Pirkei Avot: adquirir la Torá antes de Shavuot

par le Rav Raphaël Benizri

Esta clase fue impartida la semana anterior a Shavuot y trata del capítulo de Pirkei Avot (las Máximas de los Padres) que se lee el Shabat que precede a la fiesta, un capítulo que, como recuerda el Rav Raphaël Benizri, es un añadido, ya que el tratado solo tiene en realidad cinco. Este capítulo suplementario es un conjunto de mishnayot dedicadas a las virtudes de la Torá, a la manera de adquirirla y de transmitirla, y la clase se articula en torno a una sola de ellas: la mishná de Rabí Meír sobre quien se ocupa de la Torá de manera desinteresada. La pregunta que la recorre es la de la palabra «adquirir»: ¿qué significa adquirir algo que ha sido dado? ¿Y con quién compromete el estudio a quien se consagra a él: con su familia, con su pueblo o con la humanidad entera?

El Rav parte de la manera en que la Torá nombra la fiesta de Shavuot: no como el día de la entrega de la Torá, sino como el día de las primicias. De ahí remonta a la primera aparición de la palabra kinián (adquisición), en el nacimiento de Kayin, y a la diferencia entre Kayin y Hevel en su manera de ofrendar. Este rodeo establece el principio que rige todo lo demás: el primer principio de la Torá no es vivir uno mismo, sino dar la vida.

La clase pasa luego a la identidad judía como identidad de Torá, a lo que distingue al sabio del «hombre de la tierra», a las siete leyes de Noaj incluidas en la corona de la Torá, y después a una lectura minuciosa de la mishná de Rabí Meír: el sentido del verbo empleado, las dos tablas de la Ley, la armonía entre las diez palabras de la creación y las diez palabras de la revelación, la estructura de los mandamientos en tres series. Concluye con una pregunta del público acerca del recuerdo de los malvados, a la que el Rav responde con una crítica de quienes practican la Torá solo en aras de su propia salvación.

Lo que enseña esta clase

La Torá no llama a Shavuot el día de la entrega de la Torá. El Maharal de Praga explica la razón: puesto que la Torá le fue impuesta al pueblo en el monte Sinaí, en esa aceptación había una parte de coacción, y por eso la fiesta no podía designarse como el día de la revelación. Se la llama día de las primicias: el día en que el hombre es capaz de dar lo mejor de sí mismo a otro, sin cálculo y sin esperar nada a cambio. El primer principio de la Torá no es vivir para uno mismo, sino dar vida a los demás, y eso es lo que, en verdad, nos convierte en adquirentes de la Torá.

La primera adquisición del texto es la de un hijo recibido y devuelto. La palabra kinián aparece por primera vez en el nacimiento de Kayin: «He adquirido un hombre con D-os». El primer hijo nacido de la unión de la primera pareja es considerado, pues, un don, en el que el hombre participa mediante una plegaria desde abajo. Esta adquisición nunca es enteramente obra del hombre: consiste en aceptar una bendición y en devolverla a su fuente. Ese es el mensaje que Kayin no comprendió; Hevel, en cambio, lo interpreta así porque es el menor: admite que hay alguien por encima de él a quien servir, y otro con quien compartir una fraternidad. Por eso su ofrenda es aceptada: ofreció los primogénitos de su rebaño y los más selectos de ellos, lo que supone que la aceptación de la Torá depende del esfuerzo que se hace por descubrirla mediante el estudio.

El capítulo que se lee antes de Shavuot es un capítulo añadido. Los Pirkei Avot solo tienen en realidad cinco capítulos; el sexto es un compendio de mishnayot sobre las virtudes de la Torá, sobre la manera de adquirirla y sobre la forma de transmitirla. Por esa razón se lee el Shabat que precede a la fiesta. El Rav advierte que no podrá desarrollar todas esas virtudes, y elige entrar en el tema por la cuestión de la identidad.

La identidad primera del judío es la Torá, no la tierra. Hoy tenemos la posibilidad de traducir esa identidad en una identidad nacional, a través de la Tierra de Israel. Pero lo que hizo que el hombre, aun privado de su tierra, siguiera siendo judío en su alma y en su corazón fue la Torá. No reconocerse en ella, no buscar revelar la propia parte en ella, equivale entonces a una negación de sí mismo. Uno se convierte en am haárets, un «pueblo de la tierra»: un pueblo que solo se define por su vida sobre la tierra, una vida limitada, que no se prolonga en el tiempo y que las generaciones siguientes no están obligadas a respetar.

Nadie se atrevió a poner en duda la revelación del Sinaí, pero el propio Israel tardó en adherirse a ella. Todos los pueblos se inclinaron ante los Diez Mandamientos, aun sin adoptarlos, y también al pueblo judío le sucedió no adoptarlos. Fue en Purim cuando el pueblo se adhirió por su propia voluntad a la carta de la Torá, y por eso Purim es el paralelo de Shavuot entre las fiestas instituidas por los sabios. Estas fiestas responden a los milagros de los comienzos, y ahora nos corresponde a nosotros redefinirlas.

El capítulo se enseña «en el lenguaje de la mishná», es decir, todo está por redescubrir. Algo recibido como don nunca adquiere la importancia que concedemos a lo que hemos forjado nosotros mismos; se trata de pasar de la herencia de los padres a la revelación de nuestra propia parte. El Rav repite lo que no deja de decir: cada uno de nosotros es una letra, o una porción de letras, o una porción de palabras de la Torá, y somos nosotros quienes reconstituimos su conjunto. El deseo más querido que expresa el judío es tener una parte en la Torá, y esa parte solo puede revelarse mediante el estudio; de ahí la bendición que une al pueblo elegido y sus enseñanzas.

La Torá habría podido revelarse por entero a Yaakov, pero el momento no era propicio. Así lo dice un midrash, y de él el Rav extrae la cuestión de la madurez. Esta no es solo la de una élite que se descubre por sí misma: es preciso que el conjunto de la humanidad sea capaz de reconocerse, al menos en alguna medida, en esta Torá. Si quedara únicamente como herencia de la congregación de Yaakov, sufriría una fractura en el plano humano, pues no permitiría asimilarla a quienes la oyeron sin adherirse a ella. Nuestro objetivo no es guardar celosamente esta enseñanza, sino hacerla irradiar.

La corona de la Torá incluye las siete leyes de Noaj. A los seiscientos trece mandamientos se añaden las siete leyes que coronan a la humanidad entera: no podemos llevar esta corona sin asociar a ella a los pueblos que solo han guardado esas siete enseñanzas. El Rav señala sobre este punto una divergencia entre Rav Saadiá Gaón y el Rambam. Para el primero, esas siete leyes fueron reveladas a Noaj y a sus descendientes y se han respetado desde entonces; para el segundo, rigieron hasta la revelación del Sinaí, a partir de la cual se estableció una nueva alianza que compromete a todos los demás pueblos.

El sabio se define en tres tiempos. Está primero el sabio del pasado: el que se sitúa respecto de su entorno y de su época, y conoce sus límites; no todo el mundo nació en la misma época, ni en la misma tierra, ni con las mismas ventajas en el seno de una familia; cada uno es, por tanto, sabio a su manera, y hay que respetar esa sabiduría individual ligada a sus antecedentes. Está luego el sabio del futuro: el que se proyecta hacia el porvenir y se niega a quedar confinado en un pasado que no eligió. Está, por último, el sabio del presente, el que aprende de todo hombre y busca recoger los elementos de su vida y de su identidad a través de todas las personas que componen su época. Esta actitud es universal y todavía no pertenece a la Torá: es del dominio del derej éretz, ese comportamiento moral mínimo, esa urbanidad común a todos, que la Torá viene a coronar dándole su dimensión de absoluto.

Respecto de la Torá somos a la vez extranjeros y residentes. Toda sabiduría humana sigue siendo subjetiva y relativa; cuando accede al nivel de la Torá, cada elemento adquiere otra dimensión. De ahí esta doble posición: le somos extraños y, sin embargo, estamos impregnados, habitados por sus elementos. Es esta posición la que viene a describir la mishná de Rabí Meír, al enumerar lo que la Torá confiere a quien se entrega a ella de manera desinteresada: el mundo entero solo vale por él, es llamado amigo y amado, ella lo reviste de humildad y de temor, lo hace justo y recto, lo aleja del pecado, le revela sus secretos, hace de él un manantial inagotable y un río cuya corriente nunca se interrumpe.

El texto no dice «el que estudia», sino «el que se afana». La traducción habitual es inexacta, y la diferencia es decisiva: afanarse en la Torá no es lo mismo que estudiarla. Hoy se dice de algunos que su oficio es el estudio; ahora bien, la expresión admite otra traducción: que su arte de vivir es conforme a la Torá, que su Torá se refleja en sus actividades y en su manera de vivir. Por eso dijeron nuestros sabios que servir a los sabios y vivir en su compañía vale más que el aprendizaje mismo. No se estudia la Torá como una ciencia: se la descubre en su aplicación, en las maneras de obrar.

Hay dos Torot, y dos tablas de la Ley. La primera es la que D-os da: la expresión de un pensamiento abstracto, sin relación con la realidad, que ha de entenderse como totalmente desligada de este mundo; y es precisamente esa la que el pueblo no asimiló, puesto que vino el pecado del becerro de oro, Moshé la arrojó, las tablas se rompieron y las letras echaron a volar. Esas tablas habían sido previstas desde la víspera del primer Shabat de la creación, entre las diez cosas creadas en ese tiempo que no es ni Shabat ni día ordinario, donde lo profano y lo sagrado se entrecruzan. Y si hay dos tablas en lugar de una, es porque están las que D-os modela y las que modela Moshé. Los mandamientos escritos en ellas son los que dan a esas tablas su consistencia y les permiten concernir al mundo de aquí abajo.

Si las tablas pueden romperse, es porque mi parte en ellas es frágil. El Rav extrae directamente la consecuencia: lo que se rompe es aquello que, en mí, no ha asimilado ni envuelto la enseñanza divina. Lo compara con un ser que se consume porque ya no puede llevar el alma que D-os le dio. La Torá venida del Cielo refleja su enseñanza hacia el mundo inferior, mientras que la Torá de la tierra es aquella en la que participo aquí abajo: la verdad que brota de la tierra, la que surge de las pruebas que vivo y de las conclusiones que extraigo de ellas. Eso es la mishná, y ese es el sentido del plural «tablas».

El desinterés se comprende por la armonía de dos series de diez palabras. El Rav recuerda que la cuenta de las semanas desde Pésaj sirve para salir un poco del condicionamiento de la naturaleza, y que el día cincuenta es la culminación de la liberación física, el momento en que el hombre empieza a saborear una elevación del espíritu. Pero esto debe hacerse de manera desinteresada. Si la Torá habla de recompensa y de castigo, no son sino las repercusiones de una falta de armonía entre las diez palabras de la creación y las diez palabras de la revelación. Entre ellas hay un engarce, una armonía de pareja, capaz de engendrar y de desarrollar algo nuevo: cuando la evolución es perfecta, los hijos son el reflejo de ese encuentro; cuando hay una fractura, lo engendrado es nefasto, no solo para la familia sino para el mundo entero. Como en el amor, no se trata, pues, más que de responder a la expectativa del otro y no a la propia: de lo contrario, la Torá nos sigue siendo ajena, cuando no es una ciencia que se domina de una vez para siempre, sino algo que hay que redescubrir cada día a través de lo que vivimos.

«El mundo entero solo vale por él» no significa que el mundo le pertenezca. La fórmula dice que la aplicación de la Torá no se limita ni a mi familia ni a mi pueblo. El estudio me compromete con el conjunto de la creación; mi contribución no tiene límites y mi pensamiento abarca a la humanidad entera, porque si la humanidad progresa en la buena dirección, todos salen ganando. Ese es el sentido de la palabra con la que la mishná llama a tal hombre: no «amigo», sino compañero; y el Rav subraya que esta palabra tiene la misma raíz que la que designa el mal. Lo que considero malo es lo que me es ajeno, lo que no logro dominar, lo que compite conmigo.

Solo tres cosas cierran el acceso a la Torá. El derramamiento de sangre, las uniones prohibidas y la idolatría vuelven la Torá ajena a mi persona, y son las tres por las que debería sacrificar mi propia vida, porque no cabe acomodo alguno. Para todo lo demás, se trata de orientar y de moldear. Por eso la Torá no busca convertir a los demás pueblos: quienes no pueden adherirse a ella se contentarán con las siete leyes, y eso les basta. El pueblo judío, garante de un orden moral superior, recibe de ella la llave de todas las cosas.

Amar a D-os aparece en tercer lugar en la mishná. Cabría esperar lo contrario; el Rav observa que primero hay que considerarse hermano, compañero de D-os, de los demás hombres y de todas las criaturas. Relaciona esto con la estructura de los Diez Mandamientos: la primera palabra no es un mandamiento sino un hecho, «Yo soy el Eterno tu D-os, que te saqué de Egipto». Quedan nueve mandamientos, repartidos en tres series de tres: lo que nos obliga para con D-os, lo que nos obliga para con el prójimo, lo que nos obliga para con nosotros mismos. No tener otros dioses concierne a D-os; no pronunciar Su nombre en vano concierne al prójimo; acordarse del Shabat para santificarlo concierne ante todo a nuestra propia elevación. Honrar a los padres es un respeto al prójimo que equivale a respeto a D-os, puesto que el padre y la madre están asociados a Aquel que es santo en Sí mismo; no derramar la sangre del prójimo (y el Rav recuerda que hay palabras que matan) forma parte del deber para con los demás; las uniones prohibidas conciernen a la persona misma. Quedan los tres últimos: el robo concierne a D-os, porque se hace a espaldas del otro, como si nadie nos viera, y porque hay muchas maneras de robar y de destruirse a uno mismo adquiriendo de forma deshonesta; el falso testimonio concierne al prójimo; la codicia, una vez más, concierne a uno mismo.

El malvado nos acompañará mientras solo pensemos en nuestra propia salvación. Ante una pregunta sobre la persistencia del recuerdo de los malvados, el Rav responde que lo que el malvado niega no es la sabiduría de la Torá, sino su aplicación; impugna lo que la encarna. Si nos acompaña siempre, es porque no hemos sabido mostrarle que seguimos atentos a él, haga lo que haga, como a un hijo que lo ha dilapidado todo y al que no por eso se abandona. Nuestro error es practicar la Torá como si se tratara de nuestra propia salvación, cuando se trata de la salvación de todos, y es buscando esta como alcanzo la mía. El Rav lo ilustra con el maestro que ordenó a un río que se abriera para dejarlo pasar y que después, al ver correr a un hombre que no era de los suyos, le hizo abrir de nuevo el paso. Sin esta visión, seguiremos lejos de una era mesiánica que no está reservada al pueblo judío, sino que ha de beneficiar al mundo entero.

Transcripción completa de la clase

Buenas noches, amigos. Estamos a una semana de Shavuot. Hemos hecho un recorrido desde Pésaj hasta este día de Matán Torá, el día de la entrega de la Torá. Y, sin embargo, la fiesta de Shavuot no está señalada en la Torá como el día de Matán Torá, de la entrega de la Torá. El Maharal de Praga lo explica: puesto que la Torá le fue impuesta al pueblo en el monte Sinaí, hubo cierta coacción en la aceptación de la Torá por parte del pueblo de Israel; por eso no se la menciona como el día de la revelación de D-os, sino más bien como el día de las primicias, el día de los bikurim. El día de las primicias, es decir, el día en que el hombre es capaz de dar lo mejor de sí mismo al otro, sin cálculo, sin esperar nada a cambio.

Porque el primer principio de la Torá no es tanto vivir uno mismo como dar la vida. No lijiot, vivir, sino lehajaiot, dar la vida al otro: eso es lo que, en verdad, nos convierte en adquirentes de la Torá. Y qué significa ser adquirente de la Torá nos lo enseña la primera vez que encontramos la palabra kinián. La palabra kinián, que significa adquisición, se dice a propósito del primer nacimiento, el del niño Kayin: kaniti ish et Hashem, «He adquirido un hombre con D-os». Esto quiere decir que el primer hijo nacido de la unión de la primera pareja es considerado un don de D-os, en el que el hombre participa mediante una plegaria desde abajo. Y esta adquisición no es enteramente obra del hombre: consiste en que el hombre acepte esa bendición y la devuelva a D-os, que es su fuente. Lamentablemente, Kayin no comprendió el mensaje. Es Hevel quien lo interpretará así, porque él no es más que el hermano menor. Considera que hay alguien por encima de él a quien deberá servir, y que hay alguien más con quien debe compartir esa fraternidad. Por eso su sacrificio fue aceptado, y no el de Kayin.

Ahora bien, se nos dice que Hevel ofreció a D-os mibejorot tsonó umejelvehén: de los primogénitos de su rebaño y de los más selectos de ellos. Lo cual supone que la aceptación de la Torá reside en el esfuerzo que uno hace por descubrirla a través del estudio. Por eso este sexto capítulo —porque en realidad los Pirkei Avot solo tienen cinco capítulos—, este sexto capítulo es un compendio de mishnayot referidas a las virtudes de la Torá, a la manera de adquirir la Torá y a la forma de transmitirla; y, por supuesto, es el Shabat anterior a Shavuot, antes de la fiesta de Shavuot, cuando leemos este sexto capítulo. Ahora bien, no vamos a poder desarrollar todas las virtudes necesarias para descubrir la Torá, para adquirir la Torá, porque, en definitiva, ¿cuál es la identidad de un judío? Hoy tenemos la posibilidad de traducirla en una identidad nacional, a través de la Tierra de Israel. Pero, en realidad, la identidad primera y esencial del judío, lo que hizo que, aun cuando perdió su tierra, siguiera siendo judío en su alma y en su corazón, es la Torá. Por consiguiente, no reconocerse en la Torá, no tratar de revelar la propia parte en la Torá, equivale a una negación de uno mismo, a una negación de la propia identidad. Entonces uno se convierte en am haárets. Am haárets quiere decir «un pueblo de la tierra»: un pueblo que solo se define por su vida sobre la tierra. Es una vida muy limitada, una vida que no se prolonga más allá de su tiempo, y una vida que las generaciones siguientes no están realmente obligadas a respetar. Lo hemos visto a lo largo de los exilios; no hace falta extenderse. En cambio, lo que a través de los exilios hizo que permaneciéramos apegados, a toda costa, a nuestro… es el hecho de haber conservado un vínculo con la Torá, o al menos con esos Diez Mandamientos que, paradójicamente, la humanidad entera nunca ha negado.

¿Quién se atrevió jamás a poner en duda esta revelación de D-os en el monte Sinaí? Pueblos enteros se inclinaron ante ella, aunque no la adoptaran. Y si ellos no la adoptaron, también le sucedió al pueblo judío no adoptarla. No olvidemos que fue en Purim cuando el pueblo judío se adhirió verdaderamente, por su propia voluntad, a la carta de la Torá. Y por eso Purim es el paralelo de Shavuot entre las fiestas instituidas por nuestros sabios, fiestas que, en definitiva, son una respuesta a todos los milagros que se hicieron por nosotros en nuestros primeros pasos en la historia. Y ahora nos corresponde a nosotros redefinirlas. Esa es la razón por la que nuestros sabios enseñaron este capítulo «en el lenguaje de la mishná». ¿Qué quiere decir ser enseñado en el lenguaje de la mishná? Quiere decir, sencillamente, que todo está por redescubrir por nosotros mismos. Algo que hemos recibido como don —asher natán lanu et Torató, «que nos dio Su Torá»—, algo que recibimos como don, no logramos concederle tanta importancia. Pero cuando nosotros mismos hemos forjado este estudio, y hemos pasado de la herencia de los padres a la revelación de nuestra propia parte —porque, como ya he dicho y no dejaré de repetir, cada uno de nosotros es una letra, o una porción de letras, o una porción de palabras de la Torá, y por consiguiente somos nosotros quienes componemos, o más bien reconstituimos, el conjunto de la Torá—. Y vetén jelkenu betoratéja, «danos nuestra parte en Tu Torá»: el deseo más querido que expresa el judío es tener una parte en la Torá, y que esa parte sea revelada. Ahora bien, solo puede revelarse mediante el estudio; de ahí esta bendición: barúj shebajar bahem uvemishnatam, «Bendito Aquel que los eligió a ellos y a su enseñanza»; bendito Aquel que eligió al pueblo judío, a ellos y a su enseñanza, es decir, a través de su enseñanza. Porque la Torá habría podido ser dada a Yaakov.

De hecho, hay un midrash que dice que la Torá habría podido ser dada, habría podido ser revelada por entero, a Yaakov, pero el momento no era propicio. Hace falta cierta madurez. Y esa madurez no es solo la de una élite que se descubre por sí misma. Es preciso que el conjunto de la humanidad sea capaz de reconocerse, al menos en alguna medida, en esta Torá. Porque si el resto de la humanidad queda separado o apartado de la naturaleza misma de la Torá —si la Torá sigue siendo morashá kehilat Yaakov, únicamente la herencia de la congregación de Yaakov—, sufrirá una fractura en el plano humano, pues no permitirá asimilarla a quienes la oyeron sin adherirse a ella. Ahora bien, nuestro objetivo no es guardar celosamente esta enseñanza de la Torá; nuestro objetivo es hacerla irradiar.

Por eso, además, se incluyeron en el Kéter Torá, la corona de la Torá, incluso las enseñanzas de las siete leyes de Noaj. Kéter: hay 613 mandamientos en la Torá, más las siete leyes de Noaj; eso es lo que corona a la humanidad entera. No podemos llevar la corona de la Torá sin asociar a ella a los demás pueblos, que por su parte solo han guardado las siete enseñanzas. Hay una majlóket, una controversia, entre Rav Saadiá Gaón y el Rambam al respecto. Rav Saadiá Gaón dice que las siete leyes de Noaj fueron, en efecto, reveladas a Noaj y a sus descendientes, y que desde entonces se han respetado. Mientras que el Rambam dice que no: rigieron hasta la revelación de D-os en el monte Sinaí, pero a partir de la revelación de D-os en el monte Sinaí se estableció una nueva alianza, que compromete a todos los demás pueblos.

Esta idea de asociar a los demás pueblos está contenida en shanú jajamim, «enseñaron los sabios». Hemos dicho que el jajam no es solamente alguien que estudia la Torá; el jajam de la Torá es el talmid jajam, el discípulo del sabio. Pero el jajam… una vez definimos sus tres atributos en el tiempo. En pasado, es el makir et mekomó, el que conoce su lugar: el que se sitúa respecto de su entorno, de su época, y conoce sus límites. Sí, no todo el mundo nació en la misma época, no todo el mundo nació en la misma tierra, y no todo el mundo nació con las mismas ventajas en el seno de una familia; por consiguiente, cada uno es jajam a su manera, y habría que respetar esa jojmá individual, esa sabiduría que lo liga a sus antecedentes. Pero hay también una sabiduría del futuro: la de quien se proyecta hacia el porvenir y no quiere quedar confinado en un pasado que le fue impuesto y que no eligió. ¿Y de qué manera lo hace? Halomed mikol adam: en el presente, aprendiendo de todo hombre, buscando precisamente recoger los elementos de su vida, de su ser, de su identidad, a través de todas las personas que componen su época. Ya ven: hay aquí, en el jajam, una idea, una actitud universal, pero que no es específicamente la de la Torá. La de la Torá viene a añadirse a esa dimensión de derej éretz. El derej éretz es aquello a lo que estamos acostumbrados: los modales, el comportamiento moral mínimo, la urbanidad, el saber hacer común a todo el mundo. Pero la Torá viene a coronar todo eso con su dimensión de absoluto. Porque toda jojmá sigue siendo subjetiva, relativa, y cuando accede al nivel de la Torá, entonces cada elemento adquiere otra dimensión. Y por eso, respecto de la Torá misma, somos guerim vetoshavim, extranjeros y residentes: a la vez extranjeros y a la vez impregnados, poseídos por los elementos de la Torá. De qué manera, eso es lo que vamos a ver.

Rabí Meír dice: «Quien se consagra al estudio de la Torá de manera desinteresada adquiere muchos méritos; y no solo eso, sino que el mundo entero solo vale por él. Es llamado amigo, amado; ama a D-os, ama a las criaturas; alegra a D-os, alegra a las criaturas. Y ella, la Torá, lo reviste de humildad y de temor, y lo hace digno de ser justo, piadoso, recto y fiel; lo aleja del pecado y lo acerca al mérito; y otros se benefician de él en consejo y sabiduría, en entendimiento y en fuerza, como está dicho: «Míos son el consejo y la sabiduría; yo soy el entendimiento, mía es la fuerza». Y ella, la Torá, le otorga soberanía, dominio y un juicio esclarecido; se le revelan los secretos de la Torá, y se vuelve como un manantial inagotable y como un río cuya corriente nunca se interrumpe. Se vuelve recatado y paciente, y perdona la afrenta que se le hace. Y ella, la Torá, lo engrandece y lo eleva por encima de todas las cosas». Nos detenemos aquí. Hay mucha materia que desarrollar en esto, a saber: «quien se consagra al estudio de la Torá de manera desinteresada». Siempre me gusta señalar que «consagrarse al estudio de la Torá» no es la traducción exacta.

Porque el texto dice haosek: el que se afana en la Torá. El que se afana en la Torá es distinto del que estudia la Torá. Hoy hablamos de las personas que han elegido consagrarse al estudio de la Torá, y las definimos como Torató umanutó, «su Torá es su oficio». Decimos que su profesión es, en efecto, el estudio de la Torá. Pero hay otra traducción de Torató umanutó. Torató umanutó quiere decir que su arte de vivir es conforme a la Torá, o que su Torá se refleja en sus actividades, en la manera en que vive. Por eso dijeron nuestros sabios: guedolá shimushá shel Torá yoter milimudá. Servir a la Torá, servir a los talmidé jajamim y vivir en su compañía, es más grande que el aprendizaje de la Torá mismo.

No se estudia la Torá como se estudia una ciencia; se la descubre en su aplicación, en las maneras de obrar. Y hay dos Torot. Apenas ayer leímos: éle hajukim vehamishpatim vehatorot, «estos son los estatutos, los juicios y las Torot». ¿Por qué «Torot», en plural, si nunca hablamos más que de una Torá? En realidad, hay dos Torot. La Torá dada por D-os es, en efecto, la expresión de un pensamiento abstracto que nada tiene que ver con la realidad de este mundo, y hay que entenderla como totalmente desligada de este mundo. Y esa, de hecho, no fue asimilada por el pueblo judío, puesto que después vino el pecado del becerro de oro; Moshé la arrojó, cayó, se hizo añicos, se rompió: las tablas de la Ley se rompieron y las letras echaron a volar. Pero esas tablas, ¿de dónde vienen?

Se nos dice que estas tablas de la Ley ya estaban previstas la víspera del primer Shabat de la creación. Entre las cosas que fueron creadas entonces: cuando D-os terminó la creación de Su universo, le faltaban todavía algunas pequeñas cosas, diez cosas, que creó en ese momento que no es ni Shabat ni jol, ni día sagrado ni día laborable, donde se entrecruzan el jol y el kódesh, lo profano y lo sagrado. Fue entonces cuando D-os creó las tablas de la Ley. Estas tablas de la Ley tienen una realidad propia; se habría podido hablar de un luaj, de una tabla en singular. Para diez mandamientos, se habría podido prever una sola tabla. ¿Por qué, entonces, esta noción de lujot, de dos, puesto que el mínimo del plural es dos? Sencillamente para decirnos que están las tablas de la Ley que D-os da y está la tabla de la Ley que Moshé modela. Esas son las dos tablas: D-os modeló Sus tablas y Moshé modeló las suyas. Y sobre ellas se escribieron los mandamientos, y eso es lo que da consistencia a estas tablas, lo que hace que estas tablas de la Ley sean perceptibles, lo que les permite concernir al mundo presente, al mundo de aquí abajo, y ser entendidas como referidas al am haárets, al pueblo de la tierra. Ahora bien, ya saben que el «pueblo de la tierra» es el común de los mortales. Por ejemplo, cuando nuestros sabios hablan de la humanidad entera, dicen umot haolam, «las naciones del mundo»: las que están apegadas al mundo, las que en la vida se mueven por la conquista del mundo. Mientras que para nosotros la conquista de este mundo no es nuestro objetivo primero. Nuestro objetivo primero es estar en el olam habá, el mundo venidero; es decir, acceder a ese mundo en el que el pensamiento es lo que dirige y rige el porvenir de las generaciones futuras, hacia un mundo mejor.

Esa es la idea fundamental de los talmidé jajamim, de quienes se dice que no tienen descanso —en lahem menujá—, ningún respiro, ni siquiera en el mundo venidero. En el mundo venidero siguen estudiando Torá, pero esta vez es una Torá que pertenece a las esferas superiores y que refleja su enseñanza sobre el mundo inferior. Es lo que se llama Torá min hashamáyim, la Torá que viene del Cielo. Mientras que la Torá de la tierra es aquella en la que yo participo aquí abajo: emet meéretz titsmaj, «la verdad brota de la tierra»; la verdad es la que brota de la tierra, de las pruebas que vivo aquí abajo y de las conclusiones que extraigo de ellas. Eso es la mishná. Eso es, en efecto, el estudio. Eso es la Torá shebeal pe, la Torá Oral. Eso es el plural de lujot.

Porque si estas tablas pueden caer y romperse, es porque hay en ellas una parte mía que no es muy sólida, o que no ha asimilado, no ha envuelto, la enseñanza divina. Y, lamentablemente, es como un ser que llega a consumirse porque, sin la Torá dentro de él, ya no puede llevar el alma que D-os le dio. Por eso habría que hablar más bien del hombre que se afana en la Torá: el que la vive, no solo desde el interior, sino a través de lo cotidiano; eso es la Torá. Así pues, nos preparamos para la cosecha de lo que nos reservan esas midot, esos rasgos de carácter, sobre los que hemos trabajado durante todas estas semanas pasadas del Ómer, para salir un poco de nuestro condicionamiento por la naturaleza. Para eso hemos recorrido estas semanas. Cada vez que nos encontramos dentro del siete, es que estamos condicionados por el mundo que nos rodea; y llegar al día cincuenta es la culminación de la salida de Egipto, la culminación de la liberación física. Es cuando el hombre empieza a saborear esta elevación del espíritu, a partir del día de Shavuot. Pero esto hay que hacerlo de manera desinteresada, desinteresada. Porque, aunque la Torá habla de sajar vaonesh, aunque habla de recompensa y de castigo, estas no son sino las repercusiones de una falta de armonía entre las Asará Maamarot y las Aséret haDibrot, entre las diez palabras de la creación y las diez palabras de la revelación. Hay un cruce, un engarce de las diez palabras de la creación en la revelación, que produce una armonía como la de una pareja —igual que la pareja humana—, en la que las Asará Maamarot siguen siendo las Asará Maamarot, y, sin embargo, en su unión hay una armonía capaz de engendrar, de procrear, de desarrollar algo nuevo. Y cuando esto evoluciona perfectamente, nuestros hijos son el reflejo de ese amor perfecto, de ese encuentro perfecto entre las Asará Maamarot y las Aséret haDibrot. Pero cuando hay una fractura, una defección en uno de estos elementos, cuando hay efectivamente una separación, lo engendrado es nefasto, no solo para la familia, sino para el mundo entero.

Por eso, como en el amor, no hay más que la voluntad de responder a la expectativa del otro: no a mi propia expectativa, sino a la expectativa del otro. Y todos saben que es en ese espíritu como vive ese amor. Así es como debemos considerar, ante todo, este acercamiento al estudio de la Torá; de lo contrario, la Torá nos sigue siendo ajena. Porque la Torá no es una ciencia que uno estudia, domina una vez y se acabó. La Torá hay que redescubrirla cada día a través de lo que vivimos. Y por eso quien la estudia de manera desinteresada «adquiere muchos méritos, y el mundo entero solo vale por él». También esa traducción es discutible. Quiere decir más bien: el mundo entero —kol haolam kuló kedai hu lo—, el mundo entero; la aplicación de la Torá no se limita a la familia, a mi pueblo.

Pero el Santo, bendito sea, ohev guer: ama al extranjero. El estudio de la Torá me compromete con el conjunto de la creación. Mi contribución no tiene límites, y mi pensamiento no se limita ni a la familia ni a mi pueblo, sino que abarca a la humanidad entera, porque considero que si la humanidad misma progresa en la buena dirección, eso contribuirá al bienestar de todos. Por eso somos compañeros. Sé lo que significa esa palabra en el lenguaje de la francmasonería; pero aquí, el compañero… no olvidemos que réa, compañero, tiene la misma raíz que ra, el mal. Es lo que considero malo. ¿Y por qué lo considero malo? Porque me es ajeno, porque no logro dominarlo, porque es mi competidor en la vida, es mi infierno. No hablamos aquí de esas tres cosas que, en cierto modo, no dan en absoluto acceso a la Torá: shefijut damim, el derramamiento de sangre; guilui arayot, las uniones prohibidas; y avodá zará, la idolatría.

Estas vuelven la Torá ajena a mi persona, y por eso, por estas tres cosas, debería en efecto sacrificar mi vida según el orden de la Torá. Debería sacrificar mi propia vida, porque no cabe acomodo posible. Pero en cuanto a lo demás —atención—, se trata sencillamente de poder orientarlo, de poder moldearlo. Y por eso la Torá no busca convertir a todos los demás pueblos; quienes no pueden adherirse a la Torá se contentarán con las siete leyes de Noaj, y eso les basta. En cuanto al pueblo judío, puesto que es el garante de un orden moral superior, la Torá le da la llave de todas las cosas.

Pero, precisamente por ello, debo ante todo considerarme hermano, compañero: compañero de D-os, compañero de los demás hombres, compañero de todas las criaturas. Es llamado réa; se ha traducido por «amigo», pero es un compañero. Ahuv, amado: como dije hace un momento, solo podemos vislumbrar nuestra relación con la Torá en el amor. Y «ama a D-os». ¡Miren cómo esto aparece en tercer lugar: amar a D-os en tercer lugar! Cabría esperar que ohev et haMakom, «ama a D-os», viniera primero. No. Los Diez Mandamientos están concebidos del mismo modo. «Yo soy el Eterno tu D-os, que te saqué de Egipto»: eso no es un mandamiento, es un hecho. Los mandamientos son nueve: tres mandamientos que se refieren a nuestras obligaciones para con D-os, tres mandamientos que se refieren a nuestras obligaciones para con el prójimo, y tres que se refieren a nuestras obligaciones para con nosotros mismos.

¿Cuáles son las obligaciones para con Hashem? «No tendrás otros dioses»: eso concierne a D-os. «No pronunciarás el nombre de D-os en vano»: eso concierne a tu relación con tu prójimo. Y luego zajor et yom haShabat lekadeshó, el cuarto: «Acuérdate del día de Shabat para santificarlo»: eso concierne a ti mismo. El Shabat lo observas ante todo para tu elevación personal. Después, kabed et avija veet imeja, «honra a tu padre y a tu madre»: es el respeto al prójimo, pero en relación con D-os, puesto que respetar a los padres es como respetar a D-os, porque D-os también está presente en esta pareja, como Kudshá Berij Hu uShjinteh, el Santo, bendito sea, y Su Presencia: Aquel que es santo en Sí mismo y Su manifestación en masculino y femenino, padre y madre. Segundo: lo tirtsaj, no derrames la sangre de tu prójimo. Hay una manera de derramar la sangre del prójimo —a veces hay palabras que matan, es cierto—, y eso concierne a tu deber para con tu prójimo. Y lo tinaf, no practiques uniones prohibidas: eso concierne a ti mismo, a ti mismo, y guarda relación también con tu vínculo con el prójimo.

Luego vienen los tres últimos. Lo tignov: no atentes contra tu dignidad robando algo que no te pertenece; y eso concierne, en efecto, al Santo, bendito sea, por todo lo que hacemos aquí abajo a escondidas, como si nadie nos viera. El robo es lo que se hace a espaldas de alguien; y hay también distintas maneras de robar y de destruirse a uno mismo, porque no es un bien adquirido honradamente. Después, lo taané verejá ed shaker: no atentes contra tu prójimo con un falso testimonio. Y el último es lo tajmod, que también concierne a ti mismo: lo tajmod, no codicies.

Pues bien, eso es «amar a D-os». Se ama a D-os cuando se ha comprendido que es nuestro deber ser un réa, un compañero. Luego se pasa a amar a las criaturas, al prójimo, y eso es amar a D-os. En cuanto a alegrar: alegra a D-os primero, y alegra a las criaturas. Es decir, el Santo, bendito sea, se alegra de la manera en que vives. Él, al fin y al cabo, es como el padre que observa crecer a su hijo y extrae de ello toda su satisfacción. Y alegra a las criaturas. ¿Por qué? Porque se ve que, en realidad, lo que hace no es tanto para sí mismo: es que sirve a las criaturas. Bien, me detengo aquí para dejarles unos minutos para las preguntas, si las hay, con mucho gusto.

[Pregunta del público:] Rav Benizri, usted dijo al principio que hacer propia la Torá es un medio de proyectarse hacia el futuro. En realidad, aunque todos constatamos que el pueblo judío sobrevive a sus enemigos, incluso a los más terribles, aun así el recuerdo de los reshaim, los malvados, se perpetúa también en el futuro. ¿Podría aclararnos esta paradoja? — [El Rav:] El rashá, el malvado, ¿qué niega? En realidad, es la avodá, la aplicación de la Torá. No niega la sabiduría que hay en la Torá; impugna lo que la encarna, lo que la representa. El rashá nos acompañará siempre, porque todavía no hemos logrado tener ascendiente sobre él: no solo impresionarlo, sino, sencillamente, demostrarle que siempre estamos atentos a él, haga lo que haga. A un hijo que crece en el seno de una familia y lo ha dilapidado todo, no vamos a abandonarlo. Sigue siendo, a pesar de todo, nuestro hijo, y vamos a intentar por todos los medios recuperarlo. ¿Lo hacemos lo suficiente con los demás? ¿Usamos de verdad ese sentido de réa, de compañerismo, en nuestro lenguaje con el rashá? Nuestro error es pensar únicamente en nuestra propia salvación.

Practicamos la Torá como si se tratara de nuestra propia salvación. No: practicamos la Torá porque se trata de la salvación de todos, y es a través de esta búsqueda de la salvación de todos como yo mismo alcanzo mi propia salvación. Porque es un hecho reconocido: si ocupan ustedes un puesto de dirección, se ganarán enemigos. Solo cuando descubran que lo que importa no es únicamente su negocio, sino también el porvenir de los empleados que dirigen, y se interesen por su suerte como se interesan por su negocio, solo entonces podrán motivar a todas esas personas que giran a su alrededor. De lo contrario, siempre habrá un conflicto, un menosprecio de su autoridad. Eso es lo que ocurre en el seno del pueblo judío, y es lo que seguirá ocurriendo mientras el pueblo judío no haya corregido de manera radical su forma de ver a los demás, para dejar de considerarlos como personas degeneradas.

Una palabra de desprecio hacia los demás nos condena igualmente. Nos corresponde corregir un poco nuestro objetivo en la aplicación de la Torá, en la vivencia de la Torá. Es lo que se llama el tsadik hador, el justo de la generación, el bueno de la generación: el que es capaz de actuar como Rabí Pinjás ben Yaír, que, al llegar ante un río que no podía cruzar, rezó —ordenó al río que se partiera, que separara sus aguas para abrirle paso— y cruzó. No voy a extenderme sobre la historia, pero cuando llegó a la otra orilla, vio a un árabe, un ismaelita, que corría y que también quería aprovechar para pasar al otro lado, y el río ya había retomado su curso. Entonces ordenó al río que separara sus aguas también para ese árabe, también para ese ismaelita. No pensó únicamente en su propio paso, en su propia salvación, sino en la salvación del otro, aunque fuera ismaelita, aunque no compartiera sus principios.

Y así es como deberíamos concebir nuestra visión del mundo a través de la Torá. Discúlpenme: no es algo que se acepte en todas partes. Pero sin ello, siempre seguiremos lejos de esa era mesiánica que no está reservada únicamente al pueblo judío, sino que beneficiará al mundo entero. Y si ha de beneficiar al mundo entero, ¿por qué no habríamos de ser nosotros los artífices de ese mesianismo? Eso es todo. — [Del público:] Gracias; yo, en todo caso, me adhiero. — ¿Otra pregunta? Pues bien, que pasen buenas fiestas.