Shavuot: el libro de Rut y el jésed

par le Rav Raphaël Benizri

Cuadernillo de estudio de esta clase

Un cuadernillo de estudio para imprimir: una pregunta por página, la respuesta del Rav, su fuente y una enseñanza para debatir en familia.

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El libro de Rut es la meguilá (rollo) que se lee en Shavuot, y es aquella cuyo vínculo con la festividad resulta menos evidente: los otros cuatro rollos se relacionan sin dificultad con el acontecimiento que acompañan; este, no. Por eso la clase busca lo que el relato de Rut ilumina de la revelación del Sinaí, partiendo de una observación del midrash: esta meguilá no contiene ni prohibido ni permitido, ni puro ni impuro, y fue escrita únicamente para enseñar la magnitud del jésed (la bondad). La pregunta que se plantea es la de la puerta: ¿cómo puede un pueblo que recibe una ley permanecer abierto a lo que le llega de fuera, y en qué condiciones esa apertura no es una disolución? El relato sirve de hilo conductor, desde la hambruna de Beit Lejem hasta el nacimiento del linaje real.

El Rav Raphaël Benizri comienza por la partida de Elimélej, hombre rico que podía alimentar a su ciudad y que prefiere establecerse en Moav, y compara esa partida con las de Avraham y Yaakov para poner de relieve qué constituye aquí la falta. De ello extrae dos enseñanzas sobre la entrega de la Torá: fue dada a una colectividad y no a individuos, y fue dada en un lugar que no pertenece a nadie, lo cual funda su universalidad.

La clase sigue luego el origen moabita de Rut hasta Lot y sus hijas, examina la exclusión de Moav y de Amón y la manera en que los sabios la limitaron al masculino, y se detiene después en Boaz, en Tamar y Péretz, y en la razón por la que Rut se lee precisamente el día de Shavuot. Las preguntas del público versan sobre Shavuot como tiempo de la entrega de la Torá, sobre qué filtra el aporte de fuera, sobre el quincuagésimo grado alcanzado por Rabí Akiva y sobre las costumbres de mesa heredadas de este libro.

Lo que enseña esta clase

Cinco rollos están repartidos a lo largo del año, y solo uno se relaciona mal con su festividad. El Cantar de los Cantares se lee en Pésaj, Kohélet en Sucot, Ester en Purim, y las Lamentaciones, compuestas por el profeta Yirmiyahu, el 9 de Av por la destrucción del Templo. En todos estos casos, la relación entre el acontecimiento y el rollo es evidente. Entre Rut y Shavuot lo es mucho menos, y eso es lo que la clase se propone desentrañar. El midrash ayuda: Rabí Zeirá dice que esta meguilá no contiene ni prohibición ni recomendación, ni pureza ni impureza, y que fue escrita únicamente para enseñar la grandeza del jésed que se desprende de ella a lo largo de todo el relato.

Paradójicamente, el libro comienza con una ausencia de bondad. «En los días en que juzgaban los jueces» designa en realidad el momento en que se juzga a los jueces. Es una época en la que cada uno hacía lo que quería, libre de someterse a una autoridad o de rechazarla; no había rey, y la sucesión del poder era disputada. Semejante deriva produce lo que siempre produce: una crisis económica, una justicia corrupta, un reparto injusto y, luego, la hambruna. Hace falta un dirigente capaz de llevar el país a buen puerto; de lo contrario, el país se derrumba desde abajo.

Elimélej era el hombre que podía alimentar a la población, y se marchó. Era tan rico que podía resistir una decena de años, y su casa era aquella donde se repartía el pan. Prefiere abandonar el país. El texto ni siquiera lo nombra de entrada: solo lo nombrará en el segundo versículo, tan a escondidas actúa, y son quienes tenían la costumbre de llamar a su puerta los que descubren que ya no hay nadie. Parte con su mujer Naomí y sus dos hijos, Majlón y Kilyón.

Tres motivos autorizan a abandonar la tierra, y ninguno lo ampara. Se puede salir para buscar esposa, para ir junto a un maestro y estudiar, o porque uno no logra ganarse el sustento. En el caso de Avraham, la partida hacia Egipto se admite, e incluso fue recompensado; en el de Yaakov, se alienta, ya que se le dice que no tema descender a Egipto, con la promesa de hacerlo subir de allí; en el de Elimélej, se sanciona. Lo que distingue estas partidas es la conciencia del ascenso y del descenso. Subir a Israel es preocuparse por la propia elevación; abandonar el país es realizar una yeridá, un descenso. Quien lo sabe hará todo lo posible por regresar: la crisis lo ha obligado, será algo temporal. De Elimélej no se dice que desciende: se instala allí definitivamente, invierte allí toda su existencia. Y el riesgo que se corre al llevar a la familia a un rincón perdido del exilio es bien conocido: los hijos toman mujeres extranjeras, la familia se desmorona, la muerte espiritual precede a la otra. Es exactamente lo que le sucede.

La Torá solo puede observarse plenamente en Israel. En otras partes no es más que un GPS: indica el camino, recuerda el orden y sirve para mantener la unidad del pueblo. Practicar los mandamientos fuera es una manera de identificarse con el propio pueblo y de comulgar con él, lo cual no es poca cosa, pero no es la observancia completa. De ahí la primera enseñanza de la clase: la Torá fue dada en el Sinaí a una colectividad, no a un individuo ni a una suma de individuos. Cada uno posee una letra, y la letra que pone en práctica se asocia a la que pone de manifiesto su vecino.

La segunda enseñanza atañe al lugar de la entrega, que es el desierto. El desierto es el lugar de la palabra, el lugar donde el ser comulga con lo absoluto. La Torá está vinculada a una tierra, pero no es producto de una tierra ni de una condición; basta con ser libre, emancipado, para acceder a ella. Ese es el principio de su universalidad: fue propuesta a las demás naciones, que no la aceptaron porque no estaban preparadas. Exige que se pase por pruebas continuas, y es allí donde se forja la identidad espiritual. El pueblo judío forjó la suya incluso en los campos.

Moav está excluido por una razón precisa, y esa razón es la negativa del pan. La Torá decreta que ningún moabita ni amonita entrará en la comunidad, mientras que no decreta nada semejante respecto del egipcio: es porque se negaron a proveer el agua y el pan que se estaba dispuesto a pagar, en la víspera misma de la entrada en la tierra prometida. He ahí el anti-jésed, el opuesto exacto de Avraham. Y cuando Moshé se presenta en el Sinaí, y los ángeles impugnan la llegada de ese hijo de hombre entre ellos, se les responde mostrándoles el rostro de Avraham: él os abrió su puerta, os sirvió, y hoy lo impugnáis; eso es ingratitud.

El sello distintivo de la Torá es el jésed. Quien no busca en ella más que la estricta justicia, la estricta norma, no ha penetrado su sentido profundo. Los sabios llegaron a decir de una norma que tal vez sea exacta, pero que no se enseña así, y el juez debe considerar cada situación sin comparar un caso con otro: cada vez cambia. Para la colectividad hace falta la medida de justicia, pero para el individuo y para la vida en comunidad hace falta la de bondad; y cuando esta falta, interviene la misericordia, que consiste en recrear a la persona.

El converso es tratado como un ser nuevo, y no como un ser reparado. La renovación no es una restauración: no se trata de hacer retoques sobre lo antiguo, sino de recrear el ser. Quien se une al pueblo judío es considerado como alguien que acaba de nacer, y esa experiencia solo podía vivirla plenamente una persona ajena al pueblo. Es Rut. Y hay que señalar que son sus nueras, princesas hijas de reyes, las que permanecen apegadas a su suegra tras la muerte de sus maridos, cosa poco común. Si Naomí mereció a Rut, es porque era dulce y agradable en su porte y en su conducta.

El origen de Rut se remonta a Lot, y a lo que Lot había conservado de Avraham. Lot siguió a Avraham por propia voluntad, luego se desvió y optó por Sodoma, donde se vivía bien, donde había una justicia establecida pero donde no se conocían ni actos de caridad ni actos de bondad: cada uno debía arreglárselas solo; esa era la ley. Lot, en cambio, había heredado la medida de la bondad, y por eso acogió a los mensajeros venidos a anunciar la destrucción, lo cual soliviantó a la población. Por lo demás, se había quedado a la entrada de la ciudad y no en su interior; aun así, uno se deja arrastrar por el entorno, y ofrece sus hijas a la multitud.

Las hijas de Lot llevan la bondad más allá de su límite, y la intención no se pierde. Se creen solas en el mundo, sin hombre que las conozca, y quieren fundar una familia: de su unión con su padre nacen Moav y Amón. Un jésed sin límite se convierte en un acto abominable, pues la bondad debe tener fronteras. Pero la intención perduró; se sumergió en las generaciones y, de filtrado en filtrado, se encuentra en Amón y Moav algo de sus antepasados. Ese es el sentido de «los actos de los padres son una señal para los hijos»: lo que hacen los padres determina la conducta de los hijos, y marcamos a nuestra descendencia, incluso con lo que nos permitimos a escondidas. Pero ningún acto bueno en sí se pierde por completo: acaba encontrando dónde injertarse.

Los sabios restringieron la prohibición al masculino. Decretan que se trata del amonita y del moabita, no de la amonita ni de la moabita: el hombre no podrá entrar en la comunidad de Israel, pero a la mujer se le puede abrir la puerta. ¿Cómo se lo permitieron? El precedente es el del mamzer (hijo de una unión prohibida), a quien el acceso le está vedado para siempre y que no puede fundar una familia según las reglas: también allí los sabios abrieron una puerta de purificación, un filtrado, una vez que el origen se ha disipado y ya no se remonta a los comienzos para verificar la duda. El segundo mensaje que la Torá transmite a través de Rut es, pues, esta apertura al mundo de la bondad. Y cabe señalar que siempre es lo femenino lo que orienta esta historia: Sará, Rivká, Rajel, Lea, las parteras en Egipto.

Boaz lleva la audacia en su nombre, y elige el espíritu de la ley. No es alguien que se aferre como un cordero a la letra. Rut sabía de antemano que no sería admitida, y hay que medir el sacrificio que representa para ella su entrada en el campo, y el tiempo que necesita antes de acceder a él. Boaz es un hombre respetable, y su pregunta, «¿de quién es esta joven?», abre la brecha. Es descendiente de Péretz, hijo de Tamar, quien se había abierto paso por la fuerza en la familia de Yehudá. En aquella época la familia era sagrada, y la unión dentro de la familia debía asegurar un nombre a quien moría sin hijos, sirviendo la propiedad como medio de adquisición de la viuda. Tras dos fracasos, Yehudá se niega a darle a su tercer hijo, pues la considera devoradora de hombres. Ella está tan apegada a esa familia que se disfraza para unirse a él, y de ahí nace Péretz. Yehudá reconoce que ella tenía razón y que su intención era pura: de un nacimiento irregular, el niño recupera poco a poco su lugar, y ese lugar es el del linaje mesiánico.

Es la meta lo que lo determina todo, y la última palabra del Tanaj es una palabra de ascenso. El texto se cierra con «que suba»: cuando se ha terminado el Tanaj, todavía hay que emprender una ascensión del ser, y así se entra en el mundo de lo infinito. Una Torá sin dimensión mesiánica, sin dimensión nacional, sin dimensión social, sin dimensión universal no tiene razón de ser. Si el Templo fue destruido, es porque se empeñaron en tomar la Torá solo en su sentido restrictivo, y no en su sentido más amplio, el de la Torá de la bondad. Y el quincuagésimo grado corresponde precisamente a quien viene de fuera. Moshé, que recibió la Torá, solo alcanzó los cuarenta y nueve grados; Rabí Akiva alcanzó el quincuagésimo, hasta el punto de que Moshé, al oír su enseñanza sobre las coronas de las letras, ya no comprende nada. La razón es que Akiva era hijo de conversos, venido de un mundo extranjero: la quincuagésima dimensión es la de la universalidad, y sin esta dimensión del mundo exterior no hay mesianismo posible. Lo que el pueblo hizo colectivamente en el Sinaí se hace, uno por uno, en el seno de los demás pueblos.

Rut se lee en Shavuot porque es el día de David. Es su aniversario y el día de su muerte, y si los sabios, que no se interesan por los aniversarios, quisieron rendirle homenaje ese día, es porque también David se interrogó sobre su ascendencia: «me volví extraño para mis hermanos, ajeno para los hijos de mi madre». El midrash cuenta la historia de su nacimiento: la sierva que su padre quería tomar, la sustitución realizada por la esposa legítima, y el hecho de que David fue apartado porque su padre lo creía nacido de otro, hasta que Shemuel, tras descartar a los seis hijos que le presentaron, pidió que fueran a buscarlo. David pasó por los meandros de esta recreación del ser, y ella sirvió al pueblo entero, pues Israel solo es una nación por su Torá: no es una religión facultativa, es la esencia misma de su identidad.

Shavuot no tiene fecha fija, y esa imprecisión es deliberada. Shavuot es la clausura de Pésaj, como el octavo día clausura Sucot: Pésaj es el cuerpo del pueblo, amasado con la arcilla de Egipto como lo fue Adam, y Shavuot es el aliento que la Torá le insufla. Ahora bien, ese aliento no tiene término: tiene un punto de partida, no tiene punto de llegada. No se sabe si la entrega tuvo lugar el cinco, el seis o el siete, y permanecemos en la niebla, precisamente porque las palabras de la Torá deben ser cada día como recién adquiridas. De Egipto nos liberamos; de la Torá no nos liberamos jamás.

A quien pregunta quién filtrará el aporte de fuera, la respuesta es un cambio de perspectiva. La conversión depende hoy de autoridades que se disputan la exclusividad, sin que nadie pueda garantizar que un candidato no volverá a sus antiguas prácticas; la Torá, por lo demás, no nos dio las leyes de una institución de conversión, y el sacrificio que incumbía al candidato ha sido suprimido. El criterio propuesto está en otra parte: cuando Rabí Akiva dice que el amor al prójimo es un gran principio de la Torá, indica cómo juzgar a un maestro: por el amor que profesa a su prójimo, y por su voluntad de resolver los problemas del otro para acercarlo e integrarlo. El contraejemplo es el de aquella mujer que vino a convertirse en la casa de Avraham y fue rechazada: eso se volvió contra nosotros. Mientras se pueda dejar la puerta abierta, hay que mantenerla abierta. Las virtudes de los setenta pueblos, columna vertebral de la humanidad, fueron depositadas en nosotros: por eso somos el prototipo de Adam, y esa universalidad del primer hombre hay que conservarla. Esto no autoriza a decir que los demás no valen nada: en todo fruto hay una cáscara a veces gruesa, pero dentro hay un fruto que puede completar la gama de sabores. En el incienso del Templo figuraba un componente que, aislado, olía mal, y que, mezclado con los demás, intensificaba el perfume. Moshé, en cambio, había nacido de padres judíos y había crecido en el palacio; no se había codeado con todas las culturas.

Boaz no vigila a sus obreros: verifica los derechos de los pobres. Su saludo a sus empleados no es un control: los considera verdaderos socios y los respeta, y si viene a velar por sus tierras es para asegurarse de que las leyes de la espigadura, de la gavilla olvidada y del rincón dejado a los pobres se observen escrupulosamente. Por eso ordena que se finja olvidar gavillas y que se dejen caer para que puedan ser recogidas. Y cuando da a Rut seis espigas, no es una limosna irrisoria: ella dejó su rango real para venir a espigar, y tendrá un descendiente mesiánico que se distinguirá por seis atributos, que los sabios enumeraron.

Transcripción completa de la clase

En el Tanaj hay en total cinco rollos, cinco meguilot, repartidos entre distintos acontecimientos del año. El Cantar de los Cantares, Shir haShirim, lo leemos en Pésaj. En Shavuot leemos Rut. En Sucot leemos Kohélet. Purim tiene la Meguilá de Ester. Y Eijá corresponde a Tishá beAv: el profeta Yirmiyahu compuso, en efecto, una elegía por la destrucción del Templo. Ahora bien, mientras que en las demás meguilot la relación entre el acontecimiento y la meguilá es evidente, el vínculo entre el libro de Rut y Shavuot es algo —digamos— dispar. Pero vamos a intentar juntos extraer ciertos puntos de Rut, y veremos cómo, efectivamente, el relato de Rut arroja una luz importante sobre la revelación de la Torá en el monte Sinaí.

¿Perdón? Todo el mundo oye, ¿verdad? El micrófono está aquí; por mi lado está libre. —Le oímos, le oímos. —En el Midrash Rabá, Rabí Zeirá dijo que esta meguilá no contiene ni prohibición ni recomendación: ni cosas prohibidas ni cosas permitidas, ni impureza ni pureza. ¿Para qué, entonces, fue escrita por el profeta Shemuel? Únicamente por la midá de la bondad que se desprende a lo largo de todo este relato. Y, sin embargo, paradójicamente, el relato de Rut comienza con una ausencia de bondad. «En los días en que juzgaban los jueces», se traduce; pero en realidad es el momento en que se juzga a los jueces. Esto no guarda relación alguna con el acontecimiento del día, pero aquella época de los jueces se caracteriza por el hecho de que cada uno hacía lo que quería.

Cada cual era libre de tomar las decisiones que quisiera, de someterse a una autoridad o de rechazarla; no había rey en Israel, y la sucesión del poder fue muy difícil, muy disputada en el seno del pueblo, y en ese momento hubo efectivamente una deriva. […] Digamos que la deriva era tal que Elimélej, durante una crisis económica… Y, desde luego, siempre hay crisis económicas en un país que carece de un dirigente capaz de llevarlo a buen puerto, y sobre todo cuando la justicia está corrompida, pues entonces no hay un reparto equitativo en el seno de la sociedad.

Hay hambruna en el país. Y él era un hombre bien situado. […] La suya era la casa donde se podía repartir el pan, porque era un hombre rico que podía alimentar a la población durante una decena de años; y él prefiere abandonar el país, aprovechando la hambruna que se abatió, para ir a los campos de Moav. Y este hombre, al principio, actúa tan a escondidas que el texto no lo nombra; solo lo nombrará en el segundo versículo, porque la gente que tenía la costumbre de llamar a su puerta y pedirle ayuda no lo encuentra: ¿qué ha pasado? Elimélej ha abandonado el país con sus hijos, sus dos hijos Majlón y Kilyón, y con su mujer Naomí. Y en efecto surge la pregunta: ¿por qué abandonó el país? Sin duda sabéis que hay tres cosas por las que se puede abandonar el país —hablo de la tierra de Israel—: para buscar esposa; para ir junto a un maestro y estudiar Torá; y hay una tercera posibilidad: si uno no logra ganarse el sustento. Si no se consigue ganar el pan, entonces se abandona el país.

Eso está permitido, y hemos visto que, en el caso de Avraham, abandonar el país fue una prueba que incluso fue recompensada. Porque Avraham fue a la tierra prometida por orden de D-os, y he aquí: «Y hubo hambre en la tierra, y descendió Avram a Egipto para morar allí, porque el hambre era grave en la tierra» (Bereshit 12:10): no había qué comer. Esto sucede también: hay diez hambrunas que están, paradójicamente, programadas. Y hay una crisis económica que nos espera en la víspera del advenimiento mesiánico. No sé si ya ha comenzado o si todavía no, pero en todo caso está programada. La cuestión es que, en el caso de Avraham, se admite que abandone el país para ir a Egipto. En el de Yaakov, incluso se alienta, puesto que D-os mismo dice a Yaakov: «No temas descender a Egipto… y Yo también te haré subir de allí» (Bereshit 46:3-4). En el de Elimélej, se sanciona. Tanto se sanciona que, en efecto —ese es el riesgo que se corre al llevar a la familia a un rincón perdido del exilio—, al final no solo nos espera la muerte espiritual, sino que después la educación de los hijos es tal que van a buscarse mujeres, mujeres extranjeras; la familia se desmorona, degenera. Y eso es lo que ocurre con Elimélej: no queda nada de él.

Pero ¿en qué es esto diferente de Avraham y de Yaakov, por ejemplo, puesto que son situaciones que conocemos? Sencillamente porque hay un término que expresa el ir hacia la tierra y el abandonar la tierra. O bien se hace aliyá, es decir, la propia elevación —subir a Israel es preocuparse por la propia elevación espiritual—, o bien se abandona Israel, lo cual es hacer caso omiso de esa elevación y operar un fenómeno de yeridá, de descenso. Entonces, cuando no hay justificación, y cuando uno se va a otro país sin considerar la aliyá o la yeridá… Aliyá quiere decir esto: si soy consciente de que ir a Israel es una aliyá y de que abandonarla es una yeridá, haré a toda costa…

… después el esfuerzo por volver al lugar que dejé: fue la crisis la que me obligó, será algo temporal, y un día u otro volveré. Pero si no es «descendió», si simplemente viajo, me traslado, no digo «desciendo» […], entonces me dirijo hacia otros horizontes, y no se sabe si un día u otro volveré; y ahí está todo el problema. De Elimélej no se dice «descendió»; de Avraham, sí: él es consciente de su descenso. Por lo tanto, un día u otro volverá. ¿Elimélej? No: «llegaron a los campos de Moav» (Rut 1:2). Él se instala allí definitivamente: «y estuvieron allí». Toda su existencia la invirtieron allí. Y eso es una falta.

¿Sabéis por qué es una falta? Porque la Torá misma —todos los mandamientos de la Torá— solo tienen su pleno sentido en Israel. La Torá solo está completa en su observancia, y solo tiene sentido en su observancia, en Israel. En otras partes […] no es más que un GPS, un Waze: nos indica el camino, nos recuerda el orden, y estamos allí para mantener la unidad del pueblo judío. Practicamos todas las mitzvot (mandamientos) de la Torá porque esa es mi manera de identificarme con mi pueblo; es la manera de comulgar con mi pueblo. Así pues, en el caso de Elimélej, la deserción de Beit Lejem de Yehudá se considera una falta, y tiene las consecuencias que conocemos. Esa es la primera enseñanza: la Torá fue dada en el Sinaí a una colectividad, no a un individuo, no a individuos, ¿no es así? Solo se puede observar la Torá comunitariamente, en conjunto. Y cada uno, al observar lo que observa… la letra que posee en la Torá se asocia, en efecto, a la que el otro pone de manifiesto, a la mitzvá que el otro pone en práctica, y así sucesivamente. Ahora bien, hay un segundo sentido. El segundo sentido importante es que la Torá fue dada en un dominio […]: en el midbar, el desierto, como ya hemos visto.

Es el lugar de la palabra, el lugar de la dirección; es el lugar donde el Principito busca ser domesticado o domesticar; es el lugar de la comunión del ser con lo absoluto. Y la Torá, aunque esté vinculada a una tierra, no es el producto de la tierra, no es el producto de una condición. Hace falta un mínimo: ser libre, estar emancipado, para acceder a la enseñanza de la Torá, y ese es en realidad el principio de la universalidad de la Torá. La Torá —desde luego, «que nos eligió de entre todos los pueblos»— fue, sin embargo, propuesta a todas las demás naciones, no solo al pueblo de Israel; las demás naciones no la aceptaron porque no estaban suficientemente preparadas. Y la Torá exige que se pase por yisurim, por pruebas continuas; es entonces cuando se forja la identidad espiritual del ser. Y el pueblo judío forjó esa identidad espiritual, desgraciadamente, en los campos de trabajo, en los campos de la muerte; y quienes lograron superar esa fragua, salir de esos campos, fueron dignos de una revelación extraordinaria, una revelación que nadie niega en absoluto, tan evidente fue: es un pueblo entero el que recibió la Torá en el monte Sinaí. La Torá vino a la medida de cada uno, y cada uno percibió la Torá según sus capacidades. Pues bien, en Moav hay algo particular. Moav, como sabéis, es el pueblo que —al igual que el mamzer, el hijo adulterino— «No entrará el amonita ni el moabita en la congregación del Eterno» (Devarim 23:4): la Torá decretó que ningún natural de Moav ni de Amón puede ser admitido en la comunidad judía, hasta la décima generación.

Respecto de los egipcios, la Torá no decretó nada semejante. ¿Por qué? ¿Cuál es la razón que da la Torá? «Porque no os salieron al encuentro con pan y con agua en el camino, cuando salíais de Egipto» (Devarim 23:5): se negaron a serviros agua y pan que estabais dispuestos a pagar, y eso en la víspera de vuestra entrada en la tierra prometida; ya querían cerraros el paso. Pues bien, por esta razón —este anti-jésed, lo contrario, lo opuesto de Avraham—. Sabéis muy bien que Avraham es jésed, es decir, el amor. Y cuando Moshé se presentó en el monte Sinaí para recibir la Torá, todos los ángeles empezaron a protestar […]: ¿qué hace él aquí? «¿Qué hace un nacido de mujer entre nosotros?» (Shabat 88b): este hijo de hombre entre nosotros.

Y la respuesta: el Santo, bendito sea, revistió a Moshé con el semblante de Avraham, y les dijo: ¿Cómo podéis rechazarlo? Él os abrió su puerta cuando estabais disfrazados de árabes, os sirvió, comisteis en su casa, ¡y hoy lo impugnáis! Eso es mostrar ingratitud hacia este hombre. Es decir, el sello distintivo de la Torá es ante todo el jésed. O mejor dicho: «la Torá de la bondad está en su lengua» (Mishlé 31:26). Quien no busca en la Torá más que […] la estricta justicia, la estricta halajá, no ha penetrado todo el sentido profundo de la Torá. Y por eso nuestros sabios llegaron incluso a decir: «Es la halajá, pero no se enseña así»: sí, puede ser la norma, pero no se enseña de ese modo. ¿Por qué? Porque «el juez no tiene sino lo que ven sus ojos» (Bava Batrá 131a): el dayán (juez) debe considerar también cada situación y no comparar un hecho con otro. Cada vez cambia, y hay que tenerlo en cuenta. Lo importante es el jésed. Porque la Torá es midat hadín, la medida de la justicia: es cierto. Para la colectividad hace falta la midat hadín. Pero para el individuo, para la vida en comunidad, hace falta la midat hajésed; y por eso, cuando la midat hajésed falta, interviene la midat harajamim. ¿Qué es la midat harajamim? La palabra rajamim viene de […]: pues bien, hay que rehacer, hay que recrear a la persona, hay que recrear a la persona. Y eso es lo que se dijo a la salida de Egipto.

«Este mes será para vosotros cabeza de los meses» (Shemot 12:2): es el primero, es rosh; pero ¿por qué esta repetición de rosh? […] porque verdaderamente tiene que haber una recreación del ser. La renovación no consiste simplemente en hacer shiputzim, reformas, sobre lo antiguo —restaurar, restaurar, restaurar—, sino en recrear el ser. Y por eso el guer, el converso que ha aceptado integrarse en el pueblo judío, es considerado como un ser recién nacido. Se ha recreado: esa noción de hitjadshut, de renovación, que hace que el ser sea un ser totalmente nuevo. Solo podía vivirla realmente una persona ajena al pueblo judío: la persona de Rut. Y Rut es la imagen de […]: es la madre de la realeza, de la realeza mesiánica; es David quien desciende de Rut […]. Pero ¿cuáles son sus orígenes? Los hijos de Naomí toman mujeres moabitas, Rut y Orpá; y paradójicamente, incluso cuando mueren los hijos, estas dos mujeres permanecen apegadas a su suegra.

Es raro encontrar nueras tan apegadas a su suegra, siendo ellas princesas. Eran princesas, hijas de los reyes de Moav […]; ¿y cómo, a fin de cuentas, iba uno a reconciliarse con esta situación, en la que encontramos a Naomí al borde del abismo, abandonada y sola? Y ella lo asume; y no solo lo asume: Naomí es consciente del descenso de la tierra de Israel hacia el exilio, y considera que ahora es su deber regresar a su cuna, reencontrar su tierra, allí donde la espiritualidad es mucho más densa y su identidad está entera. Ahora bien, sabemos que Naomí mereció a esta Rut porque sus caminos eran agradables: era muy dulce, muy agradable en su porte, en su conducta, en su comportamiento. Y Rut, ella, es moabita; ¿de dónde viene?

Viene… sus orígenes se remontan a Lot. Lot, que siguió a Avraham en sus peregrinaciones por propia voluntad, y que después se desvió y optó por Sodoma, porque en Sodoma se vivía bien. Y en Sodoma reinaba una justicia establecida: no se conocían los actos de caridad ni los actos de bondad. La gente tenía que salir adelante por sí misma —«con el sudor de tu frente comerás el pan»—: esa era la ley. Las hijas de Lot iban a ser, en efecto, entregadas como pasto a la población de Sodoma, para decirles: ¿por qué os manifestáis? ¿Por qué protestáis contra la presencia de estos malajim, estos ángeles, venidos a anunciar la destrucción de Sodoma y a quienes Lot había acogido? Porque él había heredado esa cualidad de Avraham. Y por eso se había quedado, ya en Sodoma, no en el interior de la ciudad de Sodoma, sino a la entrada de la ciudad de Sodoma. Aun así, uno se deja arrastrar por el entorno.

Mirad: «He aquí que tengo dos hijas… os las sacaré, y haced con ellas como bien os parezca» (Bereshit 19:8). Cuando estas dos jóvenes se encuentran con su padre, dicen: estamos ahora en una pequeña ciudad; «y no hay hombre en la tierra que venga a nosotras» (Bereshit 19:31): no hay ningún hombre que pueda conocernos, y queremos fundar una familia. Queremos casarnos, queremos fundar una familia. ¿Qué hacen? Toman a su padre —conocemos la historia—, y de la unión de la mayor con su padre la primera noche nace Moav; de la unión de la menor con su padre la segunda noche nace Amón. Ahora bien, este es un jésed que es zimá, un jésed que es un acto abominable, porque el jésed debe tener límites, es cierto; de lo contrario es zimá, depravación. Eso es lo que sucede con las hijas de Lot. Pero la intención […] queda sumergida, sumergida de tal manera que ahora, de filtrado en filtrado a través de las generaciones, encontramos, ¿no es así?, un Amón y un Moav que deben mucho a sus antepasados. Porque así es como hay que entender maasé avot simán labanim.

¿Qué quiere decir maasé avot simán labanim? Se suele traducir: lo que hacen los padres se encuentra de algún modo en los hijos, ¿no? Pues bien, es avot: lo que hacen los padres determina la conducta y el comportamiento de los hijos. Somos responsables de nuestros hijos, y por ello, lo que hemos admitido, lo que nos hemos permitido, incluso subrepticiamente, a escondidas, etcétera, eso marcará de algún modo a nuestra descendencia […]. Pero atención: jamás un acto bueno en sí se pierde por completo, y acabará encontrando su injerto un día u otro. Es el caso de Rut; Rut, que es la antepasada de David, y en cierto modo una renovación: el fenómeno de conversión que el pueblo judío vivió en el monte Sinaí, y que abrió el camino a todo voluntario que quisiera unirse a las filas del pueblo judío, incluso a aquel a quien se le hubiera prohibido totalmente el acceso […]; se encontrará la manera de integrarlo. Y nuestros sabios decretarán: «Un amonita, pero no una amonita; un moabita, pero no una moabita» (Yevamot 76b). Se trata del hombre y no de la mujer; por consiguiente, el hombre no podrá entrar en la comunidad de Israel, pero al femenino, sí, se le puede abrir la puerta. ¿Cómo se lo permitieron nuestros sabios?

Porque antes se trata de «No entrará el mamzer en la congregación del Eterno» (Devarim 23:3), para siempre. El mamzer, el hijo adulterino: la Torá le prohibió el acceso al pueblo judío para siempre. Puede ser un talmid jajam, un erudito de la Torá, pero no tiene […] la mitzvá de «creced y multiplicaos»: no puede cumplirla, es decir, unirse a una judía y fundar una familia, etcétera, según las reglas. No, no puede hacerlo. Y, sin embargo, nuestros sabios abrieron la puerta y dijeron: «Los mamzerim están destinados a ser purificados» (Kidushín 72b). También para los mamzerim hay una salida, una puerta de emergencia: una purificación; es posible un filtrado, sobre todo una vez que la familia nitmeá, una vez que se ha diluido, sumergido, disipado, etcétera.

No nos ponemos a remontar hasta los orígenes para ver si hubo o no […] una duda sobre una relación incestuosa en el origen del nacimiento de este niño. Así pues, una vez más, el segundo sentido que la Torá quiere transmitir a través de Rut, el mensaje que hace pasar a través de Rut, es esta apertura de la Torá al mundo del jésed. Ese es el segundo punto que encontramos en Rut. Pero atención, notemos que siempre es la presencia de lo femenino lo que orienta esta historia del pueblo [judío], ya se trate de Sará, de Rivká, de Rajel o de Lea. Y aquí también lo encontramos […] en las parteras en Egipto.

Hay muchos casos; no vamos a enumerarlos ahora. Pero aquí se trata de una extranjera total, procedente del pueblo moabita, condenado a no entrar jamás en el pueblo de Israel, y que, a pesar de todo, fuerza la puerta. ¿Y quién lo hace? Boaz. Boaz, como su nombre indica, es un nombre audaz: bo oz, «en él hay fuerza». No es alguien que, como un corderito, vaya a aferrarse a la letra de la ley, sino al espíritu de la ley, porque […]. Para Rut fue un sacrificio. Ella, que viene de Moav, sabe muy bien de antemano que no será admitida en el seno del pueblo judío. No se lo van a permitir: mirad cuánto tiempo le cuesta antes de poder entrar en la propiedad de Boaz. Y Boaz, que es un hombre respetable […], dice: «¿De quién es esta joven?» (Rut 2:5).

Ahora bien, ¿quién es Boaz? Sabéis que al final [del libro], cuando nace el hijo de Rut, fruto de la unión de Rut y Boaz, es único, ¿verdad?, el único niño al que toda la comunidad da nombre […]: Oved, ese verdadero servidor de D-os. Pues bien, ¿sabéis quién es Boaz? Boaz es descendiente de Péretz. ¿Quién es Péretz? Péretz es el hijo de Tamar. Tamar, ¿quién es Tamar? La nuera de Yehudá. Estaba casada; hubo un problema. En aquella época la familia era sagrada: cuando una mujer entraba en la familia, era para dar a la familia una dimensión más amplia y tratar, en cierto modo, de desarrollarse, de florecer dentro de esa familia. Y había un yibum —no tal como lo conocemos hoy, el levirato, sino otra cosa—: dentro de la familia se realizaba esta unión cuando uno de ellos moría; dejaba la propiedad, y la propiedad servía de medio de adquisición de la viuda que quedaba sin hijos. Había que intentar cumplir los deseos de aquel desdichado que había desaparecido sin dejar descendencia, y darle un nombre en la familia.

Pero Tamar fracasó con su primer matrimonio; el segundo matrimonio tampoco funcionó, porque el hermano no quería en modo alguno asegurar una descendencia a su hermano. En cuanto al tercer hijo, Yehudá, el padre, dice: cuidado, esta mujer es una devoradora de hombres; no voy a darle otro hijo más para que muera a su lado. Pero ella está tan apegada a la familia de Yehudá que se disfraza […] y se une a Yehudá para tener un lugar en la familia de Yehudá. También aquí Péretz nació de una relación incestuosa —Péretz, los dos niños—, y el descendiente de Péretz es Boaz. Boaz ya lleva en sí ese espíritu, puesto que Yehudá reconoció: «Ella es más justa que yo» (Bereshit 38:26): tenía razón, y su intención era una intención pura. Al principio, el niño… poco a poco recuperó su lugar en el linaje; ¡y qué lugar!: el del linaje mesiánico. Pues bien, se nos dice al final de Rut cuán importante fue el camino de Rut: su unión con Boaz abrió la vía a la descendencia mesiánica.

¿Qué significa esto? En primer lugar, es el yaad, la meta, lo que lo determina todo. Ese yaad es el fin. ¿Cuál es la última palabra del Tanaj? La última palabra del Tanaj es veyáal, «y que suba» (II Divré haYamim 36:23). Cuando se ha terminado el Tanaj, todavía hay que emprender una ascensión del ser; así es como se entra en la esfera de la Torá, en ese mundo de lo infinito. Y la Torá —sin sus dimensiones mesiánicas, como sin sus dimensiones nacionales, como sin sus dimensiones sociales, como sin su dimensión universal— no tiene razón de ser. ¿Por qué fue destruido el Templo? Porque se empeñaron en tomar la Torá únicamente en su sentido restrictivo y no en su sentido más generoso, más amplio: el de la Torá del jésed.

Así pues, la lectura de Rut habla, desde luego, de la conversión de un mundo ajeno al pueblo, que se realiza poco a poco. Lo que el pueblo judío hizo colectivamente se hace individualmente en el seno de los demás pueblos; y sabemos muy bien que sin esta dimensión del mundo exterior no hay mesianismo posible. Se dice que Moshé, que recibió la Torá, solo alcanzó los cuarenta y nueve grados, pero Rabí Akiva alcanzó el quincuagésimo grado, hasta el punto de que Moshé, cuando subió al espacio celeste y oyó a Rabí Akiva poner coronas, y explicar el sentido de cada corona sobre cada letra de la Torá, ya no comprendía nada. Sí, el quincuagésimo grado: es Rabí Akiva quien podrá alcanzarlo, porque él era ben guerim, hijo de conversos. Venía de un mundo extranjero.

Él había completado los cincuenta grados. El quincuagésimo grado es una dimensión extranjera, que es la dimensión de la universalidad, y esa es la razón […]. La elección de nuestros sabios recayó en la lectura de Rut el día de Shavuot, dado que es el aniversario del nacimiento de David y el día de la muerte de David. Pero, a decir verdad, ¿desde cuándo se interesan nuestros sabios por los aniversarios? Solo conocemos el aniversario de Moshé por la Ley oral. Pero aquí, ¿por qué, a fin de cuentas, se quiso a toda costa rendir homenaje a David el día de Shavuot? Porque David es el hombre que, también él, se planteó preguntas sobre su ascendencia. ¿Qué decía David?

«Me he vuelto extraño para mis hermanos, ajeno para los hijos de mi madre» (Tehilim 69:9). ¿Por qué? Hay un midrash al respecto. Yishai tenía seis hijos. Y tenía una sierva que era muy hermosa. Se había separado de su mujer durante tres años. Y le propuso a la sierva, si ella quería, […]; en aquella época estaba permitido tomar una segunda esposa. Y esta joven sierva fue a ver a su señora y le dijo: «Escuche, esto no puede ser así; yo no tengo intención de hacerlo; esto es lo que me propone su marido». Y la mujer le dijo: «No, escucha, adelante; de todos modos me ha abandonado, ya no espero nada de él. […] Tú te prepararás. Yo también me adornaré con mis bellos vestidos, con mis joyas. Me presentaré, y en cuanto se apaguen las luces, tú te escabulles y yo entraré». Y de esta manera la sierva cedió su lugar a la esposa legítima. Pero él pensaba que […] era con la sierva con quien tenía esta relación. Pues no: David nació de esta relación, un poco a la sombra de un pecado. Y finalmente, cuando Shemuel se presenta ante Yishai, el padre de David, este le presenta a sus seis hijos, y los seis hijos no responden a la voluntad de D-os.

Entonces [Shemuel pregunta]: «¿Son estos todos los muchachos?» (I Shemuel 16:11): ¿no hay, al fin y al cabo, otro hijo? Y él le dice: No… tengo un hijo al que he apartado un poco, porque pienso que no es mío; mi mujer lo tuvo, probablemente, con otro. Además, era rubicundo […]; no se parecía a sus hermanos. Y sus hermanos, también ellos, le confiaban las tareas más ingratas. Y cuando le dice «tráemelo», y David se presenta, [Shemuel] dice: «No, es este». Es a este a quien hay que ungir como rey. También David pasó por los meandros de esta reconversión del ser, pero ella sirvió al pueblo en su totalidad, porque, se quiera o no, como dice Rav Saadiá Gaón: «Nuestra nación no es una nación sino por sus Torot». Israel solo es una nación por su Torá.

No hay que pensar que la Torá es algo suplementario […], una religión: quien quiere aprenderla la aprende, y quien no quiere aprenderla no la aprende. No: es la esencia misma de nuestra identidad. Y por eso, ¿no es así?, Rut nos hace a todos este llamado al orden el día de Shavuot. Si tenéis preguntas, con mucho gusto. —Gracias, Rav Benizri. [Habla] Luc Reisman. Ante todo quisiera agradecerle mucho, porque esta noche ha respondido usted a todas las preguntas que me hacía desde hace bastante tiempo. Pero aun así tengo otra pequeña pregunta que quizá parezca un poco técnica. Se sale un poco del marco de la Meguilat Rut, pero concierne a Shavuot.

Pues bien: Shavuot en la Torá es la fiesta de las semanas, Shavuot, como su nombre indica. Cuando entramos en Érets Israel se convierte en Jag haKatzir, la fiesta de la siega. Pero ¿a partir de cuándo se convierte Shavuot en Zemán Matán Toratenu, el tiempo de la entrega de nuestra Torá? —La respuesta es muy sencilla. Shavuot es la clausura de la fiesta de Pésaj. Es decir, igual que en Sucot: tenéis la fiesta de Sucot, que recuerda la estancia del pueblo judío en el desierto, y luego Atzéret, la intimidad del pueblo judío con […]; Él nos dice: quedaos conmigo, permaneced conmigo; ahora que habéis traído sacrificios por todas las naciones durante la fiesta de Sucot, ahora os quiero en Mi intimidad. Y es el octavo día; aquí, la octava semana.

Es la octava semana la que comienza, contando a partir de Pésaj. Pésaj es el cuerpo del pueblo judío, amasado con la arcilla de Egipto, como lo fue Adam. Y se le insufla el espíritu divino por medio de la Torá —como fue para Adam: «y sopló en su nariz aliento de vida» (Bereshit 2:7)— en Shavuot. Ahora bien, esta nishmat jaim, este aliento de vida, no tiene un tiempo fijo; ya no está limitado en el tiempo. Tiene un punto de partida; no tiene un punto de llegada. Su punto de llegada se extiende —como os he dicho, veyáal— hasta el infinito. Estamos en esta ascensión permanente. Así que es del todo normal que para la Torá no haya un tiempo delimitado, sino más bien un tiempo de maduración en el plano del ser, de la formación del ser. Y eso es lo que hacemos durante todo el período del Ómer […]: «Y el día de las primicias, cuando ofrezcáis una ofrenda nueva al Eterno en vuestras semanas» (Bamidbar 28:26); la ofrenda es completamente nueva, jadashá; una vez más esta palabra, jadash, de renovación, porque vais a llevar este espíritu dentro de vosotros. Desde el momento en que lo lleváis, sois vosotros quienes, en suma, daréis testimonio, porque un cuerpo vive mientras tiene una neshamá, un alma.

Deja de vivir cuando la neshamá se ha ido, cuando ya no hay espíritu. En cambio, una neshamá puede vivir sin su cuerpo; no está limitada en el tiempo. Ese es el sentido de Shavuot, y por eso no se quiso limitar Shavuot como un día de la entrega de la Torá. Por lo demás, no sabemos si fue el seis, el cinco o el siete; seguimos siempre en la niebla sobre cuándo tuvo lugar la entrega de la Torá, pero es deliberado. Porque «cada día sean a tus ojos como nuevas»: las palabras de la Torá deben ser cada día como recién adquiridas. Digamos que la liberación de Egipto pudimos, en efecto, superarla; de la Torá nunca nos liberamos. —¿Rav Benizri? —Sí.

—Shalom aleijem, soy Gabriel Elarach, de Casablanca. —Gabriel, ¿cómo estás? —Gracias. Siempre es maravilloso, extraordinario escucharle; es una delicia. —¿Desde Casablanca? —Sí, Casablanca. —Muy bien. —Gracias […]. Le sigo a menudo, siempre que es posible, y siempre es un gran placer escucharle. Es curioso, porque hablaba de usted hace poco; decía que una vez, cuando usted vino, dimos precisamente una clase sobre Rut estando usted allí; pero cada vez hay algo nuevo. Solo quería preguntarle… ¿puedo? —Sí. —Tengo una pregunta sobre su enfoque. Cuando habla del aporte del universalismo, y de no contentarnos con que «fundaron sus juicios en el estricto derecho de la Torá» (Bava Metzía 30b), me cuesta entender quién va a fijar los parámetros, quién va a filtrar el aporte de la noción de cierta moral universal que integraríamos en nuestra Torá.

¿No es eso una puerta abierta a mil y una cosas, entre otras a una especie de reformismo? ¿Quién va a filtrar? ¿Quién va a detener ese aporte? Aquí uno tiene la impresión de que es D-os quien, en la sombra, va a integrar a personajes excepcionales, de acuerdo. Pero nosotros, en lo que nos concierne, ¿qué nos permitiría saber filtrar? —Bien. Hay dos aspectos en tu pregunta. Sabéis que el guiyur, la conversión, por ejemplo, depende hoy de una autoridad: todo el mundo se disputa la autoridad de convertir, y hay una institución que se disputa la exclusividad. ¿Con qué título? Esa institución que reivindica la exclusividad para verificar todos los casos, ¿está realmente segura de que el candidato no volverá a su antigua conducta, de que no retornará a sus antiguas prácticas?

¿Quién garantiza qué? En realidad, sabéis, cada rav en su ciudad… «Yiftaj en su generación es como Shemuel en su generación» (Rosh Hashaná 25b). ¿Quién es Yiftaj? Comparado con Shemuel, es un am haárets, un ignorante. Y, sin embargo, tiene esa autoridad: «en su generación, como Shemuel en su generación». Y estamos obligados a decir que el rostro de la generación […]. Y por ello ha habido, efectivamente, distintos enfoques a lo largo de la historia del pueblo judío, con altibajos. Porque la Torá, respecto del extranjero que venía a habitar en medio de nosotros, no nos dio las leyes de una institución de conversión. No las conocemos. Hay, eso sí, tres requisitos: la mikvé, la milá (circuncisión) para los hombres, etcétera; y había un korbán, un sacrificio que debía traer el candidato a la conversión.

Hoy se ha suprimido el korbán: ya no hay korbán. Y hoy es un problema, un problema en Israel, desde luego; lo sabes muy bien y estás bien situado para saberlo, porque cada comunidad tiene sus parámetros, y eso no quiere decir que esté perdida en relación con otras. No hay […] en la manera de practicar el propio judaísmo, de identificarse. Sabéis, cuando Rabí Akiva dijo: «»Amarás a tu prójimo como a ti mismo»: este es un gran principio de la Torá», ¿qué quiso decir? Si quieres juzgar a un maestro de la Torá, si quieres saber lo que es, juzga el amor que profesa a su prójimo. Si verdaderamente está animado por ese amor al prójimo, y va a buscar resolver sus problemas de la manera que sea, a fin de acercarlo, de integrarlo, de permitirle avanzar, ese es un gadol baTorá, un grande en Torá.

Pero si es una persona que, por el contrario, dictamina de tal manera que lo que sucedió […] —lo sabéis muy bien— a aquella joven que vino y quiso convertirse en la casa de Avraham y a la que se despidió […]; y, como su nombre indica, ella tenía en sí un amor, un deseo de integrarse en aquella digna familia, y se la rechazó. Eso se vuelve contra nosotros. Ahora bien, dicho esto —y esto es algo que nunca me atrevo a decir, y si lo digo hoy, no lo toméis demasiado en serio—: no estamos, a fin de cuentas, en un nivel en el que uno pueda decidir solo y pronunciarse sobre la judeidad de este o de aquel. Y mientras se pueda dejar la puerta abierta, para permitir a una persona saborear poco a poco, hay que mantenerla abierta. […] Pero hay que saber cómo abordar la discusión con nosotros. Es fácil cerrar la puerta. Esa es mi respuesta, y os aseguro que lo he discutido; pero reconozco que hay autoridades cuyos dictámenes tienen fuerza de ley respecto de mí: ¿quién soy yo? Pero a veces me duele cuando veo a ciertas personas que tropiezan con dificultades simplemente administrativas, personas animadas de buena fe, mientras que otras, porque se sirvieron de influencias por aquí y por allá, etcétera…

… logran su objetivo. Pero en realidad es como un diploma obtenido en la universidad, ¿no es así?: hoy en día eso se vende, por lo menos. Así que prefiero no entrar ahí. Es realmente demasiado […]. —[…] Gracias. Y me alegró verle, aunque sea a través de la pantalla. […] —¡Ah!, es usted muy amable. […] —¿Puedo hacerle otra pregunta, señor Benizri, o no? —Sí, si […] lo permite, con mucho gusto. […] ¿Cómo estás? —Buenas noches, muchas gracias; jódesh tov, buen mes. Señor Benizri, quería saber: yo pensaba que el quincuagésimo estadio de la sabiduría es un estadio que ni siquiera Moshé, que incluía todas las almas de Israel, pudo alcanzar, ni siquiera después de su muerte.

Era verdaderamente el estadio último que lo distinguía en el plano de la sabiduría total. ¿Cómo concilia usted, cómo encaja la historia del universalismo de Rabí Akiva con el quincuagésimo estadio, que me parece un estadio de pureza casi inaccesible en vida, hasta el punto de que Moshé, que él mismo contenía todas las almas de Israel, incluida la de Rabí Akiva, no pudo obtenerlo? —Sí: sencillamente porque Moshé nació de padres judíos. Nació de Amram y de Yojéved. Simplemente creció en el palacio egipcio. No era como […] un hombre que se hubiera codeado con todas las culturas. Ahora bien, ya os he dicho que «que nos eligió de entre todos los pueblos» significa que la virtud y la especificidad de cada pueblo las puso en nosotros: eligió los elementos de los setenta pueblos —los setenta pueblos repartidos, que son la columna vertebral de toda la humanidad— y los depositó en nosotros.

Y por eso somos Adam: somos el prototipo de Adam. Llevamos esa universalidad del primer Adam, y sería preciso que la conserváramos. Pero esto no es una manera de decir que los demás no valen nada: eso es falso. Es falso: en todo fruto hay una cáscara, a veces gruesa, pero dentro hay un fruto que se puede saborear y que podría completar la gama de sabores que ya tenemos. Y todo el mundo sabe que había un elemento del todo fétido, la jelbená, el gálbano, en la ketóret. Y la ketóret es el conjunto: todo lo que se quema y se vuelve aéreo, se vuelve humo. Pero ella, tomada por separado, olía mal, apestaba. Sin embargo, cuando se la ponía en la ketóret, en el incienso, activaba e intensificaba el perfume. Así es el hombre que […]: porque él, cuando vino con lo que traía e integró los valores de la Torá, les dio todavía mucha más consistencia; pero venía de un mundo totalmente extranjero. Y por eso digo: es siempre una recreación, una renovación; no es un shiputz, no es una reforma. […]

[…] —¿Otra pregunta, entonces? —Sí, una pequeña pregunta. Ariel Karsiente, de Jerusalén, y de Casablanca también. La Meguilat Rut, en el plano del dérej érets, la buena conducta: cuando subimos a la Torá, decimos «Hashem sea con vosotros» y «Que Hashem te bendiga» (Rut 2:4); cuando se celebra una boda, «Sea tu casa como la casa de Péretz, a quien Tamar dio a luz a Yehudá» (Rut 4:12); y antes de comenzar la ketubá, nuestros rabinos toman esto también de aquí. Recuerdo que en Casablanca —y hasta el profesor Abécassis lo decía—, cuando había sirvientes, criadas o la «muchacha», entre comillas, la que ayudaba a la madre en casa, ante todo ella comía también con nosotros. Como veo aquí en el texto con Rut. Y cuando sobraba comida, la costumbre era no darle las sobras, sino decirle que podía llevársela para compartirla con sus hijos.

Así que veo que en nuestro comportamiento —digamos, en Marruecos— es enorme lo que viene del libro de Rut. ¿Cómo podríamos entenderlo? —Quiero decir, evidentemente, una hora no basta para comentar Rut. Simplemente he establecido el vínculo. Pero Boaz, ante todo, al conocerlo: es un propietario rico, pero que considera a sus empleados como verdaderos socios y los respeta. Y ¿por qué viene a velar por sus propiedades? No es para asegurarse de que cada uno hace su trabajo. No los está vigilando, en absoluto; está seguro de que cumplen con su tarea como deben.

Su única duda, su único temor, concierne a las leyes del léket, la espigadura, de la gavilla olvidada, del rincón que hay que dejar a los pobres en los campos: [si se observan] escrupulosamente. Entonces él viene con «Hashem sea con vosotros»: ¿todo lo que hacéis, lo hacéis con un sentido de respeto hacia lo que corresponde al pobre, a la viuda y al huérfano? Entonces lo haréis con Hashem. Así es como hay que entender las cosas. Y, por cierto, ¿qué dice cuando ve que Rut, con pudor y decencia, recoge espigas en su campo? «Dejad caer para ella algo de los manojos» (Rut 2:16): haced como si lo hubierais olvidado, sacad gavillas y echadlas de tal manera que puedan ser recogidas […]. Y hay también un único […] cuando dice: «Escucha, hija mía, toma estas seis» […]. ¿Por qué seis? ¿Se pueden dar seis espigas de trigo? ¿Seis espigas de trigo para llevarlas a la suegra? ¿Por qué seis? Entonces […] él le dijo: Escucha, hija mía, si te has atrevido a venir aquí, si te has rebajado hoy a venir —has dejado tu rango real para venir a espigar—, tendrás un descendiente mesiánico que se distinguirá por seis atributos. Y nuestros sabios enumeraron los seis atributos a través de estas seis espigas: hay seis atributos prometidos al descendiente mesiánico. Él ya, digamos —no era profeta—, pero llevaba eso en su pensamiento, dentro de sí.

Dejemos, si queréis, el aspecto místico de la cuestión; veamos qué es: era el alma de un hombre que cree en el otro y que comparte con él sus aspiraciones espirituales. Eso es. —Gracias, muchísimas gracias. Muchas gracias, ha sido magnífico. Muchas gracias, Rav Benizri. Shavúa tov. —No hay de qué.