Cuadernillo de estudio de esta clase
Un cuadernillo de estudio para imprimir: una pregunta por página, la respuesta del Rav, su fuente y una enseñanza para debatir en familia.
En este estudio, el Rav Raphaël Benizri relee toda la historia del pueblo judío a partir de un objeto minúsculo: la perinola de Janucá. Si el sevivón gira, es porque también la historia de Israel gira, enfrentándose sin cesar a las mismas pruebas bajo rostros diferentes: Babel, Persia, Grecia, Roma.
Desde la oscuridad anterior a la creación hasta la pequeña llama encendida en el umbral de nuestras casas, la clase sigue el hilo de los cuatro exilios, la guerra interior librada contra los Mityavnim (los helenizantes), el lugar de los kohanim (sacerdotes) y el sentido del 25 de Kislev.
Lo que enseña esta clase
La perinola no es un juego de niños: es el emblema de una historia que no hacemos girar nosotros mismos. El pueblo judío gira sobre sí mismo, reencontrando los mismos problemas bajo otros nombres, y hay «un manipulador, allá arriba, que la hace girar». Nosotros no hacemos más que seguir el movimiento de cuatro exilios programados, independientes de nuestra voluntad.
Estos cuatro exilios están inscritos en los versículos iniciales de la Torá, antes incluso de la aparición de la luz. «La tierra era tohu»: es Babel; «vavohu»: es Persia; «vejoshej», la oscuridad: es Grecia; «al penei tehom»: es Roma. Ir a buscar el destino de Israel en lo que precedió a la creación es decir que cada exilio es una revelación en potencia: es de la oscuridad de donde brota la luz primordial.
Babel atacó el cuerpo nacional; Persia, el cuerpo físico. Babel quiso desintegrar a Israel privándolo de su entidad nacional, y fue precisamente allí donde se desarrolló el Talmud, la Ley Oral. Persia, por su parte, apuntó primero a lo afectivo antes de decidir el exterminio: la primera Shoá que se cernió sobre el pueblo, conjurada por Mordejai y Ester.
Grecia inaugura una agresión de un orden completamente distinto: quiere alcanzarnos espiritualmente. Sustituye nuestros valores por sus valores universales y busca fundirnos como una nación entre las naciones. Las medidas son conocidas: cambio del calendario, supresión de Rosh Jodesh, suspensión del Shabat, prohibición de la brit milá (circuncisión) y cierre de las academias de estudio; una manera de volver al pueblo judío extranjero a su propia cultura.
La guerra de los Macabeos fue ante todo una guerra interior. Se libró sobre todo contra los Mityavnim, esa tendencia interna a querer ser como las naciones, seducida por el arte griego, la ciencia griega, el pensamiento griego. El Rav no oculta que la helenización tuvo un éxito parcial y que se prolongó a través de Roma.
La galut (exilio) de Edom en la que vivimos es la suma de todas las anteriores. Ishmael no figura entre los cuatro: algunos lo integran en ellos, otros recuerdan que no tiene realidad propia sino a través de Edom, desde que Esav se casó con Majalat, hija de Ishmael. Dos atributos se reparten la persecución: el oyev, el enemigo, y el soné, el que odia.
Ya no estamos en el mundo de Yaván (Grecia), pero no hemos salido indemnes de él. Así como la lucha de Yaakov dejó cojos a sus descendientes, el exilio griego dejó su huella. El Rambam sostiene, sin embargo, que hay que seguir impulsando esta iluminación del mundo manteniendo viva la chispa de Yaakov.
La lucha emprendida por los kohanim se sitúa en la prolongación del becerro de oro. Quien participó en su fabricación fue Aharón, el kohén, convencido de que el becerro de oro no amenazaba realmente el porvenir del pueblo. Correspondía, pues, a sus descendientes retomar ese combate y llevarlo hasta el final.
Un judaísmo reducido a la adhesión del corazón deja de ser judaísmo. En cuanto uno se concibe únicamente a través de lo afectivo, abre la puerta a todas las sustituciones. Separar el judaísmo de su entidad nacional, o la entidad nacional de su Torá, equivale en ambos casos a quebrar lo que sostiene el edificio.
Yosef es quien abrió por primera vez el camino del universalismo. Hizo compartir al mundo egipcio una verdadera doctrina social, hasta la nacionalización de las tierras. A esta luz relee el Rav la pregunta de Esav a Yaakov —«¿quiénes son estos?»— y la interrogación de Yaakov sobre la identidad de los hijos de Yosef, nacidos en un entorno extranjero.
«Mi laShem elai»: el grito de Moshé atraviesa las generaciones. Lo que se jugó al pie del Sinaí resurge en Janucá, y la línea divisoria no enfrenta a Israel con las naciones, sino a Israel con la tentación de disolverse en ellas.
Janucá es una fiesta rabínica y, sin embargo, se pronuncia en ella una bendición. Nuestros sabios asumieron esa audacia, y el relato de la victoria de los Macabeos subraya menos la hazaña militar que lo que ella permitió salvar.
La tierra de Israel está concebida para ser la academia del mundo entero. «Pregunta a tu padre y te lo contará, a tus ancianos y te lo dirán»: la respuesta a la pregunta por el sentido nunca es individual; pasa por la cadena de la transmisión.
El milagro de los ocho días no lo decretaron los rabinos: fue el pueblo quien lo reconoció. Al principio, Janucá se celebró sobre todo con la recitación del Halel y la expresión de la gratitud. El relato de la vasija de aceite vino del pueblo mismo.
Se podía encender con cualquier aceite: el milagro no está, pues, donde se cree. Incluso sin el aceite sellado del kohén gadol (Sumo Sacerdote), el encendido seguía siendo posible. Lo que esto significa es que ese encendido no pertenece al orden de la naturaleza: se sitúa más allá de la creación.
Dos atentados desencadenaron la revuelta, y en el origen de cada uno hay una mujer. Uno apuntaba al derecho de las nupcias; el otro proponía al pueblo conservar sus tradiciones a condición de renunciar a toda pretensión nacional. Por eso la mujer está plenamente obligada en la mitzvá del encendido.
El 25 de Kislev repara una frustración muy antigua, la de Aharón. En la inauguración del santuario, cada jefe de tribu trajo su ofrenda, salvo él. Se le respondió que el Templo estaba destinado a ser destruido y que lo que los demás traían tendría un fin, mientras que el encendido de la Menorá se prolongaría más allá del Templo, a través de las noches del exilio.
Es por la propagación de la luz, y no por la victoria militar, como se realiza el destino de Israel entre las naciones. La pequeña llama que va creciendo está destinada a iluminar al mundo entero: esa es toda la lógica de Janucá, desde la oscuridad inicial hasta los tiempos mesiánicos.
Transcripción completa de la clase
El símbolo de Janucá ha sido siempre la perinola, el sevivón: sov, sov, sov, «gira, gira, gira». Adoptamos esta perinola sencillamente porque la historia del pueblo judío está ahí, girando en todas direcciones, y se enfrenta siempre a los mismos problemas. Hay un manipulador allá arriba que la hace girar; nosotros, en definitiva, no hacemos más que seguir el movimiento, el movimiento de cuatro exilios que fueron programados para nosotros independientemente de nuestra voluntad y que están inscritos incluso en los orígenes de la creación. Pues nuestros sabios nos enseñaron, acerca de «Y la tierra era tohu y vohu, y había oscuridad sobre la faz del abismo» (Bereshit 1:2): «Tohu es Babilonia, el exilio de Babilonia; vohu es el exilio de Persia; joshej, la oscuridad, es Grecia; y al penei tehom, el abismo, es Roma». ¡Ir a buscar en la precreación, antes de que se manifestara la luz, el destino del pueblo judío a través de los exilios!
Esto equivale a decir que los distintos exilios son revelaciones en potencia. Y es de esta oscuridad de donde brota la luz primordial, y es esta luz la que vamos a perpetuar a través de la luz de Janucá, partiendo de la pequeña luz que va aumentando su fuerza y que está destinada a iluminar al mundo entero. Así pues, fuimos puestos a prueba físicamente por Babel. ¿Por qué? Porque intentó desintegrarnos privándonos de nuestra entidad nacional. Babel nos exilió. Sobrevivimos. Allí desarrollamos el Talmud, la Ley Oral. Pero Persia buscó suprimirnos físicamente, intentando primero atacar nuestro apego afectivo; y cuando no lo logró, decidió entonces el exterminio físico del pueblo.
Tuvimos que afrontar aquello, y gracias a Mordejai y a Ester fuimos salvados de la perdición total que nos amenazaba. Fue nuestra primera Shoá, que se cernía en el aire. Luego viene Grecia. Grecia, por su parte, quiere alcanzarnos espiritualmente, sustituyendo nuestros valores por sus valores universales. Quiere fundirnos como una nación más entre las naciones. Hoy también, esos mityavnim (helenizantes) que están entre nosotros hablan de un Estado como todos los demás Estados, abierto a todas las culturas. ¿Por qué no? Y ahí es, en suma, donde se sitúa Yaván, pero con la voluntad no solo de imponernos sus valores, puesto que ustedes saben muy bien cuáles fueron las medidas que se tomaron: cambio del calendario, supresión de Rosh Jodesh, suspensión del Shabat, prohibición de la brit milá (la circuncisión) e incluso prohibición de mantener academias de estudio. En resumen, una manera de volver al pueblo judío extranjero a su propia cultura. Por desgracia, en esto hubo cierto éxito, porque la guerra que libró el pueblo judío se libró más bien contra los mityavnim, es decir, contra la tendencia, en el seno del pueblo judío, a querer ser como las naciones y a dejarse efectivamente seducir por el arte griego, por la ciencia griega, por el pensamiento griego, en el momento en que callaba la voz profética, que se prolongaba únicamente a través del rúaj hakódesh (el espíritu santo) por medio de nuestros sabios. Y ellos, los helenizantes, en definitiva, impugnaban ese paso de la profecía a nuestros maestros.
Estaban allí, en efecto, para intentar domesticarnos, para seducirnos con su mundo. Ese es el trasfondo del pensamiento, el fundamento, y estamos de lleno en ese movimiento de helenización. Se prolongó a través de Roma, y por eso hoy estamos en la etapa de Edom, en la galut de Edom. Y la galut de Edom es la suma de todas las galuyot (exilios). Notarán ustedes que Ishmael no es mencionado. ¡Ishmael no es mencionado! Algunos lo integran en Parás (Persia). Otros dicen: atención, Ishmael solo tiene realidad propia gracias a Edom, porque cuando Esav se casó con Majalat bat Ishmael, la hija de Ishmael, hizo una alianza con el mundo de Ishmael; e Ishmael y Edom se disputan, por así decirlo, la persecución del pueblo judío: el oyev y el soné.
Hay dos atributos: oyev (enemigo) y soné (el que odia). Uno se atribuye a Esav, el otro a Ishmael. Así pues, en lo que respecta a esta etapa de la historia en la que hoy nos movemos: a pesar de todo, ya no estamos en el mundo de Yaván. A Yaván lo hemos superado. El exilio de Yaván ha sido superado, y no salimos indemnes de él. Del mismo modo que la lucha de Yaakov y Esav dejó cojo al pueblo de Yaakov, cojo en sus descendientes, en sus hijos […]. Pero, a pesar de todo, dice el Rambam, hay que seguir impulsando esta iluminación del mundo manteniendo viva la chispa de Yaakov, porque estamos convencidos de que un día u otro […]. Hay dos aspectos en esta lucha emprendida por los kohanim, porque debemos decirnos que Janucá, la lucha de los Macabeos, se sitúa en la prolongación del becerro de oro.
¿Quién participó en la fabricación del becerro de oro? Aharón. Aharón era el kohén, y pensó que el becerro de oro no era, en cierto modo, una amenaza real para el porvenir del pueblo judío. Ahora bien, ustedes saben que, desde el momento en que el judaísmo empieza a pensarse únicamente en función de la afectividad del ser, por un lado, o únicamente en función de la razón del ser, por otro, sin coordinar ambas, hay amenaza de desviación, porque en ese momento nos convertimos en una religión como todas las demás religiones. No hay religión judía que sea únicamente una adhesión del corazón. No hay religión judía que sea únicamente un movimiento de pensamiento. Eso es lo que degeneró en el misticismo, lo que produjo la mística, por un lado, y lo que efectivamente desarrolló el movimiento judío librepensador y laico, por otro.
Y en ese momento hemos perdido nuestra particularidad. Del mismo modo, cuando separamos el judaísmo de su entidad nacional, o la entidad nacional del judaísmo, hay que darse cuenta de que en ese momento hemos desnaturalizado nuestra herencia judía. La entidad nacional es una mitzvá esencial, tanto más cuanto que la Torá solo puede realizarse y cumplirse plenamente en Éretz Israel. Concebirla fuera de Éretz Israel es mutilarla de la mitad de su poder, de sus virtudes. Es lo que el Rambam trató de desarrollar cuando procuró, en cierta medida, justificar el mantenimiento de esta fiesta más allá de la amenaza del mundo griego: porque, dice, estaba la dimensión nacional y la dimensión de la Torá.
Fuimos, en cierto modo, privados del cumplimiento de la Torá en nuestra tierra, porque lo que se nos pedía era no tener una realidad nacional, sino seguir viviendo nuestro judaísmo como una tradición, como tradiciones, un conjunto de tradiciones. Eso sí estaban dispuestos a aceptarlo. Pero ¿quién empezó abriendo este camino? Yosef. Yosef es el hombre que, después de los Avot, después de los Patriarcas, hizo de enlace, si se quiere, de vínculo entre el mundo de los Avot y el gran imperio egipcio. Y en sus sueños ya había separado la economía de la tierra del mundo del espíritu. No era, pues, como su padre, que había erigido una escalera entre el mundo de aquí abajo y el mundo celestial.
Había establecido, por el contrario, una distinción, diciendo que el espíritu es lo que resplandece como las estrellas del cielo en plena noche. Esa es una de las facultades del pueblo judío; pero la otra facultad del pueblo judío es ser como la arena de la tierra, y realizar aquí en la Tierra, con las demás naciones, ese mundo […]. Yosef realizó, o hizo compartir al mundo egipcio, la teoría de Marx mediante la nacionalización de las tierras. Legó al pueblo egipcio el mundo del psicoanálisis, el mundo de Freud: la solución de todos los sueños, la manera de interpretarlos. Y les dio, además, la fe en Elokim.
La fe en una pluralidad de divinidades reunidas bajo una misma denominación. Porque la palabra Elokim es la suma de éle y mi. Recuerden: cuando Esav va al encuentro de Yaakov, le dice: «Mi éle laj», «¿Quiénes son estos para ti?». El mundo de éle («estos») es el mundo de lo múltiple, el mundo de la diversidad; reconducirlos a un mi («quién»), reconducirlos a una fuente, eso es difícil para los pueblos. Pero cuando Yaakov le responde, le dice: «Los hijos con que Elokim ha agraciado a tu siervo» (Bereshit 33:5). Son los hijos que Elokim ha dado. Elokim es aquí la contracción de éle y mi; es decir, lo que somos, lo que hacemos en nuestra fe, es reconducir lo múltiple hacia lo Único. Lo mismo ocurre cuando Yaakov busca determinar —perdón, cuando se interroga— sobre la identidad de los hijos de Yosef, porque Yosef estaba impregnado hasta el cuello de la cultura egipcia, aunque no cedió del todo en todo; pero consideró que era su deber servir a Egipto. Y Yaakov le dice: «Mi éle, ¿quiénes son estos hijos? ¿Qué queda de ellos?». Y Yosef responde: no, estos son [los hijos que] Elokim [me ha dado].
Del mismo modo que Yaakov había dicho Elokim, aquí también: estos son [los hijos de] Elokim, bajo el denominador común de un D-os que todo lo nutre desde una misma fuente y que es el Autor de la creación. Y les hago notar que Elokim es Aquel a quien conocemos a través de la creación: «Bereshit bará Elokim», «En el principio creó Elokim». Es D-os quien creó lo múltiple. Pero, en cambio, cuando D-os debe manifestarse al pueblo, le dice: «Anojí Hashem Elokeja», «Yo soy Hashem, tu D-os». Así pues, esta definición de Hashem, del D-os que lo trasciende todo, incluso a Elokim, es la del amor que prevalece sobre la justicia. Volviendo ahora a nuestra idea sobre Janucá: este movimiento emprendido por Yosef va a resurgir a través del pecado del becerro de oro.
¿Por qué? Porque el pueblo dijo: «Asé lanu elokim asher yeljú lefanenu», «Haznos un elokim que vaya delante de nosotros» (Shemot 32:1): el pueblo pide a Aharón que le haga un elokim, que le dé ese elokim que lo va a guiar. No es el Hashem del Sinaí. Quiere contentarse con ese elokim común a todos los pueblos, aquel al que los pueblos pueden efectivamente acceder, porque ellos, cuando sirven a sus divinidades, lo que sirven son facetas de esa multiplicidad. Es en ese momento cuando Moshé emprende la lucha del «Mi laShem elai», «¡Quien sea de Hashem, a mí!» (Shemot 32:26), la que retomarán los Macabeos. Y quienes libran esta lucha son los kohanim, que efectivamente dirigen el movimiento, porque son ellos los encargados de conservar íntegramente esta Torá como una unidad de pensamiento y de no mancharla con ningún aporte del exterior, porque, si no, eso no tiene fin.
Todo se desmorona después. Así pues, la fiesta de Janucá es una fiesta rabínica, y nuestros sabios dijeron: pronunciamos una bendición, «que nos santificó con Sus mandamientos y nos ordenó». Entonces se planteó la pregunta: ¿dónde nos ordenó encender las luces? En efecto, en el relato somero que hacemos de la victoria de los Macabeos, subrayamos más bien el milagro de la lucha armada de la olla de barro contra la olla de hierro, y de esa victoria sobre la cual D-os veló, una vez más, con una mano oculta, en la sombra, como en Purim. Son, si se quiere, las dos fiestas del exilio, Purim y [Janucá], a la espera de la tercera fiesta, que será también obra del hombre, la del despertar mesiánico, pero que estará igualmente sostenida por D-os. Y la respuesta dada es:
«Pregunta a tu padre y te lo contará; a tus ancianos, y te lo dirán» (Devarim 32:7). Esa es una primera respuesta. La segunda es «Lo tasur min hadavar… ni a derecha ni a izquierda» (Devarim 17:11): no desviarse de lo que enseñaron los ancianos, ni a la izquierda ni a la derecha. Dicho de otro modo, hay dos enseñanzas importantes que conviene saber. Primero, vincularse a la historia de los ancianos, continuar esa línea de la historia. Segundo, guardar íntegramente todas las leyes de la Torá y no empezar a adaptarlas a la situación, a la política del mundo circundante, para agradar a los demás pueblos. La tierra de Israel está concebida para ser la academia, la universidad internacional del mundo entero, donde todos los valores se cultivan, se analizan y se sopesan, medidos según los criterios de la Ley.
Es allí donde se verifican todas las ideas, todas las acciones del ser humano. Así fue concebida la tierra de Israel y el pueblo judío que la habita. Y querer someter esos valores a los criterios de los demás es ya desnaturalizarlos. Así pues, al principio, la fiesta de Janucá se celebró sobre todo mediante la recitación del Halel, la recitación de alabanzas, el reconocimiento de la mano de D-os que no se veía: al hanisim veal hanifla’ot. Los nisim son los milagros que se realizaron, y las nifla’ot, las maravillas. Y el milagro es, en efecto, el de una pequeñísima vasija de aceite […] que tuvo la capacidad de arder durante ocho días.
Ahora bien, este milagro de los ocho días no lo instituyeron los rabinos: fue el pueblo. Porque cuando los griegos prohibieron la práctica de la circuncisión, ¿cómo, en la resistencia, anunciar a los demás que en esa casa había nacido un varón que debía ser circuncidado a los ocho días? Entonces, en esa casa, se ponía en la ventana el primer día una luz, el segundo día una segunda luz, el tercer día una tercera luz, de modo que los transeúntes sabían que en esa casa iba a haber una milá, ya que las luces iban en aumento, encendidas hasta el octavo día. Y por eso nuestros sabios adoptaron esta tradición del pueblo, esta resistencia del pueblo, a través del encendido de los ocho días de Janucá. Porque no se trata solo de la luz en sí […]: se podía, en efecto, encender con cualquier aceite, aunque el aceite del kohén gadol no se hubiera conservado con el sello del kohén gadol en su pureza inicial.
Se podía encender con cualquier aceite de oliva en un momento en que efectivamente faltaba aceite. Se podía encender la Menorá, pues lo que subsistía de la Menorá, lo que subsistía del Templo, era la Menorá. La Menorá es la que hace que la santidad de Israel se transporte, a través de sus luces, a todos los hogares judíos. Lo que subsiste en cada hogar judío no es el santuario, no es el culto del santuario, sino la luz de la Menorá. Pero la imagen de la luz de la Menorá no está en la naturaleza de la creación: está más allá de la naturaleza de la creación. Porque se nos dice que, la primera vez, el mundo no soportó la luz primordial.
¿Por qué no la soportó el mundo? Porque todavía no había tzadikim, porque no había justos en quienes pudiera efectivamente ponerse en reserva, quedar en depósito. «La guardó para los justos en el porvenir»: la guardó en reserva para los justos, en el corazón de los justos. Y cuando encendemos allí, en el umbral de la casa, nuestra menorá, es sencillamente una manera de decir: he aquí la luz primordial, creada más allá de esos mundos que nos persiguieron, que surgió por orden de D-os, sobre la cual velamos hoy, y que estamos transportando en el tiempo más allá del mundo de la creación. Y esa es la razón de los ocho días; y los ocho días no solo están vinculados a la brit milá, sino también a lo que genera, a lo que pone en marcha esa brit milá.
Ustedes saben que uno de los elementos de la revuelta, lo que desencadenó la revuelta, fue en primer lugar ese altar que se construyó en Modiín, donde se invitó, a cambio de una bolsa bien repleta, de una generosa recompensa, a todo judío que quisiera ofrecer un cerdo sobre ese altar. Ese es el primer impulso de la revuelta: que se encontrara a alguien que quiso hacerlo. ¿Por qué no? Y el segundo, como manera de despojar al pueblo judío de su derecho a las nupcias: durante tres años y ocho meses rigió una cláusula según la cual toda recién casada debía ser primero desflorada por el gobernador de la ciudad; debía presentarse ante el gobernador de la ciudad y ofrecerle su virginidad antes de volver con su marido.
Era, pues, un atentado contra la descendencia del pueblo judío, contra la pureza de la mujer. Ahora bien, ¿quién desencadenó la revuelta? También fue una mujer. Esa es la razón por la cual la mujer está obligada —aunque se trate de una mitzvá ligada al tiempo— a celebrarla, a encender las luces. ¿Por qué? Porque «también ellas formaron parte de aquel milagro» (af hen hayú beotó hanés). La hija de Yojanán Kohén Gadol, la hija del Sumo Sacerdote Yojanán, se casaba, y se estaba celebrando la fiesta. Y al final de la fiesta, ella debía presentarse ante el gobernador. ¿Qué hizo durante la fiesta? Desgarró todas sus vestiduras, su vestido de novia, y se presentó desnuda ante la multitud.
Sus hermanos y hermanas, su familia y los presentes quedaron escandalizados. Entonces ella les dijo: «Escuchen, son ustedes quienes deberían avergonzarse, porque se dejan hacer. ¿Qué significa esto? Yo, hija del Sumo Sacerdote, debo presentarme dentro de un rato ante el gobernador. No iré». Acto seguido estalló el movimiento de revuelta, se mató al gobernador, y a continuación se le ofreció al pueblo conservar únicamente sus tradiciones, pero renunciando a toda aspiración a una entidad nacional, y Yehudá el Macabeo no quiso saber nada de ello. Así pues, estos dos movimientos, estos dos componentes de la revuelta, hacen que la luz que encendemos a la puerta de nuestra casa, frente a la mezuzá, sea para nosotros una manera de decirnos que, más allá de esta vida replegada sobre sí misma, sobre el propio hogar, pretendemos efectivamente compartir con el mundo nuestra luz, pero debemos hacerlo progresivamente, sin descaro, sin espíritu de arrogancia, sin querer a toda costa colonizar los espíritus.
No tenemos en absoluto esa intención. Es desde la puerta de la casa desde donde deben irradiar estas luces, hasta alcanzar esos límites más allá del mundo natural. Y esa es, en efecto, la esperanza de los tiempos mesiánicos: «veneged zekenav kavod», «y ante Sus ancianos, gloria» (Yeshayahu 24:23). Veneged zekenav kavod: como hemos dicho, las últimas letras de veneged zekenav kavod —permanecer fiel a los ancianos y reconocerles el mérito y el respeto que merecen— forman David. Las letras finales de veneged, zekenav, kavod son David, el reino de David. Así pues, cuando interrogamos a nuestros ancianos, es únicamente para vincularnos, por una parte, a nuestros orígenes y para proyectar, por otra, nuestro advenimiento mesiánico. La luz es la luz de Avraham, [como está escrito]: «Estas son las generaciones de los cielos y de la tierra behibaram, cuando fueron creados» (Bereshit 2:4). He aquí la genealogía del mundo, del cielo y de la tierra, en el momento de la creación, con la luz.
Esa luz la estamos llevando, poco a poco, hacia su destino final a través de la luz de Janucá. Ahora bien, la luz de Janucá llega el 25 de Kislev. ¿Qué es el 25 de Kislev? Es el día en que se inauguró el primer santuario. El primer santuario se inauguró el 25 de Kislev, aunque ya estaba listo […]. ¿Y a quién se confió el encendido de la Menorá el primer día? A Aharón HaKohén y a sus hijos. Cuando se inauguró el santuario, todos los jefes de tribu trajeron su ofrenda, cada jefe de tribu en su día; esa es, por cierto, la razón por la cual hubo doce días de festividad, doce días de inauguración, y cada jefe de tribu trajo para la inauguración el obsequio de su tribu, en representación de su tribu.
Y había una sola que no había sido designada para traer una ofrenda por su tribu: la de Leví, la de Aharón. Entonces Aharón se sintió dolido, y D-os le dijo: debes saber que el Templo está destinado a ser destruido. Por tanto, lo que ellos traen tendrá un fin, un día u otro. Pero tú, lo que Yo te voy a dar es el encendido de la Menorá. Y ese encendido de la Menorá se prolongará más allá del Templo, a través de las noches del exilio. Porque es a través de esta propagación de la luz como se realiza el verdadero destino de Israel en el seno de las naciones. Me detengo aquí, por si tienen preguntas…
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