Esta clase prosigue la lectura del capítulo 39 del Bereshit Rabá en torno a una promesa cuyo sentido creemos conocer: ve-e’eskhá le-goy gadol, «haré de ti una gran nación». El Rav Raphaël Benizri pregunta primero qué vale esa promesa para un hombre al que se le recuerda que ya existen setenta naciones, y luego qué significa exactamente el verbo «hacer» cuando se aplica a un pueblo. La cuestión de fondo es la relación entre una tierra, un pueblo y una Torá, y el orden en que aparecen estos tres términos.
El punto de partida es el comentario de Rashí sobre la primera palabra de la Torá: si el relato de la creación abre el texto, es para establecer que el Dueño de la creación dispone de los territorios y destina este a este pueblo en particular. De ahí extrae el Rav una observación que considera decisiva —la Tierra de Israel precede al pueblo de Israel y a la Torá de Israel— y sigue las cuatro promesas de la tierra hechas a Avraham, en las que no figura alusión alguna a un culto.
La clase entra luego en el Midrash propiamente dicho: los tres elogios y las cuatro bendiciones, la enseñanza de Rabí Jiyá sobre lo que el camino le cuesta a un hombre, y la lista de los cuatro personajes que tuvieron una moneda acuñada en su nombre en el mundo. Concluye con la pregunta de cuál viene primero, la bendición de Avraham o la de D-os. Las preguntas del público tratan después del sentido de goy gadol, de la Torá estudiada fuera de la Tierra de Israel y del papel que Itzjak quería que desempeñara Esav.
Lo que enseña esta clase
La Tierra de Israel precede al pueblo de Israel y a su Torá. Rashí, al comentar la creación en la palabra Bereshit, injerta en el relato una finalidad: la narración de la creación no apunta a otra cosa que a la Tierra de Israel, para que las demás naciones no tengan motivo alguno para disputarla ni traten al pueblo judío de bandido que despojó de su tierra a sus habitantes. D-os es el Dueño de la creación: quita un territorio a un pueblo y lo destina a otro conforme a Su voluntad, y Su voluntad es predisponer esta tierra para este pueblo. ¿Se ha visto alguna vez una tierra que exista antes que su pueblo y que su constitución? En el orden del relato bíblico, primero está la tierra.
Avraham es el primero de los creyentes, pero su fe no es ante todo un monoteísmo. Se dirige a un D-os que une el cielo y la tierra, el espíritu y la materia, y que permite que el mundo de la creación no permanezca cerrado sobre sí mismo, sino que se abra de vez en cuando a las exigencias de la moral. Es lo que traducimos por «milagro». Porque si la creación obedeciera únicamente a las leyes de la causalidad, estaría perdida y envejecería; lo que la sostiene es que se renueva cada día.
Las cuatro promesas de la tierra no contienen alusión alguna a un culto. Al analizar esta primera parashá, se encuentran cuatro promesas relativas a la Tierra de Israel, y nada que concierna a una espiritualidad, una religión o una práctica propia de esa tierra. Eso vendrá más tarde, y en realidad le es inherente, puesto que no se puede concebir la Tierra de Israel sin la Torá de Israel. Un pasaje de Yeshayahu dice que D-os da un alma a la tierra como al pueblo que la habita: así como el hombre tiene un alma, también la tiene la tierra.
No hay Torá como la que se estudia en esta tierra. Toda Torá estudiada fuera de la Tierra de Israel sigue siendo algo deficiente, porque no está en su terreno natural. No es una crítica a las corrientes de la Torá —el propio Talmud es producto del exilio—, sino una afirmación sobre su resonancia: la Torá estudiada en el extranjero queda teñida por el entorno cultural, se quiera o no. Y el pueblo de Israel en el exilio no puede constituir nunca una nación; no es más que un mosaico de comunidades dispersas por el mundo.
El Midrash lee el mandato dado a Avraham como la orden de ir hacia la tierra de la visión. Como un padre que mira a sus hijos y vela por ellos, que quiere verlos en casa y no fuera de ella, eso es lo que D-os pide: la tierra donde tendré Mi ojo puesto en ustedes. Y solo a partir de ahí sigue la promesa de ser una gran nación. El orden importa: la mirada del padre precede a la grandeza prometida.
Es la primera vez en la Biblia que se establece un diálogo entre D-os y un hombre. Hasta entonces, el hombre había permanecido pasivo. Aquí Avraham objeta: Tú ya has formado setenta naciones; ¿qué vale la que harás de mí frente a todas las que ya has concebido? Se le responde que la suya será un goy gadol, una gran nación. La objeción de Avraham se toma, pues, en serio, y la respuesta se refiere a una diferencia de naturaleza, no de cantidad.
El texto dice «haré de ti», y «hacer» no es «dar». No está escrito que esa grandeza será dada, sino que será hecha, lo cual no es una realidad ya hecha: hacer es crear, es mantener un estado de creación permanente. Por lo demás, también a Ishmael se le prometió ser un gran pueblo. Pero Israel nunca es un estado adquirido: se va haciendo Israel día tras día, y así subsiste más allá de todas las crisis que atraviesa. Ese es el sentido del verbo empleado en la bendición de la mañana, shelo asani goy, donde el verbo es el de la fabricación y no el del ser.
El Midrash cuenta aquí tres elogios y cuatro bendiciones, y Rabí Jiyá recuerda lo que el camino le cuesta a quien parte. A Avraham se le anunció que habría tres patriarcas y cuatro matriarcas, y es esta forma de bendición la que atamos cada mañana alrededor del brazo con los tefilín: lo que se le anuncia a un hombre solo es en realidad el plan de toda una generación. El desplazamiento, por su parte, ocasiona tres cosas: reduce la fuerza de procreación; aumenta los gastos hasta el punto de que uno ya no puede hacer frente a las salidas de dinero; y reduce el peso de la persona, su renombre. Las bendiciones responden exactamente a esas tres pérdidas, y por eso se dice: «engrandeceré tu nombre». La gente dice que al mudarse de casa en casa se pierde al menos una prenda, pero que al mudarse de ciudad en ciudad se puede perder el alma. Avraham, en cambio, no perdió ni el alma ni los bienes.
Solo cuatro hombres tuvieron una moneda acuñada en su nombre en el mundo entero. Primero Avraham, cuya moneda llevaba en una cara un anciano y una anciana, y en el reverso un joven y una joven. Luego Yehoshúa, cuya fama se extendió por toda la tierra, con un buey de un lado y cuernos del otro, en referencia al «primogénito de su toro», puesto que así fue llamado Yosef y Yehoshúa desciende de Yosef. David, con un zurrón y un cayado de pastor de un lado y una torre del otro, en referencia a la torre de David. Y por último Mordejai, de quien se dice que fue grande en la casa del rey y que su fama recorrió todas las provincias, con el saco y la ceniza en una cara y la corona de oro en la otra. Son los que realizaron la conquista de la tierra o llevaron a cabo un retorno del exilio hacia ella.
El Rav Kook enseña que, en su origen, todas las almas son Israel. Cuando D-os creó a Adam a Su imagen y semejanza, era verdaderamente el retrato arquetípico de toda la humanidad. Pero cuando esa imagen desciende hasta lo que somos en la realidad, se produce una pérdida de sustancia, y poco a poco nos convertimos en goy. Esto vale para todas las cosas: desde el momento en que intento precisar un pensamiento, lo amputo de una posibilidad, y más aún cuando quiero concretarlo. Lo mismo ocurre con el ser: cuando no se desarrolla plenamente, no hace más que perder sustancia.
Israel está, pues, en devenir permanente, y en eso reside su grandeza. El hombre va instaurando su alma y la desarrolla a lo largo de su evolución, y esa realidad de Israel, cuando está plenamente integrada, forma parte de nosotros mismos y se transmite. Pero nunca está adquirida, so pena de recaer en el estado anterior. Es lo que dice la moneda de Avraham: conservar la sabiduría de la vejez y la lozanía del joven y de la joven, con la posibilidad de la procreación. Esta grandeza es de la misma familia que aquella con la que alabamos a D-os mismo.
Yosef es el eslabón entre los patriarcas y el pueblo. Tiene algo del rango de patriarca y algo del de jefe de tribu, pero de un jefe de tribu que dio origen a dos, y fue su féretro el que abrió el camino para la travesía del mar, para que el pueblo emprendiera el camino de regreso a la tierra prometida. Su emblema es el toro, y esa palabra dice también la mirada: una agudeza de visión que le permitió captar muchas cosas a través de sus sueños y de lo que realizó en Egipto. Todo ello preparaba la futura constitución del pueblo en su tierra.
Cada repetición de la promesa aparta un peligro preciso. La primera vez se trata de arrancar la tierra del dominio de la familia de origen. Después hay que arrancársela a Lot, que sigue a Avraham tras las huellas de la promesa pero se pone una máscara: imita a Avraham sin ser Avraham, y hay muchos imitadores en este camino. El tercer peligro procede de los discípulos que invocaban como propia la enseñanza de Avraham: Aner, Eshkol, Mamré, Eliezer. El cuarto, el más peligroso, es Ishmael, que hasta hoy no deja de reclamar su parte de esta tierra. Era necesario que la tierra fuera exclusivamente la herencia de Itzjak.
Por eso Itzjak nunca abandona la tierra. Se mantiene en guardia y toma posesión del suelo: siembra, y el texto dice que sembró en aquella tierra. Vuelve a abrir los pozos de Avraham y cava otros, hasta el de Rejovot. Su manera de sostener la promesa no es ni una palabra ni una plegaria: es un trabajo de la tierra y del agua. La herencia se confirma por la ocupación efectiva, no por la declaración.
La Torá no cuenta casi nada de la búsqueda religiosa de Avraham. Hay una mención de que enseñará a sus hijos a practicar la justicia y la caridad, y está la milá (la circuncisión), que le fue ordenada. Fuera de eso, nada destaca en su trayectoria salvo la propiedad de la tierra y la creación de una nación. Avraham sentó las bases de la posesión de la tierra y de la creación de un hogar nacional, y David cerró ese recorrido con la conquista. Son, además, los dos únicos que llevan el título de escudo —Maguén Avraham y Maguén David—, a través del cual se reconoce la protección del Eterno.
Entre el cayado de Moshé y el de David, la diferencia es la de la flexibilidad y la dureza. El primero es todavía elástico: se lo puede doblar, curvar en un sentido o en otro. El segundo es duro, y es aquel con el que Yaakov dice haber cruzado el Jordán. Ese cayado es el que indica el camino, aquel del que no hay que desviarse en ningún momento y con el que no se juega. La vocación de pastor, a menudo subrayada en los patriarcas como en Moshé, no tiene, pues, siempre el mismo instrumento.
La torre de la moneda de David es Jerusalén y el Templo, junto al cual tenía su sede el Sanedrín. Si el Sanedrín estaba junto al Templo, es porque era preciso a toda costa que ese Estado respirara la Torá de Israel y conservara sus estructuras. Aquí no existe «lo que es del César y lo que es de D-os»: esa separación no existe, porque entonces el Estado ya no tendría justificación alguna. El orden es el de una trilogía inseparable —la Tierra de Israel, el pueblo de Israel, la Torá de Israel— que solo se realiza a lo largo de un tiempo muy prolongado. No se trata de hacer un país de judíos, sino un país judío; la alternativa sería vivir en comunidades separadas dentro de un mismo país, lo que sería una catástrofe.
La bendición de Avraham precede a la de D-os mismo. Avraham pregunta cuál de las dos viene primero, la suya o la de su Creador, y se le responde que la suya va delante: Maguén Avraham precede a la bendición de Aquel que hace revivir a los muertos. La razón se da sin rodeos: porque tú saliste a Mi encuentro, porque tú proclamas Mi nombre por todas partes, y sin ti Yo no existiría en la conciencia de la gente. Por eso, en la Amidá, las tres primeras bendiciones están reservadas a los padres: primero la de Avraham, en la que se dobla la rodilla, luego la de Itzjak, luego la de Yaakov; y solo con Yaakov aparece la noción de santidad, porque es el primero cuya familia entera constituye el núcleo del pueblo.
Transcripción completa de la clase
Veamos ahora cuáles son los atributos y las virtudes de esta tierra prometida, que se remontan a la creación misma. Porque Rashí, cuando aborda el comentario de la creación en la palabra Bereshit, injerta la idea de que el relato, la narración de la creación, no tiene otro propósito que apuntar a la Tierra de Israel, el país reservado, digamos, únicamente a este pueblo, para que no haya ninguna impugnación por parte de las demás naciones, para que no acusen al pueblo judío de bandidaje ni de haber despojado de su tierra a sus habitantes. Porque D-os es el Dueño de la creación: quita un país, un territorio, a un pueblo y lo destina a otro conforme a Su voluntad; y Su voluntad es predisponer la Tierra de Israel para el pueblo de Israel. Y es interesante que la Tierra de Israel preexista al pueblo de Israel y a la Torá de Israel. ¿Se ha visto alguna vez una tierra que preexista a su pueblo y a su constitución? Pero en el orden de las cosas, si miramos de algún modo el relato bíblico, primero está la tierra. Como ya hemos tenido ocasión de señalar, Avraham fue rishón ha-maaminim, el primero de los creyentes; pero su fe no se dirigía a una divinidad monoteísta: se dirigía a un D-os que une a la vez el cielo y la tierra, el espíritu y la materia —ve-heemín ba-Hashem, «y creyó en Hashem»—, un D-os que permite que este mundo de la creación no permanezca cerrado sobre sí mismo, sino que se abra de vez en cuando a las exigencias de la moral. Esa es la obra de lo que nosotros traducimos por «milagro». Porque, en la concepción de la creación, si esta obedeciera únicamente a las leyes de la causalidad, estaría perdida, envejecería. Pero Él renueva el mundo cada día.
Así pues, la particularidad de la Tierra de Israel es hacer surgir un pueblo. Las distintas tierras tienen virtudes diferentes en lo que respecta a las plantaciones, a todas las formas de explotación del suelo. La Tierra de Israel, además de todas las particularidades que puedan tener las demás tierras, tiene como finalidad ve-e’eskhá le-goy gadol, «haré de ti una gran nación». Avraham es el primero en fundar la nación judía. El embrión de la nación judía queda instalado en su tierra antes de que nazca este pueblo judío. Y antes de que nazca este pueblo judío, esa tierra queda depurada de todo ocupante extranjero. Por lo demás, si uno se pone a analizar tan solo esta primera parashá, Lej Lejá, hay cuatro promesas relativas a la Tierra de Israel, pero ninguna alusión a una espiritualidad, a una religión o a un culto cualquiera propio de esta Tierra de Israel. Eso se irá precisando más adelante. Es, si se quiere, algo inherente, porque en Israel no podemos concebir la Tierra de Israel sin la Torá de Israel. Hay un pasaje de Yeshayahu que dice que el Santo, bendito sea, da un alma a la tierra y al pueblo que la habita; dicho de otro modo, así como el hombre tiene un alma, también la tiene la tierra. Y por eso se admite que existe una Torá que es la Torá de Éretz Israel: no hay Torá como la Torá que se estudia en Éretz Israel, y toda Torá que se estudia fuera de Éretz Israel sigue siendo algo deficiente —lo explicaremos más adelante—, porque no está en su terreno natural. El pueblo de Israel en el exilio no puede constituir nunca una nación; es un mosaico de comunidades a través del mundo. […] (Una voz del público: «¿Qué pasa? Rav Benizri, ya no lo oímos. Rav Benizri, Rav Benizri, ya no lo oímos… Ah, ahora sí, ahora lo oigo». «¿Ha vuelto?» «Ha vuelto, ha vuelto».)
Nos habíamos detenido en esta idea de goy. «¿Quién como Tu pueblo Israel, una nación (goy ejad) en la tierra?»: el pueblo judío es un goy. El Midrash lee el mandato dado a Avraham como el de ir a la tierra de la videncia, de la visión: aquella donde, como un padre que mira a sus hijos, que vela por sus hijos, que quiere verlos en casa y no fuera de casa, así lo pide D-os: la tierra donde tendré Mi ojo puesto en ustedes. Entonces, dice el Midrash, viene ve-e’eskhá le-goy gadol, «haré de ti una gran nación». Y entonces Avraham tomó la palabra. Ya hemos subrayado el hecho de que se establece un diálogo entre D-os y Avraham; es la primera vez en la Biblia que se establece un diálogo semejante.
Hasta entonces, el hombre había permanecido pasivo. Avraham le dice: «A partir de Nóaj ya has hecho surgir setenta naciones». Y Él le responde: «Esa nación de la que está escrito: «Porque ¿qué nación grande…?», esa es la que haré de ti». Es decir, Avraham dijo: ¿qué vale una nación que harás de mí frente a las setenta naciones que ya has concebido? Y Él le dice: tú eres un goy gadol, tú eres un gran pueblo. No está escrito «te daré como gran pueblo», sino «haré de ti un gran pueblo». A primera vista, lo entendemos así: haré de ti una criatura nueva; ya no tienes, por así decirlo, ningún vínculo con el resto de la humanidad.
Pero no: «haré de ti» una creación nueva que será fecunda y se multiplicará. Entendámonos: todas las naciones se multiplican, pero esta se multiplicará sin cesar, se perpetuará. Les ahorro la serie de maestros que han comentado esta afirmación: aquí se mencionan tres grandezas —yo diría tres elogios— y cuatro bendiciones. Le anunció la buena nueva de que habría tres padres, los patriarcas, y cuatro matriarcas, porque esa es la forma que adopta la bendición, como veremos. Así pues, esto se refiere a los tres patriarcas y las cuatro matriarcas, que atamos alrededor de nuestro brazo con los tefilín cada mañana. Y dijo Rabí Jiyá:
Rabí Jiyá dice […] que estas cosas tenían que llegar, puesto que el camino ocasiona tres cosas. Reduce la procreación; reduce el dinero —aumenta los gastos, de modo que uno ya no puede hacer frente a las salidas de dinero—; y reduce el nombre: disminuye el peso de la persona. Sí, eso lo resumimos en el refrán «piedra movediza no cría musgo», pero aquí veremos que es más que eso. «Y engrandeceré tu nombre». Porque la gente dice: al mudarse de casa en casa, uno pierde al menos una prenda; pero al trasladarse de una ciudad a otra, uno puede perder el alma.
Pero tú no carecerás ni de alma ni de bienes. […] Rabí Berejiá, en nombre de Rabí Jelbó, dice: cuatro salieron con una moneda acuñada en su nombre en el mundo. Rabí Berejiá, en nombre de Rabí Jelbó, dice, porque […]; yo diría: publicar su nombre a través del mundo, su emblema a través del mundo. Solo cuatro personas impusieron su emblema al universo entero. Avraham, de quien se dice «haré de ti una gran nación»: salió para él una moneda, tenía un emblema. ¿Cuál era su emblema? Un anciano y una anciana de este lado —tenía un medallón con un anciano y una anciana en una cara— y en el reverso, un joven y una joven de ese lado.
Y Yehoshúa también obtuvo una moneda: «Y el Eterno estuvo con Yehoshúa, y su fama se extendió por toda la tierra», por todo el universo; tenía su moneda en el mundo. ¿Cuál era? Un buey de un lado y, del otro, un re’em, una especie de ciervo, con cuernos como de gacela […], en referencia a «el primogénito de su toro, suya es la majestad»: el primogénito de su toro es Yosef, que fue llamado shor, toro, y Yehoshúa era descendiente de Yosef. Entre paréntesis: tenemos aquí a las cuatro personas que tuvieron derecho a una moneda en el mundo. Son los cuatro que, o bien realizaron la conquista de la tierra, como Yehoshúa y como David, o bien llevaron a cabo un retorno del exilio hacia la Tierra de Israel, como Mordejai.
Son las cuatro personas. Así pues, Yehoshúa tenía como moneda un buey y los cuernos de un re’em. David: «y el nombre de David salió por todas las tierras»; su nombre se difundió por todos los países […]. ¿Y cuál era su emblema? ¿Cuál era su moneda? Un cayado y un zurrón de pastor de este lado y, en la otra cara, una torre de ese lado —una torre del otro lado—, en referencia a «Tu cuello es como la torre de David». Mordejai es quien llevó a cabo el retorno a la Tierra de Israel y la reconstrucción del Segundo Templo, y quien formó parte de la Gran Asamblea: «Porque grande era Mordejai en la casa del rey», porque Mordejai era grande en la casa del rey, «y su fama recorría todas las provincias».
También él tenía una moneda acuñada, una pieza: su moneda. ¿Y cuál era su emblema? El saco y la ceniza de un lado, y una corona de oro del otro. Me detengo, pues, aquí un momento para definir algunos términos. Ante todo, el de goy. Somos un goy gadol, y se nos repitió al pie del monte Sinaí: «un reino de sacerdotes y una nación santa (goy kadosh)». Ahora bien, sabemos que la bendición de la mañana es shelo asani goy en masculino, shelo asani goyá en femenino. Y hemos reducido, por así decirlo, la noción de goyim a su sentido un tanto despectivo: que todos los pueblos, todos los goyim, no son nada ante Ti.
Así pues, no queremos ser goy, y sin embargo somos goy. Hay una idea que desarrolla el Rav Kook y que es apasionante: en su esencia, todas las neshamot (las almas) son Israel. Es decir, en el origen, cuando D-os creó a Adam a Su imagen y semejanza, aquello era verdaderamente el retrato arquetípico de toda la humanidad. Pero cuando se produce un descenso de esa imagen de Adam a lo que nosotros somos en la realidad, entonces hay una pérdida de sustancia que hace que ya no seamos aquel Israel originario, sino que nos vayamos convirtiendo poco a poco en goy. Y esto vale para todas las cosas. Incluso el pensamiento: desde el momento en que intento precisarlo, lo amputo de cierta posibilidad, de cierta dimensión, porque no logro expresarlo por completo; y cuando quiero concretarlo, se vuelve todavía mucho más débil. Lo mismo ocurre con el ser: cuando no se desarrolla plenamente, no hace más que perder sustancia; se vuelve goy, se acerca mucho más a la gviyá, el mero cuerpo. Ahora bien, en toda creación —del mismo modo que el hombre, desde su nacimiento hasta los veinte años, instaura su neshamá y la desarrolla cada vez más—
—, hay una evolución que se produce paso a paso y que da al ser la realidad de Israel. Y esa realidad de Israel, cuando está plenamente integrada, forma parte de nosotros mismos, está genéticamente presente en nuestra existencia, y se transmite. Pero eso no impide que Israel esté en devenir permanente, a fin de que no quede reducido al estado de [goy]. Y por eso están las bendiciones de la mañana: shelo, shelo asani goy. Ahora bien, el verbo asá, «hacer», no designa —el texto lo precisa aquí— una realidad ya hecha. Porque goy gadol se le concedió también a Ishmael: «Haré de él una gran nación», o más bien «lo pondré como una gran nación», colocaré a Ishmael como un gran pueblo. Pero eso no es asiyá, no es «hacer». Hacer es crear, es mantener un estado de creación permanente, de modo que Israel nunca es sin más: se va haciendo Israel día tras día. Y así existe más allá de todas las crisis que pueda atravesar, del néfesh que pueda perder. No: tiene esa capacidad de poseer la sabiduría de la vejez conservando la lozanía del joven y de la joven, y la posibilidad de la procreación.
Y esa es la gedulá, la grandeza de la que se trata aquí: es la que se relaciona incluso con la alabanza que dirigimos a D-os: «Grande es Hashem y muy digno de alabanza». Y esta gedulá es de otro orden, porque es el producto de una tierra que tiene una neshamá. Esa es la particularidad de la Tierra de Israel, y por eso el pueblo de Israel solo puede desarrollarse plenamente en la Tierra de Israel. Les ruego que no vean en esto un discurso sionista. No lo es: es la Torá, es el Midrash, que estamos exponiendo. Es un hecho, un hecho que esta es la tierra donde se funde la identidad judía venida de todo el mundo. Y David lo va a precisar; y también porque Yehoshúa hizo la conquista, y esa conquista se atribuye a los descendientes de Yosef.
Ahora bien, ustedes saben que Yosef es el eslabón entre los patriarcas y el pueblo de Israel. Tiene algo del rango de patriarca y algo del de jefe de tribu, pero de un jefe de tribu que tiene dos tribus, que dio origen a dos tribus en el seno del pueblo de Israel, y que abrió, con su féretro, el camino para la travesía del mar Rojo, para que el pueblo pudiera emprender el camino de regreso a la tierra prometida. Así pues, su emblema era shor, el toro. Ahora bien, shor tiene otro significado: shor es mirar; una agudeza de visión que efectivamente le permitió captar muchas cosas a través de sus sueños y a través de lo que realizó en Egipto, y todo ello para preparar la futura constitución del pueblo de Israel en la Tierra de Israel.
Porque el exilio del pueblo fuera de la Tierra de Israel no era sino una manera de depurar una vez más los elementos del pueblo judío de todas las cáscaras que, a fin de cuentas, habrían podido enturbiar la constitución del ser de Israel. Es lo que hizo, por cierto, Avraham en estas cuatro promesas de la tierra, repetidas cada vez. La primera vez se trata de arrancar la tierra del dominio del lugar natal, de la familia. Después, de arrancársela a Lot, que sigue a Avraham tras las huellas de la promesa de D-os, pero que se pone una máscara. En realidad imita a Avraham; no es del todo Avraham […]; por desgracia, hay muchos imitadores en este camino. Lo tercero que ponía en peligro la posesión de la tierra prometida eran los discípulos que invocaban como propia la enseñanza de Avraham: Aner, Eshkol, Mamré, Eliezer. Y lo cuarto, lo más peligroso, era Ishmael, que hasta hoy no deja de reclamar su parte de Éretz Israel; también a él había que apartarlo. Por cierto, en cada repetición de la promesa hay un pequeño matiz que apunta a un peligro que hay que conjurar. Era necesario que esta tierra fuera exclusivamente la herencia de Itzjak, y por eso Itzjak no abandona Israel en absoluto.
Está en guardia, toma posesión de la tierra. «Y sembró Itzjak en aquella tierra»: siembra la tierra, y abre los pozos, cava pozos, los de Avraham, hasta el de Rejovot. Así pues, eso es el shor: la moneda llevaba ese shor, ese buey, de un lado, puesto que Yosef fue comparado a ese buey que tenía una visión propia, una visión aguda de las cosas y también un sentido de la belleza: «las jóvenes subían al muro», las muchachas que, al paso del cortejo de Yosef, admiraban su belleza. No fue solo la mujer de aquella historia. Después, David. Así pues, esta noción de belleza […]. Ya ven, es David […]; no necesito extenderme sobre ello, puesto que David es quien cerró el recorrido de Avraham.
Avraham empezó por sentar las bases de la posesión de la tierra prometida y de la creación de un hogar nacional: eso es lo esencial. La Torá, paradójicamente, no habla de toda esa «búsqueda religiosa» de Avraham […]. Encontramos una mención, a saber, que enseñará a sus hijos a practicar la justicia y la caridad. Pero fuera de eso, y fuera de la milá, que sí le fue ordenada por Hashem, no hay nada que destaque en el recorrido de Avraham aparte de la propiedad y la creación de una nación judía. Y hay, por cierto, entre Avraham y David un término común: Maguén Avraham y Maguén David. Son los dos únicos que llevan ese título de escudo, a través del cual se reconoce la protección del Eterno, la providencia divina, la que condujo a Avraham por el camino de la tierra prometida y la que llevó a David a cerrar ese recorrido de Avraham mediante la conquista de la tierra prometida.
Ahora bien, ¿qué es? Makel ve-tarmil: tiene un cayado de pastor, tiene un zurrón. Esa vocación de pastor se ha subrayado a menudo en los patriarcas, pero también en Moshé, que se convirtió en el primer jefe del pueblo judío en su constitución; él tenía un maté, y David tenía un makel. ¿Cuál es la diferencia entre el maté y el makel? Que el maté es todavía elástico, ¿no es así? Todavía se lo puede doblar, mover o curvar en un sentido o en otro. El makel es duro. «Porque con mi cayado (be-maklí) crucé este Jordán», dice Yaakov. Un cayado, porque ese cayado es el que me indica el camino, aquel del que no debo desviarme en ningún momento, con el que no debo jugar.
No, no: es el makel; un zurrón de este lado y una torre de ese lado. ¿Por qué? Porque dicen migdal, la torre. ¿Qué torre? La torre alta; la torre alta es la de Jerusalén, la del Templo, el Templo junto al cual tiene su sede el Sanedrín. ¿Por qué? Porque el Estado de Israel, la Tierra de Israel, es un Estado judío. No se hace la separación entre la religión y el Estado. El Sanedrín estaba junto al Templo porque era preciso a toda costa que ese Estado respirara la Torá de Israel, que pudiera efectivamente conservar sus estructuras. Aquí no existe «lo que es del César y lo que es de D-os». Esa separación no existe, porque en ese caso el Estado no tendría justificación alguna, el país no tendría justificación alguna. Ahora bien, empezamos por este orden —que el Rav Kook no formuló así—, pero el orden es Éretz Israel, Am Israel, Torat Israel, y esta trilogía es inseparable. No podemos fraccionarla ni dividirla, pero, por supuesto, esto se realiza a lo largo de un tiempo muy prolongado. No hay que soñar: no se va a lograr de la noche a la mañana. Por lo demás, no se trata de hacer un país de judíos, sino un país judío. Y en la propia constitución del Estado hay hoy un capítulo importante […]: la observancia del Shabat como día oficial de descanso; la kashrut en las comidas servidas en todos los comedores del Estado; el jinuj, la posibilidad de una educación judía dentro del país. Hay también una cuarta dimensión: el carácter judío del matrimonio, en manos del rabinato. Por supuesto, todo se está moviendo. Y, una vez más, así como en la evolución de todo joven que crece hay momentos de cuestionamiento, de rebeldía, de contestación, eso existe también en el desarrollo de la estructura de un país. Y esperamos que un día podamos efectivamente ver esta herencia judía abrazada, por así decirlo, siquiera en espíritu, por el conjunto de los habitantes del país; porque, si no, empezaremos a vivir en comunidades separadas dentro del país, lo cual sería una catástrofe. Y yo lo he repetido: «¿Quién como Tu pueblo Israel, una nación en la tierra?»: un pueblo unido en este país, porque es este país el que realiza nuestra unidad.
Y hay, efectivamente, exilios, hay huidas. Y «Mordejai [era grande] en la casa del rey»: eso es el retorno a Israel, porque hay una amenaza de antisemitismo en otras partes y una voluntad de replegarse sobre un país que sigue siendo el objeto de nuestras aspiraciones y de nuestros sueños. Cuando el saco y la ceniza amenazan la existencia del pueblo judío, entonces hay que recuperar la corona de oro, hay que recuperar la corona de oro, hay que recuperar esa realeza en Israel. «Y una corona de oro de ese lado»: es la realeza de la casa de David, el Rey Mashíaj. Dijo Rabí Yudán —continúo—. Rabí Yudán dice: el Santo, bendito sea, le fija una bendición en la Shemoné Esré. El Santo, bendito sea, le dice, entre otras cosas: no solo hago de ti una gran nación…
…—y ya hemos definido qué es la gran nación—, sino que instituyo en tu nombre una bendición en la Shemoné Esré, en la tefilá, en la Amidá. «Pero no sé si la Tuya va primero o la mía». Por supuesto, en esta Amidá, como saben, antes de formular las peticiones personales —hay diecisiete, dieciocho, diecinueve bendiciones según su evolución—, hay tres primeras bendiciones reservadas a los Avot, los padres. La de Avraham es la primera bendición, y en esta bendición hay una forma de genuflexión. Está la segunda, en la que no hay genuflexión: es la de Itzjak. Y la tercera es la de Yaakov. La noción de santidad aparece solo con Yaakov. ¿Por qué? Porque de Yaakov se dice que «su lecho era completo» (mitató shelemá).
Yaakov tiene una familia entera que constituye el núcleo del pueblo judío, mientras que Avraham e Itzjak tienen, de un lado, a Ishmael y, del otro, a Esav. Ahora bien, ya dijimos que la concepción de Esav es una manera de desprenderse de los antecedentes de Rivká, de los de Jarán; y ese alejamiento de Ishmael es también una manera de alejar, de poner término a esa voluntad de Ishmael de apoderarse de la herencia de Avraham. Pero eso reside en lo que en su origen es egipcio, en el origen de la tumá, de la impureza. Con todo, Ishmael y Esav forman parte integrante de nosotros mismos, puesto que al pie del monte Sinaí vamos a afirmar efectivamente nuestra adhesión a la Torá con naasé ve-nishmá: el naasé de Esav y el nishmá de Ishmael, «haremos y escucharemos». Y volvemos a la parashá de la semana, a saber: la voz que oigo —Yishmá—, la voz que se oye es la de Yaakov, pero las manos que realizan las cosas son las de Esav. Entonces, cuando Itzjak quiere cerciorarse de quién es Yaakov, el hombre que tiene delante lleva los elementos de Esav y de Ishmael —«La voz es la voz de Yaakov, pero las manos son las manos de Esav»— y le da la bendición.
Ahora le da la bendición: «Que D-os te dé del rocío del cielo y de la grosura de la tierra». Lo digo entre paréntesis. Pero lo importante es que, cuando Avraham dice: «No sé cuál es la bendición que va primero, ¿la Tuya o la mía?», D-os responde, por boca de Rabí Ajá en nombre de Rabí Zeirá: «La tuya precede a la Mía». La tuya es Maguén Avraham; la Mía es mejayé ha-metim, Aquel que hace revivir a los muertos. Esa es la Mía, la Mía. Es la de Itzjak: es el Santo, bendito sea, quien interviene y le devuelve la vida […]. Y así le dice que la suya va primero.
¿Por qué? Porque tú saliste a Mi encuentro. Porque tú proclamas Mi nombre por todas partes. Sin ti, Yo no existiría en la conciencia de la gente. Es una idea importante: la bendición de Avraham, que sale por delante al descubrimiento de D-os, viene antes que la bendición reservada a D-os. Y el texto lo explicita: primero se dice Maguén Avraham, y solo después mejayé ha-metim. […] Creo que me voy a detener aquí. Pensé que llegaríamos mucho más lejos, pero falta tiempo. Si tienen preguntas, con mucho gusto. Así que activen sus micrófonos para las preguntas. (Un participante: «Rav Benizri, tengo dos pequeñas preguntas que, creo, probablemente no son…». «Hable simplemente un poco más alto, se lo ruego».)
«Mi primera pequeña pregunta es sobre Mordejai. No sabía que había hecho aliyá y me alegra oírlo hoy, pero ¿podría explicarnos un poco dónde está escrito? Y luego entiendo también lo que dijo sobre goy gadol. Siempre me he preguntado: goy gadol, ¿qué quiere decir: en cantidad o en calidad? Y al oírlo hoy, tengo la impresión de que goy gadol es el conjunto de los creyentes en un D-os único, con, evidentemente, la permanencia del pueblo judío en Israel». Sí; pues bien, goy gadol es la nación digna de alabanza. La nación digna de alabanza, porque no padece por verse reducida ni por estar presente entre todos los demás goyim, entre todos los demás pueblos.
Pero hay una particularidad: «Porque ¿qué nación grande hay que tenga a D-os tan cerca de ella?», es decir, cuál es la gran nación que vive en proximidad con D-os; o bien: «¿qué nación grande hay que tenga estatutos y juicios justos?», cuál es ese gran pueblo que dispone de preceptos y de leyes conformes a la justicia y a la caridad. Se trata, pues, de un reconocimiento: es gadol así como D-os es reconocido por los demás pueblos; el pueblo judío es reconocido, está llamado a ser reconocido, aunque todavía no lo sea. En todo caso, lo ha sido en gran parte, y eso es lo que hace que siga siendo objeto de tantas envidias. Y, en definitiva, el antisemitismo se funda sobre todo en la voluntad de derribar a este pueblo, a este goy gadol, a este grande entre las naciones, y en querer confundirlo con los demás goyim.
Ahora bien, está por encima de toda nación, y es diferente. Es gadol, y ese gadol se refiere a su esencia: Israel. Bien, creo haber respondido a su pregunta. En breve, otra pregunta. «Tengo dos pequeñas preguntas. La primera: usted decía que la Torá fuera de Israel no es una Torá completa. Tiene el Talmud Bavlí […], y tiene a Rashí —corríjame si me equivoco—, que estaba en Francia. Es una Torá hecha en el extranjero». Sí, lo sé. Sí, sí, pero yo te hablo de la Torá en su esencia, no de las corrientes de la Torá. Las corrientes de la Torá son perfectamente válidas; por supuesto que hay un desarrollo. Todo el Talmud fue producto del exilio, de Babilonia, de la Torá oral, ¿no es así?
Pero la espiritualidad de la Torá, digamos, la vivencia de la Torá, tiene su resonancia profunda en Éretz Israel. Y sabes que nuestros sabios no se mordieron la lengua al decir que todo aquel que fija su morada fuera de la Tierra —diciendo: «Puedo ser judío y construir aquí plenamente mi porvenir»— es «como si no tuviera D-os». La Torá de jutz la-árets queda teñida del entorno cultural, se quiera o no. Y por eso nuestros sabios dijeron que la resonancia espiritual de la Torá en Israel es mucho, muchísimo mayor. Ahora bien, no expliqué esta idea: «Tu cuello es como la torre de David». Atención: tzavar es el cuello. Y la ciudad, la torre que es Jerusalén, es la torre de David; pero la cabeza descansa sobre el cuello, y a través del cuello pasa el alimento para todo el resto del cuerpo, y a través de él pasa también todo el alimento del espíritu, que reina por encima del cuerpo, y todas las orientaciones posibles del ser.
Ahora bien, lo que David dijo a propósito de Yerushaláyim, que sigue siendo el punto de mira del pueblo de Israel y de las naciones, es que sobre esa torre planea efectivamente la presencia de D-os. Es el makom, el lugar —«que D-os deseó para Su morada»—, el lugar que D-os eligió para Su residencia. Así pues, uno está mucho más cerca de la emanación de ese flujo divino en Israel que fuera de Israel. (Un participante: «¿Es una manera de invitar a todo el mundo a hacer aliyá?». «¿Perdón?») Bueno, yo no he dicho las cosas… efectivamente, atención: todo el mundo está en proceso de aliyá, todo el mundo. Incluso quien no la ha hecho está en camino de hacerla, porque en ningún momento hemos roto el vínculo […] con Israel, aun viviendo fuera de la Tierra.
Ya lo ven: incluso «el año próximo en Jerusalén» es el anhelo oculto de todos los judíos, el que se enseña, el que se lee en la salida de Egipto, en la salida del exilio, del primer exilio: el séder de Pésaj se cierra con «el año próximo en Jerusalén». («Tenía todavía una pregunta muy pequeña, si le queda un minuto; es sobre Esav». «Un poco más alto». «Perdón, disculpe. Sobre Esav». «Sí».) «Lo que no entiendo muy bien es que, por un lado, tenemos a Esav, que, entre comillas, tenía un papel que desempeñar, e incluso Lea, tenía todavía una mujer con la que casarse […]. Y, por otro lado, está el número siete —no hablo de él directamente—, como si todo estuviera ya decidido desde el principio, entre comillas, para que el siete fuera el número determinante, y todo en la historia se regula en función del hecho de que Esav acaba mal.
»Es decir, uno tiene la impresión de que todo está dispuesto para que Esav acabe mal». Sí. «Incluso Lea estaba destinada a Esav, pero sabemos muy bien que no irá con Esav». Espere. […] Vea, sepa que Esav es pragmático; quiere […]. […] Itzjak lo ama, ¿y sabe por qué? Porque, no, uno no puede retirarse a una yeshivá y no hacer nada: ¿cómo va a realizarse? Hay que entrar en el mundo de la acción, el olam hazé, mientras que está Yaakov […], que busca asegurarse su olam habá, el mundo venidero, el mundo venidero […] en relación con este olam hazé.
Ahora bien, Itzjak quiere acercar a Esav porque quiere fundar Israel a partir de dos personas, de una asociación del jiloní y del datí, el laico y el religioso, de Esav y del bajur yeshivá. Rivká no está de acuerdo. Dice: no, yo haré que Yaakov lleve la ropa de Esav. Tiene que aprender; se va a exiliar; se va a dar cuenta de que hay que trabajar sin descanso para realizarse, y eso ocurrirá junto a Laván. Pero Itzjak se tranquiliza cuando percibe la ropa: «Y olió el aroma de sus vestidos». Siente el aroma de esos vestidos y dice: «Mira, el aroma de mi hijo es como el aroma de un campo» —como el aroma del Gan Edén […]— «que Hashem ha bendecido». Bendecido por D-os: eso es lo que quiere, y por eso le da esta bendición y le reserva la bendición de Avraham.
Más adelante tendremos ocasión de […] lo que dije en la mesa este Shabat a mis hijos; no, a mis hijos no, no están ahí alrededor de mi mesa, lo lamento; el coronavirus nos ha limitado un poco, y gravemente. Digamos que era mi nieto quien estaba allí. Y le dije: nuestros sabios imaginaron que, cuando Rivká pasaba delante de un lugar de culto extranjero, era Esav quien se agitaba y quería salir, y cuando pasaba delante de una sinagoga o de un lugar de estudio, era Yaakov quien se agitaba y quería salir. Y le dije: pero ¿cómo lo adivinaba ella? ¿Dónde estaba Esav, dónde estaba Yaakov en su vientre? Todavía no se sabe quién es Esav y quién es Yaakov. No, en realidad eso se va a descubrir más adelante. Porque cuando Esav se presenta ante Yaakov, le dice: dame de comer de ese rojo, de ese guiso rojo que has preparado, ese plato de lentejas […] —«de este rojo, rojo» (ha-adom hazé)—; lo que cuenta es esto, el olam hazé: «porque estoy cansado (ayef anojí)». Estoy cansado de la búsqueda del Anojí; incluso esa verticalidad, el hombre erguido que tiende sus manos hacia D-os, me exaspera mucho, no puedo soportarlo, «porque voy a morir», voy a morir. Y entonces, ¿para qué? ¿Qué me aporta? No entiendo absolutamente nada. Y entonces, ¿qué dice aquí?
«Estoy cansado» —ayef— del Anojí. ¿Y qué dice Rivká cuando siente que algo se mueve y tiene dolores? Dice: «¿Para qué, pues, soy yo (lama zé anojí)?», ¿qué llevo dentro de mí? Llevo a la vez el Anojí y el olam hazé, este mundo […]. Va a preguntar a D-os, va a preguntar a Hashem cuál es el secreto de todo esto. Y más adelante se precisa que hay efectivamente dos tendencias: una orientada hacia la realización en este mundo, y la otra hacia la realización en el mundo venidero. Sí, y por eso Itzjak va a intentar vestir a Yaakov con el olam hazé, con el olam hazé, y hacer que las manos de Yaakov sean las de Esav, sin perder la entonación de la voz de Yaakov: «La voz es la voz de Yaakov».
Bien. Los saludo; hasta pronto. («Muchas gracias, hasta la semana próxima». «Muchas gracias». «Buena semana». «Muchas gracias». «Adiós». «Adiós». «Adiós». «Hasta luego, Manu». «Gracias. Seguí la clase a partir de la mitad y me conectaré al Facebook Live para la primera parte». «Vamos allá». «Sí, de acuerdo». «Venga». «Cuídense». «Hasta luego a todos». «Shavúa tov a ti, a todos». «Adiós». «Adiós, Luc, muchas gracias». «Adiós, gracias».)
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