Pirké Avot, 5.ª parte: servir sin esperar recompensa

par le Rav Raphaël Benizri

Esta quinta sesión sobre los Pirké Avot (la Ética de los Padres) está dedicada por entero a una sola mishná, la de Antígonos de Sojó: no seáis como siervos que sirven a su amo con miras a una compensación, sino como siervos que sirven sin esperar nada, y que el temor del Cielo esté sobre vosotros. El Rav Raphaël Benizri parte de una objeción frontal: la Torá sí promete recompensas, y hasta el respeto a los padres lleva consigo una promesa. La pregunta de la clase es, pues, en qué nivel se sitúa esta gratuidad, y qué cambia la segunda mitad de la frase, aquella que tan a menudo se entiende mal.

La clase sitúa primero a su autor: un nombre griego, una época en la que el judaísmo y el helenismo coexisten, un hombre de Sojó que recibió la tradición de Shimón HaTzadik (Shimón el Justo) y del que no nos queda más que esta única sentencia. El Rav lo describe como un jasid, el que actúa más allá de lo que exige la justicia, y no como un justo en sentido estricto.

Opone después dos figuras —Joni, que traza un círculo y exige la lluvia, y Janina ben Dosa, que rechaza todo milagro y vive en la pobreza—, luego lee la fórmula a través de la relación de padre a hijo y de la de amo a siervo, antes de examinar lo que hicieron de esta mishná los dos discípulos de Antígonos. Las preguntas del público versan sobre el amor, sobre la jerarquía de los títulos rabínicos y sobre los hacedores de milagros.

Lo que enseña esta clase

El nombre mismo de Antígonos habla de una época. Es un nombre griego, señal de que el judaísmo y el helenismo conviven ya con cierta armonía. Es un hombre distinguido de la comarca de Sojó, y recibió la tradición de Shimón HaTzadik (Shimón el Justo). Enseñaba a no ser como esos siervos que se ponen al servicio de su amo con miras a una recompensa, aunque la palabra empleada designa más bien una compensación, y habrá que ver por qué eso importa.

La noción de siervo no nos abandona. Fuimos siervos del Faraón en Egipto y ahora somos siervos de D-os. Hemos renunciado a nuestro libre albedrío, pero conscientemente, y lo que da valor a esta elección es que no esperamos nada de este servicio. Sin embargo, el texto concluye con una fórmula que no sabemos bien cómo entender: que el temor del Cielo esté sobre vosotros. De este hombre no nos queda más que una sola sentencia, y eso lo define. Es un eslabón de la tradición oral, pero lo único que comprendemos de él es esto: es un jasid y no un justo. El jasid es el que actúa más allá de lo que exige la justicia. Recibió de Shimón, que era el justo; él es el piadoso.

Pero la Torá promete recompensas, y no solo para más adelante. Si guardáis Mis leyes, las lluvias vendrán a su tiempo, la tierra dará sus frutos, habitaréis en paz y los enemigos serán expulsados de vuestras fronteras. El propio respeto a los padres, que no necesitaba motivación alguna, lleva consigo una promesa de largura de días en el segundo Decálogo, y una promesa de bienestar en otro lugar. El segundo párrafo del Shemá promete la lluvia, el aceite, el trigo y el vino, y lo contrario en caso de incumplimiento. Existe, pues, una relación real entre el mandamiento y su recompensa inmediata.

La distinción se establece entre lo individual y lo colectivo. Cuando los sabios afirman que no hay salario por los mandamientos en este mundo, es porque no se puede compensar un valor espiritual con un goce material fugaz y decepcionante: para el individuo, el valor solo está en el mundo venidero. Para el colectivo de Israel sí hay una respuesta inmediata, y ahí interviene la otra palabra, la que designa el salario y no la compensación. Ese salario compromete a todas las generaciones: o bien estamos asentados en la tierra y gozamos de sus frutos y de la paz, o bien la tierra vomita a sus habitantes y somos dispersados, objeto de persecución y de odio. El Decálogo ya advierte que la falta pasa de generación en generación. Se dice que el pecado de la primera generación se imputa a la segunda, la tercera y la cuarta, pero eso vale en el plano colectivo. En el plano individual, cada uno es responsable de sus buenas acciones y de sus fechorías, y es D-os quien decide el momento en que interviene la justicia.

La finalidad del mandamiento es el mandamiento mismo. La alegría que se recoge al cumplirlo basta por sí sola. Shimón HaTzadik había enseñado que el mundo descansa sobre tres columnas: en la Torá buscamos el conocimiento; en los actos de bondad hay una dependencia querida, puesto que nadie puede prescindir de los demás. El problema se plantea únicamente en la relación del hombre con D-os, y hay que saber si se concibe a la manera del padre y el hijo o a la del amo y el siervo. En Rosh Hashaná nos dirigimos a Él de ambas maneras a la vez. Avinu Malkenu, Padre nuestro, Rey nuestro: cuando es nuestro Rey, somos Sus súbditos; cuando es nuestro Padre, somos Sus hijos. Son dos relaciones totalmente distintas, y la tradición las ha puesto de relieve mediante relatos.

Joni traza un círculo y se niega a salir de él. La comunidad le había pedido que rezara por la lluvia; él se encierra en un círculo y declara que no se moverá de allí mientras no se atienda su petición. La lluvia cae gota a gota: insuficiente. Cae a raudales: destruirá las plantas. Y por fin obtiene lluvias de bendición. Shimón ben Shetaj le dice entonces que, si no se comportara con D-os como un hijo, lo habría excomulgado; pero qué hacer, si te acurrucas contra Él como un niño y Él escucha tu plegaria. Lo que Joni pide es la ruptura de las leyes de la naturaleza. El círculo que traza quiere decir: Tú has fijado leyes inmutables, y yo no me muevo mientras no rompas este círculo y obres un milagro. Es exactamente lo que hacemos cuando pedimos a otros que recen en nuestro nombre por un enfermo, por un hijo que esperamos, por una situación difícil. Esa plegaria está justificada, y lo que esperamos está más allá de la justicia: algo gratuito, como lo indica el nombre mismo de Joni.

En el polo opuesto, Janina ben Dosa no quiere milagros. Vive en la pobreza absoluta. Se cuenta que su mujer, la víspera de Shabat, encendía el horno con unas ramitas para que saliera humo y se creyera que estaba preparando la comida. Un día una vecina malintencionada entró a comprobarlo y encontró el horno lleno de pan: la que temía quedar en evidencia se convirtió en objeto de bendición. Él, sin embargo, se contentaba con un puñado de algarrobas de un Shabat al otro, porque se negaba a vincular su servicio a nada concreto.

La Torá plantea los dos parámetros del amor y del temor. Temer a D-os y servirle, amar a D-os y servirle: el amor es la vía del hijo, el temor la del siervo. ¿Cómo unir ambos? Los antiguos libros de oraciones escribían el Nombre divino con dos letras idénticas, y la gente se preguntaba por qué. La respuesta es que la primera pertenece al Nombre que expresa el ser y el amor, en la base de la creación, y la segunda al Nombre que expresa al Amo. Al entrelazarlos se obtiene lo que sugieren los sabios: regocijaos con temblor. El amor no debe convertirse en familiaridad, una familiaridad que a veces roza la vulgaridad, una manera desenfadada de hablar con lo divino, porque un hijo se permite con sus padres lo que no se permitiría ante un rey. Son ambos juntos los que constituyen el verdadero servicio.

Varios exégetas han leído la mishná como un llamado al amor. No sirváis esperando un salario; servid por amor, sin esperar nada. Ahora bien, amar es querer complacer a quien se ama: se trata entonces de que nuestro servicio sea aceptado. Pero quienes optaron por esta lectura se sentían incómodos con la palabra «siervos». Olvidaban que servir a un maestro vale más que recibir su enseñanza, porque es ahí donde la teoría se confronta con la realidad de la vida, donde se produce una adaptación y donde aparece la voluntad de superar la letra mediante el espíritu.

La ley que sigue inmediatamente al Decálogo trata del siervo hebreo. No es casualidad: en el Sinaí fuimos obligados a adoptar la Ley. Y si la Torá habla primero de ese siervo en particular, es para poner de relieve que al cabo de seis años recupera su libertad, como el mundo la recupera en Shabat. Esa noción de un siervo que tendría un amo humano debe abolirse: no hay servidumbre sino hacia D-os, puesto que está dicho que el pueblo Le pertenece como un siervo. Decimos «mis señores» y no «mi señor». La palabra con la que nombramos a D-os está en plural, y no es un descuido: nos referimos a la vez al D-os de la creación y al de la revelación, a la ley física y a la ley moral, y los asociamos en este atributo. La dependencia de la que se trata es una relación estrecha, en primera persona, no una generalidad.

El temor del que se habla es el que se le reconoció a Avraham. Es después de haber aceptado poner a su hijo sobre el altar, por la salvación de la humanidad entera, cuando se dice de él que teme a D-os, y ya no que Lo ama. Ahora bien, Itzjak lleva en su nombre un límite, pero un límite vivo: un ciclo que engendra otro hasta el infinito. Así sobrevive el pueblo en todas las épocas. Y esa es la respuesta que Antígonos opone a la filosofía griega de su tiempo: la filosofía solo trata de generalidades, mientras que esto no es una filosofía sino una vivencia.

Servir sin compensación no condena a quien la espera. El Talmud lo dice: quien da caridad para que su hijo sane, quien estudia para llegar a ser maestro, quien reza para ser rico: el cumplimiento sigue siendo válido, la finalidad del mandamiento permanece. Simplemente, no es el ideal. El Maharal insiste en la repetición de la fórmula, y Maimónides recuerda que no se puede llevar a un niño a estudiar sin prometerle algo a cambio: cuando el hombre está aún apegado a la vida material, más vale educarlo así, con promesas adaptadas a su nivel y con el temor al castigo.

Antígonos tenía dos discípulos, y sacaron de él la conclusión inversa. Tzadok estuvo a la cabeza del movimiento de los saduceos, que no reconoció la existencia del mundo venidero y rechazó la idea de la resurrección: si no hay nada que esperar, ¿para qué seguir sirviendo? Junto con Baitós rechazarán también el principio de la ley oral. Ahora bien, si servir importa más que estudiar, esa práctica no conducía, según ellos, a nada, y más valía construir al hombre en lo que es. La distinción con la filosofía es aquí fundamental. Una filosofía sostuvo que, si D-os no existe, el hombre no vale nada y el mundo da náusea; Sartre fue uno de sus defensores. Nosotros decimos, por el contrario, que si D-os existe, el hombre a Su lado no puede sino servir a Su proyecto, y que debe por tanto consagrarse a Su palabra y a Sus preceptos. Ese es el sentido de la conclusión de la mishná.

El temor al pecado debe preceder a la sabiduría. La única enseñanza que nos queda de Janina ben Dosa lo dice: aquel cuyo temor al pecado precede a su sabiduría, su sabiduría perdura; si no, no perdura. Porque está dicho que hay una sabiduría compartida con las naciones, y esa no puede gozar de ninguna consideración particular. Lo que se espera es este servicio desinteresado y este temor del Cielo. El temor del Cielo es una tercera dimensión. Existe el temor al castigo, existe el temor a la falta, y existe este: el temor de lo sublime. Por mucho que queramos reducirlo todo a lo racional, quien es consciente de la omnipresencia de D-os y de Su cercanía se convierte en objeto de una revelación. El relato de Pésaj dice, por cierto, que el gran temor es la revelación de la Presencia divina. Y eso se traduce en una alegría permanente: el animal goza, tiene momentos de satisfacción y de placer que se le ofrecen; la alegría del siervo de D-os no es la que se ahoga en los placeres, sino la que le hace sentir una presencia y una providencia a lo largo de todo el camino.

Nada se pierde, y eso es lo que explica la supervivencia. El camino es arduo, lleno de trampas y de pruebas. Pero en el plano colectivo, aunque como individuos no tengamos las satisfacciones esperadas, eso nunca se pierde: se suma. Eso es lo que hace que sigamos, contra viento y marea, sobreviviendo a todas las desgracias y hasta en la dispersión, con fuerzas considerablemente reducidas, y que logremos a pesar de todo transmitir. Nuestra fuerza reside precisamente en no haber buscado nunca una compensación inmediata. El castigo solo existe con miras a una mejora. La parashá de las amonestaciones lleva un nombre que viene de la palabra «prueba»: son las virtudes de que disponemos las que allí quedan atestiguadas. El castigo nunca es un fin; apunta a una recreación, a una reconstitución del ser. Ese es, en cierto modo, el genio de este pueblo.

A la pregunta de si D-os necesita nuestro amor, la respuesta es que necesita asociarnos. No necesita nada: no Le interesa que comáis kasher o no; eso solo os interesa a vosotros mismos, en la medida en que buscáis un medio de superar vuestras debilidades y se os da un código para ayudaros. Él permanece fuera de nuestro alcance y, sin embargo, esta enseñanza debe llevarse a todo el mundo, a edades diferentes, como se hace con los hijos: a cada uno su ración. Somos Sus portavoces, y constituimos en nosotros mismos un mosaico de todos los demás pueblos: si logramos mostrar que ese mosaico puede formar un hermoso conjunto, esa será la lección ofrecida a todas las naciones.

Hay una jerarquía de títulos, y en la cima ya no hay ninguno. Primero está el maestro frente a su alumno, luego aquel a quien el alumno ha adoptado y al que se remite, luego el que es maestro de toda una comunidad que se reconoce en él. Pero cuando se convierte en la referencia para la humanidad entera, ya ni siquiera tiene título: basta su nombre.

Recurrir a los milagros tiene sus inconvenientes. Preguntado por los hacedores de milagros, el Rav dice haberse referido deliberadamente a Joni y no a figuras más cercanas. Son hombres que, para salvar a alguien, aceptaron sacrificar una parte de sí mismos: así el Baal Shem Tov, que, no encontrando un etrog antes de Sucot, lo obtuvo de un hombre que solo aceptó cederlo a cambio de su parte en el mundo venidero, y que ese día bailó con mayor alegría todavía, al tener por fin la prueba de que no servía por interés alguno. Un descendiente de Joni murió por haberse negado. Se le pedía que rezara para que un hermano triunfara sobre el otro; sabiendo que, al rezar por uno, pondría al otro en dificultades, se negó, y el pueblo lo lapidó. Recurrir al milagro fomenta la pereza de espíritu y una regresión de la espiritualidad. Porque la recompensa sirve para permitir un logro más, para realizarse todavía más: quien obtuvo lo que quería obtuvo eso, y nada más. Por eso Shimón ben Shetaj no aceptó que se exigiera la lluvia de esa manera: le correspondía al pueblo cuestionarse, multiplicar sus plegarias y hacerse merecedor, y no ponerse en manos de un solo hombre.

Transcripción completa de la clase

Antígonos: ya un nombre griego, lo que nos dice que estamos en una época en la que el judaísmo y el helenismo viven en cierta armonía. Ish Sojó: es un hombre, un hombre distinguido de la comarca de Sojó, que se encontraba en el territorio de Yehudá. Fue él quien recibió la tradición de Shimón HaTzadik, y enseñaba: «No seáis como siervos que sirven a su amo para recibir una recompensa». En realidad, la palabra pras suele traducirse por «recompensa», pero significa más bien «compensación», porque la palabra hebrea para recompensa es sajar. Veremos por qué eso es importante. «No seáis como siervos que sirven a su amo para recibir pras», sino sed como siervos: siervos, siempre siervos.

Atención: esta noción de éved (siervo) no nos abandona. «Fuimos esclavos del Faraón en Egipto», y ahora somos siervos de Hashem, siervos del Eterno. Hemos renunciado a nuestro libre albedrío, pero conscientemente […], y lo que en cierto modo da valor a nuestra elección es que no esperamos nada de este servicio divino. Pero el texto concluye: vihí mora shamáyim alejem, «y que el temor del Cielo esté sobre vosotros». No se sabe qué quiere significar este final; en Avot de-Rabí Natán se completa con las palabras «para que vuestra recompensa sea doble en el mundo venidero». Esta es, pues, la enseñanza de Antígonos de Sojó, que no nos dejó otra enseñanza que esta, aunque sea un eslabón de la tradición oral. Pero lo comprendemos: es sencillamente un jasid y no un tzadik. Un jasid es el que hace las cosas lifnim mishurat hadín, más allá de lo que exige la justicia. Kibel miShimón HaTzadik: recibió, pues, de Shimón HaTzadik; Shimón era el tzadik, el justo; él es el jasid, el piadoso.

Entonces, ¿qué nos enseñan: que no hay nada que esperar del servicio de D-os? ¿Es eso posible? La Torá habla de un salario reservado al justo, y no en un mundo futuro, sino en lo inmediato mismo. Atención: «Si andáis en Mis leyes… daré vuestras lluvias a su tiempo, y la tierra dará su fruto», habitaréis en vuestra tierra en paz, expulsaré a todos vuestros enemigos de vuestras fronteras. Y sabemos muy bien que incluso el respeto a los padres, que no necesitaba ser motivado por una recompensa, lleva las palabras: «Honra a tu padre y a tu madre… para que se prolonguen tus días y para que te vaya bien»; eso está en el segundo Decálogo. Y en el segundo párrafo del Shemá, lo sabéis también: si mostráis amor a D-os, «daré la lluvia de vuestra tierra a su tiempo», y recogerás tu trigo, tu vino y tu aceite; pero si no obedecéis Mis mandamientos, «cerrará los cielos y no habrá lluvia, y la tierra no dará su fruto» (Devarim 11:17).

Así pues, sin pasar revista a todos los textos, existe realmente una relación entre la mitzvá y su recompensa inmediata. Pero hay que hacer una distinción. Cuando los sabios afirman que no hay salario por las mitzvot en este mundo, es porque ¿cómo se podría compensar un valor espiritual con una compensación material, con un goce material que es fugaz, que es deprimente? Ciertamente, el cumplimiento de las mitzvot solo tiene valor en el mundo venidero. Pero eso concierne al individuo. Para el individuo no hay salario por las mitzvot en este mundo. Para el colectivo de Israel, sí, hay, si se quiere, una respuesta inmediata, un salario; y aquí interviene la palabra sajar y no pras. Y ese sajar compromete a todas las generaciones. Por eso, o bien estamos asentados en la tierra y gozamos de los frutos de la tierra y de la paz en nuestras fronteras, o bien, D-os no lo quiera, la tierra vomita a sus habitantes y somos dispersados entre mil naciones, objeto de persecución y de odio. Y aquí el texto nos advierte, ya en el Decálogo, que el pecado pasa de generación en generación y que D-os imputa el pecado de la primera generación a la segunda, la tercera y la cuarta; pero eso es en el plano colectivo. En el plano individual,

cada uno es responsable de sus buenas acciones y de sus fechorías; pero es D-os quien decide cuándo interviene efectivamente la justicia. Hay, pues, si queréis, una justicia divina que se cumple, y que hay que merecer; pero está también lo que nos enseña Antígonos en el plano individual. Atención: la finalidad de la mitzvá es la mitzvá misma; la alegría que recogemos al cumplirla basta por sí sola. Sabéis muy bien que, hasta ahora, Shimón HaTzadik nos ha enseñado que el mundo descansa sobre tres columnas. Hemos visto la Torá por un lado: en la Torá buscamos, en efecto, el conocimiento. En guemilut jasadim (los actos de bondad) existe esa dependencia querida, porque nadie puede prescindir de los demás. El problema se plantea sencillamente en la relación del hombre con D-os. En esta relación del hombre con D-os, ¿cómo hemos de concebirla? ¿Es en la perspectiva de avot uvanim, padre e hijo, o de adón veéved, amo y siervo?

En Rosh Hashaná decimos Hayom harat olam, «Hoy fue concebido el mundo», y es el día del juicio, «ya sea como hijos, ya sea como siervos». Es decir, nos dirigimos a Él como hijos o como siervos: Avinu Malkenu, Él es a la vez nuestro Padre y nuestro Rey. Cuando es nuestro Rey, somos Sus súbditos. Cuando es nuestro Padre, somos Sus hijos. Y son dos relaciones totalmente distintas, que han sido puestas de relieve mediante el relato. Lo sabéis, recordáis esa agadá de Joni, a quien la comunidad, en un tiempo de angustia, pidió que rezara por la lluvia. Trazó un círculo a su alrededor, se metió dentro y dijo a D-os: no me moveré de aquí si no respondes a mi petición y das la lluvia inmediatamente.

Entonces la lluvia empezó poco a poco, gota a gota, y él dijo: no, no es suficiente. Luego cayó a raudales, y dijo: no, esto va a destruir las plantas. Y finalmente obtuvo lluvias de bendición. Entonces Shimón ben Shetaj, el «lituano» de la época, dijo a Joni HaMeaguel: si no te estuvieras comportando con el Santo, bendito sea, como un hijo, te habría excomulgado. Pero ¿qué puedo hacer contigo, que te comportas como un niño mimado ante el Omnipresente? Dichosa la madre que te dio a luz, pues no tienes más que echarte a Su cuello y Él escucha tu plegaria. Se repiten dos o tres historias parecidas, y Joni HaMeaguel apela al milagro: pide un cambio inmediato de las leyes de la naturaleza.

Si traza círculos a su alrededor, es para decir a D-os: Tú has fijado leyes inmutables; pues bien, yo he decidido no moverme de donde estoy mientras no rompas el círculo infernal de esas leyes y no obres un milagro. Creo que establecemos de inmediato la relación con las plegarias que pedimos a otros que eleven por nosotros al Santo, bendito sea: por un enfermo, por un hijo que esperamos, por una situación difícil, sobre todo en esta época, ¿no es así? Esa plegaria está justificada, y esperamos algo que está más allá de la justicia, como lo indica el propio nombre de Joni: algo gratuito. Y en el polo opuesto a Joni HaMeaguel está Janina ben Dosa. Janina ben Dosa no quiere milagros; vive en la pobreza absoluta. Se cuenta que su mujer, la víspera de Shabat, encendía el fuego y ponía unas ramitas de leña para que saliera humo y pareciera que estaba preparando el Shabat. Pero tenía una vecina malvada que un día se dijo: «¡Pero si no tienen nada! Voy a ver qué está preparando». Entra, y ve que, efectivamente, el horno está lleno de pan. Y la mujer de Rabí Janina ben Dosa, que asiste a esto y que pensaba que iba a quedar avergonzada y perder la cara ante su vecina, se convierte en objeto de bendición. Pero el gran Rabí Janina ben Dosa, en su pobreza, no quiere saber nada de ello: le basta un puñado de algarrobas, meérev Shabat leérev Shabat, de una víspera de Shabat a la siguiente.

¿Por qué? Porque se niega a vincular su servicio divino a nada concreto. Entonces, ¿qué hacer con esta sentencia? ¿Cómo interpretar esta sentencia de Antígonos de Sojó? En realidad, la Torá plantea los dos parámetros del amor y del temor: temer al Eterno vuestro D-os y servirle; amar al Eterno vuestro D-os y servirle. El amor es la vía de un hijo; el temor es la del siervo. ¿Cómo unir el amor y el temor, ahavá y yirá? Sabéis que en los libros de oraciones de antes el Nombre divino se escribía con dos yud, y la gente se preguntaba, y se sigue preguntando, por qué estas dos yud venían a reemplazar el Nombre divino en el libro de oraciones.

Y la respuesta es que la primera yud es la yud del Nombre que expresa el ser, el amor: en la base de la creación está, ante todo, el amor. Y la última yud es la yud del Nombre de Señorío, alef-dálet-nun-yud, que significa «el Amo»; termina con una yud. Así, cuando entrelazamos el Nombre del ser con el Nombre del señorío, tenemos una yud primera, que pertenece a uno de los Nombres, y una yud última, que pertenece al otro. Y, en suma, lo que sugieren nuestros sabios es, en efecto, guilú biradá, «regocijaos con temblor»: que ese amor no se transforme en familiaridad, rayana a veces en la vulgaridad,

una manera desenfadada de hablar con lo divino. Porque un hijo se permite mucho con sus padres que no se permitiría ante un rey. Y son ambos, asociados, los que constituyen el verdadero servicio divino. Volvamos ahora a Antígonos de Sojó y a su «no para recibir una recompensa». Varios exégetas supusieron que Antígonos quiso decir: no seáis como esclavos que sirven a D-os esperando un salario; servidle por amor, sin esperar nada. Ahora bien, por amor, lo que se quiere es complacer a la persona amada. Pues bien, hay que procurar que nuestro servicio sea aceptable, que halle gracia ante el Eterno.

Quienes optaron por esta interpretación se sentían incómodos con la noción de «siervo». Sin embargo, «mayor es el servicio de la Torá que su estudio»: servir a un maestro es más grande que la enseñanza que se recoge junto a él. Porque ahí la enseñanza se confronta con la realidad de la vida. Hay muchas cosas que aprender; se produce una adaptación, y hay incluso una voluntad de superar la letra mediante el espíritu. Así pues, quienes dejaron de lado ese amor al que supuestamente se referiría Antígonos, puesto que él no habla de él, pusieron el acento en avadim, siervos. Somos avadim, somos siervos. En efecto, fuimos obligados en el monte Sinaí a tomar la Ley, a adoptarla; de lo contrario, puede decirse, ese monte Sinaí iba a sepultarnos. Y esa es la razón por la cual la primera ley que viene después del Decálogo es ki tikné éved ivrí, «cuando adquieras un siervo hebreo». ¿Acaso la Torá no tenía otra cosa de que hablar que del siervo hebreo? No: era para poner de relieve que ese siervo, del mismo modo que el mundo recupera en Shabat la libertad de ser, también él: seis años trabajará, y en el séptimo deberá recuperar su libertad. Porque esa noción de ser siervo de un siervo hay que abolirla: no hay más que siervos de Hashem.

«Pues los hijos de Israel son siervos Míos; son Mis siervos»: Mi pueblo Israel Me pertenece como un siervo. Y fijaos en que aquí hablamos en primera persona del plural, como lo hace el propio texto. No hay generalidad; hay una dependencia, una relación estrecha entre D-os y Su siervo. Él es el Adón, el Amo. Esa es, por cierto, la razón por la cual decimos, no sé si os habéis parado a pensarlo, A-donay: «mis señores», no «mi señor», porque si fuera «mi señor» habría dicho Adoní. Pero, puesto que nos referimos a la vez al D-os de la creación y al D-os de la revelación, al D-os de la ley física y al D-os de la ley moral, los asociamos en el atributo de A-donay, en plural. Así pues, esta noción de éved se nos pega a la piel; pero el hecho de haber sido elegidos para servir la causa que servimos basta por sí mismo. El profesor Leibowitz tomó como referencia de yirat Hashem, el temor de D-os, aquel que se atribuyó a Avraham después de haber aceptado poner sobre el altar a su hijo único, Itzjak, y ello por la salvación de la humanidad entera.

Ahora bien, conocemos la Akedá de Itzjak, que evocamos en favor de la descendencia. Sabemos muy bien que Itzjak es ketz jai: ketz significa un límite, pero es un límite vivo, es decir, un ciclo que engendra otro ciclo hasta el infinito. Así sobrevive el pueblo judío en todas las épocas. Y esta es la respuesta que Antígonos opone aquí a la filosofía griega de la época: la filosofía solo trata de generalidades; lo nuestro no es una filosofía, es una vivencia. Y esa vivencia con D-os la llevamos con el único deseo de servir una causa que está lifnim mishurat hadín, más allá de las leyes estrictas de la justicia; y, por consiguiente, no buscamos compensaciones inmediatas. Eso no quiere decir, como señala el Talmud, que quien da caridad para que sane su hijo, o quien estudia para que lo llamen «Rabí», o quien reza para ser rico [haya de ser rechazado]: el cumplimiento de la mitzvá en sí, la finalidad de la mitzvá, sigue siendo válido. No por ello se rechaza; pero no es el ideal. Eso es lo que nos dice, y por eso se repite, y el Maharal insiste en ello: lo dice dos veces. Al tihyú kaavadim hameshamshín et harav al menat lekabel pras, «No seáis como siervos que sirven a su amo esperando una recompensa». El Rambam dice aquí: atención, a un niño no podéis decirle «estudia esto» o «haz aquello» sin prometerle algo a cambio.

Cuando el hombre es todavía pequeño y está apegado a la vida material, más vale educarlo de esa manera, prometiéndole dulces, juegos, y más tarde otras recompensas a su nivel; y habría que blandir ante él también el temor al castigo. Pero no es eso lo más importante. Lo más importante es la segunda frase, y la segunda frase es el temor al pecado, el temor a transgredir. Y por esa razón dice: si queréis pasar a un estadio superior, heyú kaavadim hameshamshín et harav shelo al menat lekabel pras: sed, pues, como siervos que no esperan nada a cambio. Pero él mismo se dio cuenta de que había aquí una dificultad, un peligro.

De hecho, Antígonos de Sojó tuvo dos discípulos, Tzadok y Baitós. Tzadok estuvo a la cabeza del movimiento saduceo, como su nombre indica: un movimiento que no reconoció la existencia del Olam Habá, el mundo venidero, que rechazó la idea de la tejiyat hametim, la resurrección de los muertos, y que se dijo: […] no hay nada, no hay nada que esperar; entonces, ¿para qué seguir sirviendo? Son, en suma, las primicias del cristianismo, que comienzan con Tzadok y Baitós, puesto que más tarde […], dado que rechazarán la Ley, el principio de la ley oral. Ahora bien, aquí hemos dicho que servir es más importante que estudiar, y para ellos esa práctica no conducía a nada; más valía construir al hombre en lo que es. Y aquí hay, en efecto, una distinción fundamental con la filosofía en su conjunto, a saber, la que dice: si D-os no existe, el hombre no vale nada, el mundo da náusea. Sartre fue un defensor de esta filosofía. Nosotros, por el contrario, decimos: si D-os existe, el hombre a Su lado no puede sino servir a Su proyecto. Y, por consiguiente, debe consagrarse a Su palabra, a Sus preceptos: eso es vihí mora shamáyim alejem. Esa es la conclusión de la enseñanza: si verdaderamente, verdaderamente seguís este camino y lo adoptáis, como lo hizo Janina ben Dosa, de quien la única enseñanza que nos ha quedado es «Todo aquel cuyo temor al pecado precede a su sabiduría, su sabiduría perdura»: todo aquel en quien el temor al pecado, a la desviación, precede a su ciencia, a su sabiduría, entonces su jojmá tiene un fundamento; de lo contrario, la jojmá [no perdura]. Porque decimos: «Cree que hay sabiduría entre las naciones»; una sabiduría que se compartiría incluso con las demás naciones no puede gozar de ninguna consideración especial, porque lo que se espera de este servicio desinteresado es vihí mora shamáyim alejem.

En la Hagadá de Pésaj decimos: «»Y con gran temor»: esta es la revelación de la Shejiná». El temor de D-os es la revelación de Su Presencia divina. Entonces, ¿qué quiere decir vihí mora shamáyim alejem? Es una tercera dimensión de la yirá. Hemos visto la yirat haónesh, el temor al castigo; hemos visto la yirat jet, el temor al pecado. Y la tercera dimensión es el temor de lo sublime, de ese sublime que nos mira. Porque, por mucho que queramos reducirlo todo a lo racional, y hay momentos en que llegamos a formular deseos, a rezar, a esperar, quien es consciente de esa omnipresencia de D-os, de Su cercanía, vihí mora shamáyim alejem, se convierte en objeto de una revelación. Y es una alegría permanente, una alegría permanente; eso es lo que caracteriza al hombre. El animal goza; tiene momentos de satisfacción, de placer que se le ofrece. Pero el siervo de D-os, su simjá, su alegría, no es la que se ahoga en los placeres de la vida, sino la que le hace sentir una presencia, una hashgajá, una providencia, a lo largo de todo su camino. El camino es arduo. Hay muchas, muchas trampas, muchas pruebas.

Pero en el plano colectivo, en el porvenir del pueblo en su conjunto, aunque nosotros mismos como individuos no tengamos las satisfacciones esperadas, eso nunca se pierde: se suma. Y eso es lo que hace que sigamos, contra viento y marea, sobreviviendo a todas las desgracias, incluso en la dispersión, aun cuando nuestras fuerzas están reducidas, considerablemente. Logramos, a pesar de todo, transmitir, porque lo que buscamos entregar es esa fe abrahámica de la que se dice: «Ahora sé que eres temeroso de D-os», cuando Avraham oyó de boca de D-os que era yeré Hashem, temeroso de D-os, y ya no «Avraham, el que Me ama», ya no Avraham que ama a D-os, cuando llevó su ofrenda y puso a su hijo sobre el altar […]. Nosotros hemos puesto sobre el altar no a un solo hijo, sino a muchos hijos […]. Pero nuestra fuerza reside en que nunca hemos buscado una compensación inmediata […].

Hemos seguido sirviendo a la humanidad [sin] alimentar el odio ni los sentimientos de venganza. Sabéis que […] las [bendiciones] del pueblo judío se expresan también en forma de maldiciones. A esta parashá se la llama tojajá, amonestación; tojajá, la palabra que designa la amonestación, tiene su origen en la palabra hojajá, prueba: si se quiere, la prueba de las virtudes de que disponemos. […] Una dispersión, una pérdida de energía, nunca tiene por fin un castigo. El castigo solo existe con miras a una mejora del ser, a una recreación, a una reconstitución, y ese es, en cierto modo, el genio del pueblo de Israel. Me detengo aquí y os dejo unos minutos para vuestras preguntas.

—Buenas tardes, señor Benizri. Éric Slupovsky. Le agradezco su clase. Quisiera simplemente hacer un pequeño comentario sobre la clase de la sesión pasada, porque pude verla en diferido gracias al sitio web de la Maison de la Culture Juive. Y quisiera agradecerle mucho sus clases, que realmente nos marcan y nos resultan muy interesantes. Pero quisiera agradecerle también un mensaje que nos transmite, a veces directamente y a veces entre líneas: un humanismo, una apertura al otro y el respeto hacia él, que lamentablemente tanto falta hoy en las autoridades religiosas de Israel, o incluso en los partidos políticos religiosos que conocemos. Es deplorable ver cómo a veces esos partidos o esas autoridades rabínicas se comportan con los judíos etíopes, los falashas y los falash mura, o con los extranjeros que vienen a pedir asilo entre nosotros.

Y eso me hace mucho daño. Y su discurso me acerca a un judaísmo del que esas autoridades me han alejado desde hace décadas. Dicho esto, quería plantearle una pregunta relacionada con algo que ha dicho esta noche, a saber, que la creación es amor. En ese sentido, es evidente que a todos nos mueve el amor. Pero ¿de qué manera D-os, Él, necesita el amor de los hombres, o de qué manera necesita darnos amor? Él es D-os; no está en una relación en la que necesite algo o necesite dar algo. ¿Cómo podría responder a esto? —D-os necesita asociarnos. No necesita nada. Por lo demás, a D-os no Le interesa que comáis kasher o que no comáis kasher; eso solo os interesa a vosotros mismos. En la medida en que, en realidad, buscáis un medio de superar vuestras debilidades, entonces se os da un código para ayudaros. Ahora bien, del mismo modo que D-os permanece lejos del alcance de todo hombre, hay que llevar esta enseñanza a todo el mundo, pero a edades diferentes, como hacemos con nuestros hijos: a cada niño su porción, su ración […]; no se puede reducir totalmente a eso. Dar esta enseñanza de un D-os trascendente a un niño que, por su parte, quiere algo concreto, algo que se adhiera a la realidad: pues bien, esa es precisamente nuestra situación en el mundo con respecto al resto de la humanidad.

D-os es el Creador de todo el universo; ama a todas Sus criaturas y las trajo al mundo. Y quiere, en efecto, que seamos Sus portavoces. En cuanto tales, fuimos elegidos, y constituimos en nosotros mismos un mosaico de todos los demás pueblos. Mirad a este pueblo hoy, que se encuentra con un mosaico de culturas de las diferentes regiones de las que procede. Sería maravilloso que lográramos mostrar que ese mosaico es capaz de formar un hermoso conjunto filarmónico. Pues bien, a todas las naciones del mundo les tocará sacar la lección. —Sí. Sí. Todavía queda mucho trabajo por hacer. —Mire, no es suficiente. No se hace en un día.

[…] Hemos avanzado mucho hasta aquí. Incluso a quienes nos combaten les hemos dado la vida. —Sí, yo creo que es realmente una muy, muy hermosa lección de humanismo, como usted siempre nos ha enseñado, señor Benizri. Recuerdo que la palabra que volvía siempre en sus clases era la palabra «trascendencia», hablando de trascendencia y del comportamiento de cada hombre, hacia los demás y hacia sí mismo. Eso es lo que retengo de todos estos años de estudio: una forma de trascendencia del hombre en su comportamiento. Y creo que, todavía hoy, siempre, nos transmite usted esta noción. Gracias. —¿Y es «Antignos» de Sojó? —No, no es «Antígona».

Y en cuanto a este nombre: es Antígonos, no «Antígona», Antígonos de Sojó. Es decir, no hay mención de «Rabí», no hay mención de ningún título […]. Se nos ha enseñado: «más grande que Rav es Rabí, más grande que Rabí es Rabán», y más grande que Rabán es el nombre solo; sabéis que hay una jerarquía. Primero Rav, luego Rabí, luego Rabán, y después ya no hay título. Rav es el título pequeño del que enseña frente a su alumno. Rabí es cuando el alumno ya lo ha adoptado y se remite a él: se convierte entonces en su Rabí, «mi maestro». Rabán es cuando es el maestro de un conjunto, de una comunidad que se reconoce en él. Pero cuando se convierte en la referencia para el conjunto de la humanidad, ni siquiera tiene el título de Rabán: basta su nombre solo.

Otra pregunta. —Si me permite tomar la palabra, quisiera dejar la palabra a otros, pero como usted habla a menudo de milagros: mucha gente cree que los milagros ocurren así, sin más, lo cual es, evidentemente, una idea un poco simplista de los milagros. Pero, hablando de milagros, hay un personaje que realizó muchos milagros, y me gustaría conocer su opinión al respecto. Es el Babá Salé. Toda mi infancia estuvo impregnada de las historias del Babá Salé, y sé que el Babá Salé era marroquí, como usted, y me gustaría saber su opinión: ¿de qué manera realizó realmente milagros el Babá Salé? ¿Era por su santidad?

He leído sobre él hoy; es un personaje muy intrigante para mí, y tanto más intrigante cuanto que se dice que mi padre recibió la bendición del Babá Salé, que le aseguró la supervivencia pocos días después de su circuncisión. Así que este Babá Salé es un personaje particularmente importante para mí. —Mire, esos rabinos que realizaron milagros: precisamente por eso no he querido referirme a ellos; me he referido a Joni HaMeaguel. He tomado a otro, he tomado a Joni HaMeaguel. Y sabe usted, hay dos aspectos en esto. Son hombres maravillosos que, para salvar a alguien, aceptaron dar, sacrificar una parte de sí mismos. Conoce usted el relato: la víspera de Sucot, el Baal Shem Tov no había encontrado un etrog (cidra); lo buscaba. Y entonces le dijeron: hay alguien que ha encontrado un etrog, que lo ha traído de muy lejos. ¿Podrá vendérmelo? Envía a sus asistentes, que le prometen a ese hombre el oro y el moro con tal de que ceda su etrog al Baal Shem Tov; y el hombre se niega, no quiere. Dice: con una sola condición se lo daré: si me cede su Olam Habá, su parte en el mundo venidero.

Entonces el Baal Shem Tov acepta: «Te lo firmo: te cedo mi Olam Habá». Y el Baal Shem Tov se pone a bailar con ese etrog el día de Sucot: «Ahora que he vendido incluso mi Olam Habá, estoy contento, porque ahora tengo de verdad la prueba de que no sirvo a D-os por interés alguno, sino únicamente para cumplir Su voluntad». Y la voluntad de D-os es, en efecto, responder a la espera de todas las criaturas, permitir que este mundo subsista. Y esas personas, esos tzadikim que realizaron milagros: ¿quién soy yo para emitir juicio alguno? Pero es un hecho que aliviaron a numerosas personas. Pero sabe usted, hay otro problema.

El nieto de Joni HaMeaguel era también célebre por hacer milagros, porque, sabe usted, eso se transmitía de padre a hijo, ¿no es así? Pues bien, el hijo también hace milagros, el nieto hace milagros; en los admorim y en los babás, todo eso se une. Y un día a ese nieto, o más bien bisnieto, le pidieron: Aristóbulo quiere que venga usted a rezar por su éxito y para que triunfe sobre su hermano Antígono. Puesto que usted realiza milagros y ha satisfecho a numerosas personas, pues bien, aquí también debe realizar un milagro para él. Sabiendo que, si rezaba por uno, iba a poner en dificultades al otro hermano, se negó, y el pueblo lo lapidó, y murió por ello.

Esto es para decir que hay un inconveniente en apelar a esos milagros. En primer lugar, fomenta la pereza de espíritu y una regresión de la espiritualidad. Porque si, pidiendo una bendición, podéis reivindicar tal o cual bien, entonces se convierte en un trueque. Ahora bien, el salario de una recompensa es para permitirte hacer otra mitzvá, para permitirte realizarte todavía más. Pero cuando has obtenido eso, no te ha ayudado del todo a realizarte. Has obtenido lo que querías, pero nada más. ¿Se entiende? Esa es, pues, la razón por la cual Shimón ben Shetaj no aceptó que Joni HaMeaguel se dirigiera a D-os para exigir la lluvia. No, porque le correspondía al pueblo cuestionarse, multiplicar sus plegarias, enmendarse y hacerse merecedor de sus lluvias.

No por intermedio de alguien que es único en su generación; había que elevar a todo el pueblo con miras a esa recompensa. Esa es la razón, y esto es importante en la enseñanza de Antígonos de Sojó. Por supuesto, esto deja la puerta abierta; no hemos resuelto el problema entre quienes hoy van a la tumba del Rebe de Breslov y, con alegría y danza, quieren atraer sobre sí la bendición del Rebe, sobre todo en las hilulot (celebraciones del aniversario de un tzadik junto a su tumba), y quienes, en cierto modo, se mantienen a distancia e intentan más bien realizarse por sí mismos. Si nunca obtienen lo que quieren, tanto mejor si no lo obtienen. Al menos queda una referencia para sus hijos, para sus nietos, porque nada, como dije antes, nada se pierde. Eso es todo. ¿Otra pregunta?

—Solo muchas gracias. […] Le agradezco mucho la clase. ¿No hay más preguntas? Por favor. Hasta la semana que viene, hasta la semana que viene, hasta la semana que viene. Muchas gracias, adiós, y retengamos estas palabras de humanismo.