Pirkei Avot, 7.ª parte — Hazte de un maestro, adquiere un amigo

par le Rav Raphaël Benizri

Esta clase estudia la segunda de las parejas de maestros, Yehoshúa ben Perajiá y Nitai de Arbel, y la célebre enseñanza del primero: hazte de un maestro, adquiere un amigo y juzga a todo hombre favorablemente. El segundo dice exactamente lo contrario: aléjate de un mal vecino, no te asocies con un malvado, no desesperes del castigo. El Rav Raphaël Benizri toma juntas las dos mishnayot, como las dos caras de una misma moneda, y se pregunta cómo se puede a la vez juzgar a todo hombre del lado del mérito y recibir la orden de mantenerse a distancia. La respuesta pasa por lo que es verdaderamente un maestro, lo que es verdaderamente un amigo y lo que puede ocultar un defecto visible.

El Rav sitúa primero a ambos hombres en su función: el presidente del Sanedrín es el hombre de la bondad; el jefe del tribunal está más ligado a la justicia, y cada uno habla desde su cargo. Recuerda luego el episodio del exilio de Yehoshúa ben Perajiá en Alejandría y el relato talmúdico del discípulo rechazado, cuyo pesar parece expresar la sentencia sobre el juicio favorable.

La clase analiza después la enseñanza término por término: la diferencia entre «hazte» y «adquiere», las tres clases de amigos, el alcance de kol haadam («el hombre entero»), que se extiende hasta las demás naciones, y la tensión con la obligación bíblica de alejarse de la mentira, resuelta por el principio de que la paz prevalece sobre la verdad. Se cierra con el vínculo entre esta mishná y la de la semana anterior, y luego con las preguntas del público sobre el tikún jatzot (el lamento de medianoche) y el estudio nocturno.

Lo que enseña esta clase

Las dos mishnayot son el anverso y el reverso de una misma moneda. Yehoshúa ben Perajiá dice: hazte de un maestro, adquiere un amigo y juzga a todo hombre con benevolencia. Nitai de Arbel responde: aléjate de un mal vecino, no te asocies con un malvado y no desesperes del castigo. El primero habla desde el cargo de presidente del Sanedrín, que es el hombre de la bondad y del amor; el segundo, desde el del tribunal, más ligado a la justicia. Dicho de otro modo: si no eres capaz de juzgar a todo hombre con benevolencia, de trabar amistad y de imponerte un maestro, entonces no arriesgues tu vida, no salgas al encuentro del fracaso y mantente en guardia.

Yehoshúa ben Perajiá conoció él mismo el exilio. En la época en que Yanai, del lado de los saduceos, perseguía a los fariseos, prefirió exiliarse en Alejandría. Regresó cuando Yanai, algo apaciguado por su cuñado Shimón ben Shetaj, comprendió que le convenía no hacer la guerra a los fariseos y ponerse de su lado. Su sentencia no es, pues, la de un hombre protegido, sino la de alguien que tuvo que huir y volver.

El relato del discípulo rechazado da a la sentencia su tono de pesar. El Talmud cuenta que el maestro, deteniéndose en una posada donde fue muy bien recibido, se puso a alabar las cualidades de sus anfitriones, y que su discípulo le respondió con una observación sobre la mirada de las mujeres. El maestro se enfureció y le prohibió permanecer a su lado. El discípulo intentó volver; pero cuando se presentó, el maestro estaba recitando el Shemá y le hizo señas de que esperara, lo que el otro entendió como un nuevo rechazo; tras lo cual se entregó a la idolatría. Cuando el maestro fue a decirle que volviera a sus fuentes, le respondió que había aprendido de él que quien arrastra a muchos al pecado ya no puede hacer teshuvá (arrepentimiento), pues ha perdido almas que ya no puede recuperar. El Rav señala de paso que esta datación plantea un problema, ya que desplazaría en un siglo lo que suele admitirse.

La responsabilidad del maestro en la trayectoria de un hombre es inmensa. El Rav toma un ejemplo ajeno al texto: es sabido que si Trotski no hubiera sido expulsado del jéder por el maestro de escuela, habría podido ser estudiante de yeshivá; pero como se le excluyó de manera humillante, eligió otro camino. Nuestra responsabilidad en la relación que mantenemos con los demás es, por tanto, grande, y más aún la de un maestro. Por eso precisamente la sentencia encadena los tres términos: el maestro, el amigo y el juicio favorable sobre todo hombre.

«Hazte» y «adquiere» no dicen lo mismo. El verbo que se emplea para el maestro es el de la coerción: se obliga a una persona a cumplir una mitzvá, puesto que la mitzvá redunda en su propio interés; y del mismo modo el maestro se impone. El amigo, en cambio, se adquiere. Ante el maestro uno siente cierto complejo, no siempre quiere sentirse bajo su tutela, y busca entonces refugio en un amigo, en un confidente. Un maestro no siempre puede ser un amigo. Y el javer del que se habla no es el amigo en sentido corriente ni el simple conocido: es aquel que es capaz de entregarse totalmente al otro, porque el javer no es otra cosa que yo mismo: es el otro que es yo.

Precisamente a nuestro maestro y a nuestro amigo tendemos a juzgarlos con rigor. No les perdonamos nada, y no puede ser de otro modo: buscamos derribarlos porque lo saben todo de nosotros, porque hemos mantenido con ellos cierta familiaridad, y la tendencia es escarbar hasta encontrar sus defectos y evaluarlos. La sentencia dice que no: si quieres que el maestro siga siendo tu maestro y el amigo tu amigo, tienes que saber cerrar los ojos ante ciertos aspectos. No hay en la tierra justo perfecto que haga el bien sin fallar nunca; es humano, no somos ángeles.

El texto no dice «todo hombre», sino «el hombre en su totalidad». Hay que entender kol haadam como el hombre tomado en su conjunto, y en su conjunto es imposible no encontrarle un lado bueno que convendría poner de relieve. Se trata de devolverle, de restituirle su dignidad, y no de aplastarlo. Así es como se lo puede salvar.

Queda una objeción, y su respuesta es que la paz prevalece sobre la verdad. Dos leyes de la Torá piden mantenerse a distancia, en particular la que ordena alejarse de la mentira: si me inclino a juzgar siempre al hombre del lado de la benevolencia, ¿cómo cumplir simultáneamente esta exigencia? ¿No voy a confirmar en su error a quien ha cometido una falta? Nuestros sabios dicen que grande es la paz, y que ante ella se aparta la verdad. La prueba se da dos veces. Cuando se anuncia a Sará que tendrá un hijo, ella dice que su marido ya es viejo, y el relato que se hace de sus palabras las corrige: es ella quien se dice vieja. Del mismo modo, al final del libro de Bereshit, los hermanos de Yosef le piden perdón invocando una orden que su padre habría dado antes de morir; orden que nunca fue pronunciada y que ellos imaginaron.

El defecto visible sirve a menudo de tapón a una fragilidad más profunda. Juzgar favorablemente es también empequeñecer la carencia ajena cuando se pone la mirada en ella, porque el defecto que esa persona presenta quizá oculta otro más grave. Si quitas ese tapón, si pones el dedo en sus deficiencias, corres el riesgo de hacer caer a esa persona en un desvío mucho más peligroso. La benevolencia no es, pues, solo una virtud: es una precaución.

«Todo hombre» incluye también a las demás naciones. Nuestros sabios enseñan que un no judío que se dedica a su Torá —no a la nuestra, sino a su propia moral— puede ser considerado como un sumo sacerdote, si es verdaderamente coherente con las leyes morales que está obligado a practicar. No se trata, evidentemente, de la idolatría, sino del respeto de las leyes que le incumben. Y eso exige de nuestra parte una gran humildad.

No juzgues a tu prójimo hasta que estés en su lugar; y en su lugar nunca puedes estar. Se comparte el tiempo, no se comparte un lugar: o soy yo, o es el otro. Estar en su lugar significa tener en cuenta las circunstancias en las que ese hombre se ha desenvuelto y lo que lo llevó a apartarse de sus obligaciones. Es muy fácil juzgar, excluir, reducir a una persona porque nosotros tenemos otras cartas en la mano; no sabemos si, enfrentados a las mismas pruebas, habríamos resistido.

El maestro del que habla este tratado no es un decisor de halajá. Pirkei Avot es un tratado de moral y de dérej érets (conducta recta), un tratado de principios, y no una recopilación de normas prácticas. Cuando se dice que hay que hacerse de un maestro, no se trata, pues, de aquel que va a dictar las halajot o a informar sobre tal rigor y tal indulgencia, sino de un guía espiritual al que uno se remite, que puede aconsejar en todo lo que uno emprende porque no comparte ningún interés contigo ni exige compensación alguna. Un maestro no se compra, y si se deja comprar, si está ahí para firmar todo lo que emprendes, no es un maestro. Un amigo puede elegirse según la afinidad; el maestro, no siempre.

Existen tres clases de amigos, y solo una es la amistad de la que habla la mishná. Está el amigo de utilidad, que es como un socio: se tiene un interés común en sostenerse, incluso materialmente, y más vale ser dos que uno solo, porque si uno cae, el otro lo levanta. Está el amigo de sosiego, con quien uno se siente seguro, a quien se le aporta paz y que la devuelve. Y está el amigo de elevación, aquel que busca promoverte y elevarse al mismo tiempo que tú: ese es el verdadero amigo, capaz de entregarse a tu causa, y que sabe muy bien que su elevación depende también de la tuya. A ese no se lo encuentra a la vuelta de la esquina; hay que ir a buscarlo.

La erudición vuelve despectivo, y hay que bajar de la propia escalera. Esto se encuentra sobre todo en quienes han estudiado y han adquirido un saber: se vuelven algo despectivos con quienes no lo tienen. Por eso la mishná advierte: aunque te hayas hecho de un maestro y estés rodeado de amigos, tienes el deber de recuperar a quien se encuentra al pie de la escalera, lo cual supone bajar del peldaño en que te hallas. El Rav refiere a este propósito el relato del sabio que, cruzándose un día de Yom Kipur con un hombre que sostenía un cigarrillo y que reconoció sin rodeos que sabía qué día era y que estaba prohibido, tomó por testigo al Señor del mundo de que ese hombre, incluso en ese día, decía la verdad y no mentía. Lo que retuvo de él fue el único punto bueno que podía rescatar.

Un maestro incapaz de amar a sus alumnos como a sus hijos no es apto para enseñar. Se pregunta por qué el texto dice «las enseñarás a tus hijos», cuando deducimos de ahí que enseñar a los hijos significa enseñar a los alumnos: ¿por qué no decir directamente «a tus alumnos»? Porque quien no siente por aquel a quien enseña el mismo amor que por su propio hijo no posee la cualidad requerida. El mismo principio explica que un juez llegado a cierta edad fuera considerado inapto: no porque le faltaran erudición o experiencia, sino porque ya no tenía hijos en casa, ya no sabía lo que cuesta educar y criar a un niño, y esa sensibilidad perdida lo volvía incompetente.

Este texto prolonga el de la semana anterior sobre la casa abierta. Se había dicho que la casa debía ser el lugar de encuentro de los sabios, lo que supone un espíritu de apertura y un interés por todas las corrientes de pensamiento; pero tratándose de un maestro, no se puede jugar a dos bandas y tomar los rigores de uno con las indulgencias del otro. Si has de tener un guía espiritual, solo puedes tener uno, y no puedes cambiar de dirección cada vez. Simétricamente, la casa ampliamente abierta a la hospitalidad no impide que solo se pueda tener un confidente.

Nadie puede funcionar solo, sin referencia. Una halajá que no tiene una fuente a la que remitirse no es una halajá, y tampoco tiene la envergadura para salir al encuentro de los demás. Avraham y Sará convertían a la gente, pero de esas conversiones no quedó nada. Incluso Eliezer, que era su mano derecha y su intermediario, de quien se dice que extraía de la ciencia de su maestro y daba de beber de ella a los demás, no dejó nada, porque permaneció en su condición de siervo y no se emancipó. En cuanto a Lot, que actuó por iniciativa propia, Avraham tuvo que separarse de él: no tenía la envergadura de Avraham, no era más que su máscara, su velo.

Quedan las restricciones, que son la aportación de la segunda mishná. También el Rambam las introdujo: el hombre justo no debe ser manchado por un solo incumplimiento de sus deberes, mientras que aquel que es manifiestamente reconocido como malvado no debe ser siempre sostenido. Algunos concluyeron de ello que la sentencia sobre el juicio favorable se dirige, francamente, a las personas intermedias, aquellas entre las que nos contamos; pero esta interpretación no se sostuvo para numerosos comentaristas. El sentido que retiene el Rav es más bien el de la reciprocidad: ponte en su lugar, mira lo que han emprendido, y acabarás constatando que también tú ocultas carencias que no son evidentes, y que te gustaría que te juzgaran del lado bueno; aprende, pues, primero a juzgar así a los demás, poniendo de relieve sus cualidades.

Transcripción completa de la clase

Sí. Muy bien. Retomamos, pues, en la Mishná 6. Yehoshúa ben Perajiá y Nitai de Arbel recibieron la Ley Oral de sus predecesores, los que ya hemos visto, Yosé ben Yoézer de Tzeredá y [Yosé ben Yojanán] de Jerusalén; ya no lo recuerdo bien. El texto dice: «Hazte de un maestro, adquiere un amigo y juzga al hombre entero» —al hombre entero, a cada individuo— «favorablemente». Y Nitai de Arbel da el reverso de la moneda. Dijimos que el nasí, el presidente del Sanedrín, es el hombre de la bondad, del amor, mientras que el jefe del tribunal está más ligado a la justicia. Él dice: cuidado; aléjate de un mal vecino, no te asocies con un malvado y no desesperes del castigo.

Dicho de otro modo: si no eres capaz de juzgar a todo hombre con benevolencia, de trabar amistad con alguien y de imponerte un maestro, entonces no arriesgues tu vida. No vale la pena salir al encuentro del fracaso; mantente en guardia: aléjate de un mal vecino, no te asocies con un malvado y no desesperes del castigo. Veremos, en efecto, lo que [esto significa]. Bien; abordemos ahora el análisis de estas dos mishnayot. Yehoshúa ben Perajiá —el taná que fue maestro de Yeshu— se exilió. En aquella época Yanai, que estaba del lado de los saduceos, perseguía a los fariseos, y en ese momento Yehoshúa ben Perajiá prefirió exiliarse en Alejandría. [Regresó] porque Yanai fue algo apaciguado por su cuñado, Shimón ben Shetaj, y comprendió que le convenía no hacer la guerra a los fariseos y ponerse de su lado.

Es entonces cuando regresa. Luego está la anécdota que les conté: se detuvo en una posada donde fue muy bien recibido, y cuando se puso a alabar las cualidades de sus anfitriones, Yeshu le dijo: «¿Pero ha visto usted la mirada de estas señoras?». Él se irritó. Yehoshúa ben Perajiá le dijo: «¿En eso te has fijado? Te prohíbo permanecer a mi lado». Yeshu intentó de algún modo congraciarse con él, volver a la carga una y otra vez. Y cuando Yehoshúa ben Perajiá se mostró por fin dispuesto, Yeshu se presentó ante él y lo encontró recitando el Shemá, y Yehoshúa ben Perajiá le hizo señas de que debía esperar. Entonces él entendió que lo rechazaba una vez más, y se fue a servir a los ídolos: se entregó a la idolatría.

Al cabo de cierto tiempo, Rabí Yehoshúa ben Perajiá fue a verlo y le dijo: «Vuelve, regresa a tus fuentes». Él le respondió: «No. Aprendí de ti que a todo aquel que peca y hace pecar a muchos —kol hajoté umajtí et harabim— no se le concede la posibilidad de hacer teshuvá —ein maspikín beyadó laasot teshuvá—». Ya no se le permite un acto de arrepentimiento, puesto que, en definitiva, ha perdido muchas almas que ya no puede recuperar. Ahora bien, si se dice que Yeshu vivió en la época de Yehoshúa ben Perajiá, eso significa que hay verdaderamente un problema en cuanto a la datación de la vida de Yeshu: supondría una diferencia de cien años respecto de lo que solemos admitir.

[…] Pero así es el relato. Y Yehoshúa ben Perajiá, se diría, se arrepintió de lo que había hecho, y dijo: «Hazte de un maestro, adquiere un amigo y juzga al hombre entero favorablemente». Juzga a toda persona con benevolencia. Es sabido que si Trotski no hubiera sido expulsado del jéder por el melamed (el maestro de escuela), habría sido un bajur yeshivá, un estudiante de yeshivá; pero como se lo excluyó de manera humillante del jéder, pues bien, eligió otro camino. Lo cual demuestra cuán grande es nuestra responsabilidad en la relación que mantenemos con el prójimo, y sobre todo para un enseñante, para un maestro. Porque, en suma: Asé lejá rav, ukné lejá javer, vehevé dan et kol haadam lejaf zejut. Asé lejá rav: aquel que está por encima de ti, el maestro: impóntelo.

Esa es la diferencia entre asé y kné. Ustedes conocen la expresión measín al hamitzvot: significa que se obliga a una persona a cumplir una mitzvá; puesto que la mitzvá redunda en su interés, se puede ejercer una coerción. Así pues, asé lejá: imponte un maestro. Y kné lejá javer: un maestro no siempre puede ser un javer. Ante él uno siente cierto complejo y no siempre quiere sentirse bajo su tutela, de modo que busca refugio en un amigo, en un confidente. Pero cuidado: este javer no es el «amigo» de Facebook; no es aquel que simplemente, ya saben, amigos, conocidos, etcétera. Hablamos del verdadero javer: aquel que es capaz de entregarse totalmente al otro, porque, en suma, el javer no es otra cosa que yo mismo: es el otro que es yo. Pero si quieres realmente beneficiarte de la presencia del maestro a tu lado, y del amigo, debes juzgar a todo el mundo con [benevolencia]. Hay quienes han establecido un vínculo entre asé lejá rav ukné lejá javer [y lo que sigue], diciendo que uno siempre tiende a juzgar con rigor a su maestro y a su amigo.

No les perdonamos nada, y no puede ser de otro modo. Buscamos derribarlos porque lo saben todo de nosotros; hemos mantenido con ellos cierta familiaridad, y la tendencia es escarbar hasta encontrar sus defectos y evaluarlos. Entonces él dice: no. Si quieres que el maestro siga siendo tu maestro y el amigo tu amigo, tienes que saber cerrar los ojos ante ciertos aspectos. «Porque no hay en la tierra hombre justo que haga el bien y no peque»: nadie es perfecto. No hay en la tierra justo que sea perfecto. Uno falla en tal punto, en tal obligación. Es humano; no somos ángeles. Así pues, este asé lejá rav ukné lejá javer nos llama a juzgar a todo hombre: haadam, el hombre en su conjunto.

No dice vehevé dan kol adam, «juzga a todo hombre», sino et kol haadam lejaf zejut. «Juzga a todo hombre con benevolencia»: al adam entero. Hay que comprender que kol haadam es el hombre en su totalidad, y en su totalidad es imposible no encontrarle un lado bueno que convendría poner de relieve. Habría que intentar devolverle, restituirle su dignidad, y no aplastarlo. Así se lo puede salvar. Y aquí se plantea un problema, porque hay dos leyes en la Torá en las que se dice, sencillamente, que hay que mantenerse a distancia. Una de ellas, créanlo o no, son las arayot mismas: en las relaciones prohibidas hay que guardarse, mantenerse muy lejos. Y la otra: de la mentira debes alejarte.

Entonces, si me inclino a juzgar al hombre siempre por la vía de la benevolencia, ¿cómo cumplir al mismo tiempo el principio de midvar shéker tirjak, «de la palabra mentirosa te alejarás»? ¿No voy, al contrario, a confirmar en su error al hombre que ha pecado, que ha cometido una falta? Hay mucho que decir al respecto, pero viene la sentencia de nuestros sabios que dice: gadol hashalom, grande es la paz. Cuando buscamos realmente vivir en paz, podemos renunciar a la verdad. Tenemos una prueba. D-os modifica las palabras de Sará. Cuando se le anuncia que tendrá un hijo dentro de un año, ella dice: «¿Después de haber envejecido tendré deleite? Y mi marido ya es muy viejo».

Entonces D-os corrige las palabras de Sará: Sará dijo «yo soy vieja»; eso es lo que dijo Sará: «yo soy vieja». Y también al final del libro de Bereshit, donde los hermanos de Yosef le piden perdón. Y dicen: «Tu padre ordenó antes de su muerte, diciendo: te ruego que perdones el pecado de tus hermanos». Pero eso nunca se dijo. Lo imaginaron. Gadol hashalom, grande es la paz: se aparta la verdad ante la paz, porque estamos en busca de la paz. Por consiguiente, vehevé dan et kol haadam lejaf zejut nos impone también empequeñecer la carencia o la deficiencia ajena cuando posamos la mirada sobre ella, cuando la analizamos.

¿Por qué? Porque ese defecto que tiene esta persona quizá oculta algo más grave todavía. Sirve de tapón a una fragilidad del ser, y por eso, si quitas ese tapón, si sacas a relucir esas carencias y pones verdaderamente el dedo en sus deficiencias, corres el riesgo de hacer caer a esa persona en un desvío mucho, muchísimo más peligroso. Y por eso se ha interpretado así vehevé dan et kol haadam lejaf zejut. Entonces se planteó la pregunta: kol haadam, todo hombre, ¿incluye también a las demás naciones? Y la respuesta es sí. Pero ¿cómo vamos a juzgar favorablemente a las demás naciones? ¿Es posible?

Ya les he dicho que nuestros sabios nos enseñan que un extranjero, un no judío, que se dedica a su Torá —que se dedica a su Torá: no a la Torá, nuestra Torá, sino a su propia enseñanza, a su propia moral—, en el marco de su moral, puede ser considerado kohén gadol; se lo puede considerar como un sumo sacerdote, si es verdaderamente coherente consigo mismo en las leyes morales que practica, que está obligado a practicar. No hablamos del culto idólatra; hablamos del respeto de las siete leyes noájidas. Pues bien, también ahí —y eso exige de nuestra parte una gran humildad, porque hay un principio: «No juzgues a tu prójimo hasta que llegues a su lugar»— y a su lugar nunca puedes llegar. Se comparte el tiempo, no se comparte un lugar: o soy yo, o es el otro. Y además, limkomó, «su lugar», significa las circunstancias en las que ese hombre se ha desenvuelto, lo que efectivamente lo llevó a apartarse de la ley, de sus obligaciones, digamos. Porque aquí debemos tener presente que no hablamos de las normas legales propiamente dichas —de kashrut y demás—, porque el libro de Pirkei Avot es un tratado de moral, un tratado de principios. Es un tratado de dérej érets. Por consiguiente, cuando se dice asé lejá rav, «hazte de un maestro», no se trata de un maestro que te va a dictar las halajot o que te va a informar sobre tal jumrá (rigor) o tal kulá (indulgencia), lo que está permitido y lo que está prohibido, lo que hay que hacer. No: se trata de un guía espiritual al que te remites, aquel que puede aconsejarte en todo lo que emprendes porque no comparte ningún interés contigo; siempre que, dicho sea entre paréntesis, no exija ninguna compensación. Porque a un javer puedo elegirlo de manera que sea una persona con la que me llevo bien; pero al rav, no siempre.

Si estudio con él, sí, puedo elegir un rav que responda a mis expectativas, que atienda un poco mis demandas y pueda dirigirme adecuadamente. Porque cuando estudiamos Torá, uno estudia la Torá que ama, la que prefiere. […] Se estudia también con aquel a quien estimamos, a quien apreciamos. Se puede hacer una elección, pero no en el caso de un rav, porque, atención, aquí no se dice adquirir un rav. Un rav no se adquiere, no se compra. Un rav no se deja comprar. Si se deja comprar y si está ahí simplemente para firmar todo lo que ustedes emprenden, entonces no es un rav.

En cuanto al javer, el Rambam dice —atención— que hay tres clases de javer. Está el javer toélet, el amigo de utilidad, que es como un socio: se tiene un interés común en sostenerse el uno al otro, incluso materialmente. «Más valen dos que uno», porque si uno cae, el otro lo sostendrá. Está el amigo de najat, de sosiego, con quien uno se siente seguro: yo le aporto cierta tranquilidad, lo apoyo en lo que emprende, él me apoya también, y vivimos juntos en esa tranquilidad. […] Como ocurre a veces, por desgracia, porque uno ha estudiado —esto se encuentra sobre todo en personas que han estudiado Torá, que tienen erudición—: se vuelven algo despectivos con quienes no la tienen. Por eso dice: cuidado. Si te has hecho de un maestro y si tienes amigos entre los cuales eres apreciado, no olvides que debes juzgar a todo hombre favorablemente y que tienes el deber de recuperar al otro, al que se encuentra al pie de la escalera; y para eso tendrías que bajar de tu… vaya, no encuentro la palabra. Quizá puedan ayudarme.

—De lo alto de la escalera en la que te encuentras. Hay un relato conmovedor sobre el Rebe. Ustedes saben que el Rebe, zéjer tzadik librajá, solía repartir dólares a los visitantes que venían a recibir su bendición, acompañando su bendición con un dólar. Pasa ante él alguien que recibe su dólar y le dice: «Voy a casarme pronto, pero con una mujer no judía». El Rebe adopta un aire serio y le dice: «Tienes suerte. Yo no he tenido que afrontar semejante prueba. Debes de tener verdaderamente un gran mérito para situarte en ese nivel y librar este combate». El otro oyó esto a la salida.

Se dijo: así que esto es una prueba para mí. Se derrumbó […] y decidió anularlo todo. Esto es para decir que es muy fácil juzgar, excluir, reducir a una persona porque nosotros tenemos otras cartas en la mano. No sabemos si, de habernos enfrentado a las mismas pruebas, habríamos resistido hasta ese punto. Así pues, vuelvo a kné lejá javer —cierro el paréntesis—, a kné lejá javer: está el javer maalá, el amigo de elevación, aquel que busca promoverte, elevarse al mismo tiempo que tú y elevarse contigo. Ese es el verdadero amigo, que está ahí para hacerte ascender en una escala de valores y que es verdaderamente capaz de entregarse a tu causa.

Sabe muy bien que su propia maalá, su propia elevación, depende también de la tuya. Ese es el amigo que no se encuentra a la vuelta de la esquina, y al que debemos conquistar, al que debemos «adquirir», al que debemos ganarnos. […] Y Yehoshúa ben Perajiá —dijimos que fue el maestro de Yeshu— enseña a todo el mundo, incluso a los demás, a no funcionar nunca solo, sin referencia. Una halajá que no tiene beit av, que no tiene una fuente de transmisión, que no tiene referencia, no es una halajá. Tampoco tiene la envergadura para salir al encuentro de los demás, como lo hacía Shemuel, pero como lo hizo en primer lugar Avraham. Ustedes saben que Avraham acercaba a la gente a la fe, él y su mujer: meguayer et haanashim, como se dice, Avraham convertía a los hombres y Sará a las mujeres.

Convertía a la gente, pero de esas conversiones no quedó nada. Incluso Eliezer, que era su mano derecha y le servía de intermediario entre Avraham y los demás —ya saben cómo se interpreta el versículo: dolé umashké, extraía de la ciencia de su maestro y daba de beber de ella a los demás—, tampoco de él quedó nada. ¿Por qué? Sencillamente porque Eliezer permaneció en la condición de éved, de siervo; no se emancipó. Y el otro [Lot], que actuó por sí mismo, por iniciativa propia, también de él Avraham, […], se vio obligado a separarse. ¿Por qué? No tenía la envergadura de Avraham; no era más que la máscara, no era más que el velo de Avraham. Avraham podía interceder en favor de Sedom y Amorá.

A él eso no le afectaba. Sedom y Amorá eran conocidas por su perversión, y sin embargo pide a D-os que las perdone. El otro quería hacer esa labor a distancia… no: el otro quería hacer esa labor a las puertas mismas de Sedom y Amorá. Pues bien, se dejan arrastrar; conocemos la continuación de la historia. Se dejan arrastrar por los habitantes del lugar. Así pues, asé lejá rav —imponte [un maestro]— y «aléjate de un mal vecino»: hay restricciones. Estas restricciones las introdujo también el Rambam, diciendo que al hombre que es justo no hay que mancharlo con un solo incumplimiento de sus deberes, mientras que al rashá, al malvado que es manifiestamente reconocido como tal, no hay que buscar siempre sostenerlo.

¿A quién se dirige, entonces, vehevé dan et kol haadam lejaf zejut? Francamente, a las personas intermedias, y todos estamos entre ellas. Pero esta interpretación no se sostuvo para numerosos comentaristas. El Rebe dijo una vez a este respecto —refirió este relato del Rabí de Berdichev—: en Yom Kipur se cruzó con un judío que tenía un cigarrillo en la mano. Se le acercó y le dijo: «¿Sabes que hoy es Yom Kipur?». Él le dijo: «Sí». Le dijo: «Pero ¿sabes que hoy está prohibido fumar?». Él le dijo: «Sí». Entonces se volvió hacia D-os […] y dijo: «Mira, Señor del mundo: incluso en Yom Kipur, este hombre está ante Ti y dice la verdad; no miente, lo reconoce». Así pues, lo que extrajo de él fue el hecho de que dijera la verdad.

Ya era un punto bueno que [el Rabí] de Berdichev —perdón— rescató de ese hombre. Pues bien, […] eso es lo que deberíamos retener. Un rav debe ser capaz de esto cuando imparte su enseñanza: convertirse en un javer atento a los problemas de sus alumnos. Y a este propósito se ha planteado la pregunta: ¿por qué la Torá dice veshinantam levaneja, «las enseñarás a tus hijos»? Hemos deducido que enseñar a tus hijos es enseñar a tus alumnos, talmideja. Pero entonces, ¿por qué el texto no dice veshinantam letalmideja? ¿Por qué «tus hijos»? Y se responde: cuando un maestro no es capaz de amar a sus alumnos como a sus hijos, no es apto para la enseñanza. Y por eso [eres apto] solo si consideras al otro, a quien aportas tu enseñanza, con el mismo amor que sientes por tu hijo. Hay, por lo demás, un elemento importante en la elección de un juez: a veces, del juez que había alcanzado cierta edad, en aquella época se decía que no era apto para juzgar.

¿Por qué no era apto para juzgar? Se comprende: […] todavía tienen erudición y una experiencia intachable, ¿no? Pero hay una pequeña grieta en su personalidad, a saber, que ya no tienen hijos en casa; […] ya no saben lo que es el esfuerzo que se hace para educar a un niño, para criarlo, para formarlo. Pues bien, si han perdido un poco esa sensibilidad —el amor de un padre por su hijo—, ya no pueden juzgar; se vuelven incompetentes. Así pues, me parece que el texto que tenemos ante nosotros, de Yehoshúa ben Perajiá, se sitúa en la prolongación de lo que estudiamos la semana pasada.

Retrocedo un poco. El texto decía: que tu casa esté ampliamente abierta a la hospitalidad. No, el texto decía: que tu casa sea el lugar de reunión de muchos sabios. Dijimos: cuidado; con un espíritu de apertura no hay que encerrarse en una sola vía de pensamiento, conviene efectivamente interesarse por todas las corrientes de pensamiento; pero tratándose de un rav, no puedes jugar con dos rabinos y tomar las jumrot de uno y las kulot del otro; debes seguir una sola vía. Si has de tener un guía espiritual, solo puedes tener un guía espiritual; no puedes cambiar cada vez la dirección de tu rav. El segundo era yehí beitejá patúaj lirvajá, «que tu casa esté ampliamente abierta» a la hospitalidad. La intención: solo puedes tener un amigo, un único confidente. Y el tercer elemento, lo vimos —perdón, había mucha gente, había gente en la casa—, un momento, no, más arriba. Voy a tomar mi libro; la memoria me ha fallado. «Y que tu casa…»; sí, aquí está.

«Vehevé mitabek baafar ragleihem —cúbrete con el polvo de sus pies— vehevé shoté batzamá et divreihem —y bebe con sed sus palabras—». Y vimos la semana pasada que estaba el otro reverso de la moneda, es decir: al tarbé sijá im haishá, «no multipliques la conversación con la mujer», y kol hamarbé sijá im haishá gorem raá leatzmó, «todo el que multiplica la conversación con la mujer se causa un mal a sí mismo». El tercer componente de Yehoshúa ben Perajiá es vehevé dan et kol haadam lejaf zejut. […] Júzgalo con benevolencia. Y esto vale tanto para aquel consejo de Yosé ben Yojanán de Jerusalén como para el consejo de más arriba —¿qué dije?, perdón—; sí, un poco más arriba, aquí está: vehevé shoté batzamá et divreihem, «bebe con sed sus palabras». Establecer este vínculo significa: ponte en su lugar, en el estado del sediento, en lo que han hecho, en lo que han emprendido; intenta un poco verlo así, y acabarás dándote cuenta de que también tú ocultas ciertas carencias, ciertas deficiencias que no son evidentes, y de que te gustaría que te juzgaran del lado bueno. Entonces, aprende primero a juzgar a los demás del lado bueno, poniendo de relieve sus cualidades antes que [sus defectos]. Bien, quisiera detenerme aquí, si tienen preguntas que hacer.

—Buenas noches, Rav Benizri. Quisiera hacerle una pregunta sobre las personas intermedias. ¿Piensa usted que el tikún jatzot se dirige a todo el mundo —a las personas intermedias, digamos— o solo a una élite? —Es una buena pregunta. Es como si me preguntaras a quién se dirige […]. El tikún jatzot que uno realiza: primero habría que haber llegado a cierto nivel de responsabilidad respecto de su entorno, y de querer de algún modo reparar una situación, cuando uno ya siente que ha cumplido todas sus obligaciones, todas sus responsabilidades; y entonces uno hace el tikún jatzot para devolver el mundo a su buen funcionamiento. Eso ya es vehevé dan et kol haadam lejaf zejut en una escala de valores que es un grado por encima de otro grado.

Es verdaderamente lo que deben hacer los yejidé segulá, la élite. Pero el tikún jatzot no le es dado a todo el mundo. Si tengo que plantearme la pregunta —entre el tikún jatzot y, por ejemplo, la regularidad en mis rezos diarios—, diría: prefiero que se pongan los tefilín todos los días antes que emprender ya desde ahora el tikún jatzot. Pongan el acento en ponerse los tefilín, pongan el acento en las leyes del Shabat, pongan el acento en las normas de buena conducta, de shalom bayit (la paz en el hogar), y así sucesivamente. El tikún jatzot es algo que se impondrá por sí mismo. No es algo que ustedes se vayan a imponer. Porque si se lo imponen, eso quiere decir que lo consideran, en definitiva, como un remedio.

Y buscar un remedio en las prácticas de la ley roza la superstición. Los remedios de nuestras almas no pueden ser sino de orden espiritual, y no de orden inmediato. Hay, por lo demás, una hermosa idea a este respecto en lo que dice el Rav Kook. Hay que saber que a veces las pruebas que atravesamos son remedios amargos, pero son reparadores, porque cuando efectivamente las hemos superado, nos situamos de otra manera en nuestra vida. Pero no hay que buscar esos remedios amargos. No hay que atraer sobre uno mismo pruebas que no se pueden soportar. Para entrar en el tikún jatzot habría que elevarse verdaderamente a esa noción de autoridad, de maestro espiritual, como lo hacía el rey David —jatzot láila akum lehodot laj, «a medianoche me levanto para darte gracias»—, que se levantaba en mitad de la noche para alabar las bondades del Señor.

Levantarse en mitad de la noche para alabar las bondades del Señor tiene otro alcance. Tiene otro alcance. Se despierta por sí mismo; […] ya no es él quien busca despertarse. Está despierto: lo despierta una fuerza extraordinaria de lo alto. Bien, no sé si he respondido a la pregunta, pero… —Sí, sí, ha respondido usted perfectamente. Solo quería añadir una pregunta que me vino durante su respuesta, porque se dice en la Guemará que quien no estudia durante la noche es como si quemara su hogar. Entonces, ¿cómo se puede interpretar esto? Y, de hecho, ¿bastaría simplemente con hacer un pequeño estudio, por ejemplo de una hora después de Arvit, para cumplir este dicho talmúdico?

—Bueno, yo no tomaría esta enseñanza al pie de la letra. Pero, en realidad, «su hogar es su mujer», y «su mujer es como su propio cuerpo»: somos guf ejad, un solo cuerpo. Hay, por lo demás, una sentencia jasídica que dice: cuando somos dos y estamos verdaderamente unidos por la amistad, nuestros deseos no se excluyen, no se enfrentan: no somos dos en nuestros deseos. Porque, en general, cada uno querría tomar el goce del otro, y cuando estos quedan neutralizados, ya no operan; pero, en cambio, nuestros espíritus están unidos: somos dos en el espíritu. En el espíritu, en efecto, hemos logrado construirnos, construirnos en la noche a través del estudio. Y hablo de la noche de los tiempos; hablo de la noche en la que a veces se encuentra la pareja en casa; hablo de la noche, del desamparo del ser: ¿dónde encontrará entonces su recurso?

Se reencontrará en el estudio. Ahora bien, aquel que —y ya se lo he dicho— aquel que dice ein tejiyat hametim min haTorá, «no hay resurrección de los muertos a partir de la Torá», no tiene parte en el Mundo Venidero: es decir, aquel que no cree que sea posible volver a la vida a través de la práctica de la Torá se ha cerrado los horizontes de la vida futura, del porvenir. Ahora bien, el principio de la noche es permitir un alba nueva, y por eso, como les dije, abordamos la mañana con una bendición que da al gallo la facultad de distinguir entre el día y la noche. ¿Está bien, Shemuel? —Muchas gracias. Que D-os bendiga su saber, Rav. […] —¿Otra pregunta? —Quisiera aprovechar la ocasión para agradecerle que sea nuestro maestro.

Está su generosidad, y nuestra gratitud, por enseñarnos a encender la llama que se encuentra en nosotros. Cada semana, ya ve usted, muchísimas personas vienen cada semana a escucharlo en el salón de cada uno de nosotros. Y creo que también podemos dar las gracias al coronavirus, que nos dio la ocasión de tener sus clases en casa; así que no todo es negativo. —Exactamente, exactamente. Bueno, hasta la semana que viene. —Gracias. Muchas gracias. Buenas noches. Buenas noches. Buena semana. Gracias. —Se puede decir, Rav Benizri —en todo caso, tengo la sensación, tengo verdaderamente la impresión— que usted ha amado a sus alumnos como a sus hijos. —Estas palabras a menudo me ponen la piel de gallina. Eso sí puedo decirlo.

—De verdad. Humildemente, puedo decirlo. Gracias. —Pero nosotros podemos decirlo, ni siquiera humildemente, sino con verdadero agradecimiento. Y me reencuentro con usted con una inmensa alegría todos los domingos. —También para nosotros. Es verdaderamente compartida. Es verdaderamente compartida. Un gran placer. Bien. Hasta la semana que viene. —Hasta la semana que viene. Hasta la semana que viene. Adiós a todos. Adiós. Chao. Gracias, Manu. Gracias. Gracias, Manu. —Es verdaderamente aún más emocionante, emocionante, me parece, después de tantos años, ver la fe con la que imparte su enseñanza, y ese compartir, esa generosidad en el compartir; es tan emocionante. Para algunas personas enseñar es verdaderamente una vocación, verdaderamente una vocación, y creo que él es su viva imagen.

Chao. Chao. Adiós. Buenas noches a todos. Buenas noches. Buenas noches. Adiós. Adiós.