Janucá: la luz de cada uno

par le Rav Raphaël Benizri

Cuadernillo de estudio de esta clase

Un cuadernillo de estudio para imprimir: una pregunta por página, la respuesta del Rav, su fuente y una enseñanza para debatir en familia.

Descargar el cuadernillo (PDF) →

En esta clase, el Rav Raphaël Benizri parte de una fórmula diminuta de la halajá, ner ish uveitó, «una luz para el hombre y para su casa», y extrae de ella toda una visión del ser humano: cada uno posee una luz propia, inalienable, que nadie puede quitarle, y que la mitzvá de Janucá le obliga a exhibir hacia afuera.

En torno a esta luz, el estudio aborda el lugar de Esav y de Ishmael, la diferencia entre la Torá escrita y la Torá oral, las cuatro etapas del intercambio en una vida humana, y lo que significa llevar el Nombre divino en lugar de limitarse a invocarlo.

Lo que enseña esta clase

Janucá es ner ish uveitó: una luz para cada uno y para su casa. Esta luz nos pertenece, es particular de cada uno; y sin embargo no la escondemos. La exhibimos ante todos, porque queremos compartirla.

La fiesta inaugura los tiempos mesiánicos, y sin embargo el mundo sigue viviendo con normalidad. No sucede nada espectacular: solo la recitación del Halel, la expresión de la gratitud y la afirmación del Nombre divino. Esta discreción constituye toda la dificultad de Janucá, y también toda su fuerza.

Lo que se purifica en Janucá son escorias del pensamiento. El Santuario se limpia de lo que las civilizaciones circundantes imponen como filosofía o como modo de vida. Ninguna generación escapa a ello: siempre nos enfrentamos, por un lado, a Ishmael y, por el otro, a Esav.

Esav no es simplemente «el malvado». Si somos el pueblo elegido, somos elegidos de entre pueblos con los que debemos convivir. Lo que nos corresponde no es condenarlos, sino ser la referencia; es decir, vivir con cierta independencia y con dignidad, sin someternos a ningún poder ni a ninguna corriente de pensamiento.

El pensamiento lo compartimos con todos; lo que nos es propio es la manera de hacer. La Torá escrita pudo ser traducida y adoptada por otros. Pero la ley oral, la que nosotros desarrollamos, con sus controversias y sus impugnaciones, sigue siendo el lugar del que extraemos un modo de vida que solo a nosotros pertenece.

La mitzvá se cumple con el corazón, no con el intelecto. No la cumplimos porque la razón la dicte, sino porque queremos conservar, en toda circunstancia, esta exclusividad de vida. Por eso el encendido, institución de nuestros sabios y no mandamiento de la Torá, dice algo insustituible.

Los verdaderos reyes son nuestros sabios. Porque optaron por seguir siendo ellos mismos en el estudio de la Torá, por desarrollarla tal como la sentían desde dentro y por vivirla así, con un doble sentimiento de Halel y de hodaá.

Halel es la irradiación de la luz; hodaá es la gratitud. Halel viene de la palabra que significa rayo de luz, el resplandor de la manifestación de D-os en la tierra. La expresión de la gratitud, por su parte, es la clave de todo, porque es la lucha permanente contra el «mi fuerza y el poder de mi mano».

Hay cuatro etapas del intercambio en una vida, y la clase las describe una por una. El bebé no hace más que tomar. El niño que crece acepta dar, pero a condición de recibir. El adolescente se vuelca en el idealismo y cree que va a cambiar el mundo. La cuarta etapa, la única madura, consiste en ser mekabel: recibir para poder transmitir.

Cumplir una mitzvá es aprender que lo que hago no depende de lo que entiendo de ello. A menudo somos exigentes y queremos el sentido de cada cosa. Pero la mitzvá enseña precisamente lo contrario: nos desprende de la medida de nuestro propio entendimiento.

El ner de Janucá es llevar el Nombre, y ser digno de llevarlo. No basta con invocarlo. También Ishmael lleva cierto ropaje, puesto que, a pesar de todo, son hijos de Avraham; la diferencia se juega en otra parte, en aquello en lo que uno se ha convertido.

La esencia no se altera ni desaparece: siempre está ahí. Eso es lo que guarda la luz de Janucá, esa luz de la creación que aparece en el momento más oscuro del año, como si el mundo se apagara.

«Yom ejad»: un día uno, y no «el primer día». No es un ordinal dentro de una serie; es el día de la unidad. De ahí extrae el Rav todo el sentido de este movimiento de luz que sigue a la extinción de la profecía en el mundo: D-os ya no nos habla de la misma manera, pero no se ha retirado.

El relato de Janucá no está escrito en el canon, y no es casualidad. Existe, ciertamente, un libro, pero permanece fuera de las Escrituras. Lo que se ha conservado no es la crónica, sino la bendición: «la vida eterna, Él la plantó en nosotros».

Todá viene de yad, la mano: dar gracias es tender la mano. Echar una mano al otro y reconocer lo que uno ha recibido son un solo y mismo gesto. Sabemos que, si todos los sacrificios hubieran de cesar, el de la gratitud subsistiría.

Hashem tiene apego a Su Nombre como nosotros al nuestro. «Actúa por Tu Nombre», dice Moshé. Por eso estas luces se colocan afuera y por encima de todo: proclaman un Nombre que llevamos en público.

Cuatro matrices, cuatro exilios: la fiesta cae cuando se lee la historia de las tribus. No es casualidad que Janucá coincida con estas parashiot. Lo que se juega en el interior de las familias decide lo que se jugará en la historia.

El umbral de la puerta es el lugar exacto de esta alianza. La agresividad del exterior puede franquear ese umbral, pero el umbral, por su parte, lleva el sentido de la luz. El hombre debe entrar en su casa cuando hay luz y salir de ella cuando hay luz.

Esta luz inalienable, cada uno la tiene en sí, con una intensidad desigual, pero está ahí. Es la conclusión de la clase, y sin duda su enseñanza más consoladora: nadie puede quitárnosla, y nadie puede eximirnos de encenderla.

Transcripción completa de la clase

Buenas noches a todos, y mis mejores deseos de que sus luces brillen con intensidad en esta Janucá. Porque, en definitiva, Janucá es ner ish uveitó, «una luz para el hombre y para su casa». Ner ish uveitó quiere decir que es la luz propia de cada uno, exhibida ante todos. No la escondemos; queremos compartirla con todos. Y esta luz nos pertenece, nos es particular. Me explico. Lo importante en este camino de Janucá, que se inscribe en un tramo de la historia que inaugura los tiempos mesiánicos, es que el mundo sigue viviendo con normalidad. No ocurre nada particular, salvo la recitación del Halel, la expresión de la gratitud, la hodaá, y la afirmación del Nombre divino.

Sí, cuando salimos de Egipto dimos gracias al Eterno […]: ¿qué hizo Él aquel día? Aquel día […], cuando nos sacaste de Egipto, cuando nos arrancaste de las garras, del dominio de Mitzráyim o de Ishmael. Y fuimos dignos, en aquel momento, de recibir la Torá. En Janucá decimos en la oración de acción de gracias que, tras haber purificado el Santuario de todas, digamos hoy, las escorias del pensamiento, ya sea de la filosofía o del modo de vida que las civilizaciones nos imponen… Y a esto no escapa ninguna generación, porque siempre nos enfrentamos, por un lado, a Ishmael y, por el otro, a Esav.

En realidad, nos hemos enfrentado a cuatro exilios, bien lo sabemos. Mitzráyim es la matriz de todos estos exilios, pero Edom, es decir, Roma, es la que los engloba a todos. Después, ya se manifestaran en la animosidad de Babilonia, del exilio, ya tuviéramos que vérnoslas con Grecia, ese mundo de Grecia que es el mundo de Esav… Porque no olvidemos que de Esav se dice ki tzayid befiv, «porque la caza estaba en su boca» (Bereshit 25:28). Siempre tendemos a tomarlo como alguien malo, como un malvado. Pero no. Si somos el pueblo elegido, somos elegidos de entre pueblos con los que debemos convivir, con los que debemos existir, solo que debemos ser la referencia. ¿Qué significa ser la referencia? La halajá de este pueblo.

Nos distinguimos por cierta independencia de vida, con dignidad. No queremos someternos a ningún poder ni a ninguna corriente de pensamiento; queremos seguir siendo nosotros mismos. Y seguimos siendo nosotros mismos en el ámbito de la halajá, porque el ámbito del pensamiento lo compartimos con todos. Pero la halajá, la manera de hacer, nos es propia. Ahora bien, ¿en qué consiste la mitzvá de Janucá? En encender la luz. Fue instituida por nuestros sabios; no es un mandamiento de la Torá. Está esta institución de nuestros sabios, en la que queda grabada la imagen de la luz de Janucá. Esta luz es la esencia indeleble que nos es propia y que nadie puede, en verdad, arrebatarnos.

Intentaron apropiarse de la Torá shebijtav, la Torá escrita. Sabemos muy bien que, a través de la traducción, ciertas religiones la adoptaron. Pero la ley oral, la que nosotros desarrollamos, vive en el corazón, no en el intelecto. El intelecto es el plano del pensamiento, que, como dije hace un momento, compartimos con todos. […] Se hace con el corazón, no con el pensamiento: no porque la razón nos lo haya dicho, sino sencillamente porque queremos, a toda costa, conservar para nosotros esta exclusividad de vida. Porque ¿qué es la Torá oral en relación con la Torá escrita?

La Torá oral es la que hemos desarrollado, la que suscita controversias, discusiones e impugnaciones, y de ella debemos hallar, debemos extraer, el modo de vida que nos es propio, inalienable. Así pues, a eso se reduce la fiesta de Janucá, aparte de lo que todos conocemos; todos conocemos la historia y no voy a volver sobre ella. La instituyeron nuestros sabios, nuestros jajamim. ¿Man maljé? Rabanán: «¿Quiénes son los reyes? Los sabios». Ellos son los reyes, los verdaderos reyes. ¿Por qué? Porque optaron por seguir siendo ellos mismos en el estudio de la Torá y por desarrollarla tal como la sentían desde dentro, por vivirla tal como la sentían desde dentro. ¿Y con qué? Con un sentimiento; mejor dicho, con dos.

Halel vehodaá. Halel es la irradiación de la luz. Halel viene de la palabra que designa un rayo de luz; es el resplandor de la manifestación de D-os en la tierra. Y la hodaá es la expresión de la gratitud. Sí, esta expresión de gratitud es verdaderamente la clave del asunto, a saber, que no todo lo que poseemos viene de nosotros. Nosotros hemos recibido para dar. Ustedes saben que hay cuatro etapas del intercambio en la vida. El niño, el bebé, no hace más que tomar; toma y toma, y eso es todo lo que sabe hacer. Y cuando no se le da, llora. Hay personas que en su vida no tienen otra filosofía que esta.

Luego está la segunda etapa, cuando el niño crece. Es capaz de dar, pero con condiciones. Le das un caramelo y hará tal cosa; lo amenazas, lo privas de esto o de aquello, y entonces aceptará darte algo a cambio. El intercambio es condicional, regido por un cálculo de interés. La tercera etapa es la del idealismo: el adolescente que cree que va a cambiar el mundo y que, a su modo de ver, no hace más que dar, dar, dar y dar. Está dispuesto a darte sin recibir nada. Pero eso no puede sostenerse; es solo un momento pasajero. Y está la cuarta etapa. La cuarta etapa consiste en ser mekabel: recibir para poder transmitir, para poder dar. Y así es, en suma, como el pueblo judío entiende su vida espiritual: recibió la Torá, pero no va a guardarla exclusivamente, celosamente, egoístamente para sí; va a poder compartirla con todos.

A esto se le llama hodaá […], la expresión de la gratitud. La expresión de la gratitud reside en esta lucha contra la corriente del kojí veotzem yadí, «mi fuerza y el poder de mi mano» (Devarim 8:17): soy yo, mi fuerza, quien lo realiza todo; la obra es enteramente mía. Y nuestros sabios no tuvieron reparo en llamar a estas tendencias azut panim: arrogancia, una actitud arrogante, un comportamiento desafiante. Az panim leGuehinom, «el descarado está destinado al Guehinom» (Avot 5:20). Quien vive según esto hace de su vida un infierno, porque llega un momento en que ya no puede uno jactarse de esa arrogancia, de esa seguridad en sí mismo. Cuando las fuerzas empiezan a envejecer y a abandonarnos, necesitamos al otro; nos damos cuenta de que dependemos del otro. ¿Y entonces? Cuando nos damos cuenta de que dependemos del otro, ¿qué expresión nos viene? ¡Todá!

La gratitud. Boshet panim, el pudor del rostro: hay contención, hay decencia, hay recato. Llevemos ahora todo esto a la fiesta de Janucá, en lo que toca a nuestra propia educación y a nuestra propia manera de ver las cosas. Sucede en la vida que somos exigentes, por muchas razones, que buscamos el sentido de cada cosa y no queremos admitir que hay cosas que son independientes de nosotros, que no podemos controlar ni manejar. Cuando cumplimos una mitzvá, este es el aprendizaje: lo que hago no tiene nada que ver con el sentido que le doy a esta mitzvá; lo hago sencillamente porque la Torá lo prescribió, y porque nuestros sabios desarrollaron su práctica a partir de la manera en que vivieron la Torá. Porque muy a menudo, por desgracia, hemos estudiado la Torá, hemos aprendido la Torá, pero no la hemos vivido. No arde en nuestro interior, no se apodera de nosotros; es un ropaje.

En cuanto a este ropaje, […] también Ishmael, porque, a pesar de todo, son hijos de Avraham. No vamos a ignorarlos, no vamos a despreciarlos, no vamos a rechazarlos, sino que vamos a iluminar su camino a partir de nuestra práctica […], a partir de la manera en que vivimos la ley escrita. Y la manera en que vivimos la ley escrita es la ley oral, porque cada uno tiene en sí su propia luz, y su propia luz es inalienable. Cuando encendemos las luces de Janucá, hay que rendirse ante la evidencia de que este ner es una mitzvá, de que esta luz misma es una mitzvá. ¿Qué es una mitzvá?

Una mitzvá es el nombre de algo. Ustedes saben que se descompone la palabra mitzvá, en concreto sus primeras letras, mem y tzadi, mediante el atbash. Porque siempre hay una permutación de las letras del alfabeto según el modo de lectura: o bien reemplazar la álef por la tav y la bet por la shin, o bien la álef por la lámed y la bet por la mem, emparejando con las letras del medio. Y entonces tenemos otra lectura de la Torá. Ahora bien, cuando reemplazamos la mem y la tzadi de mitzvá por sus correspondientes en el alfabeto del atbash, la permutación de la álef por la tav y de la bet por la shin, obtenemos Yud-He. Mem-tzadi corresponde a Yud-He, el atributo divino, el lado [oculto], y Vav-He es el lado revelado.

Hay un lado oculto, que está revestido, y otro lado, Vav-He, que está revelado. La mitzvá significa llevar el Nombre de cuatro letras, Yud-He-Vav-He; significa invocar ese Nombre. Pero, más que invocar ese Nombre, significa ser digno de llevarlo uno mismo. Ser digno de llevarlo uno mismo quiere decir hacer de uno mismo una esencia […]. Ahora bien, la esencia no se altera ni desaparece; siempre está ahí. Se ha dicho que el aceite de la unción que hizo Moshé se utilizó para ungir los objetos del Santuario y para ungir a los reyes, pero no disminuyó; permaneció igual. ¿Qué significa esto? Que la esencia nunca desaparece, nunca se altera. Y nosotros buscamos guardar esta esencia. Esta esencia está en la luz de la creación primera, porque lo que D-os crea el primer día es la luz. Y esa luz no es la que tenemos nosotros; es una luz que podría iluminar el mundo y atravesarlo de un extremo a otro del universo.

D-os la guardó para los justos en el tiempo venidero, latzadikim leatid lavó. Para el porvenir; es decir, esta luz existe en cada uno, en cada justo. Está ahí. Se trata sencillamente de animarla y de darle la posibilidad de brillar en un tiempo que no es ni el tiempo del día ni el de la noche. Porque el momento en que tiene lugar el encendido de Janucá, de la luz de Janucá, es el momento en que se diría que el sol se ha retirado, pero ha dejado en el mundo una aureola de luz que precede a la noche, que precede a la oscuridad. Y es en esa aureola de luz donde nosotros alimentamos nuestra propia luz, como si nos hubiera colocado allí ese gesto divino que separa la luz de las tinieblas: «Yom ejad», es decir, el día […]. «Yom ejad» es «un día uno».

No es un día cardinal, no es «primero». […] No presupone un segundo; es independiente, se sostiene por sí mismo. Ustedes saben muy bien que nuestros sabios relacionan este yom ejad con el día de Kipur, que permite a todo ser dejar de estar condicionado por el tiempo, por el año, por la vida, y salir de ese tiempo para rehacerse un espíritu nuevo y un corazón nuevo. Ese es el movimiento de Janucá. Llega a continuación de la extinción de la profecía: [D-os] ya no nos habla. Ya no hay […]. En Purim todavía está la Meguilá. Pero en Janucá ni siquiera relatamos la historia, como lo hacemos en Pésaj a través de la Hagadá.

[…] para recordar este comentario: Mi jamoja baelim Hashem, «¿Quién como Tú entre los poderosos, Hashem?» (Shemot 15:11). Pero ¿cómo se puede establecer una comparación […]? Los sabios dicen que no es así como hay que leer. Hay que leer Mi jamoja bailmim: «¿Quién como Tú entre los mudos?», cuando hace oídos sordos, cuando no se manifiesta abiertamente, cuando nos deja a nosotros el cuidado de gobernar Su mundo. Y, en efecto, el relato de Janucá lo nitán lehikatev, «no fue dado para ser escrito». No está escrito. Hay un libro de los Asmoneos, pero está fuera del canon bíblico. No: no fue dado para ser escrito. Lo que queda son aquellos que son maljé rabanán, los sabios que son reyes, aquellos que llevan estas dignidades de D-os, kol hanikrá bishmí velijvodí berativ, «todo aquel que es llamado por Mi Nombre, al que para Mi gloria creé» (Yeshayahu 43:7). Son los dignatarios del Nombre divino, que llevan el kavod, la gloria, del Eterno, y ese es el elemento importante. Ese kavod no es poca cosa: es la dignidad de quien lo lleva. Maljé rabanán: en principio, esto pertenece a la realeza. Dices hod maljut, la majestad. El hod maljut no es una herencia, no es algo que se transmite de padre a hijo como una dinastía. No, es tuyo; eres tú quien lo adquiere. Eres rey desde el momento en que la Torá que llevas ya no es presa de todos aquellos que buscan destruirte, aniquilarte, impugnarte.

Es la Torá que llevas en tu corazón. De hecho, en la segunda bendición [de la Torá] decimos vejayé olam natá betojenu, «y la vida eterna, Él la plantó en nosotros». Entonces, ¿qué es esta vida eterna? Es la Torá shebeal pe, la Torá oral. Y la fiesta es la celebración de esta apropiación de la ley escrita y de su transformación en ley oral, de modo que lleguen a ser […]. Ese es el sentido de estas luces: el bayit, el hogar, que hemos construido extrae su existencia únicamente de esto.

Y cuando no podemos, cuando no estamos en condiciones de exhibirla afuera, entonces la encendemos de todos modos en el interior de la casa, para nosotros mismos, porque eso es lo importante. Y aquí llegamos a leshimjá hagadol sela, «a Tu gran Nombre, por siempre»: daremos gracias por siempre, por toda la eternidad. Sabemos que, si todos los sacrificios hubieran de desaparecer, quedaría el korbán todá, el sacrificio de acción de gracias: la gratitud, la acción de gracias. Si todas las oraciones llegaran a desaparecer, conservaríamos, de todas las oraciones, la de la acción de gracias. Ustedes saben que en la Shemoné Esré, la oración que decimos en la intimidad con el Santo, bendito sea, está la hodaá al final; al final de todo, llegamos a la hodaá.

Hatov shimjá, «Tu Nombre es bueno»: llegamos a la hodaá. Modim anajnu laj, «te damos gracias», te rendimos gracias. Y estamos también en el ámbito del birkat hamazón, la bendición después de la comida, la única bendición prescrita por la Torá. Todá viene de yad, la mano: es echarle una mano al otro. Echar una mano es decir: te necesito más de lo que tú me necesitas a mí. Y, por consiguiente, hay una solidaridad afirmada con todos, aun con quienes están en las tinieblas de la noche, fundada en esta esencia inalienable que hemos conservado. Porque también el Santo, bendito sea, tiene apego a Su Nombre, cuando [suplicamos] lemaan shemeja, «por amor de Tu Nombre», como hizo Moshé […]: Tu Nombre no debe ser [profanado].

No debería ser impugnado. Puesto que todo lo que has creado, lijvodí berativ, «para Mi gloria lo creé», la dignidad que has creado, y eso no es fácil, pues bien, continúa. Así pues, no es casualidad que celebremos la fiesta de Janucá justo cuando estamos estudiando la aparición de Ishmael en casa de Avraham, la aparición de Esav en casa de Itzjak, la aparición de los hijos de Yaakov con Yosef. Sí, porque ahí, verdaderamente, la animosidad de Ishmael […] reaparece bajo otra forma en Esav. Pero lo más peligroso es que aparece en la familia de Yaakov, y que allí los hijos no perciben […] que estos hijos proceden de cuatro matrices. Y así tenemos las cuatro matrices del exilio, etcétera.

Estas cuatro matrices no son matrices judías; son matrices extranjeras. […] Ahí, la unidad de la familia, la unidad del pueblo judío, [se logra] únicamente a través de […] ese descenso a Egipto. Y la paz, el shalom, depende de ello, queramos o no. Es desde el interior de nuestras familias como el resplandor puede irradiar hacia afuera, porque Ishmael, Esav, y también Amalek, nos habitan de un modo u otro. Hoy es fácil percibirlo. Y cuando logramos efectivamente seguir siendo nosotros mismos, con esta luz de Janucá, este ner a la puerta de nuestras casas, en nuestras familias, con una voluntad de intercambio con el mundo exterior que nos agrede desde todos los frentes…

Esta agresividad puede franquear el umbral de la puerta. Pero el umbral de la puerta lleva, en efecto, esta esencia de la luz. Y [nuestros sabios enseñaron]: Leolam yikanés adam bejí tov veyetzé bejí tov, «Siempre ha de entrar el hombre con la luz del día y salir con la luz del día» (Talmud): el hombre debe entrar en su casa cuando hay luz y debe salir de su casa cuando hay luz. Estos son […] de esta luz inalienable que cada uno tiene en sí. No tiene la misma intensidad en todos, pero está ahí. Y con esto, […]. —«Muchas gracias, Rav Benizri. Tengo una pequeña pregunta. Está un poco fuera, bueno, está dentro del tema de Janucá, pero un poco fuera de lo que usted ha dicho».

Los libros de los Macabeos, I y II.

Encuentren todas las clases del Rav Raphaël Benizri sobre Janucá: Janucá — Pensées Juives.

Seguir estudiando