el mismo valor numérico que tardemá: la hipnosis, el sueño profundo, la anestesia. Es lo mismo. Dicho de otro modo, esa lengua universal que Lavan querría adoptar para la humanidad entera no es más que una traducción, y toda traducción traiciona la esencia del texto, la esencia de la lengua en la que fue dicho, sobre todo cuando se trata de la lengua sagrada. No puede ser más que safá, labio: un lenguaje de labios, un lenguaje exterior que no expresa en absoluto la profundidad del pensamiento del ser.

Así pues, Yaakov se separa de Lavan; él, por su parte, se empeña en conservar la even, la piedra. Even, como hemos dicho, es la piedra de fundamento. Y esa piedra de fundamento es av y ben, el padre y el hijo. Es lo que se transmite de padre a hijo, lo que constituye verdaderamente la identidad fiel de la transmisión de los valores y del mensaje, lo que no traiciona, lo que no cambia en el curso de las generaciones y de las civilizaciones. Estudiamos siempre, no a partir de la traducción, sino a partir de la esencia del texto, del fundamento. Las avanim, las piedras, en el lenguaje de nuestros sabios, son las otiot, las letras.

Ya explicamos una vez que la piedra que depositamos sobre una tumba cuando visitamos a un ser querido es para decir que guardamos fielmente su recuerdo, su memoria, y que la tomamos a nuestro cargo. Tomó piedras de ese lugar, que no está definido; pero hemos dicho que ese lugar no definido es el lugar del mundo, el lugar del Santuario, el lugar de residencia de D-os, a quien se llama el Lugar del mundo: «Él es el lugar del mundo, pero el mundo no es Su lugar» (Bereshit Rabá 68:9). Discúlpenme.