Esta sesión está dedicada a la primera mishná de Pirkei Avot (la Ética de los Padres): Moshé recibió la Torá desde el Sinaí y la transmitió a Yehoshúa, quien la transmitió a los ancianos, los ancianos a los profetas y los profetas a los hombres de la Gran Asamblea; y luego a los tres principios que estos legaron. El Rav Raphaël Benizri plantea en ella una cuestión de método: ¿qué vale una moral sin fundamento ni referencia en lo absoluto? Frente a la ruptura socrática, opone una cadena en la que cada uno recibe y descubre su propia parte, y muestra por qué los kohanim (sacerdotes) no figuran en ella, por qué el texto dice «desde el Sinaí» y no «de D-os», y por qué esta mishná abre Avot y no el Talmud.
La clase parte de la distinción entre la Torá y la moral: la moral no es la Torá, sino lo que está más allá de ella, aquello que el texto no dictó pero deja por descubrir. Desde ahí, el Rav recorre eslabón por eslabón la cadena de la mishná, deteniéndose en lo que significa recibir, en la diferencia entre el sabio y el profeta, y en la imagen con la que nuestros sabios tradujeron la transmisión: una pelota que se pasa de mano en mano sin dejarla caer jamás.
La segunda mitad examina los tres principios de la Gran Asamblea: ser mesurados en el juicio, formar muchos discípulos, hacer un cerco alrededor de la Torá. Una participante objeta que esos tres principios le parecen contradictorios, y la respuesta del Rav muestra su unidad. Un último intercambio, sobre los trece modos de interpretación y sobre la manera en que cada época plantea a la Torá sus propios problemas, cierra la sesión antes del estudio de la segunda mishná.
Lo que enseña esta clase
Sin fundamento ni referencia en lo absoluto, cada uno tendría su propia moral. Kant decía que no hay filosofía que se pueda aprender; solo se puede aprender a filosofar. Sócrates, que en cierto modo tomó el relevo de los profetas, decía que solo sabía que no sabía nada, y con ello se desconectaba por completo del pasado. Ahora bien, si no tenemos ninguna referencia, cada uno puede quedarse encerrado en la subjetividad de su propio pensamiento. Los Pirkei Avot dicen exactamente lo contrario: tenemos una tradición, tenemos padres, tenemos fundamentos, y no podemos desconectar nuestro conocimiento de la revelación misma. Si se piensa que este mundo tiene una finalidad, debe tener también un comienzo, y ese comienzo supone un porvenir.
La moral no es la Torá: es lo que está más allá de ella. Cuando la Torá ordena observar los mandamientos y las leyes, añade además: harás lo recto y lo bueno. El Rambán lo explica así: del mismo modo que te ordenó leyes que debes cumplir porque constituyen tu patrimonio, debes observar también leyes que no te dictó, pero que puedes comprender por ti mismo. La Torá no podía transmitir todas esas leyes; dejó un lugar para el descubrimiento por parte del hombre. Ese es el terreno de la moral; y constatamos que hay personas que han estudiado la Torá y la han profundizado sin que ella las atraviese ni las impregne en su conducta, por no haber buscado ir más allá de lo que les había transmitido.
La enseñanza del padre y la enseñanza de la madre no son lo mismo. El versículo dice que escuchemos la instrucción de nuestro padre —es la Torá, la que el Santo, bendito sea, dictó— y que no abandonemos la enseñanza de nuestra madre, que es la Asamblea de Israel. La Asamblea de Israel tiene, pues, una parte de revelación en la Torá, y así la Torá de cada uno se convierte en su Torá propia. Por eso se nos dice que nos preparemos para estudiar Torá, porque no es una herencia que nos corresponda por derecho. El primer versículo que se enseña al niño, a menudo traducido como «la herencia de la congregación de Yaakov», habla en realidad de un patrimonio: cada miembro del pueblo tiene una parte en ese patrimonio, y una parte en su descubrimiento.
El amor a la Torá se mide como el de un hijo por su padre. El Ramjal da el criterio: si uno se limita a esperar que el padre exprese su deseo para cumplirlo, no ha dado a ese amor su plena dimensión. Un verdadero hijo, atento a su padre, no necesita que este le pida nada: se le adelanta. Esa es la dimensión moral, y así se la juzga en todo niño. Por esta razón nuestros sabios hicieron preceder el capítulo de la moral por el relato de la transmisión.
Los kohanim no figuran en la cadena, y no es un olvido. Gozan de una línea hereditaria: de padre a hijo son kohanim, e incluso un ignorante lo es. Es un estatus otorgado por la ley. El kohén tiene a su cargo el ritual y el conocimiento de la ley, pero no por eso puede ser la referencia de la Torá. Por eso no figura entre quienes llevan la transmisión.
Esta mishná habría podido abrir el Talmud, y abre Avot. Lógicamente, debería haber constituido la apertura del primer tratado del Talmud. Nuestros sabios insistieron en colocarla en el tratado de Avot, sencillamente porque es aquí donde se juzga la parte de revelación propia de cada uno en su manera de aprehender la Torá. Los Pirkei Avot son una fuente de meditación personal, pero de una meditación que pasa por la Torá, y en ella cada uno descubre un aspecto hasta entonces ignorado. La ubicación misma del texto es, por tanto, una enseñanza.
La palabra respondía a todos los niveles a la vez. Nuestros sabios dijeron que la fuerza de la palabra divina consistía en que llegaba a cada uno según su capacidad: a los sabios, a los ancianos, a los jóvenes, a las mujeres, a la gente común. Así será también en los tiempos venideros. Cuando se anuncia que la tierra estará llena del conocimiento de D-os como las aguas cubren el mar, creemos leer una superficie plana, de igual profundidad en todas partes. Pero en el fondo de los mares hay colinas y montañas. Así como hay distintas edades para la comprensión de un texto, hay distintos niveles en la percepción de la Torá.
El texto no dice que Moshé recibió la Torá de D-os, sino desde el Sinaí. Dos verbos estructuran la mishná: recibir y transmitir. Ahora bien, solo se recibe lo que se está en condiciones de recibir, y por eso la recepción se refiere al lugar y no a la fuente. El Sinaí fue el lugar de la transmisión, el punto de encuentro entre lo divino y lo humano: uno de los diez descensos en los que D-os se pone al nivel del hombre. Lo que Moshé recibió son leyes que permiten al hombre asumirse aquí abajo y asegurar a la creación su finalidad; no podía recibir más. Porque el principio mismo de la Torá se ciñe a las leyes físicas y a la realidad de este mundo: no está concebida para transportarnos a esferas superiores ni para arrancarnos de aquí, sino, al contrario, para vincularnos a este mundo en su propia realidad.
La transmisión, en cambio, puede ser íntegra, y su imagen es una pelota. Nuestros sabios comentaron el versículo que compara las palabras de los sabios con aguijones, pero no las tradujeron como simples estímulos: vieron en ellas una pelota que unas muchachas se lanzan de una a otra. Que sean muchachas no es indiferente, puesto que se nos dijo que no abandonáramos la enseñanza de la madre, y la moral tiene una esencia más femenina, más refinada. Una pelota se transmite entera: no se la deja caer, se la toma y se la pasa de mano en mano. Así transmitió Yehoshúa lo que había recibido.
¿Por qué Yehoshúa, y de qué vergüenza hablan nuestros sabios? Yehoshúa ordenaba los bancos, extendía las esteras para los ancianos, servía a su maestro y le estaba enteramente consagrado. Y sin embargo se enseña que el rostro de Moshé era como el sol y el de Yehoshúa como la luna, que recibe su luz del sol; a lo cual nuestros sabios exclaman: ¡ay de esa vergüenza, ay de esa humillación! Esa vergüenza no es la de Yehoshúa, sino la de los ancianos. Rabí Jaim de Volozhin lo ilustra con la parábola de un hombre rico que llega a una aldea pobre y propone a sus habitantes asociarse a un negocio: uno solo se juega el todo por el todo, los demás se quedan en la duda, y cuando él regresa seis meses después cargado de dinero, sus convecinos no se atreven a mirarlo a la cara. No sienten vergüenza ante el rico, a quien el Cielo había dado su oportunidad, sino ante su hermano pobre, que se atrevió a caminar con él.
Moshé tartamudeaba, y eso es lo que hacía indispensable a Yehoshúa. Yehoshúa no tenía las aptitudes innatas de su maestro, ni esa reducción de las exigencias materiales que había permitido solo a Moshé subir al monte y recibir la Torá. Pero se apegó a él, lo reconoció, lo siguió, fue su servidor y procuró poner en práctica lo que su maestro decía. Si Moshé tartamudeaba, era porque su pensamiento era demasiado elevado para que pudiera expresarlo con palabras y transmitirlo a los ancianos. Solo Yehoshúa, que vivía en su intimidad, podía comprender realmente lo que su maestro pensaba y de qué manera había que transmitirlo.
El zakén es quien ha adquirido la sabiduría, y la ha adquirido a través de lo vivido. La palabra no designa la edad, sino la adquisición. Hay una manera de adquirir la sabiduría mediante la observación de este mundo, las pruebas de la vida, todo lo vivido en el seno de la sociedad. Poco a poco, a través de esas experiencias, se logra desprenderse del cuerpo de lo vivido para acceder a la idea. Precisamente porque podían referir la enseñanza a su propia experiencia, los ancianos tenían la facultad de comprender lo que Yehoshúa les transmitía.
El profeta es lo inverso del anciano, y por eso viene después de él. El anciano asciende de lo vivido a la idea; el profeta parte del vehículo que le ofrecen los ancianos para proyectarlo sobre la finalidad, sobre el devenir, y fijar en ese momento el proyecto del futuro. Los profetas figuran, pues, solo en el cuarto lugar de la cadena, no por inferioridad sino por posición: hace falta la sabiduría adquirida antes de poder apuntar al porvenir. Y solo después de ellos puede transmitirse la ley a los hombres de la Gran Asamblea, que la llevarán a su forma final. El Rav señala de paso que otras versiones, como Avot de-Rabí Natán, mencionan también a los jueces, ausentes aquí.
Nadie puede adueñarse de D-os. Los hombres de la Gran Asamblea comienzan con Ezra, quien, a su regreso del exilio de Babilonia, reunió a su alrededor a los últimos profetas y a los ancianos; unos dicen que eran ochenta y cinco, otros que ciento veinte. Fueron ellos quienes dieron a la Torá y a la oración su estructura actual. Se dice incluso que Ezra habría sido digno de recibir la Torá si Moshé no se le hubiera adelantado. Ese es todo el alcance de la fórmula «desde el Sinaí»: nadie puede proclamarse único destinatario de la revelación, puesto que la Torá habría podido ser revelada a Ezra tanto como a Moshé. El Sinaí no fue más que el punto de encuentro de lo divino y lo humano; y la Hagadá dice que, si nos hubiera acercado al monte Sinaí sin darnos la Torá, nos habría bastado. ¿Cómo podría bastar? Porque la elevación del ser a la que accedimos al pie del monte bastaba por sí misma para que pudiéramos luego descubrir la Torá por nosotros mismos. Solo que habría llevado mucho tiempo: pasar por la etapa de Yehoshúa, de los ancianos, de los profetas, de la Gran Asamblea, hasta llegar a nosotros. La revelación quemó para nosotros esas etapas.
Recibir es menos que transmitir, y de ahí vienen los tres principios. El verbo empleado para la Gran Asamblea es el de la recepción, la kabalá: ahora bien, la transmisión abarca el conjunto, la totalidad, mientras que la recepción es parcial. Hubo, en efecto, una pérdida de espiritualidad a lo largo de las generaciones, en particular durante el exilio de Babilonia. Por eso Ezra tuvo que comprometer a los hombres a funcionar según tres principios: ser mesurados en el juicio, formar muchos discípulos y hacer un cerco alrededor de la Torá. Estos tres principios son el viático dado a las generaciones que tendrán que redescubrir la Torá por sí mismas.
Ser mesurado en el juicio es no comparar a las personas. Suele entenderse como una consigna reservada a los jueces, a los maestros, a los rabinos; en realidad se dirige a cada uno. Nuestros sabios incluyen en ella el hecho de que no se debe comparar el caso de una persona con el de otra: puede ser el mismo caso, pero no hay que servirse de él para decidir, porque cada hombre es diferente y cada percepción es diferente. La analogía es, ciertamente, una de las trece vías para comprender la Torá, pero dentro de la ley, no entre las personas.
Formar muchos discípulos: la frase se lee en dos sentidos opuestos. Según la posición de las palabras, puede entenderse que hay que formar muchos discípulos, o que solo hay que formar discípulos que valgan la pena, es decir, practicar un elitismo. Eso hizo Rabán Gamliel, que enseñaba que el alumno cuyo interior no refleja su exterior no debía entrar en la casa de estudio, mientras que antes de él la escuela estaba abierta a todos; y nuestros sabios no tardaron en destituirlo. Cuando la restricción fue abolida y las escuelas se llenaron, él no pudo dormir, diciéndose que había privado de Torá a todos esos alumnos; en un sueño se le respondió que su medida, tomada en el momento oportuno, había valido la pena, porque asistía al nacimiento de corrientes separatistas en el seno del pueblo y temía lo que llegaría a ser la Torá en otras manos. A esto el Rav añade la frase de Rabí Janiná: aprendí mucho de mis maestros, más de mis compañeros, y de mis alumnos más todavía. No guarden su pensamiento como una propiedad privada, porque es frotándolo con otras mentes como uno se forma a sí mismo.
El cerco alrededor de la Torá no es una valla contra las personas. La Torá no vino a hacer la vida imposible, sino a enriquecerla, y hay que buscar los caminos que la abran más a la alegría de vivir. El límite se sitúa en otro lugar: en la relación entre el hombre y D-os, y en lo que dice ese versículo difícil —«¡ojalá me hubieran abandonado a Mí y hubieran guardado Mi Torá!»—, pues, entregándose a ella como es debido, terminarán por redescubrirme. Respondiendo a la participante que encontraba contradictorios estos principios, el Rav precisa que el cerco consiste en no asimilar la Torá a otras culturas, a otras sabidurías, a otras ciencias, de las que es fundamentalmente diferente. Y formar muchos discípulos obliga a salir de uno mismo: si ustedes estudian la Torá solo para sí, no les servirá de nada y la habrán desnaturalizado, porque fue dada a un pueblo —seiscientas mil almas en el Sinaí, cada una de las cuales tomó una letra—, y basta que falte una letra para que un rollo sea inválido; de modo que hay que ir a buscar esa letra en los distintos componentes del pueblo. Por último, la palabra morashá, patrimonio, aparece dos veces en la Torá: para la Torá y para la Tierra de Israel. La Torá, la Tierra y el pueblo forman una sola unidad.
Transcripción completa de la clase
Kant decía que no hay filosofía que se pueda aprender; solo se puede aprender a filosofar. En realidad, si no tenemos ningún fundamento, ninguna referencia de pensamiento en lo absoluto, cada uno podría tener su propia moral; cada uno podría quedarse en la subjetividad de su pensamiento. Sócrates, que supuestamente tomó el relevo de los profetas, decía: «Lo único que sé es que no sé nada». Con ello se desconectó por completo del pasado. Nosotros, con Pirkei Avot —el nombre mismo significa que tenemos una tradición, que tenemos padres, que tenemos fundamentos—, no podemos desconectar nuestro conocimiento de la revelación misma, del acto que presidió la creación del mundo. Porque si pensamos que este mundo tiene una finalidad, debe tener también un comienzo; y un comienzo supone un porvenir. Para nuestros sabios, la moral y la Torá son inseparables; y, sin embargo, la moral no es la Torá: es lo que está más allá de la Torá. Porque cuando la Torá dice, por boca del Eterno: «Guardarán Mis mandamientos y Mis leyes», añade además: «Harán lo recto y lo bueno». ¿Qué es ese bien y qué es esa rectitud? El Rambán dice: del mismo modo que te ordenó leyes que debes cumplir porque constituyen tu propio patrimonio, tu propia herencia, tu fuente de vida,
así también debes observar leyes que no te dijo, que no te dictó, pero que podrías comprender por ti mismo. La Torá no podía transmitir todas esas leyes; dejó un lugar para el descubrimiento por parte del hombre, para la revelación a través del hombre. Ese es el terreno de la moral, y por eso se dice: «Escucha, hijo mío, la instrucción de tu padre» —esa es la Torá, es el Santo, bendito sea, quien la dictó— «y no abandones la enseñanza de tu madre»: esa es la Asamblea de Israel, que tiene una parte de revelación en la Torá. Y es de este modo como la Torá de cada uno se vuelve enteramente personal.
En suma, la Torá no es una herencia: «Prepárate para estudiar Torá, porque no es una herencia para ti». Y, sin embargo, el primer versículo que enseñamos al niño es «La Torá que nos ordenó Moshé», que traducimos por «es la herencia de la congregación de Yaakov». Pero es una mala traducción. Es el patrimonio de toda la congregación de Yaakov, y cada miembro de Yaakov, cada miembro del pueblo de Israel, tiene una parte en esta herencia: el versículo habla del descubrimiento de esta herencia. Así pues, el Rambán, cuando explica qué es la moral, dice que es, de hecho, algo más que la Torá. Y constatamos que hay personas que han estudiado la Torá, e incluso la han profundizado, pero en el plano de la conducta, lamentablemente, la Torá no las ha atravesado, no las ha impregnado.
No buscaron ir más allá de lo que ella les había transmitido. Ahora bien, dice el Ramjal, el amor a la Torá debe compararse con el de un hijo por su padre. Si uno se limita a esperar que el padre exprese finalmente tal o cual deseo para responder a él, es que no ha dado a ese amor su plena dimensión. Pero un verdadero hijo, atento a su padre, no necesita que su padre hable ni pida nada: se adelanta a los deseos de su padre. Esa es la dimensión moral; así se juzga la estatura moral de todo niño. Y por esa razón nuestros sabios introdujeron el capítulo de la moral, Avot, con la transmisión que va desde Moshé hasta la Gran Asamblea.
«Moshé recibió la Torá desde el Sinaí y la transmitió a Yehoshúa; Yehoshúa a los ancianos; los ancianos a los profetas; y los profetas la transmitieron a los hombres de la Gran Asamblea». Observaremos que los kohanim (sacerdotes) no son mencionados. ¿Por qué? Por la sencilla razón de que los kohanim gozan de una línea hereditaria: de padre a hijo son kohanim. Incluso un am haárets, un hombre inculto, es kohén. Es un estatus que la ley le otorgó, pero no puede ser la referencia de la Torá. Y por eso el kohén —de quien se dice: «Porque los labios del kohén guardarán el conocimiento», y que tiene a su cargo el ritual de la ley, el conocimiento de la ley— no figura, a pesar de todo, entre los nombrados en la transmisión de la Torá.
Tenemos: «Moshé recibió la Torá desde el Sinaí y la transmitió a Yehoshúa». Por supuesto, esta mishná debería haber constituido la apertura del tratado Berajot, la primera mishná del primer tratado del Talmud. Pero no: nuestros sabios insistieron en colocarla únicamente en el tratado de Avot, sencillamente porque es aquí donde se juzga la parte importante de revelación que corresponde a cada uno en su manera de aprehender la Torá. Así es como ella se convierte en su Torá, la que le es propia; porque la Torá no es percibida por todos de la misma manera, ni fue dada a todos de la misma manera. Nuestros sabios dijeron que la fuerza de la palabra de D-os consistía en que respondía a todos los niveles.
Los sabios, los ancianos, la oían en un nivel superior; había otros niveles. Estaba también el nivel de los jóvenes, el nivel de las mujeres, el nivel de la gente común. Y así será también en los tiempos venideros: «Porque la tierra estará llena del conocimiento de D-os como las aguas cubren el mar». Las aguas cubren el mar: se diría que es una superficie plana, con la misma profundidad en todas partes. Pero no: en el fondo de los mares hay, evidentemente, colinas y montañas, y cada una tiene su nivel. Así como hay distintas edades para la comprensión de un texto, hay distintos niveles en la percepción del alma, y todo reside en la manera en que el alma recibe. Kibel: «Moshé recibió la Torá desde el Sinaí» —decimos que Moshé recibió la Torá desde el Sinaí— «y la transmitió a Yehoshúa».
Hay aquí dos verbos, kibel y masar. Kibel, recibir: solo se recibe lo que se es capaz de recibir. Y como solo se recibe lo que se es capaz de recibir, el texto no dice que Moshé recibió la Torá de D-os. La recibió —aquí se traduce «en el Sinaí»—, la recibió desde el Sinaí. El Sinaí fue el lugar privilegiado de la transmisión de la Torá, el lugar de encuentro entre lo divino y lo humano. Hay en la Escritura diez descensos de D-os, y uno de esos descensos, en el que D-os se pone al nivel de lo humano, es Su manifestación en el monte Sinaí. ¿Por qué? Porque el principio mismo de la Torá, como ya hemos dicho, se ciñe a las leyes físicas; es decir, se ciñe a la realidad de este mundo.
No está concebida para transportarnos a esferas superiores y arrancarnos de este mundo. Al contrario, las leyes que se nos dan nos vinculan aún más a la conducción de este mundo en su propia realidad. Moshé solo recibió eso; no podía recibir más. La Torá, en su dimensión cósmica, es inmensamente vasta, fuera del alcance de todo ser vivo, ya sea aquí en la tierra o en la esfera celeste. Eso no podemos aprehenderlo verdaderamente; lo que Moshé recibió son leyes que permiten al hombre asumirse aquí abajo y asegurar a la creación su finalidad. Volvemos a la idea de reshit y ajarit, el comienzo y la finalidad; dijimos que había varias finalidades. La transmisión de la ley, en cambio, puede hacerse íntegra: de Moshé a Yehoshúa, de Yehoshúa a los ancianos, de los ancianos a los profetas. Observarán que los profetas vienen en cuarta posición, antes de la Gran Asamblea, que figura en quinta posición. Y, evidentemente, hubo eslabones entre todos ellos —entre Yehoshúa, los ancianos, los profetas y los hombres de la Gran Asamblea—, pero el texto no los cita. Es cierto que en Avot de-Rabí Natán, por ejemplo, están los shoftim, los jueces; aquí no aparecen; tendremos que explicarlo más adelante. Pero detengámonos primero en este sentido de la transmisión, que nuestros sabios extrajeron del versículo «Las palabras de los sabios son como aguijones».
Las palabras de nuestros sabios son kadarbonot, como aguijones, como estímulos. Pero nuestros sabios no lo tradujeron como estímulos. Lo tradujeron como una pelota que las muchachas se divierten en pasarse la una a la otra. ¿Por qué muchachas? Lo dijimos antes: «No abandones la enseñanza de tu madre». La moral tiene una base, o una esencia, más femenina; es más refinada, eso se comprende. Ahora bien, el pase de una pelota es íntegro: no se la deja caer; hay que tomarla y pasarla de mano en mano. Pues bien, así transmitió Yehoshúa. Pero ¿por qué Yehoshúa? Ustedes saben lo que se dijo de Yehoshúa: ¿qué hacía? Ordenaba los bancos, extendía esteras en el suelo para los ancianos, servía a Moshé; le estaba enteramente consagrado.
Y, sin embargo, se enseñó que el rostro de Moshé es como el sol, y el de Yehoshúa como la luna, que recibe su luz del sol. Y nuestros sabios exclaman: «¡Ay de esa vergüenza! ¡Ay de esa humillación!». ¿La vergüenza y la humillación de quién? ¿De Yehoshúa? El Rashbam dice que no: la vergüenza y la humillación no son de Yehoshúa; son las de los ancianos. Rabí Jaim de Volozhin lo ilustraba con el ejemplo de un hombre rico que llegó a una aldea cuya población era pobre y les propuso asociarse con él en un negocio […]. Solo uno se dijo: «Yo me juego el todo por el todo», mientras que los demás estaban llenos de dudas. Resultó que ese hombre volvió seis meses después con mucho dinero.
Sus convecinos no lograban mirarlo a los ojos. Estaban incómodos: «¡Ay de esa vergüenza, ay de esa humillación!». Estaban incómodos, pues; ¿por qué? No se sentían incómodos ante el rico. El rico había gozado de un don divino: el Cielo lo había ayudado, lo había favorecido y le había dado su oportunidad. Pero los demás, desde el momento en que se les había propuesto unirse a él, habrían podido, en efecto, arriesgarse a invertir con él lo que tenían. No lo hicieron; dejaron pasar la ocasión. Así que se sentían incómodos, no ante el rico, sino ante el pobre, su hermano, que se había atrevido a caminar con aquel hombre rico y había obtenido una riqueza igual. Y así se dijo: Yehoshúa no tuvo la suerte de Moshé, que llegó a ser, en cierto modo, el íntimo de D-os.
Llegó a ser el íntimo de D-os, desde luego, porque tenía ciertas cualidades —las conocemos, no vamos a repasarlas hoy—, pero es un hecho que Moshé había llegado a un punto de, digamos, reducción de sus exigencias materiales, y por eso fue el único que pudo subir al monte Sinaí y recibir la Torá. Probablemente tenía aptitudes innatas desde su nacimiento. Esas, Yehoshúa no las tenía. Pero Yehoshúa se apegó a su maestro. Lo reconoció, lo siguió, fue su servidor. Y porque fue su servidor, procuró poner en práctica lo que su maestro decía en su tartamudeo, porque, como saben, Moshé tartamudeaba. ¿Y por qué tartamudeaba?
Porque su pensamiento era tan elevado que no podía expresarlo con palabras y transmitirlo a los ancianos. Solo Yehoshúa, que vivió en intimidad con él, pudo comprender realmente lo que su maestro pensaba y de qué manera iba a llevar a cabo su enseñanza y transmitirla a los ancianos […] para el aprendizaje de la Torá de Moshé; y así la Torá de Moshé se transmite a los zekenim, los ancianos. Zekenim, zakén: por definición, el zakén es quien ha adquirido la sabiduría. ¿Adquirido cómo? Hay una manera de adquirir la sabiduría mediante la observación de este mundo, mediante las pruebas de la vida, mediante todo lo vivido en el seno de la sociedad; y poco a poco, a través de esas experiencias, se logra desprenderse del cuerpo de lo vivido y acceder a la idea.
Eso es el zakén; esa es la sabiduría del zakén, precisamente porque tenían la posibilidad de referir aquello a su propia experiencia. Tenían la facultad de comprender lo que Yehoshúa les transmitía. Y ellos, a su vez, podían educar a profetas. ¿Qué es el profeta? El profeta es lo contrario de los ancianos. El profeta es quien se basa en lo vivido por los ancianos para proyectarlo sobre la finalidad, sobre el devenir, sobre el fin, y fijar en ese momento el proyecto del futuro. Por esa razón los profetas figuran solo en el cuarto nivel: porque después de los profetas es posible transmitir la ley a los hombres de la Gran Asamblea, que la llevarán a su forma final. Ustedes saben que estos hombres de la Gran Asamblea comenzaron con Ezra, quien, a su regreso del exilio de Babilonia a la Tierra de Israel, reunió a su alrededor a los últimos profetas y a los ancianos.
Unos dicen que esta Gran Asamblea contaba con ochenta y cinco personas, otros con ciento veinte, y fueron ellos quienes dieron a la Torá la estructura actual que conocemos, porque Ezra fue el primero de los soferim (escribas); son ellos quienes establecieron la estructura final de la Torá y de la oración. Hasta tal punto que se dice que Ezra habría podido, en efecto, recibir la Torá, pero Moshé se le adelantó. Tenemos aquí, pues, en suma, una explicación del hecho de que Moshé recibiera la Torá en el Sinaí, o desde el Sinaí: nadie puede adueñarse del Santo, bendito sea, y decir: «Yo soy el único destinatario de la revelación de D-os». La Torá habría podido ser revelada a Ezra tanto como a Moshé.
El Sinaí no fue más que el punto de encuentro de lo divino y lo humano, y por eso decimos: «Si nos hubiera acercado ante el monte Sinaí y no nos hubiera dado la Torá, nos habría bastado». Si nos hubiera acercado al monte Sinaí sin darnos la Torá, nos habría bastado; pero sin darnos la Torá, ¿en qué nos habría bastado? No: esa elevación del ser a la que accedimos al pie del monte Sinaí bastaba por sí misma para que pudiéramos luego descubrir, a nuestra vez, la Torá. Solo que habríamos tardado mucho tiempo: habría sido necesario pasar por la etapa de Yehoshúa, de los ancianos, de los profetas, de la Gran Asamblea, hasta llegar a nosotros mismos.
Lo que hizo la revelación del monte Sinaí fue quemar para nosotros muchas etapas. Y, en suma, si nuestros sabios colocaron esta mishná como introducción a los Pirkei Avot, es porque los Pirkei Avot son una fuente de meditación personal para el hombre, pero a través de la Torá, y cada uno descubre un aspecto que hasta entonces había sido ignorado. Por otra parte, más adelante volveremos a encontrar el verbo kibel: «Antígonos de Sojó recibió de Shimón el Justo»; recibieron. Ahora bien, sabemos que la kabalá, el hecho de recibir, es menos que la mesirá, la transmisión: la transmisión abarca el conjunto, la totalidad, mientras que la recepción es parcial. En efecto, hubo una pérdida de espiritualidad a lo largo de estas generaciones, y en particular durante el exilio de Babilonia, hasta tal punto que Ezra tuvo que comprometer en adelante a los hombres a funcionar según tres principios; y quizá les sorprenda que les diga que uno de esos tres principios está ligado a la Torá misma.
«Sean mesurados en el juicio, formen muchos discípulos y hagan un cerco alrededor de la Torá»: un límite, una barrera. No se nos dijo lo que dijo cada uno, lo que dijo Yehoshúa, lo que dijeron los profetas. Pero en el caso de la Gran Asamblea importa que se nos diga: sí, había que redescubrir esta Torá, y para ello esos tres principios básicos eran esenciales. Havú metunim badín se traduce por «sean mesurados en el juicio», y en general se entiende como dirigido a los jueces, a los maestros; vehaamidu talmidim harbé, y el principio ligado a la Torá, igualmente, a los rabinos. Pero si hemos partido de la idea abstracta tal como Moshé la recibió en el Sinaí, en su pureza, y hemos intentado, en la medida de nuestras posibilidades, mediante un movimiento de adhesión, darle una primera realidad y pensar en transmitirla a personas capaces, a partir de lo vivido, de traducirla en ideas y de vislumbrar el proyecto del porvenir como lo hicieron los profetas, entonces podemos contarnos entre los hombres de la Gran Asamblea.
Siempre que no excluyamos, que no comparemos. Es cierto que la analogía es una de las trece vías para comprender la Torá, pero en la ley, no entre las personas, no cuando se juzga a alguien. Por otra parte, dentro de havú metunim badín nuestros sabios incluyen el hecho de que no se debe comparar el caso de una persona con el de otra. Quizá sea el mismo caso, pero no debemos basarnos en ello para decidir, porque cada caso, cada hombre, es diferente del otro. Cada percepción es diferente; y esto concierne, por consiguiente, a la relación del hombre con su prójimo. […] Hay una diferencia entre dos maneras de leer vehaamidu talmidim harbé.
En hebreo corriente, vehaamidu talmidim harbé significa «formen muchos discípulos». Hay quienes dedujeron de ello: formen solo discípulos que valgan la pena […]; practiquen un elitismo en la formación de los discípulos. Es un poco lo que hizo Rabán Gamliel, y nuestros sabios no tardaron en destituirlo durante un tiempo, porque antes de Rabán Gamliel la escuela estaba abierta a todo el mundo. Pues él había decretado que el alumno cuyo interior no refleja su exterior, o cuyo exterior no refleja su interior, no debía entrar en el beit midrash, la casa de estudio. Así que, cuando lo destituyeron, abolieron esa restricción de Rabán Gamliel, y él mismo no pudo dormir al ver que la casa de estudio, las escuelas, estaban llenas de alumnos.
Dijo: «¡D-os no lo quiera! ¿Habré privado de Torá a todos estos alumnos?». Y se le dijo en un sueño que la medida que había tomado en el momento oportuno había valido la pena. ¿Por qué? Porque se asistía al nacimiento de movimientos separatistas en el seno del pueblo judío. Era ya el nacimiento de las distintas corrientes —los saduceos, los fariseos, los zelotes—, y Rabán Gamliel estaba muy inquieto por lo que llegarían a ser esas enseñanzas de la Torá si eran explotadas y deformadas por otras personas. Por esa razón dijo que era preciso, a toda costa, que los alumnos fueran dignos de esa enseñanza. Esta es, sin embargo, una directiva que no se mantuvo, y se dijo que la Torá puede, en efecto, lograr el retorno de muchas personas y conducirlas a la buena conducta en el camino que les corresponde.
Pero quisiera volver aquí a una idea que ya hemos mencionado, la de Rabí Janiná, que decía: «Aprendí mucho de mis maestros, más de mis compañeros, y de mis alumnos más que de todos ellos». Así que, si de verdad quieren realizarse, procuren formar muchos discípulos. No guarden la enseñanza para ustedes, ni guarden su pensamiento como si fuera una especie de propiedad privada. Frótenlo con otras mentes: así es como se formarán y se realizarán a ustedes mismos. Desde luego, la Torá no vino a hacer imposible la vida del hombre; al contrario, vino a enriquecerla. Y, por consiguiente, busquen en verdad los caminos para abrir más la Torá al placer de vivir, a la alegría de vivir. Pero un cerco alrededor de la Torá: en la relación entre el hombre y D-os tiene que haber un límite, una barrera; no habría que […].
«¡Ojalá me hubieran abandonado a Mí y hubieran guardado Mi Torá!»: porque si, al fin y al cabo, se entregan al estudio de la Torá como es debido, imponiéndose los límites que van ligados a la Torá, volverán a descubrirme. Así pues, en suma, lo que hicieron nuestros sabios —los Anshé Kenéset HaGuedolá, los hombres de la Gran Asamblea— fue decir a las generaciones futuras: tengan cuidado; descubrirán por ustedes mismos su parte en la Torá, pero lleven consigo estos tres principios básicos: havú metunim badín, entre el hombre y su prójimo; vehaamidu talmidim harbé, para ustedes mismos, para su propia realización; y vaasú seyag laTorá, un cerco alrededor de la Torá, entre ustedes y el Santo, bendito sea.
Así pues, dijimos a propósito de los Pirkei Avot: «Quien quiera ser un jasid» —quien quiera realizarse como jasid, como un héroe de D-os— debe respetar las leyes que rigen las relaciones entre el hombre y su prójimo; entre el hombre y él mismo, milé deAvot, las palabras de los Padres; o bien milé diBrajot, los asuntos de las bendiciones. En realidad, hacen falta las tres juntas; convergen, se reúnen, y eso es lo que descubriremos más adelante mediante el estudio del texto. Bien, creo haber terminado con esta primera [mishná]; quedan todavía otras enseñanzas por extraer, pero debo darles la palabra. He respondido a tu pregunta. —Rav Benizri, soy Diana. Buenas noches.
—Buenas noches. Fiel a mi buena costumbre, llegué un poco tarde, así que pido disculpas. —Sí. —Solo tengo una pregunta que planteé al grupo, y me gustaría oír su opinión: esta antinomia —a mi juicio, una contradicción— entre formar muchos discípulos y, al mismo tiempo, levantar un cerco alrededor de la Torá. Entiendo los principios a la luz de la última frase, pero a la vez los encuentro un poquito contradictorios. Dentro de la pregunta hay también una cuestión más bien política —usted me conoce un poco; al menos espero que no me haya olvidado del todo— sobre el estudio a puerta cerrada, como en las yeshivot, etcétera. Así que no logro conciliar estos tres principios: una apertura hacia el otro, o hacia el alumno, o la riqueza que aporta el estudio; y, al mismo tiempo, formar muchos discípulos es también el pueblo, no solo quienes estudian. Usted habló de Rabí Akiva.
Me hago todas estas preguntas porque, evidentemente, siempre hay muchísimas explicaciones para cada frase de la Torá, de Pirkei Avot y demás, y me gustaría tener su opinión al respecto, a menos que ya se haya respondido antes, en cuyo caso le pido perdón. —Lo que yo enseño a través del texto es, ante todo, lo que él nos dice, lo que se hizo; no estoy aquí para juzgar. […] Saben, recuerdo que una vez, en una clase, seguí el razonamiento de un alumno para llevarlo a un callejón sin salida, y me dijo: «Señor Benizri, usted es un demagogo». Bueno, tomé nota. Pero en realidad yo no hacía más que transmitir el espíritu de la ley, que se tiende a juzgar dentro de límites estrechos.
Y eso es, en suma, una evasión, una huida. El texto aquí, vehaamidu talmidim harbé, los obliga a ir más allá de ustedes mismos, porque si estudian la Torá solo para ustedes, no les servirá de nada. La habrán desnaturalizado. La Torá fue dada a un pueblo. Se dice que había seiscientas mil almas en el Sinaí, y que cada alma se aferró a una letra. Ahora bien, ustedes saben que, si falta una sola letra en la escritura de un rollo de la Torá, el Séfer Torá es inválido. Por consiguiente, hay que buscar esa letra en los distintos componentes de nuestro pueblo. Y en cuanto al cerco alrededor de la Torá: la barrera que hay que poner alrededor de la Torá consiste en no intentar asimilarla a otras culturas, a otras sabidurías, a otras ciencias. Es diferente, fundamentalmente diferente. Y esa es una segunda idea de vaasú seyag laTorá. Les he traducido morashá como «patrimonio»: la palabra aparece dos veces en la Torá. «La Torá que nos ordenó Moshé, morashá»: esa es la Torá; y la Tierra de Israel: la misma palabra sirve para la Tierra de Israel y para la Torá. Eso es lo que llevaba al Rav Kook a decir: la Torá, la Tierra de Israel y el pueblo de Israel son una sola unidad. Ahí tienes, Diana.
—Gracias. —En breve, otra pregunta. —Bueno, tendré el placer de verlos la semana que viene. —Muchísimas gracias. —Muchas gracias. […] —¿Sigue ahí? —Sí. —¿Me oye? —Claro que te oigo. —¿Puedo hacer mi pregunta, Rav? Lo adivinó, señor Benizri. Es una preguntita que me hace reír; no sé por qué la hago. Parece que las coles de Bruselas están prohibidas para el consumo. No es fácil deshacerse de esos bichitos. Así que me pregunto si realmente es así con el consumo de las coles de Bruselas.
Una pregunta un poco más seria. Oí algo de un amigo en la sinagoga. Dio una clase en la que decía que antes, a partir de una guezerá shavá o de un kal vajómer (un razonamiento a fortiori), se podía establecer una halajá, mientras que ahora ya no es posible. —Esa es una pregunta que deberías haber hecho a tu maestro. —Usted es mi maestro. —No, pero yo no soy médico. Porque hoy… Mira, es una situación en la que alguien dijo algo. La Torá se pone al día, al gusto del día. Atención: cuando digo «al gusto del día», no se trata de una adaptación, sino de otra visión de las cosas, y los sabios que se inclinan sobre la Torá para los problemas de nuestra época… Porque, como les he dicho, cada época tiene su propia estructura de vida y de pensamiento, saben, y también cada región del mundo. Y ese es el genio de los ancianos y de los profetas: encontrar las palabras adecuadas para la fórmula, ver qué sufre el pueblo, qué nuevos problemas se le oponen; y, sobre la base de la halajá y, para retomar tus propios términos, de las analogías, las comparaciones y los razonamientos a fortiori… Hay trece modos de lectura de la Torá, como los trece atributos de D-os.
Rajum vejanún, misericordioso y clemente: estos trece atributos de la misericordia, de la justicia, de la verdad, se unen a los trece modos de interpretación de la Torá para resolver, para hacer frente a los nuevos problemas que se plantean en su generación, y algunos son urgentes. Eso es lo que hace que nuestra Torá, día tras día, adopte un aspecto nuevo: jidushim, vestiduras nuevas. Pero saben —creo que ya se lo he dicho—: dos rectas que se cruzan; cuanto más estrecho es el ángulo del pasado, más estrecho es el ángulo del porvenir; si el ángulo del pasado es mucho más amplio, la visión del porvenir también lo es. Así que razonemos de este modo: intentemos abrir el objetivo de la Torá de manera que podamos tener una visión del porvenir mucho más generosa.
—Gracias por estas palabras maravillosas, señor Benizri. —Sí. —Muchísimas gracias, es verdaderamente magnífico. —¿Todo bien? Entonces los dejo. —Muchas gracias. Shavúa tov a usted. —Shavúa tov, y hasta la semana que viene. —Shavúa tov, señor Benizri. Gracias. —Shavúa tov, señor Benizri. —Gracias. —Shavúa tov. —Gracias, señor Benizri. —Shavúa tov, señor Benizri. —Señor Benkowski. —Gracias. —Samuel. Buenas noches. —Shavúa tov, señor Benizri. —Shavúa tov a todos. —Gracias. —Gracias por tanta sabiduría y generosidad. —Shavúa tov, señor Benizri. Como antigua alumna de la escuela Maimónides, me ha emocionado mucho volver a verlo después de tantos años. Ni siquiera me atrevo a decir la cifra, porque es realmente muy elevada, pero es un placer escucharlo, y espero escucharlo de nuevo la semana que viene.
Me llamo Danielle Finkel; usted me conoció como Dany Finkel. Vivo en Israel, y lo que resulta bastante emotivo es que en este encuentro, esta noche, estamos varios compañeros de clase que nos reencontramos no hace mucho, y de pronto encontrarnos escuchando su clase nos trae muchos recuerdos; es muy emocionante. —El sentimiento es mutuo. Muchas gracias. […] —Adelante. —Desde Jerusalén. —Erev tov, erev tov, buenas noches. —Somos de la isla de la Reunión. —Luc, ¿cómo estás, Luc? —Muy, muy bien.
¿Cómo está Bricelle? —Muy bien. ¿Y tú, estás bien? —Muy bien. —¿Cómo está Bricelle? —Bien, bien, Samuel. Escucha, tengo que dejarte, porque debo cerrar la sesión y luego subir el video a YouTube. Behatzlajá, y que todo siga bien. —Gracias, Luc. —Gracias a todos. Adiós. —A mí también me alegra verte.
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