Esta clase prosigue la lectura del primer capítulo de Pirkei Avot (Ética de los Padres) con las dos máximas de Shemaya y Avtalión, la cuarta pareja de la cadena de transmisión de la Ley. La primera pide amar el trabajo, aborrecer los cargos de autoridad y no darse a conocer al poder; la segunda advierte a los sabios que cuiden sus palabras, so pena de ser exiliados a un lugar de aguas malsanas donde los discípulos perecerán y el Nombre del Cielo será profanado. Ambos maestros eran conversos, y el Rav Raphaël Benizri comienza extrayendo de ello una observación sobre el lugar de lo que viene de fuera. La clase se cierra sin abordar a Hilel y Shamai, anunciados para más adelante.
El punto de partida es léxico: la distinción entre la avodá, los trabajos serviles y las contingencias de la vida, y la melajá, el trabajo como servicio prestado a la sociedad mediante el espíritu creador. Es de la melajá de la que habla la mishná, y es esta palabra la que aparece por primera vez al concluir la Creación. De ahí deduce el Rav que no hay dicotomía alguna entre el espíritu y la materia, recuerda que los sabios de antaño ejercían todos un oficio y no contaban con su Torá para vivir, y explica luego por qué la misma mishná ordena huir de los cargos y del poder.
La segunda mitad de la clase está dedicada a Avtalión y a la responsabilidad de la palabra, en particular la del maestro, que el Rav se aplica explícitamente a sí mismo. Lee el exilio primero como el del homicida involuntario, luego como el exilio interior del maestro que ha faltado a su cometido, y las «aguas malsanas» como el agua estancada de una enseñanza convertida en dogma que ya no se renueva. Llega así a la profanación del Nombre del Cielo, entendido a partir de las aguas de arriba y de abajo, y responde después a preguntas sobre la renovación de la Torá, sobre los cuatro niveles de la letra y sobre los cuatro mundos.
Lo que enseña esta clase
Dos conversos figuran en la cadena de transmisión de la Ley. Shemaya y Avtalión forman la cuarta pareja, y es una manera de decir que no hay exclusión: al contrario, contamos con el aporte de lo que viene de fuera, siempre que adopte las categorías de pensamiento de la Torá y no haya desviación que temer. No se confían cargos de responsabilidad colectiva a conversos recientes, que aún no han dado pruebas de sí; pero estos dos hombres se habían impuesto tanto por su erudición como por su conducta, y no había razón alguna para no mencionarlos como una clave de esta transmisión que, sin ellos, corría el riesgo de perderse.
El trabajo que se nos pide amar no es la servidumbre. El Rav distingue la avodá, que designa los trabajos corrientes y las servidumbres —y son muchas; no se las puede amar, son las contingencias de la vida—, de la melajá, que es el servicio prestado a la comunidad y a la sociedad mediante el espíritu creador. De esta habla la mishná. La palabra aparece por primera vez cuando la Creación queda concluida, y lleva en sí la idea de misión: cada uno tiene una misión que cumplir.
No hay, pues, dicotomía alguna entre el espíritu y la materia. Para quien asocia el cielo y la tierra a todo cuanto emprende, no se trata de separarlos, sino de investir la materia con el espíritu y elevar la materia al nivel del espíritu. Nada de lo que sucede aquí abajo inspira repugnancia, y cada uno tiene el deber de hacerlo. Amar, por lo demás, es más que hacer: un amor no se calcula en el tiempo, no tiene límites, es permanente. Y si la ociosidad es fuente de muchos males, un trabajo que no es estimado por quien lo realiza equivale también a una servidumbre: no permite a la persona desarrollarse ni dar la medida de su potencial.
Lo que el Shabat suspende son los trabajos creadores, no los gestos ordinarios de la vida. Se sigue viviendo con normalidad, y muchos gestos continúan porque pertenecen a la vida misma. Se pueden mover muebles o sillas dentro de la casa, e incluso en la calle cuando hay un eruv, para organizar una fiesta en honor del Shabat: eso no es melajá. En cambio, trazar dos letras para formar una palabra está prohibido, porque se ha dado a luz una expresión. Lo prohibido es lo que contribuye a establecer las estructuras de este mundo y a asentarlas: el pensamiento fundador de la melajá, consagrado por el propio Shabat.
Los sabios de antaño tenían todos un oficio. No contaban con su Torá para vivir: la enseñaban gratuita y generosamente, y solo eran retribuidos en la medida en que desempeñaban funciones rabínicas y cargos de la colectividad. Se los designaba incluso por su profesión: uno era herrero, otro sastre, otro panadero. No hay, por tanto, desprecio alguno por el trabajo, y nuestros sabios llegaron a decir que más vale desollar una res muerta en la plaza pública que tener que mendigar el sustento a las criaturas. El hombre debe conservar su dignidad mediante su trabajo y no depender de instituciones, aunque sean comunitarias.
Aborrecer la autoridad es rechazar la competencia y los honores. Tu melajá debes realizarla para ti mismo, no con espíritu de competencia, sabiendo que lo esencial siguen siendo tus inquietudes espirituales y el estudio al que dedicas una parte regular y fija de tu tiempo. No busques ni puestos elevados, ni ascensos, ni honores, ni hacerte valer: no conduce a nada y solo trae decepciones, pues nadie te perdonará la menor desviación, y es imposible desempeñar una función en tensión permanente sin cansarse y errar el objetivo. Un maestro dijo haber detestado toda su vida estar a la cabeza de una comunidad: habría querido ser tan solo un shamash, un simple servidor de su comunidad, y sus funciones rabínicas le causaron mucho pesar. Lo que le ofendía no era el cargo en sí, sino ese sentimiento de altura que experimentaba, o que los demás hacían pesar sobre él, y que indirectamente le imponía una distancia.
«No te des a conocer al poder» se lee en dos planos. La palabra empleada designa primero el dominio, privado o público: no sigas la corriente populista, procura conservar tu personalidad y tus atributos propios, no los vulgarices. Designa después la autoridad política: no cuentes con ella para que más tarde te profese un reconocimiento a la medida de tu entrega, pues más bien cosecharás ingratitud, aun habiendo sacrificado tu vida familiar, tu promoción personal y tu estudio al servicio de los demás.
Este consejo se da en un momento de convulsiones políticas. Estamos en la época del Segundo Templo, en el seno de una comunidad judía atravesada por corrientes que se forman, por destituciones, celos y luchas por el poder. Quienes se disputan la autoridad buscan apoyos entre los rabinos, entre los hombres de élite, entre los pensadores. La consigna es, pues, evitar tomar partido y permanecer lo más discreto posible en este terreno.
Avtalión completa esta idea dirigiéndose a los sabios acerca de sus palabras. Su nombre, que el Rav lee como «padre de los pequeños», sugiere que probablemente era un maestro; y es justamente su propia función de enseñante la que pone en el banquillo, como el Rav dice hacerlo a su vez esa noche. Lo que distingue al hombre del animal es la palabra, ese hálito investido en él, único en establecer el vínculo entre el cielo y la tierra, entre lo espiritual y lo material, entre lo trascendente y el hombre. Por eso la misma palabra hebrea dice la palabra, el objeto, el acontecimiento y la cosa: es la palabra la que hace el acontecimiento y la que da a toda cosa su realidad.
Medir las propias palabras no es fácil. No es sencillo traducirlo todo a un lenguaje claro y desnudo; se recurre a metáforas, y el lenguaje del espíritu y el del corazón no siempre componen una bella sinfonía. Hay desgarros, que se traducen en palabras malintencionadas, en consideraciones reductoras, en cierto elitismo practicado a pesar nuestro. Según los casos, tratamos a alguien con guantes de seda o lo empequeñecemos. Cuando un profesor usa ese lenguaje con sus alumnos, entre los dotados y los menos dotados, sin inclinarse hacia quien no tiene las mismas capacidades para retomar con él la enseñanza, instala un disgusto, una mala interpretación, un rechazo, y ese rechazo puede producir excesos de largo alcance.
Una anécdota hace cargar al maestro con el peso de su relación con sus alumnos. Un rav que pasaba el tiempo yendo de ciudad en ciudad y de país en país para recaudar dinero y permitir que su yeshivá sobreviviera fue a quejarse ante el Rav Aharón Kotler: ya no tenía vida, estaba siempre fuera y había llegado a desatender a su familia. En lugar de palabras de consuelo, oyó que todas esas tribulaciones venían de que sus relaciones con sus alumnos no siempre habían sido las mejores —que había excluido a algunos porque no le agradaban, mostrado desprecio hacia otros, querido poco a quienes no le rendían la consideración que creía merecer— y que ahora lo expiaba con sus viajes. Esto muestra bien, observa el Rav, hasta qué punto nuestros maestros se cuestionaban a sí mismos.
El Rav aplica esta exigencia a su propia experiencia en el aula. Dice haber salido varias veces de clase deprimido, porque no es fácil llevar una clase de varios niveles, sobre todo en las materias hebraicas: en otras asignaturas cae la sanción de fin de curso y nadie rechista, pero aquí los alumnos vienen de corrientes y educaciones diferentes, a veces se pierde la orientación y uno se pregunta si ha obrado bien. Es ahí donde la mishná cobra sentido, pues el maestro que falta a su cometido se hace merecedor del exilio.
El exilio del que habla el texto es ante todo el del homicida involuntario. Había seis ciudades de refugio, y quien había causado una muerte por inadvertencia debía refugiarse en ellas hasta la muerte del Sumo Sacerdote, porque la comunidad entera y, en lo más alto, el educador en jefe del pueblo compartían algo de esa responsabilidad. Las madres de los Sumos Sacerdotes solían llevar alimentos y regalos a los exiliados para que no rezaran por la muerte de sus hijos. Por lo demás, no era una prisión sino un centro de reeducación: el maestro del exiliado partía al exilio con él, porque no había que desconectarlo de él; de lo contrario, el lugar de refugio no habría tenido razón de ser.
Ese mismo exilio golpea al maestro que ha dejado un margen de error. Toda persona que tiene a su cargo una colectividad y no cumple con ella como es debido a menudo se exilia por sí misma, avergonzada de los resultados obtenidos, o bien ve formarse un vacío a su alrededor, o bien es condenada al exilio por las autoridades. Ese exilio puede ser físico, pero puede ser igualmente un exilio espiritual del ser y un estado de soledad.
Las aguas malsanas son las de una enseñanza que ya no se renueva. Los alumnos seguían entonces a sus maestros en sus desplazamientos, para aprender a su lado y sobre todo de su manera de vivir. Ahora bien, la Torá ha sido comparada con el agua, purificadora, que sacia la sed, fuente de bendición; y el agua solo permanece viva mientras fluye y se renueva. Una enseñanza nunca debe darse por sentada: lo que vale hoy exigirá mañana un elemento nuevo; hay que devolver la vida a la enseñanza de la víspera. Quien no deja ningún margen de error y se dogmatiza se vuelve peligroso, como un agua estancada en una charca que se contamina con el tiempo.
Es la diferencia entre quien sirve y quien no sirve. Nuestros sabios la explicaron con sencillez: quien ha repasado su estudio cien veces y se ha detenido diciéndose que lo domina todo no es comparable a quien, después de cien veces, lo repasa una ciento una. El primero posee, pero posee en estado bruto. Una prenda guardada cien días huele mal; hay que introducir algo nuevo todo el tiempo. Ese es también el sentido de la llamada a interrogar a los ancianos: en ciertos ambientes no se llamaba al maestro «rav» sino «saba», abuelo, porque cualquiera puede llegar a ser rav con tiempo de estudio, mientras que no todo el mundo es abuelo.
La muerte de los discípulos no es física, y la profanación recae sobre todos los maestros. Una enseñanza dejada tal cual, insípida y desprovista de sentido, ya no habla, y esto vale también para palabras verdaderas de la Torá que no hemos renovado ni ilustrado, dejándolas con nuestros antiguos sabios. Los discípulos se extravían entonces y perecen en espíritu. Y el Nombre del Cielo es profanado porque los demás dicen: he aquí lo que ha resultado; este hombre creyó alimentar a generaciones y no ha cosechado nada. El descrédito arrojado sobre ese maestro se propaga y contamina a los demás maestros.
El Nombre del Cielo se lee a partir de las aguas. Nuestros sabios definieron la palabra «cielo» a partir del agua: allí se encuentran las aguas que revivifican la tierra, y esas aguas solo descienden si el hombre se decide a trabajar la tierra, pues no hay bendición sino sobre la obra de tus manos. Las aguas malsanas son, a la inversa, las que permanecen bajo tierra y no pueden nutrir el universo sin ese maná del cielo. Es esta la única vez en la Creación en que no se dice que aquello era bueno: la separación de las aguas inferiores y las aguas superiores, obrada el segundo día. Mientras el hombre no realice la unión entre las dos aguas, esa separación queda sin aprobación, y ello depende de él, puesto que está dicho que ninguna vegetación se extiende mientras él no esté allí para trabajar la tierra.
Transcripción completa de la clase
Buenas noches a todos. La última vez comenzamos el comentario del primer dicho de estos dos conversos que ocupan la cuarta pareja de la cadena de transmisión de la Ley. Esto es muy importante, porque nos dice que no hay exclusión. Al contrario, contamos con el aporte del mundo exterior desde el momento en que adopta —digámoslo así— las categorías de pensamiento de la Torá propiamente dicha, y siempre que no haya posibilidad de desviación. Como os hice notar, no podemos conferir cargos de responsabilidad colectiva a conversos recientes, porque aún no han dado pruebas de sí. Pero Shemaya y Avtalión se impusieron tanto por su erudición como por su conducta. No había razón para no mencionarlos como una clave importante en la transmisión de esta Ley, que sin ellos corría el riesgo de perderse. Entonces, ¿qué enseñanza nos aporta esto?
Una enseñanza muy importante, porque hasta ahora no se había mencionado el amor al oficio. Vesená et harabanut: como se traduce aquí, «aborrece la altura», aborrece los puestos de responsabilidad. No los busques; si vienen a ti y no hay nadie más para asumir la carga, desde luego tienes el deber de asumir tus responsabilidades. Y no busques darte a conocer al poder establecido. ¿Cómo se encadena todo esto? «Ama el trabajo». Hemos establecido la diferencia entre melajá y avodá. La avodá son los trabajos corrientes, digamos las servidumbres. Y hay muchas servidumbres, muchísimas. Bien, no se las puede amar realmente; así son las contingencias de la vida. Pero la melajá es servir a la comunidad y a la sociedad a través del propio espíritu creador.
Y en cuanto a ese espíritu creador: cuando la palabra melajá apareció por primera vez, apareció en la creación del mundo. Cuando Hashem concluyó Su creación, se dice «Su melajá», que aquí hemos traducido por Su creación, Su misión. Yo había hecho notar que en la palabra melajá está malaj, mensajero: cada uno tiene a su cargo una misión que cumplir. Y para nosotros, que en nuestra fe asociamos el cielo y la tierra a todo cuanto emprendemos en la vida, no se trata de separar el espíritu de la materia, sino, al contrario, de investir la materia con el espíritu y elevar la materia al nivel del espíritu. Por consiguiente, no hay dicotomía en este plano.
Al contrario, no hay repugnancia alguna por lo que sucede aquí en la tierra, por lo que puede realizarse, y cada uno tiene el deber de hacerlo. Y ehov, «ama», es en definitiva más que simplemente «hacer» el propio trabajo. Un amor no se calcula en el tiempo; no tiene límites; es permanente. De ahí la necesidad de aplicarse a responder a lo que uno ama, porque, cuidado: si la ociosidad es fuente de muchos males, el trabajo que no es verdaderamente apreciado y estimado por quien lo realiza equivale igualmente a una servidumbre. No permite a la persona realizarse, no desarrolla sus posibilidades, no da toda la medida de sus capacidades, de su potencial. Por eso la palabra «amar» es apropiada aquí: así como la palabra ahav se emplea para el Eterno, Shemaya se permite aplicar ese mismo verbo, «amar», a la melajá. Y lo que está prohibido en Shabat es todo lo que contribuye a establecer las estructuras de este mundo y a asentarlas. Por ejemplo, se pueden mover muebles dentro de la casa, o sillas —incluso en la calle, siempre que haya un eruv— si hay que organizar una fiesta en honor del Shabat. Todo eso está permitido: apresurarse, divertirse, llevar algo a cabo. Pero atención: eso no se considera melajá, y está permitido hacerlo en Shabat.
Las melajot prohibidas en Shabat son, en suma, aquellos trabajos cuyo cese marcó el término de toda la obra de creación de los seis días. Así pues, el Shabat suspende las melajot; no suspende las avodot. Seguimos viviendo con normalidad; hay muchas cosas que seguimos haciendo en Shabat porque forman parte de nuestra vida y no tienen ese carácter. En cambio, formar una palabra con dos letras dibujándolas, eso sí está prohibido, porque hemos dado a luz una expresión. No veáis en ello un absurdo ni una exageración: es el pensamiento fundador de la melajá misma, consagrado por el Shabat, el que da a la melajá otra resonancia. Y por esta razón los sabios de antaño, los rabinos de antaño, tenían todos una melajá: un oficio, una profesión. No contaban con su Torá para vivir. Por supuesto, la dispensaban generosa y gratuitamente; y cuando lo necesitaban —en la medida, claro está, en que desempeñaban funciones rabínicas dentro de la comunidad y cargos de la colectividad— se les retribuía en proporción al tiempo que dedicaban a ello. Pero, en el fondo, a ellos mismos se los llamaba, se los designaba, por su profesión. Los ejemplos son numerosos; podría citaros algunos. Rabí Yosí ben Jalafta, por ejemplo, era curtidor, trabajaba las pieles. Rabí Itzjak Nafjá era herrero; Yehudá era sastre; y Rabí Yehudá era panadero, y así sucesivamente. No hay, pues, jas veshalom, desprecio ni repugnancia alguna por el trabajo. Al contrario, nuestros sabios dijeron: pshot nevelta beshuka veal titztarej labriyot, «desuella una res muerta en el mercado y no dependas de las criaturas».
Si de verdad hay que ocuparse de desollar un animal muerto en la plaza pública antes que tener que mendigar el sustento, la parnasá, a las criaturas, hay que hacerlo. Es una clave: el hombre debería conservar toda su dignidad a través de su trabajo y no depender de instituciones, aunque sean comunitarias. A buen entendedor, pocas palabras bastan. Gracias. Ahora bien, entrar en competencia al realizar esta melajá: no lo necesitas. No es con espíritu de competencia como debes emprender tu melajá. Debes realizarla para ti mismo. Debes saber que lo esencial en tu vida son tus inquietudes espirituales, es el estudio al que dedicas la mayor parte de tu tiempo, o al menos una parte de tu tiempo, pero de manera, digamos, regular, fija, permanente. Eso es lo que hay que hacer. Vesená et harabanut: «aborrece la autoridad», y no las funciones rabínicas como tales, aunque ha habido quienes se atrevieron a interpretarlo en ese sentido. Rabí Akiva Eiger fue uno de ellos, y dijo: «Toda mi vida he detestado estar a la cabeza de una comunidad, con mis funciones de rabino; eso me ha causado mucho pesar. Habría querido ser un shamash de la comunidad, un servidor, un simple servidor de la comunidad».
Lo que le ofendía era, indirectamente, ese sentimiento de altura que tenía —que experimentaba, o que todos los que lo rodeaban le hacían sentir— y que lo hacía sufrir porque, de algún modo, le imponía una distancia. Así pues, vesená et harabanut tiene dos sentidos inmediatos: no busques la competencia en lo que haces; no busques ocupar puestos elevados; no busques ascensos; no busques kavod, honra; no busques distinciones; no busques hacerte valer. No te lleva a ninguna parte. Al final, al contrario, no cosecharás más que decepciones, porque nadie te perdonará la menor desviación, la menor falta; y es imposible desempeñar una función en tensión permanente sin cierto cansancio, lo cual nos hace efectivamente errar nuestro objetivo.
Ahora: veal titvadá larashut, «no te des a conocer a la reshut». Vimos que reshut tiene dos o tres sentidos. Está la reshut hayajid y la reshut harabim. La reshut hayajid es mi propia intimidad; la reshut harabim es el dominio público, ¿no es así? Entonces: no sigas la corriente populista. Procura conservar algo de tu personalidad, de tus atributos propios; no los vulgarices. Ese es el primer sentido. El segundo sentido es la autoridad gobernante: no cuentes con las autoridades para que más tarde te profesen reconocimiento alguno por todo lo que has hecho, por toda tu entrega. Al contrario, rozará la ingratitud.
Y sin embargo tú habrás sacrificado efectivamente, a veces, tu vida familiar, tu promoción personal, etcétera, y tu estudio, para servir a los demás. No olvidemos que este consejo se da en un momento de grandes convulsiones políticas dentro de la comunidad judía en la Tierra de Israel, en la época del Segundo Templo —ya hemos hablado de ello—, cuando se formaban diversas corrientes y había destituciones, celos, luchas por el poder, en las que cada cual buscaba apoyos, apoyos que a veces se buscan entre los rabinos, entre los hombres de élite, entre los pensadores. Así que procura no tomar partido y permanecer lo más discreto posible en este terreno.
Esa es la idea de conjunto de Shemaya, que ahora completa Avtalión. Avtalión nos dice: Jajamim, hizharú bedivreijem, «Sabios, tened cuidado con vuestras palabras, shemá tajuvú jovat galut, no sea que os hagáis merecedores del exilio y seáis relegados a un lugar donde las aguas son malsanas». Y aquí el traductor lo ha traducido bien; veremos su formulación dentro de un momento. «Y los discípulos que vengan después de vosotros beban y mueran» —perezcan espiritualmente— «y el Nombre del Cielo resulte profanado». Naturalmente, esto sigue la lógica de lo que dijo Shemaya. Shemaya era el nasí, y el presidente del tribunal, el av bet din, era Avtalión. Y Avtalión, como su nombre indica —av talya, es decir, «el padre de los pequeños»—, era probablemente un maestro. Vais a comprender por qué: porque pone efectivamente en el banquillo su propia función de enseñante. Y a través de sus palabras, yo estoy esta noche en el banquillo tanto como él.
Ya hemos dicho que lo que distingue al hombre del animal es el dibur, la palabra: ese hálito de D-os que fue investido en él y que es lo único que establece el vínculo entre el cielo y la tierra, entre lo espiritual y lo material y, para decíroslo todo, entre lo trascendente y el hombre. Por eso todo se llama davar. La realidad de cada cosa es lo que ella te dice. Te habla de un modo u otro, te sientes concernido por ella, y entonces se convierte en un objeto, se convierte en un acontecimiento, porque la palabra davar quiere decir palabra, quiere decir objeto, quiere decir acontecimiento, quiere decir cosa. Y efectivamente, es la palabra la que hace el acontecimiento; es la palabra la que da realidad a toda cosa.
¿De acuerdo? Nos dice: hay que saber medir las propias palabras, tener cuidado con vuestras palabras. No es fácil. No es fácil traducirlo todo a un lenguaje claro, a un lenguaje desnudo. Nos servimos muy a menudo de metáforas. Y además el lenguaje no es solo el lenguaje del espíritu; está también el lenguaje del corazón, y su resonancia no siempre crea una sinfonía, una bella sinfonía. Al contrario, hay desgarros, y esto se traduce a veces en palabras malintencionadas, en consideraciones reductoras, en cierto elitismo que practicamos a pesar nuestro. Y nuestra relación con el otro, que pasa por la palabra, hace que o bien tratemos a una persona con guantes de seda, intentando envolverla en toda clase de artificios, o bien juzguemos que no vale la pena y la empequeñezcamos.
Y cuando el profesor usa ese lenguaje con sus alumnos —los dotados y los menos dotados—, e incluso cuando transmite su enseñanza como buenamente puede, sin prestar atención a quien no tiene las mismas posibilidades, las mismas capacidades, y sin procurar de veras inclinarse para retomar con él esa enseñanza de manera que le resulte clara, pues bien, dejamos lugar a un disgusto, o a una mala interpretación, o a una mala relación; y el rechazo que sigue es capaz, efectivamente, de excesos de largo alcance. Os conté lo que ocurrió con Trotski; no es el único ejemplo. Pero hay una anécdota que siempre he apreciado mucho, la de un rav que pasaba todo su tiempo yendo de ciudad en ciudad, de país en país, para recaudar dinero y permitir que su yeshivá sobreviviera.
Fue a quejarse ante el gran Rav Aharón Kotler y le dijo: «Escuche, no tengo vida. Dirijo una yeshivá y estoy siempre fuera. No puedo ocuparme de mis alumnos; tengo que mantener viva esta yeshivá a toda costa, y por ello desatiendo incluso a mi familia». Esperaba palabras de consuelo por parte del Rav Kotler, pero el Rav Kotler le dijo: «Sabe usted, tengo que decirle que todas estas tribulaciones que padece vienen de que las relaciones que ha mantenido con sus alumnos no siempre han sido las mejores. Ha excluido a algunos porque no le agradaban; ha mostrado desprecio hacia unos cuantos; no ha querido mucho a ciertos que no le daban el kavod que usted creía merecer. Todo eso se está cobrando ahora su revancha, y por eso hoy se encuentra expiando sus faltas hacia sus alumnos a través de sus viajes por distintos países, recaudando dinero para ellos».
Esto muestra qué visión de las cosas tenían nuestros rabinos, que se cuestionaban siempre a sí mismos. Es muy importante en la relación que emprendemos con el mundo. Mientras no sepamos tomar la medida de nosotros mismos, mientras no tengamos ese cuestionamiento interior, preguntándonos si hemos obrado bien… Os confieso que varias veces he salido de clase deprimido, porque no siempre es fácil llevar una clase con distintos niveles en su interior, particularmente en las materias hebraicas. En las demás materias es fácil: al final del curso cae la guillotina cuando las cosas no van bien en matemáticas, en física, en química. No perdona, y en ese momento nadie rechista. Pero un alumno que… Y las personas que vienen son de corrientes diferentes, de educaciones diferentes dentro de la misma clase, así que es muy difícil de llevar, y a veces os sucede efectivamente que perdéis la brújula, perdéis la orientación, y os preguntáis: ¿he obrado bien? ¿He obrado bien? Porque es muy peligroso, muy peligroso, «pues podríais haceros merecedores del exilio». ¿Y merecedores del exilio? Harotzéaj bishgagá, ya sabéis: el que en aquella época había causado una muerte por inadvertencia. Había seis ciudades de refugio, y debía ir a refugiarse en ellas hasta la muerte del Sumo Sacerdote.
Porque toda la comunidad compartía de algún modo esa responsabilidad y, en lo más alto, el Sumo Sacerdote, es decir, el educador en jefe del pueblo. Y allí permanecía hasta la muerte del Sumo Sacerdote. Y sabéis que las madres de los Sumos Sacerdotes solían llevar alimentos y regalos a los exiliados en las ciudades de refugio para decirles: cuidado, no recéis por la muerte de nuestro hijo para salir de vuestra prisión. Ahora bien, no era una prisión; era un centro de reeducación, porque cuando alguien era exiliado, se exiliaba con él a su maestro, a su enseñante, ya que no había que desconectarlo de su maestro. De lo contrario, ese lugar de refugio, esa «prisión», no habría tenido razón de ser.
Así pues, era merecedor del exilio quien cometía un homicidio por inadvertencia. Y un homicidio por inadvertencia cometido por cualquier enseñante, por cualquier persona que tiene a su cargo una colectividad y no cumple con ella como es debido, dejando un margen de error a cualquier nivel que sea… pues bien, esa persona no es exiliada necesariamente enseguida. O bien se avergüenza de los resultados obtenidos y se exilia a sí misma; o bien se crea un vacío a su alrededor, y vive su exilio, vive en ese estado de soledad; o bien es efectivamente condenada al exilio por las autoridades, y así sucesivamente. Así pues, ese exilio puede ser un exilio físico, pero puede ser también un exilio espiritual del ser: «y ser relegados a un lugar donde las aguas son malsanas», merecedores del exilio.
En aquella época, ya sabéis, los alumnos seguían a sus maestros en su itinerario, los seguían a medida que se desplazaban, para aprender mejor a su lado y, sobre todo, de su conducta, de su manera de vivir. Entonces, un lugar donde las aguas son malsanas: ¿cuáles son esas aguas malsanas? Sabéis que la Torá ha sido comparada con el agua, con una fuente de agua revivificante. Es la particularidad del agua: a la vez purifica, calma la sed de la persona y es fuente de bendición. Ese es el simbolismo del agua, que interviene, digamos, muchas veces en el curso de nuestra vida. Ahora bien, las aguas, mientras son manantiales, vivas, mientras fluyen, mientras proceden de otras fuentes…
…se renuevan continuamente. Y una enseñanza nunca hay que darla por dicha de una vez por todas. Es válida hoy, en el momento en que os hablo; lo que os transmito hoy es válido para hoy. Mañana habrá que buscar efectivamente un jidush, un elemento nuevo. Hay que dar vida a la enseñanza de la víspera. Y por eso una enseñanza que no deja ningún margen de error posible y que se dogmatiza es muy peligrosa. ¿Por qué? Porque es como agua que se acumula y se estanca en una charca, y se contamina, se contamina cada vez más a medida que pasa el tiempo. Eso son, para una enseñanza, las aguas malsanas. Por eso nuestros sabios dijeron —más tarde lo comprenderéis—: «veréis la diferencia entre el que sirve a D-os y el que no Le ha servido».
Entonces nuestros sabios preguntaron: ¿cuál es la diferencia? Muy sencillo. Está el que repasó su estudio cien veces y se detuvo diciéndose: «Lo sé, lo domino todo». Y está el que, después de cien veces, continúa y se dice: «Voy a repasarlo una ciento una vez»: ese es el verdadero servidor de D-os. El primero, el que se detuvo, lo repasó cien veces —cien veces, podéis decir; de verdad lo repasó cien veces—. Así que lo posee, pero lo posee en estado bruto. Alguien que lleva puesta una prenda durante cien días… eso es difícil, no es posible: olerá mal. Hay una novedad que hay que introducir todo el tiempo; es otra manera de evolucionar, de comprender las cosas. Y sobre todo: zekenejá veyomrú laj, «pregunta a tus ancianos y te dirán». Zekenejá: tus ancianos.
Sabéis que en ciertos ambientes se llamaba al rav «Saba»: el Saba de Kelm, por ejemplo. No se decía «Admor», sino «Saba», y eso llama la atención. La gente se preguntaba por qué no se los llamaba «Rav». Y la respuesta es también muy sencilla. Rav, yo mismo puedo serlo. Cualquiera puede ser rav. Requiere un tiempo de estudio, y efectivamente se puede acceder a ese título. Pero el título de saba, de abuelo —abuelo en la tradición—, eso está reservado ya a cierta etapa de la vida y a cierta altura. No todo el mundo es saba; todo el mundo puede llegar a ser saba, pero no todo el mundo es saba, ¿no es así? Esa es la segunda idea: «pues podríais haceros merecedores del exilio y ser relegados a un lugar donde las aguas son malsanas», donde campa la herejía, porque esto puede conducir efectivamente a la herejía.
La gente va… Hoy, todos fuimos alimentados —alimentados en nuestra juventud— con fábulas, desde Caperucita Roja hasta las grandes fábulas de La Fontaine y otras más […]. Pero si las conservamos tal como son, son insípidas, lamentables, desprovistas de sentido; ya no nos dicen nada; hemos pasado a otra cosa. Lo mismo ocurre en otros terrenos: hay palabras de la Torá —os lo digo, palabras de la Torá— que son verdaderas, pero, como no las hemos reciclado, no las hemos restaurado, no les hemos devuelto la vida, no las hemos ilustrado, se han quedado con los antiguos sabios; las hemos dejado con nuestros antiguos sabios. Y eso es lo que significa «los discípulos que os siguen beberán y perecerán espiritualmente». Vayamutu, «y morirán»: no es una muerte física, es una muerte del espíritu, para personas que tomaron todo esto al pie de la letra. Pero sobre todo: venimtzá shem shamáyim mitjalel, «y el Nombre del Cielo resultará profanado». Venimtzá shem shamáyim mitjalel: ¿por qué? Porque los demás dicen: he aquí lo que ha resultado. Este señor que dio semejante enseñanza creyó efectivamente alimentar a numerosas generaciones, pero no ha cosechado nada.
Y el descrédito que se arroja sobre este maestro se propaga, contamina a los demás maestros. Y esa es la profanación del Nombre del Cielo, shem shamáyim. Hay que comprender este shem shamáyim, el Nombre del Cielo. Nuestros sabios explicaron que shamáyim es sham máyim, «allí hay agua». Es decir, allí están las aguas: allí se encuentran las aguas que revivifican la tierra. Pero para que esas aguas desciendan del cielo, es preciso que el hombre esté presente y se decida a trabajar la tierra; mientras el hombre no se decida… pues «para que Hashem tu D-os te bendiga en toda la obra de tus manos que hagas». Solo hay bendición cuando has mostrado la obra de tus manos.
Cuando te has comprometido a realizar algo, entonces puedes conocer la bendición. Así pues, hemos hablado de máyim, las aguas malsanas. Las aguas malsanas son las aguas inferiores: las aguas que quedaron bajo tierra y que no pueden, no pueden nutrir el universo sin ese maná del cielo. Pues bien, ese es el Nombre del Cielo —las aguas celestes, habría que decir— que resulta profanado. Porque hay que comprender que la única vez en la Creación en que no se dijo ki tov, «que era bueno», es a propósito de la separación de las aguas inferiores y las aguas superiores. Y esa separación se produjo el lunes, el segundo día. Todos los días se dijo: «y vio D-os que era bueno»; pero cuando se produjo esta separación de las aguas, el texto […] no consideró buena esa separación mientras el hombre no realice…
…la unión entre las dos aguas, y es de él de quien eso depende, puesto que, como se ha dicho, la vegetación no se extenderá sobre la tierra, pues veadam ayin laavod et haadamá, «no había hombre para trabajar la tierra», mientras el hombre no esté allí para trabajar la tierra. Y eso es lo que nos dice Avtalión; hay una enseñanza importante que extraer para nosotros mismos. Después de esto llegamos a Hilel y Shamai —Hilel y Shamai, grandes escuelas—. Hemos terminado con la cuarta pareja; la suya es la quinta y última de las parejas encargadas de la transmisión de la Ley. Después de ellos tendremos a los tanaím, los rabinos: tendremos a Rabán Gamliel, Rabí Shimón bar Yojai, Rabí Yehudá, etcétera.
A partir de entonces llevarán el título de «Rabí»; hay numerosos rabinos. Como os dije hace un momento, aquellas figuras anteriores no necesitaban ese título; su solo nombre atestigua su envergadura. Bien, creo que voy a detenerme aquí. ¿O todavía tengo tiempo? Sí, quizá tengo todavía un poco de tiempo, a menos que tengáis preguntas que hacer antes de que pase a Hilel y Shamai. Hay preguntas. —«Tiene usted todo el tiempo, señor Benizri; tenemos toda la vida para escuchar su enseñanza». —Es muy amable, gracias. Os doy ocasión de tomarme el pelo. —«Señor Benizri, buenas noches». —Buenas noches, Eric. —«Nos ha hablado de devolver la vida a las palabras de la Torá».
«¿Quiere eso decir que ponemos en tela de juicio la vida que les dimos anteriormente? Si lo entiendo bien, la tarea que se le da al hombre es precisamente producir en sí mismo la creatividad suficiente para unir esas dos aguas, las aguas de arriba y las aguas de abajo, sean cuales sean, no diré sus medios, sino, digamos, su competencia». —Quiero decir, Eric, que ya no eres el joven alumno que conocí; ya no lo eres. Hoy tienes otra envergadura, otra dimensión, y eso está bien. Pero cuando leías conmigo los textos a aquella edad, tenías un enfoque que estaba a tu nivel. Hoy no es que ese enfoque ya no valga nada; es que eres más exigente.
Antes podías contentarte y preferir el bocadillo de la calle a la comida de la escuela, al almuerzo escolar; pero hoy, en tu casa, supongo que tienes una mesa bien puesta; aprecias las cosas, las saboreas de otro modo. Lo que antes te gustaba ya no te gusta tanto hoy; tienes otras exigencias, y así sucesivamente. A cada edad hay una Torá. «Uvetorató yehgué yomam valáyla», «y en Su Torá medita día y noche». […] Se dice: mipenei seivá takum. Eso quiere decir: ante el anciano, ante las canas, ante las cabezas blancas, takum, te levantarás. El Zóhar dice: no, espera: mipenei seivá takum, antes de que llegues, antes de que tus cabellos encanezcan, levántate, ponte en marcha, porque después lamentarás haber dejado pasar todo tu tiempo. ¿Sabéis lo que […] regaló en su día a su yerno? Pues un reloj de oro, un regalo que se solía hacer al novio. Y le dijo: «Atención: el oro no está en el reloj; el oro está en las agujas que giran. Si sabes apreciar como el oro el tiempo que ellas miden para ti, entonces tu reloj vale más que el oro». Eso es la Torá. Habría que intentar efectivamente aprenderla, medida en el tiempo, con las exigencias que tenéis hoy. No os digáis que está superada; decíos más bien: todavía no la he comprendido lo suficiente.
Por dos razones: si está superada, entonces no es divina; no es divina, no vale nada. Si es divina, entonces no envejece nunca; somos nosotros quienes hemos envejecido sin comprenderla, sin descifrarla. Así pues, nos corresponde a nosotros adaptarnos a ella, no a ella adaptarse a nosotros. Solo la adaptamos a nosotros durante un período de iniciación; pero después hay que saber medirse con ella. —«Yo hablaba no solo con respecto a uno mismo y a la evolución personal de alguien desde su juventud hasta una edad avanzada, sino también con respecto a la época en que vivimos. No soy Eric, para que sepa usted a quién ha respondido, pero no importa; ha sido muy instructivo, gracias».
«Lo que quería decir, señor Benizri, cuando empecé a preguntarle sobre devolver la vida a las palabras en función de…». —Sí. —«Creo que me ha respondido, más o menos, con respecto a nosotros mismos y a nuestra evolución personal. Entonces, ahora, la segunda parte de la pregunta: ¿no se podría dar un lenguaje un poco más moderno a la Ley, a la Torá? ¿No podría ponerse al día a medida que avanza nuestra tecnología? Hoy sabemos muy bien que se está operando ante nuestros ojos un cambio extraordinario, y no podemos seguirlo. ¿Y qué pasa con la Torá, cuando estamos hablando de fosos, de las señas de un objeto perdido aquí y allá?». —Querido amigo, todo lo que estudias son vestiduras, vestiduras del espíritu. Las palabras que descifras hoy son vestiduras; mañana las vestirás de otro modo. Pero has de saber que la vestidura… sí, quizá la dejarás de lado porque es demasiado corta, demasiado ancha, demasiado larga, y le darás otras medidas; será la vestidura del día; pero la vestidura hay que cambiarla. Lo mismo ocurre […]. La letra es una vestidura, creo. Sabéis que hay cuatro dimensiones en cada letra, y cada letra es independiente de las demás. En la escritura hebrea no hay letras que se unan unas a otras; son independientes.
Así pues, en la letra hay cuatro niveles. Primero, la letra propiamente dicha, su forma. Segundo, su fonética. Tercero, su música: tiene una resonancia, una vibración. Y atención: si la letra ha sufrido una muesca, un desgarro cualquiera, todo el séfer Torá queda descalificado, es pasul; ya no se lee en él hasta que se corrija y se arregle esa letra. Eso os dice cuán importante es. Ahora bien, el cuarto nivel es que la letra debe permanecer autónoma: no debe tocar la siguiente. Si toca otra letra, el séfer Torá queda descalificado. Y esto es lo que lleva al pensamiento jasídico a decir que lo más importante en la letra es el blanco que la rodea, no el negro con que está escrita.
—«Eso es lo que el Mesías vendrá a leer, de hecho». —Absolutamente; pero al Mesías hay que prepararlo uno mismo. —«Rav Benizri, buenas noches. Rav Benizri, quisiera dirigirle una bendición que solo he pronunciado una vez aquí en los diecisiete años que llevo en Israel, a un rav que también había pasado por Bélgica, pero ya no recuerdo la formulación hebrea. En francés, viene a decir: que Hashem bendiga su saber. Sobre lo último que usted dijo… bueno, vuelvo a lo primero. Tomé notas; por una vez me organicé un poco mejor para responder dentro del tema de lo que dijo y de su clase. Usted habló en primer lugar de las tareas serviles. Quisiera simplemente —no es una pregunta sino un testimonio— afirmarle que con el tiempo y la experiencia se llega a veces a hacer incluso esas tareas serviles con mucha alegría, y creo que me dirijo aquí más bien a los hombres de la casa al decir que es quizá una de las claves del éxito de un hogar».
«Eso es una cosa. Sobre la relación entre el cielo y la tierra, tomé nota hace poco de una clase en la que se decía […], y así eso da las cuatro letras del Tetragrama. En cuanto a la ociosidad —ya que usted me dijo un día «no abandones el humor»—, por una vez lo pongo en primer plano; encontré un chiste al hilo de sus palabras. Se trata de la ociosidad —oisiveté—, y entonces, claro, ¿qué les diría yo a los jóvenes que se quedan encerrados en su habitación y no quieren salir, a los ociosos? Les diría: hay que levantarse temprano, como los pájaros —les oiseaux—. Y al fin y al cabo nuestros sabios, nuestros jajamim, se levantaban temprano y se preparaban dos horas antes de la tefilá, para estar concentrados en el makom y poder rezar como es debido».
«Bueno, lo último quizá sea…». —Y aquí, sencillamente, permíteme interrumpirte, porque acabas de incomodarme. Acabas de herirme los oídos, porque cuando se empieza a dar recetas morales como recetas de cocina, eso no va conmigo. Perdóname. —«Escuche, en todo caso me alegra decirle que con mi esposa, que es de Túnez, no tuve elección: tuve que hacer mi parte en el fregadero, así que no pude hacer otra cosa». —Bien, Shmuel, está bien. Una cosa, una cosa, te lo ruego, no tomes a mal mis palabras. Procurad evitar dar lecciones a los demás. Daos lecciones a vosotros mismos.
Eso es importante, porque cuando dais lecciones a los demás, quiere decir que ya os habéis erigido en modelo, en referencia, y yo me lo prohíbo; os ruego que me disculpéis. ¿Y por qué? Porque pones en dificultad a otras personas que no han llegado tan lejos en el camino que vosotros habéis recorrido, y no hay que ponerlas en mala situación. Hay personas que son genios y que se levantan tarde. Pero cuando se despiertan, ya no puedes alcanzarlas. —«Ya no le oigo». —Espera. —«El sonido… He recibido bien lo que me ha dicho. Ciertamente no estaba en disposición de dar lecciones ni nada parecido; sé muy bien que cada persona está en un universo diferente y en condiciones diferentes».
«Dicho esto, en cuanto a la sinfonía, eso me ha tocado enormemente, porque es un tema que he abordado en mis escritos sobre la sinfonía en tres tiempos. Y además, seguramente estará de acuerdo también en decir que cuando D-os habla…». —¿Por qué en tres tiempos? —«Precisamente porque cuando Hashem habla en el Tanaj, en el Mikrá, dice amar, y entonces eso pasa por tres fases sucesivas, que son or, máyim y rakía: luz, agua y firmamento». —Entonces solo hay tres dimensiones, no cuatro. —«No, precisamente esa es mi pregunta, y es la única pregunta que retengo: ¿estaría usted de acuerdo en decir, con respecto al último tema que ha abordado, el de las cuatro modalidades de la palabra —yo había pensado, no sé si estaría de acuerdo también con esto—, que estas cuatro fases podrían relacionarse con los cuatro mundos? Atzilut, Beriá, Yetzirá y Asiá».
Entonces escucha: en primer lugar, la idea de los tres tiempos no es una idea falsa. Efectivamente, en […] se dividió, si quieres, se partió en tres el Nombre Yud-He-Vav-He: Yud-He-Vav, y luego la he al final. Tenéis la yud, que equivale a 20; la he, que equivale a 6; y la vav, que equivale a 13. Eso da, en total… —«¿Treinta y nueve, dice usted? ¿Treinta y nueve? ¿Veinte? Pero el Tetragrama —no le sigo—, el Tetragrama es 26. ¿Por dónde añade el 13? ¿Con el 20?». —¿Quién hace esta pregunta? —«¡Yo!». —Entonces escuchad: hay dos maneras de leer el Tetragrama. O bien en su forma abreviada…
Yud equivale a 10, he equivale a 5, vav equivale a 6, he equivale a 5: tenéis entonces 26. O bien desplegando las letras, como se extiende una masa. ¿Cómo se escribe yud? Yud-vav-dálet. ¿Yud-vav-dálet equivale a…? —«10 más 6 más 3… 13… 10 más 6, 3… ¿19?». —No. ¿Dálet es 4? —«4». —Dálet es 4, sí, perdón. —«Sí». —Entonces yud equivale a 20, he-álef equivale a 6, y así sucesivamente. —«Ah, de acuerdo». —Así pues, Yud-He-Vav, y esto corresponde al treinta y nueve, las treinta y nueve avot melajot, y son los treinta y nueve trabajos que remiten a la estructura del mundo en su creación, como os dije hace un momento. […] Y se la separó de la he final. La he final, que es la cuarta dimensión: la cuarta dimensión es la de la realidad terrenal; es la de Asiá, es la de Asiá. Y Asiá, precisamente, Asiá depende de Yetzirá.
Asiá es igual a sí misma; solo puede ser renovada por el movimiento de Yetzirá, el de la concepción, el de la creación. [Atzilut] es lo que está lejos, lo que no alcanzamos; Beriá es una primera aproximación que tenemos; y nosotros estamos, sobre todo, en el mundo de Yetzirá, en el mundo de la concepción de las cosas. Y es esta concepción la que cambia la realidad del mundo, Asiá. Por eso la he final, que se refiere a Asiá, está separada de las tres primeras matrices de las que hablabas, mi querido amigo Shmuel. —«Gracias, Rav». —Muchas gracias. —«Muchas gracias, Rav Benizri. Vamos a tener que despedirnos ahora, aunque nos gustaría de verdad quedarnos. Ha sido una clase absolutamente extraordinaria».
«Quería avisar a todos de que la semana próxima la clase volverá con un tema un poco diferente. Será más bien una clase de bein hametzarim, para el período entre el Diecisiete de Tamuz y el Nueve de Av. Le doy las gracias en nombre de todos». —Con mucho gusto. —«¿Puedo hacer una última pregunta, aunque sea solo como tema de reflexión? Si la Torá, o la palabra de la Torá, debe ser un cuestionamiento permanente, un cuestionamiento de uno mismo, ¿no podría pensarse también, señor Benizri, que esto puede significar una evolución en la manera de vivir la Torá, de vivir la religión, y dar cabida así a todos los distintos movimientos rabínicos actuales, incluido el movimiento de mujeres rabinas?».
«Me gustaría conocer su reflexión al respecto, porque creo que hay…». —Bueno, eso es un gran tema. —«Es un tema muy grande, pero también hay mujeres que…». —Le responderé brevemente ahora, porque no tenemos tiempo. —«Sí». —Ya he dicho que somos nosotros quienes deberíamos adaptarnos a la Torá. Lo cierto es que estamos lejos de ella. No la aprehendemos en su totalidad; solo tenemos fragmentos de ella, solo toques, solo matices. Haría falta el conjunto, y el conjunto es un arcoíris extraordinario. Haría falta verlo de una sola mirada, captarlo en su belleza, y eso exige mucha, muchísima dedicación. Os lo aseguro: no tenemos más que […]; del mismo modo que se mantiene a un enfermo, jas veshalom, poco a poco, así está nuestro espíritu con respecto a la Torá.
Pero no nos damos cuenta. Imaginad sencillamente —lo repito una vez más—: si D-os dio la Torá, si hay una fuerza creadora en el mundo que dictó su ley, por la cual constituyó su mundo… Sabéis, quiero deciros una cosa. Hoy mucha gente se ríe de ello: se dice que, cuando un niño viene al mundo, un ángel se encarga de darle un golpecito en la boca y olvida toda su Torá. La conocía, esa Torá, en el vientre de su madre; la conocía. «¡Aquí estoy, miradme! ¡Lo he olvidado todo!». Entonces, ¿cómo va a olvidar esa Torá? ¿De quién nos burlamos?
Ese niño, en su evolución, partió de aquella molécula y se fue realizando poco a poco, hasta tener una fisonomía, una microfisonomía. Eso es toda la Torá que día tras día aprendía en el vientre de su madre, a través de su propia evolución. Era consciente de ella cuando estaba en el vientre de su madre, porque estaba en gestación permanente. Y ahora, cuando ha salido al mundo, la ha perdido de repente; tiene que redescubrirla. Lo que le era inherente se ha convertido en algo objetivo y exterior; se ha convertido en su objetivo. Ahora tiene que redescubrirlo por sí mismo. Sabed, pues, que todos tenéis una Torá dentro de vosotros; está presente; simplemente ha sido reducida al silencio.
Y por eso está condenada al olvido, al velo que la recubre. Vais a redescubrirla. Vais a redescubrirla de otro modo. Estudiamos la Torá, pero al final esa Torá se convierte en nuestra Torá personal: nuestra Torá, su propia Torá. El hombre que se entrega al estudio de la Torá da a luz. Y como os he dicho, su propia Torá no es solo su escritura, no es solo su fonética; es su musicalidad, su manera de ser cantada. Es preciso que esta Torá os haga cantar. Pues bien, mis queridos amigos, ya está. Gracias. Ya he hablado bastante. Shavúa tov a todos. Shavúa tov, shavúa tov, Jean-Laurent. —«Las ocho». —¡Yo creía que eran las siete!
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