Cuadernillo de estudio de esta clase
Un cuadernillo de estudio para imprimir: una pregunta por página, la respuesta del Rav, su fuente y una enseñanza para debatir en familia.
De las tres fiestas de peregrinación, Pésaj celebra el pasado y Sucot anuncia el porvenir mesiánico. Shavuot, en cambio, celebra el presente, y por eso, única entre todas las fiestas, no tiene fecha fija en la Torá. No es más que el quincuagésimo día, la culminación de una cuenta que llevamos nosotros mismos.
En este segundo estudio, el Rav Raphaël Benizri muestra por qué este quincuagésimo día no se cuenta: está más allá del cuadrado de siete, más allá del safar, del límite. A partir de ahí despliega el sentido del aní, del yo irreductible; el juicio de los frutos del árbol; el shofar del jubileo, y lo que significa ser «como un solo hombre, con un solo corazón».
Lo que enseña esta clase
Los tres regalim (fiestas de peregrinación) celebran tres tiempos de la historia. Pésaj es el pasado: reencontrar nuestras raíces a través de la salida de Egipto, en cada generación, considerándose cada uno como si él mismo saliera de Egipto. Sucot es el porvenir: todos los pueblos reunidos bajo una misma sucá, el proyecto mesiánico de la historia. Y la que celebra el presente es Shavuot.
Precisamente por ser la fiesta del presente, Shavuot no tiene una fecha precisa. Puede caer el 5, el 6 o el 7 de Siván, según cómo hayan sido consagrados los Rosh Jódesh (inicios de mes) que la preceden. Hemos optado por un mes de treinta días y otro de veintinueve, lo que la fija el 6 de Siván; pero en realidad no tiene otra fecha que la de la conclusión de la cuenta del Ómer.
Jag HaKatsir contrapone el trigo de Shavuot a la cebada de Pésaj. La siega del trigo comenzaba en Shavuot, y la ofrenda consistía en pan de trigo, mientras que al día siguiente de Pésaj se traía una ofrenda de cebada. La cebada se tiene por alimento de animales; el trigo es el alimento principal del hombre. El paso de la una al otro lo dice todo sobre el camino recorrido en cuarenta y nueve días.
Yom HaBikurim es la fiesta de las primicias de Israel. Los agricultores marcaban los primeros frutos en cuanto aparecían y los llevaban al Santuario en Shavuot: esos frutos por los que ha sido alabada la Tierra de Israel.
La Biblia no hace ninguna mención de la Torá en Shavuot. Ni la entrega de la Torá ni la celebración de Matán Torá (la Entrega de la Torá) figuran en ella. Si las vinculamos a esta fiesta, es porque nuestros jajamim (sabios) dijeron que el quincuagésimo día de la sefirá, de la cuenta, es el que culmina nuestra creación.
Hay dos yetsirot (formaciones) en el hombre, y la Torá de Shavuot es la segunda. El hombre fue formado de la tierra, y luego D-os le insufló Su aliento de vida: esa es su segunda etapa. La formación que pertenece al olam hazé (este mundo) es perecedera; la que pertenece al olam habá (el Mundo Venidero) no lo es, y lo imperecedero es ese aliento divino. La Torá de Shavuot es la encarnación de ese aliento en un pueblo recién salido del barro egipcio.
Con la salida de Egipto inauguramos otro tiempo. Ese tiempo es el nuestro, el que estamos llamados a dominar y a renovar. Y precisamente porque no pertenecemos al tiempo de la creación del universo somos un pueblo fuera del tiempo, sobre el que el desgaste del tiempo no hace mella. Seguimos aquí.
El aní, el yo, es lo que no se deja reducir a nada. Así como el Santo, bendito sea, adopta ese yo para decir que no es reductible a ninguna otra realidad, cada uno de nosotros aspira a ese «soy quien soy». No acepto que me reduzcan a una cifra, a un número de matrícula, que me sumen a otros. Hilel lo decía: im aní kan, hakol kan, si el yo está aquí, entonces todo está aquí.
Esta unicidad extrae su savia de la Torá, que precedió a la creación. Tampoco la Torá es reductible al mundo creado, puesto que es anterior a él: la creación de este mundo no es sino el negativo del mundo de la Torá. La letra de la creación es la bet, la dualidad; la de la unicidad es la álef, con la que comienza la Torá. Toda la tarea consiste en reconducir las dualidades hacia la unidad.
La Torá fue entregada en el Sinaí, pero solo fue recibida en Yom Kipur. Nos fue entregada, y no la aceptamos ni la integramos del todo. Las segundas Tablas nos fueron entregadas el día de Yom Kipur, porque habíamos aceptado hacer tabla rasa de todo lo que abría un abismo entre nosotros y nuestro prójimo, entre nosotros y nuestro Creador, y eliminar el el zar, la deidad extraña.
El hombre, como el mundo, necesita una ley para realizarse a sí mismo. Ante D-os somos servidores: así como el mundo debe obedecer leyes so pena de no funcionar, el hombre necesita una estructura que lo gobierne y lo ayude a realizarse. Esa ley es la Torá, origen tanto de la creación del universo como de la concepción definitiva del pueblo judío.
Cuarenta y nueve maldiciones antes de Shavuot, noventa y ocho antes de Rosh Hashaná. La parashá de Bejukotai, que se lee antes de Shavuot, contiene cuarenta y nueve; Ki Tavó, que precede a Rosh Hashaná, contiene noventa y ocho, es decir, dos veces cuarenta y nueve, cien menos dos. Si la primera advertencia no ha sido integrada, uno se encuentra ante dos series.
Mem-tet, cuarenta y nueve, se lee en ambos sentidos. Hay cuarenta y nueve maneras de tratar un problema objetivamente, con pureza de espíritu, tahor; y cuarenta y nueve maneras de oscurecerlo, de enturbiarlo, tamé. Rabí Meír podía jugar en ambos planos y mostrar que se nutren de la misma fuente. Tamé es mem-tet más la álef, y la álef es el quincuagésimo.
El quincuagésimo no se cuenta porque rebasa el safar, el límite. Está fuera de las siete semanas, fuera de ese cuadrado de siete. No es reductible ni al día de veinticuatro horas ni a una sefirá. Safar significa límite, cálculo, guevul, frontera; y rebasar esa frontera es hallarse en un estado de transparencia total, en el que se miran las cosas, pero a través de ellas. Shavuot es el quincuagésimo día.
Solo dos plagas impiden al hombre liberarse. Rav Alexandri, al concluir su oración, decía: queremos ajustarnos a Tu voluntad, pero a veces es el seor shebaisá, la levadura de la masa, y a veces el shiabud maljuyot, el sometimiento a las naciones y a su cultura, lo que nos tiene atados y nos impide revelar por completo nuestro aní.
Ezra consideraba Shavuot una cabeza de año, porque en él somos juzgados por los frutos del árbol. Decir cabeza de año es decir que todo va según la cabeza, según la raíz, según la fuente, y que todo lo demás no es más que su prolongación. En Pésaj se juzgan las siembras, en Sucot el agua, en Shavuot los frutos del árbol.
El trigo, en tiempos de Adam HaRishón, crecía como una palmera. Se elevaba a lo alto, y era el árbol del daat, del conocimiento. Pero un conocimiento no debe reducirse a lo bueno y lo malo: debe distinguir entre lo sagrado y lo profano, lo verdadero y lo falso. El hombre no lo comprendió, y el árbol del conocimiento perdió su estatura para convertirse en perí haadamá, un fruto de la tierra, una semilla.
La diferencia entre el árbol y la semilla es la que hay entre el capital y la renta. De un árbol tomas el fruto y el capital permanece: volverá a dar fruto el año próximo. De una hierba, una vez que la has comido, hay que empezar de nuevo, hay que volver a sembrar. Lo que provocó Adam HaRishón es ese paso a un estado en que todo se pierde y hay que partir una y otra vez de cero.
Ets y etsá: el árbol es también un consejo. ¿Cómo accedió Avraham a la verdad? Por medio de sus kelayot, sus riñones, que le daban consejo; porque así como la función renal filtra la sangre y sus impurezas, el conocimiento debe ser filtrado para hallar su savia en su pureza. Por eso la Torá es ets jaím hi, un árbol de vida, un consejo de vida, para todos los que la sostienen.
Jojmá y biná permanecen abstractas mientras no hayan sido filtradas en el daat. El trigo es el daat: el niño solo llama a sus padres por su nombre después de haber comido el grano de trigo. Recuperar en Shavuot la dimensión del árbol es recuperar ese conocimiento integrado, y mantener un equilibrio entre lo que se proyecta sobre el otro y lo que se interioriza.
El shofar no es un instrumento musical. No se lo coloca en una orquesta para acompañar a otros instrumentos ni para participar en una sinfonía. Es un sonido que permanece independiente, no ligado a nada: así como el yo no se funde en ningún conjunto, el shofar no se presta a ninguna aleación. Ese shofar sonó en Matán Torá, cada vez más fuerte.
El shofar del jubileo se llama yovel, y llama a cada uno de vuelta a su fuente. Cuando se han contado las shemitot, siete veces siete, se llega al año quincuagésimo: cada uno vuelve a su familia, a su propiedad, a su raíz. Incluso quien quiso seguir siendo esclavo por apego deberá salir en el yovel, porque esa renuncia a disponer de sí mismo no le está concedida.
Babel y Egipto son los dos orígenes de este encierro. Babel creó la confusión, un tohu (caos) en la vida de la humanidad, y la gente perdió la agudeza de su visión y de su pensamiento. Egipto, por su parte, fue el primero en imponer el shiabud maljuyot. O bien nuestro pensamiento se nutre de múltiples fuentes sin distinción y permanece en la confusión, o bien nos vendemos para mantener cierto nivel de vida, en lugar de seguir siendo servidores de Hashem.
«Volverás a Egipto en barcos»: esas oniyot son el aní. Es el yo que cada uno ha perdido y que ustedes intentarán vender a sus enemigos; pero no habrá comprador, nadie lo querrá. Te verás obligado a volver a ti mismo. Y si la mujer virtuosa es comparada con los barcos del mercader, es porque tiene la fuerza intuitiva de cambiar su yo en cualquier momento, y solo la usa para edificar su casa.
«Como un solo hombre, con un solo corazón» no quiere decir fundidos en uno. Quiere decir que cada uno se hizo a un lado para dar su realidad al otro, que aprendió a borrarse un poco para que hubiera verdaderamente un tsibur, un conjunto reunido. Nuestros sabios lo dicen: cuando la Torá habla en plural, se dirige a cada miembro; cuando habla en singular, se dirige al conjunto constituido.
No se trata de celebrar un aniversario, sino de retomar el aliento de la Torá. Puesto que no hay fecha de aniversario para la entrega de la Torá, Shavuot es el presente permanente: retomar ese aliento en su pureza original y compartirlo con los demás. Es el presente el que prepara el porvenir: ese día en que resonará un gran toque de shofar para la humanidad entera.
Transcripción completa de la clase
Ustedes saben que hay tres fiestas importantes en el calendario judío, los Shalosh Regalim, las tres fiestas en que el pueblo subía a Yerushalayim, y estas tres fiestas celebran tres acontecimientos de la historia. El pasado es Pésaj. En Pésaj estamos siempre reencontrando nuestras raíces a través de la salida de Egipto. Bejol dor vador jayav adam lirot et atsmó keilu hu yatsá miMitsráyim: en cada generación, es deber de cada uno considerarse como si él mismo saliera de Egipto. Luego tenemos Sucot; Sucot, que es el proyecto del porvenir: todos los pueblos se reunirán bajo una misma sucá y todos los pueblos celebrarán la fiesta de Sucot. Es el proyecto mesiánico de la historia, el encuentro del pueblo judío con todos los demás pueblos. Y la que celebra el presente es Shavuot. Por eso Shavuot no tiene una fecha precisa: puede ser el 5 de Siván, el 6 de Siván o el 7 de Siván; todo depende de cómo se haya consagrado el Rosh Jódesh. Si los dos meses son de treinta días, entonces es el 7; si los dos meses son de veintinueve días, entonces es el 5.
Hemos optado por un mes de treinta días y otro de veintinueve, y de ese modo hemos establecido, por así decirlo, que la fiesta de Shavuot queda ahora fijada el 6 de Siván. Pero en realidad no hay fecha precisa para la fiesta de Shavuot: es simplemente la culminación de la Sefirat HaÓmer, la cuenta del Ómer, que comenzó al día siguiente de Pésaj. Por eso la fiesta de Shavuot es la fiesta de las semanas. ¿Desde cuándo se celebran las semanas? ¿Desde cuándo se celebran las semanas? En realidad, la fiesta de Shavuot tiene varios nombres. Está el del katsir, la siega, la siega del trigo.
La siega del trigo comenzaba en Shavuot, y en efecto debíamos llevar al Santuario una ofrenda compuesta de pan hecho de trigo, mientras que al día siguiente de Pésaj era una ofrenda de seorim, de cebada, puesto que la cebada se tiene por alimento de animales, mientras que el trigo es el alimento principal, el alimento básico del hombre. Por eso la fiesta de Shavuot se llama Jag HaKatsir, la fiesta de la siega. Se llama también Jag HaBikurim, la fiesta de las primicias, puesto que los agricultores se encargaban de llevar los primeros frutos de la primera cosecha, que habían marcado en el momento de su aparición. Esos primeros frutos los llevaban al Santuario con ocasión de la fiesta de Shavuot, el Yom HaBikurim: la fiesta de los frutos de Érets Israel, por los que ha sido alabada la Tierra de Israel; y por eso se llaman bikurim. Pero hay otro nombre… En todo caso, en la Biblia no se hace ninguna mención de la entrega de la Torá en Shavuot; la celebración de Matán Torá en la fiesta de Shavuot no aparece en ella. Nosotros la vinculamos a la fiesta porque nuestros jajamim (sabios) nos han dicho que el quincuagésimo día de la sefirá, de la cuenta, es el que culmina nuestra creación; del mismo modo que el hombre fue creado a partir de la tierra: el Santo, bendito sea, lo formó, pero no llegó a la vida hasta la nishmat jaím, el aliento de vida.
Él le insufló; le dio Su aliento, el aliento de vida. Esa es la segunda etapa de la yetsirá, de la formación, del hombre. Hay dos yetsirot en el hombre, dos creaciones en el hombre: una pertenece al olam hazé (este mundo) y es perecedera, y la otra pertenece al olam habá (el Mundo Venidero) y es imperecedera, la formación del porvenir. Y la imperecedera es ese aliento divino que fue depositado en el hombre. La Torá de Shavuot es, en cierta medida, la encarnación de ese aliento divino en el pueblo de Israel, recién salido del barro egipcio. Así pues, este tiempo de la creación del pueblo judío, o de la culminación de la creación del pueblo judío, no entra en el ciclo del tiempo de la creación. Y recordarán que les dije que, en nuestra salida de Egipto, inauguramos otro tiempo, otro tiempo, uno que es nuestro, uno que estamos llamados a dominar. Debíamos renovar el tiempo, darle una nueva dimensión. Y precisamente porque no pertenecemos al tiempo de la creación del universo somos un pueblo fuera del tiempo, y el desgaste del tiempo no hace mella en nosotros.
Seguimos aquí. Nos apartamos de ese tiempo de la creación, y nos situamos en un tiempo que está más allá del siete: siete veces siete, cuarenta y nueve, ¿no es así? Porque lo explicamos la vez pasada: una vez que empezamos a vislumbrar la creación como un todo a través de los siete días de la creación y su Shabat, que es su culminación, pues bien, lo hicimos de nuevo: reprodujimos el mismo esquema para este tiempo que es el del olam habá, el del Mundo Venidero. Y lo estamos forjando en un presente permanente, con un aní, un yo, que sigue siendo el proyecto de Adam HaRishón, el primer hombre. Sí, porque así como el Santo, bendito sea, adopta el aní, el «yo», para decir: «No soy reductible a ninguna otra realidad y no puedo ser asociado a ninguna otra realidad», lo mismo ocurre con cada uno de nosotros. Todos aspiramos a ese aní, aní hu veló ajer: soy quien soy, y ningún otro. No acepto que se me reduzca a una cifra, a un número de matrícula, que se me sume a otros. No: soy único, único en lo que represento. Pero es una unicidad a imagen de la del Santo, bendito sea, de la que extrae toda su savia: de la Torá, de la Ley, que tampoco es reductible al plano de la creación, puesto que la Torá precedió a la creación de este mundo. La creación de este mundo no es sino el negativo del mundo, de ese mundo de la Torá, de ese olam habá.
Así pues, para nosotros este mundo es perecedero. Hay un límite, seis mil años, siete mil años, y se volverá a empezar; pero el pueblo no está sometido a ese tiempo. Y el aní es una transformación del áyin, de lo que no es palpable, de lo que no es aprehensible, de lo que no es controlable. Pues bien, es eso lo que busco recuperar en el Anojí. Por eso decía Hilel: im aní kan, hakol kan, si el aní, si el yo, está aquí, entonces todo está aquí. Es el Santo, bendito sea, quien dijo: aní hu veló ajer, soy Yo, y ningún otro. No hay nada asociado a Mi yo.
Es ese… es porque el Aní del Santo, bendito sea, se revela al pueblo judío […]. Sabemos muy bien que la letra de la creación es la bet, la dualidad; en cambio, la letra de la unidad, de la unicidad, es la álef, puesto que la Torá comienza por una álef. Habría que reconducir esas dualidades hacia la unidad, y esas dualidades existen también en el hombre, en su creación. Hemos hablado de vayitser: hay dos creaciones, como hay dos alianzas, dos revelaciones de la Torá. Shavuot es reconocido como Zmán Matán Toratenu, el tiempo de la Entrega de nuestra Torá. Es el tiempo de Matán Torá. Al mismo tiempo, en boca de nuestros sabios, es Atséret. Tenemos una fiesta llamada Sheminí Atséret, que clausura la fiesta de Sucot, y hay una Atséret que clausura la fiesta de Pésaj; es decir, la culminación de Pésaj está en esta revelación. Ahora bien, esta revelación se produjo en dos tiempos. Se nos dio la Torá, se nos dio la Torá en el monte Sinaí, pero no la recibimos; no la aceptamos del todo, no la integramos del todo. ¿Cuándo recibimos finalmente la Torá? En Yom Kipur: las segundas Tablas de la Ley nos fueron entregadas el día de Yom Kipur, cuando aceptamos hacer tabla rasa de todo lo que abría un abismo entre nosotros y nuestro prójimo, entre nosotros y nuestro Creador, y eliminamos el el zar, la deidad extraña, las divinidades extrañas. El, precisamente, es decir, fuerza.
Mi jamoja baelim Hashem (Éxodo 15:11): ahí está el El; está en la negación […]. Habría que intentar, en efecto, prescindir de esa afirmación del yo que está más allá de la humildad que debemos reconocer ante D-os; porque ante D-os somos avadim: «son Mis servidores». Somos servidores, sí. ¿Por qué? Porque así como el mundo, en su creación, debe obedecer leyes, pues de lo contrario no funcionará como es debido, también el hombre necesita una estructura que lo gobierne y que lo ayude a realizarse por sí mismo. Y está obligado a ajustarse a esas leyes. Y esa ley es la Torá. La Torá, que estuvo en el origen de la creación del universo, es la que está en el origen de la creación del pueblo judío, de su formación, de la concepción definitiva del pueblo judío.
Por eso Ezra instituyó que antes de Shavuot y antes de Rosh Hashaná se nos llamara al orden con una parashá de berajot y kelalot, de bendiciones y maldiciones. Paradójicamente, hay cuarenta y nueve maldiciones en la parashá de Bejukotai, y en la parashá de Ki Tavó, que precede a Rosh Hashaná, hay noventa y ocho maldiciones; y noventa y ocho es dos veces cuarenta y nueve. ¿Por qué? Porque cuando llegamos a Rosh Hashaná sin haber integrado la primera advertencia, la de Bejukotai, nos encontramos culpabilizados, agobiados por dos maldiciones, dos series de maldiciones, que suman cien menos dos. Y tum, tam, mat […]. Mem-tet es cuarenta y nueve. Hay cuarenta y nueve maneras de tratar el problema objetivamente y con pureza de espíritu, pero hay también cuarenta y nueve maneras de oscurecer el tema, de obstruirlo, de confundirlo.
Mem-tet, tam: hay cuarenta y nueve; pueden, en efecto, jugar en ambos planos y mostrar que se nutren de la misma fuente. Álef: tamé; tamé es tet-mem y álef, y la álef es el quincuagésimo. ¿Por qué? Porque el quincuagésimo está fuera de esas shavuot, de esas semanas, fuera de ese siete veces siete, cuarenta y nueve, fuera de ese cuadrado de siete. Así, cuando comenzamos el quincuagésimo, no lo contamos, porque es un tiempo que no es reductible al día de veinticuatro horas. No es reductible a una sefirá. Hemos rebasado el safar; hemos rebasado el safar, hemos rebasado el límite. Safar quiere decir un límite, un cálculo, un guevul, una frontera. […] Pero también hemos explicado que llegar a rebasar ese límite, esa frontera, es estar en un estado de transparencia total, en el que se miran las cosas, pero a través de ellas […]. Y Shavuot es el quincuagésimo día. Por lo demás, nuestros sabios nos lo advirtieron. Rav Alexandri, cuando terminaba su oración, decía, confesaba: «Señor del mundo, queremos a toda costa ajustarnos a Tu voluntad, pero a veces la levadura de la masa nos lo impide»; y el shiabud maljuyot, ese dominio de las naciones, de la cultura de las naciones, de la masa que representan esas influencias sobre nosotros, que nos tiene atados y nos impide revelar por completo nuestra alma, nuestro anojí, medirnos con ese aliento divino que Tú has… Pero ese aliento no pertenece a este mundo, que es reductible a cifras y a límites. Esas son las dos plagas que impiden al hombre liberarse. Y por eso Shavuot es considerado también un rosh hashaná: era también una cabeza de año. Cuando se dice «cabeza de año», quiere decir que todo va según la cabeza, todo va según la raíz, todo va según la fuente; todo lo demás no es más que su prolongación. No podemos dejar de plantearnos la pregunta: hay cuatro perakim, cuatro épocas en las que son juzgados ciertos elementos del universo. El hombre es juzgado principalmente en Rosh Hashaná; entonces se comprende muy bien que antes de Rosh Hashaná se nos advierta. Pero ¿cómo considerar Shavuot como un Rosh Hashaná? Y la respuesta que da el Talmud: baAtséret al perot hailán (Mishná Rosh Hashaná 1:2): en Shavuot somos juzgados a través de los frutos del árbol, a propósito de los frutos del árbol.
Son las simientes las que son [juzgadas] […], y somos juzgados, somos juzgados sobre […]. Entonces, ¿por qué, en definitiva, retener solo estos dos? Porque la razón del hombre sufrió a causa del fruto del primer gran árbol, del que el hombre, digamos, hizo mal uso o abusó: el ets, el ets hadáat tov vará, el árbol del conocimiento del bien y del mal. El origen está ahí. El origen está ahí, porque nuestros sabios dicen que el trigo, en tiempos de Adam HaRishón, era como una palmera. Crecía hacia lo alto, era un árbol que se elevaba, y era el árbol del daat, del conocimiento. Pero un conocimiento no debe reducirse a lo bueno y lo malo, al bien y al mal, sino a lo sagrado y lo profano, a lo verdadero y lo falso.
Y eso el hombre no lo comprendió, el hombre no lo integró. Entonces el árbol del conocimiento perdió su estatura. Se convirtió en perí haadamá, fruto de la tierra, una simiente, un grano. ¿Cuál es la diferencia? Con un árbol, desde luego, tomas el fruto, lo comes, ¡pero el capital sigue ahí! No porque hayas comido el fruto has perdido el capital; volverá a producir frutos el año próximo, y así sucesivamente. Así pues, has conservado el capital; has disfrutado de su rendimiento, has tomado el fruto. En cambio, cuando se convierte en un zera, una hierba, un grano, un perí haadamá, una vez que lo comes hay que replantar, hay que volver a sembrar para poder tener una nueva cosecha.
Pues bien, lo que ocurrió con Adam HaRishón es que hizo perder al árbol su komá, su estatura. Y se convirtió en perí haadamá, donde al final todo se pierde y hay que empezar de nuevo. Ahora bien, Shavuot nos dice: perot hailán, debemos, en efecto, ser juzgados por los frutos del árbol. Ilán: ya he explicado la diferencia entre ets e ilán. En cuanto a ets, nuestros sabios han dicho… […] establece una relación entre ets y etsá. Etsá es el consejo. ¿El consejo? ¿Y dónde situaron nuestros sabios el consejo? ¿Cómo accedió Avraham a la verdad? A través de sus kelayot: eran sus riñones los que le aconsejaban.
Los riñones: así como la función renal filtra la sangre, filtra todas las impurezas, pues bien, eso es el conocimiento. Hay que filtrarlo; hay que hallar su savia en su pureza. Y por eso, cuando hablamos de la Torá, hablamos de ets jaím: ets jaím hi lamajazikim bah (Proverbios 3:18), es un árbol de vida, un consejo de vida, un secreto de vida para todos los que la sostienen. Se trata de recuperar esa dimensión del alma que da al niño la capacidad de llamar Abba, Ima. Como dijeron nuestros sabios, el bebé solo aprende a llamar a su padre y a su madre por su título, por su nombre, cuando ha probado el grano de trigo.
El trigo es el daat. Sabemos muy bien que, en la esfera del conocimiento, jojmá y biná, la sabiduría y el entendimiento, permanecen abstractas mientras no hayan sido filtradas en el daat, en el conocimiento integrado por el hombre. Del mismo modo, en el plano de las cualidades humanas: en lugar de querer proyectarse totalmente sobre el otro, o bien de querer replegarse y interiorizarlo todo, habría que intentar mantener cierto equilibrio, cierta balanza, en esa magnificencia. Y luego están hod y nétsaj: tenemos ese sentido de la eternidad. Nosotros, baruj Hashem, todos los días, todo lo que emprendemos no lo emprendemos con la angustia de la muerte. No: estamos constantemente haciendo proyectos como si estuviéramos destinados a la eternidad. Y sin embargo nos damos cuenta de que, como una flor que se marchita, también nosotros nos vamos consumiendo, envejeciendo, perdiendo nuestras fuerzas, etcétera.
Y la única manera de perpetuar las cosas es el yesod; el yesod es la procreación. Es una manera de desafiar a la muerte. Así pues, es a través de estos tres polos como todo en el hombre se piensa y se rige. Y Shavuot es la fiesta de las semanas de un tiempo que hemos decidido contar para nosotros mismos, y en el cual situamos nuestra vida para no quedar sujetos a las leyes de la naturaleza, que están, en efecto, marcadas por la muerte. Entonces tocamos el shofar. Ese shofar sonó para nosotros en Matán Torá; en Matán Torá está escrito: vayehí kol hashofar holej vejazek meod (Éxodo 19:19), la voz del shofar iba haciéndose cada vez más fuerte. Ahora bien, el shofar no es un instrumento musical.
No se asocia con otros; no se lo coloca en una orquesta para acompañar a los demás instrumentos musicales y hacerlo participar en una sinfonía. El shofar es un sonido que permanece independiente. No está ligado a nada. Así como mi aní es un «yo» que no se funde en ningún conjunto, también el shofar es un sonido que no se presta a aleación alguna. Y ese shofar de Shavuot, de Matán Torá, aparece para invitar a todos a volver: veshavtem ish el ajuzató veish el mishpajtó tashuvu (Levítico 25:10); cada uno debe volver a su familia, a su propiedad, a su raíz, a su fuente.
Es el año quincuagésimo: cuando hemos contado las shemitot, siete veces siete, las shemitot agrícolas, siete veces siete, llegamos al año quincuagésimo, el jubileo, el shofar del yovel. Es ese aliento divino que ya no está encerrado, ni por el bilbul hadáat ni por el shiabud maljuyot. Bilbul hadáat: la confusión, la confusión del conocimiento, la confusión de las ideas, que está en el origen. Se dice que en tiempos de Asiria, cuando Senaquerib apareció en el escenario de la historia, lo confundió todo, lo mezcló todo; creó un tohu, un caos, en la vida de la humanidad entera, y la gente perdió esa agudeza de visión, esa agudeza de pensamiento. Y había un segundo elemento.
Es Egipto, la servidumbre de Egipto. Hay dos factores que impiden a ese «yo» liberarse: o bien nuestro pensamiento se nutre de múltiples fuentes sin distinción y permanece en la confusión total, o bien hemos decidido, para mantener cierto nivel de vida, vendernos, vendernos, convertirnos en [servidores de] otros, en lugar de permanecer […]; pues está dicho: ki li vené Israel avadim, avaday hem (Levítico 25:55), los hijos de Israel son servidores para Mí, son Mis servidores. Lo yimajrú mimkéret áved (Levítico 25:42): no serán vendidos como se vende a un esclavo. No, en absoluto. Y el shiabud maljuyot: el primero en aplicarlo fue Egipto, Mitsráyim. Por eso vehayá bayom hahú, en aquel día, el día futuro, ese día es el que forjamos en el presente de Shavuot, puesto que hemos dicho que la fiesta de Shavuot es el presente, el presente permanente, ya que no hay fecha de aniversario para la entrega de la Torá.
Con la Torá no se trata de celebrar un aniversario de la entrega de la Torá; se trata sencillamente de retomar el aliento de esta Torá en su pureza original, original, y de transmitirlo, de compartirlo con los demás. Así, es el presente el que prepara ese porvenir. Y en aquel día habrá un gran toque de shofar para la humanidad entera: uvau haovdim beérets Ashur vehanidajim beérets Mitsráyim (Isaías 27:13), y vendrán los perdidos en la tierra de Ashur y los desterrados en la tierra de Egipto. Están los que perderán su camino en la tierra de Ashur: han confundido, en efecto, todos los valores, porque en todo lo que hacen solo han buscado el goce presente, la inmediatez del placer. Los que están perdidos… y un niño que pierde su camino es un niño que tiene padres.
Y los está buscando. […] Aquellos que, en efecto, se excluyeron a sí mismos […] en aquel momento: ahavti et adoní, et ishtí veet banay, lo etsé jofshí (Éxodo 21:5), amo a mi señor, a mi mujer y a mis hijos; no quiero dejar a mi amo. ¡Al fin y al cabo, no lo hemos pasado tan mal! Será entonces esclavo para siempre… pero no, no a perpetuidad: más allá de eso, hasta el yovel, hasta el año quincuagésimo, deberá salir a toda costa, porque esa esclavitud, ese disponer de sí mismo, no le está concedido. Deberá recuperarse a sí mismo. Es lo que encontramos en el segundo libro […]; y en la parashá de Ki Tavó, donde se encuentran estos compromisos de bendiciones y maldiciones, estas concluyen [con el versículo sobre ser devueltos a Egipto en barcos, donde no habrá comprador (Deuteronomio 28:68)]. Entonces, ¿qué son esas oniyot, esos barcos?
[…] da una explicación muy interesante. Las oniyot son el aní, el aní que cada uno ha perdido. Y lo venderán; intentarán venderlo. Intentarás venderlo a tus enemigos. Veén koné: no hay comprador, no hay adquirente. Nadie lo quiere. Nadie lo quiere; te verás obligado a volver a ti mismo. ¿No es así? […] Por eso, además, cuando se alaban las virtudes de una mujer, se dice hayetá kaoniyot sojer (Proverbios 31:14): es como los barcos del mercader. Porque la mujer es la que tiene la fuerza, la virtud, de cambiar su aní en cualquier momento, porque tiene […] fuerzas mucho mayores que las del hombre en el terreno de la intuición […]; ahí es mucho más fuerte que el hombre. Y es mediante ese aní como ejerce, sencillamente, la sejorá, el comercio; pero atención: únicamente para amueblar su hogar, edificar su casa, adornar su casa, asegurar el bienestar de su marido y de sus hijos a cada hora. Estamos en busca de ese aní […], con un shofar interior, que es el de Matán Torá; pero ahora hay que realizarlo individualmente. Y cuando dice vayíjan sham Israel néged hahar (Éxodo 19:2), cuando Israel acampó allí keish ejad belev ejad, como un solo hombre con un solo corazón, eso no quiere decir que todos se fundieran en uno.
No: quiere decir sencillamente que cada uno se hizo a un lado para dar realidad al otro. Aprendió a borrarse un poco ante el otro para que hubiera verdaderamente un tsibur. Un tsibur es algo amontonado, reunido, agrupado. Agrupado; y precisamente por eso nuestros jajamim dicen que cuando la Torá habla en plural, se dirige a cada uno de los miembros de la comunidad; pero cuando se dirige, cuando habla en singular, es al conjunto, a un conjunto constituido, un conjunto constituido. Y ese conjunto constituido, el que realizamos […], es aquel en que cada uno afirma su yo a través del aliento que le es propio. Eso es Shavuot. Y por eso, en la celebración de este día, se pone un acento particular en que se lo concibe, una vez más, como atséret, como clausura de una cuenta, antes que como un día de Matán Torá.
Y de hecho, en la Torá esta noción de Zmán Matán Toratenu, del tiempo en que fue entregada la Torá, no figura. Lo repito: Jag HaShavuot, la fiesta de las semanas; Jag HaKatsir, la fiesta de la siega; Jag HaBikurim, la fiesta de las primicias. Eso es todo; si tienen alguna pregunta, pueden interrumpirme. «La primera pregunta: quizá entendí mal, pero usted explica que podría ser, en cierto modo, la realización del pueblo judío en su conjunto, en la comunidad.»
Un estudio del Rav Raphaël Benizri. Véase también todas las clases sobre Shavuot.
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