Vayeshev: Yosef y sus hermanos

par le Rav Raphaël Benizri

Preguntas para la mesa de Shabat: Vayeshev

Un cuadernillo de estudio para imprimir: una pregunta por página, la respuesta del Rav, su fuente y una enseñanza para debatir en familia.

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La rivalidad entre Yosef y sus hermanos se presenta aquí como el punto extremo de una historia que comienza con Kayin y Hével y vuelve a representarse en cada generación. Esta clase plantea una pregunta precisa: ¿por qué todo, en el relato bíblico, se funda en la fraternidad y no en el amor? El Rav Raphaël Benizri responde distinguiendo el amor, en el que hay un goce mutuo, de la fraternidad, en la que uno se hace a un lado para que el otro triunfe. A partir de ahí relee los sueños de Yosef como una forma de revelación del ser a sí mismo, y no como las fantasías de un adolescente.

La clase parte de una introducción sobre la fraternidad como condición de la historia: mientras no se haya adquirido, nada puede comenzar, y la libertad misma permanece cautiva. El Rav recuerda que lo que desencadenó la salida de Egipto no fue solo la preeminencia de Efraim sobre Menashé, sino el hecho de que Aharón se alegrara del éxito de su hermano Moshé. Sitúa luego el sueño en los distintos niveles del ser —néfesh, rúaj, neshamá y más allá— para mostrar que se puede soñar tanto a la altura de los propios deseos como a la altura de la inspiración más profunda.

Vuelve entonces al texto: los dos sueños de Yosef, la reacción de los hermanos, el silencio de Yaakov, el envío hacia Shejem, el descenso a Egipto. La clase desemboca en una distinción decisiva entre Yosef, nezir ejav, que seguirá siendo gobernador sin llegar nunca a ser rey, y Yehudá, a quien corresponderá la realeza. Una pregunta de un participante sobre la aparente pasividad de Yosef cierra la sesión, y el Rav responde desplazando la mirada: los doce hijos de Yaakov no son personajes ajenos a nosotros, sino las doce dimensiones de una misma vida.

Lo que enseña esta clase

La historia de la humanidad comienza con hermanos enemigos, y la rivalidad alcanza su punto máximo entre los hijos de Yaakov. Se abre con Hével y Kayin, y luego vuelve a representarse, en grados diversos, de una generación a otra. Cuando llegamos al interior de la familia de Yaakov, entre Yosef y sus hermanos, esa rivalidad ha alcanzado su etapa más alta. No es un accidente del camino, sino el nudo de todo el relato. Lo que allí está en juego es la posibilidad misma de una historia.

Todo descansa en la fraternidad y, paradójicamente, no en el amor. En el amor hay, a fin de cuentas, un goce mutuo: cada uno encuentra algo en él. En la fraternidad, yo me hago a un lado para la satisfacción del otro, para su éxito, para su realización. Es una relación que no espera nada a cambio y que no busca explotar a nadie. Por eso ocupa un lugar más alto que el amor en el orden de las relaciones humanas.

Mientras la fraternidad no se haya realizado, la historia no puede comenzar, y la libertad misma permanece cautiva. Nada puede hacerse todavía: todo sigue dependiendo del provecho que se saque de cada situación. Lo que permitió que la historia de la salida de Egipto arrancara sobre bases sanas fue que Aharón se hiciera a un lado ante su hermano Moshé y se alegrara en su corazón al verlo ponerse al frente. Un hermano capaz de alegrarse del éxito y del liderazgo del otro hace posible un comienzo. Solo con esa condición puede nacer el pueblo judío.

El sueño es una forma de revelación del ser a sí mismo. La realización del hombre es un sueño de D-os: si el hombre no responde a su vocación, todo el universo de la creación pierde su sentido. Pero esta vida está invadida por plantas silvestres —deseos, rivalidades, un espíritu de competencia— que hacen que el hombre vea al otro como un rival, una herramienta, un instrumento. Incluso cuando lo percibe como un igual, sigue siendo indiferente a su suerte. Percibir al otro como un mensajero de la vida, como el inspirador del alma, como el propio proyecto de creación, es algo que solo se alcanza al cabo de un trabajo muy profundo sobre uno mismo.

Soñamos en todos los niveles de nuestro ser, y no todos los sueños valen lo mismo. El Rav recuerda que la existencia procede de varias esencias, a las que corresponden los componentes de la vida del hombre: el néfesh, el ser en su constitución básica e instintiva; el rúaj, el hombre en sus atributos; la neshamá, su espíritu; y lo que está más allá del espíritu —lo imaginario, la intuición, la inspiración profunda que impulsa a unificar lo que está fragmentado—. Hay, pues, un sueño al nivel de los deseos, un sueño al nivel de la inspiración, un sueño al nivel de la espiritualidad, y un sueño que pertenece a la superación de uno mismo. Lo propio del hombre es que su movimiento va siempre de abajo hacia arriba: todo el resto de la creación recibe sus fuerzas de lo alto y no puede hacer con ellas otra cosa, mientras que el hombre, limitado en lo que es, tiene el poder de cambiar su destino.

Ahavá, ajavá, shalom, reút: la fórmula describe una progresión. Primero viene el amor, luego la fraternidad, en la que no busco explotar a nadie. El shalom (la paz) supone, desde luego, concesiones. Pero la meta es la reút (el compañerismo): que seamos compañeros de un mismo proyecto, de una misma obra. Poco importa entonces dónde se sitúe cada uno, pues ambos son indispensables para el funcionamiento de esa vida común.

Ser hermano es un rango más alto que ser hijo. En el Cantar de los Cantares, el texto formula este anhelo: ¿quién hará de ti un hermano para mí? Lo que se pide no es la filiación, sino el compañerismo. Es el nivel más alto del amor, aquel hacia el que tiende el alma. La fraternidad que la familia de Yaakov debe conquistar desgarra primero a esa familia, antes de dar a la historia de los patriarcas una dimensión nueva: ya no al nivel de los hijos, sino al nivel de los hermanos.

Yosef sueña como soñó su padre, pero no el mismo sueño. El sueño de Yaakov era el de la escalera, en el que él mismo estaba implicado: un hombre, en sus aspiraciones, debe aprender a subir y a bajar. Todo ascenso solo tiene sentido si sirve a quienes se quedan abajo, y por eso hay que saber volver a bajar para compartir con ellos lo que uno ha logrado alcanzar. Esa escalera es una escala de valores. En la casa de Laván, en cambio, solo se sueña con el rebaño, es decir, con la manera de hacer rendir todavía más lo que se tiene.

El sueño mezcla desechos con un rayo de lo divino. Nuestros sabios dijeron que el sueño retoma los problemas con los que uno lucha durante el día, y que forman un solo cuerpo con los deseos, los antojos, las preocupaciones. Hay también sueños que son vanidades, que no están dentro de nuestras posibilidades ni a nuestro alcance. Pero hay en el sueño algo que sobrepasa la conciencia: no son solo los escombros del subconsciente, es una iluminación, un rayo de lo divino, aunque recubierto de una corteza. El Rav cita a este propósito el capítulo 33 de Iyov: D-os habla por medio de sueños, de visiones nocturnas, cuando un sueño profundo cae sobre los hombres; entonces les comunica Su mensaje, quiere apartar al hombre de su modo de obrar, le evita caer en el orgullo y preserva su alma de la tumba. Lo que los sabios resumieron así: el sueño contiene una sexagésima parte de la profecía.

El primer sueño impone una condición, y eso es lo que hiere. Yosef está con sus hermanos en un campo; atan gavillas, y su propia gavilla se levanta por sí sola, mientras las demás se ven llevadas a postrarse ante ella. Lo que Yosef dice a sus hermanos es que la elección que su padre hizo de él no es gratuita ni vana: se funda en un porvenir y en un éxito que lo aguardan. Añade que también ellos se beneficiarán, pero a condición de que acepten someterse y reconocer su autoridad. Nadie acepta un sueño así, y los hermanos lo odian.

El segundo sueño va todavía más lejos, y Yaakov no dice nada. Yosef lo revela incluso ante su padre: el sol y la luna, que representan al padre y a la madre, y las once estrellas, que son los hermanos, se postran ante él. Ya no se sitúa solo por encima de sus hermanos, sino por encima de todo, como un mensajero. En el primer sueño, los hermanos preguntaban si pretendía ser su rey y su gobernante; en el segundo, es toda la casa la que es llamada a inclinarse. Yaakov, por su parte, guarda el asunto y no le dice nada más a su hijo, esperando quizá otra ocasión para reprochárselo.

Yaakov aprovecha la ocasión para enviar a Yosef hacia sus hermanos, para que aprenda a servirlos. El padre lo envía a ver cómo están, y ese envío no es neutral: invierte la posición que el sueño había instaurado. Pero para los hermanos, Yosef es ahora el báal hajalomot, el amo de los sueños, el que se cree el amo de la familia. Por eso Yosef aprenderá a su costa, sufriendo, antes de acceder al título que creía tener ya. Será el esclavo, será arrojado a la cárcel, y solo después de eso verá cumplirse sus sueños.

Yosef será gobernador, nunca rey. Aun cuando llega al puesto más alto, no es más que el segundo del rey. Tendrá la función de moshel, la del gobernador impuesto, y no la de mélej. Esta distinción, ya planteada la semana anterior, ilumina toda su trayectoria: lo que obtiene no es aquello con lo que había soñado, sino su transposición exacta a un registro subordinado. El sueño se cumple y, sin embargo, no se cumple como él lo había entendido.

Yosef dio tres cosas a Egipto. En primer lugar, la fe en Elokim, puesto que el propio Faraón reconoce que existe un hombre inspirado por D-os, y admite así la existencia de un Creador del mundo. Luego, la interpretación de los sueños: Yosef es el poter jalomot (intérprete de sueños), lo que hace de él el Freud de su época. Por último, la nacionalización de todas las tierras, puestas bajo el control del Faraón, es decir, un modo de funcionamiento basado en un reparto igualitario de los bienes de la sociedad. Una fe, una clave de interpretación, un orden económico: es un legado completo.

Yosef interpreta los sueños de los demás, pero no los suyos. Explica el sueño del copero y el del panadero, y luego los del Faraón; sus propios sueños, en cambio, no se los explica. Solo más tarde lo comprenderá, y él mismo lo dirá: es D-os quien es poter jalomot. Porque todo depende de la interpretación: reducido a su expresión mínima, el sueño es malo; llevado hacia un proyecto que impulsa a actuar en favor del otro, se convierte en una forma de revelación. Yosef llegará así a reconocer que, si D-os lo lanzó por la senda del éxito, fue para servir mejor a sus hermanos y permitirles vivir; pero solo llega a ello después de duras pruebas.

Los hermanos no mataron a Yosef: quisieron reducir sus sueños a la nada. Kayin sí había matado a su hermano y lo había reducido al silencio, pues Hével se había encerrado en un silencio que no respondía a Kayin. Aquí, en lugar de matarlo, los hermanos prefieren mostrarle que sus sueños no valían absolutamente nada y que nunca debió haberlos contado. Es él quien será el esclavo, dicen; no son ellos quienes estarán allí para servir. Sin embargo, lo que ocurrirá después dará sentido a lo que Yaakov reconocerá en Yosef.

Yosef es nezir ejav, y eso es precisamente lo que lo aparta de la realeza. Es el apartado de entre sus hermanos, pero nunca será rey. Un justo enteramente justo no puede ser puesto a la cabeza de un pueblo: si no tiene nada que reprocharse, ningún remordimiento, ninguna vivencia dolorosa que atravesar y a partir de la cual aprender a arrepentirse por sí mismo, no es un modelo. El pueblo necesita verse en un nivel de igualdad con quien lo dirige. Eso es lo que destinará a Yehudá a la melujá, a la realeza, mientras que Yosef permanecerá en el nivel de la santidad del nazir.

Los doce hijos de Yaakov no son personajes ajenos a nosotros. A la pregunta de un participante sobre la pasividad de Yosef —que acepta su suerte y es castigado incluso por pedir al copero que se acuerde de él—, el Rav responde desplazando la mirada. Los doce hijos de Yaakov son cada uno de nosotros: en ciertos momentos somos Yosef, en otros Binyamín, en otros Yehudá. Nuestra vida se despliega en esas doce dimensiones, y cada tramo de años nos hace vivir una parcela del destino de uno de ellos. Los sueños de Yosef no son, por tanto, ajenos a nuestra naturaleza, y si la Torá nos da este ejemplo es para advertirnos: estas son las consecuencias que cabe esperar si no corregimos el rumbo. La pregunta no debe plantearse aislando un elemento del conjunto, sino dentro del conjunto.

Transcripción completa de la clase

Abordamos ahora el problema de la rivalidad entre Yosef y sus hermanos. Sí, la historia de la humanidad comenzó con la de los hermanos enemigos —Hével y Kayin, Itzjak e Ishmael, Esav y Yaakov—, cada vez en un grado distinto. Y cuando llegamos a la rivalidad dentro de la familia de Yaakov, entre Yosef y sus hermanos, creo que hemos alcanzado la etapa más alta de esa rivalidad. Ahora bien, todo descansa, todo se funda en la noción de fraternidad; paradójicamente, no en la del amor. Porque en el amor hay, a fin de cuentas, un goce mutuo, lo que no ocurre en la fraternidad, donde yo me borro por completo para la satisfacción del otro, para el éxito del otro, para la realización del otro. Y por esa razón, mientras esa fraternidad no se haya realizado, la historia de la humanidad no puede comenzar.

La noción misma de libertad está como retenida en cautiverio por la ausencia de esa vivencia de la fraternidad. Ya hemos dicho que, más allá del reconocimiento de la preeminencia de Efraim sobre Menashé, lo que desencadenó la historia de la salida de Egipto fue más bien el hecho de que Aharón se hiciera a un lado ante su hermano Moshé: un hermano que se alegra del logro del otro, de su éxito, incluso de su manhigut, de su liderazgo. Entonces sí, la historia puede arrancar sobre bases sanas; el pueblo judío puede nacer. Mientras la fraternidad no se haya adquirido, nada puede hacerse todavía; todo sigue dependiendo del provecho que se pueda sacar, cada vez, de una situación o de otra. Y esa fraternidad está en el corazón del sueño de Yosef y de sus hermanos, porque el sueño también es una forma de revelación del ser a sí mismo. La realización del hombre es un sueño de D-os.

Si el hombre no responde a su vocación, todo el universo de la creación carece de sentido. ¿A qué responde la vida del hombre? Ahora bien, vemos con toda claridad que esta vida del hombre está invadida por numerosas plantas silvestres —deseos, rivalidades, un espíritu de competencia— que hacen que el hombre vea al otro como un infierno, como un rival, una herramienta, un instrumento. Incluso cuando lo percibe como un igual, a pesar de todo sigue siendo algo indiferente a su suerte, a su destino. Percibir al otro como un mensajero de la vida, […] como el inspirador del alma, como verdaderamente mi propio proyecto de creación, es algo a lo que el hombre accede solo tras un trabajo muy profundo sobre sí mismo. No es fácil. Sabemos muy bien cuáles son los problemas dentro de una misma familia; con mayor razón cuando las madres son distintas, cuando el entorno es distinto, cuando la cultura es distinta. Es difícil.

Hemos dicho que la havayá, la existencia en sí misma en el presente inmediato, procede de cuatro esencias, cuatro elementos; se los encuentra un poco por todas partes, y no vale la pena repasarlos todos ahora. A los cuatro componentes del universo corresponden los cuatro componentes de la vida del hombre: el néfesh, el ser en su constitución básica, instintiva; el rúaj, el hombre en sus atributos; la neshamá, su alma, en su espíritu; y la jayá, en lo que está más allá de su espíritu: su imaginación, su intuición, su aspiración profunda, la que lo impulsa, esa voluntad de unificar las cosas, de no dejarlas fragmentarse, dispersarse, diseminarse, sino de hacer de ellas una unidad de vida. Y esto se mueve siempre de abajo hacia arriba, porque eso es lo propio del hombre. Todo lo demás es inspirado de arriba hacia abajo; todo recibe sus fuerzas del Creador, pero con lo que recibe no puede hacer otra cosa. No es el caso del hombre.

El hombre, limitado en lo que es, tiene sin embargo el poder de cambiar su destino, de realizarse de otro modo. Y por eso, incluso cuando se bendice a una pareja nueva, se dice: ahavá veajavá, veshalom vereút, «amor y fraternidad, paz y compañerismo». Ahavá, el amor: el amor dentro de la fraternidad. En la fraternidad no busco explotar a nadie en absoluto. Shalom: si hay concesiones que hacer, desde luego. Pero la meta es la reút: que seamos compañeros de un mismo proyecto, de una misma obra, sin importar dónde se sitúe cada uno, porque ambos somos indispensables para el funcionamiento de nuestra vida, de nuestro universo. Esta introducción es necesaria para comprender bien las pruebas que va a vivir la familia de Yosef: las de una fraternidad que al principio desgarra a una familia y al final da una dimensión nueva a la historia de los patriarcas, y ya no al nivel de los hijos, sino al nivel de los hermanos. Como si un hermano fuera un rango más elevado incluso que un hijo. En el Shir haShirim, el Cantar de los Cantares: mi yitenjá keaj li, «¿quién te hará como un hermano para mí?». Lo que deseo es que tú seas ese hermano, que tú seas ese compañero.

«Tenemos una hermana pequeña», dice el Cantar de los Cantares (Shir haShirim 8:8). Es, digamos, el nivel más alto del amor. Y lo que más amo, lo que ama mi alma, pertenece al ámbito del sueño. Pero atención: ese sueño se da en todos los niveles. Está el sueño al nivel del néfesh, de mis deseos; está el sueño al nivel del rúaj, de la inspiración; está el deseo al nivel de mi neshamá, de mi espiritualidad; está el deseo al nivel de la jayá, más allá de esa espiritualidad: ese resplandor, esa voluntad, digamos, de superarme a mí mismo. Y por último la yejidá […] a lo divino del otro. Tampoco se dice que el hombre haya de abandonar a su padre y a su madre para unirse a su mujer.

Para empezar, no se abandona al padre y a la madre para unirse a la propia mujer: eso sería una aberración. ¿Por qué? ¿Por qué el amor a los padres no es el mismo amor que uno puede tener por una esposa, o que una mujer puede tener por su marido? Salvo que una crisis abierta haga que uno u otro no se muestre digno de esa convivencia indispensable. Bueno —sin abrir un paréntesis, ya que no es el tema del día—, al ken yaazov (Bereshit 2:24): yaazov significa aquí que el hombre debe ayudar a su padre y a su madre, que lo formaron, que se volcaron en él hasta tal punto que después él debe tomar el relevo con dignidad, con respeto, con amor y con el afán de llevar a buen término todo proyecto. Esa es la tarea: la tarea de cada etapa de la vida, la tarea propia de la edad de cada uno.

Y ustedes […], ustedes que hoy dan prueba de ese trabajo, con dignidad, con amor, con el amor del hermano que se hace a un lado ante el otro para permitirle realizar lo que él mismo no puede. Lamentablemente, no es este el primer enfoque en la percepción del otro. Y eso es lo que sucede aquí. Yosef sueña, igual que soñó su padre. El sueño de su padre era la escalera de Yaakov, en la que él mismo estaba implicado: a saber, que un hombre, en sus aspiraciones, debe aprender a subir y a bajar. En toda aspiración no hago más que servir a quienes se quedan abajo; por consiguiente, debo aprender también a bajar, para compartir con ellos lo que he logrado alcanzar. Ese es el sueño de Yaakov; él mismo es esa escalera, esa escala de valores. Tendrá otro sueño: en la casa de Laván solo se sueña con el rebaño, solo con la manera de hacer rendir todavía más lo que se tiene.

El sueño siempre retoma los problemas con los que uno lucha durante el día, y que forman un solo cuerpo con mis deseos, con mis antojos, con mis preocupaciones, mis inquietudes, etcétera. Pero también hay sueños que son vanidades huecas, que no están dentro de mis posibilidades, que no están a mi alcance, y es una lástima perderse en lo imaginario, a veces sin razón alguna. Así pues, en el sueño se mezcla esta especie de —digamos— desecho. Pero hay en el sueño algo que sobrepasa mi conciencia. El sueño no es simplemente el residuo de mis preocupaciones, de mi subconsciente. Hay allí una iluminación, un rayo de lo divino, pero que también está recubierto de una corteza.

Recordemos este versículo de Iyov; quisiera leérselo, porque es muy significativo. En el capítulo 33, Iyov dice lo siguiente —déjenme buscarlo—: «Porque D-os habla de una manera, y de dos, y no se lo percibe. En sueño, en visión nocturna, cuando cae un sopor profundo sobre los hombres, en el adormecimiento sobre el lecho, entonces abre el oído de los hombres y sella su advertencia, para apartar al hombre de su obra y quitar del varón la soberbia; preserva su alma de la fosa y su vida de perecer por la espada» (Iyov 33:14-18). Como lo resumieron nuestros sabios: el sueño es una sexagésima parte de la profecía. Volvamos ahora, pues, a Yosef. Además del hecho de que es verdaderamente el hijo preferido de Yaakov, y de que lleva esa túnica de colores que confiere la preeminencia —que le da esa preeminencia sobre todos sus [hermanos]—, he aquí que viene un sueño, que él no oculta, sino que revela a sus hermanos.

El primero es un sueño de orden material: está con sus hermanos, forma un solo cuerpo con sus hermanos, y están trabajando en un campo. Atan gavillas de trigo, y de repente su propia gavilla triunfa: se levanta por sí sola, y las demás gavillas se ven —no diré obligadas, sino llevadas— a postrarse ante su gavilla, ante, frente a su éxito. Sí, Yosef les dice a sus hermanos: «La elección que mi padre hace de mí no es gratuita, no es vana; se funda en un porvenir que me aguarda, en un éxito que me aguarda, y ustedes se beneficiarán de él de una manera u otra, pero a condición de que…

»…acepten someterse, de que reconozcan mi autoridad». ¿Quién aceptaría un sueño así? Desde luego, sus hermanos lo odian. Pero luego viene el segundo sueño —que tampoco oculta, sino que esta vez revela incluso ante su padre—, en el que se ve, no solo con el sol y la luna, que representan al padre y a la madre, y las once estrellas, los hermanos: él está por encima de todo eso. Es como un mensajero divino, es como el Mashíaj: la madre y los hermanos son llamados a postrarse ante él. Mientras que en el primer sueño los hermanos se sublevan: hamaloj timloj aleinu, im mashol timshol banu —perdón, ese es el primero—: «¿Acaso vas a reinar sobre nosotros como rey? ¿Acaso vas a gobernarnos?» (Bereshit 37:8).

La semana pasada establecimos un poco la diferencia entre un rey y un gobernante. Pero en el segundo sueño es: havó navó, aní veimjá veajéja, «¿Acaso vendremos yo, tu madre y tus hermanos a postrarnos en tierra ante ti?» (Bereshit 37:10). Yaakov no le dice nada más a su hijo. Quizá espera una ocasión para reprochárselo de otro modo, y por eso también aprovecha la ocasión en que los hermanos tardan en regresar para decirle: «Ve a buscar dónde están tus hermanos, ve a ver cómo están». Debes aprender a servirlos. Pero para sus hermanos, él es el báal hajalomot, el amo de los sueños, el que verdaderamente se cree el amo de la familia. Y por eso Yosef aprenderá a su costa, tendrá que sufrir antes de acceder a ese título de jefe, antes de ver cumplirse sus sueños.

Él es el éved, el siervo; es arrojado a la cárcel del Faraón. No será más que el mishné lamélej, el segundo del rey; incluso cuando llegue al puesto más alto, es el adjunto. Nunca será el mélej; nunca tendrá esa función de rey. Tendrá la función de moshel, la función de gobernador, el que es impuesto. Sí, es verdad, no se ha convertido solo en un soñador: es poter jalomot, resuelve los sueños. Ya hemos dicho que Yosef dio tres cosas a Egipto. La fe en Elokim, en un Creador del mundo; pues ¿no le dice acaso el Faraón: hanimtzá jazé ish asher rúaj Elokim bo, «¿Acaso se hallará un hombre como este, en quien esté el espíritu de Elokim?» (Bereshit 41:38), un hombre inspirado por D-os? Así pues, se reconoce la existencia de Elokim. Él es el poter jalomot: es el Freud de la época. Y luego logra nacionalizar todas las tierras y ponerlas bajo el dominio del Faraón, bajo el control del Faraón: es el Marx de la época.

Son tres las cosas que dio, a saber: la fe en un Creador del universo; un modo de funcionamiento tal que haya igualdad en el reparto de los bienes de la sociedad; y también una manera de interpretar los acontecimientos. Todo lo que vivimos en la vida pertenece un poco al ámbito de la imagen, de la parábola, del vestido. Pero habría que intentar salir de esas vestiduras con las que nos cubrimos para ver cuál es la verdadera esencia, para encontrar el verdadero lenguaje de cada cosa, porque las cosas nos hablan, el mundo nos habla. Pero para poder escuchar de verdad, tendríamos que reducir un poco al silencio todo el ruido que mantenemos a nuestro alrededor. Y por eso el sueño, durante el dormir, cuando el cuerpo está en reposo, es el momento en que el alma puede a veces recibir mensajes que están más allá de su percepción inmediata.

Como bien lo dijo el Santo, bendito sea: im yihyé neviajem Hashem… bajalom adaber bo, «Si hubiere un profeta entre ustedes, Yo, Hashem, … en sueño le hablaré» (Bamidbar 12:6). El Santo, bendito sea, se dirigió al hombre en el sueño, y el profeta pudo así comunicar al pueblo la voluntad del Santo, bendito sea. Ahora bien, es cierto que al principio Yosef no sabe cuáles son las consecuencias de sus sueños; él mismo no se los explica. Consigue explicar los sueños del sar hamashkim y del sar haofim, el jefe de los coperos y el jefe de los panaderos —el del panadero y el del que servía al rey agua o licor—, y consigue explicar también los sueños del Faraón. Pero sus propios sueños no se los explica. Es solo más tarde: vayizkor Yosef et hajalomot, «Y recordó Yosef los sueños» (Bereshit 42:9).

Yosef llega a comprender todos los sueños que había soñado. No eran sueños de adolescente, no eran sueños de un hombre irreflexivo que soñara con dominar. No: había sustancia en sus sueños. Pero Yosef tenía que comprender lo que diría más tarde: que es D-os quien es poter jalomot, D-os quien es capaz de resolver el problema de los sueños. ¿Por qué? Porque con el sueño, todo depende de cómo se lo interprete. Si se lo reduce a su expresión mínima, es malo. Pero si se lo eleva, por así decirlo, si se lo proyecta de tal modo que nos lleve a actuar en favor del otro, entonces el sueño puede ser una forma de revelación.

Yosef lo reconocerá más tarde, a saber: «Cuando D-os bendijo mi gavilla y, en cierto modo, me lanzó por la senda del éxito y del logro, fue para servirlos mejor a ustedes, para permitirles vivir». Ese es el propósito del sueño de Yosef. Pero, lamentablemente, Yosef mismo solo llega a esa conclusión después de atravesar pruebas difíciles; tendremos ocasión de verlas más adelante. Por ahora, sin embargo, Yosef es apartado del camino. Kayin redujo a su hermano Hével al silencio, porque Hével se había encerrado en el silencio y no quería contestar, no quería responder al llamado de Kayin. También aquí: ¿qué hizo Kayin? Mató a su hermano; lo redujo [al silencio].

Aquí, en lugar de matarlo, prefirieron mostrarle que sus sueños no valían absolutamente nada. Es él quien será el esclavo, no ellos; no serán ellos quienes estén allí para servir. Sin embargo, lo que ocurrirá después dará sentido a Yosef el tzadik, a quien Yaakov reconocerá como nezir ejav (Bereshit 49:26): el apartado de entre sus hermanos, es decir, el que está a la cabeza de sus hermanos, el kodkod, la corona de sus hermanos. Pero nunca será rey. Lo explicamos la semana pasada: a un tzadik que es enteramente justo en el alma no se lo puede poner a la cabeza de un pueblo. Si no tiene nada que reprocharse, si no tiene remordimientos, si no ha pasado, de algún modo, por un acontecimiento desdichado, por una vivencia dolorosa a partir de la cual aprenderá a arrepentirse por sí mismo,

entonces no es un modelo para el pueblo. El pueblo necesita verse en un nivel de igualdad con quien pretende dirigirlo. Y Yehudá —es lo que veremos la semana próxima […]—, a saber, lo que destinó al hermano Yehudá a la melujá, a la realeza, mientras que la suerte de Yosef quedó únicamente en el nivel de la kedushá, la santidad, del nazir. Bien: si tienen preguntas, con mucho gusto. —Sí, kevod haRav, quería preguntarle a propósito de Yosef: ¿cuál es la diferencia entre una persona resignada, que acepta su suerte —y que, en el momento mismo en que «se rebela», entre comillas, y pide al ministro que se acuerde de él, de hecho es prácticamente castigada por ello […]—, y alguien que realmente lucha, por así decirlo, para mejorarse, para mejorar su suerte, para mejorar su vida, para mejorar a quienes lo rodean? Porque parece muy resignado, en realidad; muy pasivo. En cierto modo, después de que Yosef fuera arrojado al pozo, es como si no se rebelara, y aun cuando empieza a rebelarse, es castigado por ello.

Y entonces resulta un poco extraño verlo como un ideal de perfección, cuando en realidad vemos a alguien que, en cierto modo, acepta su suerte de manera bastante pasiva. —Bien. Planteas la pregunta, digamos, de la siguiente manera. La familia de Yosef —la familia de Yaakov—, los doce hijos de Yosef —los doce hijos de Yaakov, ¡no sé qué me pasa!—, los doce hijos de Yaakov soy yo; son cada uno de nosotros. En ciertos momentos somos Yosef, en otros somos Binyamín, en otros somos Yehudá. Hay, digamos, destellos en nuestra vida que nos identifican con uno de los hijos de Yaakov más que con otro. Y vivimos en nuestra vida, en nuestras doce dimensiones, ad meá veesrim —hasta los ciento veinte años—, cada tramo de diez años.

Estamos viviendo una parcela de la vida de los hijos de Yaakov, una parcela del destino del pueblo judío. Si somos conscientes de ello, entonces debes saber que los sueños de Yosef no son ajenos a nuestra naturaleza. Sufrimos sus consecuencias, extraemos de ellos sus lecciones. Y así, si se nos advierte desde el principio —y eso es lo que hace la Torá al darnos el ejemplo de Yosef—, es para decirnos: «¡Atención! Están viviendo ahora mismo esta prueba; esperen, digamos, tales consecuencias si no corrigen el rumbo, si no toman una dirección distinta de la indicada». Eso es; eso es Yosef.

Y Yosef está en Egipto. Es Yosef quien lleva a sus hermanos a Egipto; es Yosef quien lleva a su familia a Egipto. Hay hermanos que efectivamente han desintegrado a sus familias. Hay hermanos que han desempeñado el papel de Yosef dentro de las familias; hay quienes han desempeñado el papel de Yehudá, y así sucesivamente. Así que no planteen la pregunta como si se tratara de un elemento separado del conjunto, sino dentro del conjunto. ¿De acuerdo? Eso es. Muchas gracias. —¿Todo bien? Entonces los dejo. Muchísimas gracias. […] Muchas gracias. —¿Hay clase la semana próxima?

—Creo que sí; lo voy a verificar. […] —No, se lo pregunto a usted. —Es que allá donde están ustedes empiezan las vacaciones. —Todavía no, todavía no. Lo estoy verificando; permítanme un segundo. —No hablamos de vacaciones espirituales, ¿verdad? —Hablamos de vacaciones físicas. —Sí, la semana próxima sí tenemos clase. Todavía estamos en las Tres Semanas, así que no estamos realmente de vacaciones. Vamos: shavúa tov a ti. Shavúa tov a ti.