Cuadernillo de estudio de esta clase
Un cuadernillo de estudio para imprimir: una pregunta por página, la respuesta del Rav, su fuente y una enseñanza para debatir en familia.
¿Por qué está prohibido el estudio de la Torá el día de Tishá BeAv? El Rav Raphaël Benizri parte de esta pregunta para presentar la figura de Iyov (Job), el hombre cuya piedad es real, pero no va acompañada ni de conocimiento ni de voluntad de compartir.
Esta clase es una introducción al libro de Iyov, pero su verdadero tema es la superación de uno mismo: la convicción de que la reconstrucción no vendrá de otra parte, y de que el Mashíaj, nacido según la tradición el día de Tishá BeAv, depende de lo que cada uno sea capaz de superar dentro de sí.
Lo que enseña esta clase
Si la Torá ya no nos habla, no es ella la que ha caducado, sino nosotros. El Rav invierte la fórmula habitual: no es la Torá la que deja de ser actual, somos nosotros quienes dejamos de estar a la altura de su mensaje. Hay que actualizarla, pues, actualizándose uno mismo.
Una Torá sometida únicamente al análisis sigue siendo una enseñanza mutilada. Si tratamos las mitzvot (preceptos) como un objeto de ciencia que hay que dominar, extraeremos de ellas muchas enseñanzas, pero privadas de su dimensión interior. Toda lectura debe pasar por el espíritu y por el estremecimiento interior.
La gramática misma de las bendiciones lo dice. Bendecimos al ha-milá, «acerca de la circuncisión», pero el padre que circuncida a su hijo dice lamul et ha-ben, «circuncidar al hijo»: ya no es una mitzvá que se impone desde fuera, sino una iniciativa, un cumplimiento que nace de uno mismo. Lo mismo sucede con lehadlik ner Janucá, «encender la luz de Janucá»: es mi propia luz la que se prolonga.
Ahí está, dice el Rav, el núcleo de la destrucción del Templo. Cuando el santuario se convierte en un lugar exterior, al que uno acude para cumplir con un precepto, el beneficio es mínimo. La verdadera renovación supone una espera interior y un intercambio entre dos luces.
Iyov no pertenece a ninguna época: es de todos los tiempos. Las tradiciones lo sitúan unas veces entre los consejeros del Faraón, otras en la época de los exploradores, otras en tiempos de Yaakov. Poco importa: puede ser usted, puedo ser yo, cualquiera que busque dar un sentido a su existencia.
No es judío, vive en la tierra de Utz, y nadie sabe dónde está. Este hombre no es producto de ningún lugar: es el prototipo del ser humano, en cualquier continente. En eso consiste el universalismo del pensamiento bíblico.
El texto lo llama íntegro y recto; el Rav diría más bien ingenuo. Iyov lleva en sí una fe primaria, una rectitud respetable, un temor de D-os que no está sostenido por un amor a D-os. Sirve como un esclavo sirve a su amo, no como un hijo sirve a su padre.
El Rambam distingue tres clases de conflictos. Los de la naturaleza —tsunami, tormenta, incendio—, exteriores a nosotros; los de las guerras y la discordia entre los pueblos, de los que somos víctimas; y el del hombre frente a su propio destino, el único que compromete por completo nuestra responsabilidad. Iyov se enfrenta a los tres.
Su primer fracaso es una ruptura entre padres e hijos. Lo ha dado todo a los suyos, pero ellos no tienen sus cualidades. Ofrece sacrificios para expiar sus faltas, sin ponerse nunca a su nivel: dar un oficio no es formar un ben adam, un verdadero ser humano.
En este relato, el Satán representa la justicia estricta. El diálogo con Elokim equivale a preguntarse si todo este movimiento religioso no es más que un bienestar subjetivo, una cortina tras la cual el hombre se esconde, una manera de descargar su propia responsabilidad en alguien más grande que él.
Iyov no llora a sus hijos, y eso es lo que inquieta. Rasga su vestidura y pronuncia la fórmula consagrada: el Eterno dio, el Eterno quitó. Nuestros sabios dicen que no pronunció ninguna palabra inconveniente, pero que en lo más hondo de sí estaba corroído: en su corazón, pecó.
Nada, en el retrato de Iyov, menciona un acto de bondad hacia su prójimo. Se nos describe a un hombre al servicio de D-os, en paz consigo mismo y colmado por todas partes, pero nunca a un hombre vuelto hacia su sociedad. Es esa ausencia la que prepara su declive.
Su respuesta a su esposa delata un resto de paganismo. ¿Aceptaremos el bien de D-os y no aceptaremos el mal? Ahora bien, del Altísimo no puede emanar el mal: el mal se forja, es obra del hombre, en su manera de aprehender y de manipular el bien.
Los tres amigos vienen de tres horizontes distintos. Elifaz el temanita, Bildad y Tzofar, a los que se une Elihú, se consideran personas que han tenido visiones de lo divino: prueba de que la revelación no está reservada ni a un solo pueblo ni a un solo sector de la humanidad.
Su tesis: buscar la causa de la prueba en el hombre y nunca sentar a D-os en el banquillo. No hay justo que nunca peque; en cada uno se ha descuidado algún aspecto, y el equilibrio se ha roto. Iyov, en cambio, se cree sin falta y piensa que D-os se ha apartado de él.
Su verdadera falta es el desprecio. Se consideró la columna vertebral de la humanidad, el modelo y la referencia, y no juzgó a los demás dignos de su atención. Harán falta unos treinta capítulos para que corrija su manera de ver, y solo entonces D-os entabla el diálogo con él.
Al final, Iyov no recibe otros hijos: recupera a los suyos. Les da nombres nuevos, lo que es una reconversión del ser. Cuando falta el diálogo con nuestros hijos, no es que ellos sean ajenos a la enseñanza: es que no creen en nosotros, y que no hemos encontrado el lenguaje para ganarlos.
El vínculo con Tishá BeAv es directo. Hemos recuperado nuestra tierra, pero todavía no el lenguaje del compartir, y las rupturas de diálogo atraviesan la sociedad, las generaciones y el propio mundo religioso.
Una halajá reseca no resiste a las tempestades. Una práctica que no respira ni alegría de vivir, ni voluntad de transmitir, ni gusto por hacer comunidad cede ante las catástrofes y los conflictos, y nos expone a considerables pérdidas de sustancia.
Las cuentas que debemos rendir en el servicio a D-os se juegan en el servicio al otro. La sabiduría es el verdadero temor de D-os: hay que explicar y no imponer, hacer de la práctica una expresión natural de uno mismo, y hacer que el amor y el temor vayan de la mano.
En el nombre Iyov se esconde oyev, el enemigo. El odio a uno mismo, el desprecio de uno mismo, que busca consuelo en otra parte y protegerse. La respuesta es crecer: mediante el estudio, mediante la sabiduría.
¿Por qué nace el Mashíaj precisamente en Tishá BeAv? En Yom Kipur seguimos dependiendo del perdón de D-os; nos ponemos en Sus manos. En Tishá BeAv el pueblo toma conciencia de que todo depende de él, de que le corresponde a él superar sus debilidades, y de esa toma de conciencia nace toda reconstrucción.
A una pregunta del público, el Rav responde que el estudio sin práctica cae en el mismo error que la práctica sin estudio. Es un amor platónico, un desgarro interior sin expresión real. En cuanto a la rebeldía, la jutzpá kelapé shemaya, la audacia frente al Cielo, está permitida —Avraham la practicó—, a condición de esperar la respuesta en lugar de plantear la pregunta y escabullirse.
Transcripción completa de la clase
Decía que está prohibido saborear la alegría del estudio el día de Tishá BeAv. Esta alegría del estudio de la Torá nos está prohibida sencillamente porque nos encontramos en estado de duelo, por todo lo que hemos perdido y por todo lo que aún no hemos realizado, y eso exige una cierta pausa antes de retomar la lectura de la Torá. Una determinada lectura puede quedar caducada para nuestra edad, para nuestro nivel de cultura, a medida que avanzamos. Habría que intentar, entonces, actualizar la Torá. Si la Torá ya no nos habla y su mensaje nos resulta ajeno, no es que la Torá haya dejado de ser actual: somos nosotros quienes hemos dejado de estar a la altura del mensaje de la Torá.
Esto es muy importante, porque siempre hay dos maneras de ver las cosas. Una es la manera objetiva: así como sometemos la ciencia de las cosas a nuestro análisis e intentamos dominarla con nuestro intelecto, si consideramos del mismo modo la Torá y sus mandatos, las mitzvot, entonces sí, extraeremos de ellas ciertas enseñanzas y las comprenderemos, pero siempre será una enseñanza mutilada de su dimensión interior. Porque toda lectura de la Torá debe hacerse a través del espíritu y de nuestro estremecimiento interior. Esto se refleja en la manera misma en que pronunciamos nuestras bendiciones. Hay dos clases, dos versiones de bendiciones.
Decimos asher kideshanu be-mitzvotav ve-tzivanu al ha-milá, «que nos santificó con Sus preceptos y nos ordenó acerca de la circuncisión»; asher kideshanu be-mitzvotav ve-tzivanu al netilat yadáyim, acerca del lavado de las manos, de la elevación de las manos. Pero el padre, cuando circuncida a su hijo, no dice al ha-milá; dice lamul et ha-ben: nos ordenó circuncidar a nuestro hijo. Hay una diferencia entre al, «acerca de», y le-, «para». Lehadlik ner: que nos ordenó encender una luz, la luz de Janucá. No decimos al hadlakat ner Janucá ni al ha-Janucá. Al encender la llama hay una prolongación de mí mismo: es mi propia luz la que se prolonga a través de la luz de Janucá.
Cuando circuncido a mi hijo, en ese momento no se trata de la práctica de una mitzvá que se me impone desde fuera. No: es una iniciativa, es la expresión de la mitzvá cumplida por mí mismo. Esto es muy importante, porque tanto la lectura de la Torá como la práctica de las mitzvot deberían obedecer a un aliento interior de mi persona. Mientras ese aliento no participa, la Torá es como un objeto sometido al análisis del intelecto; no hay ahavá, no hay amor, no hay adhesión de toda mi persona al texto que estudio ni a la mitzvá que cumplo. Cumplo con ella como con un deber impuesto desde fuera.
No es la expresión de mi naturaleza. No es la expresión de mi emuná, mi fe. Y eso es, en suma, lo que está en el centro de la destrucción del Templo. Cuando el santuario se convierte en un lugar exterior a nosotros, iremos de todos modos, sencillamente porque hay tres fiestas de peregrinación y hay que cumplir el precepto de la Torá; lo haremos. Pero no sacaremos de ello más que un beneficio mínimo. La verdadera renovación del ser se produce cuando siento esa necesidad desde dentro y la espero con impaciencia. Entonces, cuando subo al santuario, este entra en contacto inmediato con la aspiración profunda que llevo dentro; se produce un intercambio entre dos luces, dos aportaciones, una exterior y otra interior, y eso es el verdadero […].
Así pues, quisiera abordar el estudio del libro de Iyov desde esta perspectiva. Ustedes saben que hay varias opiniones sobre su persona. ¿Quién era? ¿Un rabino? Ciertamente no. ¿Un profeta de las naciones? Tal vez. Un no judío. Se dice que estaba entre los servidores del Faraón y que, cuando el Faraón estudiaba la manera de acabar con los descendientes de Avraham —el primer genocidio de la historia del pueblo judío—, él no dijo nada. Eso, para quienes lo sitúan entre los consejeros del Faraón. Pero quienes lo sitúan en la época de los exploradores dicen: sí, era alguien que habitaba el país y que protegía a la población cananea con su ciencia, con su saber, con su talla; pero acababa de morir, y por eso las fronteras quedaron abiertas al pueblo de Israel. El pueblo cananeo ya no contaba con la protección de Iyov, y de ahí que a Iyov se le identifique con los profetas de las naciones. Otros dicen que vivió en tiempos de Yaakov, en tiempos de Itzjak. Poco importa. Yo les diré que Iyov es de todos los tiempos. No hay una época que sea la suya: puede ser usted, puedo ser yo, puede ser cualquiera que de verdad quiera dar un sentido a su existencia. Pero hay distintas maneras de darlo; no vamos a entrar todos en el mismo molde, no es posible. Existe una variedad de personas, y así es como debe ser: sensibilidades distintas, personalidades distintas y distintos enfoques en la percepción de lo divino. Pero debemos saber que este esfuerzo que hacemos en busca de la espiritualidad nunca está exento de dificultades, de escollos, de pruebas, de sufrimiento. El justo no conoce el reposo; toda su vida es un movimiento hacia delante, y en ese movimiento, lo que debería ser para él un tiempo de reposo no es sino un nuevo punto de partida hacia otra cosa, hacia otro desafío.
Iyov es el prototipo del hombre que fundó su vida en la voluntad de sentir la presencia de D-os, pero dentro de una fe que podríamos llamar algo primaria. No todos estamos movidos por la voluntad de conocimiento; y una piedad que no va acompañada de una voluntad de diálogo con lo divino, sino simplemente de una fe incondicional que no se apoya en el conocimiento, es criticada por el texto bíblico. Tzadik ve-ra lo, «¿el justo que sufre?». No es una pregunta; es una afirmación. Es del todo natural y normal que un ser dominado por un nivel moral elevado, preocupado no por sí mismo sino por el otro —es decir: no sufro solo por mí; mi sufrimiento es ante todo el del otro, que no dispone de los mismos recursos en las pruebas difíciles—, se encuentre en una situación incómoda, porque una vez más tengo que empequeñecerme y recurrir a un lenguaje primario para un simple diálogo. Ahora bien, lo que queremos es el nivel elevado, y a eso debemos exhortarnos. Y esta búsqueda de D-os no admite ningún conformismo, ninguna de las concesiones que se hacen en política, lamentablemente, porque allí hay que transigir con todo el mundo. Pero semejante transacción en el mundo del espíritu, en el mundo de la moral, es imposible. Decía, pues, que Iyov no es necesariamente judío; es un hombre de las naciones, pero creyente. ¿Dónde existió? ¿Dónde vivió? No lo sabemos.
Ish hayá be-éretz Utz, «Había un hombre en la tierra de Utz» (Iyov 1:1). Un hombre que vivía en la tierra de Utz. ¿Dónde se encuentra la tierra de Utz? En la región de Damasco, en la península arábiga, y así sucesivamente; hay bastante de conjetura. La idea es que este hombre no es el producto de un lugar concreto: es el prototipo del ser humano, en cualquier continente. Y ese es el universalismo del pensamiento bíblico, del pensamiento judío. Porque, ¿qué hemos aprendido de Iyov? Saben, solo hay una ley que hemos tomado de Iyov: que en el duelo hay que rasgarse las vestiduras. Eso es lo que Iyov nos enseñó. ¿Necesitamos eso? Pero sigue siendo algo formal: rasgarse las vestiduras no significa que uno haya rasgado su corazón, ni que tenga el corazón desgarrado.
Pero se nos dice que el hombre era tam, íntegro, y recto. Si la Biblia traduce tam por «íntegro», yo tendería a decir «ingenuo». Yeré Elokim: estremecido ante D-os, temeroso de D-os; ve-sar me-ra, apartado del mal. Bien, ¿era sabio? No, y ese es el problema de Iyov. Lleva en sí una fe primaria, una voluntad de rectitud que se puede respetar, un temor de D-os que no está sostenido por un amor a D-os, y ese temor, cuando está solo, no me sirve de nada: significa sencillamente que siempre tengo miedo de que el cielo se me caiga encima, y que me conviene, en efecto, andar derecho con D-os si no quiero tener problemas.
Así que le tengo miedo y Le sirvo como un servidor, como un esclavo serviría a su amo, pero no como un hijo serviría a su padre. El Rambam dice que en la vida nos zarandean tres conflictos de la existencia. El de la naturaleza, que nos es exterior: un tsunami, una violenta tormenta, un incendio; causan estragos. Es inesperado, y no podemos hacer nada. Lo segundo que nos desestabiliza son las guerras: la discordia entre los pueblos y la violencia que acarrea, de la que somos víctimas, porque hay personas que defienden una bandera, una ideología cualquiera, su propio honor, y nosotros somos sus víctimas. Pero hay un tercero: el del hombre frente a su propio destino.
Es el conflicto que el hombre forja en su manera de ser, en su manera de transmitir y también en su manera de aprehender su mundo. Y dice que a los primeros, a fin de cuentas, podemos situarlos fuera de nosotros mismos —aunque es nuestro deber intentar prevenir esos conflictos—, mientras que el tercero compromete por completo nuestra responsabilidad. Y así es como Iyov se enfrenta a estos tres conflictos. No les pedí que leyeran los tres primeros capítulos, así que se los resumo: Iyov tiene siete hijos y tres hijas, y una riqueza que el texto describe con los términos de la época: mucha gente a su servicio, mucho ganado.
Es el más rico de todos los habitantes de Oriente. Pero, aunque su vida es plena y colmada, los hijos no siguen su camino. Sus hijos organizan banquetes, una dolce vita de vez en cuando, eso es, e invitan a sus hermanos y hermanas a comer y beber. Así que, primera cosa: hay lo que llamamos una ruptura entre padres e hijos. Siempre estamos intentando colmar a nuestros hijos y dárselo todo; pero ¿en qué medida lo que hemos invertido en ellos asegura una continuidad más allá del sostén material que les hemos proporcionado trabajando para ellos sin escatimar? Ese es el primer fracaso de Iyov.
Iyov lo dio todo a sus hijos. Pero sus hijos no mostraron las mismas cualidades que él tenía. ¿Y qué hace él? Es un hombre religioso, como diríamos hoy, entre comillas. Ofrece sacrificios a D-os por sus hijos, para expiar las faltas de sus hijos. Quizá sus hijos habían disgustado a lo divino con su conducta. «Son jóvenes, no se les puede reprochar, es una nueva generación, hay que ponerse a su nivel», en lugar de elevarlos al nuestro y sostenerlos espiritualmente, y no solo en el plano de los estudios que les aseguramos, porque eso también es un oficio que les damos, un medio para ganarse la vida. Pero ser un hombre digno de ese nombre, un ben adam, un mensch: eso es algo que Iyov no logró, aun siendo un hombre verdaderamente movido por esta religión, por este temor de D-os, por esta voluntad de rectitud, pero sin influencia, porque le faltaba conocimiento, le faltaba compartir una espiritualidad, la voluntad de compartir con los demás. Eso es lo que falta en primer lugar.
Saben, cuando hemos fracasado en esa transmisión de padres a hijos, hemos amputado nuestra vida de su esencia, porque lo primero más allá de nuestro propio ser es el hijo. Él se preocupaba por ellos, sí, de lejos, y sin embargo D-os […]. Porque aquí solo se habla de Elokim, y cuando hablamos de Elokim hablamos del temor, de esa manifestación de lo divino en las fuerzas de la naturaleza, que tememos como podemos, porque querríamos tanto que respondieran a nuestra expectativa, y que ningún desequilibrio de fuerzas viniera a mermar o destruir todo lo que hemos invertido. Y esa es la razón por la que Elokim pide al Satán que someta a prueba este enfoque de Iyov.
¿Es eso servir a D-os? ¿Es eso creer en D-os? ¿Servir a D-os consiste en buscar la propia salvación en la vida y decirse: «Bueno, yo vivo en esta intimidad con lo divino y ya no tengo nada que temer»? Esta fe de Iyov es sometida a una dura prueba. Hay un diálogo entre D-os y el Satán. ¿Qué representa el Satán? La justicia estricta, la justicia pura, el rigor mismo. Vamos a ver: a fin de cuentas, ¿no será todo este movimiento religioso un bienestar subjetivo? ¿Una cortina tras la cual el hombre busca esconderse y protegerse, una manera de resolver todas esas inquietudes y angustias, y quizá incluso de descargar su propia responsabilidad en Otro superior?
Y es aquí donde sale a la luz el diálogo entre Elokim, que es justicia, y el Satán, que es rigor. Va-yehí ha-yom, «Y sucedió un día» (Iyov 1:6): se dice que era el día de Rosh Hashaná. Y cada día puede convertirse en un día de Rosh Hashaná, es decir, en un día de balance. Hacemos balance de lo que somos, porque los bené ha-Elokim, todos esos príncipes que nos gobiernan, son bené ha-Elokim. No los hijos de D-os: eso no existe, D-os no tiene hijos. Los bené ha-Elokim son más bien quienes se creen realmente por encima de la refriega y quieren gestionar todos nuestros problemas. Se burlan de nosotros, se burlan de este movimiento religioso que sostiene al hombre. Él [el Satán] dice que es interesado, y D-os dice que, a pesar de todo, es mejor que nada.
Hay que someterlo a prueba, hay que ver. Así que D-os dio luz verde al Satán para ponerlo a prueba, lo que significa que estamos sometidos a estas pruebas de forma permanente, constante. ¿Vamos a doblar el espinazo o no? Hay que decir que Iyov no cedió. No cedió, puesto que D-os había dicho: «Toca todo, pero respeta su vida». Y le traen las noticias —les hablé de esos fenómenos naturales—: el fuego y la tempestad llegan y lo privan de todos sus bienes, golpe tras golpe. E Iyov no se inmuta. Después vienen a anunciarle guerras —hablamos antes de las guerras—: he aquí que han aparecido bandidos, terroristas. ¿Mataron a los hijos o los tomaron como rehenes? El hecho es que en aquella época morir o ser tomado como rehén venía a ser lo mismo. Cuando le anuncian que sus hijos han sido víctimas de esas bandas de terroristas que vinieron a arrasarlo todo, es entonces cuando rasga su vestidura. Lo sorprendente es que no llora, no llora a sus hijos. ¿Y qué dice? «Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré allá; el Eterno dio y el Eterno quitó» —es una fórmula consagrada, bien conocida—, «bendito sea el nombre del Eterno» (Iyov 1:21).
Sus hijos han sido víctimas de unos bandidos, no tiene la menor lágrima en los ojos, y dice: bueno, es lo que D-os quiso. Y se dice: be-jol zot lo jatá Iyov bi-sfatav, «Con todo esto, Iyov no pecó con sus labios» (Iyov 2:10). Iyov no pecó pronunciando ninguna palabra inconveniente contra D-os; no se sublevó contra la voluntad divina. Al contrario, bendijo a D-os. Pero nuestros sabios dijeron: no. No pronunció ninguna palabra inconveniente, para dar prueba de su fe, pero en lo más hondo de sí estaba corroído: «Con sus labios no pecó; en su corazón pecó» (Babá Batrá 16a). Vamos a asistir al declive de este hombre, de la fe de este hombre, porque lo que se dice, lo que se relata, es que este hombre está al servicio de D-os, vive con D-os.
Pero no se nos dice que hiciera un acto de bondad hacia su prójimo, hacia su sociedad. Hasta ahora se nos ha descrito a un hombre en paz consigo mismo, colmado por todas partes. Ahora es objeto de duras pruebas, y ahí tenemos una fe que no le hace del todo honor. Saben, el Satán vuelve, insiste en su acusación y dice: incluso perdiendo a sus hijos, lo esencial para este hombre era haber salvado el pellejo. Pero ahora intentemos afligirlo en su propia persona, someterlo a un verdadero dolor en sí mismo, y verán que al final no aguantará. Y D-os consiente que Iyov sea objeto de las pruebas que el Satán desea, y una lepra se apodera de él de la cabeza a los pies, y todo el cuerpo le pica. Y por fin su esposa le dice: ¿hasta cuándo vas a seguir aferrado a tus convicciones? «Maldice a D-os y muérete» (Iyov 2:9): quítate la vida.
¿Cuál es el sentido de la vida? ¿Por qué vas a seguir viviendo, seguir viviendo mientras sufres? ¿Tiene eso algún sentido? ¿Y qué responde él a su esposa? «¿Aceptaremos el bien de D-os y no aceptaremos el mal?» (Iyov 2:10). Así pues, para él D-os es a la vez fuente del bien y fuente del mal, y eso ya es una prueba de paganismo. Del Altísimo no pueden emanar el bien y el mal, porque si en algún sentido el mal fuera una expresión de D-os, D-os sería malo. Es imposible. Él es fuente de bondad. Por tanto, todo lo que es malo se forja, en cierto modo, únicamente en la manera en que el hombre aprehende el bien y manipula ese bien. Es obra del hombre. Pero, como les dije, este hombre, después de haberlo perdido todo, se hunde en una profunda depresión. Ya ni siquiera intenta consolar a su esposa. Sus amigos lo abandonan; ya no tiene amigos. Pero hay tres amigos que vienen de aquí y de allá —entiéndase por ello: tres representantes de distintos enfoques de lo divino—, y estos tres amigos van a… no tendremos tiempo de verlo todo; esto es una introducción. Tendremos ocasión de analizarlo con algo más de profundidad, be-ezrat Hashem (con la ayuda de D-os), en el curso de los estudios que haremos más adelante. Pero estos tres amigos que le quedan, o estos tres sabios, o estos tres profetas —puesto que se consideran personas que han tenido visiones de lo divino—, vienen de lugares distintos, lo cual muestra que la revelación de D-os no está reservada a un solo pueblo, a un solo sector de la humanidad.
Vienen de Temán y […] Tzofar, y más tarde se les sumará un cuarto. ¿Y cuál es el tema principal de los discursos de estos tres que llegan, cuando, tras un período de silencio, se entabla un diálogo entre Iyov y sus amigos? Que si hay pruebas que estamos llamados a soportar, hay que buscar la causa en el hombre, y no acusar a D-os a ningún precio. No hay que sentar a D-os en el banquillo. «No hay justo en la tierra que haga el bien y no peque» (cf. Kohélet 7:20), como hemos dicho; pero en cada persona hay algún aspecto que se ha descuidado y que ha hecho que el equilibrio se rompa. Ahora bien, lo que se desprende del texto —y veo que la hora avanza— es que a lo largo de todo este intercambio entre Iyov y sus amigos, él se considera alguien que nunca ha pecado.
Es un hombre de fe; es D-os quien se ha apartado de él. Y no se da cuenta de que, en realidad, es él quien ha mostrado desprecio hacia todos los que le rodean, porque se consideró verdaderamente la columna vertebral de la humanidad, el salvador de la humanidad, la referencia, el modelo. Es una lástima que no tenga tiempo de leerles el texto: cómo considera a los demás indignos de su atención. Y porque los amigos se empeñaron en demostrarle que en realidad no hay falta alguna por parte de D-os en el gobierno de Su universo, que primero está el hombre, el hombre en su relación con los demás, cuando Iyov corrige su manera de ver las cosas —pero eso, después de unos treinta capítulos—, es entonces cuando D-os se revela a Iyov y entabla un diálogo con él, diciéndole: Me has servido, pero no has hecho caso de la voluntad de conocer a D-os. Ahora bien, querer servir a D-os sin compartir el conocimiento con tu entorno, con los demás, no puede darte acceso a conocer los verdaderos designios de D-os, ni a querer compartir con todos la dicha de vivir esa cercanía de D-os. La historia de Iyov termina con un final feliz, puesto que recupera a sus hijos y les da otros nombres. No son otros hijos los que D-os le da: los recupera. Ha recuperado el diálogo con sus propios hijos. Porque cuando no tenemos diálogo con nuestros propios hijos, no es que los hijos sean ajenos a nuestra enseñanza. Es porque no creen en nosotros. No estamos ahí para ellos; no hemos encontrado el lenguaje adecuado para ganarlos a nuestra causa, para que prolonguen nuestra manera de pensar y de servir y contribuyan a elevar el nivel de nuestra sociedad. Por eso da nuevos nombres a estos hijos. Es una reconversión del ser, una manera de decir: sí, mis hijos estaban en cautiverio. En cautiverio: eran prisioneros de una ideología cerrada que no buscó reencontrar un lenguaje común; a veces está en el origen de ello un espíritu patriarcal. Ese espíritu, esa seguridad que uno tiene y quiere imponer, sencillamente no funcionaba. Y esa es la enseñanza de [Iyov]; la vinculo brevemente con Tishá BeAv. Perdimos nuestro centro espiritual y hasta hoy no hemos podido reconstruirlo. Hemos vuelto a nuestra tierra, pero todavía no hemos encontrado el lenguaje del compartir que impediría estas rupturas de diálogo en nuestra sociedad, con nuestros hijos, con las nuevas generaciones. E incluso en el mundo religioso nos retiramos a veces en una halajá (ley judía), en la práctica de una halajá reseca que no respira alegría de vivir, transmisión, comunidad. Pero una práctica así no resiste a las tempestades, no resiste a las catástrofes naturales, no resiste a los conflictos, y cada vez quedamos expuestos a considerables pérdidas de sustancia. Esperamos madurar, madurar llevados por las raras personas que han comprendido que lo que uno se debe a sí mismo en el servicio a D-os se encuentra en el servicio al otro: en aceptar, en efecto, y en acercarse al otro con la mayor inteligencia y sabiduría. La sabiduría es el verdadero temor de D-os. Ese es el estremecimiento interior: hay que explicar; no habría que imponer las prácticas. Primero está el conocimiento, y hay que lograr que las prácticas sean una expresión natural de nosotros mismos y no una obligación impuesta desde fuera.
El amor y el temor deben ir de la mano, de común acuerdo, para que cada vez, en nuestra manera de ver nuestra relación con el otro, no seamos Iyov. Porque en la palabra Iyov está oyev, enemigo: el odio a uno mismo, el desprecio de uno mismo, un desprecio de uno mismo que busca consuelo en otra cosa, que busca protegerse. Al contrario, hay que crecer, crecer mediante el estudio, mediante la sabiduría. Y por eso hay dos días en los que ayunamos de la misma manera: Yom Kipur por una parte, y Tishá BeAv por otra. ¿Yom Kipur? No se dijo que el Mashíaj nace en Yom Kipur.
Se dijo que el Mashíaj nace en Tishá BeAv. En Tishá BeAv ayunamos, pero ¿qué otra cosa hacemos? Lloramos lo que hemos perdido. Lloramos todas las tragedias de nuestra historia. Lloramos a nuestros seres queridos. ¿Y qué hacemos en Yom Kipur? En Yom Kipur somos conscientes de nuestros pecados e imploramos a Hashem que nos conceda el perdón. En Yom Kipur seguimos dependiendo del perdón de D-os: todavía hace falta que Él quiera perdonarnos. Permanecer en esa dependencia, aunque sea del perdón de D-os, no es una garantía para la venida del Mashíaj. Porque significa que, al final, me pongo en manos de D-os y cuento con Él para que me conceda Su perdón.
Todo el problema está en mí. Soy yo quien debe hacer el esfuerzo de superar mis debilidades, mis insuficiencias, mi relación con los demás, con el mundo, con D-os. Y si todo depende de mí, y solo yo puedo enderezar el rumbo y arreglar la situación, entonces el Mashíaj nace el día de Tishá BeAv, porque el día de Tishá BeAv el pueblo tomó conciencia de que es de sí mismo de donde puede venir toda reconstrucción. Bien, me detengo aquí por si tienen preguntas. Era una introducción; todavía no he abordado el verdadero estudio de Iyov, pero siempre hace falta una introducción, y hay mucho que decir. Si tienen preguntas, con mucho gusto. Entonces, les deseo… —Rav Benizri, disculpe, justamente estoy pensando en preguntas. Usted dijo que hay que evitar una práctica seca, al menos eso es lo que entendí, una práctica seca desprovista de estudio.
En todo caso, eso es lo que entendí… —¡No has entendido nada! —No he entendido nada. Iba a preguntar: a la inversa, ¿un estudio sin práctica no cae en el mismo error? —Sí, cae en el mismo error, sencillamente porque un estudio sin práctica es en realidad un amor platónico que no lleva a ninguna parte. Es un sufrimiento añadido, porque es un desgarro interior: no puedes darle una expresión real, así que te quedas en una esfera de conocimiento que gira en torno a teorías, y eso no lleva a ninguna parte. —Quería decir también… Usted dijo que Iyov temía, temía a D-os, que en realidad no se rebelaba en absoluto, no se sublevó. ¿Está permitido rebelarse?
¿Y bien? Porque a veces, ante cosas que suceden y que son difíciles para ciertas personas, la enfermedad, por ejemplo… —Hay una expresión que nos dice: jutzpá kelapé shemaya mehaní (Sanedrín 105a), es decir, que la audacia frente al Cielo puede ser útil. Porque a D-os le gusta que asumamos nuestra responsabilidad; pero si uno asume su responsabilidad, tiene que elevarse al nivel adecuado para expresar las cosas. Porque así fue como Avraham se dirigió a D-os, diciéndole: «¿El Juez de toda la tierra no hará justicia?» (Bereshit 18:25). ¿El Juez de todo el universo cometería una injusticia? Es audaz; es una manera. Y lo importante no es plantear la pregunta y escabullirse. Esperen la respuesta.
—Sí, de acuerdo. Una clase muy interesante. No, no hay más preguntas. —Bien. Entonces les deseo unas buenas vacaciones, y nos […]
Un estudio del Rav Raphaël Benizri. Véase también los días de ayuno.
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