Vayetsé — El viaje hacia lo desconocido

par le Rav Raphaël Benizri

Preguntas para la mesa de Shabat: Vayetsé

Un cuadernillo de estudio para imprimir: una pregunta por página, la respuesta del Rav, su fuente y una enseñanza para debatir en familia.

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Toda salida de la casa de los padres es, en sí misma, un exilio. Esta clase relee el capítulo de la partida de Yaakov como el espejo de un camino que cada uno de nosotros recorre: dejamos lo que era estable, lo que se daba por sentado, el lugar donde otros se ocupaban de nosotros, para avanzar en un mundo que no cesa de cambiar. El Rav Raphaël Benizri sigue en ella la cuestión de lo fijo y lo cambiante, de lo que se transmite y lo que se transforma. La respuesta pasa por una escalera, por unos ángeles que no son los que uno cree y por una escala de valores sin la cual nada se construye.

El Rav parte de una observación sobre el nombre de Beer Sheva, cuyas letras se leen también como los nombres de Ever y de Shem: los estudios han terminado, hay que dejar la casa. Desde allí, la clase se abre hacia las tres leyes dadas al pueblo en su nacimiento, hacia las tres etapas de una vida, y luego hacia la noche, el sueño y la visión de la escalera.

Desemboca en lo que distingue a Yaakov de sus padres: Avraham alcanzó una montaña, Itzjak un campo, Yaakov una casa. Es él quien hace habitable el mundo, y es en la tierra de Israel, muestra del jardín del Edén, donde esa casa puede edificarse; fuera de ella, solo se puede soñar.

Lo que enseña esta clase

El nombre del lugar que Yaakov deja ya dice que hay que dejarlo. Se ha señalado que en las letras de Beer Sheva pueden leerse los nombres de Ever y de Shem. Dicho de otro modo: hemos terminado nuestros estudios, hemos terminado con la casa de estudio, y de todas maneras debemos dejar la casa. La dejamos por razones familiares, pero la dejamos también para poder construir nuestra propia casa. Yaakov tiene, pues, dos objetivos, y el uno no va sin el otro.

Toda salida de la casa de los padres es, en sí misma, un exilio. No sabemos lo que nos espera en la vida. Hemos dejado lo que era fijo, lo que era estable; sabíamos lo que éramos, se nos aceptaba tal como éramos, se ocupaban de nosotros. Y he aquí que avanzamos ante un mundo que no cesa de cambiar, y esos cambios nos conciernen y nos dan miedo. Es la controversia entre lo fijo, lo seguro, y lo que está llamado a evolucionar.

Caminar es prolongar el andar del propio padre a través del tiempo. Así es la vida; pero todavía hay que poder hacerlo, todavía hay que lograr ese andar. Por eso la plegaria de Yaakov concluye así: si D-os está conmigo, si D-os me hace prosperar en todo lo que hago, entonces edificaré la casa de mi padre como es debido, y habrá verdaderamente paz. Mientras no haya dado a la casa de mi padre esa culminación, mientras no haya participado en su edificación, ella sigue expuesta a la destrucción.

Salir solo tiene sentido si uno no se corta de sus raíces. Emprender esa salida para edificar un nuevo hogar pierde todo su sentido desde el momento en que se rompe el vínculo con aquello de donde uno viene. Un hombre desarraigado es un hombre sin pasado, y quien no tiene pasado no tiene futuro. Releer este capítulo es, pues, mirarse en el espejo de nuestro propio camino: llevamos en nosotros esas dos identidades, Yaakov e Israel; estamos en la lucha cotidiana de Yaakov, y solo alcanzamos nuestros objetivos poco a poco, piedra tras piedra.

Tres leyes fueron dadas al pueblo judío en su nacimiento. El cruce del mar es la bolsa de aguas que se rompe para dar a luz al niño, al término de un embarazo y de sus dolores. Una vez nacido el pueblo de Israel, hay que asegurarle ante todo su primera educación, y esa educación se resume en tres cosas. En primer lugar, las leyes, el rigor de la ley: estas no cambian; por mucho que uno avance en el cambio, la referencia permanece.

Las leyes solo tienen sentido si tienen un objetivo, y ese objetivo es el Shabat. Les dio el Shabat, los inició en su santidad. Se trata de elevarse por encima de las cosas, de no permanecer encadenado al mundo de la naturaleza, de aprender a arrancarse de las condiciones naturales para estar junto a Aquel que cambia los datos de la naturaleza. La tercera ley es la de la vaca roja, de la que sabemos que purifica al impuro y que es capaz de volver impuro al puro: ¿quién puede extraer lo puro de lo impuro y decidir qué será impuro?

La raíz de la impureza es la muerte, es decir, el encierro. Es cuando todo está encerrado, cuando nada se mueve, cuando uno queda reducido a un espacio limitado y cerrado, y una sola piedra está allí para señalarlo. Yaakov hace exactamente lo contrario: toma todas las piedras, las une en una sola piedra y vierte aceite sobre ella. La piedra que él erige no es la que marca un final; es la que reúne.

Hay tres etapas en la estructura de una vida, y pueden leerse en dos sentidos. La clase las evoca a partir de tres palabras hebreas que designan las edades, la primera de las cuales designa la juventud. Del mismo modo que hay tres etapas en una evolución negativa, hay tres en una evolución positiva, las de la neshamá, el rúaj y el néfesh (los niveles del alma), a las que corresponden el espacio, el tiempo y el alma. Hay una manera de unificar el espacio y el tiempo en la vida de cada ser, y cuando uno está en armonía con su tiempo y con su lugar, la evolución es positiva.

El lugar se vuelve plegaria cuando se asocia al tiempo. Ese es el sentido del encuentro de Yaakov con el lugar: el lugar se vuelve plegaria porque se une a un tiempo, y ese tiempo es el de la noche. Atención: ese tiempo no es negativo. Es un tiempo de sueño, un tiempo de despertar, un tiempo de reflexión interior, un tiempo que aspira a una nueva mañana, a un nuevo día, a un futuro.

El exilio mismo no es del todo negativo. Tiene un aspecto positivo en la medida en que prepara a Yaakov para enfrentarse después a Esav, y no ya solamente para huir de él. Por el momento huye de él, desde luego: huimos de todo aquello con lo que no podemos medirnos, de todo lo que nos desagrada. Pero algunos se han atrevido a decir que, si Yaakov está condenado al exilio, es porque nunca intentó apaciguar a Esav, cuando tenía la posibilidad de hacerlo, puesto que él era la verdad.

Esav no es la mentira: está hecho de jirones de verdad. Es su sombra. Cuando no tenemos un objetivo bien definido, una línea bien definida, por mucho que vivamos con trozos de verdad, la suma de esos trozos no constituye la verdad. Precisamente por eso Yaakov busca unir las piedras y hacer de ellas una sola piedra: ese bloque único representa una unidad de vida, con sus doce aristas, sus doce horas de vida y de reflexión. El hombre es capaz de soldar esos elementos unos con otros, y quien lo logra para sí mismo debe después poder compartirlo.

Uno puede privarse de comer; no se priva de dormir. El texto se toma el trabajo de decir que Yaakov se acostó en aquel lugar, y ese detalle tiene su importancia. Quien quiera privarse de comer, allá él; pero privarse de dormir, privarse de entrar en la noche y de engendrar una nueva mañana, eso no está permitido. ¿Por qué? Porque es el momento del sueño, el momento en que hay que repensar ese objetivo que une el cielo y la tierra, y ese objetivo puede ser mi casa, el Santuario, Jerusalén o el espacio mismo en el que vivo con los demás.

Los ángeles de la escalera no son lo que uno cree. El texto no dice «los ángeles del Nombre»; dice «los ángeles de Elokim»: es el mundo de la naturaleza, son las leyes de la naturaleza. Las tempestades, los vientos, los fuegos, todo lo que agita el mundo pertenece a ese orden. Todo lo que hace que el mundo cambie a mi alrededor cuando yo quisiera vivir en una burbuja: todo eso son esos enviados. Un objeto mismo se vuelve mensajero en la medida en que me evoca el recuerdo de un ser querido, en que lleva un sentido y me recuerda unos valores.

La escalera es ante todo una escala de valores. Lo que Yaakov comprende es que en la vida hace falta una escalera, es decir, criterios. Tener una escala de valores es esencial: antes de hacer algo, de realizar algo, hay que tener los criterios. Que su cima toque el cielo no designa un punto en el cielo: lo esencial es que esté lanzada en vertical, en una espiral de vida primero ascendente y luego descendente. Porque los criterios por los que hemos optado es aquí abajo donde debemos realizarlos.

Ir más allá de las leyes de la naturaleza es hacer del milagro lo estable. Cuando aprendo a superar a esos enviados naturales, tomo conciencia de la presencia de una providencia que desafía las leyes de la naturaleza, y me instalo en un mundo de milagros permanentes, porque considero que cada ocasión de vivir que se me da es un milagro en sí misma. Lo que entonces se vuelve fijo, estable, ya no es la naturaleza: es el milagro permanente en el que me muevo, porque he decidido no dejarme encerrar. Y el texto lo dice claramente: el Eterno estaba de pie sobre él.

Uno solo se vincula a los patriarcas a través de la cadena de sus propios padres. D-os se presenta como el D-os de Avraham tu padre y el D-os de Itzjak. Avraham es nombrado así porque fue el primer iniciador; por lo demás, en general no nos remontamos más que a tres generaciones. No es necesario enumerar una larga lista: somos los descendientes de los patriarcas, y somos los descendientes de nuestros padres y de nuestros abuelos, los hayamos conocido o no. Pero su historia, nosotros la continuamos.

Avraham fue el motor, Itzjak el campo, Yaakov la casa. Avraham accedió a una espiritualidad de cumbre, una montaña, y gastó en ello toda su energía. Itzjak es capaz de ofrecerse sobre el altar, pero permanece pasivo en su prueba: está del lado del rigor, padece la ley y la dedica a su Creador. Eso es lo que se llama un campo: abandonado, se cubre de espinas; trabajado, da una cosecha abundante. Lo que Avraham e Itzjak edificaron fue destruido: el primer Santuario, por Ishmael; el segundo, por Esav; y de este segundo Santuario se dice que Sion se volvió como un campo arado.

Es Yaakov quien hace habitable este mundo, y eso solo se realiza en la tierra. Su lecho es completo: no hay ni Ishmael ni Esav en su descendencia, y por eso el Santuario que estará directamente asociado a la casa de D-os depende de él. Pero todo esto solo puede cumplirse en esta tierra, que es la muestra del jardín del Edén, aquella donde el hombre recupera su verdadera dimensión de Adam. Fuera de ella, solo se puede soñar; fuera de ella, estamos obligados a tener en cuenta la cultura en la que nos movemos. Es en la tierra de Israel donde el pueblo judío puede realizar su propia dimensión y donde se cumple la promesa: por ti serán benditas todas las familias de la tierra.

Transcripción completa de la clase

Les propongo, pues, esta noche releer este capítulo de Vayetsé, la salida de Yaakov de Beer Sheva. Se nos hace notar que las letras de Beer Sheva son las letras de «Ever y Shem». Dicho de otro modo: hemos terminado nuestros estudios, hemos terminado nuestros años de yeshivá, y de todas maneras debemos dejar la casa. La dejamos por razones familiares, pero la dejamos también para poder construir nuestra propia casa. Yaakov tiene, pues, dos objetivos. Y sin embargo, toda salida de la casa de los padres es, en sí misma, un exilio. No sabemos lo que nos espera en la vida. Hemos dejado el capullo, lo que era estable, lo que era fijo; sabíamos lo que éramos, se nos aceptaba tal como éramos, se ocupaban de nosotros. Y ahora partimos y avanzamos ante un mundo que no cesa de cambiar, y esos cambios, desde luego, nos conciernen y nos dan miedo. Ya hemos hablado de esta controversia entre lo fijo —lo que es estable, lo que es seguro— y lo que está llamado a evolucionar. Pues bien, un ben, un hijo —berá kará deavuha, «el hijo es la pierna de su padre», como se dice— es el que asegura el andar de su padre, el que lo prolonga a través del tiempo y más allá del tiempo. Así es la vida. Pero ¿es uno capaz de hacerlo?

¿Logrará uno ese andar? Esa es la razón de la conclusión de la plegaria de Yaakov. Es decir: si D-os me protege, si D-os me hace prosperar en todo lo que hago, edificaré la casa de mi padre como es debido, y habrá verdaderamente shalom (paz). Porque mientras no haya dado a la casa de mi padre esa shelemut, esa plenitud, mientras no haya participado en la edificación de esa casa, esa casa está expuesta a ser destruida, ¡D-os nos libre! Entonces, en ese caso, ¿de qué sirve este exilio? ¿De qué sirve siquiera emprender esta salida hacia la construcción, hacia la edificación de un nuevo hogar? No tiene sentido. Desde el momento en que uno se corta de sus raíces, es verdaderamente un hombre desarraigado.

Quien no tiene pasado no tiene futuro. Así pues, al releer este capítulo, nos miramos en el espejo de nuestro propio camino. Tenemos esas dos identidades, Yaakov e Israel. En nuestra lucha cotidiana, somos Yaakov. Y alcanzamos nuestros objetivos poco a poco; no los alcanzamos de una sola vez, es piedra tras piedra. Hablamos del simbolismo de la piedra la semana pasada. […] Son las piedras que uno va colocando. Y ustedes saben que tres mitzvot fueron dadas al pueblo judío en su nacimiento. Porque, en suma, el cruce del mar Rojo es la bolsa de aguas que se rompe para dar a luz al niño, ¿no es así? Al término de un embarazo, al término de una preparación: ese embarazo, los dolores del parto […].

Pues bien, el pueblo de Israel ha nacido; ante todo hay que asegurarle su primera educación. Y en esa primera educación, Él le da tres cosas, tres leyes fundamentales. Dinim: las leyes, el rigor de la ley. Y eso no cambia: por mucho que uno avance en el cambio, las leyes son inmutables; el Shulján Aruj está ahí, es la referencia. Ahora bien, las leyes no tienen sentido si no hay un objetivo, y el objetivo es la kedushá (santidad) del Shabat. Les dio el Shabat. Los inició en la santidad del Shabat. Es elevarse por encima de las cosas y no permanecer, en efecto, encadenado por el mundo de la naturaleza; aprender a arrancarse de esas condiciones naturales para vivir en un nes, un milagro permanente, ese milagro que cambia los datos de la naturaleza. Eso es, en efecto, el Shabat, la santidad del Shabat. Y les dio también una tercera ley. ¿Cuál?

La de la vaca roja. La vaca roja: sabemos muy bien que purifica al impuro y que es capaz de volver impuro al puro. Pero ¿quién puede, en verdad, extraer lo puro de lo impuro, decidir qué será impuro? Y sabemos que la raíz de la impureza, avi avot hatumá —la fuente suprema de la impureza—, es la muerte. Es cuando todo está encerrado, cuando nada se mueve, cuando uno queda reducido a un espacio limitado y cerrado, y una sola piedra está allí como tziyún, como señal de la tumba. Eso es triste. Yaakov es consciente de ello. Entonces toma todas las piedras, las une en una sola piedra y vierte aceite sobre ella. Nosotros no vertemos aceite: encendemos [una vela por] la neshamá (el alma), porque vive con nosotros, vive entre nosotros. Eso es Yaakov.

Cuando se pone en camino hacia el exilio, nos dice que hay tres etapas en la estructura de una vida, a saber […]. La primera de esas palabras significa la juventud […], y aquí jugamos un poco con las palabras para saber lo que somos. De pequeños, solo podemos mostrar nuestra fuerza y nuestro dominio sobre […]. Pero cuando llegamos a […], si lo unimos en el sentido de una juventud constructiva, entonces uno puede finalmente aspirar a superar […]. No voy a extenderme sobre esto; tendré ocasión de desarrollarlo más en otra ocasión —quizá no la próxima vez, sino después—, porque se trata de […], de todo aquello que apela a las fuerzas de la naturaleza, que habría que superar, de lo que habría que arrancarse para ganar la propia libertad.

Pero lo que quiero decir es que, del mismo modo que hay tres etapas en una evolución negativa, las hay en una evolución positiva, con la neshamá, el rúaj y el néfesh —rúaj, néfesh; olam, shaná, néfesh—: el espacio, el tiempo y el alma. Hay una manera de unificar tanto el espacio como el tiempo en la vida de cada ser. Y entonces, cuando uno vive en simbiosis con su tiempo y con su lugar, la evolución es positiva. Y eso es vayifgá bamakom, «se encontró con el lugar»; el lugar, vayifgá bamakom, que se vuelve una plegaria. El lugar se vuelve una plegaria. El lugar se asocia al tiempo. El tiempo de la noche es un tiempo —y atención: no es negativo—; es un tiempo de sueño, es un tiempo de despertar,

es un tiempo de reflexión interior, es un tiempo que aspira a una nueva mañana, a un nuevo día, a un futuro. Arvit, la plegaria de la noche, no es jová, una obligación; es reshut, opcional. ¿Qué quiere decir que es reshut? Está en tus manos, está en tus manos. En cambio, a quien quiere no dormir se lo persigue, se lo acosa, se lo trata con dureza hasta que duerma, porque no puede permitirse negarse a entrar en sí mismo y contentarse únicamente con la majshavá de la mañana —el pensamiento de la mañana, la alegría de la mañana— y con Minjá, la plegaria de Itzjak. No. ¿Por qué? Porque un día —yom leyom yabía ómer, «un día al otro día transmite el mensaje»—, un día debe preparar otro día.

La vida no se termina en un solo día. Aunque el día ofrezca un mar de posibilidades al siguiente —yom leyom yabía ómer, velaila lelaila yejavé dáat, «un día al otro día transmite el mensaje, y una noche a la otra noche declara el conocimiento»—, la noche lleva el conocimiento; la noche es buena consejera, como suele decirse. Y por eso el exilio en sí no es del todo negativo. Hay un aspecto positivo en este exilio, en la medida en que preparaba a Yaakov para enfrentarse después a Esav, y no para huir de Esav, porque por el momento huye de él, desde luego. Y voy a decirles algo: desde luego, al huir así, huimos de todo aquello con lo que no podemos medirnos, de todo lo que nos desagrada.

Pero en realidad, hay quienes se han atrevido a decir que, si Yaakov está condenado al exilio, es porque nunca intentó ganarse a su hermano Esav. Tenía la posibilidad, puesto que él era la emet, la verdad. Y Esav no es más que jirones de emet, porque es la sombra de la emet. Cuando no tenemos un objetivo bien definido, una línea bien definida, entonces por mucho que vivamos con jirones de verdad, los jirones de verdad no son la verdad; no constituyen la verdad. Y así, Yaakov buscó, en efecto, unir esas piedras en una sola piedra, y mantenerlas juntas, porque eso es lo que representa una unidad de vida: un bayit, una casa, con sus doce aristas, con sus doce horas diarias de vida —de vida y de reflexión—, ¿no es así?

Con esas doce constelaciones: todo eso, el hombre es capaz de soldarlo, de unir cada elemento con los demás. Eso es la humanidad. El hombre debe ser el elemento unificador; y si lo logra para sí mismo, entonces debe poder transmitirlo, compartirlo con los demás. Pues bien: ki va hashémesh, «porque se había puesto el sol»; hay, en efecto, un declinar del día, y hemos dicho que ese declinar del día es el exilio, pero no es totalmente negativo. Y toma de las piedras: vayásem meraashotav, vayishkav bamakom hahú, «las puso a su cabecera y se acostó en aquel lugar». ¿Necesitamos este detalle? Sí, necesitamos este detalle, porque quien quiere privarse de comer, allá él.

Pero privarse de dormir, privarse de entrar en la noche, de engendrar una nueva mañana, eso no lo permitimos. Lo aislamos, lo excomulgamos. […] Vayajalom, «y soñó». ¿Por qué? Porque es el momento del sueño, porque es el momento en que hay que repensar, en efecto, ese objetivo que une el cielo y la tierra. Ese objetivo que une el cielo y la tierra puede ser mi casa, puede ser el Santuario, puede ser Yerushaláyim; puede ser también el espacio en el que vivo con el otro. Sulam, la escalera […]: no como acrónimo, no; su valor numérico es el de Sinaí, es la Torá. Y [sulam] tiene el valor numérico de mamón. ¿Mamón? ¿Qué es eso? ¿Dinero?

¿Cuál es la diferencia entre késef y mamón? Késef viene del verbo kasof, aspirar, anhelar. Mamón es lo que se te ha asignado, un presupuesto fijo. Por mucho que tengas dinero, lo que es verdaderamente tu dinero es lo que pasó por tus manos y lo que invertiste. ¡Mimún, financiación! Financiaste, ayudaste, diste: eso es lo que te queda entre las manos. Y eso es lo que construye tu sulam, tu propia escalera. Porque Yaakov, cuya belleza era la de Adam harishón, es el retrato de Adam harishón; y Adam harishón: su cabeza iba de un extremo del universo al otro. Cubría, pues, todo el espacio; y, en el tiempo, se extendía de la tierra al cielo.

Entonces: vayajalom vehiné sulam, «soñó, y he aquí una escalera». En efecto, así es Yaakov; esa es la vocación de sus descendientes, de su pueblo, de todo aquel que se reconoce en Yaakov. Y son los malajé Elokim olim veyordim bo, «los ángeles de Elokim que suben y bajan por ella». ¿Quiénes son esos malajé Elokim? Siempre se habla de ángeles, siempre se habla de ángeles. Pues bien, cuando se consulta a los comentaristas, hay enfoques diferentes. […] Porque malaj es el masculino de melajá. La melajá me permite realizar una obra de arte.

Entre melajá y avodá: melajá es la obra que realizo; avodá es el trabajo que requiere, toda la técnica que empleo. Entonces, el malaj es […]; pero a veces eso no basta, no basta, porque […] —osé malajav rujot, mesharetav esh lohet, «hace de los vientos Sus mensajeros, del fuego llameante Sus servidores»—, porque las tempestades, los vientos, los fuegos, todo lo que agita el mundo, son malajim. La naturaleza, las leyes de la naturaleza, son malajim. Todo lo que hace que el mundo cambie a mi alrededor cuando yo quisiera vivir en una burbuja: todo eso son malajim. Pero a lo que aspiro es a que esos malajim estén ante todo alineados con una escala de valores que yo haya fijado.

Tener una escala de valores en la vida es esencial. Antes de emprender, de hacer algo, de realizar algo, hay que tener los criterios. Y así, Yaakov es consciente de que en la vida hace falta un sulam. Hace falta una escala de valores, hacen falta criterios. Roshó maguía hashamáyma, «su cabeza llegaba al cielo»: ¿hay un punto en el cielo? No. Roshó maguía hashamáyma: lo esencial es que esté lanzada en vertical; lo esencial es que esté en una espiral de vida, primero ascendente y luego descendente; es decir, que los criterios por los que hemos optado, los vamos a realizar aquí abajo. Esos son, pues, los objetivos que Yaakov Avinu nos propone cuando deja la casa de sus padres.

Sí: los malajé Elokim no son los malajé Hashem. Los malajé Elokim son el mundo de la naturaleza, son los velos de la naturaleza. Forman parte de las leyes de la causalidad, pero son malajim, porque, en la medida en que un objeto me evoca el recuerdo de un ser querido, ese objeto tiene un sentido, un movimiento; está ahí, me lo recuerda, ¿no es así? Es, en cierta medida, mi malaj. Es porque hay valores; me recuerda […]. Y cuando soy consciente de esto —vehiné Hashem nitzav alav, «y he aquí que Hashem estaba de pie sobre él»—, en ese momento aprendo a ir más allá de esos malajé Elokim y a comunicarme, a tomar conciencia de la presencia de una providencia que, ella sí, desafía las leyes de la naturaleza, y que hace que me instale en un mundo de milagros permanentes, porque considero que cada ocasión que Él me da de vivir es un milagro en sí misma.

Y es una posibilidad rica en cosas que podría realizar y hacer. […] En ese momento, lo que se vuelve fijo, lo que se vuelve estable, es el milagro permanente en el que vivo, en el que me muevo, porque he decidido no dejarme encerrar en las leyes de la naturaleza. Y cuando aprendo a subir y a alcanzar a Hashem —Hashem nitzav alav—, es decir, la fuente misma de la vida, de la existencia, entonces el mundo se vuelve un telón de fondo. Es el texto el que lo dice; no salgo del campo del texto: vehiné Hashem nitzav alav vayómar, «y he aquí que Hashem estaba de pie sobre él, y dijo» […]. Se descubre otro lenguaje, se descubre otro lenguaje.

Cuando se realiza esta ascensión de abajo hacia arriba, del mundo de Asiyá, el mundo de la acción, al del origen del pensamiento […] —Aní Hashem, Elokei Avraham avija veElokei Itzjak, «Yo soy Hashem, el D-os de Avraham tu padre y el D-os de Itzjak»—, entonces uno no puede dejar de vincularse a las almas. Me vinculo a los Avot, los patriarcas, […] a mis padres, a mis abuelos, a mis antepasados. Elokei Avraham avija veElokei Itzjak: el D-os de Avraham tu padre, el D-os de Itzjak. Y se ha hecho notar que solo para Avraham se dice «tu padre». ¿Por qué? Porque Avraham fue el primer iniciador […]. En general, no nos remontamos más que a tres generaciones.

No hace falta decir: somos los descendientes de fulano, y de fulano, y de fulano; somos los descendientes de los Avot. Y somos los descendientes de nuestros padres, de nuestros abuelos, a quienes conocimos o a quienes, por desgracia, no conocimos; pero su historia, nosotros la continuamos. Y también […]: es cierto que Avraham accedió a una espiritualidad sin límite. Y eso es un har, una montaña. Itzjak también, en otro sentido, salvo que Avraham era el motor. Cuando vimos la vida de Avraham, ya saben, es una vida de acción. Desplegó toda su energía, todos sus […]. Itzjak es capaz de ofrecerse sobre el altar de D-os, pero permanece pasivo en todo lo que hace.

Pertenece a la midat hadín, el atributo del rigor; […] la regla, la ley. La padeció de algún modo, pero la dedicó a su Creador. Está muy bien. Pero eso es lo que se llama sadé, un campo. Un campo, sí: si lo abandonas, queda en barbecho y se llena de espinas; pero cuando lo trabajas, puedes, en efecto, extraer de él una cosecha abundante: mital hashamáyim umishmané haárets, «del rocío del cielo y de la grosura de la tierra». Pero, por desgracia, lo que Avraham construyó, edificó, y lo que Itzjak también realizó… el primero lo destruyó Ishmael —sí, el primer Templo—, ¿y qué se dijo de él? Al har Tzión sheshamem, shualim hiljú vo, «sobre el monte Sion, que está desolado, merodean los zorros»: se había convertido en pastizal de zorros.

El segundo Templo fue destruido por Esav. ¿Cómo se lo describe? Tzión sadé tejaresh, «Sion será arada como un campo». Sion es como un campo que ha sido arado […]. Yaakov, en cambio, hizo habitable este mundo: es él. Por él [vendrá] el Beit haMikdash hashlishí, el tercer Templo, puesto que mitató shelemá, su lecho era completo: no hay Ishmael ni hay Esav en la descendencia de Yaakov. Así que es él quien construirá […]: Beit El, que será en efecto la casa de D-os, y eso es para ad, para la eternidad. Eso es, pues, lo que recuerdan las palabras Elokei Avraham avija veElokei Itzjak, y luego haárets ashér atá shojev aleha, «la tierra sobre la que estás acostado». Porque todo esto solo puede realizarse, en efecto, en esta tierra, que es la muestra del jardín del Edén, donde el hombre debería recuperar su verdadera dimensión de Adam, […] y donde puedes, en efecto, repensar tu función en el mundo, tu misión en el mundo, y podrás hacerlo. Y nuestros Sabios dicen que [D-os] plegó toda la tierra de Israel [bajo él]: tomó su dimensión. Y hoy vivimos un poco esa dimensión: nuestro cuerpo toma de la tierra de Israel esas vibraciones que en un tiempo no eran más que un sueño, pero que hoy se viven intensamente en la conciencia de las personas, como si la tierra hubiera sido depositada [bajo él], toda plegada.

Ahora bien, sabemos que este lugar es la Even Shetiyá, su ombligo, su […], la piedra fundamental del universo entero; desde allí se extendió y se reprodujo el mundo entero. Y del mismo modo —lejá etnená ulezarajá, «a ti te la daré y a tu descendencia», vehayá zarajá kaafar haárets, «y tu descendencia será como el polvo de la tierra»—, serán como esta tierra, con su […], con sus propiedades, con sus particularidades. Porque no olvidemos que la virtud de esta tierra, y toda la riqueza de esta tierra, como hemos dicho, es que es la que transforma la sangre en leche, y la que extrae la miel de la abeja, es decir, lo puro de lo impuro. Es lo que hace la vida […]. Es allí donde el pueblo de Israel encontrará su inspiración, porque en jutz laárets (fuera de la Tierra) solo se puede soñar: soñar con Israel, en la plegaria. Todo lo que podemos hacer en jutz laárets es hacer que otros se beneficien. Los dejamos, los abandonamos; nos vemos llevados a entregarlos a otras culturas, a otras […].

Pero lo bueno, lo que el hombre espera, es poder compartir por propia voluntad lo que tiene, lo que ha realizado por sí mismo, sin tener que recurrir a cada momento a fuerzas asimiladas a una avodá zará, un culto extraño, porque estamos obligados a tener en cuenta la cultura en la que nos movemos. Es en la tierra de Israel donde el pueblo judío puede realizar su propia dimensión. Y desde allí puede desplegarse y hacer realidad venivrejú vejá kol mishpejot haadamá, «y por ti serán benditas todas las familias de la tierra». Y D-os le dice: si ese es tu objetivo —vehiné anojí imaj ushmartija, «he aquí que Yo estoy contigo y te guardaré»—, estaré contigo, te protegeré, te ayudaré.

Nosotros somos hoy testigos de esa asistencia divina. Hay muchas cosas que, sin ella, no comprendemos en absoluto. […] Ki lo eezovjá ad ashér, «porque no te abandonaré hasta que…»: porque, del mismo modo que tú te comprometes conmigo, Yo me comprometo contigo. Estamos en un berit, en una alianza, en la que, en efecto, nuestras dos manos […]. Te he elegido para cumplir esta misión; debemos colaborar juntos. Y entonces Yaakov se despierta: vayikats Yaakov mishnató, «Yaakov despertó de su sueño». Al tikrí mishnató ela mimishnató: no leas «de su sueño», sino «de su estudio». Eso es lo que maduró en él durante todo su sueño; eso es lo que lo ocupó durante toda su noche. Y así es como concibe ahora esta salida hacia Jarán. Ya dijimos la vez pasada lo que se dice de Jarán. Pero él dice: ajén yesh Hashem bamakom hazé, «ciertamente Hashem está en este lugar».

Y debemos llegar a darnos cuenta de que en todo tiempo y en todo lugar —puesto que Él es mekomó shel olam, «el Lugar del mundo»— el Eterno está verdaderamente presente en todas partes del mundo. ¿No lo sabía él? Pero de algún modo tenemos esa nostalgia de la casa de los padres, de lo que fuimos. En cada lugar en el que vivimos, hemos cambiado. Las condiciones no son las mismas. Los tiempos no son los mismos. Las fuerzas no son las mismas. […] Yesh, «hay», quiere decir que Él está presente. Está presente todo el tiempo. En este sentido […] Miriam vela por su hermano y no duerme, y los hijos de Israel se mantienen al pie de la montaña.

Cuando deben cruzar el mar Rojo […]: «Manténganse firmes, quédense»: se despierta el socorro divino […]. Ajén yesh Hashem bamakom hazé veanojí lo yadati, «ciertamente Hashem está en este lugar, y yo no lo sabía». Vayirá vayómar ma norá hamakom hazé, «tuvo miedo y dijo: ¡qué temible es este lugar!». […] este lugar, el lugar del porvenir […] el Arca santa […]. Nuestros comentaristas quieren que notemos: ein zé ki im beit Elokim vezé sháar hashamáyim, «esto no es otra cosa que la casa de D-os, y esta es la puerta del cielo». Hay aquí dos cosas. Esto es el bayit, la casa que se construye. Y Yaakov conoce también esa interioridad —sháar hashamáyim, la puerta del cielo— en la que el hombre se juzga. Uno no puede no juzgarse. Somos vulnerables, somos frágiles; y por eso, además, Yaakov sintió la necesidad de hacer un voto, aunque D-os acababa de declararle: Yo estoy contigo, te protegeré; no hay que tener miedo del exilio. Puedes realizar cosas; puedes llevar a todo Israel contigo y traerlo de vuelta contigo.

Está muy bien. Puedes cumplir una misión en el exilio, y D-os la aprueba. Este tiempo de la noche es indispensable para el hombre para avanzar en la vida. Está Avraham, que descendió a Egipto. Está Itzjak, a quien se le prohibió salir de las fronteras de la tierra de Israel. Está Yaakov: está en Jarán, pero está también en Mitzráyim, en Egipto. Y así, los Avot vivieron este exilio, pero en un sentido […]. Así pues, son las piedras dispersas, es este pueblo fragmentado y diseminado por todo el mundo. Se hizo de ellas una sola even, una sola piedra; se convierten en las piedras del pectoral que llevaba el Cohen Gadol, el Sumo Sacerdote: las piedras preciosas, que allí también estaban reunidas en una sola pieza.

Se convirtió en una sola pieza. Lo que retenemos en realidad del recorrido de una vida es lo que queda, lo que es inmutable, lo que no se mueve, lo que uno deja, lo que lega tarde o temprano: la piedra que se les da a otros para que sigan construyendo el mismo edificio con el que uno soñó. Entonces, vayikrá et shem hamakom hahú Beit El, «llamó el nombre de aquel lugar Beit El», la casa de D-os, veulam Luz shem hair larishoná, «pero Luz era antes el nombre de la ciudad». Antes no se llamaba Beit El; se llamaba Luz. Entonces, ¿qué es luz? Luz, muy bien. En árabe, son las almendras. […] Y el luz es ese pequeño hueso de arriba […], que humedecemos un poco con el vino de Motzaé Shabat (la salida del Shabat), para darle un vigor tomado del último extremo del Shabat, a fin de que nos mantenga en una energía renovada para el próximo Shabat, para la próxima kedushá.

Y son kedushot, santidades, que se suman y que no se repiten. Atención: no se trata de fotocopias. Así pues, el luz —esa pequeña piedra, ese pequeño hueso, ese pequeño hilo que era insignificante— puede participar en el edificio de Beit El. […] No soy como los demás […], y a la gente no le interesa en absoluto. Algo insignificante, […] que estaba perdido; a la gente no le interesa en absoluto. Pero Yaakov es consciente: no soy como los demás. Decía hace un momento que estamos de paso; el pecado puede, en efecto, precipitarnos en el desconcierto total. Por eso lo digo. Y Yaakov dijo: venatán li léjem leejol, «y me dará pan para comer»; si D-os me asiste, me asiste aquí, es que me evita las debilidades, que me permite a veces recobrarme, recuperarme.

Venatán li léjem leejol uvéged lilbosh, «y me dará pan para comer y ropa para vestir». Pero «pan para comer y ropa para vestir»: ¿hace falta decirlo? Sabemos bien que el pan es para comer y la ropa es para vestirse. No, atención: él se remonta al pecado de Adam. Allí era el léjem, el alimento, pero no el que D-os había aprobado para el hombre; y el levush, la vestimenta, era […]: vestiduras para cubrirse con dignidad. Comer el pan con dignidad, en su kashrut; llevar la ropa con dignidad […], ¿no es así? Eso es lo que pide: quiere ser él mismo en todo. Y dice: si logro reparar ese léjem y ese béged que le faltaron a Adam harishón, estaré en paz en casa, con la casa de mi padre, si estoy en paz con la casa de mi padre. Si soy mashlim, si perfecciono esa casa de mi padre, si le doy su culminación, y el Eterno la juzga favorablemente —vehayá Hashem li leElokim, «entonces Hashem será mi D-os»—. No se trata [solo] de que el Eterno sea mi D-os. No: el criterio no es que sea yo quien determine si está bien; […] Elokim.

No, y ahí está el nombre Elokim. […] Vehaéven hazot ashér samti matzevá yihyé beit Elokim, «y esta piedra que he erigido como estela será casa de D-os» […] la piedra de […] Luz. […] Vejol ashér titén li asér aasrenu laj, «y de todo lo que me des, sin falta te daré el diezmo»: todo lo que me llegue estará en efecto consagrado a Ti. Ese será el toque final. Porque se da el diezmo: cuando se ha separado el diezmo del grano, es el diezmo que se separa el que consagra todo lo demás. Porque si tenemos nueve personas, no vamos a poder recitar el Kadish.

No vamos a poder proclamar solemnemente nuestra kedushá, nuestra santidad. Hace falta uno más. El décimo […] es el que arrastra a todo el conjunto, porque ese es el número diez, que hemos evocado en varias ocasiones. Y creo que hemos llegado al término de nuestro shiur, como hemos llegado al término de nuestro perek, nuestro capítulo. Y la semana próxima, Parashat Vayishlaj, continuaremos […]. Quedan todavía muchas enseñanzas, y volveremos a vernos. Si tienen preguntas, […].