Pirkei Avot, capítulo segundo: el camino recto y el oficio

par le Rav Raphaël Benizri

Esta clase estudia las dos primeras mishnayot del segundo capítulo de Pirkei Avot (la Ética de los Padres): la de Rabí Yehudá HaNasí, «¿cuál es el camino recto que el hombre debe escoger?», y la de su hijo Rabán Gamliel, sobre el estudio de la Torá unido a un oficio. Se abre con una larga introducción sobre el sentido de estudiar Pirkei Avot entre Pésaj y Shavuot, sobre los trece atributos y sobre la manera en que un hombre se prepara para una revelación. Prosigue con el examen del «camino recto», de la ausencia de escala de valores entre las mitzvot y de las tres cosas que preservan del pecado. Concluye con la enseñanza de Akavia ben Mahalalel —la que se recita en un entierro— y con dos preguntas del auditorio, sobre el libre albedrío y sobre la recompensa de las mitzvot.

El Rav Raphaël Benizri parte de la situación de este período del año: varias comunidades estudian Pirkei Avot entre Pésaj y Shavuot porque se preparan para una nueva revelación de la Torá. Dos peligros amenazan esta preparación, dice: envejecer con el texto, es decir, dejar de considerarlo actual, y descuidar el trabajo que uno debe hacer sobre sí mismo antes de recibir. Es este segundo punto el que lo ocupa primero, a través de los atributos divinos, la bendición de la mañana y la cuenta del Ómer, entendida como un calendario que el hombre se forja a sí mismo.

La clase pasa después al texto propiamente dicho y lee el «camino recto» no como un buen camino, sino como un trazado sin desviación, rectificado sin cesar. De ahí deduce el rechazo de toda vida espiritual replegada sobre sí misma, luego la ausencia de jerarquía entre los mandamientos y, por último, la necesidad de un oficio junto al estudio. Desemboca en Akavia ben Mahalalel, cuya enseñanza sobre el origen, el destino y el juicio prolonga la de Rabí, y en el relato de cinco náufragos que buscan su recuerdo más antiguo.

Lo que enseña esta clase

La Torá debe abordarse como algo enteramente nuevo y actual. Por eso varias comunidades han adoptado la costumbre de estudiar Pirkei Avot entre Pésaj y Shavuot, preparándose para una nueva revelación. No hay que cometer la falta de envejecer con ella: sería atentar contra una palabra divina que no se sitúa ni en un pasado ni en un futuro, sino en un presente permanente, y que puede responder cada día a un nuevo interrogante. El segundo peligro reside en la preparación de uno mismo, pues no todos somos capaces de captar sus matices y necesitamos aferrarnos a la enseñanza de un maestro. No estamos hechos de un mismo molde, y nuestros límites, por amplios que sean, siguen siendo límites.

La realeza de D-os que afirmamos cada día no está fuera de nuestro alcance. Nosotros mismos somos una ínfima parcela de lo divino, una célula; pero esa célula no es un fragmento ni una parte, pues su estructura es la misma en todas partes, repartida en el cuerpo del hombre como en el universo. Hay que saber ponerla de relieve y darle la autoridad que merece, hacer de ella lo que realmente condiciona nuestra manera de ser, de pensar y de actuar. Cada uno lo hace a su medida, ya que no tenemos las mismas posibilidades: lo que cuenta no es lo que se ha realizado, sino la voluntad desplegada en la obra, se haya concluido o no. Nuestros sabios enseñaron incluso que es más grande quien hace actuar que quien actúa: quien logra movilizar otras energías más allá de lo que él mismo realiza. Esta preocupación por transmitir a otros lo que uno no llega a cumplir por sí mismo, desde el momento en que se les ha confiado conscientemente, cuenta todavía más.

De lo divino solo conocemos sus atributos, y esos atributos son humanos. Cuando decimos clemente, cuando decimos misericordioso, cuando decimos bondad y verdad, son valores que buscamos para nosotros mismos y con los que nos medimos cada día. Son trece, y los enumeramos en la oración cotidiana que bendice a Aquel que creó el mundo con la palabra. Una de sus fórmulas bendice a Aquel que corta para mantener: a veces hay que cortar en seco un modo de pensar repetitivo, igual que un sastre solo corta en una tela hermosa. Otra bendice a Aquel que hace el comienzo, y también nosotros estamos llamados a generar comienzos, de modo que lo que precedió se convierte en el borrador de lo que emprendemos.

La cuenta del Ómer nos inscribe en un tiempo distinto del de la creación y del de la salida de Egipto. No es ese calendario el que contamos, sino un calendario fijado para nosotros mismos, con el fin de acceder a otro jubileo e inscribirnos en un tiempo forjado por nuestras propias aptitudes. El esfuerzo recae menos sobre el conjunto de los atributos que sobre nuestra inserción en ellos: uno puede encontrarse en el rigor como en la bondad, en la misericordia como en la santidad. Cada cual a su manera, y sin exclusión posible.

Cada letra cuenta, y por eso cada ser cuenta. Las letras no se asemejan en sus combinaciones, pero si una de ellas está rota o separada de su matriz, es todo el Séfer Torá el que queda apartado; lo mismo ocurre con nuestro pueblo y nuestra comunidad. Porque la Torá no concierne a un individuo. No fue dada a los avot (los patriarcas), que son seres excepcionales, la matriz del pueblo judío: son ellos quienes nos dieron las midot (los rasgos de carácter). De ahí el nombre del tratado, el de los principios, el de los elementos matriciales.

Israel es un converso que no ha perdido sus antecedentes. Un no judío que se convierte vive un nuevo nacimiento: ya no tiene antecedentes y sus lazos de filiación se vuelven hipotéticos. La revelación operó ciertamente una conversión de todo el pueblo, y también nosotros somos conversos en virtud de la ley recibida en el Sinaí; pero lo que nos sitúa en otro registro es que no hemos perdido los atributos de nuestros padres. La Torá vino a injertarse en un ser ya constituido por sus elementos matriciales, en ese pequeño hombre que, en su conjunto, reconstituía a Adam. Por eso leer cada Shabat un capítulo de Pirkei Avot no es seguir un compendio de moral, sino recrear a Adam.

La primera mishná del segundo capítulo pregunta cuál es el camino recto que el hombre debe escoger. Quien habla es Rabí Yehudá HaNasí, el mismo que reunió y redactó el conjunto de las enseñanzas de los tanaím. La palabra «hombre» es aquí adam, y el Rav recuerda los cuatro estados por los que evolucionamos —enosh, guéver, ish y luego adam—. Son estadios de evolución subjetivos, que pueden declinarse en masculino, en femenino, en plural; adam es el único título que no se declina y que abarca a todo el mundo. Ser adam es pertenecer a lo universal y a la humanidad entera.

El camino recto no es el buen camino. El texto no dice dérej tová: el camino recto es aquel en el que el hombre permanece coherente consigo mismo a lo largo de su manera de pensar y de su manera de ser. Se trata de trazar una línea sin desviarse a la izquierda ni a la derecha, o de seguir trazándola aun temblando. Y no hay en ello una elección definitiva: estamos sin cesar distinguiendo, separando un elemento de otro, ajustando; corrigiendo un trazado.

Este camino debe honrar al hombre a sus propios ojos y a los ojos de los demás. Lo cual excluye toda vida espiritual que se disuelva en el repliegue sobre sí, en el encierro, en la evasión, como si uno quisiera vivir únicamente en la intimidad con D-os. Si para ello se ha descuidado a la familia y se han desatendido los deberes hacia la comunidad y hacia el mundo en que se vive, no es un camino recto, sino un camino torcido. Hay que ser reconocido como tal por lo que nos rodea, y para ello considerar el mundo, en la disparidad de sus valores, como una unidad: una obra de arte en la que el detalle importa tanto como el tema principal del cuadro.

No existe una escala de valores entre las mitzvot. Algunas son cuestión de detalle, otras son mucho más graves; algunas pueden descuidarse sin grandes daños y otras condenan a muerte; y sin embargo no le corresponde al hombre fijar esa jerarquía, como tampoco entre sus deberes hacia sí mismo, hacia sus semejantes y hacia su familia. La Torá no la ha dado y no siempre ha explicado por qué hay que obrar así. La mishná pide, pues, evaluar la pérdida que ocasiona el cumplimiento de una mitzvá frente a lo que vale, y la ganancia de una falta frente a lo que cuesta: una mitzvá ignorada está perdida, ya no se recupera, y afecta a todos los niveles.

Tres consideraciones preservan del pecado. La primera es darse cuenta de que siempre hay algo por encima de uno: no se puede erigir uno en juez y decidirlo todo, ni en la vida espiritual ni en la vida comunitaria o familiar. La segunda es que un ojo ve y un oído oye: en este mundo reina una competición permanente, cada uno está atento a lo que el otro logra, y de nada sirve decirse que a uno le da igual cómo lo ven. La tercera es que todos los actos quedan consignados en un libro. Hay archivos en el plano social, en el plano nacional, en el plano universal, y hay que saberlo cuando uno traza y ajusta su dirección día tras día.

La segunda mishná completa la primera con el trabajo. Rabán Gamliel, hijo de Rabí Yehudá HaNasí, dice que es bueno conciliar el estudio de la Torá con el sustento. Porque no hay vida espiritual que esté enteramente con D-os desatendiendo el mundo que Él concibió para el hombre: somos socios en la realización de este mundo. Corresponde ciertamente a la sociedad atender a las necesidades de quienes se consagran al estudio y a la educación, pero eso no puede convertirse en la línea de vida de todo el mundo. La dependencia solo es aceptable si es merecida, y no regalada, y menos aún mendigada.

La fatiga de ambos hace olvidar el pecado, porque la ociosidad es su veneno. El texto no dice que aleje del pecado, sino que lo hace olvidar: no hay tiempo para pensar en otra cosa. El veneno de una vida es el tiempo que sobra y que no se sabe emplear, que se intenta matar con juegos de mesa y evasiones que nada aportan al devenir de una existencia. A la inversa, toda Torá que no va acompañada de una preocupación por el trabajo y la creación acaba anulándose y puede, también ella, conducir al pecado, pues vivir en la dependencia de benefactores perjudica la evolución de un hombre en su sociedad.

Hay que mantener, no obstante, hombres enteramente consagrados a la enseñanza. Así como la Torá eligió a los kohanim (sacerdotes) para el santuario, donde el cargo se transmite de padre a hijo, la educación de un pueblo no se transmite por filiación: es la elección de un hombre que quiere compartir lo que sabe con su comunidad. El Rav relata el proyecto de una yeshivá de cinco mil alumnos, presentado a la autoridad rabínica de la época, y la objeción que se le opuso: ¿quién les pagará? La respuesta fue que de esos cinco mil saldrían quizá mil rabinos, de esos mil quizá cien grandes rabinos, y de ellos algunos maestros excepcionales; pero que lo esencial era que hubiera personas capaces de comprender su lenguaje y sus exigencias.

Lo que vale para la yeshivá vale para la educación de los hijos. Lo que importa no es la carrera que se ha trazado para ellos ni el orgullo que se obtiene de su éxito en las grandes escuelas, si todo ello se hizo sin Torá y en detrimento de la vida familiar o de la educación de sus propios hijos: entonces el balance es de fracaso. Hay que saber condicionar con el espíritu de la Torá la carrera que les deseamos. Y quienes se hacen cargo de una colectividad deben hacerlo en nombre del Cielo, no por afán de notoriedad: entonces los asiste el mérito de los padres, un mérito que solo se transmite porque todo se emprendió sin esperar nada, con entrega y abnegación. Hayan tenido éxito o no, se les toma en cuenta como si ellos mismos lo hubieran realizado.

Akavia ben Mahalalel rehusó la presidencia del tribunal para no renunciar a sus posiciones. Hombre de gran erudición, que vivió en la época del Segundo Templo, se había opuesto en cuatro puntos al conjunto del consejo rabínico; le propusieron convertirse en su jefe con tal de que se alineara, y respondió que prefería pasar por insensato a los ojos de las criaturas antes que a los ojos de D-os. Se mantuvo firme, y de él nos viene la mishná con la que se acompaña a un difunto a su sepultura.

Su enseñanza prolonga la de Rabí: considera tres cosas y no caerás en manos del pecado. El pecado es traspasar los propios límites: la palabra misma expresa el cruce, la desviación. Sabe de dónde vienes, adónde vas y ante quién vas a ser juzgado y a rendir cuentas. El orden es notable: el juicio precede a la rendición de cuentas. Se viene de una gota y se va hacia un lugar de polvo, de descomposición y de gusanos; el texto no dice «ante D-os», sino «ante el Rey de reyes, el Santo, bendito sea». Cuando se recita esta mishná ante un difunto, se omite la palabra que califica a la gota.

El relato de los cinco náufragos ilustra este «de dónde vienes». Tras hundirse un barco, cinco hombres alcanzan a nado una isla desierta, encuentran en ella una torre, suben hasta su cima y se proponen reconstruir su vida a través de sus recuerdos, buscando cada uno el más antiguo, el que condicionó toda su existencia. El primero recuerda que se recogió el fruto del árbol; el segundo, el fruto todavía en el árbol; el tercero, el brillo que acompañaba a ese fruto y lo distinguía del resto del huerto; el cuarto, el brote. El último dice recordar el tiempo en que aún no existía: hasta entonces había habido una historia, pero no se le necesitaba y no estaba en el programa. El día en que se decidió que debía existir, eso significaba que debía movilizarse para una acción ya definida.

Transcripción completa de la clase

Buenas noches, queridos amigos. Ya me han puesto ante los ojos el texto del tercer capítulo, pero voy a empezar por la primera mishná del segundo capítulo, que todavía no he tenido ocasión de estudiar con ustedes. La del primer capítulo ya la estudié; la repasaré y después volveré a esta mishná del tercer capítulo. Así pues, hemos optado, como varias comunidades, por estudiar Pirkei Avot entre Pésaj y Shavuot, preparándonos para una nueva revelación de la Torá. Porque así es como debemos abordar el estudio de la Torá: considerándola completamente nueva y completamente actual, capaz de responder cada día a un nuevo interrogante. Y, sobre todo, no hay que cometer el pecado de envejecer con ella, porque eso sería, en definitiva, atentar contra la palabra divina, que no se sitúa ni en un pasado ni en un futuro y que siempre es actual: vive en un presente permanente. Pero para ello hay un segundo peligro que conviene evitar, y atañe a la preparación de uno mismo para esta revelación. No todos somos capaces de comprender los matices de la Torá. Necesitamos aferrarnos a la enseñanza de un maestro; es un hecho. No siempre tenemos la capacidad de comprenderlo todo; no estamos hechos de un mismo molde y tenemos límites, a veces muy amplios, pero que, pese a todo, siguen siendo límites. Esta proyección del hombre hacia lo infinito sigue siendo una aspiración permanente y una conquista de cada día; tendremos ocasión de volver sobre ello. Ahora bien, ¿qué es lo que efectivamente nos permite acercarnos a esa eternidad, a esa búsqueda de lo divino y de los secretos de la palabra divina, una palabra que es creadora? Cuando en la oración cotidiana afirmamos la realeza del Eterno, no debemos situar esa realeza simplemente en un mundo que está por completo fuera de nuestro alcance. Al contrario: puesto que nosotros mismos somos una ínfima parcela de lo divino […], somos una célula de lo divino. Y esa célula de lo divino es el conjunto de la realidad de D-os, porque no es un fragmento, no es una parte; digamos que la composición, la estructura de esa célula es la misma en todas partes. Está repartida —geográficamente repartida, por así decirlo— en el cuerpo del hombre como en el universo. Hay que saber ponerla de relieve y darle la autoridad que merece, entronizarla, de modo que sea verdaderamente ella la que condicione nuestra manera de ser, nuestra manera de pensar, nuestra manera de actuar. Cada cual según su medida: no tenemos las mismas posibilidades. Pero, como ya he dicho, lo que le importa al Santo, bendito sea, no es lo que hemos realizado, sino más bien la voluntad que hemos manifestado en la obra; que la hayamos concluido o no importa poco.

Más aún, nuestros sabios nos enseñaron: gadol ha-measé yoter min ha-osé, más grande es quien hace actuar que quien actúa; quien pone en marcha una acción, quien la genera, quien logra efectivamente movilizar otras energías, más que lo que hace, más que lo que realiza por sí mismo. Es decir, esa preocupación por transmitir a otros lo que deseamos hacer y no llevamos a cabo, lo que no conseguimos hacer, desde el momento en que se lo hemos transmitido conscientemente a otra persona para que lo haga, pues bien, eso cuenta todavía más. No tenemos conocimiento alguno de lo divino sino a través de las midot, a través de los atributos de D-os. Pero esos atributos son atributos humanos. Cuando decimos janún, clemente; cuando decimos rajum, misericordioso; cuando decimos rav jésed ve-emet, grande en bondad y en verdad —que D-os es la bondad, […] que es la sustancia misma de la verdad—, son valores que buscamos para nosotros mismos y con los que nos medimos cada día.

Hay trece atributos, y esos trece atributos los enumeramos en Barúj she-amar ve-hayá ha-olam, en una oración cotidiana: bendito sea Aquel que habló y el mundo fue. Barúj gozer u-mekayem: bendito sea Aquel que corta para mantener. A veces hay que cortar en seco, cortar en seco un modo de pensar repetitivo. Así como las generaciones se suceden sin parecerse, así también nuestros días. Hay días que enterramos y hay días que quisiéramos hacer vivir. Pero no habría que empantanarse en el pasado, ni habría que buscar la evasión en un futuro cualquiera. Habría que intentar ser gozer: del mismo modo que un sastre solo corta una tela haciendo el buen corte en el paño que tiene delante, pues bien, es lo mismo.

Es lo mismo en la vida. Para realizar otra cosa, hay que saber cortar. Hay que saber desconectarse para ser mekayem, para mantener. Barúj osé vereshit: bendito sea Aquel que crea el comienzo, que hace el comienzo. Él hizo el primer comienzo, y nosotros estamos llamados a generar comienzos. Y con esos comienzos, atención: lo que precedió se convierte en el borrador del comienzo que emprendemos. Esto es muy importante para el acercamiento al estudio de la Torá, para el mérito de la revelación de la Torá, porque quien no ha preparado su ser mediante los trece atributos de D-os para recibir la Torá… Eso es lo que intentamos hacer a lo largo de este período que separa Pésaj de Shavuot: inscribirnos en un tiempo nuevo. Ya no estamos en el calendario que conocemos y que sigue su curso a pesar nuestro, el del Shabat de Bereshit, el Shabat de la creación, el del Shabat de la salida de Egipto. No es ese el tiempo que estamos contando. No: es el tiempo del Ómer, es otro calendario, un calendario que hemos fijado para nosotros mismos con el fin de acceder a otro jubileo; inscribirse en un tiempo que hemos forjado nosotros mismos, a través de nuestras propias aptitudes, a través del esfuerzo que hemos hecho sobre nosotros mismos para adaptarnos no al conjunto de los atributos, sino a nuestra inserción en esos atributos. Uno puede encontrarse en el atributo de din, en el atributo de la justicia, como puede encontrarse en el atributo de jésed, de la bondad; uno puede encontrarse en un atributo de misericordia, como puede encontrarse en un atributo de santidad.

Pues bien, cada uno a su modo, cada uno a su manera, y no hay exclusión posible. Porque, así como todas las palabras, todas las letras, no se parecen en su combinación dentro de la Torá, pero cada letra, cada fragmento del ser es importante —porque si se encontrara rota o separada de su matriz, sería todo el Séfer Torá el que quedaría apartado—, lo mismo ocurre con nuestro pueblo, con nuestra comunidad. Ahora bien, la Torá no concierne a un individuo. La Torá no fue dada a los avot, a los patriarcas. Los avot son seres excepcionales, son la matriz del pueblo judío. ¿Y qué nos dieron ellos? Las midot. De hecho, por eso a este tratado de los principios se lo llama Pirkei Avot: son los elementos matriciales del pueblo judío. Y esa es la razón por la cual, aunque la revelación de la Torá haya operado una conversión de todo el pueblo judío, no es como la conversión de un no judío que entra en Israel. Ustedes saben que un no judío, cuando se convierte, a partir del momento en que ha pasado a formar parte de Israel, tiene permitido casarse con su hermana, porque es para él un nuevo nacimiento: ya no tiene antecedentes, y, al no tener ya antecedentes, ha roto todos esos lazos de filiación, que se han vuelto meramente hipotéticos. Eso habría podido ser también el caso de Israel, puesto que somos guerim: también nosotros somos conversos, en virtud de la ley que nos fue dada en el Sinaí. Pero lo que nos sitúa en otro registro de existencia es el hecho de que no hemos perdido los atributos, los antecedentes de nuestros padres. Seguimos apegados a su manera de ser, y eso hace que la Torá haya venido a injertarse en un ser judío ya constituido por sus antecedentes, por sus avot, por sus elementos matriciales. Vino a injertarse en ese pequeño hombre que éramos y que, en su conjunto, reconstituía a Adam. Así pues, fortalecidos por ello, nos esforzamos durante este período que va de Pésaj a Shavuot, antes de recibir una vez más una Torá que es siempre la misma en su redacción, pero cada vez diferente en su interpretación, por el enriquecimiento que le aportamos; pues bien, eso depende del refinamiento que hayamos dado a nuestros atributos.

Y por eso es importante, cada Shabat, leer un capítulo de Pirkei Avot, que no es una moral, no es un compendio de moral, sino más bien una manera de reconstituir a Adam, de recrear a Adam. Así pues, en esta primera mishná del segundo perek (capítulo): Rabí omer, Rabí dice. Rabí es Rabí Yehudá HaNasí, el que redactó el conjunto, el que reunió, congregó todas las enseñanzas de los tanaím; y aquí expresa un punto de vista esencial: ¿cuál es el camino recto que el hombre debe escoger? En cuanto a adam, ya lo hemos traducido. Y dijimos que evolucionamos generalmente a partir de cuatro estados: enosh, ish —o más bien guéver—, ish y luego adam.

Son estadios de evolución que son subjetivos, y que pueden declinarse, que pueden tener un masculino y un femenino, que pueden tener un plural; pero adam es el único título que no se declina y que abarca a todo el mundo. Así pues, cuando uno es adam, es en suma un ser que pertenece a lo absoluto, a lo universal, a la humanidad entera, pero que se pone a trazar una línea recta, sin desviarse a la izquierda ni a la derecha, o bien temblando mientras sigue trazando su difícil camino. Y fíjense: no dice she-yivjar, «que escoja»; no hay elección definitiva. No se ha elegido de una vez por todas: uno es borer. Borer, ustedes saben lo que quiere decir: cada vez distinguir, separar un elemento de otro, ajustar. Diríase que estamos corrigiendo un trazado, el trazado de una línea recta que queremos efectivamente sin desviación hacia un lado ni hacia el otro. ¿Es posible?

Dérej yeshará: no es dérej tová, no es un buen camino. Dérej yeshará es un camino en el que el hombre permanece coherente consigo mismo, a lo largo de toda su manera de pensar y a lo largo de toda su manera de ser, lo cual es difícil. Pero, como dije hace un momento, lo que importa no es lo que se ha logrado, sino la voluntad que se ha desplegado para avanzar por el camino que hemos escogido. ¿Y cuál es ese camino? Kol she-hi tiféret le-osá ve-tiféret lo min ha-adam: todo lo que honra a quien lo hace a sus propios ojos y le da honra a los ojos de los demás. Esto excluye, evidentemente, toda vida espiritual que se disuelva en el repliegue sobre sí, en el encierro, en la evasión, como si uno quisiera vivir en la intimidad únicamente con D-os, porque eso es lo que más importa.

Ahora bien, si para ello hemos tenido que descuidar a la familia, desatender nuestros deberes hacia la comunidad, hacia el mundo en el que vivimos, pues bien, eso no se llama dérej yeshará: no es un camino recto, es un camino torcido. Es preciso que este camino nos honre verdaderamente, no tanto con respecto a nosotros mismos, a nuestra dignidad humana, sino porque somos efectivamente reconocidos como tales por los elementos que nos rodean, por el mundo circundante. Pero para ello hay que considerar el mundo, en su disparidad, en la escala de sus valores, como una unidad, una obra de arte en la que el detalle importa tanto como el tema principal del cuadro. Entre las mitzvot de la Torá, por supuesto, hay mitzvot que son cuestión de detalle.

Hay otras que son mucho más graves. Hay algunas que podemos descuidar, ignorar a veces, sin que ello cause daños importantes. Hay otras que nos condenan a muerte. Y sin embargo se nos dice que no hay una escala de valores entre las mitzvot, como no hay escala de valores entre los deberes de los que tengo que responder hacia mí mismo, hacia mis semejantes, hacia mi familia: es una unidad de pensamiento, es una unidad de creación, y no me corresponde a mí fijar la escala de valores. La Torá no me la ha dado; no siempre me ha explicado por qué hay que obrar así, ni cuál es la recompensa que otorga a quien practica tal o cual mitzvá. Para algunas nos ha hablado de un sajar, una recompensa —y tendremos ocasión de volver sobre ello—, prometiendo una vida material bendecida, una vida espiritual, un mundo venidero, tejiyat ha-metim, una posibilidad de resurrección: una posibilidad de resurrección a partir de la Torá, una posibilidad de resurrección a partir de esas mitzvot que practicamos. Porque cada ajuste, cada refinamiento, corresponde a una nueva dimensión del ser en cada uno de nosotros; y eso, efectivamente, emana de lo que uno mismo ha desechado, de los residuos que hemos dejado atrás, y hemos generado por nosotros mismos otras energías. Así pues, el principio de la resurrección no está siempre en ultratumba, como solemos imaginarlo; está aquí, lo vivimos todos los días, lo llevamos con nosotros. Pero en cuanto a la finalidad del hombre: así como vino del afar, del polvo, de la tipá serujá, la gota pútrida —lo veremos en la enseñanza de Akavia ben Mahalalel—, así retorna […]; pasamos a otro estado. Y ese es el lavado que se le hace al bebé en cuanto viene al mundo, perfumándolo a veces, del mismo modo que se hace con alguien de quien nos hemos separado. Así pues, si no sabes lo que debes hacer con las mitzvot, no conoces la retribución concedida por las mitzvot; y no es tanto que no la conozcas: tú mismo no debes fijarla.

Si la Torá lo ha callado, entonces sabe que no te corresponde a ti decir: esto es importante y aquello lo es menos. Considera cómo vas a sopesar la pérdida que ocasiona el cumplimiento de una mitzvá frente a la retribución concedida por su observancia, y la ganancia que ocasiona una falta frente a la pérdida que te acarrea. Así pues, intenta sencillamente ver cuál es el provecho que podrías sacar del cumplimiento de un detalle y cuál es el inconveniente, la pérdida que sufres al descuidar la mitzvá. Porque incluso la reparación, incluso la posibilidad de transformar un pecado, la has perdido: esa mitzvá, dado que la ignoras, no vas a poder recuperarla; ya no existe para ti y, desgraciadamente, va a afectarte en todos los niveles.

Ahora bien, ¿cómo hacer? «Considera tres cosas y no caerás en manos del pecado». Si no quieres acercarte siquiera al pecado, hay que actuar siempre en tres niveles, y pensar también en tres niveles. El primero es darse cuenta de que siempre hay algo por encima de ti. En definitiva, no estás en el punto extremo de erigirte en juez y decidirlo todo; así como no puedes permitírtelo en la vida comunitaria, en una vida de familia, tampoco puedes permitírtelo en una vida espiritual. Da má le-málah mimeja: sabe lo que hay por encima de ti. Y al mismo tiempo que te das cuenta de que hay algo que te gobierna desde lo alto, algo de lo que tienes necesidad y de lo que no puedes prescindir, sabe también que hay un ojo que ve y un oído que oye. Un ojo que ve: eres juzgado por la sociedad en la que quieres verte. No puedes […] decir, en suma: «me da igual lo que puedan pensar los demás, la manera en que me ven».

Es cierto que hay personas que abusan de su manera de juzgar, de un modo primario, pero no entres en su juego. Hay un oído que oye: se está a la escucha. En este mundo en el que vivimos hay una competición permanente, y te toca a ti insertarte en ese concurso que todo el mundo ha emprendido —son distintos candidatos, distintas promociones—, pero sabe que todo el mundo te escucha, porque lo que tú logras, el otro quiere hacerlo. Y, del mismo modo que los demás ven y escuchan, así también má le-málah mimeja: los que están por encima de ti están también ahí para consignar en un libro todo lo que haces. Hay archivos: hay archivos en el plano social, hay archivos en el plano nacional, hay archivos en el plano universal. Eso tienes que saberlo cuando trazas tu dirección en la vida y la vas ajustando para ti, día tras día. Pero hay una segunda enseñanza que completa esta enseñanza de Rabí, y es la segunda mishná: Rabán Gamliel benó shel Rabí Yehudá HaNasí omer, Rabán Gamliel, hijo de Rabí Yehudá HaNasí, dice: es bueno conciliar el estudio de la Torá con el sustento, pues sus esfuerzos unidos alejan la tentación del pecado. Esta es la traducción que les leo. Yafé talmud Torá im dérej éretz.

¿Y qué es dérej éretz? Es lo que estamos estudiando, es lo que nos estamos repitiendo a lo largo de este período de espera de una revelación de la Torá, de una coronación de lo que somos. Pero no hay vida espiritual que esté totalmente con D-os desatendiendo el mundo que Él concibió para el hombre. Somos socios en la realización de este mundo y, por consiguiente, quienes optan por la investigación y por el estudio de la Torá, quienes han optado por la educación y quieren consagrarse a ella, en buena hora: corresponde efectivamente a la sociedad atender a sus necesidades. Pero eso no debe ser, en suma, una línea de pensamiento que todo el mundo adopte como manera de vivir. No existe solo el estudio de la Torá: existe la práctica de ese estudio en la vida cotidiana, en la elección de un oficio, en la realización de las cosas en la tierra y en ese sustento que se ha adquirido dignamente, sin depender de los demás.

La dependencia está limitada por el hecho de que debe ser merecida y no regalada, y menos aún mendigada. Así pues, yafé talmud Torá: el estudio de la Torá debe condicionar toda nuestra acción, pero a cada cual su tarea, cada cual según sus méritos, cada cual según sus posibilidades. Sí, como creo que ya les conté, cuando se presentó […] a la autoridad rabínica de la época el proyecto de una yeshivá de cinco mil alumnos —cinco mil estudiantes de Torá—, la objeción fue: «Pero escuche, ¿quiere usted sacar una promoción de cinco mil estudiantes de Torá, cinco mil rabinos cada año? ¿Quién les va a pagar después?». Y la respuesta: «Lo que yo quiero es formar a cinco mil al principio, de los cuales saldrán quizá mil rabinos, como mucho; de esos mil rabinos, quizá cien grandes rabinos; y de esos cien grandes rabinos, quizá algunos gueonim: diez gueonim, cincuenta gueonim. Pero todo a lo que aspiro es a que haya al menos personas que los comprendan cuando esas autoridades intenten guiarlos, que comprendan su lenguaje, que comprendan sus exigencias. Y, desde luego, lo que busco ante todo es condicionar todas sus actividades con el espíritu de la Torá». Es, en suma, una idea importante para la educación de nuestros hijos: lo que importa no es la situación, la carrera que les hemos trazado, que hemos decidido por ellos, ni el orgullo que sacamos cuando triunfan en las grandes escuelas, en las grandes carreras, si no hay Torá y si paralelamente han fracasado en su vida familiar o, sobre todo, en la educación de sus hijos, porque no se respetaron las bases de una moral, de una fidelidad. Entonces el balance es de fracaso.

Hay que saber dar la prioridad al espíritu de la Torá, dejar que condicione toda esa carrera que todos deseamos para nuestros hijos. Es lo que dice Rabán Gamliel: en principio, yeguiat shneihem mashkajat avón, la fatiga de ambos hace olvidar el pecado. ¿Qué significa «hacer olvidar» el pecado? ¿No sería más bien alejar del pecado? No: hace olvidar, es decir, no hay tiempo para pensar en otra cosa, porque el veneno de una vida es la ociosidad. Es cuando nos sobra tiempo y no encontramos nada que hacer con él, y buscamos efectivamente matar ese tiempo en juegos de mesa, en evasiones que no aportan absolutamente nada al devenir de una vida. Eso es yeguiat shneihem mashkajat avón: el esfuerzo no te deja tiempo para desviarte, para desviarte del camino que te has trazado.

Pero hay que saber que kol Torá she-ein imá melajá: toda ley, toda Torá que no va acompañada de una melajá, de una preocupación por el trabajo, por la creación, sofá betelá, acaba anulándose; y también ella, también ella puede conducir al hombre al pecado, porque vivir en la dependencia de personas, de benefactores, es también un estado que puede perjudicar la sana evolución de un hombre en su sociedad. Y, con todo, hay que mantener a toda costa kohanim en el seno del pueblo. Así como la Torá eligió a los kohanim para el Mikdash, el santuario, y entre ellos el cargo se transmite de padre a hijo, así el «sacerdocio» de la educación, la educación de un pueblo, no se transmite necesariamente de padre a hijo: es la elección del hombre que sueña con poder transmitir, con poder compartir sus conocimientos con su comunidad. Por eso, ve-jol ha-amelim im ha-tzibur: todos los que se afanan con la comunidad, esos hombres que se hacen cargo de ella, deben hacerlo le-shem shamáyim, en nombre del Cielo.

No por afán de notoriedad: únicamente le-shem shamáyim. Y cuando lo hacen le-shem shamáyim, pueden estar seguros de alcanzar su meta: zejut avotam mesayatam, el mérito de sus padres los asiste. Porque zejut avot, el mérito de los padres, solo se transmite porque todo lo que se emprendió se emprendió sin esperar nada, con un espíritu de entrega y de abnegación total. Y por esa razón poco importa si han tenido éxito o no en su tarea. Maalé aní aleijem: se lo tomo en cuenta a ustedes como si ustedes mismos lo hubieran realizado. Es decir, todo el mérito de esta promoción espiritual a la que se han entregado, por la que se han preocupado, es suyo, como si ustedes mismos la hubieran logrado, como si la hubieran logrado para ustedes mismos.

Estas son las dos primeras mishnayot del segundo capítulo, que se completarán en el capítulo siguiente con las palabras de Akavia ben Mahalalel. Akavia ben Mahalalel […] fue un hombre de gran erudición al que se le propuso —con tal de que renunciara a cuatro de las posiciones que había tomado contra el conjunto del consejo rabínico de la época— el cargo de av bet din, ser su jefe, con tal de que se alineara con su punto de vista. Y él les respondió: «Prefiero pasar por insensato a los ojos de las criaturas, y no a los ojos de D-os». Se mantuvo firme en sus posiciones. Y este hombre […], en ese monumento de la Torá oral, nos dejó la mishná con la que acompañamos al difunto en su sepultura: Akavia ben Mahalalel omer, Akavia ben Mahalalel dice.

Akavia, que vivió en la época del Segundo Templo […] —histakel bi-shloshá devarim—, también él nos dice: considera tres cosas, ve-ein atá ba lidei aveirá. Esto se parece al final de las palabras de Rabí Yehudá HaNasí. «Y no caerás en manos de la aveirá», es decir, no estarás tentado, no te acercarás siquiera a traspasar tus límites. Porque esa es la definición de aveirá: haber pasado, pasar más allá de los propios límites. Eso es el pecado, eso es el avón, eso es la desviación. Entonces, ¿qué debemos considerar? Sabe de dónde vienes, adónde vas y ante quién vas a rendir cuentas. En principio, se debería decir: vas a rendir cuentas y a ser juzgado.

No. Aquí es ser juzgado, y luego vas a rendir cuentas. Entonces responde: me-ayin bata, ¿de dónde vienes? Mi-tipá serujá: de una gota, como se ha traducido aquí. Serujá, saruaj: algo putrescible. En la práctica, cuando se recita esta mishná ante un difunto, no se lee la palabra serujá; sencillamente se omite. U-le-án atá holej: ¿y adónde vas? ¿A qué lugar te diriges? Li-mkom afar, rimá ve-tolaá: a un lugar de polvo, de descomposición y de larvas. ¿Y ante quién vas a comparecer en juicio? Ante el Rey de reyes, el Santo, bendito sea. El texto no dice lifnei Hashem ni lifnei Elokim.

No: HaKadosh Baruj Hu. Veremos más adelante lo que significa HaKadosh Baruj Hu. Así pues, retomamos esta enseñanza de Akavia ben Mahalalel, que dice: considera tres cosas y no llegarás a acercarte a la transgresión, a traspasar. Lidei aveirá: diríase que la aveirá tiene yadáyim, manos, que es una herramienta. Por eso decimos: no caerás en la trampa de una transgresión. Da me-ayin bata, sabe de dónde vienes. Se cuenta que un barco se hundió en alta mar a causa de una tempestad. Había a bordo cinco personas que, a nado, alcanzaron una isla desierta, y allí encontraron una gran torre. Treparon hasta la cima y quisieron reconstruir su vida a través de los recuerdos.

Y cada uno intentó rememorar el recuerdo más antiguo, el que, en definitiva, había condicionado toda su vida. El primero dijo: «Yo recuerdo cuando se recogió el fruto del árbol». El segundo dijo: «Yo recuerdo cuando el fruto estaba todavía en el árbol». El tercero dijo: «Yo recuerdo el resplandor, el brillo que acompañaba a ese fruto en el árbol y que lo distinguía de todo el huerto». El cuarto dijo: «Yo recuerdo incluso el brote del árbol; mi memoria se remonta hasta ahí». El último dijo: «Yo recuerdo cuando todavía no existía […]». Eso quiere decir que, hasta ese momento, había habido una historia.

«Pero no se me necesitaba y, por consiguiente, yo todavía no estaba en el programa. Pero el día en que se decidió que yo debía existir, que debía pasar a otra realidad, eso quiere decir que ahora debo movilizarme para una acción que se me ha definido, y a eso es a lo que estoy destinado». Retomaremos este texto la próxima vez, be-ezrat Hashem, y por el momento, si tienen preguntas que hacer, con mucho gusto. […] —Una pequeña pregunta. Vuelvo al comienzo de su exposición. Usted habló, de hecho, a la vez del Libro y de que cada judío es, en realidad, una letra de la Torá.

Cada judío es importante […]. Pero, por otro lado, está la falta que acarrea karet (la escisión espiritual). Está el libre albedrío: la persona puede escoger el mal camino. ¿Cómo explicar, por un lado, que hay libre albedrío y la posibilidad de la falta, la posibilidad de karet, que es en realidad la separación del pueblo, y, por otro lado, decir que necesitamos todos los elementos? Porque si necesitamos todos los elementos, ¿cómo pueden separarse elementos si los necesitamos? —Pues bien, hay una elección que fue hecha por D-os.

Como decimos, asher bajar banu mi-kol ha-amim: el Eterno nos eligió. No elegimos ser; otros decidieron por nosotros. Qué motivó nuestra venida al mundo, no lo sabemos. La elección que tenemos en nuestras manos es una elección secundaria respecto de la primera elección; es decir, somos objeto de dos elecciones: la primera en lo absoluto, la segunda en lo relativo. ¿Y cómo podemos pasar de lo relativo a lo absoluto? Es la toma de conciencia que se efectúa a través de esta revelación de la Torá y que, digamos, de manera indirecta, justifica la elección de los padres. Por eso decimos bera mezaké aba: el hijo otorga mérito al padre.

¿Qué mérito le otorga al padre? Me dirás: cuando efectivamente le ha asegurado un valor añadido en la vida y el padre saca de ello cierto orgullo. Pero no todos los hijos hacen eso. ¿No ocurre a veces que el padre es una persona de renombre mundial, autor de grandes descubrimientos, y su hijo no tiene la misma dimensión ni la misma carrera, quizá no ha tenido éxito, ha fracasado en su vida? Pero, en suma, cuando ha vuelto en sí, cuando ha hecho esa toma de conciencia, reajusta entonces su propia vida dentro de la elección misma de sus padres de traerlo al mundo, de acogerlo, de criarlo, de educarlo. ¿Tuvieron éxito o no lo tuvieron? Una vez más, todo depende de la voluntad, de la entrega que pusieron en esa educación del hijo; es lo único que cuenta, no el resultado, no el resultado. Pero es a él, al fin y al cabo, a quien corresponde justificar la elección de los padres, honrarla o desecharla. Entonces, esa elección, les diría, es una ilusión: solo se sostiene en la adopción de los valores de la Torá, y aun así, aun así, porque al pie del monte Sinaí hubo coacción. El pueblo no se adhirió a esa revelación tan fácilmente como se suele decir.

Estaba insuficientemente preparado, y la prueba es que cuarenta días después cometió el pecado del becerro de oro. Así pues, hizo falta todavía tiempo. Pero lo que es eterno, perpetuo, lo que nunca se pierde, es el título de Israel. Puesto que esa elección fue hecha por D-os, incluso cuando vamos en contra de esa elección, nunca nos sale bien; nos aleja por un tiempo, como si se retrasara el plazo de un éxito, de un retorno. Eso puede abarcar numerosas generaciones, pero en un momento dado hay un nétzer mataái, un brote de Mis plantaciones, que va a brotar. No hay que desesperar; son siempre procesos de reciclaje que llevan mucho tiempo.

—Entonces, en realidad, es de algún modo como el fenómeno de Kóraj. —Sí, absolutamente. —Quisiera una precisión, no estoy segura de haber entendido bien. Usted pasó muy rápido sobre ello y quisiera estar segura de haber entendido. ¿Habló usted de una noción de lavado, del equivalente de un lavado mortuorio que se le hace al recién nacido en relación con una separación, o entendí mal? —El equivalente de un lavado; pero aquí no es para la muerte, es con vistas a una nueva vida. —Eso es, porque usted dijo «como se hace con alguien de quien uno se separa». Entonces, ¿dónde está aquí la separación? Hablamos del recién nacido, que se separa de algo, de una vida, de la matriz de su madre, ¿es eso? Así pues, en realidad es en ese nivel, en relación con eso, que la noción de lavado —mortuorio, entre comillas— está vinculada con esa separación. —Absolutamente. —De acuerdo, entonces había entendido bien, gracias. —Rav Benizri, al comienzo de la exposición usted hablaba efectivamente del sistema de retribución, y personalmente, después de haber leído bastante estos pasajes, siempre me ha incomodado un poco, porque siempre he tenido la sensación de que la mitzvá en sí misma, aunque pueda traer una retribución… la retribución de la mitzvá es la mitzvá misma. No es un regalo que se recibe después, ¿no le parece? Y siempre me ha costado conciliar estos pensamientos míos con el texto mismo. ¿Va quizá el texto más allá, de otra manera? —No, el texto está en tu perspectiva de pensamiento; se inscribe plenamente en tu perspectiva de pensamiento. A saber: sejar mitzvá mitzvá, la recompensa de una mitzvá es la mitzvá.

La recompensa primera de la mitzvá es la mitzvá. La elevación que te procura el cumplimiento de la mitzvá te honra, y pasas a otro espacio de pensamiento, eso es seguro. Esa es la recompensa de la mitzvá. Ahora bien, los beneficios de esa mitzvá están a la medida, digamos, de la influencia, de la aportación que ella supone para la promoción de la sociedad, para la promoción de la familia. Del mismo modo que, cuando un obrero llega a un escalón superior, todo el mundo a su alrededor se beneficia indirectamente, pues bien, en el plano espiritual es más o menos lo mismo: cuando el hombre se eleva en sus dimensiones morales, en sus dimensiones espirituales, y lo comparte generosamente con todos, eso es el sajar de la mitzvá. El sajar de la mitzvá es lo mismo: es el rejush de la mitzvá, el bien, lo adquirido por la mitzvá misma. Tendremos ocasión también de volver sobre ello. No es porque la Torá hable efectivamente de ve-natatí guishmeijem be-itam, «daré vuestras lluvias a su tiempo»… Cuando el pueblo judío cumple sus deberes morales, no tiene que sufrir un incumplimiento o un desarreglo de las leyes naturales en su contra; al contrario. Diríase que toda la creación participa en esa evolución y goza de ese bien, pero indirectamente. Cómo ocurre, no podría describírtelo, pero es un hecho. Es un hecho que, cuando reina la confianza, cuando hay serenidad, todo puede bastar en la vida. Se puede compartir un pan entre diez personas cuando hay entendimiento, y cada bocado cuenta y sacia. En cambio, cuando esas personas no se entienden, todo el mundo se disputa todo el pan.