Esta breve sesión está dedicada a la segunda mishná del tercer capítulo de Pirkei Avot (Ética de los Padres): la de Rabí Janiná, adjunto de los sacerdotes, quien enseñaba a rezar por la paz del reino, porque sin el temor que este inspira, los hombres se tragarían vivos unos a otros. El Rav Raphaël Benizri aborda la mishná primero a través de su autor —un hombre a quien el poder mantuvo apartado toda su vida del cargo al que podía aspirar— y luego a través de su alcance político. La pregunta que plantea es la del límite: ¿hasta dónde hay que bendecir a la autoridad establecida?
La clase parte del principio de que D-os no es solamente el amo de la creación, sino el amo de la historia de esa creación, y de que nosotros tomamos parte en ella, tanto en los éxitos como en los fracasos. A partir de ahí, el Rav explica la costumbre, en todas las comunidades, de la bendición por el Estado; la imagen de los peces grandes que devoran a los pequeños; y el paralelo con la tesis de Thomas Hobbes, formulada unos quince siglos más tarde.
Luego se detiene en lo que el poder puede tener de abusivo, en los propios reyes de Israel y en el sentido del exilio como sanción y como rehabilitación. La sesión concluye con la ley del rey tal como la Torá la prevé, con las tres obligaciones que aguardan al pueblo a su entrada en la tierra, y con la razón por la cual un gobierno, sea cual sea, sigue siendo una expresión delegada de la realeza celestial.
Lo que enseña esta clase
Quien enseña a rezar por el poder es aquel a quien el poder apartó. A Rabí Janiná se le llama adjunto de los sacerdotes. En principio, el Sumo Sacerdote no tiene más que un adjunto, y es ese adjunto quien accede al cargo cuando este queda vacante. Ahora bien, Rabí Janiná, que vivió en la época de la destrucción del Segundo Templo, nunca obtuvo ese ascenso: siguió siendo adjunto, mientras que otros cohanim (sacerdotes) eran nombrados Sumo Sacerdote por el poder. Quizá tenía una personalidad demasiado fuerte, que incomodaba, y se prefirió mantenerlo en esa posición. Y, sin embargo, fue él quien supo avenirse a esa situación y dijo: no voy a sublevarme contra el poder establecido.
Bendecir al Estado en el que se vive es una institución rabínica. Todas las comunidades lo hacen: en Francia por la República y por quienes la dirigen; en España y en Inglaterra, igualmente. También el Estado de Israel es bendecido. No se trata, pues, de una preferencia ni de una opinión política, sino de una prescripción que ordena rezar por el bienestar del Estado en el que se vive y por su gobierno. La mishná proporciona su fundamento.
Sin el temor que inspira la autoridad, el hombre devora vivo a su prójimo. Esto es lo que dice la mishná, y nuestros sabios lo explican con una imagen: así como los peces grandes se tragan a los pequeños y se alimentan de ellos, una sociedad sin un gobierno que la administre, sin instituciones, habría cedido a la anarquía, y en ella la ley del más fuerte siempre prevalecería. Si cerramos nuestras casas por la noche, es precisamente porque nos tranquiliza que exista un poder. Esta es la teoría que un pensador inglés, Thomas Hobbes, desarrollaría más tarde, en el siglo XVII: más vale un mal Estado que la ausencia de Estado, y el Estado establecido merece respeto porque es él quien nos protege de los abusos.
Pero el Estado también condiciona las mentes. Lo que desarrolló Hobbes fue completado por la observación de que, en realidad, hagamos lo que hagamos, estamos condicionados. Hoy contribuyen a ello los medios de comunicación; antaño eran los escritos y los discursos públicos, y todo Estado ha tenido hombres encargados de formar la mentalidad de la sociedad y de hacerla marchar al paso de la política del gobierno. El Rav recuerda a este propósito la idea de que no se peca tanto por falta de luz como por exceso de luz, y de que la sociedad así descrita no es negra, sino blanca. Poco a poco, las mentes van siendo ganadas por esos modos de pensar, hasta el punto de que ya no es posible sustraerse a ellos.
El Rey de reyes ejerce Su voluntad a través de reyes. El libro de los Reyes muestra con suficiente claridad cómo se comportaron muchos de ellos, y cuántos abusaron de su poder. La realeza alcanzó su apogeo con Shelomó, precisamente porque construyó el Santuario, y de su reinado se dice que se sentó en el trono del Eterno. Es la idea de que D-os dirige la historia: Él es el Rey de reyes, pero realiza Su voluntad a través de otros reyes. Un poder establecido pone de manifiesto, por consiguiente, una carencia cuando actúa en contra del orden moral, del orden social, del orden espiritual.
El exilio responde a la misma lógica. ¿Qué es el exilio para el pueblo judío? Una gran carencia en la gestión de su Estado: el pueblo ya no es digno de administrar su patria, y por eso hay que exiliarlo para que se enmiende. Pero esta estancia entre las naciones tiene un sentido de redención y de rehabilitación. De ahí el deber de rezar para que esas naciones tengan compasión y nos aseguren la protección necesaria, a fin de que podamos enmendarnos y reconstruir nuestro país. En este sentido está redactada la bendición: que en sus días y en los nuestros Yehudá sea salvado —y por ello hay que entender al pueblo judío.
Existe, sin embargo, un límite, y es tajante. ¿Hasta qué punto hay que bendecir a la autoridad establecida con el argumento de que es la voluntad del Cielo? Si hay dictadores en el poder, si se trata de los inquisidores del pueblo judío, ¿seguiremos pronunciando una bendición por ellos? No. Esto es lo que lleva a entender las palabras de Rabí Janiná de otra manera: no se refieren solamente al poder establecido, se refieren también al reino celestial. Hay que rezar para que ese reino favorezca un Estado más propicio a nuestra estancia en su país, y que nos permita levantarnos hasta el punto de recuperar nuestra tierra.
El rey no es solamente la emanación del pueblo. La Torá había previsto que, al entrar en la tierra, el pueblo diría que quería darse un rey, y previó al mismo tiempo los problemas inherentes a ese poder. De ahí la obligación impuesta al rey de tener un segundo rollo de la Torá, que lo acompaña en todos sus desplazamientos. Porque no es rey únicamente porque el pueblo lo eligió: también está encargado por el Rey de reyes de administrar el porvenir del pueblo de Israel. El rollo que no se separa de él es el recordatorio permanente de esta segunda misión.
Esta ley solo se aplica tras el asentamiento, y el asentamiento lleva tiempo. Fueron necesarios trescientos años desde la entrada del pueblo en su tierra para que se estableciera el principio de la realeza. Los textos, por otra parte, fueron muy claros: habrá desviaciones. No se puede gobernar un país sin alguna forma de política, y la política es una política de intereses, en la que intervienen el ego de las personas, su poder, sus favores. La Torá previno contra esas posibles derivas, lo cual no impide que sigamos aspirando a la realeza de David.
Tres obligaciones aguardan al pueblo a su entrada en la tierra. Darse un rey, librar la guerra contra Amalek, que es la encarnación del mal, y construir el Santuario. Estas tres leyes son indispensables para una vida sana del pueblo judío en esta tierra. A partir de aquí se comprende la mishná: rezar por el decoro, la salud, la economía y el éxito del Estado en el que se vive, porque ese gobierno es también una expresión de la realeza celestial, delegada en hombres. Sin este temor del Cielo, y sin asimilar que incluso quienes nos persiguen son una mano que enmienda al pueblo judío, no queda más que la ley del más fuerte.
Transcripción completa de la clase
[…] No es solamente el amo de la creación; es también el amo de la historia de esa creación, y nosotros tomamos parte en esa historia, en sus éxitos y también en sus fracasos […]. Entonces, ¿qué nos dice esta segunda mishná del perek shlishí, el tercer capítulo? Rabí Janiná, segán hakohanim —Rabí Janiná, el adjunto de los sacerdotes—, omer, es decir, «dice»: lo dice siempre, no deja de decirlo. Reza siempre por la paz del reino, del Estado en el que vives. Ustedes saben que hay una bendición que se recita cada Shabat. Para los franceses es, desde luego, por la República Francesa y por quienes la dirigen. Para España, lo mismo. Para Inglaterra, lo mismo. También el Estado de Israel: lo bendecimos; cada Shabat está la bendición por el Estado. Esta es, pues, la institución rabínica que ordena que recemos por el bienestar del Estado en el que vivimos y de su gobierno. Ahora bien, se le llama el adjunto de los sacerdotes. En principio, el Sumo Sacerdote tenía un solo adjunto; no se puede ser adjunto de varios sacerdotes. Ser el adjunto significa que, cuando el Sumo Sacerdote deja su cargo, es el adjunto quien es nombrado Sumo Sacerdote en su lugar.
Pero resulta que Rabí Janiná, que vivió en la época de la destrucción del Templo —del Segundo Templo—, nunca obtuvo ese ascenso a Cohén Gadol (Sumo Sacerdote). Siempre siguió siendo segán, siempre el adjunto, de modo que otros ascendían antes que él: otros cohanim eran nombrados Sumo Sacerdote por el poder, mientras que él seguía siendo adjunto. Quizá tenía una personalidad muy fuerte, que se temía, y por eso se le mantuvo siempre en el puesto de segán. Por eso se le llama segán hakohanim. Y él, precisamente, supo avenirse a esas circunstancias. Dijo: no voy a sublevarme contra el poder establecido. Y así: hevé mitpalel bishlomá shel maljut —reza siempre por la autoridad establecida—, sheilmalé moraá, ish et reehu jayim belaó —pues de no ser por su temor, por el temor que inspira, de no ser por su autoridad, el hombre se tragaría, devoraría vivo a su hermano.
Y nuestros sabios explican: así como los peces grandes se tragan a los peces pequeños y se alimentan de los peces pequeños, del mismo modo la sociedad, sin el gobierno que la administra, sin la autoridad reinante, sin las instituciones, habría cedido a la anarquía, y la ley del más fuerte siempre prevalecería. Es una teoría que más tarde desarrolló un pensador inglés, Thomas Hobbes, en el siglo XVII: que más vale un mal Estado que la ausencia de Estado, y que el Estado establecido debe ser digno de nuestro respeto, digno de nuestra bendición, porque es él quien nos protege contra otros abusos. Si nos vemos obligados a cerrar nuestras casas por la noche, es por necesidad, y nos tranquiliza en cierta medida que haya un poder que mantenga el orden. Esto sigue siendo válido para todos los gobiernos.
Lo que Thomas Hobbes desarrolló en su libro Leviatán fue completado, si se quiere, por un escritor portugués —creo que es José Saramago— que escribió un libro, Ensayo sobre la ceguera, diciendo que, en realidad, estamos condicionados, estamos cegados. Hoy los medios de comunicación contribuyen a ello, pero en otras épocas también existían los escritos, los discursos públicos; el Estado tenía a sus hombres, cuya tarea era de algún modo formar la mentalidad de la sociedad y hacerla marchar al paso de la política del gobierno. Eso siempre ha existido. Por cierto, este autor, que recibió el Premio Nobel, mostró bien que pecamos no tanto por falta de luz como por exceso de luz; de hecho, no habla de una ceguera negra, sino de una ceguera blanca. Poco a poco, las mentes van siendo ganadas por esos modos de pensar, de tal manera que ya no podemos evitar esos contenidos. Entonces, ¿hay que sublevarse únicamente cuando la propia vida está en peligro? Eso es lo que dice Thomas Hobbes. Pero mucho antes que él, Rabí Janiná, segán hakohanim, admitió el principio de que en el propio Israel hubo reyes que abusaron de sus derechos.
Tomen el libro de los Reyes y verán cómo se comportaron muchos reyes. Evidentemente, lo que retenemos es que, a pesar de los defectos de la monarquía, fue con Shelomó cuando la realeza alcanzó su apogeo, y eso precisamente porque Shelomó construyó el Santuario, y su reinado fue considerado como si hubiera ocupado el trono de D-os: vayéshev Shelomó al kisé Hashem —Shelomó se sentó en el trono de Hashem—. Y esto expresa una idea: Hashem dirige la historia. Él es el Rey de reyes, pero el Rey de reyes inspira a los reyes; realiza Su voluntad, o ejerce Su voluntad, a través de otros reyes, reyes que son, en cierto modo, […]. Por consiguiente, el poder establecido pone de manifiesto una carencia si sigue un camino contrario al orden moral, al orden social, al orden espiritual. Lo mismo que el exilio: ¿qué es el exilio para el pueblo judío? El exilio para el pueblo judío es una gran carencia en la gestión de su Estado. Ya no es digno de administrar su patria, su nación, y entonces hay que exiliarlo para que se enmiende.
En medio de las naciones hay un sentido de redención, un sentido de rehabilitación, siempre en el seno de las naciones. Es un deber para ustedes rezar para que esas naciones tengan compasión de nosotros, para que efectivamente puedan asegurarnos la protección necesaria, y para que nosotros podamos enmendarnos de tal modo que podamos reconstruir nuestro país. Por cierto, en este sentido precisamente está redactada la bendición: beyamav uveyaménu tivashá Yehudá —en sus días y en los nuestros sea salvado Yehudá—, y por Yehudá hay que entender al pueblo judío. Así pues, en cuanto a toda autoridad establecida, sabemos que es el Santo, bendito sea, el amo de la historia, quien se sirve de otros peones en la historia para sancionar la historia del pueblo judío.
Entonces, ¿qué vamos a hacer? Podemos seguir bendiciendo a las autoridades establecidas porque es la voluntad del Santo, bendito sea. Pero ¿hasta qué punto? Imagínense, imagínense poderes todavía en funciones que fueran dictadores, los inquisidores del pueblo judío: ¿van a seguir pronunciando una bendición por ellos? No. Eso es lo que llevó a nuestros sabios a decir que las palabras de Rabí Janiná no deben aplicarse [solo] al poder establecido, sino más bien: mitpalel bemaljut shamáyim —hay que rezar por el reino celestial, para que el reino celestial favorezca un Estado mucho más propicio a nuestra estancia en su país, y que nos permita enmendarnos de tal manera que recuperemos, a toda costa, nuestra tierra natal. Porque el principio de la realeza se estableció trescientos años después de la entrada en la tierra, es cierto, pero la Torá ya lo había previsto: ki tavó el haárets… veamartá asimá alai mélej —cuando llegues a la tierra… y digas: «Pondré un rey sobre mí»—. Y al conceder un rey, previó los problemas inherentes a ese rey y a su poder: debe tener otro séfer Torá, un segundo séfer Torá (rollo de la Torá), que lo acompañe en todos sus desplazamientos. Porque no es solamente la emanación del pueblo; no es rey únicamente porque el pueblo lo haya elegido. Es rey también porque el Rey de reyes le ha encargado administrar el porvenir del pueblo de Israel.
Ahora bien, esta ley de nombrar un rey solo entra en vigor cuando el pueblo de Israel se ha asentado en su tierra, y eso lleva tiempo. Lleva tiempo: llevó trescientos años desde la entrada del pueblo judío en su tierra. Y, lamentablemente, los textos también fueron muy claros al respecto: habrá desviaciones. Así es: no se puede gobernar un país sin alguna forma de política; es una política de intereses, y en el gobierno intervienen el ego de las personas, su poder, sus favores, y así sucesivamente. De modo que incluso entre nosotros se han puesto de relieve esas desviaciones, aunque la Torá ya había advertido contra ellas. Pero eso no impide que sigamos aspirando a la realeza, al reino de David, ya que, cuando entramos en la Tierra de Israel, tenemos el deber de emprender tres cosas: nombrar un rey; librar la guerra contra Amalek —Amalek es la encarnación del mal—; y construir el Beit Hamikdash, construir el Santuario. Estas tres leyes son indispensables para una vida sana del pueblo judío en esta tierra.
Ahora podemos, pues, comprender esta mishná de Rabí Janiná […], de Rabí Janiná segán hakohanim, Rabí Janiná, el adjunto de los sacerdotes, que siempre decía: hevé mitpalel bishlomá shel maljut —reza por el decoro, la salud, la economía, el éxito del Estado en el que vives—. ¿Por qué? Porque ese Estado, ese gobierno, es también una expresión de la realeza celestial: maljut Hashem, la realeza de Hashem, que se convierte también en una realeza humana, delegada [en los hombres]. Sheilmalé moraá: porque sin este temor del Cielo, sin asimilar la noción de que incluso quienes nos persiguen son una mano para enmendar al pueblo judío, para permitir al pueblo judío retomar el…
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