Pirkei Avot, 6.ª parte: que tu casa esté abierta

par le Rav Raphaël Benizri

Esta clase estudia la primera de las cinco parejas de maestros que aseguraron la transmisión de la Ley oral: Yosé ben Yoézer y Yosé ben Yojanán. Uno pide que la casa se convierta en lugar de reunión para los sabios; el otro, que esté ampliamente abierta y que los pobres formen parte de ella, antes de añadir la desconcertante recomendación de no conversar demasiado con la mujer. La pregunta del Rav Raphaël Benizri es la de su articulación: ¿por qué se complementan ambas enseñanzas, y qué hace aquí una palabra sobre el hogar conyugal? La clase concluye con la relación entre la hospitalidad y lo que se dice, o no se dice, dentro de una casa.

El Rav abre con un recordatorio sobre la correspondencia entre el cuerpo humano y las 613 mitzvot (preceptos), y luego vuelve a los tres pilares de Shimón HaTzadik para situar lo que más le cuesta al hombre: no el culto, sino el compartir. Recuerda la enseñanza de Antígonos de Sojó sobre la gratuidad del servicio, antes de entrar en el período de las Parejas, que abarca la época helenística y la asmonea y prepara la labor de compilación de la Ley oral.

Siguen el retrato de Yosé ben Yoézer, hombre de vasta cultura; la cuestión de lo que puede recibirse de las sabidurías extranjeras y del límite que no debe cruzarse; y luego la dirección bicéfala del pueblo durante unos dos siglos y medio. La segunda mishná conduce a la tienda de Avraham, abierta por sus cuatro lados, a Rivká dando de beber al rebaño de Eliezer y a una lectura minuciosa de la palabra sijá. Las preguntas del público versan después sobre el nombre de Séfer HaYashar dado al libro del Génesis y sobre el levirato en el libro de Rut.

Lo que enseña esta clase

La Torá forma un solo cuerpo con el hombre, en su constitución misma. Decimos que el cuerpo está hecho de 365 miembros que corresponden a las prohibiciones y de otros 248 que corresponden a los preceptos positivos. Basta con que el hombre se interrogue sobre su propia constitución y comprenda con qué precisión fue concebido su funcionamiento —desde los vasos y las arterias hasta los capilares que alimentan cada parte del cuerpo— para que haya motivo de ver en la cabeza el cielo del ser y en el resto del cuerpo todos los demás miembros. El árbol sefirótico, que tiene la figura de un hombre, ofrece algunas indicaciones en este sentido.

Avraham descubrió la Torá a través de sus riñones. Se nos dice que la encontró a través de sus kelayot, y la función de los riñones es ante todo filtrar. Ahora bien, ese filtro que introducimos en nuestra vida física es de la misma naturaleza que el de nuestro ser espiritual: no hay diferencia, salvo que a veces el uno eclipsa al otro. Cuando se dice que los Patriarcas cumplieron la Torá, significa que la descubrieron mediante un estudio profundo de su propia creación, puesto que el hombre es la síntesis de toda la creación.

De los tres pilares, el tercero es el que más cuesta. La Torá es el compromiso del ser consigo mismo, el estudio de sí; el culto es la relación del hombre con D-os. Este no cuesta tanto ni compromete demasiado: se Lo puede complacer con casi nada, y si se nos pidieron el lulav y otras prácticas, fue para asegurarnos un mínimo de referencias en nuestro itinerario espiritual. Lo más importante y lo más costoso es tener que compartir lo que uno tiene con el otro.

Servir con total gratuidad es la única manera de medir un compromiso. Antígonos de Sojó enseña que, en lo que respecta a la relación entre el hombre y D-os, lo esencial es no esperar nada. No siempre somos capaces de ello frente al prójimo: de él esperamos al menos un reconocimiento. Pero si quedamos decepcionados por la conducta de D-os hacia nosotros, todo se viene abajo y Lo abandonamos; por eso precisamente la gratuidad es la medida del verdadero compromiso. Y sabemos que la beneficencia misma, si está dictada únicamente por el toma y daca, lleva en sí la semilla del pecado. Por eso se dice también que el pobre hace por el rico más de lo que el rico hace por el pobre: el rico está en deuda con el pobre, pues sin el pobre ni siquiera sería reconocido y sus bienes no tendrían sentido ni valor. La relación que se cree de sentido único está en realidad invertida, y quien recibe le da a quien da la posibilidad misma de ser lo que es.

Entramos aquí en el período de las cinco Parejas. Yosé ben Yoézer de Tzeredá y Yosé ben Yojanán de Jerusalén forman la primera; recibieron la tradición de dos maestros, Antígonos de Sojó y Shimón HaTzadik. Estas cinco parejas aseguran la transición durante el período helenístico y el de los asmoneos, hasta los maestros de la Mishná y Rabán Yojanán ben Zakai, que emprenderán la labor de compilación de la Ley oral. El primero enseña: que tu casa sea lugar de reunión para los sabios, cúbrete con el polvo de sus pies y bebe con sed sus palabras.

Yosé ben Yoézer era un hombre de saber universal. Se le describe como un hombre de vasta cultura, alguien que lo tiene todo en sí: una enciclopedia viviente, en todos los campos. No era un hombre que se hubiera fijado como meta estudiar a un solo pensador o un solo libro, sino alguien que, por curiosidad, había asimilado numerosas ciencias y conocimientos. Se le ha citado para afirmar que, si les dicen que hay sabiduría entre las naciones, es creíble; hay que procurar, por tanto, aprenderla, no solo porque abre otras ventanas y porque el roce entre culturas engendra una nueva dimensión del pensamiento, sino también para saber qué responder a un epicúreo.

Hay, sin embargo, un límite, y un ejemplo célebre lo marca. A Elishá ben Abuyá, maestro de Rabí Meir, se le reprochó haber abandonado más tarde su fe, y se preguntaron cómo un maestro semejante había podido perder toda la Torá que poseía. La respuesta fue que, al agacharse un día para recoger algo, se le deslizaron del bolsillo interior unos libros de filosofía griega, pues así se llevaban entonces los libros. Fue el hecho de apreciar hasta tal punto esos libros lo que le costó caro. No hay que llegar tan lejos en el homenaje que se rinde a una cultura, y ese es el sentido de la restricción: hay una manera de integrarla, y es preciso tomar distancia.

Un episodio familiar ilumina la época y sus fracturas. Este maestro tenía un sobrino ganado por las ideas de los helenizantes, a quien eso le había valido un buen puesto y que le amargó la vida, hasta el punto de hacerlo condenar. En la última encrucijada, el sobrino, montado a caballo, le hizo notar los honores que se le tributaban y el caballo que, en comparación, su Maestro le daba a él. Se le respondió: si el Santo, bendito sea, ha decretado esto para quienes Le sirven, ¿qué será de quienes no Le sirven? El sobrino quedó tan impresionado que se quitó la vida, y su tío dijo que se le había adelantado, pues había sabido reconocer la verdad.

El pueblo es dirigido entonces por dos hombres a la vez. Es un período crítico, en el que empiezan a perfilarse las divisiones en el seno del pueblo: fariseos, saduceos, esenios. Una cuestión de ley los ocupa, la de la imposición de las manos sobre el sacrificio —el hombre debe decirse que el animal carga con todas las tendencias que lo arrastran hacia abajo y que coloca esa animalidad sobre el altar, lo cual exige apoyar sobre él las manos—, y se preguntaban si había que hacerlo en los días de fiesta. En este punto las Parejas se dividen. Uno es nasí, el otro presidente del tribunal: aquí, quien dirige al pueblo lo hace con un impulso de generosidad, mientras que su compañero quisiera que el rigor estuviera presente en todas partes y que el pueblo no se acostumbrara ni a las dádivas generosas ni a los compromisos. Esta dirección bicéfala duró unos doscientos cincuenta años.

La biblioteca no reemplaza la casa donde se enseña. Hoy hemos reemplazado a los sabios por libros, y los hay de todas las tendencias; es un bien en sí, pero no reemplaza la enseñanza oral que se recibe con un compañero de estudio o en el beit midrash (casa de estudio). Ahora bien, todavía hay que desplazarse hasta el beit midrash, lo que crea una distancia entre la casa y el estudio. Es preciso, pues, que la casa sea ella misma un beit midrash, que se organicen allí esas clases del mismo modo que se recibe en ella a los invitados en las fiestas: eso impregna no solo las paredes, sino a todos los presentes, a los hijos, a la esposa. Los sabios traen consigo una inspiración, una presencia, que hace que la casa respire esa Torá; y no como en los salones de Alemania, donde se reunían filósofos de todas las corrientes para discutir sobre un tema.

Cubrirse con el polvo de sus pies significa también luchar con ellos. La palabra empleada significa que hay que seguirlos adondequiera que vayan, pero el Maharal da otra interpretación: el mismo término evoca el combate. No estamos obligados a decir amén a toda enseñanza; intentaremos ir al fondo del tema, y eso es una lucha. Es de este roce entre dos ideas, entre tres o cuatro personas, de donde la Torá llega a marcar nuestra personalidad, y acabamos convirtiéndonos nosotros mismos en la casa de los sabios. Pero hay que evitar la saturación. La saturación es cuando uno tiene una pregunta y una respuesta y se conforma con esa respuesta: ya está, ya lo tiene todo. No. Del mismo modo que dejamos un margen en la hoja para corregir los errores, hay que dejar un margen en la manera de pensar, pues el error siempre es posible. Eso es beber con sed sus palabras: conservar esa sed de comprenderlas y de ir más allá. No se ponen límites a la Torá, ni a la manera de aprehenderla, ni a la de interpretarla, y siempre hay un grado más en la interpretación.

El segundo maestro corrige el posible elitismo del primero. Yosé ben Yojanán de Jerusalén dice: que tu casa esté ampliamente abierta, que los pobres sean parte de tu casa, y no converses demasiado con la mujer. ¿En qué completa esto al primero? En lo siguiente: no seas elitista, no filtres a la gente que entra en tu casa, no abras tu casa solo a los sabios. Sabe abrirla a todos los pobres. El Rav añade que él no traduciría «abierta a la hospitalidad», sino «abierta al bienestar»: la persona no debe sentir que está ante una puerta que hay que franquear, sino que simplemente la empuje.

La idea proviene de Avraham, cuya tienda estaba abierta por sus cuatro lados. Lo estaba para evitar que hubiera que rodear la casa. Y se preguntaron cómo había llegado Avraham a esta conclusión: la respuesta es que adoptó el camino de la rectitud. El libro de Bereshit se llama, en efecto, Séfer HaYashar, el libro del camino recto. Porque si uno quiere ser coherente consigo mismo: así como no puedo vivir solo y dependo siempre del otro, que tiene como rehén una parte de mí que debo recuperar para realizarme, eso vale en el plano material —puesto que no puedo hacerlo todo yo mismo— y vale igualmente en el plano espiritual.

Acoger es dar al otro lo que realmente le falta. Cuando otro afirmaba abrir sus puertas a todo el mundo, el midrash lo interpela: ¿te comparas con Avraham? Avraham servía vino a quienes acostumbraban beberlo y carne a quienes acostumbraban comerla, pero servía también carne a quienes no estaban acostumbrados y vino a quienes no lo bebían. Hay que poder dar al otro, pues, aquello de lo que realmente carece. La palabra que designa al pobre proviene del verbo «responder»: es alguien que espera, que pide algo, y se trata de satisfacerlo. Fue por esta virtud por lo que Rivká fue elegida: se la juzga digna de ser la esposa de Itzjak porque se ofrece a dar de beber no solo a Eliezer, sino también a su rebaño. Con ello el texto quiso significar que la primera virtud, la apertura esencial de lo femenino, es esa apertura hacia el otro, esa acogida, esa bondad que una persona irradia. Por eso también la primera prueba de la esposa, en este capítulo, es la de la hospitalidad.

«No converses demasiado» no quiere decir «no converses». El texto dice «con la mujer» y no «con una mujer»: se trata de la propia esposa. Ahora bien, es imposible no hablarle: están los asuntos cotidianos, la educación de los hijos, todos los temas que hacen la vida de un hogar. La precisión recae sobre el «demasiado»: ese exceso introduce una familiaridad rayana en la vulgaridad que convendría frenar, porque rebaja al uno frente al otro. Uno se burla, cuenta cualquier cosa, y el otro puede hacer lo mismo; hay límites de decoro que observar. Y si se toma sijá como la conversación profana, se trata también de no tirarse de los pelos por problemas que no valen la pena, para ver quién impondrá su manera de ver.

La palabra tiene un segundo sentido: el desahogo del corazón. Sijá puede designar también la oración y la efusión del alma: no te confíes demasiado a tu mujer. Se objetará que ella es la primera confidente y que hay que compartirlo todo con ella. Pero supón que has sufrido algún perjuicio, que te han explotado o humillado, pues no siempre se encuentra uno con personas respetables, tampoco en los negocios. Si se lo cuentas todo, una de dos: o bien te dirá que no hay que perdonar y atizará tu amor propio contra esa persona, o bien te tratará de tonto por haberte dejado; y aunque te defienda en el momento, a la primera ocasión te echará en cara que te dejaste engañar por fulano. Más vale dejar cerrados ciertos capítulos que pueden dar lugar a disputas.

Aquí se anuda el vínculo con la hospitalidad. Quien se concede el derecho de exponerlo todo se hace daño a sí mismo, descuida el estudio y acaba haciendo de su vida un infierno. Ahora bien, esta sentencia está yuxtapuesta a la que pide abrir ampliamente la casa: hay formas de hospitalidad que favorecen precisamente este tipo de conversaciones sin salida, en las que cada uno defiende su bando en lugar de saber contenerlas. O bien los pobres forman realmente parte de tu casa, o bien muestras desprecio hacia quienes no piensan como tú y los ignoras: viene a ser lo mismo. Y los primeros en sufrir las consecuencias son tú mismo y quienes viven en la intimidad de tu hogar.

Las preguntas del público prolongan la clase en dos puntos. Interrogado sobre el nombre de Séfer HaYashar, el Rav recuerda que hay tres dimensiones en el libro —la concepción del hombre es una beriá (creación), su realización una yetzirá (formación), y el verbo empleado para formarlo lleva dos letras idénticas para expresar la bipolaridad del hombre— y que el Maharal considera Bereshit y Shemot, hasta la construcción del Tabernáculo, como un solo libro, mientras que Vayikrá abre el mundo de la asiyá (acción), siendo el sacrificio el acercamiento de los dos mundos. Sobre el libro de Rut, recuerda que el levirato que Yehudá no supo cumplir con Tamar es retomado por Rut, una extranjera que quiere entrar en el pueblo desafiando la ley y que, para ello, debe pagar con su propia persona.

Transcripción completa de la clase

…la constitución misma de la Torá, puesto que decimos que el hombre está constituido por taryag, 613 miembros, que corresponden a las 365 prohibiciones, y ramaj, 248, que corresponden a las mitzvot asé, los preceptos positivos que nos obligan a actuar. Esta Torá, entonces, forma un solo cuerpo con el hombre en su propia constitución. Basta con que el hombre se interrogue un poco sobre su propia constitución y comprenda cómo fue concebido su funcionamiento, de un modo tan preciso, tan maravilloso —pensemos en los vasos, las arterias, los capilares que alimentan cada parte del cuerpo humano—, pues bien, hay motivo para ver en la cabeza, elevada como por encima de todo peso, el cielo del ser, y en el resto del cuerpo todos los demás miembros. Evidentemente, el árbol sefirótico, que tiene la figura de un hombre, nos da algunas indicaciones.

Pero se nos dice que fue a través de sus kelayot, sus riñones, como Avraham descubrió la Torá. La función de los riñones es filtrar. Pues bien, ese filtro que introducimos en nuestra vida física es de la misma naturaleza que el de nuestro ser espiritual. No hay diferencia. Solo que a veces el uno eclipsa al otro. Cuando se dice que ellos —los Patriarcas— cumplieron la Torá, significa que la descubrieron mediante un estudio profundo de su propia creación, puesto que el hombre es la síntesis de toda la creación. Volvamos ahora, pues, a nuestra mishná. Seguimos desarrollando la primera mishná de Shimón HaTzadik, a saber, que el mundo reposa sobre tres pilares. La Torá, que es, como dijimos, el compromiso del ser consigo mismo, el estudio de sí. La avodá (el servicio divino) es la relación del hombre con el Santo, bendito sea.

Eso no cuesta mucho, ¿saben?, no compromete demasiado. Se puede complacer al Santo, bendito sea, con casi nada. Nos pidió la kashrut, el lulav y todo lo demás, en definitiva, para asegurarnos un mínimo de referencias en nuestro itinerario de mitzvot, en nuestro itinerario espiritual. Pero lo más importante, lo que le cuesta caro al hombre, es tener que compartir lo que tiene con el otro. Y vimos que Antígonos de Sojó dice que, en lo que respecta a la relación entre el hombre y D-os —es decir, la avodá—, lo esencial es no esperar nada, poder servir a D-os con total gratuidad; algo que no siempre somos capaces de hacer frente al prójimo, pues del otro esperamos algún reconocimiento. Y eso es lo primero, puesto que nuestros sabios dijeron: más de lo que el dueño de casa hace por el pobre, hace el pobre por el dueño de casa. El rico está en deuda con el pobre. Sin el pobre ni siquiera sería reconocido; sus propios bienes no tendrían ningún sentido, ningún valor. En suma, la idea de servir a D-os con total gratuidad es la mejor manera de medir el verdadero compromiso del hombre. Porque en cuanto quedemos decepcionados por la conducta de D-os hacia nosotros, Lo abandonaremos, y todo se vendrá abajo.

Ahora bien, sabemos muy bien que incluso la beneficencia, si está dictada únicamente, condicionada, por el toma y daca —«lo mío para ti, lo tuyo para mí»—, es jatat, pecado: lleva en sí la semilla del pecado. Desarrollamos esta sentencia de Antígonos la semana pasada; no vamos a volver sobre ella. Y llegamos ahora al primer zug, la primera pareja. Ya saben que hay cinco parejas que van a asegurar la transición durante el período helenístico y el de los asmoneos, hasta los rabinos de la Mishná, Rabán Yojanán ben Zakai, que emprenderán efectivamente la labor de compilación de la Ley oral. Así pues: «Yosé ben Yoézer de Tzeredá y Yosé ben Yojanán de Jerusalén recibieron de ellos». Recibieron de dos. ¿De qué dos? Este plural hace referencia a Antígonos de Sojó y a Shimón HaTzadik.

¿Y qué dice Yosé ben Yoézer? Yehí beitjá beit vaad lajajamim: que tu casa sea lugar de reunión para los sabios; vehevé mitabek baafar ragleihem vehevé shoté batzamá et divreihem: apégate al polvo de sus pies y bebe con sed sus palabras. Es una enseñanza que atañe a la Torá misma: ¿cómo entrar, en definitiva, en la Torá, o más bien integrarse en ella? No espigándola aquí y allá, sino estableciendo, en tu propia casa, una morada para los sabios. Para los sabios; pero atención: dijimos que cuando murió Yosé ben Yoézer «cesaron los eshkolot», los «racimos», hombres que lo contenían todo en sí.

Lo tiene todo: es un hombre de vasta cultura. No es un hombre que se haya fijado como meta, digamos, estudiar a tal pensador o tal libro de la Torá; es un hombre que, por curiosidad, ha asimilado numerosas ciencias, numerosos conocimientos. Ya hemos citado la sentencia según la cual, si les dicen que hay sabiduría, que hay ciencia entre las naciones, es creíble, y por consiguiente hay que procurar aprenderla; no solo porque puede, efectivamente, abrir otras ventanas, otros puntos de vista; no solo porque el roce entre las culturas engendra una nueva dimensión del pensamiento, sino también porque hay que saber qué responder a un epicúreo: qué responder a alguien que quisiera tomar las cosas al pie de la letra y aprovechar la vida al máximo en todo lo que ella le ofrece, de una manera terrenal.

Y eso también —saber responder a las preguntas de los demás— nos obliga a ir a recoger información en otras culturas. Ya saben que a Elishá ben Abuyá, que fue el maestro de Rabí Meir y que más tarde abandonó su fe, se le reprochó, y la gente se preguntaba: ¿cómo es posible que un maestro tan ilustre haya podido dar la espalda a toda la Torá que poseía? Y la respuesta fue que una vez, al agacharse para recoger algo, se le deslizaron unos libros de filosofía griega —la gente llevaba los libros así, en el bolsillo interior—; se le deslizaron del bolsillo interior, y fue el hecho de apreciar hasta ese punto los libros de filosofía griega lo que le costó caro. No hay que llegar tan lejos en el homenaje que se puede rendir a esa cultura. Hay que ver de qué manera integrarla, porque Torá bagoyim —si hablas de Torá entre las naciones—, esa dimensión espiritual del conocimiento que compromete incluso antes de que lo comprendamos todo, solo los judíos fueron capaces de expresarla, al pie del monte Sinaí: naasé venishmá, «haremos y escucharemos», el compromiso precediendo al entendimiento.

¿Cómo puede el compromiso preceder al entendimiento? Hay, pues, efectivamente, una distancia que tomar. Y fue en ese momento cuando él llegó y fue elegido. Ahora bien, este hombre tenía en su familia un sobrino que le hacía la guerra, porque había sido ganado por las ideas de los helenizantes. Por ello le habían dado un buen puesto, y le amargó la vida a su tío, llegando incluso a hacerlo condenar a muerte. Y en la última encrucijada se cruza con él a caballo y le dice: «¿Ves los honores que se me deben, el caballo que monto? Y a ti, ¿qué caballo te da tu Maestro?». Y él no tuvo más que responder: «Si así se ha decretado para quienes Le sirven, ¿qué será de quienes no Le sirven?».

Le dijo: «¿Pero vas a morir?». Le respondió: «Si el Santo, bendito sea, ha decretado esto para quienes se adhieren a Su enseñanza, entonces, con mayor razón, ¿qué suerte les está reservada a ustedes?». Se cuenta que su sobrino quedó tan impactado que se quitó la vida él mismo; y Yosé ben Yoézer, al despertar, dijo: «Ya se me ha adelantado; supo reconocer la verdad e inclinarse ante ella». Pues bien, ¿saben?, es un período crítico en la historia del pueblo judío, porque es en ese momento cuando efectivamente empiezan a perfilarse, poco a poco, las divisiones en el seno del pueblo.

La última vez hablamos de los fariseos, los saduceos, los esenios. Pero aquí, en el plano de la halajá, por ejemplo, hay una ley: la imposición de las manos sobre el sacrificio. Salvo tres sacrificios —el cordero pascual, el diezmo de los animales y el primogénito—, sobre los cuales no se apoyan las manos, en todo sacrificio el hombre debe decirse que el animal que trae es de algún modo portador de todas las tendencias que lo animan y lo arrastran hacia abajo, y que quisiera convertir llevando ese animal al altar, llevando esa animalidad al altar. Por eso tenía que apoyar las manos sobre él. Y la cuestión era si, en día de fiesta, había que realizar o no esa imposición de las manos.

Hay, pues, una controversia entre las cinco zugot, las cinco parejas: la dirección bicéfala que surge en el seno del pueblo. Esta dirección bicéfala, atención: uno es nasí y el otro es av beit din, presidente del tribunal. Aquí, por ejemplo, Yosé ben Yoézer de Tzeredá es nasí. Según el Maharal de Praga, es nombrado para dirigir al pueblo […] con un impulso de generosidad, mientras que su compañero, Yosé ben Yojanán de Jerusalén, es el av beit din: quisiera que la justicia estricta estuviera presente en todas partes y que el pueblo no se acostumbrara a las dádivas generosas ni a los compromisos en su manera de conducirse. Hubo, pues, una dirección bicéfala de este tipo durante unos 250 años. Después encontraremos una dirección única a la cabeza del pueblo.

Así pues, este Yosé ben Yoézer, como les decía hace un momento, era un ish eshkolot. Era el hombre del saber. Hay una palabra en francés que hoy se me escapa —quizá ustedes me ayuden—: una enciclopedia viviente, en todos los campos; lo tiene todo en sí. Dice, pues: que tu casa sea lugar de reunión para los sabios. Hoy, evidentemente, los hemos reemplazado por las bibliotecas; hay muchos libros en las bibliotecas, de todas las tendencias, y picoteamos un poco aquí, un poco allá, un poco más allá. Eso es un bien, pero no reemplaza la enseñanza oral que se puede tener con una javrutá (compañero de estudio), la enseñanza del beit midrash. Pero para la del beit midrash todavía hay que desplazarse hasta el beit midrash para encontrar a la propia javrutá. Eso crea una distancia entre la casa y el beit midrash. Es preciso que la casa sea un beit midrash. Que dentro de la casa se organicen las clases, del mismo modo que se recibe a los invitados en las fiestas: ese es el lugar, porque impregna no solo las paredes de la casa, sino a todos los presentes, a los hijos, a la esposa. Estos jajamim (sabios) traen consigo una inspiración, una Shejiná, una presencia divina, que hace que la casa misma respire esa Torá; pero no una Torá como la de los salones de Alemania, donde se reunían filósofos de todas las corrientes para discutir sobre un tema u otro. Apégate al polvo de sus pies.

Los jajamim que tenemos en casa, que invitamos a nuestra casa, son sabios que quizá no todos posean un gran saber, pero cuya manera de vivir es portadora de numerosas enseñanzas. Ahora bien, el texto dice vehevé mitabek baafar ragleihem: hay que seguirlos adondequiera que vayan. Hay otra interpretación, que da el Maharal, a saber, que mitabek viene de maavak, y maavak es el combate. No somos de los que siempre dicen que sí; no vamos, en definitiva, a decir amén a toda enseñanza; vamos a intentar ir al fondo del tema. Es una lucha, y es de ese roce de dos ideas, de tres personas, de cuatro personas, de donde la Torá llega efectivamente a marcar nuestra personalidad. Al final, nosotros mismos nos convertimos en la casa de los sabios.

Y hay que evitar la saturación. ¿Qué es la saturación? Es cuando uno tiene una respuesta a una pregunta y se conforma con esa respuesta. Ya está, ya lo tiene todo. No. Del mismo modo que dejamos un margen en nuestra hoja de redacción para corregir los errores, hay que dejar un margen en la manera de pensar. El error siempre es posible. Y eso es vehevé shoté batzamá et divreihem: conserva siempre esa sed, la sed de comprender sus palabras y de ir más allá de lo que dicen. Así pues, no ponemos límites a la Torá, a la manera de aprehenderla, a la manera de interpretarla; siempre hay un más allá de la interpretación que buscamos hoy.

Esa es la enseñanza de Yosé ben Yoézer de Tzeredá; su compañero de camino va a completar su idea. ¿Qué va a decir? […] Pueden desplazar el texto. Así pues: Yosé ben Yojanán de Jerusalén dice yehí beitjá patúaj larevajá, que tu casa esté ampliamente abierta —lo tradujeron «abierta a la hospitalidad», sí—. Que los pobres sean parte de tu casa, y al tarbé sijá im haishá, no converses demasiado con la mujer. Aquí hay una trampa: beishtó amrú, lo dijeron de la propia esposa; con mayor razón de la mujer del prójimo. De aquí afirmaron los sabios: quien conversa demasiado con la mujer se causa daño a sí mismo, descuida el estudio de la Torá y termina heredando el Guehinom; aquí lo tradujeron por «purgatorio».

¿En qué completan las palabras de Yosé ben Yojanán las de Yosé ben Yoézer? Primero: no seas elitista, no filtres a la gente que entra en tu casa y no abras tu casa solo a los sabios. Sabe abrir tu casa a todos los pobres […]. Yo, en principio, no traduciría «abierta a la hospitalidad». Traduciría: que tu casa esté abierta al bienestar. La persona no debe sentir que hay una puerta que franquear; simplemente se empuja la puerta. En mi calle, alguien ha puesto un cartel en su puerta: «Aquí no hace falta llamar». Bueno, es arriesgado, sobre todo en los tiempos que corren, pero la idea está tomada de Avraham, que tenía una tienda abierta por sus cuatro lados, para evitar que la gente tuviera que rodear la casa; porque la casa abierta la aprendimos de Avraham.

Abrir la puerta al otro: se le dedica todo un capítulo, y se pregunta: ¿cómo llegó Avraham a la conclusión de que hay que abrir la puerta por los cuatro lados? Y la respuesta es muy sencilla: adoptó el camino de la integridad, de la rectitud. ¿Y saben cómo se llama el libro de Bereshit? El libro de Bereshit se llama Séfer HaYashar, el libro de la rectitud, del camino recto. Es decir: si uno quiere ser coherente consigo mismo —así como no puedo vivir solo y dependo siempre del otro, porque el otro tiene como rehén una parte de mí y yo tendría que recuperarla a toda costa para realizarme en mi totalidad, o al menos en mi casi totalidad—, así como esto vale en el plano material, puesto que no puedo hacerlo todo yo mismo, vale igualmente en el plano espiritual.

Así pues, hay que aprender a tener una casa abierta, y no solo para los jajamim, no solo para las personas de nuestro nivel: los aniyim, los pobres, también tienen algo que enseñarnos, y hay que darles sencillamente el sentimiento de que forman parte de la casa, de que gozan de cierta consideración. Miren cómo acoge Avraham a unos árabes —o más bien a los ángeles, que tenían aspecto de árabes— y les abre sus puertas. Por cierto, cuando Iyov dice: «Yo abro mis puertas a todo el mundo», el midrash lo interpela y le dice: pero, en definitiva, ¿te comparas con Avraham? Avraham servía vino a quienes estaban acostumbrados a beber vino, servía carne a quienes estaban acostumbrados a comer carne, y pan de trigo a quienes estaban acostumbrados a comer pan de trigo; pero Avraham servía también carne a quienes no estaban acostumbrados a comer carne, vino a quienes no estaban acostumbrados a beber vino, y así sucesivamente.

Así pues, en suma, habría que poder dar al otro aquello de lo que realmente carece —y precisamente por aquello de lo que realmente carece—, porque aní, el pobre, viene del verbo aná, y aná significa responder. Es alguien que espera; pide algo. Habría que poder satisfacerlo, y por eso insiste diciendo: que los pobres sean parte de tu casa, y no converses demasiado con la mujer. Ahora bien, evidentemente podemos preguntarnos aquí qué hace este texto en este lugar: ¿cuál es el vínculo entre «que tu casa esté ampliamente abierta a la hospitalidad», «que los pobres sean parte de tu casa», y esto? La respuesta generalmente admitida es la siguiente. ¿Qué quieren? Eso añade mucho trabajo: hay que preparar, poner la mesa, servir, recoger, hacerlo todo; se habla de gastos suplementarios y todo eso; y la señora de la casa es quien carga con todo. Entonces dice: no, no discutas con tu mujer por esto; no converses demasiado con la mujer, con la mujer, es decir, con la propia esposa.

No: el hecho de que el texto diga al tarbé sijá im haishá, y no haya dicho al tarbé sijá im ishá —no multipliques la conversación con una mujer, sino con la mujer— significa que se trata efectivamente de tu esposa. Así pues, hay que intentar dar aquí a la casa otro carácter, y por eso el primer shiduj (unión matrimonial) de la Torá se pone a prueba mediante la virtud de la bondad, de la acogida del huésped, de la acogida del extranjero. Rivká es digna de ser la esposa de Itzjak porque se ofrece a dar de beber no solo a Eliezer, a quien no conoce, sino también a su rebaño. ¿Qué se quiere decir con esto? El texto quiso —sencillamente, por el momento, porque hay mucho que decir al respecto— significar que la primera virtud esencial de lo femenino es esa apertura hacia el otro, esa acogida, esa bondad que irradian tales personas.

Pero atención: si examinamos el texto con más precisión, dice al tarbé sijá im haishá. Al tarbé no quiere decir «no converses con tu mujer»: eso es imposible. Uno no va a hablar solo de sí mismo. Están los asuntos cotidianos, está la educación de los hijos, hay una gran cantidad de temas que forman parte de la vida presente del hogar. La precisión está en al tarbé: no converses demasiado, demasiado, con la propia esposa. Ese «demasiado» introduce una noción de familiaridad rayana en la vulgaridad, que habría que intentar frenar dentro de la casa. ¿Por qué? Porque rebaja al uno frente al otro.

O bien rebaja a la mujer, porque divagas, le cuentas cualquier cosa, llegas incluso a burlarte de ella; o bien ella puede hacer lo mismo. Hay, pues, límites de decoro que observar. Eso es sijá, si tomamos sijá como conversación profana. Al tarbé sijá im haishá: por problemas que no valen la pena, acabamos tirándonos de los pelos para ver quién impondrá su manera de ver; no vale la pena. Procura guardar la justa medida. Ahora bien, hay otro sentido de sijá: sijá en el sentido de oración y de efusión del corazón. Al tarbé sijá im haishá: no te confíes demasiado a tu mujer. No te confíes demasiado a tu mujer; pero ¿por qué? No le abras tu corazón; ¿por qué? Al contrario, es mi primera confidente en la vida, así que debo compartir con ella a toda costa. […] ¿Por qué? Porque supongamos, digamos, que en el trabajo has sufrido algún perjuicio: te han explotado, te han humillado; no siempre se encuentra uno, digamos, con personas respetables, y en los negocios tampoco.

Entonces tu mujer, si le cuentas todo eso, una de dos: o bien te dirá: «Cuidado, no hay que perdonar, tienes que ajustarle las cuentas», y atizará tu amor propio contra esa persona; o bien te tratará de tonto: «Te dejas pisotear», etcétera. Y aun defendiéndote —te defiende por el momento—, a la primera ocasión te lo echará en cara: «Ya ves, te dejaste engañar por tal y cual persona»; eso es justo lo que dirá, etcétera. Así pues, procura dejar cerrados ciertos capítulos que pueden dar lugar a disputas por una parte o por la otra. Porque quien conversa demasiado, quien se concede el derecho de exponerlo todo, se causa daño a sí mismo; y después descuida la Torá y está destinado a heredar el Guehinom: al final su vida se convierte en un infierno.

Ahora bien, esto está yuxtapuesto a lo que dijimos: que tu casa esté ampliamente abierta a la hospitalidad y que los pobres sean parte de tu casa. Hay formas de hospitalidad que favorecen este tipo de conversación que no conduce a nada. Se intercambian algunas ideas, pero en lugar de saber contenerlas, cada uno defiende su bando. O bien los pobres forman parte de tu casa, o bien muestras desprecio hacia las personas que no piensan como tú. Las ignoras. Viene a ser una y la misma cosa. El primero en sufrirlo, el primero en cargar con sus consecuencias, eres tú, y quienes están en la intimidad de tu hogar. Esa es la relación entre la guemilut jasadim (los actos de bondad) y la mujer. Les dije hace un momento que su primera prueba es la hospitalidad; pero atención: una hospitalidad que sabe guardar sus límites. Con esto cerramos, si quieren, este estudio de Shimón HaTzadik: la Torá, la avodá y luego la guemilut jasadim.

Bien, termino aquí mi clase, si tienen preguntas que hacer. —Buenas noches, tengo una pequeña pregunta que hacerle. —Sí. —Le agradezco esta clase, que me parece del todo excepcional; no hay nada que cambiar, baruj Hashem. Quería preguntarle acerca del jidush (enseñanza novedosa) que acabo de recoger de sus palabras. Usted dijo que el Séfer Bereshit lleva también el nombre de Séfer HaYashar. —Sí. —Tengo tres preguntas sobre esa afirmación. ¿Cuál es la fuente de esa afirmación, de que lleva el nombre de Séfer HaYashar? La segunda pregunta se refiere al término mismo Bereshit: contiene la palabra yashar, pero invertida, es decir, con las letras en orden inverso.

¿Por qué razón? —Perdón, no oí la segunda pregunta. —En la palabra Bereshit están las letras de la palabra yashar. —Sí. —Pero están invertidas. —Sí. —Esa era la segunda pregunta. —Pero usted habló de tres preguntas. —En cuanto a la tercera pregunta, voy a intentar encontrarla rápidamente para no hacerle esperar. La había anotado, pero no la encuentro. —Pues bien, que Bereshit presente la palabra yashar al revés es completamente normal, puesto que es… —He encontrado la tercera pregunta, Rav: ¿por qué no se llamó más bien al Séfer Bereshit Séfer Yetzirá? —Hay tres dimensiones en el Séfer Bereshit, y no solo en el Séfer Bereshit: en la Torá.

Cuando D-os crea al hombre, dice: «Creó D-os al hombre a Su imagen», «a imagen de la semejanza de Su forma». Así pues, la concepción del hombre es una beriá, una creación. La realización del hombre es una yetzirá, una formación. Y en ese momento hay dos, dos yetzarim (inclinaciones): en vayitzer, «y formó», hay dos yud, para decir que ya hay una bipolaridad en el hombre, dos tendencias: vayitzer, la yetzirá. Estamos en el mundo de la yetzirá; no estamos en el mundo de […]. Y eso —según el Maharal de Praga, el Séfer Bereshit forma en realidad un solo cuerpo con el Séfer Shemot. El Séfer Shemot, hasta la construcción del Mishkán (Tabernáculo), cierra el libro de Bereshit.

Así pues, lo que consideramos dos libros no es en realidad más que un solo libro, puesto que Bereshit —sin la creación del pueblo judío, sin la entrega de la Torá, sin el Tabernáculo, que es reflejo de la creación— no hay Bereshit. Luego Vayikrá comienza el mundo de la asiyá (acción): el sacrificio, korbán, del verbo karov, es el acercamiento de los dos mundos. Eso en lo que respecta a la Torá. Así pues, en cuanto al Séfer HaYashar, hay una opinión que querría incluso prolongarlo hasta la entrega de la Torá, y está el Séfer HaYashar: el mundo funciona según la pura lógica de las cosas, la de la integridad del hombre, y entonces habría que ponerlo al derecho.

Puede presentarse, efectivamente, de un modo deshilvanado, porque no olvidemos que para la milá, la circuncisión, que es ordenada por el Santo, bendito sea, Avraham, para practicarla, necesita la ayuda de sus compañeros, Aner y Mamré. Uno se pregunta por qué. Ah, porque la milá iba efectivamente a crear una ruptura entre él y los demás, y en eso dudaba. No dudó cuando el Santo, bendito sea, le dijo que ofreciera a su hijo en holocausto; pero cortar él mismo el lazo con los demás, eso no lo aceptó […]. Así pues, aquí el yashar, el camino recto, no funcionó […]. Tampoco funcionó para el guid hanashé, el nervio ciático.

«Por eso no comen los hijos de Israel el guid hanashé». Ahora bien, el guid hanashé es la lucha entre dos hermanos, Yaakov y Esav, por la primogenitura, y constituye una excepción a la regla del Séfer HaYashar. Por cierto, cuando uno lee el libro de Bereshit, no se hace muchas preguntas; más bien queda cautivado por el relato de esas primeras generaciones, y a veces escandalizado; pero después, el hecho de que haya un epílogo, un final feliz, eso lo hemos integrado. Lo que hemos integrado peor es la esclavitud en Egipto. Esa es la respuesta a tu pregunta, en resumen. —Muchas gracias, todá rabá. —Otra pregunta. —Sí, Rav Benizri, tengo una pregunta sobre al tarbé sijá im haishá […].

¿Por qué se dice «no multipliques la conversación con la mujer»? ¿Por qué no decir «no desahogues tu corazón con cualquiera», en lugar de con la mujer, puesto que la propia imagen también puede quedar pisoteada entre amigos? —Sí, sí, sí. En una palabra, te diría: dado que lo femenino es la joya del ser, no lo maltrates; porque si le das ocasión de maltratarte, te destruirá. Trátalo con cuidado: eso es al tarbé sijá im haishá. Y no la reduzcas a tus encantos: eso es al tarbé sijá im haishá. Y sobre todo, cuando converses con ella, sabe que con ella es otro capítulo, otro discurso. El discurso del hombre y el discurso de la mujer: se intenta asimilarlos y hacerlos entrar en un mismo molde.

Eso no funciona. Desde el punto de vista científico, sí; desde el punto de vista psicológico, no. La percepción es totalmente diferente. Y si nuestros jajamim dijeron que la mujer es la corona de su marido, entonces hay que saber llevarla sobre la cabeza. Me dirá usted que no todas las mujeres son así, señor. Hablamos de lo femenino, que es la creación última de la creación, porque la mujer, si se permitió que fuera creada, es lo sublime dentro de la creación. —¿Sabe, Rav Benizri?, quería añadir algo: hay mitzvot que son más difíciles que otras, y le aseguro que todavía hoy pienso que traer a los pobres a la propia casa no es realmente una cosa muy fácil. Sé que hay personas que cumplen esta mitzvá con facilidad, pero para otras es algo verdaderamente muy delicado para la esposa. —Ya se lo he dicho, ya se lo he dicho: hoy, en el mundo ortodoxo, las mitzvot hacia D-os, con D-os, eso es magnífico; ahí están, con su kashrut, sus jumrot (rigores) sobre jumrot. ¿Y aplican esos rigores en la relación entre el hombre y su hermano? Ahí […].

Dije que las mitzvot bein adam laMakom, entre el hombre y D-os, no exigen tanto; tomemos la oración. ¿Saben?, se cuenta que un día había un discípulo que cantaba las alabanzas de su maestro. A su amigo le decía: «¿Sabes?, mi Rav es extraordinario, es un genio, un genio». «¿Cómo es eso?». «Pues date cuenta: te está hablando, pero ya está resolviendo otra cuestión al mismo tiempo que te habla. ¿Te das cuenta?». El otro le respondió: «¿Así que eso es el genio? En ese caso, yo también soy un genio. Porque cuando empiezo mi oración, resuelvo todos los problemas que habían quedado pendientes».

En el momento mismo en que recito mi oración. Porque, en definitiva, ahí está sirviendo a D-os, pero en realidad está pensando al mismo tiempo en su dinero, está pensando en su negocio, está pensando en los pequeños problemas que dejó atrás; y eso viene, eso le trabaja la mente, de modo que uno se pregunta si, al rezar, no está más bien ocupado en resolver su problema personal. Eso es algo que no puede decirse cuando uno abre su casa a los pobres. Bien, otra pregunta. —Rav, tengo una pregunta, por favor, sobre el libro de Rut y sobre lo que ha estado diciendo acerca de la mujer. ¿Podría explicar un poco más esa frase que Naomí dirigió a Rut: «Ve y acuéstate a los pies de Boaz en la era»? ¿Qué significa todo eso?

—Bien. Evidentemente no he comentado todos los aspectos del libro de Rut. Una noche de Shavuot me pidieron que diera un estudio sobre Rut. Pasamos tres horas y apenas habíamos recorrido siete versículos de este rollo de Rut, porque el libro de Rut contiene numerosos elementos de reflexión, en particular el del yibum, el levirato. El levirato; imagínense: Yehudá no fue capaz de cumplir esta mitzvá del yibum. Con Tamar se negó: dio su segundo hijo a Tamar, pero el tercero no quiere darlo, porque dice que no; e incluso los otros hijos no lo quieren: no quieren que el niño lleve el nombre del difunto. No, no queremos esto; no queremos ocupar el lugar de nuestro hermano. Ahora bien, la idea del yibum en la familia —tal como están hoy las cosas, el yibum ya no existe, ¿saben?; desde […] practicamos la jalitzá. ¿Por qué? Para cortar el lazo entre los hermanos en el caso en que un hermano muere sin dejar hijos. ¿Por qué? Porque no todo el mundo puede ajustarse a ello. Pero hay en la idea del yibum la voluntad de dar cuerpo a esa entrega de sí en nombre de la familia que queremos construir.

Ahora bien, no olviden que Rut es una extranjera. Rut no va a ser aceptada en la sociedad, porque todo el mundo dice: «No entrará el amonita ni el moabita en la congregación de Hashem», y se toman las cosas al pie de la letra: se rechaza a todo extranjero. Y muchas familias se han desintegrado a causa de la introducción en la familia de un elemento extranjero que no fue integrado o que no pudo integrarse. Bueno, no vamos a entrar en este problema de la conversión; pero Rut, de algún modo, quiere entrar en el pueblo judío desafiando la ley. ¿Qué le importa la ley que prohibía al amonita o al moabita entrar en la congregación? «Yo la desafío» […]. Pero para ello debe dar prueba de que es capaz de pagar con su propia persona. Y lo hizo con ese espíritu. Con ese espíritu.

Y en suma, es el yibum que Yehudá rechazó el que es retomado por Rut, Rut que se convierte en cierto modo en la ahijada de Tamar. Porque el yibum que se practica aquí no es el de un hermano; es el de un pariente cercano. Él —Boaz— era anciano; murió el mismo día de su boda —de su segunda boda, puesto que su mujer acababa de morir y él ya era muy anciano—. Bien. ¿Otra pregunta?