Vayishlaj: cómo evitar la confrontación con Esav

par le Rav Raphaël Benizri

Preguntas para la mesa de Shabat: Vayishlaj

Un cuadernillo de estudio para imprimir: una pregunta por página, la respuesta del Rav, su fuente y una enseñanza para debatir en familia.

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Esta clase aborda la parashá Vayishlaj a partir de su pregunta más inquietante: ¿qué hacer con el adversario cuando ese adversario es un hermano, y cuando además habita dentro de nosotros? Desde el principio, el Rav Raphaël Benizri rechaza la solución bélica: no se trata de destruir a Esav ni a las naciones, sino de despojarlos de sus ideas preconcebidas y de recuperar la dimensión de hermano, que es el patrimonio común de la humanidad entera. La clase sigue paso a paso el regreso de Yaakov tras veintidós años en casa de Lavan: el envío de los mensajeros, la preparación del regalo, la oración y la división del campamento en dos.

El Rav presenta a Yaakov como el prototipo del exilio: su vida no fue más que un peregrinar —en casa de Lavan, en la Tierra de Israel y luego en Egipto—, y pasó la mayor parte de sus años lejos de sus padres y lejos de la Tierra, pero no lejos de la Torá. Su regreso obedece a una hostilidad creciente: sus cuñados ya no lo miran de la misma manera, tampoco su suegro, y los celos hacen el resto.

La clase lee después los tres medios que emplea Yaakov —el regalo, la oración y la guerra—, insistiendo en lo que el Rambán añade sobre el tercero: la cuestión no es cómo hacer la guerra, sino cómo evitarla. Descifra el regalo como un lenguaje cifrado, relaciona las cuatro ofrendas con las cuatro etapas de la historia del pueblo y se cierra con una larga pregunta del público sobre Esav, el honor a los padres y el episodio de Diná.

Lo que enseña esta clase

El adversario habita en nosotros: hay un Esav dentro de nosotros. Hay momentos en que nos detestamos a nosotros mismos, en que abusamos de nuestra propia persona. Estamos habitados, de manera intrínseca, por el mundo de la tecnología, que procuramos domesticar y conservar, no ahogar ni eliminar. Nuestra relación con el mundo exterior es de la misma naturaleza: no se trata de hacer la guerra a todos los incrédulos hasta destruirlos, sino de despojarlos de sus ideas preconcebidas, de sus prejuicios, de sus creencias dudosas y subjetivas. La lucha es interior antes de ser exterior, porque somos el microcosmos del macrocosmos. Nuestro propio pueblo presenta todas las tendencias culturales y filosóficas propias de los demás pueblos. Se trata, pues, de ponerse en armonía consigo mismo, con la propia familia, con el propio pueblo y, más allá, con el conjunto de las naciones. La dimensión de hermano es lo que sigue siendo compartido por la humanidad entera.

Tres dones fueron otorgados a Israel, y se adquieren a través de duros sufrimientos. La Torá, la Tierra de Israel y el mundo venidero: son ellos, dicen los sabios, cuyo precio se paga tan caro. Quien no se involucra y no acepta entregarse a ellos, aunque tenga que sufrir por ello, jamás podrá adquirirlos. Porque lo que se adquiere fácilmente se pierde de la misma manera, mientras que aquello por lo que uno se ha esforzado no se abandona, y se lucha por conservarlo. La Tierra es el don en el espacio; la Torá, el del tiempo santificado; el mundo venidero, el que asegura la perennidad de la vida, de la familia y del universo.

Yaakov es el prototipo del exilio. Su vida no fue más que un peregrinar: está en casa de Lavan, regresa a la Tierra de Israel, vuelve a descender a Egipto. La mayor parte de sus años transcurrieron lejos de sus padres y lejos de la Tierra de Israel, pero no lejos de su Torá. Al cabo de veinte años —veintidós, para ser exactos— decide regresar: no le falta nada, ha edificado su casa, tiene once hijos y ha amasado una fortuna. Es justamente cuando se realiza cuando despierta la animosidad. Sus cuñados ya no lo miran igual: habría explotado los bienes de la familia, explotado la tierra, reunido un capital enorme, y afirma su independencia. Tampoco el suegro lo mira ya de la misma manera. Es el mismo mecanismo que se repite en la historia: que, partiendo de la pobreza más absoluta, tras las persecuciones, los pogromos y las intrigas familiares, hayamos logrado a pesar de todo salir adelante, eso las naciones no lo pueden admitir. Tarde o temprano hay que hacer las maletas y volver al propio anclaje, a las propias fuentes, a las propias raíces, porque es desde allí desde donde uno puede irradiar más.

Dos formas de hostilidad se enfrentan dentro de una misma familia. Esav permaneció junto a los padres durante los veinte años de ausencia, y su amenaza sigue pesando. Los dos hombres a los que Yaakov deja atrás y reencuentra están unidos por un mismo proyecto, destruir la descendencia de Avraham, pero cada uno a su manera: uno mediante la asimilación, el otro mediante la persecución permanente. La pregunta de la clase es cómo actuar entre ambos.

Yaakov envía ángeles verdaderos, y Rashí insiste en ello. Esto obliga a hacer una distinción: el hombre dispone de libre albedrío; el ángel, no, porque el libre albedrío se sitúa en la alternativa entre el bien y el mal, que el ángel desconoce. Ahora bien, el libre albedrío solo interviene en el plano del concepto: qué debo hacer, qué camino adoptar, cómo actuar. Una vez tomada la decisión, ya no está en juego: en el mundo de la realización, queda a un lado. Al enviar ángeles, Yaakov hace abstracción de su libre albedrío. Y lo hace por una razón precisa: Esav es hermano de Yaakov, lo queramos o no. Puesto que es nuestro hermano, dejamos de buscar quién tiene razón y quién no, porque no vamos a matarnos entre nosotros. Se hace abstracción del libre albedrío para recuperar el punto común de la fraternidad, de modo que se puedan acompasar los movimientos y armonizar la relación.

Y sin embargo, hay algo más allá del libre albedrío. Hacer abstracción de él es ya empequeñecerse ante el otro para buscar con él un terreno de entendimiento. Pero lo que está más allá consiste en situarse en la fuente de la fraternidad, tal como era antes de que surgieran los problemas. Allí, todo era maravilloso. Buscar la armonía con los pueblos, con uno mismo, con la propia familia y en el seno del propio pueblo es encontrar esos puntos de entendimiento comunes, haciendo abstracción de toda pertenencia y de toda orientación. A la objeción de que los dos hermanos ya se peleaban en el vientre materno, la respuesta se refiere a las dos inclinaciones. En toda educación de nosotros mismos, nos sentimos tan atraídos por la casa de estudio como por el mundo de la tecnología; quisiéramos casar la yeshivá con la universidad, la Torá con la filosofía. En el vientre, en el origen, están las dos inclinaciones juntas, y no podemos separarnos de ellas: la cuestión es cómo gestionarlas. Porque lo que nos impulsa a avanzar no es, por lo general, la buena inclinación, sino la de las pulsiones, los instintos, las pasiones y los deseos; y es preciso que esta se ponga al servicio de la otra, que solo empieza a manifestarse a los trece años en los varones y a los doce en las mujeres.

«Así diréis a mi señor Esav»: los sabios no lo aprueban. El midrash cita un versículo de Proverbios sobre el manantial enturbiado y la fuente corrompida: ¿qué clase de justo es el que se doblega ante el malvado? Es impensable doblegarse ante el malvado y llamarlo señor. El mismo midrash trae la imagen de quien agarra a un perro por las orejas: el transeúnte que se enfurece por una disputa ajena. Y sin embargo, es buena política engrandecer al otro. Quitarle el complejo que tiene frente a ti, tratarlo con estima, puede hacerse mediante los presentes que se le ofrecen. Porque viene con cuatrocientos hombres: saldrías perdiendo, y de nada sirve fanfarronear ante él. Hay que recurrir, pues, a la estratagema. Y una manera de actuar con astucia consiste en darle al otro más seguridad en sí mismo, porque llegará un momento en que cederá a sus debilidades y se perderá por sí solo. Es exactamente lo que ocurre: Esav terminó abandonando la tierra por propia voluntad, aunque la deseaba, y el derecho de primogenitura que reclamaba apuntaba también a poseerla.

Este mecanismo se observa hasta en los barrios residenciales. Nos instalamos en algún lugar y luego, a medida que se suman personas que no comparten nuestra filosofía ni nuestras concepciones, nos mudamos a otra parte. Esto puede funcionar en ambos sentidos. La Torá ha asegurado que, cuando el cananeo advierta que te aferras a tus convicciones, que las practicas en tu tierra y que estás dispuesto a defenderlas cueste lo que cueste, abandonarán la tierra por sí mismos, porque no querrán permanecer encerrados en ese ambiente. El reproche es también el de haber provocado el encuentro. No le correspondía a Yaakov salir al encuentro de Esav: había que dejarlo venir, puesto que aún no se sabía lo que quería. Hay que mantenerse en el punto intermedio: honrar al otro y permanecer en guardia. De ahí los tres medios: el regalo, la oración y la guerra. Pero sobre el tercero, el Rambán añade lo esencial: hacer la guerra no es una obligación a cualquier precio, y la cuestión no es cómo hacerla, sino cómo evitarla, sobre todo frente a un enemigo numéricamente más fuerte, y porque la guerra aviva las venganzas.

La Tierra no se conquista por la fuerza, sino por la fe. Hay que conquistarla por los valores que en ella se defienden, y eso es lo que justifica poseerla. Entonces los enemigos se alejan poco a poco, desisten y acaban reconociendo por sí mismos esos valores, porque esos valores ya los comparten, aunque en un nivel inferior. Esa es la diferencia entre los ídolos y una fe que unifica: ellos se han quedado en lo múltiple, han multiplicado los ídolos, las filosofías, las corrientes y las ideologías, y por eso se hacen entre sí guerras de destrucción.

La casa de Yaakov cuenta setenta almas, en singular. Gramaticalmente, cabría esperar un plural: numerosas almas. El texto escribe «setenta alma». Todo forma una sola alma, porque todo se complementa. El mismo espíritu recorre el mensaje enviado: «He habitado con Lavan», que Rashí comenta así: conservé mi identidad, no cedí; intentaron por todos los medios desviarme, permanecí en guardia y pienso seguir así. Los seiscientos trece preceptos solo se cumplen a escala de un pueblo. Los sabios leen en esa misma palabra el valor numérico de seiscientos trece, como si Yaakov dijera que los guardó todos allí. Pero nadie los cumple todos: ni siquiera el mayor de los justos puede hacerlo, pues no es cohén y ciertas situaciones jamás se le presentan. Lo que Yaakov le dice a su hermano es, por tanto, otra cosa: lo que tú cumples por tu lado y lo que yo cumplo por el mío se suman; no niego que también tú tengas buenas acciones en tu haber, y las comparto contigo, del mismo modo que quiero acreditarte todo lo que yo hago, puesto que lo que hago no lo hago para mí, sino para propagar en el mundo la fe en la unidad de D-os.

El exilio mismo no carece de valor. Tenemos en él una misión que cumplir. Fue allí donde nacimos, allí donde forjamos nuestra identidad, allí donde aprendimos a volvernos sensibles a la desgracia ajena y a compartir con los demás nuestras alegrías. Los preceptos son, por lo demás, un vínculo moral entre las personas. Esta es la parashá que los sabios estudiaban antes de ir a defender su causa ante las autoridades romanas, para impregnarse de su enseñanza.

Yaakov divide a su familia en dos campamentos, y su combate es un combate por la supervivencia. Teme el momento en que tendrá que combatir a Esav y matarlo, y teme igualmente que Esav lo mate a él. Si divide el campamento, es para que, si el primero no resiste, el otro pueda dispersarse, huir y escapar. Este combate por la supervivencia nunca ha cesado: por muy seguro de sí mismo que uno esté, por muchas precauciones que tome, por mucho que cuente con la diplomacia y con los medios de defensa, nada de eso basta. Hace falta la oración, la única capaz de llevarnos más allá de todas las garantías que uno toma por sí mismo.

El regalo es un lenguaje cifrado. Un buey, un asno, ganado menor, un siervo, una sierva: a Esav nada de eso le importa, no vale nada para él. El buey es el combate: el toro que, en la arena, se enfrenta a la verticalidad que el hombre le opone y busca desestabilizarlo con sus cuernos. El asno es la imagen mesiánica de aquel que monta sobre un asno. Y el buey es Yosef: hay dos Mesías. No es al Mesías hijo de Yosef a quien esperamos. Él es el elemento de combate en la guerra que agita al universo entero, y perderá la vida en ella. Es con el Mesías hijo de David con quien contamos: el hombre de los Salmos, el hombre de la oración, aquel que lleva esa fuerza dentro de sí pero que se cuestiona constantemente.

Yaakov tenía asegurada la protección divina, y aun así se interroga. Se le había dicho que no temiera nada y que regresara a su tierra. Cuando uno está verdaderamente llamado a cumplir una misión, puede seguir adelante; él, sin embargo, conserva la interrogación. Quizá no estuve a la altura, quizá pequé aquí o allá. Porque al cabo de catorce años habría debido hacer las maletas: aquello por lo que había partido estaba cumplido, se había casado con Rajel y con Lea y había formado una familia. Quiso además amasar una fortuna y añadió seis años, cerrando un acuerdo sobre su peculio antes de regresar. Esta estancia prolongada tiene un precio, y él se la reprocha. La ha pagado al precio de los padres a los que no volvió a ver, al precio de un regreso demasiado largo, al precio de una educación que quedó vacilante para los hijos, porque para que formen una familia unida habrá que pasar por crisis. Y no hay que olvidar que lo que le sucedió a Diná se apoya, en cierta medida, en la factura de esa estancia prolongada en casa de Lavan.

La oración invoca a los padres, y el texto añade un detalle precioso. Yaakov se dirige al D-os de su padre Avraham y al D-os de Itzjak, recuerda que cruzó ese río con un cayado y que se ha convertido en dos campamentos, y dice que hoy se ve reducido a dividir a su familia para enfrentarse a su hermano. Le teme porque es a la vez hermano y Esav: es difícil combatir a un hombre que, en nombre de la fraternidad, quiere destruirte. Y el texto señala que pasa allí la noche: la noche para reflexionar sobre cómo resolver el problema.

Somos el polvo de la tierra y la arena del mar. Nos aplastan, nos pisotean; pero quienes nos pisotearon son los que cargan con la mala conciencia de lo que nos hicieron padecer. De esa tierra hemos logrado hacer germinar algo nuevo, y así será siempre. La arena del mar, que no se puede contar, es también lo que detiene la embestida de las olas que amenazan con inundar el mundo y hundirlo. Y se trata, por último, de brillar como las estrellas del cielo en plena noche.

Cuatro ofrendas para cuatro campamentos, y cuatro etapas de la historia. Hay una primera oleada de exilio, Egipto; una segunda, la destrucción del Primer Templo; una tercera, la del Segundo, con vistas a una construcción por venir. Por eso Yaakov da órdenes al primer mensajero, al segundo, al tercero y, en cuarto lugar, a todos los que acompañaban a los rebaños. La palabra que designa la ofrenda y la palabra que designa el campamento aparecen cuatro veces cada una: la ofrenda se proyecta sobre las cuatro etapas que la historia del pueblo está llamada a atravesar, pero sigue condicionada a la supervivencia del campamento.

La oposición solo se mantiene mientras se llama Yaakov. Cuando pasa al estado de Israel, ha logrado dominar a Esav; en adelante son dos personalidades las que gestiona. Sus dos esposas, Rajel y Lea, son por otra parte su reflejo. Por último, el Rav relaciona tres parashiot construidas sobre el mismo verbo de envío —la relación de Yaakov con Esav, la salida de Egipto y la puesta en marcha hacia Israel, el envío de los exploradores— y constata que ninguna de esas misiones llegó a su término. Son pasos obligados, y no hay que imaginar que la historia de Yaakov y de Esav pertenezca al pasado: nos acompaña hoy.

Transcripción completa de la clase

Vamos a abordar, efectivamente, el problema de las relaciones con el adversario: el adversario que habita en nosotros, porque hay momentos en que nos detestamos a nosotros mismos, momentos en que abusamos de nuestra propia persona. Hay un Esav que habita en nosotros; dije la vez pasada que también nosotros estamos habitados por Esav. Estamos habitados, de manera intrínseca, por este mundo de la tecnología, y procuramos en cierto modo domesticarlo, conservarlo, pero no ahogarlo, no eliminarlo. Nuestra relación con el mundo exterior es de la misma naturaleza. No vamos a hacer la guerra a todos los incrédulos, a todos los infieles, hasta el punto de destruirlos; nada de eso. Al contrario, lo que vamos a intentar es despojarlos de sus ideas preconcebidas, de sus prejuicios, de sus creencias dudosas y subjetivas, y vamos a intentar recuperar la dimensión de hermano, que es el patrimonio común de toda la humanidad. Así pues, la lucha que libramos es en nuestro interior y en el seno de nuestro pueblo, que presenta, como os dije, todas esas tendencias culturales o filosóficas propias de los demás pueblos; no somos más que el microcosmos del macrocosmos. Intentamos, pues, en cierto modo, armonizar, ponernos en armonía con nosotros mismos, con nuestra familia, con nuestro pueblo y, más allá, con la nación, con todas las demás naciones.

Pero ¿cómo hacerlo? ¿Cómo proceder? Nuestros sabios dicen que hay tres cosas que fueron dadas al pueblo de Israel y por las que paga un precio muy alto; no deja de sufrir por ellas. ¿Cuáles son esos tres grandes regalos que el Eterno dio a Israel? La Torá, Éretz Israel —la Tierra de Israel— y el Olam Habá, el mundo venidero. Estas tres cosas se adquieren, pues, a través de duros sufrimientos. Quien no se involucra y no acepta de verdad entregarse a ellas, aunque tenga que sufrir por ello, jamás podrá adquirirlas. Las cosas que se adquieren fácilmente se pierden de la misma manera; pero cuando uno se ha esforzado por obtenerlas, no se separa de ellas con facilidad: las defiende, quiere conservarlas, lucha por conservarlas. Tenemos, pues, estas tres dimensiones: la Tierra de Israel en el espacio; la Torá en el tiempo, puesto que se trata precisamente de santificar el tiempo a través de la Torá; y el Olam Habá, ese mundo venidero con el que soñamos, que nos asegura la perennidad de todo: de nuestra vida, de la familia, del universo entero.

¿Cómo hacerlo? Es lo que vamos a ver a través de este movimiento de retorno que lleva a cabo Yaakov. Yaakov, como dijimos, es el prototipo del exilio. Su vida no fue más que un peregrinar. Está en casa de Lavan, regresa a la Tierra de Israel, vuelve a descender a Egipto. La mayor parte de los años de su vida los pasó lejos de sus padres, lejos de la Tierra de Israel, pero no lejos de la Torá de Israel. Os leo un poco los primeros versículos de la parashá de la semana, puesto que, tras años de exilio —veinte años de exilio—, Yaakov decide regresar a su casa. Al fin y al cabo tiene todo lo que necesita, todo lo que necesita. En casa de Lavan no le falta nada: ha edificado su casa, tiene once hijos y ha amasado una fortuna.

Solo que, a partir del momento en que se ha realizado, despierta animosidad dentro de su propia familia. Sus cuñados ya no lo miran de la misma manera: «Ha explotado los bienes de nuestro padre, ha explotado nuestra tierra, ha reunido un capital enorme y se afirma con total independencia». Y tampoco el suegro lo mira ya igual. El antisemitismo ya está ahí. Los celos pueden surgir, efectivamente, del hecho de que, desde la pobreza absoluta a la que nos habían reducido las persecuciones, los pogromos y las intrigas familiares, logramos a pesar de todo salir adelante; y eso las naciones no pueden admitirlo. Tarde o temprano hay que hacer las maletas, hay que volver al propio anclaje, a las propias fuentes, a las propias raíces, porque es desde allí desde donde podemos irradiar más. Así que hay que ponerse de nuevo en camino, pero cuidado: Esav permaneció junto a los padres durante veinte años, veintidós para ser exactos, y su amenaza pesa hasta el día de hoy, porque tampoco él soltará su presa. Estamos, pues, entre dos formas de antisemitismo, dos luchas, pero que se dan dentro de una misma familia. Ambos están unidos por el proyecto de destruir la descendencia de Avraham, pero cada uno a su manera: uno mediante el fenómeno de la asimilación, el otro mediante el fenómeno de la persecución permanente. ¿Qué hay que hacer? Quizá haya que ir a reconstruir el país y afirmar la propiedad de la tierra en nombre de la herencia de los padres. Entonces envía ángeles —envía emisarios—, pero se nos dice: atención, envía ángeles. Y Rashí nos dirá: ángeles verdaderos. ¿Cómo se pueden enviar ángeles verdaderos? […] Tenía a su disposición ángeles que lo servían. Pero entonces, ¿qué son ángeles falsos? Pues bien, ya lo veréis. Primero voy a definir de nuevo que, ciertamente, disponemos de libre albedrío.

El hombre dispone de libre albedrío. El ángel no. Sí, el ángel no tiene libre albedrío. El libre albedrío se sitúa en la alternativa entre el bien y el mal, y el ángel no tiene esa alternativa. Ahora bien, hay tres situaciones. Cuando estás en plena acción, es que ya has decidido lo que debes hacer, y el problema del libre albedrío ya no se plantea. Así que, en el mundo de la realización, el libre albedrío ya ha quedado a un lado. El libre albedrío se sitúa en el plano del concepto: ¿qué debo hacer?, ¿qué camino debería adoptar?, ¿cómo debería actuar? Tenía distintas posibilidades, pero a partir del momento en que he decidido, se acabó. Lo que hago ahora, podéis decir que es el producto del libre albedrío, pero ya no tiene nada que ver con él. Así pues, lo que Yaakov decidió al enviar ángeles fue hacer abstracción de su libre albedrío. ¿Por qué va a hacer abstracción de su libre albedrío? Por la misma razón que mencionaba hace un momento, a saber: Haló aj Esav le-Yaakov, «¿No es Esav hermano de Yaakov?». Lo queramos o no, es nuestro hermano. Así que es nuestro hermano. Punto: vamos a hacer abstracción de la razón, de quién tiene razón y quién no, porque no vamos a matarnos entre nosotros.

Vamos a intentar hacer abstracción de ese libre albedrío y recuperar el punto común de la fraternidad, de tal modo que podamos acompasar nuestros movimientos y armonizar nuestras relaciones. Eso es lo que ocurre en el ámbito en que se hace abstracción del libre albedrío, cuando me empequeñezco de verdad ante el otro para buscar con él un terreno de entendimiento. Pero hay algo más allá del libre albedrío: es cuando me sitúo en la fuente de la fraternidad tal como era antes de que surgieran los problemas; y en la fuente de esa fraternidad, antes de que surgieran los problemas, todo era maravilloso. Así pues, en la búsqueda, en el afán de esa armonía con los pueblos, como con nosotros mismos, como con nuestra familia, como en el seno de nuestro pueblo, habrá que encontrar los puntos de entendimiento comunes,

haciendo abstracción de nuestra pertenencia o de nuestra orientación, en el nivel que sea, en la medida en que ello dé resultado. Eso es lo que significa malajim mamash: esos son los ángeles verdaderos, esos son los ángeles verdaderos. —¿Sí? No oigo. —«Usted dice que en la fuente todo era maravilloso, pero sabemos que en la fuente, en el vientre, ya se peleaban, Esav con Yaakov. ¿Cómo puede decirse que era maravilloso?» —Creo que has olvidado los preliminares de la clase de la semana pasada, a saber, que en toda educación de nosotros mismos nos sentimos tan atraídos por el beit midrash (la casa de estudio) como por el mundo de la tecnología. Quisiéramos casar a la vez la yeshivá y la universidad; quisiéramos casar a la vez la Torá y la filosofía; quisiéramos conjugar los dos polos de este mundo, del mismo modo que queremos, en cierto modo, satisfacer a la vez nuestro yétzer hatov (la buena inclinación) y nuestro yétzer hará (la mala inclinación).

Queremos un poco […] cuando estamos haciendo negocios: los negocios son los negocios, no hay moral en los negocios, uno pelea como puede. Entonces introducimos ese yétzer hatov en los negocios. Pero en el vientre, en el origen, tenemos a la vez el yétzer hatov y el yétzer hará, y no podemos separarnos de ellos. La cuestión es cómo vamos a gestionarlos, cómo vamos a administrarlos. Sencillamente, es preciso que aquel que en principio nos impulsa a avanzar —y el que nos impulsa a avanzar no es, en general, el yétzer hatov, sino el yétzer hará: el de las pulsiones, el de los instintos, el de las pasiones y los deseos—,

que ese, digo, esté al servicio de la buena inclinación, porque la buena inclinación solo empieza a despertar a los trece años en los varones y a los doce en las mujeres. Así es. Envió ángeles; ahora sabemos lo que significa enviar ángeles verdaderos. El Esav ajiv, «a Esav, su hermano»: es a la vez Esav y a la vez su hermano. ¿Qué hacer en el mundo de la realidad? Hay que rendirse a la evidencia de esta dualidad […]. ¿Y qué les dice? Ko tomrún la-adoní le-Esav.

«Así diréis a mi señor Esav»: lo llama su señor. Nuestros sabios no están de acuerdo con él. Os leo el midrash al respecto: «Mayán nirpás u-makor mashjat» —dijo Rabí Yehudá bar Rabí Simón—: Así como es imposible que un manantial se enturbie o que una fuente se corrompa, así es imposible que un justo se doblegue ante el malvado; y como un manantial enturbiado y una fuente corrompida, así es el justo que se doblega ante el malvado. Le dijo el Santo, bendito sea: Él iba por su camino, ¡y tú envías a él y le dices: «Así dice tu siervo Yaakov»! Traducción: el midrash se apoya en un versículo de Mishlé, los Proverbios, que habla de un manantial enturbiado, de una fuente corrompida: ¿qué clase de justo es el que se doblega ante el malvado? Es impensable doblegarse ante el malvado y llamarlo nuestro señor.

En otro lugar —y el midrash lo trae también; para ahorrar tiempo no os lo leeré en hebreo—: «Agarra a un perro por las orejas el transeúnte que se enfurece por una disputa que no es suya». Por eso digo que es buena política engrandecer al otro, quitarle ese complejo que tiene frente a ti, tratarlo con estima: la-adoní le-Esav. Eso puede ser, efectivamente, el dorón, el regalo que le ofreces. […] Saldrás perdiendo; así que tienes que prepararte para la guerra, para la lucha, pero no vas a lanzarte a ciegas a una lucha con alguien que es numéricamente más fuerte que tú. Viene con cuatrocientos hombres, arbá meot ish, cuatrocientos hombres.

Saldrás perdiendo. No vale la pena fanfarronear ante él. Así que debes recurrir a las tajbulot, debes recurrir a la astucia: be-tajbulot taasé lejá miljamá, «con estratagemas harás tu guerra». Y una manera de actuar con astucia frente al otro es darle, mientras tanto, mucha más seguridad en sí mismo, porque llegará un momento en que cederá a sus debilidades y se perderá por sí solo. Y, efectivamente, eso es lo que ocurre. Esav terminó abandonando la tierra por propia voluntad. Terminó abandonando la tierra por propia voluntad. Y sin embargo, él quería esa tierra: el derecho de primogenitura que reclamaba era también para poseer esa tierra. Pero reunió todo lo que tenía y se fue a instalar en otra parte. Abro un paréntesis para deciros que eso es lo que ocurre a veces en los barrios residenciales: nos hemos instalado en un lugar y, a medida que nos vemos invadidos por personas que no obedecen a nuestra filosofía, a nuestras concepciones, a nuestros puntos de vista, ¿qué hacemos?

Pues nos mudamos a otra parte. Pero eso puede darse en los dos sentidos, tanto para bien como para mal. La Torá nos ha asegurado que, cuando el cananeo advierta que te aferras a tus convicciones y a practicarlas en tu tierra, a tus valores, y que estás dispuesto a defenderlos cueste lo que cueste, abandonarán la tierra por sí mismos. ¿Por qué? Porque no querrán quedarse encerrados en ese ambiente. Vemos que este fenómeno se produce en cierta medida. Así pues, ese fue un primer planteamiento. El segundo es que, a fin de cuentas, ese hombre seguía su camino. No te corresponde a ti salir a su encuentro; deja que venga él hacia ti: todavía no sabes lo que quiere de ti.

¿Por qué? Vas a provocarlo: eso es lo que le reprocha el midrash. Pero en realidad hay que mantenerse en la confluencia de estas dos ideas, a saber, kabdehu ve-jashdehu, «hónralo y sospecha de él» […]: hónralo, pero permanece en guardia. El dorón, la tefilá y la miljamá: el regalo, la oración y la guerra. Pero sobre la miljamá, la guerra, el Rambán añade algo. Hacer la guerra no es algo que deba hacerse cueste lo que cueste. Hay que saber evitarla. La cuestión no es cómo hacer la guerra, sino cómo evitar la guerra, cuando uno está expuesto a un enemigo numéricamente más fuerte […], porque la guerra aviva las venganzas. No habría que seguir queriendo a toda costa conquistar la tierra por la fuerza. Hay que conquistarla por la propia fe.

Hay que conquistarla por los valores que en ella defiendes. Y eso es, efectivamente, lo que justifica tu propiedad de la Tierra. Y entonces verás a tus enemigos alejarse poco a poco de ti, abandonarte. Reconocerán ellos mismos tus propios valores, porque esos valores que tú tienes también ellos los comparten, aunque en un nivel inferior. Eso es lo que hace que lo suyo sean ídolos y no una fe que unifica a todo el mundo: se han quedado en lo múltiple, han multiplicado los ídolos, han multiplicado las filosofías, las corrientes de vida, las ideologías, y eso es lo que hace que se hagan entre ellos guerras de destrucción. Por eso dice el versículo: be-shivim néfesh yardú avotéja Mitzráyma, «con setenta almas descendieron tus padres a Egipto». El pueblo, la casa de Yaakov, cuenta setenta almas.

Pero, en principio, cuando se dice shivim, setenta, habría que decir, gramaticalmente hablando, nefashot: numerosas almas. No: el texto dice shivim néfesh, setenta almas con «alma» en singular: una sola alma. Todo constituye una sola alma, porque todo se complementa, todo se complementa. Por otra parte, él le dice: Im Lavan garti, «He habitado con Lavan». Y Rashí nos dice a este propósito: aunque habité allí, conservé mi identidad judía, no cedí; intentaron por todos los medios disuadirme, pero permanecí en guardia y pienso seguir así. Ahora bien, decirlo, formularlo de esa manera, está bien. Pero nuestros sabios dicen: atención, garti tiene el valor numérico de 613. Garti: guardé allí las 613 mitzvot.

613 mitzvot, pero ¿quién es capaz de cumplir las 613 mitzvot? Ni siquiera el gran tzadik cumple las 613 mitzvot; es imposible. Hay mitzvot que no puede cumplir: no es cohén, y las cuestiones de yibum (el matrimonio de levirato) y de jalitzá pueden no presentársele nunca. Las 613 mitzvot solo pueden cumplirse dentro de una comunidad, de un pueblo en su totalidad. Así que Yaakov le dice: atención, lo que tú cumples por tu lado y lo que yo cumplo por el mío hace que nuestras intenciones, nuestras buenas intenciones, nuestras buenas acciones, se sumen, como si… Es decir: no niego que también tú puedas tener buenas acciones en tu haber, y las comparto contigo, del mismo modo que quiero acreditarte todo lo que hago, porque todo lo que hago no lo hago para mí mismo; lo hago para propagar en el mundo los valores de la fe en la unidad de D-os. Esa es la razón por la que le dice va-ejar ad atá, «y me he demorado hasta ahora»; es decir, nosotros mismos tenemos en nuestro exilio una misión que cumplir; el exilio mismo no carece de todo valor.

Nos obligaron a él; es allí donde, ante todo, nacimos: nacimos en el exilio. Y es allí donde forjamos nuestra identidad: la forjamos en el exilio. Es allí donde aprendimos, efectivamente, a volvernos sensibles a la desgracia ajena. Y es allí también donde aprendimos a compartir con los demás nuestras alegrías. Entonces, ¿qué son las mitzvot? Un vínculo moral entre las personas. Esta es la parashá que nuestros sabios estudiaban antes de presentarse ante las autoridades romanas para defender su causa, a fin de impregnarse de todas las enseñanzas que contiene esta parashá, a saber, que Yaakov teme el momento en que tendrá que librar combate contra Esav y matarlo.

Y del mismo modo, teme que Esav acabe logrando matarlo a él. Y esa es la razón por la que dividió a su familia en dos campamentos, diciendo: si, a fin de cuentas, el primero no resiste, al menos el otro podrá dispersarse, huir y escapar. El combate que libra Yaakov contra Esav es un combate por la supervivencia. Ese combate por la supervivencia sigue existiendo […]. Por muy seguro de sí mismo que uno esté, por muchas precauciones que tome, por mucho que quiera contar con la diplomacia y con los medios de defensa, nada sirve. Hace falta la tefilá, hace falta la oración. Es la oración la que es capaz, efectivamente, de llevarnos más allá de todas las garantías que tomamos por nosotros mismos. Y aquí quisiera subrayar otro aspecto que el texto somete a nuestra reflexión: preparó regalos. Pero ¿qué regalos? Un buey, un asno, ganado menor, un siervo, una sierva. ¿Qué iba a hacer Esav con todo eso? Le da completamente igual. No cuenta. No vale nada para él. Hay que verlo como un lenguaje cifrado. Shor, el buey, es el combate: el toro que en la arena va a medirse con esa verticalidad que le opone el hombre y que, con sus cuernos, intentará desestabilizarlo y triunfar sobre él […]. Pero jamor es el asno, y ese asno es la imagen mesiánica del rojev al jamor, «el que monta sobre un asno»: el Mashíaj, que es rojev al jamor. Y está el shor, que es Yosef. Tenemos dos Mesías.

Uno es el que librará la guerra de Gog y Magog. Será un elemento de combate en esa guerra que agita al universo entero, pero perderá: perderá la vida. No, no es al Mesías hijo de Yosef a quien esperamos. No es con él con quien contamos. Contamos con el Mesías hijo de David. El Mesías hijo de David es más bien el hombre de los Salmos, el hombre de la oración, el hombre que lleva esa fuerza dentro de sí pero que se cuestiona todo el tiempo, todo el tiempo. Yaakov tenía asegurada la protección de D-os a lo largo de todo su camino. Y D-os se le presentó y le dijo: No temas nada, regresa a tu tierra.

Ahora bien, cuando uno está verdaderamente llamado por D-os a cumplir una misión, puede seguir adelante. Pero no: él siempre tiene esa interrogación que lo atormenta. Quizá no estuve a la altura. Quizá pequé aquí o allá. Efectivamente, al cabo de catorce años habría debido hacer las maletas y marcharse, puesto que aquello para lo que había sido enviado lo había cumplido: se había casado con Rajel y con Lea, había formado una familia. Pero no: quiso además amasar una fortuna, y añadió seis años —seis, siete años— […]; hizo un acuerdo con su suegro para reunir su peculio antes de regresar al país. Son consideraciones que uno hace a veces, pero él se lo reprocha […]. Se lo reprocha porque fue al precio de los padres a los que no vio, al precio de un largo regreso, al precio de una educación que quedó vacilante en lo que respecta a los hijos, porque, para que los hijos formen una familia unida, habrá que pasar por crisis. Y no olvidemos que lo que le sucedió a Diná, su hija, se apoya en cierta medida en la factura de esa estancia prolongada en casa de Lavan antes de que regresara.

Bien, ¿y qué hace entonces Yaakov? Katonti: dirige una oración a D-os y dice: Elokei aví Avraham ve-Elokei aví Itzjak, «D-os de mi padre Avraham y D-os de mi padre Itzjak, Hashem, que me dijiste: Regresa a tu tierra y a tu lugar de nacimiento, y te haré bien. Soy indigno de todas las bondades y de toda la verdad que has mostrado a Tu siervo, pues con solo mi cayado crucé este Jordán, y ahora me he convertido en dos campamentos». […] Y he aquí que hoy me veo reducido a dividir a mi familia, y debo enfrentarme a mi hermano. Le temo porque es a la vez hermano y a la vez Esav. Es difícil combatir a un hombre que se te opone y que, en nombre de la fraternidad, quiere destruirte.

Luego: Hatzileni na, «Sálvame, te lo ruego». Y hay un detalle precioso: va-yálen sham ba-láila ha-hu, «pasó allí aquella noche»: pasa la noche reflexionando sobre cómo va a resolver efectivamente este problema. Seguimos estando en ese nivel de reflexión, porque no podemos separarnos totalmente de Esav. Debemos conservar su vestimenta, pero tenemos también [nuestra voz]. Nos empeñamos en guardar celosamente la voz de la moral, la voz espiritual. ¿Cómo, entonces, enfrentarse al otro, que solo oye una única voz? Pues bien, por eso hay que saber, a veces, oponerle el hecho de que somos como el polvo de la tierra, como la arena del mar. Lo cargamos sobre nosotros mismos: nos aplastan, nos pisotean; pero no olvidemos que quienes nos pisotearon son los que guardan la mala conciencia de lo que nos hicieron padecer.

Pero nosotros, a partir de esa tierra, hemos logrado hacer germinar algo nuevo, y así será siempre. Detendremos todas las olas que quieran sumergirnos, y ello para llegar, al fin, a brillar como las estrellas del cielo en plena noche. Y es lo que subraya el texto cuando dice en su oración: Ve-atá amarta, hetev etiv imaj, ve-samti et zarajá ke-jol ha-yam asher lo yisafer me-rov, «Y Tú dijiste: Ciertamente te haré bien, y haré tu descendencia como la arena del mar, que no se puede contar por su multitud». Lo que no se puede contar: ¿qué quiere decir «que no se puede contar»? Al contrario, es ella, la arena, la que detiene la embestida de las olas que amenazan con inundar el mundo, con hundir este mundo.

[…] Y es de esta manera como Yaakov intenta darnos la receta que hay que adoptar. Para la primera oleada de exilio, Mitzráyim, Egipto; la segunda oleada, la destrucción del Primer Templo; la tercera, la de la destrucción del Segundo Templo, con vistas a la construcción del Templo por venir. Y esa es la razón por la que hay tres mensajeros. Ordenó al primero, ordenó al segundo, ordenó al tercero y, en cuarto lugar, ordenó gam et kol ha-holjim ajaré ha-adarim, «también a todos los que iban detrás de los rebaños». Y entendía la palabra «rebaño» en su justo sentido: una tropa que obedece al pie de la letra a sus jefes y no admite una sola voz de protesta.

No tiene voz ni voto. Y, como os dije, cuando habláis de estas cosas, deberíais saber que hay cosas que no habéis oído. La minjá que te traigo corresponde a mi majané. En la palabra minjá —minjá es una ofrenda; majané es el campamento— hay cuatro veces la palabra minjá y cuatro veces la palabra majané. Te estoy presentando a la vez una ofrenda que se proyecta sobre las cuatro etapas que está llamada a atravesar la historia del pueblo judío, de la casa de Yaakov; pero has de saber que esta historia, esta ofrenda que te doy, está condicionada a la supervivencia de mi majané, a la supervivencia de mi campamento.

Me detengo aquí para dejaros vuestra parte de intervención. Hay mucho, muchísimo que decir sobre esta primera parte. No he hecho más que rozar el texto, pero tendremos ocasión de volver sobre él en otras clases. Así que, si tenéis preguntas… —«Buenas noches, Rav Benizri. Quisiera hacerle una pregunta sobre lo que ha dicho de Yaakov. Él no sabía cuáles eran las intenciones de Esav; no podía saber cuáles eran sus intenciones. Por supuesto, sabía que sus padres le habían dicho que se marchara; mejor dicho, su madre le dijo que se marchara para no perder a los dos el mismo día. Incluso dijo que lo mandaría buscar. Así que es posible que lo que le llegó […] fueran personas que recorrieron los 953 kilómetros hasta Jarán —según Waze, como se dice— para decirle que su madre estaba preocupada y que ya era hora de volver. Por supuesto, como vemos aquí en los servicios sociales y en todas partes, cuando hay personas mayores, aunque —como decíamos esta mañana de las familias con muchos hijos— siempre es una persona, o quizá dos, la que se ocupa de los padres.

Y ahí, durante más de veinte años, Yaakov no estuvo, y el que se ocupó de su padre, en todo caso, fue Esav. Por eso, a mi modo de ver, si él era el único que estaba allí, y su padre no sabía cuándo iba a fallecer, le dijo que cavara su tumba. Así que fue él quien se ocupó del entierro y […] de todo lo demás, ¿no es así? La pregunta que hago es esta: ¿es posible que, al venir a ver a su padre, viera que faltaba gente —seguramente entre los guardianes de los rebaños, de los rebaños de su madre, puesto que hay una tradición según la cual en la ketubá había que dar una oveja a la esposa—; es posible que fuera su padre, conociendo muy bien el comportamiento de los pueblos cananeos, quien lo enviara al encuentro de su hermano para traerlo sano y salvo a Hebrón o a Beer Sheva, y que después se dieran allí, delante de los padres, una explicación?

¿Es posible? Él le dijo: Me quedaré contigo. Le dijo: No. —Entonces te dejaré gente que se quede contigo. Le dijo que no, y luego vimos lo que ocurrió con Diná. Me imagino que, si ella hubiera ido a Blaise-Pascal o a los Campos Elíseos a ver a las otras chicas —puesto que había vivido en Jarán, que es un pueblucho perdido, como se ve en internet, y Shejem era un lugar más importante—, quizá aquello, cuando salió a pasear un poco, ingenuamente, no habría ocurrido. ¿Es esto posible?» —Bien, en primer lugar, Yaakov era consciente del honor a los padres que Esav había practicado durante esos veinte años de ausencia, por lo menos.

Y una de las razones de su pánico y de su miedo es que él mismo no había estado a la altura de sus obligaciones, tanto más cuanto que no se había contentado simplemente con quedarse en casa de Lavan el tiempo necesario para elegir, para tomar a su esposa —perdón, se trataba de una sola esposa—, sino que se había quedado por propia voluntad seis o siete años más. Eso es lo que alimentaba sus temores, y esa es la razón por la que le dice: «Mira, el honor a los padres yo no lo cumplí; pero compartimos. Lo que yo hice por mi lado y lo que tú hiciste por el tuyo hace que entre los dos hayamos practicado las taryag mitzvot, los 613 preceptos». Y, por otro lado,

el Esav al que nos enfrentamos ahora es aquel del que, a veces, nos hemos separado. Mientras pasábamos años en la yeshivá, lo ignoramos, nos apartamos un poco del mundo y de sus problemas, y lo reencontramos con angustia, porque no tenemos los medios adecuados para defendernos. Escuchad: cuando estabais estudiando Kodashim y Taharot, tratabais cuestiones de santidad y de pureza; y luego os encontráis en el mundo de Nezikín, el mundo de los daños y perjuicios, y no os imaginabais que mañana ibais a ser, efectivamente, engañados por personas del mundo de Esav. Así que son los problemas de cada día, de lo cotidiano, y esa es la razón por la que Yaakov debe […]. Esta oposición entre Yaakov y Esav solo existe mientras él es Yaakov. Cuando pasa al estado de Israel, ha logrado dominar a la vez a Esav y a Yaakov.

Y entonces son estas dos personalidades las que ahora gestiona plenamente. Y esa es también la razón por la que las dos esposas que tiene son el reflejo de las dos personalidades: Rajel y Lea. Esto merecería un largo desarrollo, pero así es. Lo que quería ante todo poner de relieve en esta parashá es esto. Sabéis que hay tres parashiot: Vayishlaj, Beshalaj y Shelaj Lejá. Vayishlaj es la relación de Yaakov con Esav. Beshalaj es la salida del pueblo judío de Egipto y su puesta en marcha hacia Israel. Y Shelaj Lejá es el envío de los exploradores. Pero ninguna de ellas llegó a su término: son misiones que no llegaron a su término —Vayishlaj, Beshalaj y Shelaj Lejá—, a la espera de su culminación.

Pero son pasos obligados por los que debemos pasar. No hay que imaginar que la historia de Yaakov y de Esav pertenece al pasado. Nos acompaña hoy.