Vayeshev: la herencia de los padres

par le Rav Raphaël Benizri

Preguntas para la mesa de Shabat: Vayeshev

Un cuadernillo de estudio para imprimir: una pregunta por página, la respuesta del Rav, su fuente y una enseñanza para debatir en familia.

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Con Vayeshev comienza la historia de los hijos, y esta clase plantea desde el inicio la pregunta que la gobierna: ¿se limitarán los hijos a repetir el recorrido de sus padres, o llevarán el camino que ellos trazaron hasta la finalidad de la creación? El Rav Raphaël Benizri parte de un detalle gramatical —la vav («y») que falta al comienzo de Éle toldot Yaakov («Estas son las generaciones de Yaakov»)— para extraer de él un diagnóstico sobre la relación entre las generaciones. La clase sigue luego a Yosef paso a paso, desde sus diecisiete años hasta la túnica de colores, mostrando qué hay en su conducta que vuelve inevitable el conflicto. Concluye con la pregunta de qué distingue a un rey de un dominador.

El Rav comienza recapitulando a los tres padres —Avraham el revolucionario, Itzjak el realista, Yaakov que realiza la síntesis de ambos— y luego lee la primera palabra de la parashá como un error: Yaakov se establece, creyendo concluida su misión, cuando un justo no se jubila. El problema de los hijos surge de inmediato. A partir de ahí, la clase pasa al análisis de Yosef: sus cualidades reales, su posición de pastor de sus hermanos, los informes que lleva a su padre, la preferencia que le muestra Israel y la vestidura que se convierte en la manzana de la discordia.

La grabación está marcada por varios incidentes técnicos: un micrófono ajeno, procedente de otra sala, interrumpe el comienzo, y luego un apagón en casa del Rav pone fin a la clase en medio de una respuesta sobre la kétoret y sobre Kóraj. Las preguntas que quedaron pendientes se aplazan a la semana siguiente.

Lo que enseña esta clase

El círculo de los padres está cerrado, y cada uno ocupa en él un papel distinto. Avraham es el revolucionario, Itzjak el realista, y Yaakov, con la escalera, realiza en cierto modo la síntesis de ambos, lo que le vale el atributo de emet, la verdad. Ahora bien, la verdad, cuando viene del cielo, es un solo haz; cuando brota de la tierra, es la conexión de numerosos haces. Hay muchos brotes de verdad, verdades dispersas, y recuperar el camino ideal supone enlazarlas a través de las personas, los espacios y los tiempos.

Comienza ahora la historia de los hijos, y con ella una pregunta. ¿Reproducirán el recorrido de los padres, o harán que el camino trazado desemboque en la finalidad de la creación? Porque esta creación no es una aventura azarosa: tiene un comienzo y, por lo tanto, una finalidad. El artífice de esa finalidad es la humanidad en su conjunto, pero con una jerarquía que no debe impugnarse como lo hizo Kóraj. Israel fue elegido para encuadrar a esta humanidad e inspirarla, no para gobernarla. Sin embargo, toda persona que pretende irradiar una enseñanza cualquiera es percibida primero como extraña al medio en que se encuentra: se intenta combatirla y luego, poco a poco, se la adopta. Esa es toda la historia del pueblo judío, y comienza con Yosef.

La tierra en la que se establece Yaakov se llama la tierra de las peregrinaciones de su padre. La palabra remite a la vez a la conversión y al extranjero. Es la tierra donde ha de convertirse la concepción pagana del universo, y para ello hace falta un suelo, un terreno. Pero es también el estado de ánimo del guer, el extranjero: fuimos vistos como extranjeros en Egipto, y lo somos incluso en la Tierra de Israel. Hay que mantener ese estado de alerta, esa perspectiva, para no decirse nunca que la meta ya se ha alcanzado. Somos a la vez residentes y extranjeros: somos sus habitantes, sus inquilinos, no sus propietarios, aunque la promesa de D-os sea para siempre. El extranjero nunca está seguro de lo que posee ni de la identidad que se le reconoce, porque a menudo se le señala con el dedo, se cuestiona su presencia y se percibe su papel como parasitario. Nunca podemos considerarnos tan arraigados que nada pueda sucedernos.

El error de Yaakov está en la primera palabra de la parashá: se establece. Cree que, tras haber librado su lucha contra Esav, haber triunfado y merecido el título de Israel, ha concluido su misión. Como dice Rashí, un justo nunca puede jubilarse ni retirarse, como si no le bastara lo que le está reservado en el mundo venidero y quisiera además gozar de su retiro en este mundo. En cuanto se establece, el problema de los hijos resurge y lo llama al orden. Aun cuando hemos realizado algo para nosotros mismos y creemos haber resuelto todos los problemas que se planteaban, los hijos pueden volver a cuestionarlo todo. Hay que velar, pues, por que una paz activa asegure el buen funcionamiento de la historia que se ha puesto en marcha. Y aquí se enfrentan de nuevo las dos vías de Avraham y de su hermano Najor: o bien exiliarse uno mismo y seguir siendo el explorador que guía a las naciones por todo el mundo, o bien concentrarlo todo en Israel, país piloto que las naciones miran, admiran, critican o condenan. Israel es hoy el espejo de las naciones, pero todavía no es el ideal.

Falta una vav al comienzo de las generaciones de Yaakov. Cuando el texto dice «y estas son», la conjunción señala una continuación, acontecimientos que se encadenan lógicamente. Cuando falta, se abre un capítulo nuevo sin vínculo inmediato con lo anterior. Eso significa que las generaciones todavía no tienen asegurado su éxito y que el ideal está lejos de alcanzarse. A la inversa, el libro de Shemot se abre con esta conjunción y queda así unido a Bereshit, hasta tal punto que algunos no distinguieron entre ambos libros y los consideraron una sola entidad. Las dos vav de la palabra toldot deberían, por otra parte, unir a padres e hijos: ya lo habíamos señalado a propósito de las generaciones del cielo y de la tierra; no se puede separar lo material de lo espiritual, lo terrenal de lo celestial. Lo mismo ocurre aquí. Si algo estorba esta conexión, hay imperfección, cuestionamiento, falta de culminación. Y la vav que falta es la primera: son los padres quienes ya no están en armonía con los hijos.

Se puede mejorar lo que construyeron los padres, pero no impugnar su autoridad. Los hijos quieren instaurar un orden nuevo. No podemos impugnar a quienes nos trajeron al mundo. Retocar ciertos puntos, sí; pero impugnarlo todo, como intentó hacerlo Kóraj en nombre de la democracia, de la renovación, de una nueva manera de hacerse cargo del pueblo y de un nivel superior al que pretendía conducirlo, eso no puede ser.

Hasta ahora, el problema entre hermanos se había resuelto mediante la exclusión. Kayin y Hevel, Itzjak e Ishmael, Yaakov y Esav: cada vez uno fue apartado en favor del otro. Pero ¿puede hacerse eso dentro de una misma familia? No. Aquí la integridad y la unidad deben seguir siendo la consigna. Yosef tiene, sin embargo, muchas cualidades —el hijo tan esperado de Rajel, el hijo de la vejez, el heredero de la sabiduría y del amor de Yaakov, el que triunfa en todo lo que emprende—, y aun así no es reconocido por sus hermanos.

La paz misma es un atributo de D-os. Se evitaba escribir la palabra shalom completa, por temor a tener que romper o tirar después el papel, y en su lugar se escribía shalem sin la vav; shalem sigue siendo el ideal de perfección y de unidad cuando la cohesión aún no es visible. Nuestros sabios instituyeron, no obstante, esta palabra como saludo, como vínculo entre un hombre y su prójimo, evitando pronunciarla en un lugar impuro. Y cuando se trata de asegurar la unión de una pareja, se puede borrar el nombre de D-os para dar cuerpo a ese shalom. El texto dice que los hermanos no podían hablarle a Yosef pacíficamente.

Yosef es a la vez rey y dominador, y no es lo mismo. Su propio nombre expresa la esperanza de otro hijo, y él es el posible elemento de cohesión de todos los hijos de Yaakov. Pero el texto lo llama también el que reina y el que domina. El rey es fruto de la elección del pueblo, de un amor y un reconocimiento que lo sostienen; el dominador, en cambio, no es elegido, ni escogido, ni sostenido: impone su autoridad y es temido. Al rey se le ama, al dominador se le teme, y Yosef reúne ambas funciones.

Por eso tampoco queda integrado en el marco de la familia. Yosef mismo será excluido, y solo sus hijos ocuparán su lugar y tomarán el relevo dentro de la estructura del pueblo. Representa una perfección tal que no se pueden poner las cosas en sus manos. Quien ha de asumir una función al frente de la familia de Israel no debe ser un hombre perfecto, irreprochable: al contrario, es un hombre al que se puede llevar ante un tribunal y acusar de esto o de aquello. Que su autoridad se vea sacudida por ciertos hechos que se le reprochan no lo excluye; lo compromete aún más, porque querrá demostrar a toda costa que, pese a las sombras, es el hombre que la situación requiere. Esa es la imagen que proclamamos a través de David, rey de Israel, que vive y perdura: hay cosas que reprocharle, él mismo las reconoció, y eso no lo excluye del papel de rey modelo que se le confió.

Yosef tiene diecisiete años y cuida su apariencia. Todavía se arregla el cabello; alimenta cierta ambición, porque es el hijo de Rajel, el hijo tan esperado, el hijo amado de su padre. Y pese a su juventud, es el pastor de sus hermanos. Ahora bien, la palabra «pastor» tiene varias connotaciones: se aplica a D-os, el Pastor de Israel, pero designa también a los jefes de bandas armadas, de bandas ilegales, de saqueadores. Hay, pues, un sentido positivo y otro negativo, y aplicarla a sus hermanos es presuntuoso, aun cuando estuviera justificado.

Nunca se asume el papel de pastor frente a un rebaño. Hay que verse siempre como alguien que está con sus hermanos, en pie de igualdad con ellos. Formamos parte del rebaño humano. Si hay reproches que hacer, debemos, por tanto, cuestionarnos a nosotros mismos, porque no somos ajenos a la evolución de las situaciones. No todos tienen las mismas ventajas, la misma fuerza, la misma inteligencia: somos responsables unos de otros, y cuando una debilidad corroe nuestra estructura hay que ver en qué medida está comprometida nuestra propia responsabilidad. Eso es lo que Yosef no mostró al principio. Quienes quieran presentar a los personajes bíblicos como el emblema del justo perfecto pueden hacerlo, pero la Torá no habla de ángeles: habla de los seres humanos que somos, y llevamos dentro de nosotros el modelo de Avraham, Itzjak y Yaakov con sus altibajos, con sus imperfecciones. No se trata de querer justificarlo todo; se trata de querer corregirlo todo.

La preferencia de un padre es inevitable, pero no debe mostrarse. En una pareja, las personalidades del padre y de la madre no siempre se funden, y queda un desnivel que inclina a uno hacia tal hijo y al otro hacia tal otro. El amor quizá sea el mismo, pero uno se reconoce más en un hijo que en otro, y eso es normal. Lo que enseñan nuestros sabios es que no hay que mostrar esas diferencias, porque alimentan la rivalidad, los celos y el odio. La Torá ya lo había advertido con la ley del hombre que tiene dos esposas, una de las cuales es necesariamente preferida: no podrá dar la primogenitura al hijo de la preferida.

Cuatro madres dan lugar a cuatro categorías de hijos. Los hijos de Lea, los de Bilhá, los de Zilpá y los de Rajel. Los hijos de Bilhá y de Zilpá no son reconocidos en pie de igualdad por los demás, y Yosef intenta atraerlos hacia sí, precisamente porque están mal reconocidos, para ejercer cierta autoridad sobre el resto de los hermanos. Pero ellos no soportan que se sirvan de ellos. Y como se los mantiene al margen, se permiten descuidar ciertas reglas morales de la familia, cosa que ocurre en cualquier familia como manera de afirmar la propia independencia.

Yosef lleva a su padre la maledicencia sobre sus hermanos, y el texto lo dice de un modo extraño. Está escrito que la llevó al padre de ellos. Resulta sorprendente: si de verdad le preocupa la unidad de la familia, se trata al mismo tiempo de su propio padre, no de otro. Según una segunda lectura, se sospecha que no era muy escrupuloso respecto de la herencia espiritual de sus padres, que frecuentaba a las muchachas del lugar y se dejaba llevar por las costumbres de los vecinos. El texto añade, además, que era un muchacho: ¿es el pastor o el muchacho? Se comporta de manera irresponsable.

No es Yaakov quien ama a Yosef, es Israel. El texto no dice que Yaakov amara a Yosef: dice que Israel lo amaba —es decir, la dimensión espiritual afirmada de Yaakov— y precisa «más que a todos sus hijos», no «más que a todos sus hermanos». Es esta dimensión la que le concede a Yosef todo el crédito y la que le hace confeccionar una túnica de colores. Esta vestidura especial hace de Yosef el señor de todas las tendencias presentes en la familia de Israel, quien la representa. Se nos dice que es una copia casi exacta de la primera vestidura que D-os confeccionó para Adam y Java a fin de cubrir su desnudez; es la vestidura que Nimrod había conservado, la que Esav le arrebató, la que Yaakov usó para recibir la bendición que Itzjak reservaba a Esav. Convertida en uniforme del guía espiritual y de la autoridad reconocida, es ahora la manzana de la discordia entre Yosef y sus hermanos.

Respondiendo a preguntas, el Rav afirma que las diferencias existirán siempre. Somos distintos unos de otros; no hay un pensamiento único, e incluso en la espiritualidad hay corrientes y grados. La escalera de Yaakov está ahí para decirlo: conduce de la tierra al cielo, pero por peldaños distintos. Esto no anula nuestra responsabilidad de unos hacia otros, y de la complementariedad de estas tendencias nacerá la idea mesiánica. El Mesías es aquel que es capaz de percibir la autenticidad de las cosas, no su vestidura ni su apariencia exterior.

De ahí la prueba del incienso impuesta a Kóraj. Se pueden imitar los actos: viste a alguien actuar de cierta manera y sigues sus pasos. Pero eso no es la vida espiritual. La vida espiritual es cuando percibes la cosa, cuando el temor del Eterno es auténtico hasta el punto de formar parte del aire que respiras. Ahora bien, en ese aire hay un elemento impuro y prohibido, y es integrándolo como se da a esta espiritualidad una intensidad aún mayor: ahí reside todo el valor del incienso. La clase se interrumpe en este punto, cortada por un apagón.

Transcripción completa de la clase

Buenas noches, Rav Benizri. Buenas noches, buenas noches a todos. Buenas noches. Aquí hay un poco de ruido, así que voy a apagar mi micrófono. Sí, puede comenzar. Pues bien, buenas noches a todos. Hoy comenzamos Parashat Vayeshev y la historia de Yosef. Hemos cerrado, en cierto modo, el círculo de los padres: Avraham el revolucionario, Itzjak el realista, y Yaakov con el sulam, la escalera, que realiza en cierto modo la síntesis de los dos padres, Avraham e Itzjak; y esa síntesis le vale el atributo de emet, la verdad. Y, como ya hemos dicho, la verdad, cuando viene del cielo, es un solo haz; cuando brota de la tierra, es la conexión de numerosos haces.

«Emet me’éretz titzmaj», la verdad brota de la tierra: hay muchos brotes de verdad, hay verdades dispersas, y habría que recuperar efectivamente el camino ideal y realizar la conexión de todas esas verdades a través de las personas, los espacios y los tiempos en que se vive este universo. Volveremos sobre ello. Ahora comenzamos la historia de los hijos. ¿Se limitarán los hijos a reproducir el recorrido de sus padres, o harán que el camino trazado por los padres pueda desembocar en la finalidad de la creación? Porque, como hemos dicho, esta creación no es una aventura azarosa por parte de D-os: tiene un comienzo, y si tiene un comienzo, tiene una finalidad. ¿Quién es el artífice de esa finalidad? La humanidad en su conjunto; pero hay una jerarquía que no debe impugnarse como lo hizo Kóraj; hay una autoridad. El Santo, bendito sea, formó o eligió al pueblo de Israel para encuadrar a esta humanidad y, digamos, inspirarla. No para dirigirla, sino para inspirarla: eso es, en suma, lo que Israel debe hacer. Pero, del mismo modo que toda persona que pretende aportar un mínimo de sabiduría y aspira a irradiar alguna enseñanza será percibida como un extraño dentro del grupo, un extraño dentro de la humanidad, al principio se intentará combatirla y luego, poco a poco, se la adoptará.

Esa es la historia del pueblo judío. Comienza con Yosef. Ustedes saben muy bien que hasta ahora Avraham fue el revolucionario, pero vivió como extranjero en la Tierra de Israel. — ¿Me oyen? ¿Me oyen? Hay una interferencia; ¿de dónde viene? — Viene de la Maison de la culture juive; es la pantalla negra de la Maison de la culture juive, no sé quién es. — ¿De dónde viene? — Voy a intentar contactarlos para que apaguen el micrófono allí. — ¿Ah, sí? — Mientras tanto, puede continuar, Rav Benizri. — Sí. Entonces: el comienzo, si quieren, de los hijos de Yaakov, que constituyen la estructura ideal del pueblo judío. ¿Qué dice el texto de Yaakov?

Yaakov se establece en la tierra que sus padres buscaron convertir, donde comenzaron su proceso de difusión de la fe en un Creador, en un D-os universal. Ese es el sentido de éretz meguré aviv, «la tierra de las peregrinaciones de su padre»: la tierra de la conversión, de la conversión del pensamiento pagano, de la concepción pagana del universo. Para ello hace falta un suelo, un terreno: es la Tierra de Israel. Se la llama meguré aviv, ya sea por la palabra guiur, conversión, ya sea por la palabra guer, extranjero. Ustedes lo saben muy bien: «ki guerim heyitem be’éretz Mitzráyim», fuimos percibidos como extranjeros en la tierra de Egipto. Pero no solo como extranjeros en la tierra de Egipto: somos percibidos como extranjeros incluso en la Tierra de Israel, incluso en la tierra de Canaán. Hay que mantener cierto estado de alerta, cierta perspectiva de vida, para no decirse nunca: «Ahora hemos alcanzado nuestra meta».

Guerim es el estado de ánimo del guer, del extranjero que no está seguro de lo que posee ni de la identidad que se le reconoce, porque a menudo se le señala con el dedo, se cuestiona su presencia y se percibe su papel como parasitario. Eso es meguré aviv: estamos en Israel, pero somos habitantes, inquilinos; no somos propietarios ad vitam aeternam. La promesa de D-os es ad vitam aeternam, pero nunca podemos considerarnos tan arraigados en esta tierra que nada pueda sucedernos, que nada pueda movernos de allí. No: somos guerim en nuestro propio país: «ki guerim vetoshavim atem imadí», «porque sois extranjeros y residentes conmigo». Somos a la vez guer y toshav, a la vez ciudadanos y extranjeros. Ahora bien, el error de Yaakov es creer que, tras haber librado su lucha contra Esav y haber triunfado en ella, mereciendo el título de Israel, ha terminado por fin su misión, la ha concluido. No. Rashí dice, en nombre del Santo, bendito sea: «¿Acaso no les basta a los justos…?»: un justo nunca puede jubilarse, retirarse, como si no le bastara lo que le está reservado en el mundo venidero y quisiera gozar además de ese retiro en este mundo. No.

¿Y qué sucede? «Kafatz alav roguezó shel Yosef», la zozobra de Yosef se abalanzó sobre él. De inmediato resurge el problema de los hijos, que nos llama al orden y nos dice: cuidado. Aunque hayamos concebido o realizado algo para nosotros mismos, y creamos haber resuelto todos los problemas que se planteaban y cumplido nuestra tarea, hay que saber que los hijos pueden volver a cuestionarlo todo. Por consiguiente, hay que velar por que el shalom, una paz activa, pueda asegurar el buen funcionamiento de esta historia que hemos puesto en marcha y la realización del ideal que nos hemos trazado. Esa es la meta en la tierra de Canaán, esa es la meta en la Tierra de Israel. Y aquí van a enfrentarse efectivamente los dos movimientos que pusimos de relieve entre Avraham y su hermano Najor: a saber, ¿cómo cumplir esta misión? ¿Exiliándose uno mismo, permaneciendo ajeno a la noción misma de tierra, y tratando simplemente de ser el explorador que guía a las naciones por todo el mundo, fundando escuelas por doquier, enviando misioneros por doquier? ¿O concentrándolo todo en Israel y haciendo de Israel un país piloto para el conjunto de las naciones, aquel al que las naciones siempre mirarán, observarán, admirarán, criticarán, alabarán o condenarán? Es lo que, en cierto modo, sucede hoy, ¿no es así? Israel es el espejo de las naciones, pero todavía no es, por supuesto, el ideal.

El texto nos enseña que, cuando aparece «ve-éle», «y estos», significa que hay una continuación, acontecimientos que se suceden de manera lógica. Pero cuando falta esta vav, esta conjunción copulativa, significa que comenzamos un capítulo nuevo sin vínculo inmediato con lo que precede; y carecer de vínculo inmediato con lo que precede es un problema. Significa que las toldot, la descendencia, las generaciones, todavía no tienen asegurado el éxito, y que el ideal está lejos de alcanzarse. Por eso, además, cuando el libro de Shemot comienza con esta vav —«Ve-éle shemot bené Israel»—, el conjunto queda unido a Bereshit. Porque Shemot y Bereshit constituyen una sola unidad en la formación del pueblo judío: la salida de Egipto, la promesa hecha a Avraham y su cumplimiento. Por consiguiente, hay quienes no distinguieron entre el primer libro y el segundo y los consideraron una sola entidad; esta vav de ve-éle, la conjunción copulativa, hace que no haya interrupción.

Pero cuando no hay vav, hay una interrupción. Toldot, «generaciones», se escribe en general con vav; lo señalamos en «Éle toldot hashamáyim vehaáretz», «Estas son las generaciones del cielo y de la tierra», y concluimos que no podemos separar lo material de lo espiritual, lo terrenal de lo celestial. Las dos vav: lo mismo ocurre con toldot; las dos vav que contiene deberían unir a padres e hijos. Si algo estorba esta conexión, hay imperfección, hay cuestionamiento, hay falta de culminación. Y es verdad: «Éle toldot Yaakov: Yosef». Yosef tiene muchas cualidades. Yosef es el hijo tan esperado de Rajel. Yosef es el ben zekunim, el hijo de la vejez, el hijo que heredó la sabiduría de Yaakov y el amor de Yaakov; Yosef es el hijo que se impone a sus hermanos por su éxito en todo lo que emprende.

Pero Yosef no es reconocido por sus hermanos. Ya veremos: hasta ahora, el problema entre hermanos —Kayin y Hevel— se resolvía mediante la exclusión de uno en favor del otro. Pero ¿puede hacerse eso dentro de una misma familia? No. Aquí hace falta shelemut: la integridad, la unidad, debe seguir siendo la consigna, seguir siendo la meta: llegar a ese shalom que no es otra cosa que un atributo de D-os. Ustedes saben que se evitaba escribir la palabra shalom completa, por temor a tener que romper el papel y luego tirarlo, puesto que es un atributo del Eterno, ya que es Él quien garantiza esa unidad: «Osé shalom bimromav», el que realiza la unidad en las alturas celestiales, con todos los elementos del universo. En lugar de escribir shalom, se escribía shalem, sin vav. Shalem sigue siendo el ideal de perfección, de un todo perfecto y unificado, pero esa cohesión no está: no es visible, no está presente. Sin embargo, nuestros sabios instituyeron la palabra shalom como consigna, como saludo, como vínculo entre un hombre y su prójimo —shalom—, solo que hay que evitar pronunciarla en los retretes, en los baños donde la persona se encuentra desnuda, en un lugar impuro; allí la palabra shalom es impropia.

En cambio, cuando se trata de asegurar la unión de una pareja, de garantizarla, entonces sí se puede borrar el nombre de D-os para realizar el shalom, para dar cuerpo al shalom. Y esta palabra volverá a aparecer: los hermanos no pueden pronunciar la palabra paz; «no podían hablarle pacíficamente». ¿Por qué? Ya lo veremos. Así pues: a toldot le falta una vav. ¿Qué vav falta? La primera: la de los padres, que ya no están, digamos, en armonía con los hijos. Los hijos quieren instaurar un orden nuevo. Pero no se puede impugnar la autoridad de los padres; no se puede impugnar a quienes nos dieron la vida, a quienes nos trajeron al mundo.

Se puede mejorar un poco lo que ellos construyeron, retocar ciertos puntos; pero impugnar totalmente, como intentó hacerlo Kóraj, diciendo: en nombre de la democracia, en nombre de la renovación, en nombre de una nueva manera de hacerse cargo del pueblo y con vistas a algún nivel superior al que se quisiera conducir al pueblo… impugnar la autoridad de los padres: eso no podemos hacerlo. «Éle toldot Yaakov: Yosef». Y, sin embargo, Yosef, como hemos visto, es «Yosef Hashem li ben ajer»: su nombre se le dio con esa mira, «Que el Eterno me añada otro hijo». En esta noción de Yosef hay un elemento de cohesión total de todos los hijos de Yaakov. Es cierto que él es «hashalit al haáretz», el gobernante de la tierra; es mélej y moshel, como veremos.

Es a la vez el hombre elegido desde la base, por el pueblo, para conducir a sus hermanos hacia el cumplimiento de la promesa de D-os; pero es también moshel, y el moshel no es elegido para ello: impone su autoridad. Esa es la diferencia entre mélej y moshel. El mélej es fruto de la elección del pueblo, de un amor del pueblo que lo sostiene, de su reconocimiento. El moshel, no: impone su autoridad al pueblo. No es elegido, no es escogido, no es sostenido por el pueblo, pero es temido. Al rey se le ama; al moshel se le teme. Y Yosef, como veremos, reúne estas dos funciones en su persona, y eso está también en el origen de su falta de integración inicial en el marco de la familia de Yaakov, puesto que él mismo será excluido; solo sus hijos ocuparán su lugar, tomarán el relevo. Ellos serán admitidos dentro de esta estructura del pueblo judío, pero no Yosef. Yosef representa una perfección tal que no se pueden poner las cosas en sus manos. Ustedes saben que ya dijimos que quien ha de asumir una función al frente de la familia de Israel no debe ser un hombre perfecto, irreprochable; al contrario. Es un hombre al que se puede llevar ante un tribunal, ¿no es así?, sospechar de esto, acusar de aquello. Pero sigue siendo, en cierto modo, el jefe que, por la autoridad que se le confiere y la confianza que el pueblo le demuestra, dirige la familia; y el hecho de que se vea algo sacudido, de que su autoridad sea impugnada por ciertos hechos que se le reprochan, no lo excluye del todo. Al contrario, lo hace aún más responsable, porque querrá a toda costa mostrar, demostrar, que pese a las sombras es el hombre que la situación requiere. Esa es la imagen que proclamamos a través de David, el rey David, «David mélej Israel». Hay cosas que reprocharle a David; él mismo las reconoció; pero eso no lo excluye del papel que se le confió, el de ser el rey modelo de Israel.

Así pues, «Éle toldot Yaakov»: he aquí la historia inacabada de Yaakov, contada a través de Yosef. «Yosef ben shvá esré shaná», Yosef, de diecisiete años: ese joven de diecisiete años que todavía está ocupado en arreglarse el cabello, en cuidar su apariencia, en ser vanidoso, en alimentar cierta ambición por ser el hijo de Rajel, el hijo tan esperado, el hijo amado por su padre. «Hayá ro’é et ejav»: pese a su juventud, es ro’é, pastor; pastor de sus hermanos; pretende dirigir a sus hermanos. Ahora bien, esta palabra ro’é, pastor, tiene varias connotaciones. La palabra ro’é se aplica al Santo, bendito sea, que es «Ro’é Israel», el Pastor de Israel. Hay otros que también son «pastores»: los jefes, si quieren, de bandas armadas, de bandas ilegales, de saqueadores, de ladrones, de proxenetas; a ellos también se los llama ro’im.

Hay, pues, un sentido positivo y otro negativo en este atributo de ro’é, y aplicarlo a los propios hermanos es presuntuoso, aun cuando estuviera justificado. No podemos, en nombre de la autoridad que tenemos en las manos, menospreciar a los demás y llamarlos constantemente al orden. Hay que ser ro’é et ejav: pastor con sus hermanos. Hay que verse siempre como alguien que está con sus hermanos, en pie de igualdad con sus hermanos. Nunca podemos asumir el papel de pastor frente a un rebaño. No: formamos parte del rebaño humano y, por consiguiente, si hay reproches que hacer, debemos cuestionarnos a nosotros mismos, porque no somos ajenos a la evolución de las situaciones. Y además, no todos tienen las mismas ventajas en la vida, no todos disponen de la misma fuerza, no todos disponen de la misma inteligencia, de la misma sabiduría; así que somos responsables unos de otros.

Y si alguna vez hay […] —si un peligro nos amenaza, si una debilidad corroe nuestra estructura—, también somos responsables. Hay que ver en qué medida está comprometida nuestra responsabilidad. Eso es lo que Yosef no mostró al principio. Por supuesto, quienes siempre quieren presentar a los personajes bíblicos como el emblema del tzadik (justo) perfecto, de la espiritualidad en su cumbre, en el apogeo de lo humano, pueden hacerlo; pero la Torá no nos habló de malajim, de ángeles. Nos habló de los seres humanos que somos. Tenemos dentro de nosotros esa dimensión de Avraham, esas dimensiones de Itzjak, esas dimensiones de Yaakov; tenemos el modelo, lo llevamos dentro; llevamos también a Yosef, con sus altibajos, con sus imperfecciones, con los reproches que se le pueden hacer aquí y allá, si todavía hay alguna falta hacia un hermano o […], o hacia los propios hijos, poco importa. No se trata siempre de querer justificarlo todo —eso puede ocurrir—, sino de querer corregirlo todo, sí: eso es lo que tratamos de hacer.

Así pues, Yosef… […] igual que Yaakov: Yaakov mismo había sufrido por ello. Itzjak amaba a un hijo, Rivká amaba al otro; y antes estuvo el problema de Avraham e Ishmael. Entonces, ¿vamos a empezar de nuevo? Es inevitable. Hay efectivamente ciertas tendencias de los hijos con las que uno se identifica más que con otras. Atención: en una pareja está la personalidad del hombre, del padre, y la personalidad de la madre. A veces no se funden en una sola entidad; queda de todos modos un desnivel, que lleva a la madre a favorecer a un hijo sobre otro; y sin embargo el amor quizá sea el mismo. Pero uno se reconoce más en este hijo que en aquel.

Y, en fin, lo que enseñan nuestros sabios es: «Leolam al yeshané adam benó ben habanim», nunca debe una persona distinguir a un hijo entre sus hijos. No hay que hacer distinciones; no hay que mostrar esas diferencias. ¿Por qué? Precisamente porque alimentarán la rivalidad, los celos y el odio. Habría que tratar de equilibrar la relación de los padres con los hijos, aunque al final haya una mayor cercanía por parte del padre aquí, por parte de la madre allá. Eso es del todo normal. Y la Torá ya nos lo advirtió cuando dijo: «Si un hombre tiene dos esposas, una amada y otra aborrecida» —una es necesariamente preferida sobre la otra—, no podrá dar la primogenitura al hijo de la esposa preferida en detrimento de la segunda esposa, que en comparación con la primera es menos amada.

Hay cuatro esposas y cuatro categorías de hijos; hay un desnivel entre los hijos: los hijos de Lea, los hijos de Bilhá, los hijos de Zilpá y los hijos de Rajel. Por supuesto, los hijos de Bilhá y los hijos de Zilpá no son reconocidos en pie de igualdad por los hijos de Lea ni por los hijos de Rajel, es decir, Yosef. Y él intenta, en cierto modo, atraer hacia sí a los hijos de Bilhá y a los hijos de Zilpá: puesto que no son realmente reconocidos por los demás, ¿por qué no atraerlos hacia sí y empezar a ejercer una especie de monopolio, cierta autoridad, para imponer así un poco su autoridad a los demás hijos? Pero los hijos de Bilhá y los hijos de Zilpá no soportan eso: que se sirvan de ellos. El texto nos dice que, como los hijos de Lea los mantenían apartados, se permitían ser un poco negligentes, en su conducta y en su comportamiento, con ciertas reglas morales de la familia.

Bueno, eso ocurre en cualquier familia: es una manera de afirmar la propia autonomía, la propia independencia. Ya ven: «Vayavé Yosef et dibatam ra’á el avihem». Yosef se sirve del amor de su padre, de la confianza de su padre, de la autoridad que su padre le concede, para llevar dibatam ra’á, sus malas noticias. Dibatam: su maledicencia. Relató su maledicencia, su mal comportamiento. No dice el aviv, «a su padre»; dice «Yosef llevó sus malas noticias el avihem», al padre de ellos. Puso a su padre al corriente de sus actos —«al padre de ellos»—, lo cual es un poco sorprendente, tanto más cuanto que, si de verdad le preocupa la unidad de la familia, se trata al mismo tiempo de su propio padre; no es aviv, «su padre», sino «el padre de ellos», como si fuera otro padre. Esa es una primera aproximación. Una segunda aproximación es la sospecha de no ser, digamos, muy escrupuloso respecto de la herencia espiritual de los padres: sí, de mantener relaciones con las muchachas del lugar, con las costumbres y usos de los vecinos, con la avodá zará, la idolatría.

[…] ever min hajai, comer un miembro arrancado de un animal vivo […]; y además reñían entre ellos y se excluían unos a otros. ¿Es entonces el remedio contarle al padre lo que hacen los hijos? «Vehú na’ar», «y él era un muchacho»: entonces, ¿es el pastor o es el muchacho? ¿El ro’é o el na’ar? Se comporta como un niño, un jovencito, un irresponsable. Así pues, una vez más: Yosef es quizá el tzadik, el más justo de entre sus hermanos. Digamos que es el ben zekunim, «porque era el hijo de su vejez»: el hijo que goza del crédito de su padre sin restricción. Tiene todas las ventajas; y, sin embargo, «VeIsrael ahav et Yosef mikol banav», «Israel amaba a Yosef más que a todos sus hijos». No dice que Yaakov amara a Yosef. Es Israel quien ama a Yosef. Hemos visto que Israel es otra dimensión de Yaakov: es la dimensión espiritual afirmada de Yaakov. Es él quien, en cierto modo, bendijo a Yosef; es él quien le concede a Yosef todo el crédito. «Mikol banav», «más que a todos sus hijos»; no dice mikol ejav, «más que a todos sus hermanos». «Ki ven zekunim hu lo, veasá lo kétonet pasim»: y le hace una túnica, una túnica de colores, pasim; un manto, una vestidura especial, un uniforme. Pasim: él es el señor de todas esas tendencias presentes dentro de la familia de Israel; es él quien la representa. Eso son esos pasim, esos adornos de la vestidura.

Esa vestidura, se nos dice, es una copia casi exacta de la primera vestidura que el Santo, bendito sea, confeccionó para Adam y Java a fin de cubrir su desnudez. Es la vestidura que conservó Nimrod; es la vestidura que Esav le quitó a Nimrod. Se convirtió así en una vestidura, un uniforme; digamos, el uniforme de un guía espiritual, el uniforme de una autoridad reconocida. Y es la vestidura que Yaakov se puso para tomar la bendición, para arrancar la bendición que Itzjak había reservado a su hijo Esav. Ahora bien, esta vestidura es hoy también la manzana de la discordia entre Yosef y sus hermanos. Así que vamos a detenernos aquí. Retomaremos, por supuesto, el hilo la semana que viene, porque el tema de los hijos de Yaakov es muy importante para comprender algo de los componentes de la familia de Israel de todos los tiempos. Si tienen preguntas, háganlas.

Kevod HaRav, quería hacerle una pregunta. Usted parecía decir que la impugnación comenzó con los hijos de Yaakov. Pero Avraham impugnó a Téraj; e incluso Yaakov, con Itzjak, cuando toma partido por su madre contra su padre, impugnó. Así que la impugnación está en el origen mismo de nuestros padres desde el principio, incluso antes de los hijos de Yaakov. Y lo segundo: en cierto modo, usted parecía decir que Yosef era la perfección. Es un poco como el principio del Mesías, que existe pero solo se revela cuando somos dignos de él. Entonces, ¿los hijos de Yaakov no habrían sido, de algún modo, dignos de Yosef?

Primero la primera pregunta. Las diferencias existen, y existirán siempre. Somos distintos unos de otros. No hay un pensamiento único, no. Incluso en la espiritualidad hay corrientes, hay grados. La escalera de Yaakov está ahí: conduce de la tierra al cielo, pero por distintos grados, y hay que admitirlo. Pero esto no hace sino comprometer la responsabilidad de cada uno respecto de los demás, y de la complementariedad de estas tendencias, de estos movimientos, nacerá la idea mesiánica. El Mesías es aquel que es capaz de percibir la autenticidad de las cosas, y no simplemente su vestidura, su exterioridad, su manera de expresarse materialmente; todo lo contrario. Por cierto, en la parashá de esta semana, Moshé somete a Kóraj a una prueba —¿cuál?—: la de la kétoret, el incienso, para ver si Kóraj es capaz de comprender qué es el olfato de la espiritualidad. Porque no está exactamente en lo que haces: puedes imitar las cosas; viste a alguien actuar de ese modo y tú también quieres seguir un poco sus pasos. Eso no es la vida espiritual. La vida espiritual es cuando percibes la cosa —«vaharijó beyirat Hashem», «le hará percibir el aroma del temor de Hashem»—, cuando el temor del Eterno es verdaderamente auténtico y forma parte del aire que respiras. Ahora bien, en ese aire que respiras hay un elemento que es impuro, que está prohibido.

Pero al integrarlo no has hecho sino dar a esta espiritualidad una intensidad aún mayor. Y ese es todo el valor de la kétoret; porque Moshé tampoco permaneció impasible. Se dice —el midrash lo dice— que el Santo, bendito sea, hizo desfilar ante él todas las generaciones y le mostró a Rabí Akiva. Y cuando se lo mostró, Rabí Akiva estaba ocupado en añadir jumrot, rigores, aquí y allá, y en aumentar aún más el número de reglas, de prácticas —digamos de rituales— de la Torá. — Espere, por favor. — Ya no lo oímos. Ya no lo oímos, Kevod HaRav. Lo hemos perdido. Kevod HaRav, vuelva a empezar. — No hay ni imagen ni sonido.

No. Se ha caído, creo. Debería llamarlo por teléfono. — No contesta. — Ya está. Estoy aquí, sigo así. — Ah, no, no, no, no es eso. Yo no estoy en la clase; soy yo quien lo llamó. — Pero la gente lo espera en la clase. — Ah, no hay electricidad en su casa. — Ah, entonces no puede continuar. — O quizá por teléfono, pero… — ¿Qué dices? ¿Intentamos continuar o lo dejamos aquí? — ¿Qué dice? ¿Quiere…? — Yo no sé cómo pasarlo, en realidad. Lo tengo aquí. — Espere, espere, ¿sabe qué? ¿Me oyen? Dice que, a causa del apagón, va a interrumpir la clase y responderá a las preguntas la semana que viene.

Gracias, Rav Benizri. Gracias a todos. Gracias, Rav Benizri. Gracias, Shavúa tov. Gracias. Shavúa tov a todos; les deseo un buen final del día. Adiós, adiós, y gracias por esta clase.