La mishná que inaugura el tratado es la de Shimón HaTsadik: sobre tres columnas se sostiene el mundo, la Torá, el culto y la beneficencia. El Rav Raphaël Benizri se detiene en lo que al principio parece una receta del espíritu y pregunta por qué habría que fundar el mundo, a toda costa, precisamente sobre estos tres pilares. La respuesta se busca en los tres patriarcas, pero también en la situación histórica de un hombre que fue el último testigo de la Gran Asamblea. La clase se convierte entonces en una reflexión sobre la pluralidad de caminos dentro de un mismo pueblo y sobre aquello que permite a Israel reconstituirse después de cada derrumbe.
El Rav parte de la correspondencia entre las tres columnas y los tres patriarcas, y luego la amplía en una comparación que recorre toda la sesión: la de la luz blanca descompuesta en colores. Las divergencias de pensamiento, dentro de la humanidad como dentro de un pueblo o de una familia, son matices de una misma luz, y el arcoíris es precisamente el compromiso asumido por el Creador aun antes de la entrega de la Torá. De allí la clase pasa a las tres etapas de la creación, a la teshuvá (retorno, arrepentimiento) como resurrección a partir de la nada, y a los tres caminos por los que el hombre se busca a sí mismo.
La segunda mitad sitúa a Shimón HaTsadik en la historia: kohen gadol (sumo sacerdote) y último sobreviviente de la Gran Asamblea, se encuentra en la bisagra entre la cultura persa y la cultura griega, como más tarde Rabán Yojanán ben Zakai se encontrará entre el mundo helenístico y Roma. El Rav extrae de ello una reflexión sobre las luchas internas del pueblo, sobre la legitimidad de las opiniones contrarias y sobre la manera en que los sabios levantaron a comunidades derrumbadas. La grabación se interrumpe antes del final de la última frase.
Lo que enseña esta clase
Las tres columnas corresponden a los tres patriarcas. Shimón HaTsadik inaugura el tratado afirmando que el mundo se sostiene sobre la Torá, sobre el culto y sobre la beneficencia. Ahora bien, ya hemos aprendido a través de los patriarcas que la práctica de la bondad y la apertura al otro eran lo propio de Avraham; que el culto, es decir, la entrega llevada al extremo, era lo propio de Itzjak, que aceptó ser colocado sobre el altar; y que la Torá, la verdad, es la de Yaakov. Son estos tres pilares los que sostienen el mundo.
El mismo principio reaparece, con otro ropaje, al final del capítulo. Rabán Shimón ben Gamliel dice, por su parte, que el mundo subsiste por tres cosas: la justicia, la verdad y la búsqueda de la paz. Son los mismos principios bajo otra vestidura, con algunos matices. La diferencia de formulación no deshace la unidad de la estructura; indica solamente que los mismos apoyos se expresan de otro modo según la generación que los enuncia.
La lengua hebrea expresa la sucesión de las generaciones como un descenso. El verbo que emplea es el del descenso, y eso no significa que nada progrese. La ciencia ha resuelto numerosos problemas, ha abierto nuevas perspectivas y ha elevado al hombre a distintos grados de su propia dignidad. Pero no se puede decir que el hombre de hoy sea mucho más moral o mucho más espiritual de lo que era antes. Quienes buscaban la espiritualidad dejaron su huella en su época por su conducta, por su erudición y por la referencia que constituyeron para su sociedad y más allá.
Las divergencias de pensamiento son los colores de una misma luz. Los colores del arcoíris emanan de una luz blanca que, por refracción, produce siete; y si se logra recomponerlos, se vuelve a obtener el blanco. Kandinsky decía que el negro y el blanco son los mismos colores, salvo que el negro es el conjunto de los colores en estado estático, mientras que el blanco es ese mismo conjunto en movimiento; se comprueba en una rueda que gira rápido. Lo mismo sucede en el plano del pensamiento: las diferencias de pensamiento son como esos colores, no solo a escala de la humanidad, sino a la de un pueblo y a la de una familia. Hay que saber convivir con ellas.
El arcoíris es un compromiso anterior a la entrega de la Torá. Es mediante esta imagen como D-os se promete no volver a traer el diluvio sobre el mundo, es decir, admitir que se pueda abordar la misma luz según distintos matices de percepción. Este compromiso del Creador con su humanidad precede a la entrega de la Torá al pueblo, y eso es importante: todo lo que Él crea lleva la mención tov, «bueno». Ese bien atraviesa el conjunto de la creación y culmina, en el hombre, en la firma tov meod, «muy bueno».
El «muy bueno» no es un punto final: se abre al Shabat. Nuestros sabios dijeron que alcanzar la excelencia del «muy bueno» significa la muerte. Por eso, cuando la creación del hombre llega a ese grado, el «muy bueno» abre la perspectiva del Shabat, es decir, de una re-creación del ser. Estamos inmersos en ese movimiento de re-creación permanente. Hay tres etapas en la creación —sin hablar de la emanación, que pertenece a la intuición—: la concepción, que es la Yetsirá (formación), y el paso al mundo de la realidad, la Asiá (acción); en cuanto a la Beriá, creación a partir de la nada, se sitúa en esa posibilidad de resucitarse a sí mismo.
El primer movimiento de resurrección es la teshuvá. Es el retorno a otra forma de pensar, a otra concepción de la vida. Y surge precisamente de la nada que uno ha constatado a su alrededor, cuando llega a un balance de mentiras y fracasos. Es entonces cuando uno se pone a buscarse a sí mismo, y esa búsqueda sigue tres caminos, que son las tres columnas. La Torá es el primero: por ella estamos frente a nosotros mismos, realizamos nuestra persona, y pertenece al pensamiento y a lo racional. La oración es el segundo: por ella superamos lo racional, porque pertenece al corazón. El tercero es la beneficencia, es decir, la relación con el prójimo, y de ella no podemos prescindir: todos necesitamos del otro; una vida solo puede vivirse entre dos.
La tenaza hecha con una tenaza fue creada al crepúsculo. Entre las diez cosas creadas en la víspera del Shabat, nuestros sabios cuentan la tenaza fabricada por medio de otra tenaza: para engarzar un anillo en otro hacen falta dos herramientas, hay que hacer trabajar las dos manos. Esto se hizo en un tiempo que no es ni el de la creación ni el del Shabat, en el intervalo del crepúsculo. Lo que significa es que la vida con el otro —y el otro por excelencia es el esposo o la esposa—, ese engarce del uno en el otro, fue concebido en ese tiempo intermedio. El tiempo de la creación está delimitado por la tarde y la mañana; el del Shabat no lo está, es el del infinito; y entre la finitud y el infinito está la pareja.
El jasid (hombre piadoso) reza ante todo para encontrar a su pareja. La pareja es el engarce de dos seres movidos por un mismo espíritu y por una misma oración; por eso se dice que todo jasid debe rezar para encontrar lo que debe encontrar, es decir, a aquella o aquel que le está destinado. Y por eso también el mandamiento de amar al prójimo como a uno mismo se refiere en primer lugar a la propia pareja en la vida.
Shimón HaTsadik es el último testigo de la Gran Asamblea. De esa Gran Asamblea no tenemos muchos nombres ni muchos relatos. Él era kohen gadol y dirigió a la comunidad judía en la Tierra de Israel durante cuarenta años; se cuenta que en su época numerosos prodigios rodeaban su persona. Fue él quien recibió a Alejandro de Macedonia cuando este llegó a la Tierra de Israel con el propósito de destruir el Templo: salió revestido con sus vestiduras de sumo sacerdote para recibirlo, y la agadá relata que Alejandro habría descendido de su carro ante él. Después de Shimón HaTsadik, refiere el Talmud, los milagros de su tiempo no volvieron a repetirse.
La Torá en sí no cambia; son sus parámetros los que quedan sin explorar. Muchas personas creen que la Torá misma no pasa por este movimiento de re-creación. No es exacto: su esencia ha permanecido entera y bien conservada, pero sus distintos parámetros no han sido explorados a fondo, y en cada generación la rueda vuelve a girar. Cuando el Talmud relata la vida en la época de Babilonia o la del pueblo en la Tierra de Israel, se trata de situaciones que parecen superadas; en realidad, las estructuras son las mismas, solo la arquitectura es distinta.
En esto el sabio aventaja al profeta. Si el jajam (sabio) es más importante que el profeta, es porque es él quien traza el camino a su generación, en función de los problemas a los que esta debe enfrentarse. Y si lo que se ha transmitido de Shimón HaTsadik es que fue el último testigo de la Gran Asamblea, es para decirnos que con él se abre otra etapa de la historia del pueblo judío: el paso de la cultura persa a la cultura griega. Desde entonces los sabios deben medirse con un movimiento filosófico que quiere renegar del pasado y repensarlo todo solo con la razón, sin tener en cuenta la percepción interior ni las obligaciones del hombre para con su prójimo.
Estas mutaciones van siempre acompañadas de luchas internas. Cuando se producen, surgen en el seno del pueblo judío luchas intestinas y corrientes diversas en la interpretación de la Torá —fariseos, saduceos, zelotes— y grandes escuelas que se disputan la primacía, como las de Hilel y Shamai, las más de las veces opuestas entre sí. Es preciso, por cierto, decidir cuál es la norma de conducta, pero sobre todo no menospreciar ni rechazar nunca la opinión del otro tachándola de extremista o abusiva sin haberla analizado desde varios ángulos.
Por eso la Mishná consigna una ley y su contraria. Cuando expone las opiniones de los sabios, da la opinión y su opuesta, y si hay cinco opiniones las analiza todas y las pasa por el tamiz para saber si cada una se sostiene frente a la lógica de conjunto de la Torá. Nuestros sabios no se abstuvieron de decir que «estas y aquellas son palabras del D-os viviente», aunque unos prohíban y otros permitan, unos declaren profano lo que otros declaran sagrado. Depende de las coyunturas y de las situaciones en que se encuentra el hombre, y son las perspectivas las que dictan las tomas de posición; los sabios de cada generación tuvieron que asumir la tarea de marcar las prioridades.
Tras la destrucción del Templo hubo que levantar a hombres que ya no querían vivir. Algunos se prometieron entonces no volver a beber vino, no volver a cantar, no volver a comer carne; numerosas comunidades se hundieron en la desesperación. Lo sabemos por nosotros mismos, que hace algunos años convivimos con quienes habían escapado de la muerte y de los campos, y que se preguntaban si eran de verdad el pueblo elegido, y dónde estaba D-os. Son preguntas que vuelven una y otra vez. Los sabios quisieron infundir vida a esos hombres profundamente decepcionados por su propia historia, y se preguntaron qué podría reconstituir al pueblo.
La posición de Shimón HaTsadik es la misma que ocupará Rabán Yojanán ben Zakai. Uno se halla en la encrucijada entre la cultura persa y la cultura griega; el otro, entre el mundo helenístico y el mundo romano. El proyecto es siempre el mismo: apropiarse del patrimonio judío y rechazar a su poseedor, olvidarlo. La humanidad entera se arrodilla ante el genio judío; solo que empezó por crucificar a quien lo portaba. Este fenómeno se encuentra ya en el Faraón, que quería integrar la matriz judía a través de las mujeres y de las hijas, pero rechazar al padre y retener solo a la madre.
Por la Torá se es príncipe, por la oración se es servidor, y ambos tienen su privilegio. El culto es la entrega de uno mismo. Por la Torá somos el príncipe; en la oración ya no lo somos, somos el servidor. Pero el servidor tiene un privilegio que el ministro no tiene: el ministro debe pedir audiencia y no puede abrir la puerta del palacio en cualquier momento, mientras que el servidor, que está a la puerta, tiene orden de entrar y salir porque está al servicio del rey. Debemos tener estas dos prerrogativas, la dignidad del ser y la humildad de servir, y es a través de ellas como se puede abordar el tercer aspecto, el de la beneficencia y la apertura al prójimo.
Hacía falta que fuera un kohen quien no diera la prioridad al culto. Shimón HaTsadik era sumo sacerdote: podría haber puesto en primer lugar la oración, el sacrificio o el ritual del Templo. No lo hizo. Porque los kohanim (sacerdotes) no figuran en la transmisión de la Ley; son los ancianos y los sabios quienes tienen ese encargo. Sobre ellos descansa esa «tenaza hecha con una tenaza», es decir, esa voluntad de constituir la cadena de transmisión y de poder rehacerse después de cada prueba.
Transcripción completa de la clase
Aprovecho la ocasión para saludarlos. Continúo mi reflexión sobre Pirké Avot (Ética de los Padres) a través de las palabras de Shimón HaTsadik, que inaugura Pirké Avot con la siguiente afirmación: sobre tres columnas se sostiene el mundo, «sobre la Torá, sobre el culto y sobre la beneficencia» (Avot 1:2), al haTorá, veal haavodá, veal guemilut jasadim. Parece una receta de cocina; pues bien, es una receta, una receta del espíritu. Pero ¿por qué de pronto este empeño en fundar el mundo, a toda costa, sobre estas tres columnas? Tenemos tres patriarcas, Avraham, Itzjak y Yaakov, y a través de ellos ya hemos aprendido que la práctica de la bondad era lo propio de Avraham: la apertura al otro. El culto, la entrega llevada al extremo, era lo propio de Itzjak, puesto que aceptó ser colocado sobre el altar, y ello por la humanidad entera. Y la Torá es la de Yaakov; la verdad es la de Yaakov. Tal es el principio de los tres pilares sobre los que se sostendría el mundo.
Rabán Shimón ben Gamliel lo expresa, por otra parte, de otra manera al final del primer capítulo de Avot: al shloshá devarim haolam kayam, «por tres cosas subsiste el mundo». Pero allí dice: al hadín veal haemet veal hashalom (Avot 1:18), por la justicia, por la verdad y por la búsqueda de la paz. Está vestido de otro modo; son los mismos principios, con algunos matices. Pero hay algo que debemos tener presente: la lengua hebrea define la decadencia de las generaciones —yeridat hadorot— con un verbo de descenso […]. A medida que avanzamos en la historia, no hay, en efecto, mejora de la condición humana en su dimensión espiritual.
Desde luego, la ciencia ha resuelto numerosos problemas; ha abierto, en efecto, nuevas perspectivas al hombre. Ha elevado sin duda al hombre a distintos grados de la vida, de su propia dignidad. Pero no podemos decir que el hombre de hoy sea mucho más moral de lo que era antes, ni mucho más espiritual de lo que era antes. Quienes buscaban, quienes estaban en busca de espiritualidad, siguen siendo hasta hoy —por su conducta ejemplar, por su erudición, por la referencia que fueron para su sociedad y más allá— los maestros del pensamiento universal y específicamente judío. Digo «universal», discúlpenme, porque el principio de la espiritualidad, en su fundamento, proviene del judaísmo; se ha propagado un poco, a distintos niveles. Y esto lo sabemos: los colores del arcoíris provienen, o emanan, de una luz blanca que por refracción produce siete colores —siete, paradójicamente—. Y si se logra recomponerlos de manera científica, se puede en efecto obtener de nuevo el color blanco.
Fue Kandinsky quien decía que el negro y el blanco son los mismos colores, salvo que el negro es el color en estado estático, y el blanco son los distintos colores en movimiento. Es decir, todos los colores fundidos juntos en estado estático dan el negro; todos los colores en movimiento hacen que predomine el blanco: se ve en una rueda giratoria; cuando se la hace girar rápidamente, es el blanco el que domina. Pues bien, lo mismo ocurre en el plano del pensamiento; así sucede con el pensamiento. Las diferencias de pensamiento son como esos distintos colores, y no solo en el plano de la humanidad, sino en el de un pueblo, en el de una familia, y hay que saber convivir con ellas. D-os mismo prometió no volver a traer el diluvio sobre el mundo, a imagen del arcoíris: es decir, admitir que se pueda, en efecto, abordar a partir de la misma luz distintos matices de color, distintos matices de percepción.
Y esto es importante: la imagen del arcoíris es dada antes de que la Torá sea entregada al pueblo. Es un compromiso del Creador con su humanidad, porque todo lo que Él crea lo crea con la mención «bueno», tov. Ese tov atraviesa el conjunto de la creación y culmina, en el hombre, en la firma tov meod: «muy bueno». Pero atención: nuestros sabios dijeron que si se llega a la excelencia del «muy bueno», eso significa la muerte. Y por consiguiente, una vez culminada la creación del hombre […], el «muy bueno» abre la perspectiva del Shabat, es decir, de una re-creación del ser. Estamos en un movimiento de re-creación permanente, sépanlo; y hay tres etapas en la creación. No hablamos de la emanación, la Atsilut, que es la intuición propiamente dicha; pero lo que sí está a nuestro alcance es la concepción —la Yetsirá— y su paso al mundo de la realidad, la Asiá; y la Beriá, la creación a partir de la nada, se sitúa en esta posibilidad de resucitarse a sí mismo.
Y el primer movimiento de resurrección es la teshuvá. La teshuvá: el retorno a otra forma de pensar, a otra concepción de la vida. Y esta surge, en efecto, de la nada que hemos constatado a nuestro alrededor. Cuando hemos llegado a un balance de mentiras y fracasos a nuestro alrededor, entonces salimos en busca de nosotros mismos. Y en la búsqueda de uno mismo hay tres caminos. La Torá es la primera vía de búsqueda; la segunda es la oración. Por la Torá estamos frente a nosotros mismos; realizamos nuestra persona. Por la oración superamos lo racional: la oración pertenece al corazón, mientras que la Torá pertenece al pensamiento, a lo racional. Y la guemilut jasadim (práctica de la bondad) es la relación con el prójimo. Y de ella no podemos prescindir. Todos necesitamos del otro.
Una vida solo puede vivirse entre dos. Y nuestros sabios dicen que entre las diez cosas creadas en la víspera del Shabat está «la tenaza hecha con una tenaza» (Avot 5:6): un anillo engarzado en otro anillo. Para hacerlo, en general hacen falta dos pinzas; hay que hacer trabajar las dos manos —dos tenazas— para deslizar el primer anillo dentro del segundo. Pues bien, esto se hizo en un tiempo que no es ni el de la creación ni el del Shabat: bein hashmashot, en el crepúsculo. ¿Y qué quiere decir esto? Que en realidad la vida con el otro —y el otro por excelencia es el esposo o la esposa—, ese engarce del uno en el otro, fue concebido en un tiempo que no es el tiempo de la creación, del que se dice «y fue tarde y fue mañana», un tiempo bien definido; ni tampoco es el tiempo del Shabat, porque ese es el tiempo del infinito: en Shabat no hay ni tarde ni mañana; el séptimo día es el tiempo de la eternidad. Y entre el tiempo de la finitud y el del infinito está la pareja. Es el engarce de dos seres movidos por un mismo espíritu, por una misma oración; porque está escrito: «Por esto rezará a Ti todo jasid en el tiempo de encontrar» (Tehilim 32:6): el hombre piadoso debe rezar para encontrar. ¿Y qué encontrará? Su alma gemela, su pareja.
Y por eso «amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Vaikrá 19:18) se refiere en primer lugar a tu compañero en la vida, a tu compañera en la vida. El último testigo de la Gran Asamblea: de esta Gran Asamblea no hemos oído hablar mucho; no conservamos muchos nombres. Y Shimón HaTsadik fue un kohen gadol (sumo sacerdote) que dirigió a la comunidad judía en la Tierra de Israel durante cuarenta años, y se cuenta de él que en vida numerosos prodigios rodeaban su persona. Fue él quien recibió a Alejandro de Macedonia cuando este llegó a la Tierra de Israel para conquistarla, con el propósito de destruir el Templo: salió vestido con sus vestiduras de kohen gadol a recibirlo, y la agadá relata que él —hablo de Alejandro de Macedonia— habría descendido de su carro para recibir al kohen gadol, que era Shimón HaTsadik.
Y después de Shimón HaTsadik, desde luego, el Talmud nos relata que todos los milagros que habían existido en tiempos de Shimón HaTsadik ya no se renovaron. Pero ¿cómo se define a Shimón HaTsadik? Se lo define como mishiyaré Knéset HaGuedolá (Avot 1:2), «de los remanentes de la Gran Asamblea». Y aquí tendremos que tomar otra dirección para comprender esta mishná, porque muchas personas creen que la Torá misma no pasa por este movimiento de re-creación y de re-concepción a lo largo de las generaciones. No es cierto. La esencia de la Torá —y se lo dije la semana pasada— ha permanecido entera, bien conservada; pero sus distintos parámetros no han sido explorados a fondo, y en cada generación la rueda vuelve a girar.
Cuando el Talmud relata la vida en la época de Babilonia, o la vida del pueblo de Israel en la Tierra de Israel, se trata de situaciones que hoy parecen superadas. Pero en realidad las estructuras son las mismas; lo que difiere es la arquitectura. Y esto es lo propio del jajam, del sabio: ¿por qué decimos jajam adif minaví (Bava Batra 12a), que el sabio es mucho más importante que el profeta? Porque es él quien va a trazar el camino a su generación en función de los problemas a los que debe enfrentarse. En efecto, si lo que se ha transmitido de Shimón HaTsadik, este kohen gadol, es que fue el último testigo de la Gran Asamblea, es para decirnos que a partir de Shimón HaTsadik se abrirá otra etapa de la historia del pueblo judío.
Y esta etapa de la historia del pueblo judío pasa del ámbito persa, de la cultura persa, a la cultura griega. Y los jajamim deben medirse con ese movimiento de la filosofía griega que quiere renegar del pasado y repensarlo todo con la razón, sin tener en cuenta las emociones de cada uno, la percepción interior de cada cosa ni las obligaciones del hombre para con su prójimo. Ahora bien, estas mutaciones son sucesivas, y hay que decir que, cuando se producen, surgen en el seno del pueblo judío luchas intestinas. Hay distintas corrientes, por ejemplo en la interpretación de la Torá: los fariseos, los saduceos, los zelotes. Hay también grandes escuelas que se disputan la primacía en la halajá (ley judía).
Lo sabemos muy bien a través de Hilel y Shamai, que la mayor parte del tiempo están en posiciones opuestas, y debemos decidir cuál debería ser la norma de conducta; pero sobre todo no menospreciar ni rechazar nunca la opinión del otro, considerándola extremista o abusiva, sin haberla analizado realmente desde varios ángulos. Esa es la razón por la cual la Mishná, cuando refiere las opiniones de los sabios, presenta una idea y su contraria, una ley y su contraria. Y si hay cinco opiniones, las analizará todas y las pasará por el tamiz para saber si se sostienen frente a la lógica de la Torá en su conjunto. Y nuestros sabios no se abstuvieron de decir elu vaelu divré Elokim jayim (Eruvín 13b), «estas y aquellas son palabras del D-os viviente», aunque unos prohíban y otros permitan, unos declaren profano y otros declaren sagrado: estas y aquellas, ambas son palabras del D-os viviente. Depende de las coyunturas y de las situaciones en las que se encuentra el hombre, y son las perspectivas las que dictan esas tomas de posición.
En cuanto a esas tomas de posición, los sabios —los sabios de cada generación— tuvieron que asumir la tarea de marcar las prioridades. Como ustedes saben, cuando el Templo fue destruido, hubo personas que se prometieron no volver a beber vino, no volver a cantar, no volver a comer carne; numerosas comunidades se hundieron en la desesperación. Lo sabemos nosotros mismos, que hace algunos años vivimos y convivimos con quienes escaparon de la muerte, con quienes escaparon de los campos de concentración; todo el mundo se preguntaba si éramos de verdad el pueblo elegido por D-os, dónde estaba D-os, etcétera. Son preguntas que vuelven una y otra vez. Los sabios quisieron infundir nueva vida a esos hombres que habían quedado decepcionados, profundamente decepcionados, por su propia historia; asegurar una resurrección.
Pues bien, se preguntaron qué podría reconstituir de nuevo al pueblo judío y devolverle su causa. Y ustedes saben: lo que atraviesa Shimón HaTsadik, situado en la encrucijada entre la cultura persa y la cultura griega, es lo que vivirá más tarde Rabán Yojanán ben Zakai en la encrucijada entre el mundo helenístico y el mundo romano. El proyecto es siempre, el proyecto es siempre, apoderarse del patrimonio judío y rechazar al judío, rechazar a su poseedor, olvidarlo. En realidad, en realidad, la humanidad entera se arrodilla ante el genio judío; solo que empezó por crucificar a su portador. En suma, incluso el Faraón, en el mundo en que vivió, habría querido integrar la matriz judía a través de las mujeres judías, de las hijas judías, pero rechazar al padre, retener solo a la madre. Pues bien, este fenómeno atraviesa toda nuestra historia. Y por consiguiente, cuando Shimón HaTsadik dice cuáles son los tres pilares que pueden salvar al pueblo, dice: la Torá, el culto. El culto, ¿qué es? La entrega de uno mismo. Se dice que por la Torá uno es el príncipe. En la oración ya no somos el príncipe: somos el eved, el servidor. Pero el servidor tiene, con todo, un privilegio sobre el príncipe, sobre el ministro: el ministro mismo debe pedir audiencia al rey; no puede venir sin más, no puede abrir la puerta del palacio en cualquier momento. Pero el servidor, que está a la puerta, tiene orden de entrar y salir, porque está al servicio del rey.
Pues bien, debemos tener estas dos prerrogativas, a saber, ser a la vez sar (príncipe) y eved (servidor): una dignidad del ser, pero siempre la humildad de servir; y es a través de ellas como se puede abordar el tercer aspecto, el de la guemilut jasadim, la práctica de la bondad, la apertura al prójimo. Pero hay que notar que de Shimón HaTsadik, un sumo sacerdote, cabría quizá esperar que diera la prioridad a la oración, o al sacrificio, o al ritual del Templo. No: dijimos que los kohanim no figuran en la transmisión de la Ley; pero es en ellos, en efecto, en quienes descansa esta voluntad de constituir la cadena de transmisión y de poder rehacerse después de cada prueba, porque lo que hace […], lo que dice […]
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