Dos mishnayot ocupan esta clase: la de Yehudá ben Tabai y Shimón ben Shétaj sobre la manera de juzgar, y la de Shemayá y Avtalión sobre el amor al oficio y la desconfianza hacia el poder. La primera plantea una dificultad inmediata: ¿por qué un tratado de principios se interrumpe para dar instrucciones de procedimiento judicial? El Rav Raphaël Benizri muestra que el texto, bajo su vocabulario de tribunal, no se dirige en primer lugar a los jueces sino a todo hombre, y que le pide volver contra sí mismo el rigor que aplica a los demás. La segunda mishná, por su parte, advierte contra la tentación de los cargos y los honores.
El Rav recuerda primero el contexto: el regreso a Sion después del exilio, un pueblo atravesado por corrientes diversas, y la exhortación de la semana anterior a no clasificar ni excluir. Trabaja luego el vocabulario hebreo del texto —orjé hadayanín, reshaím, zakaím, zahir— para mostrar que las traducciones habituales no transmiten lo que la mishná dice realmente, y relee a las dos partes del proceso como los dos testigos: el cielo y la tierra.
Un episodio histórico ilumina la enseñanza: Yehudá ben Tabai juzgó en contra de la regla de los dos testigos para demostrar algo a los saduceos, fue reprendido por su colega y se retiró de la presidencia del tribunal. La clase pasa después a Shemayá y Avtalión, descendientes de conversos, a su elogio del oficio y a su recelo frente a las autoridades. Se cierra con una pregunta del público que conduce a una lectura de la palabra mitzvá como vínculo y comunicación.
Lo que enseña esta clase
Las dos corrientes que nos dividieron nacieron de nosotros. Estamos en la época en que el pueblo judío, de regreso a Sion después del exilio, está atravesado por numerosas corrientes; el fenómeno de hoy no es nuevo. Engendramos el caraísmo, es decir, la lectura literal, palabra por palabra, de la Torá, y engendramos el cristianismo, es decir, el espíritu de la Torá haciendo abstracción del texto propiamente dicho. Ambas vías existen en nuestro seno, y nosotros somos sus componentes. Precisamente por eso se nos pidió no precipitarnos a juzgar a las personas, a clasificarlas, a excluirlas.
Salvar la solidaridad prima sobre la exactitud. Hay que procurar ver el lado bueno de cada uno, aun a riesgo de rozar la mentira: si ello ha de asegurar la paz, a veces se puede torcer la realidad de las cosas, pues lo esencial es vivir en la armonía de los espíritus. Lo que demuele al pueblo es que cada uno permanezca enclaustrado en su pensamiento, en su terreno, en su manera de ver, sin abrir la ventana hacia el otro. No se nos exige llegar hasta buscar la amistad del otro; pero no te corresponde a ti juzgar, porque hay un Amo del mundo que lo juzga todo y que es paciente. Cabe entonces preguntarse qué hace aquí este desarrollo sobre la manera de juzgar, cuando estamos tratando de la transmisión de la ley oral. En realidad responde a una preocupación política de la época y, al mismo tiempo, a una inquietud espiritual. Ambas dimensiones deben sostenerse juntas para comprender el texto.
La palabra que se traduce por «abogado» no es la de la mishná. Se traduce «no te hagas abogado», pero el abogado se dice oréj din, y el texto dice orjé hadayanín, los que se ocupan del procedimiento de la justicia. El sentido es otro: te apoyas en precedentes, te consideras un juez consumado, lo sabes todo, lo comprendes todo; por favor, no cedas a esa tendencia y no te erijas en juez. Por lo demás, el término «abogado» no existe en la lengua de la mishná, y la figura del defensor es ajena a la jurisprudencia del tribunal. Se puede ayudar al acusado a encontrar elementos para defenderse, por supuesto. Pero de ningún modo se puede torcer la justicia para sustraerlo a su pena. No es, pues, la función de defensor la que está en juego, y hay que buscar en otra parte lo que la mishná quiere decir.
La palabra decisiva es «tú mismo». La mishná insiste en esta palabra: no te juzgues con la indulgencia que se te pide tener con los demás. Se te pide buscar, en el conjunto del hombre, el lado más positivo, porque en cada uno hay un aspecto positivo. Contigo es lo contrario: procura cuestionarte, no te instales en tus juicios ni en tu manera de pensar las cosas, sé más riguroso con tu propia persona. Así es como hay que leer este texto dentro de un tratado de principios.
Considerar a ambas partes como reshaím no significa considerarlas culpables. Tenemos, sin embargo, la presunción de que todo hombre es inocente mientras no haya sido condenado; ¿cómo podrías entonces juzgarlo? Es que la palabra tiene muchos matices. Nuestros sabios dijeron que un rasgo del rashá es decir: yo no daré y que los demás tampoco den; es decir, quedémonos en una situación en la que cada uno guarde para sí lo que posee, y que no vengan a pedirnos que contribuyamos. Eso no lo convierte en impío ni lo hace merecedor de una pena: es su manera de ver. Lo que la mishná tiene en mente son aquellos que no quieren llegar a un acuerdo.
Hacer justicia es en sí mismo un acto de caridad. Se dice de David que practicó el juicio y la caridad, y el Talmud pregunta cómo pueden ir juntos ambos: si hay caridad no hay justicia, y si hay justicia no hay caridad, pues en el juicio no se hace misericordia. Antes y después del juicio se puede mostrar comprensión hacia una persona y compensarla de algún modo; pero la justicia debe hacerse. Y se concluye que el hecho mismo de impartirla es tzedaká: llevar a alguien a restituir un bien robado o a reparar una falta cometida es una manera de aliviarlo.
Zakai no significa «inocente», sino «el que ha merecido». Si se tradujera zakai por inocente, la misma raíz se volvería incomprensible en otros lugares, allí donde expresa la gracia concedida. La noción se acerca más bien a la de mérito: se han ganado su justicia. Considéralos, pues, a ambos como merecedores, porque quisieron oír la voz de la justicia, no se sustrajeron a ella y comparecieron ante ti para aceptar su juicio. Por eso tampoco hay antecedentes penales: si uno vuelve para un segundo proceso, no se dirá que ya tuvo un litigio y que es, por tanto, el hombre al que hay que abatir.
Las dos partes que tienes delante son el cielo y la tierra. No estamos en un código de leyes: estamos en los Pirkei Avot, que tratan de principios. Todo juicio pasa por dos testigos, y hay un testigo celestial y un testigo terrenal: «Escuchad, cielos, y hablaré; y oiga la tierra las palabras de mi boca» (Deuteronomio 32:1). Esas son las dos partes que están en tu presencia, y son ellas las que responderán de tu compromiso. Pero hay que saber que el asombro ante ellas puede llevar a la deriva. Kierkegaard decía que dos cosas arrebataban su espíritu sin que pudiera comprenderlas: el espacio estelar y la conciencia en lo más hondo de su persona. Cada mañana alabamos las maravillas de la creación, y se ha dicho que los astros fueron repartidos a las demás naciones para que se dieran cuenta de que hay un Creador. Pero no hay que reducir la propia fe a esas maravillas, porque se cae entonces en el extravío de la idolatría, sea atribuyéndoles un poder, sea ahogándose en los efectos de la naturaleza. Puedes alzar los ojos al cielo y apreciar con justicia la extensión de los mares; sabe tan solo que ahí hay una deriva posible. Pero cuando las has sometido a la autoridad suprema y se despiden de ti, entonces completan tu manera de alabar.
Yehudá ben Tabai vivió en carne propia lo que enseña. Estamos aproximadamente un siglo antes de la era común, en una comunidad fracturada. Quiso demostrar a la corriente saducea, que tomaba las cosas al pie de la letra, que un testigo falso que había intentado hacer condenar a un inocente podía ser condenado a muerte él mismo, aunque su maniobra hubiera fracasado. Ahora bien, la Torá exigió que todo proceso se apoye en dos testigos: sin dos testigos no se juzga nada, y no había más que uno. Shimón ben Shétaj se lo reprochó, y Yehudá ben Tabai se lo recriminó a sí mismo. De esa herida procede su enseñanza: no te hagas tú mismo juez supremo. Dejó la presidencia del tribunal rabínico y puso en su lugar a Shimón ben Shétaj, declarando que en adelante solo impartiría justicia a su lado; por eso se lo ve unas veces como nasí y otras como jefe de los jueces. Shimón ben Shétaj era un fariseo declarado: escapó de la persecución del rey Yanai gracias a su hermana, la reina, y fue él quien restableció la ley oral. Ese espíritu de apertura y a la vez de rigor le valió el mérito de muchas generaciones, mientras que Yehudá ben Tabai fue en cierto modo el padre adoptivo de los caraítas; no porque él mismo lo fuera, pero faltó muy poco.
«Ten cuidado con tus palabras» quiere decir también: que tus palabras iluminen. El segundo maestro enseña a interrogar abundantemente a los testigos y a tener cuidado con las propias palabras, porque podrían inspirar la mentira. El sentido inmediato es no dar pie, con las propias preguntas, a falsos testimonios. Pero la palabra empleada tiene dos sentidos: tener cuidado, y el lustre, el resplandor. Procura que tu lenguaje sea claro y que irradie luz a tu alrededor, de modo que no quede lugar para falsas interpretaciones. Porque así han ocurrido las cosas a lo largo de toda la historia: dejamos zonas imprecisas, pecamos también por desprecio del otro, y eso se volvió contra nosotros.
Estas dos mishnayot prolongan la de Yehoshúa ben Perajyá. Hazte un maestro, adquiere un compañero y juzga a todo hombre favorablemente. Hazte un maestro, pero llega a serlo tú mismo; y procura compartir tus conocimientos con el otro, porque un maestro que se basta con lo que aprende solo, un autodidacta, corre el riesgo de hacer malas interpretaciones. Sé, pues, un maestro del pensamiento, pero que ese dominio no te lleve a clasificar a las personas y a excluir a algunas. No podemos, como pueblo, replegarnos sobre nosotros mismos en nuestra soledad, ni colectiva ni individualmente.
La transmisión fue confiada a descendientes de conversos. Shemayá y Avtalión eran, según algunos, descendientes de Sísera, un enemigo de Israel. Esto sorprende: estamos aquí entre quienes tienen a su cargo transmitir el judaísmo en su integridad a través de las generaciones, en los momentos de crisis. Pero si Yitró no hubiera existido, la Torá no habría sido entregada: Yitró vino antes del decálogo, antes de la revelación, y D-os mismo propuso la ley a toda la humanidad; resultó que Israel la tomó íntegramente, mientras que los demás querían introducir reformas en ella. La Torá sigue abierta a todos. Onkelos, también él converso, tradujo e interpretó la ley, y su interpretación figura siempre en paralelo con el texto escrito.
Existe, sin embargo, una restricción, y hace el hecho más notable todavía. No se puede confiar a conversos recién ingresados en el pueblo puestos de mando ni responsabilidades de la colectividad, porque todavía no están bien arraigados y se teme un regreso precipitado a las antiguas creencias o una interpretación falseada en el camino. Tomamos, pues, nuestras precauciones. Y sin embargo, aquí son descendientes de conversos quienes llevan la transmisión, y es la prueba de que tienen su lugar, y un lugar de honor.
«Ama el oficio» no dice «ama el trabajo». Hay una diferencia entre melajá y avodá. Avodá es el trabajo, y la palabra es de la familia de éved, el esclavo: es esclavizante, y el verbo se conjuga en todos los tiempos. Melajá no tiene verbo derivado, es un sustantivo, y poco le falta para ser el femenino de malaj, el ángel. Ahora bien, un ángel no cumple más que una sola misión; cada hombre tiene también la suya. No se trata, pues, solamente de llevar dinero a casa —eso tiene un lado esclavizante, porque a menudo se hace ese trabajo sin convicción y sin creatividad, y se convierte en una carga—. Se trata de ser creativo en el propio trabajo, de hacer aquello hacia lo que uno se siente llevado.
El oficio vale más que el temor del Cielo. La ociosidad fue condenada por nuestros sabios, y el hombre fue puesto en el jardín para trabajarlo y guardarlo. Rabí Meír, a quien también se llamaba Rabí Nehorai porque iluminó los ojos de Israel, se había prometido no enseñar a su hijo más que Torá —porque veía en él disposiciones para ello—, pero fue también él quien dijo que hay que enseñar al hijo un oficio limpio. Nuestros sabios elogiaron a quienes, aun haciendo del estudio lo esencial, tenían una ocupación. Y si dijeron que el oficio es más grande que el temor del Cielo, es porque está escrito de quien disfruta del trabajo de sus manos que es dichoso en este mundo y dichoso en el mundo venidero, sin depender de los demás. Rico quizá no lo serás; pero el año de hambruna no llama a la puerta de quien tiene un oficio en la mano.
No hagas de la Torá una mercancía. La mishná dice que hay que detestar la rabanut, y la palabra apunta aquí al hecho de sacar de ella una fuente de ingresos: «así como yo la enseñé gratuitamente, vosotros debéis enseñarla gratuitamente». Se puede pedir una compensación por el tiempo que se le dedica, pero no se debe vivir a expensas de la Torá. La traducción francesa prefirió hablar de autoridad para no herir a los rabinos que hacen su trabajo con dedicación y abnegación, y el sentido es entonces: detesta el trabajo que consiste en dirigir a los demás, en imponer una ley, en explotar el saber y el trabajo ajenos.
No busques darte a conocer al poder, porque te soltará. La palabra tiene varios sentidos: el dominio privado, el libre albedrío y, por último, la autoridad, que te seduce tanto como te atrae. Las autoridades solo reconocen a una persona en la medida en que puede servirles, y la abandonan a su suerte en cuanto ya no sacan nada de ella. Shemayá lo experimentó: tenía un discípulo brillante que fue desviado por Herodes a su servicio, y lo perdió. Nuestros sabios distinguen, no obstante, dos casos: si se te llama de verdad y no hay nadie que haga las cosas en tu lugar, debes responder; pero si se trata de un puesto artificial, donde no eres más que un peón en el tablero de un problema interno, no entres en esa política. Un exégeta que fue él mismo judío de corte escribió que había servido a reyes toda su vida, y que aconsejaba no servir a los reyes, sino al Rey de reyes.
La mitzvá es un vínculo, y el silencio entre los hombres corta también el de lo Alto. Preguntado sobre la intención en el cumplimiento de las mitzvot, el Rav recuerda que la traducción literal de la palabra es la del vínculo: vínculo con el prójimo y vínculo con D-os. Propone una lectura a partir de sus letras, en la que la parte oculta de la palabra remite a la presencia divina no revelada, mientras que su parte visible está hecha del gancho que engancha y acerca, y del aliento de la comunicación. Es evidente que, si no nos hablamos y cada uno se encierra en su silencio, no sucede nada y nos ignoramos. A partir del momento en que empezamos a comunicarnos, lo que está oculto en nosotros puede revelarse. Y el Rav añade que esa presencia siempre le habla, pero que él la sofoca y no le deja tiempo para expresarse: del mismo modo que calla frente a su prójimo, calla frente a ella; la ausencia de comunicación con el otro priva de la comunicación con el más allá.
Transcripción completa de la clase
Bien, hemos llegado a «Yehudá ben Tabai y Shimón ben Shétaj recibieron de ellos». Su página no está al día. Ya está. Yehudá ben Tabai y Shimón ben Shétaj recibieron la ley oral de sus predecesores, y dijeron —según la traducción—: No te hagas abogado cuando seas llamado a juzgar; cuando las partes estén en tu presencia, considéralas a ambas culpables; y cuando se despidan de ti tras haber aceptado el veredicto, considéralas a ambas inocentes. Y su colega, que es el av beit din (presidente del tribunal), prosigue en la misma línea: interroga abundantemente a los testigos y ten cuidado con tus palabras, porque podrían inspirar la mentira a los testigos o a las partes. Les recuerdo que estamos en aquella época en que el pueblo judío, a su regreso a Sion después del exilio, está atravesado por numerosas corrientes.
El fenómeno de hoy no es nuevo: ya existió antes. De hecho, engendramos el caraísmo —es decir, la lectura literal, palabra por palabra, de la Torá— y engendramos el cristianismo —es decir, el espíritu en la Torá, haciendo abstracción del texto propiamente dicho—. Las dos vías, las dos corrientes, existen en nuestro seno. Somos los componentes de estas numerosas corrientes, y por eso se nos pidió la semana pasada no precipitarnos a juzgar a las personas, a clasificarlas, a excluirlas. Y habría que intentar salvar la solidaridad dentro del pueblo, procurando no obstante ser melamed zejut, es decir, ver el lado bueno de cada uno, aunque eso roce entonces la mentira.
Si ello ha de asegurar la paz, dijimos que a veces se puede deformar la verdad, la realidad de las cosas, con tal de vivir, sobre todo, en la armonía de los espíritus. Lo que demuele al pueblo es que cada uno de nosotros permanezca enclaustrado en su pensamiento, en su terreno, en su manera de ver las cosas, y no abra la ventana hacia el otro. Ahora bien, llegar hasta buscar la cercanía del otro, la amistad del otro, eso no se nos pide. Pero no te corresponde a ti juzgar: hay en efecto un Amo del mundo que lo juzga todo, […] y Él es érej apáyim, lento para la ira, paciente. Así pues, Yehudá ben Tabai aquí, y Shimón ben Shétaj, nos traen en los Pirkei Avot un capítulo, digamos, sobre la manera de juzgar. Uno se pregunta qué hace aquí este capítulo cuando estamos tratando de la ley oral; pero se nos precisa que responde a una preocupación política de la época y, al mismo tiempo, a una inquietud espiritual.
«No te hagas abogado cuando seas llamado a juzgar». Vuelvo a leer el texto hebreo, y el texto hebreo dice: al taas atzmejá keorjé hadayanín. ¿Qué quiere decir? Aquí lo tradujo por «no te hagas abogado», pero un abogado es un oréj din, no un oréj dayán. El oréj din es el abogado, mientras que los orjé hadayanín son los que se ocupan del procedimiento de la justicia. Y tú ya tienes…, te apoyas en precedentes, te consideras una especie de archijuez, puesto que la traducción que se nos da al principio de orjé hadayanín es realmente el jefe supremo de los jueces. Lo sabes todo, lo conoces todo, lo comprendes todo… ¡por favor! No cedas a esa tendencia y no te erijas en juez. La expresión oréj din no existe en la lengua de la mishná. En cambio, en […] encontramos dos veces la expresión arajta mishpat: has dispuesto el juicio, has dispuesto el juicio, has expuesto en cierto modo los elementos del juicio. Y en ese sentido podemos justificar el término.
La noción de oréj din, del abogado ocupado en defender al acusado, es ajena al conjunto de la jurisprudencia del tribunal: en efecto, se puede ayudar al acusado a encontrar elementos para defenderse, pero de ningún modo se puede torcer la justicia para librarlo de la muerte. Pero aquí, cuando se insiste en la palabra atzmejá, «tú mismo», se saca este texto de su connotación de tribunal: no te juzgues con la misma ligereza con que se te pide juzgar a los demás. Se te pidió: busca en el conjunto del hombre, en la totalidad del hombre, el lado más positivo; y, como dijimos, hay un aspecto positivo.
Pues bien, contigo es lo contrario: procura cuestionarte, no te instales en tus juicios, en tu manera de pensar las cosas, procura ser un poco más riguroso con tu propia persona. Y cuando efectivamente estás juzgando a las personas —y está bien que lo hagas—, ¿qué quiere decir que ambas deban ser consideradas culpables, cuando tenemos la jazaká, la presunción de que todo hombre, mientras no haya sido condenado, es inocente y no culpable? ¿Qué querría decir entonces? Si ya los consideras culpables, en falta, ¿cómo puedes juzgarlos? La noción de rashá aquí —y llamo su atención sobre el hecho de que hay muchos matices en el rashá—. Nuestros sabios dijeron que un rasgo característico del rashá es decir: lo etén velo yitenú ajerim, yo no quiero dar y que los demás tampoco den. Es decir: quedémonos en una situación en la que cada uno, a fin de cuentas, guarde para sí lo que tiene en su posesión, y no nos llaméis siempre a contribuir de una manera u otra. Así pues: «No daré y que los demás no den»: rashá.
Rashá aquí no quiere decir incrédulo, no quiere decir culpable, no quiere decir merecedor de pena alguna, puesto que no se le va a juzgar. El que dice «no daré y que los demás no den», esa es su manera de ver las cosas, pero se le define como rashá. Pues bien, eso es lo que son las partes cuando no quieren llegar a un acuerdo entre ellas, porque el acuerdo es precisamente mishpat y tzedaká. Se dijo de David que practicó mishpat y tzedaká, la justicia y la caridad. ¿Cómo se pueden practicar la justicia y la caridad? El Talmud se hace la pregunta: si se trata de caridad, entonces no hay justicia, y si hay justicia, no hay caridad, porque hay una sentencia; no se trata de misericordia dentro de la justicia. Antes del juicio y después del juicio se puede mostrar indulgencia hacia una persona, comprensión; se la puede compensar de cualquier manera que sea, pero la justicia debe hacerse. Y por eso se concluye que el hecho de impartir justicia es una tzedaká, verdaderamente una obra caritativa. ¿Por qué? Porque llevar a una persona, finalmente, a restituir un bien robado o a reparar una falta cometida es una manera de aliviarla. Y por eso, ujshenifterim milefanéja —cuando se separan de ti tras haber aceptado la sentencia—, no hay antecedentes penales.
No se tiene en cuenta si vuelve para un segundo proceso. Nadie dirá: este ya tuvo un litigio, fue condenado, así que es muy posible que sea otra vez el hombre al que hay que abatir. No, en absoluto. Kshekibelú alehem et hadín: el hecho mismo de que se hayan avenido a este juicio… entonces son kezakaín. También aquí leo la traducción: «considéralos a ambos inocentes». Ahora bien, si tomo la traducción francesa de este zakai, ¿cómo van a traducir la misma palabra allí donde se emplea a propósito de D-os —[…] Él está lleno de gracia— […]? ¿Por «inocente»? ¿Por qué habría un problema de culpabilidad ante D-os, de modo que haya que declararlo inocente? La noción de zakai se acerca también a zejut avot (el mérito de los padres), a zojé, lo cual quiere decir: se ha ganado su justicia, ha merecido su justicia. Considéralos, pues, a ambos como merecedores, porque al fin y al cabo se mantuvieron firmes: quisieron oír la voz de la justicia, no se sustrajeron a ella, no buscaron maneras de […], y desde el momento en que comparecieron ante ti para aceptar su juicio, yihiú beeinéja kezakaín.
Zakai, aquí, es alguien que tiene el mérito de decir: he cumplido mi deber. He merecido algo, porque he puesto en claro una situación. Eso es yihiú beeinéja kezakaín. Ahora bien, dijimos que aquí no estamos en el Shulján Aruj; estamos en los Pirkei Avot, y los Pirkei Avot tratan de principios. Y hablamos de esa manera de ponerse a uno mismo en cuestión. Así pues: no te hagas abogado de tu propia persona; así es como hay que leerlo. Pero entonces, ¿cómo completar el texto? Juzga a las partes que están en tu presencia, considéralas a ambas culpables… Pues bien, siempre, todo juicio pasa por dos testigos. Hay un testigo celestial y un testigo terrenal.
Haazinu hashamáyim vaadabera, vetishmá haaretz imré fi (Deuteronomio 32:1): Escuchad, cielos, lo que voy a decir, y que la tierra oiga las palabras de mi boca. Y Rashí explica allí que hay aquí un testimonio […]. Discúlpenme, tengo que apagar el teléfono. Continúo; disculpen esta interrupción; siempre me dicen que hay que dejar el teléfono a un lado, y lo olvido. Así pues, los dos testigos: el cielo y la tierra. ¿Y qué son el cielo y la tierra? Saben ustedes que Kierkegaard dijo: hay dos cosas que arrebatan mi espíritu y que no puedo, por así decirlo, comprender: el espacio estelar y la conciencia en lo más hondo de mi persona. El espacio estelar invita, en efecto, a esa meditación del ser humano sobre las maravillas de la creación.
Las alabamos todas las mañanas; empezamos por alabarlas. Y en efecto, el Santo, bendito sea, dijo: las estrellas del cielo, el sol, la luna, las repartí a las demás naciones para que se dieran cuenta de que hay un Creador, de que hay un Amo del mundo. Pero vosotros no reduzcáis vuestra fe a esas maravillas de la naturaleza. ¿Por qué? Porque podéis, en cierto modo, caer en el extravío de la idolatría: sea atribuyéndoles un poder, sea ahogándoos en los efectos de la naturaleza. Y en definitiva, estos dos testigos, hashamáyim vehaaretz, el cielo y la tierra, son los que responderán de vuestro compromiso, como veremos más adelante. Así pues, esas son las partes que están en tu presencia. Considéralas a ambas culpables, puesto que podrían, en efecto, estar en el origen de tu deriva.
Puedes, en efecto, alzar los ojos al cielo y contemplar las maravillas celestes. Puedes, en efecto, ver la extensión de los mares, la belleza de la naturaleza, y apreciarla con justicia; pero sabe que en esta manera de ver, de maravillarte ante lo que te supera, hay una deriva posible. Pero cuando las has visto despedirse de ti tras haber aceptado el veredicto —como si las hubieras, por así decirlo, sometido a una autoridad suprema, al Amo de la ley—, entonces considéralas a ambas inocentes; dijimos kezakaín, que no es «inocentes»: como algo que completa la manera de admirar y de alabar las maravillas de D-os. Esa es la enseñanza de Yehudá ben Tabai, a quien, precisamente, le ocurrió un suceso.
No un simple suceso, sino un asunto desgraciado. Estamos un siglo antes de la era común y, como les dije hace un momento, hay fracturas dentro de la comunidad judía. Y él quiso demostrar, con su autoridad, a la corriente saducea —que, como les dije, tomaba las cosas al pie de la letra: néfesh tájat néfesh, vida por vida, es decir, solo se puede condenar a muerte a alguien si realmente ha causado una muerte, si ha asestado un golpe mortal a otro—… No trataremos ahora de la pena de muerte, pero lo importante es que la Torá exigía que todo proceso se desarrollara con dos testigos en su base.
A falta de testigos, no se puede juzgar nada. Ahora bien, sucedió que Yehudá ben Tabai quiso demostrar a la corriente saducea que, aunque el testigo resultara falso y hubiera querido hacer ejecutar a alguien que hasta entonces había sido declarado inocente, podía ser condenado a muerte. Pero eso no era admisible, porque la Torá dijo: por boca de dos testigos se pronunciará el veredicto. Y no había testigos. Pero él quería demostrarlo aun cuando la persona no había sido ejecutada: los otros lo habían hecho todo para que la condenaran, se había comprobado que conspiraban contra ella, y sin embargo ella no había tenido que sufrir esa suerte. Pero no había testigos: no había más que un solo testigo. Y Shimón ben Shétaj se lo reprochó, y Yehudá ben Tabai se lo recriminó a sí mismo. Y podemos comprender también lo que nos enseña, porque lo vivió él mismo; es algo que lo tocó en lo más hondo. De hecho, se retiró de la presidencia del tribunal rabínico y puso en su lugar a Shimón ben Shétaj. Y por eso se ve a Yehudá ben Tabai unas veces como nasí y otras como av beit din: era o bien el presidente del tribunal rabínico o simplemente el jefe de los jueces. Porque declaró que en adelante solo impartiría justicia al lado de Shimón ben Shétaj. Y Shimón ben Shétaj era un fariseo declarado. Fue él quien escapó de la persecución de Yanai hamélej, el rey Yanai, Alejandro Yanai, que perseguía al movimiento fariseo; gracias a su hermana, la reina Shlomtzión, escapó de la persecución de su cuñado. Y fue él quien restableció toda la ley oral. Ese espíritu a la vez de apertura y de rigor que demostró le valió a Shimón ben Shétaj el mérito de numerosas generaciones. Mientras que Yehudá ben Tabai fue, en cierta medida, el padre adoptivo de los caraítas. No digo que él mismo lo fuera, pero faltó muy poco. Entonces, ¿qué nos enseña Shimón ben Shétaj?
Hevé marbé lajkor et haedim, vehevé zahir bidvaréja, shemá mitojam yilmedú leshaker. Shimón ben Shétaj dice: «Interroga abundantemente a los testigos y ten cuidado con tus palabras, porque podrían inspirar la mentira a los testigos o a las partes». Ya hemos tratado de hevé marbé lajkor et haedim: no des pie, con tus preguntas, a posibles respuestas, a falsos testimonios. Ese es el sentido inmediato. Pero hemos hablado —interroga abundantemente a los testigos—, y esos testigos son el cielo y la tierra. Porque si situamos las palabras de Yehudá ben Tabai y de Shimón ben Shétaj en el contexto de los Pirkei Avot, no hablan directamente a los jueces, sino al hombre del pueblo, a toda persona.
Y esos testigos son los que interrogas todo el tiempo para afianzarte en tu línea de vida, en tu línea de pensamiento. Entonces dice: atención, ten cuidado con tus palabras. «Ten cuidado con tus palabras»: el texto hebreo es vehevé zahir bidvaréja, vehevé zahir bidvaréja. Zahir tiene dos sentidos: o bien «ten cuidado», o bien zóhar, lustre. ¿Me siguen? Y frente a lo que ocurre, procura que tu lenguaje sea claro, que irradie una luz a tu alrededor, de tal modo que no haya posibilidad de falsas interpretaciones, de mentiras basadas en tus propias interpretaciones.
Así pues, si aplicamos a nosotros mismos estas palabras de Yehudá ben Tabai y de Shimón ben Shétaj, podremos verlas como un complemento de lo que estudiamos la semana pasada; y aquí tomo el libro para decírselo: «Yehoshúa ben Perajyá y Nitai de Arbel recibieron de ellos. Yehoshúa ben Perajyá dice: Hazte un maestro, adquiere un compañero y juzga a todo hombre favorablemente». Asé lejá rav, hazte un maestro; asé meatzmejá rav, haz de ti mismo un maestro […]; y procura, a fin de cuentas, compartir tus conocimientos con el otro, porque un maestro que se basta con lo que aprende por sí mismo, un autodidacta, corre el riesgo de hacer, en efecto, malas interpretaciones, y […]. Vean ahora cómo estas palabras de Yehoshúa ben Perajyá encuentran su eco en lo que nos enseñan Yehudá ben Tabai y Shimón ben Shétaj: […].
Sé un maestro del pensamiento, pero que ese dominio del pensamiento no te lleve a ponerte a clasificar a las personas, a excluir ciertos nombres. Ukné lejá javer, adquiere un compañero: procura confrontar tus conocimientos con los de los demás. […] ¿Yo vivo en mi recinto y ellos en el suyo? No. Entre nosotros, la noción de compartir se exige a todos los niveles. No podemos, nosotros, el pueblo judío, replegarnos sobre nosotros mismos en nuestra soledad, ni la colectividad ni el individuo; y debemos ser muy prudentes en lo que proponemos como fundamento de nuestra lógica, de nuestra enseñanza, porque si no es suficientemente claro, más vale evitar dar pie a la mentira. Porque así es, en efecto, como ocurrieron las cosas a lo largo de toda la historia: dejamos zonas turbias, y pecamos también por desprecio del otro, y eso se volvió contra nosotros y afianzó a la gente en su rechazo de […]. Con esto termino estas dos mishnayot; si me queda tiempo, paso a la siguiente… sí, me queda tiempo.
Así pues, la mishná siguiente es la de Shemayá y Avtalión: «Shemayá y Avtalión recibieron de ellos. Shemayá dice: Ama el oficio, detesta la rabanut y no te des a conocer al poder» […]. Así pues, Shemayá y Avtalión recibieron la ley oral de sus predecesores. ¿Quiénes eran Shemayá y Avtalión? Según algunos, eran descendientes de Sísera, un enemigo de Israel. Otros sostienen que eran descendientes de […]. Es asombroso. Estamos entre los Padres —y los llamo «pares»: P-A-R-E-S, las parejas de maestros—, los que se encargan de transmitir el judaísmo en su integridad a través de las generaciones en los momentos de crisis. Y he aquí que descendientes de conversos tienen a su cargo la transmisión fiel de esta tradición a través de las generaciones. Lo cual es para decirles que, si Yitró no hubiera existido, la Torá no habría sido entregada.
Yitró vino antes del decálogo, antes de la revelación de D-os, y D-os mismo propuso la ley a toda la humanidad. Resultó que el pueblo de Israel la tomó íntegramente, mientras que los demás querían algunas reformas en su interior. No por ello deja de ser cierto que la Torá está abierta a todo el mundo: todo aquel que de verdad quiere entrar en ella, no solo encontrará su lugar… Pero, saben ustedes, existen con todo restricciones para los conversos recién ingresados en el pueblo, a saber, que no se los puede poner en puestos de mando. En ningún puesto de mando: no se les pueden confiar responsabilidades de la colectividad. ¿Por qué? Porque todavía no se han arraigado bien dentro de la colectividad de Israel, y tememos un regreso precipitado a las antiguas creencias o una falsa interpretación en el camino; así que tomamos nuestras precauciones. Pero aquí vemos muy bien que Shemayá y Avtalión son descendientes de conversos.
Hay quienes intentan decir que su madre era judía, o que eran ya la segunda o tercera generación de conversos; poco importa. Tomen a Onkelos: era un converso, y fue él quien tradujo, quien interpretó la ley, y figura siempre en paralelo con la ley escrita, y es una mitzvá leer cada semana la interpretación aramea de la Torá hecha por Onkelos. Y aquí también es una prueba de que los conversos tienen su lugar, y qué lugar: un lugar de honor, puesto que están encargados de esta transmisión íntegra. No hay más que seis, o cuatro, creo, y ellos figuran entre ellos. ¡Es extraordinario! ¿Y qué nos enseñan? «Shemayá y Avtalión recibieron de ellos… Ama el oficio».
Ama el oficio. Pues bien, hay una diferencia entre melajá y avodá. Avodá es el trabajo. Avodá dio origen a la palabra éved, esclavo. Avodá es esclavizante. Avodá se conjuga en todos los tiempos: el verbo avad se conjuga en todos los tiempos. De la palabra melajá no deriva ningún verbo. Melajá es un sustantivo, y poco le falta para ser el femenino de malaj, un ángel. Y saben ustedes que un ángel no puede cumplir dos misiones, sino una sola. Pues bien, el hombre, cada hombre, tiene su misión que cumplir. Ehav et hamelajá: responde a tu misión. Atención: no se trata aquí únicamente de pensar en la parnasá, en llevar dinero a casa. Porque ahí hay un lado esclavizante. Un lado esclavizante, ¿por qué? Porque a veces se hace ese trabajo sin convicción. No hay creatividad en nuestro trabajo; se vuelve servidumbre, se vuelve una carga para nosotros. Por eso se te pide que seas creativo en tu trabajo, que hagas lo que amas, aquello hacia lo que te sientes llevado, lo que te hace florecer en la vida.
Y desgraciadamente, esta noción de melajá ha sido algo menospreciada, cuando la Torá cuenta que D-os todavía no había hecho llover sobre la tierra porque veadam ayin laavod et haadamá (Génesis 2:5): el hombre todavía no estaba allí para trabajar la tierra. Y el hombre, cuando fue puesto en el Gan Edén, lo fue leovdá uleshomrá, «para trabajarlo y guardarlo» (Génesis 2:15). La ociosidad, saben ustedes, fue condenada por nuestros sabios. Ahora bien, no hablamos de ese trabajo: hablamos de umanut, hablamos del arte, hablamos del oficio, ¿no es así? Eso es otra cosa. Y es cierto que Rabí Meír —su nombre era Rabí Nehorai, porque tenía dos nombres: Rabí Nehorai es Rabí Meír, pero su nombre se interpretaba así porque iluminó los ojos de todo Israel […]— se prometió que dejaría de lado todos los oficios del mundo y que no enseñaría a su hijo más que Torá.
Y Rabí Nehorai dijo, en efecto, en otro lugar: leolam yelamed adam et benó umanut nekiyá, que el hombre enseñe siempre a su hijo un oficio limpio. Pero entonces, ¿cómo pudo decir «no enseñaré a mi hijo más que Torá»? Por supuesto: vio en su hijo predisposiciones, disposiciones para estudiar la Torá, y enhorabuena, si logra efectivamente investigar y hacer que todo Israel se beneficie de sus enseñanzas: eso también es un oficio, eso también es un arte. Pero hacer de ello una receta de cocina, eso la Torá no lo pidió. Al contrario: nuestros sabios no cesaron de elogiar a todas las personas que, a la vez que el estudio de la Torá, del que hacían lo esencial, tenían una ocupación de la que vivían. Dijeron: «Mayor es el oficio que la yirat shamáyim»: grande es el mérito del oficio, más que la yirat shamáyim, el temor del Cielo.
¿Por qué? Porque, frente a lo que se dice del temor del Cielo, de quien disfruta de su trabajo se dice: yeguía kapeja ki tojel, ashreja vetov laj (Salmos 128:2): cuando disfrutas del esfuerzo de tus manos, ashreja, eres dichoso, te sentirás a gusto; ashreja baolam hazé, dichoso eres en este mundo; vetov laj, pues bien, laolam habá, también en el mundo venidero. Y no dependerás de los demás para tu sustento; al contrario. Rico quizá no lo serás, porque el oficio que has elegido tal vez no te reporte lo suficiente para ser rico; pero sientes que te realizas en ese trabajo, y esa es también una manera de florecer. Y nuestros sabios dijeron: pueden pasar años de hambruna, pero el hombre que tiene un oficio en la mano, a su puerta el hambre no llama nunca. Siempre tiene con qué ganarse el pan, con qué realizarse a sí mismo. Así pues, la enseñanza de Shemayá: ehav et hamelajá usná et harabanut; harabanut, que aquí no se tradujo por «el rabinato».
Y el rabinato, cuando haces de él una fuente de ingresos. Porque entonces lo envileces, lo envileces, dado que haces de la Torá una mercancía. Se trata de un maestro, de un maestro de la Torá: «Del mismo modo que yo enseñé gratuitamente, también vosotros debéis dar Mi Torá gratuitamente». Y en efecto, debéis valorar el tiempo que le dedicáis; por vuestro tiempo podéis pedir una compensación, pero en todo caso no debéis vivir a expensas de la Torá. Y si tomara literalmente usná et harabanut… […] pero, como ven, «detesta la autoridad»: así lo tradujo; no quiso traducirlo al pie de la letra para no herir a todos los rabinos que hacen su trabajo con dedicación y abnegación. Dice: detesta la autoridad, detesta el trabajo en el que te pones a dirigir a los demás, únicamente a imponer tu ley, a querer explotar los conocimientos de los demás, el trabajo de los demás. Usná et harabanut: a eso se reduce, a fin de cuentas: no te erijas en alto funcionario. Usná et harabanut, veal titvadá lareshut: y no vale la pena buscar honores ante las autoridades. Reshut aquí […] son los gobernantes, porque un día u otro te despojarán de todo lo que tienes. Veremos que esas autoridades solo reconocen a la persona en la medida en que puede servirles; la dejan a su suerte, la abandonan a su suerte en cuanto ya no tienen nada que sacar de ella. Pues bien, al titvadá lareshut: quien nos trae esta enseñanza, ehav et hamelajá usná et harabanut veal titvadá lareshut, es Shemayá. La completaremos la semana próxima.
Ya es la hora. Les cedo la palabra. —Usted decía hace un momento, ya no recuerdo a propósito de qué, que las mitzvot no están ahí para ser recetas de cocina. Estoy completamente de acuerdo con usted. Pero más allá del tema que ha desarrollado: si las mitzvot se convierten en recetas de cocina, o si un día alguien se encuentra con demasiado poca kavaná (intención interior) para cumplir una, ¿no vale más no hacerla? —Escuche: la traducción literal de mitzvá —tzav latzav— es un vínculo. Hoy en día podría usted enviar su texto diciendo «aquí está la mitzvá», es decir, «aquí está el enlace». Pues bien, ese vínculo es el vínculo con el prójimo, y es el vínculo con D-os.
Por otra parte, se dice que en la palabra mitzvá hay dos lecturas. Mitz: mem y tzadi. Hay una lectura invertida, si se empareja la primera letra, álef, con la última; es decir, en el alfabeto hebreo, el atbash. Si se toma el atbash del alfabeto hebreo, el correspondiente de la mem es la yud, y el correspondiente de la tzadi es la he. Dividan su alfabeto hebreo por la mitad —desde álef, bet, hasta kaf, y luego desde lámed hasta tav— y verán los correspondientes a uno y otro lado. Así pues, mitz, lo que no se revela a través del vínculo, es yud-he: la presencia de D-os.
La presencia de D-os no está revelada. Pero lo que es evidente en la mitzvá es la vav y la he. ¿Qué es la vav? La vav es un gancho, es un vínculo, es lo que nos engancha, lo que nos acerca. Así pues, la vav, como su nombre indica y como funciona, es la coordinación: la conjunción copulativa de la lengua hebrea. Y la he es la comunicación: es el aliento, la exhalación. La he es el aliento; si quieren, el aliento de la comunicación que une al ser con su prójimo: eso es la vav-he. Y esa parte es evidente. Es evidente que, si no nos hablamos y cada uno se encierra en su silencio, no sucede nada.
Nos ignoraremos los unos a los otros. A partir del momento en que empezamos a comunicarnos, podemos revelar lo que está oculto en nosotros: el mitz, la esencia, es decir, la yud-he, la presencia divina que ha animado al ser. Eso es la mitzvá. —Muchas gracias. Es impresionante. —¿Otra pregunta? Atrévanse, ¿no? Seguimos siendo muy tímidos. Quizá debería más bien concebir una clase interactiva, en la que sea yo quien haga las preguntas. Según la Torá, el tímido no aprende. —Rav, quisiera que repitiera la frase sobre «la presencia divina», la última frase que dijo. Usted dijo que, si las personas no se hablan, se ignoran. Y la presencia divina… no oí las últimas palabras que pronunció, y son importantes para mí.
—Dije que siempre me habla, esa presencia divina; me habla, solo que yo la sofoco; no logro…, no le dejo tiempo para expresarse. Y del mismo modo que callo frente a mi prójimo, callo frente a ella. Es decir, la ausencia de comunicación entre mi prójimo y yo me priva incluso de la comunicación con el más allá. —Es muy importante. —Yo quizá tendría también una pregunta. Cuando usted dice que no hay que buscar darse a conocer a las autoridades, ¿no es también una señal de autenticidad, es decir, de respeto por la propia autenticidad? Está el hecho de que las autoridades lo van a utilizar a uno y abandonar cuando ya no lo necesiten. Pero ¿no hay también algo sospechoso en el interés que las autoridades pueden buscar en la persona de uno, como expresión de que uno se aviene más con ellas que con su propia autenticidad? —También aquí hay un suceso vinculado a Shemayá: tenía un discípulo brillante, pero que fue desviado por Herodes a su servicio, y lo perdió, y el discípulo acabó mal. Y eso lo sacudió un poco. Esa es, si quiere, la respuesta dada a través de lo que vivió Shemayá. Pero este al titvadá lareshut… no olvidemos que reshut tiene varios sentidos. Reshut es mi dominio, la propiedad privada.
El segundo sentido de reshut es el libre albedrío: vehareshut netuná, «y el libre albedrío está concedido». El tercer sentido de reshut es el que hemos explicado hace un momento: la autoridad, porque te atrae, pero también te seduce; querrías puestos de dirección, aspiras a ello. Aspiras a dirigir, sí, pero atención: al titvadá lareshut. Van a explotar tu saber y, un día u otro, te dejarán de lado. Procura… no esperes gozar de esa consideración todo el tiempo. Y una manera de no caer en la amargura, en el abatimiento, en la desesperación, es al titvadá lareshut: no busques ocupar un puesto de dirección […]. Pero, por supuesto, nuestros sabios dicen: atención.
Hay que distinguir entre reshut y reshut. Si de verdad te llaman y no hay nadie que haga las cosas en tu lugar, por supuesto que debes responder. Pero si es un puesto artificial el que te dan, simplemente porque se está arreglando un problema interno y tú estás ahí como un peón en el tablero de ajedrez, entonces al titvadá lareshut: no entres en esa política. Y desgraciadamente somos objeto de esto todo el tiempo. —A decir verdad, yo pensaba en el judío de corte. Es decir, usted habla de las autoridades en el marco de un mundo judío; yo pensaba en las autoridades en el marco de un mundo no judío. —Pues bien, […] —es cierto— […], que fue él mismo un judío de corte, pero que dejó una obra de exégesis bíblica verdaderamente considerable, y también un pensamiento, dice en uno de sus libros: he servido a reyes a lo largo de toda mi vida, y os lo digo, y os lo repito, y os lo aconsejo: no sirváis a los reyes; servid al Rey de reyes. —Es cierto. —Así es. ¿Otra pregunta? Entonces los dejo. Ah, Rabinovitch, buenas noches, me alegra verte, muy bien. Bueno, hasta la semana próxima […].
—Buenas noches, señor Benizri. —Buenas noches. Gracias, gracias. —Lo oigo. Lo oigo. Adiós. Muchas gracias. —Lo oigo, señor Benizri. Lo oigo. —Esta noche es […]. —Amén. —Sí, esta noche. —Ilumine su hogar con una pequeña luz. —Amén. Ah, sí. —Entonces encendemos una velita. —Sí. Acompáñela con una oración por usted y por sus seres queridos. —Buena idea. —Ya está. Bueno, muchas gracias y adiós.
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