Jayé Sará: la muerte de Sará (2.ª parte)

par le Rav Raphaël Benizri

Preguntas para la mesa de Shabat: Jayé Sará

Un cuadernillo de estudio para imprimir: una pregunta por página, la respuesta del Rav, su fuente y una enseñanza para debatir en familia.

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Esta clase prosigue el estudio del capítulo de la Meará haMajpelá (la Cueva de Majpelá), la «cueva del desdoblamiento», y plantea una pregunta de fondo: ¿por qué insiste Avraham en pagar una tierra que ya le ha sido prometida? El Rav Raphaël Benizri responde acercando dos adquisiciones que la tradición pone en paralelo: la del campo de Efrón y la de una esposa. Una y otra consisten en salir de la materia bruta y de sus posibilidades indefinidas para dar forma a una vida. La sesión concluye con el sentido de los cuatrocientos siclos y con la razón por la que la parashá se llama «la vida de Sará».

El Rav parte del nombre hebreo del cementerio, la «casa de los vivos», y de lo que implica: solo se necesita una casa así para dar testimonio del paso de quienes contribuyeron a la historia y supieron vivir en dos planos. Tres personas, dice, gustaron en este mundo el Mundo Venidero, y a ellas sirve de refugio la cueva. A partir de ahí redefine la mala inclinación, no como un apetito, sino como el estado de quien permanece ante varios caminos sin elegir nunca ninguno.

La clase avanza luego mediante una serie de acercamientos: el verbo empleado para tomar esposa y el verbo de la adquisición, el elogio de la mujer virtuosa, la dimensión de Adam en el espacio y en el tiempo, las tres definiciones del sabio, la etimología de la plata y de la nostalgia, la lectura de una tierra donde la leche y la miel provienen de elementos impuros. Desemboca en Kiryat Arbá como el lugar donde se reúnen las cuatro energías de la creación, y en la Majpelá como casa de los vivos y no como campo de tumbas.

Lo que enseña esta clase

Avraham paga lo que ya le pertenece. La promesa de la tierra le había sido hecha, y virtualmente pertenece a su descendencia; pero si hay que conquistarla, ¿por qué no implicarse en ella? El Rav plantea este compromiso como la pregunta del capítulo. Pagar, aquí, no es rescatar un derecho disputado: es comprometer algo de uno mismo en lo que todavía no era más que una palabra.

El cementerio se llama casa de los vivos porque da testimonio de un pasado. Solo se necesita un lugar así para dejar constancia de la existencia de personas que contribuyeron a la historia de la humanidad y que asimilaron la relación de una vida en dos plantas: este mundo y el Mundo Venidero. No es un lugar de desaparición, sino una residencia: la residencia de los vivos en el pasado. Por eso la Majpelá es el lugar de refugio de aquellos a quienes les fue dado gustar los dos mundos.

La mala inclinación no es el apetito, es la indecisión. Suele entenderse como un impulso vulgar, pero en realidad es lo que lo mantiene a uno en la perplejidad de varias posibilidades, de varios caminos, sin haber elegido todavía ninguno. Uno se queda en un período de prueba en el que saborea un poco de esta rama, luego de la otra. Lo que resulta de ello es una vida fragmentada, a imagen de esas hojas de calendario que se van arrancando una tras otra. Ahora bien, una vida debería ser armoniosa, es decir, concentrar en sí todas las posibilidades en lugar de dispersarlas.

La Torá vincula la adquisición de la cueva con la adquisición de una esposa. El versículo que funda la obligación de casarse no dice «cuando un hombre se case», sino «cuando un hombre tome una mujer», empleando un verbo de adquisición. Ese verbo implica que hay que pagar, como Avraham pagó el campo de Efrón donde enterró a su esposa. El Rav advierte de inmediato contra una lectura apresurada: no se trata de hacer de la adquisición de una esposa el equivalente de la compra de una sepultura, sino todo lo contrario.

Sin lo femenino, el hombre sigue siendo materia bruta. Mientras la mujer no ha sido descubierta y adquirida, el hombre permanece en la materia, como una materia prima sin trabajar. Esa materia ofrece muchísimas posibilidades, pero no se ha orientado hacia ninguna finalidad, no ha recibido forma. Lo que está comprometido con el mundo de la realidad, de la práctica y de la configuración de la vida es lo femenino, que crea y que genera la vida. Es lo femenino lo que ofrece al hombre la posibilidad de realizarse en su mundo futuro y de desdoblarse.

Avraham hace el elogio de su esposa con las palabras de los Proverbios. El Rav recuerda que el elogio fúnebre retoma la conclusión de todo un libro de consejos dados al hombre para que no permanezca en estado de materia bruta. Lee de él un pasaje: guárdate de la mujer perversa y de la lengua melosa de la extraña; no codicies su belleza en tu corazón, no te dejes prender por su seducción, pues por una ramera se llega a quedar reducido a un pedazo de pan; ¿puede alguien avivar fuego en su seno sin que se le queme la ropa? El fracaso del que allí se habla es siempre el mismo: quedarse en el terreno de las múltiples posibilidades.

Elegir es invertir. El Rav pone el ejemplo de quien tiene mucho dinero y no lo invierte: mientras lo guarda, ese dinero le ofrece múltiples posibilidades. Pero cuando elige colocarlo en una empresa concreta, le da una forma y una dirección; ha enterrado, por así decirlo, todas las demás posibilidades en una sola. Eso es una vida: haber hecho una elección. Permanecer disperso es disponer de numerosas ventajas y poder lograr muchas cosas, sin realizar jamás ninguna.

Adam tenía la dimensión del universo, tanto en el espacio como en el tiempo. Nuestros sabios dicen que, cuando D-os creó al hombre, este medía de un extremo del universo al otro —el espacio está a escala humana—, y que se extendía igualmente de un extremo al otro del tiempo, desde el principio hasta el final. Tenía también la dimensión de los preceptos que articulan su vida. Los seiscientos trece mandamientos se dividen así: trescientas sesenta y cinco prohibiciones, como los días del año, pues cada día se presenta con su advertencia; y doscientos cuarenta y ocho preceptos positivos, cuyo número corresponde a la estructura del cuerpo humano.

Tres definiciones del sabio, y Avraham las reúne todas. El texto dice de él que era anciano, «entrado en días»: no había perdido ni un solo día, los llevaba consigo, y la palabra que lo designa se lee como «el que ha adquirido sabiduría». El sabio es, en primer lugar, el que conoce su lugar: no busca ocupar el de otro ni desafiar sus propias capacidades, sino que se realiza según sus aptitudes y les da una realidad plena. Es, en segundo lugar, el que se proyecta hacia el futuro, el que mide las consecuencias de sus actos y analiza las repercusiones de sus compromisos. Es, por último, el que busca aprender de todo hombre, sin desdén ni desprecio, sabiendo que cada uno puede aportarle una luz nueva. Avraham adquirió estas tres facetas de la sabiduría, y así es como transportaba sus días.

La bendición de la totalidad es imposible sin lo femenino. En la acción de gracias después de la comida pedimos ser bendecidos como lo fueron los patriarcas, cada uno con una fórmula construida sobre la palabra «todo». Llevar todas las posibilidades de que disponemos a una unidad perfecta: eso es precisamente la realeza, y esa labor no puede hacerse sin lo femenino. El Rav menciona también una lectura según la cual esa palabra designaría a una hija de Avraham. Estos versículos sirven de introducción a la elección de la esposa única de Itzjak.

Jevrón une el cielo y la tierra. El nombre procede de una palabra que significa unir, y lo que une son los cielos y la tierra. La palabra hebrea para los cielos se lee a partir de «allí»: lo que está más allá. Ese es el mundo de la realidad, aquel en el que todo se reencuentra, en el que la materia alcanza su finalidad en su forma. Pero solo se llega a él por la tierra, que es el universo de los deseos, de las aspiraciones y de la nostalgia.

En hebreo, la plata y la nostalgia llevan el mismo nombre. El Rav se detiene en esta palabra, que dice a la vez el metal y la carencia: el alma que languidece por los atrios divinos. La plata es el medio, la moneda con la que se compra el oro; no se compra la plata con el oro. Representa las múltiples posibilidades de que se dispone, y cuando se quiere darles estabilidad, se elige el oro, cuyo nombre leen nuestros sabios como «con esto aprendes a mantenerte firme». Es un proceso que pone a prueba el deseo y la voluntad.

Uno se casa con una moneda de escaso valor, y eso lo dice todo. La adquisición se hace mediante un objeto que vale unos pocos siclos, casi nada. Es una manera de decir: son mis múltiples posibilidades las que me llevan a elegirte a ti, y estoy dispuesto a pagar cualquier precio, con todo mi dinero, porque te considero la joya preciosa de mi vida. La suma irrisoria no mide el valor: designa el compromiso. Es el mismo gesto que Avraham realiza ante Efrón.

Ser extranjero y residente a la vez. Avraham se presenta ante los hijos de Jet como extranjero y habitante. El Rav lee esta doble condición como un programa: buscar una identidad siendo a la vez ciudadano de pleno derecho, y sobre todo no repetir las cosas, sino recoger día tras día el mensaje de cada día. La palabra hebrea para el día se relaciona con lo que cada jornada trae de nuevo. Nada está adquirido para siempre: cada año hace falta una nueva cosecha.

Un año solo existe a partir del momento en que el tiempo tiene una estructura. Mientras no se ha superado la primera unidad, la de diez, se permanece en años fragmentados, en añicos de tiempo. Solo cuando nuestro tiempo ha recibido la estructura de las etapas de la creación se entra en lo que el texto llama la culminación, una palabra que el Rav vincula con la totalidad. La culminación consiste en agrupar, en fundir ese conjunto de posibilidades en una sola. Eso es lo que hace Avraham, y con ello mismo da fe de la futura propiedad de la tierra.

La leche y la miel proceden de lo impuro. La tierra se describe como manando leche y miel: ahora bien, la leche procede de la sangre, y la miel de un insecto, dos elementos impuros, y ambas están permitidas para el consumo. Lo que era sangre, lo que era insecto, se ha convertido en un alimento que contribuye al equilibrio de la salud del hombre. El Rav lee en ello el sentido mismo de la adquisición de la Majpelá: la transformación de la materia prima en algo que nutre.

Kiryat Arbá reúne las cuatro energías de la creación. El agua, el fuego, el polvo y el aire: allí se reúnen las materias primas que rodean el mundo. Cada una puede desviarse: la tierra hacia la pereza y la dejadez, el fuego hacia las pasiones y los deseos, el aire hacia la maledicencia. El precio de cuatrocientos siclos ha recibido varios comentarios, y el Rav lo vincula con este número cuatro. Adquiridos el campo y la cueva, lo que ha sido rescatado son esas mismas energías.

La parashá debería llamarse «la muerte de Sará» y se llama «la vida de Sará». Es allí donde ella demostró que toda su vida formaba un todo armonioso. El texto detalla su belleza: a los cien años tenía la de sus veinte, y a los veinte la de una niña de siete; y la belleza de una niña de siete años es del todo natural, sin maquillaje ni estilo añadido. Esa belleza es interior; no quedó relegada a un rincón de la existencia, sino que se sostiene junto con todo lo demás. Es lo que dice el versículo según el cual el Eterno conoce los días de los íntegros. Y por eso la cueva se convierte en una casa de los vivos y no en un campo de tumbas.

Transcripción completa de la clase

Prosigamos, todos juntos, nuestra reflexión sobre este capítulo de la Meará haMajpelá, la «cueva del desdoblamiento», que Avraham se empeña en adquirir con su propio dinero, aunque la promesa de la tierra le hubiera sido hecha y aunque, digamos, virtualmente la tierra nos pertenezca, o al menos pertenece a su descendencia. Pero si hay que conquistarla, ¿por qué no implicarse en ella? Implicarse, porque es importante. No tenemos un culto a los muertos. Pero el bet almín, el cementerio, se llama bet hajayim: es la casa de los vivos, la residencia de los vivos, la residencia de los vivos en el pasado. Porque solo necesitamos una casa así para dejar constancia del pasado de personas que contribuyeron a la historia de la humanidad y que, de hecho, asimilaron la relación de una vida en dos plantas —un ático, por así decirlo—, es decir, Olam haZé y Olam haBá (este mundo y el Mundo Venidero). Por eso la Meará haMajpelá es el lugar de refugio de tres personas a las que D-os hizo gustar este mundo y el mundo futuro. Les hizo gustar el Mundo Venidero en este mundo, y les ahorró el yétzer hará.

Siempre lo traducimos como «la mala inclinación». Bien: la mala inclinación, en su sentido vulgar, todos sabemos lo que es. Pero en realidad la mala inclinación es la que los mantiene en la perplejidad de varias posibilidades, de varios caminos, cuando todavía no han elegido ninguno. Están en un período de prueba en el que saborean un poco de esta rama, un poco de la otra, etcétera, y eso hace que nuestra vida esté fragmentada. Es como esas hojas de calendario que se van arrancando una tras otra, cuando en realidad esta vida debería ser una vida armoniosa, una vida armoniosa que concentre en sí todas las posibilidades. Y por esa razón la Torá establece un vínculo entre la adquisición de la Meará haMajpelá y la adquisición de la esposa. Ustedes saben que aprendemos la obligación de adquirir una esposa —porque una esposa se adquiere—, ¿y de dónde lo aprendemos? Kijá kijá misdé Efrón: el «tomar» se aprende del «tomar» del campo de Efrón. Porque el texto dice ki yikaj ish ishá, «cuando un hombre tome una mujer». No dijo «cuando un hombre se case con una mujer», ki yisá ishá, en el lenguaje del matrimonio, sino ki yikaj. Y ki yikaj quiere decir que debe pagar su adquisición, como Avraham pagó el campo de Efrón, donde enterró a su esposa.

No se apresuren a concluir que la adquisición de una esposa es el equivalente de una sepultura; todo lo contrario. Porque mientras no hemos descubierto realmente a la mujer y no la hemos adquirido, permanecemos en la materia, como la materia bruta. La materia bruta ofrece muchísimas posibilidades, pero no se ha orientado hacia una finalidad, hacia un objetivo; no ha dado forma a la materia original. Ahora bien, lo que está realmente comprometido con el mundo de la realidad, de la práctica, de la configuración de la vida, es lo femenino que crea, es lo femenino que genera la vida. Es ese femenino el que ofrece al hombre la posibilidad de realizarse en su mundo futuro, de desdoblarse. Y cuando se analiza este capítulo del campo de Efrón, donde se encuentra la Meará haMajpelá, la cueva del desdoblamiento, se ve que Avraham es consciente de quién era Sará: la única mujer de la que la Torá consignó el número de años que vivió, y la Torá dio importancia a la manera en que fue enterrada, con todo el respeto debido a una éshet jáyil, una mujer virtuosa. Porque cuando Avraham pronuncia el elogio fúnebre de su esposa, nuestros sabios dicen que lo hizo con la conclusión de Mishlé (Proverbios); Mishlé, que a lo largo de todos sus consejos exhorta al hombre a no permanecer en estado de materia bruta. ¿Qué le dijo? Les leo un pequeño pasaje.

«Para guardarte de la mujer perversa, de la lengua melosa de la extraña. No codicies su belleza en tu corazón, ni te dejes prender por sus párpados. Porque por una ramera se llega a quedar reducido a un pedazo de pan, y la mujer adúltera caza un alma preciosa. ¿Puede alguien avivar fuego en su seno sin que se le quemen las ropas?» (Proverbios 6:24-27). En todo caso, el fracaso está en que el hombre permanezca en el terreno de sus múltiples posibilidades. Tomemos a alguien que tiene muchísimo dinero, pero no lo invierte. Mientras tiene ese dinero, este le ofrece múltiples posibilidades; pero cuando ha elegido invertirlo en una empresa concreta, le ha dado forma, le ha dado una dirección. Ha enterrado, por así decirlo, o acumulado todas las demás posibilidades en una sola. Eso es la vida. Cuando uno ha hecho una elección en su vida… Es decir, que cuando permanecemos dispersos tenemos, desde luego, múltiples ventajas; podemos lograr numerosas cosas, por caminos diferentes. Solo que —ya saben— nuestros sabios dijeron que cuando el Santo, bendito sea, creó al hombre, este medía de un extremo del universo al otro. Eso, en el espacio: el espacio está a escala humana. En el tiempo, también se extendía de un extremo al otro, desde el Principio hasta el final. Así era Adam haRishón, el primer hombre. Él mismo tenía la dimensión de los preceptos que guían su vida, que articulan su vida.

Ahora bien, estas mitzvot, seiscientas trece en número, se dividen así: trescientas sesenta y cinco, como los días del año, mitzvot lo taasé, preceptos de lo que no se debe hacer. Dicho de otro modo, cada día se presenta con su prohibición, con su advertencia. Y doscientos cuarenta y ocho preceptos de acción positiva, cuyo número equivale, en realidad, a la estructura del hombre. Entonces, ¿qué es realizar una vida? Es cuando se ha tenido en cuenta ese tiempo humano, ese espacio humano, y el hombre ha hecho de ello una realidad en el mundo futuro. Por cierto, cuando este capítulo termina, abre ante nosotros otro capítulo: el de la elección de Rivká para Itzjak. Tendremos ocasión de comentarlo; no hace falta abordarlo ahora. Pero lo importante es que nuestros sabios dicen, a propósito de Avraham zakén ba bayamim —«Avraham era anciano, entrado en días» (Génesis 24:1)—: Avraham era anciano; ba bayamim, llevaba consigo sus días.

No había perdido ni un solo día; no había desechado ni un solo día. Muy bien: eso es zakén. Y zakén es zé shekaná jojmá, «este es el que ha adquirido sabiduría». Desdichados los que no han conocido a sus mayores, a sus sabios. Cabe preguntarse: ¿qué relación hay entre zakén y zé shekaná jojmá, el que ha adquirido sabiduría? Nuestros sabios nos han abierto aquí una puerta: ¿Ezehu jajam?, ¿a quién se llama sabio? Hamakir et mekomó, al que conoce su lugar: el que no busca usurpar el lugar del otro, el que tampoco busca desafiar sus propias capacidades, el que se realiza según sus propias aptitudes y les da una realidad plena. Esa es una primera definición del jajam. La segunda definición del jajam es el que se proyecta hacia el futuro, el que percibe las consecuencias de sus actos y analiza un poco cuáles podrían ser las repercusiones de sus compromisos. Y la tercera definición: halomed mikol adam, el que busca aprender de todo hombre, el que no siente ningún desdén, ningún desprecio por los demás, sino que sabe que cada uno puede, efectivamente, aportarle una luz nueva.

¿Y Avraham, cuál de ellos es? Avraham es el que adquirió las tres facetas de la sabiduría. Y así es como transportaba sus días. VaHashem beraj et Avraham bakol, «y Hashem bendijo a Avraham en todo» (Génesis 24:1). Dije hace un momento que hay tres personas a las que se concedió en este mundo el mundo futuro: Avraham, Itzjak y Yaakov. Y en Birkat haMazón, la acción de gracias que recitamos después de la comida, pedimos ser bendecidos como fueron bendecidos nuestros patriarcas: Avraham bakol, Itzjak mikol, Yaakov kol. En cuanto a bakol, los sabios recurren a todas sus declinaciones, porque llevar todas las posibilidades que tenemos a un punto, a una unidad perfecta: eso es la maljut, la realeza. Esa labor es imposible sin lo femenino […].

Incluso se llega a interpretar este bakol como una hija que Avraham tenía y que se llamaba Bakol: uVakol shemá, «y Bakol era su nombre». […] Este bakol sirve de introducción a la elección de la esposa única de Itzjak, la que está llamada a transformar la materia bruta que el hombre trae de su campo. Ya se trate de trigo o de algodón, ella hace de ello un alimento, un vestido; lo transforma, le da forma. Pues bien, ese es el homenaje que Avraham rinde a Sará al reservarle [un lugar] en la Meará haMajpelá, donde ya habían sido enterrados el hombre —el primer hombre— y su esposa Java. Y ese lugar es Jevrón.

Jevrón, de la raíz javer, unir. Es lo que une el cielo y la tierra. El cielo y la tierra: ¿qué quiere decir eso? ¿De dónde viene la palabra shamáyim, cielo? De sham, «allí»: lo que está más allá. Tiene una doble vocación, un doble sentido; sí, sencillamente porque ese es el mundo de la realidad donde todo se reencuentra, el jómer y la tzurá, la materia y la forma: la materia que alcanza su finalidad en su forma ideal. Pero ¿cómo se llega a él? Por la éretz, la tierra. La éretz es el universo de los deseos, el universo de las aspiraciones, el universo de la nostalgia, el universo del késef. La plata, el dinero, en hebreo se dice késef; pero la nostalgia, en hebreo, también se dice késef. Languidecer pertenece a la misma familia de palabras que késef: languidecer por la casa de D-os, nijsefá vegam kaltá nafshí lejatzrot Hashem, «mi alma anhela, y aun desfallece, por los atrios de Hashem» (Salmos 84:3).

Sí: el késef y el zahav, la plata y el oro. El késef, la plata, es el medio; es la moneda con la que se compra el oro. No se compra la plata con el oro: es con la plata con lo que se compra. Es con las diferentes posibilidades, las múltiples posibilidades que ofrece el dinero cuando disponemos de él. Y cuando queremos darle estabilidad, entonces elegimos el oro; y nuestros sabios han leído zahav de otro modo: «con esto aprendes a mantenerte firme». Es un proceso que va a poner a prueba, efectivamente, tu deseo y tu voluntad. Así pues, no nos asombremos de que la adquisición de una esposa se haga ante todo y sobre todo con algo de poco valor; poco importa que valga cinco siclos o diez. Es una manera de decir: son mis múltiples posibilidades las que me llevan a elegirte a ti, y estoy dispuesto a pagar cualquier precio, con todo mi dinero, con todo mi dinero, porque te considero la joya preciosa de mi vida. Es el texto; no cambio nada. Y ese es todo el tema de este capítulo particular que Avraham consagra a la sepultura de su esposa y que, en otro plano, expresa en cierto modo el destino del pueblo judío, incluso en medio de las naciones. No es casual que el nombre de los Bené Jet, a quienes Avraham compró este terreno, figure diez veces. Conocemos muy bien este número diez: en la creación, en la revelación, en la evolución misma de la historia y en la medida de toda personalidad. Así pues, nuestra relación con el mundo es esta: adquirir de él todas las posibilidades que haya, la materia bruta, y darle una forma, una realidad a la medida de la Torá, a la medida de la creación, a la medida del tiempo en el universo.

Visto esto, es al final de la vida cuando se puede hacer el balance. Normalmente, el título de esta parashá debería haber sido Mot Sará, «la muerte de Sará». No: Jayé Sará, «la vida de Sará». Es allí donde ella demostró efectivamente que toda su vida había sido un todo armonioso, y no solo en un aspecto: a los cien años tenía la belleza de una joven de veinte, y a los veinte la belleza de una niña de siete. ¿Por qué ha de ser, a los veinte, la belleza de una niña de siete? Porque a los veinte ya hay maquillaje; ya se le da un estilo algo distinto a la propia belleza. La belleza de una niña de siete años es del todo natural; permanece en su estado natural. ¿Y qué es esa belleza? Es la belleza interior, una belleza que completa, en cierto modo, un todo.

Esa belleza no fue relegada a un rincón; se sostiene junto con todo lo que queremos hacer real. Y eso es yodéa Hashem yemé temimim, «Hashem conoce los días de los íntegros» (Salmos 37:18). Eso es lo que Hashem aprecia: los días de las personas íntegras, porque no crecieron, no evolucionaron con principios fijos e inamovibles. Guer vetoshav anojí, «extranjero y residente soy yo» (Génesis 23:4): siempre estoy en condición de extranjero; busco una identidad, pero al mismo tiempo quiero ser ciudadano de pleno derecho. Ser guer, extranjero, no es más que mi manera de querer recoger, día tras día, el mensaje de cada día. Y no se trata de repetir las cosas, sino de descubrir el mensaje de cada día. El día, yom, se llama así en hebreo porque cada día ofrece un yam, un mar, de posibilidades.

Ese es el lenguaje que Avraham intercambia con los Bené Jet. Ustedes saben que jet significa roto, quebrado: «los arcos de los poderosos están quebrados» (I Samuel 2:4); no alcanzan su blanco. Es lo que a veces nos sucede cuando emprendemos varias cosas a la vez […]. Ahora bien, la tarbut, la cultura general, cuenta el número de años, la edad, en primaveras: «tengo veinte primaveras, treinta primaveras». Nosotros no: ¿cómo llamamos a nuestra juventud? Yemé jorpí, «los días de mi juventud» (Job 29:4). Jorpí viene de jóref, el invierno. Sí: es entonces cuando todo fue sembrado; la semilla está muriendo bajo tierra. Lo que nos interesa es la madurez, cómo se produce: ese es el momento. Nada está adquirido para siempre: cada año hace falta una nueva cosecha. Y esa es también la razón por la que, cuando se habla de shaná, un año, es que se ha superado la noción de diez, la unidad primera, el diez. Mientras no se ha alcanzado, estamos en shanim, varios años: todo está fragmentado, son añicos de tiempo. Pero cuando hemos dado a nuestro tiempo esa estructura —la estructura de las sefirot, la estructura de las Tablas de la Ley, la estructura de la creación—, entonces estamos en el mundo de vayejulú (la culminación), que viene de la palabra kol, «todo»: en la culminación y en el hecho de agrupar o fundir ese conjunto de posibilidades en una sola posibilidad. Y eso es lo que hace Avraham, y con ello mismo firmó, por así decirlo, o dio fe de la futura propiedad de la tierra.

Es porque en esta tierra —éretz zavat jalav udvash, creo que ya se lo he dicho, una tierra que mana leche y miel— la leche proviene de un producto impuro, la sangre, y la miel de un shéretz (pequeño animal que se arrastra) impuro, la abeja; y sin embargo están permitidas para el consumo. Tenemos lo crudo, el estado natural: era sangre, era un shéretz, un insecto; pero hacemos de ello un alimento que contribuye al equilibrio de la salud del hombre. Ese es el sentido de esta adquisición de la Meará haMajpelá, puesto que costó cuatrocientos siclos. Cuatrocientos siclos: hay varios comentarios. Es el lugar donde se reúnen todas las energías de la creación, Kiryat Arbá: esh, el fuego; máyim, el agua; afar, el polvo, la materia; rúaj, el aire.

Por supuesto, pueden desviarse: el afar hacia la atzlut, la pereza, la dejadez; el esh, el fuego de las pasiones y de los delirios; y el rúaj, el aire, hacia […] la maledicencia. Pues bien, a esas materias primas […] les dio su finalidad: Vayakom sedé Efrón… vayakom hasadé vehameará asher bo leAvraham laajuzat kéver meet Bené Jet, «y quedó establecido el campo de Efrón… quedaron establecidos el campo y la cueva que había en él como propiedad de Avraham, para sepultura, de parte de los hijos de Jet» (Génesis 23:17-20). […] Y así la Meará haMajpelá será un bet hajayim, una casa de los vivos, y no un lugar de tumbas. Aquí me detengo, por si tienen preguntas.