Tu BiShvat: el Año Nuevo de los árboles

par le Rav Raphaël Benizri

Preguntas para la mesa de Tu BiShvat

Un cuadernillo de estudio para imprimir: una pregunta por página, la respuesta del Rav, su fuente y una enseñanza para debatir en familia.

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Tu BiShvat es el último de los cuatro «comienzos de año» que enumera la Mishná, y esa breve mención es su única fuente. A partir de ella, el Rav Raphaël Benizri muestra cómo una fecha del calendario agrícola adquirió, a lo largo de la historia, el carácter de una fiesta, y por qué el árbol, que lleva en sí todos los componentes de la creación, es un retrato del hombre: enraizado, en crecimiento, portador de frutos y llamado, como Adam, a reparar el primer pecado.

Lo que enseña esta clase

Cuatro comienzos de año. El primero de Nisán para el reinado de los reyes, el primero de Elul para el diezmo de los animales, el primero de Tishrei para la creación del mundo y para la shemitá (el año sabático) y, para los árboles, el primero de Shevat según Beit Shamai o el quince según Beit Hilel, cuya opinión seguimos. Es la única referencia de la Mishná a este día, y no habla ni de fiesta, ni de frutos, ni de cuatro copas de vino. Todo eso llegó mucho más tarde.

La ecología no es una preocupación reciente. El midrash cuenta que D-os hizo recorrer al hombre todo Su universo: mira qué bella es Mi obra; procura no estropearla, porque si la estropeas nadie podrá repararla. De ahí proviene la prohibición de bal tashjit (la destrucción inútil), y la enseñanza de los Sabios según la cual quien atenta contra la vida de un árbol hace oír su grito de un extremo al otro del mundo.

El árbol, retrato del hombre. Un eje vertical enraizado en la tierra, ramificaciones hacia los cuatro confines que se anhela reunir en un solo tronco. En él se encuentran, como en el hombre, los cuatro componentes de la vida: el mineral hundido bajo tierra, el vegetal, el fuego que produce el frotamiento de su madera, el animal que merodea a su alrededor.

El único que no obedeció. Al árbol se le pidió ser un árbol fruto, enteramente comestible; salió un árbol que hace fruto, con cierta parte de desecho. Creado el tercer día, corresponde, en el paralelismo de la creación, al hombre, creado el sexto.

Comer es una mitzvá. Invirtiendo el refrán, el Rav afirma que hay que vivir para comer, porque el alimento es lo que nos permite integrar los elementos de la creación y elevarlos al rango de lo humano. Y la única bendición cuyo origen está en la Torá misma es la que se recita después de la comida.

Las categorías de frutos. Algunos comen cuarenta frutos, diez por cada nivel de la creación, desde Atzilut hasta el mundo de la realidad: frutos que se comen con su piel, frutos cuyo hueso se desecha, frutos a los que hay que quitar la cáscara. «Como tendemos a vivir desde el interior y no desde el exterior», la Torá nos pide integrar en nosotros el mundo exterior y desprendernos de lo que estropea el fruto.

La orlá y la educación. Tres años sin comer el fruto, el cuarto año se lo come en estado de pureza, y solo en el quinto se disfruta de él. Así también la educación del niño, que se comienza a los cinco años: en sus primeros años es un receptor, pero la meta es dar el propio fruto, compartirlo.

Por qué el Árbol de la Vida quedó prohibido. La respuesta más densa de la clase. Adam es expulsado del jardín y privado del Árbol de la Vida, no por temor a que viviera eternamente, sino porque no debía comer de la vida con el alma manchada, sin posibilidad de recobrarse. Por haber preferido el conocimiento a la vida, deberá en adelante servirse del conocimiento para reencontrar el Árbol de la Vida.

Y la dimensión mesiánica. Si tienes un plantón en la mano y te anuncian la llegada del Mesías, no lo sueltes: planta primero tu árbol y luego sal a recibirlo. Porque plantar contribuye a su venida.

Transcripción completa de la clase

Buenas noches a todos. Ante todo, este estudio está dedicado a Lea bat Najum ve-Yojéved y a David Rafael Ben Dayán. Existe una única referencia en la Mishná, que establece que en el calendario judío hay cuatro «cabezas de año», cuatro años nuevos. El primero de Nisán es el punto de partida para contar el reinado de cada rey. El primero de Elul es el año nuevo para el diezmo de los animales. El primero de Tishrei es el que todos conocemos, puesto que es Rosh Hashaná: el aniversario de la creación del mundo y el punto desde el cual se cuentan los años, los años desde la creación, así como para las leyes relativas a la shemitá (el séptimo año), al jubileo, a las plantaciones y a las hortalizas. Y, por último, el primero de Shevat, según Beit Shamai, es Rosh Hashaná la-ilán, el año nuevo del árbol.

Lo que nosotros seguimos, sin embargo, es la opinión de Beit Hilel, que lo sitúa más bien el quince de Shevat, en el momento en que toda la savia, adormecida durante el invierno, comienza a subir de nuevo hacia las ramas del árbol y aparecen los primeros brotes: el regreso a la vida de una naturaleza dormida. Ahora bien, si nos atuviéramos únicamente a la fuente de la Mishná, este año nuevo, este aniversario del árbol, no tendría nada del carácter de alegría que le asociamos: la abundancia de frutos que comemos, el vino, las cuatro copas de vino que acompañan los frutos. Todo esto llegó efectivamente mucho más tarde. A medida que se desarrollaba la historia, y según las características de cada época, esta fiesta, o más bien este aniversario, fue adquiriendo otra dimensión. Por supuesto, hoy se le asocia la plantación de árboles, pero en ninguna parte se menciona un día dedicado a plantar árboles. También el problema ecológico: sabemos muy bien cuáles son los peligros que amenazan nuestro mundo actual, y la Torá ya dio algunas indicaciones para que no dañemos la naturaleza.

Cuando D-os creó al hombre, dice la agadá, lo tomó y le hizo recorrer todo Su universo, diciéndole: Mira qué bella es Mi obra; procura no estropearla, porque si llegas a estropearla, al final nadie podrá repararla. Estas preocupaciones ecológicas están, pues, ligadas al bal tashjit, la prohibición de destruir cualquier cosa de la naturaleza, hasta tal punto que, como se dice, quien atenta contra la vida de un árbol hace oír un grito de angustia de un extremo al otro del mundo, porque priva en cierto modo a la naturaleza de ese bien y a la humanidad de sus recursos. Pero lo que hizo que este aniversario adquiriera más bien el aspecto de una fiesta es que vimos en el árbol un símbolo que atraviesa todo el tejido de la Biblia y del Talmud, a saber, que «el hombre es el árbol del campo»: tiene un eje vertical, está enraizado en la tierra.

¡Y cuánto apreciamos ese enraizamiento! Baruj Hashem, hoy hemos saboreado la alegría de reencontrar nuestras raíces en la tierra; y luego están esas ramificaciones extendidas por los cuatro confines del mundo, y el deseo de reconducir todas esas ramificaciones a un solo tronco. En suma, este árbol que alimenta al hombre vio la luz el tercer día de la creación. Es el único que no obedeció la orden de D-os, que le pedía dar un «árbol fruto», es decir, enteramente comestible; en cambio dio un «árbol que hace fruto», es decir, con cierta parte de desecho. Y en el paralelismo de la creación, este árbol corresponde a la creación del hombre el sexto día.

Porque, como ya les he dicho, el primer día es la luz, y los portadores de esa luz los recibimos el cuarto día, el miércoles, en el sol, la luna y todas las estrellas; el segundo día es la separación de las aguas, y el quinto día aparece la fauna que sale del agua; y, por último, el sexto día es el hombre. Y el hombre, cuando es creado, lleva también en sí todo el conjunto del árbol. Está hecho de cuatro componentes: afar, la tierra, el mineral; el vegetal, desde luego; el fuego, la energía; y finalmente el medaber, el ser que habla, lo humano. Y en cuanto al árbol: a su alrededor, el mineral está bien hundido bajo tierra, el animal merodea en torno a su tronco, los pájaros lo sobrevuelan, y el frotamiento de su madera produce fuego.

Da alimento, ¿no es así? ¿Y qué falta? El aire; lo necesita. Así pues, los cuatro componentes de la vida que forman la constitución del hombre se encuentran también en el árbol. Y el pecado: la confrontación del hombre con el árbol está en el origen del primer pecado. El libre albedrío que mostró el árbol mismo se encuentra de nuevo en el hombre. Y, sin embargo, la única mitzvá que D-os dio al hombre fue: «De todo árbol comerás y volverás a comer». Por eso digo que comer es una mitzvá. Contrariamente al dicho según el cual hay que comer para vivir y no vivir para comer, nosotros decimos que hay que vivir para comer, porque consideramos que el alimento es lo que nos permite integrar los elementos que constituyen la creación y elevarlos al rango de lo humano; mediante la porción que tomamos, consagramos toda la obra de la Torá.

Por lo demás, la única bendición que tiene su origen en la Torá misma es el birkat hamazón, la bendición después de la comida. «Veajaltá vesavatá uverajtá», «comerás, te saciarás y bendecirás», se refiere a ese bien que el Santo, bendito sea Él, puso a disposición del hombre: la tierra, evocada aquí como aquella que mana leche y miel, una tierra buena, la tierra buena; porque el texto dice primero éretz tová, «una tierra buena», y luego al haáretz hatová, «por la tierra buena», aquella que encierra en sí esos frutos. Sus características merecerían desarrollarse un poco en una próxima clase, pero constituyen la trama del pueblo que vive en esa tierra. Y allí se dice: «veajaltá vesavatá», «comerás y te saciarás»; y comer hasta saciarse es lo que justifica la bendición, porque «tzadik ojel lesova nafshó», «el justo come para saciar su alma»: sacia su ser integrando en sí todos los componentes de la creación.

A esto se añade la dimensión metafísica y moral que, entre los cabalistas, dio al día el carácter que hoy conocemos: comer, consumir el mayor número posible de frutos. Algunos tenían cuarenta frutos, diez correspondientes a cada nivel de la creación, desde Atzilut, el más noble, hasta el de la realidad. Y, en efecto, hay distintas clases de frutos: los que comemos con su piel, como la uva o el higo; los que comemos desechando el hueso que tienen dentro; los que comemos junto con las pequeñas semillas del interior, sean pepitas u otras; y aquellos a los que hay que quitar la cáscara exterior, desechar la kelipá, para comer solo el interior. Como tendemos a vivir desde el interior y no desde el exterior, la Torá nos pide integrar en nosotros el mundo exterior y desprendernos de todo lo que estropea los perot, los frutos. ¿Y qué son los frutos? Nuestros Sabios dicen: las mitzvot. El árbol, que da sus frutos generosamente, sin hacer distinción entre las personas, debería tener consecuencias en la conducta y el comportamiento del hombre hacia sus semejantes y hacia la naturaleza. Tu BiShvat es, por tanto, un día que llama al hombre a su responsabilidad respecto de lo que D-os puso a su disposición, y lo invita a dar sus frutos tal como el árbol da los suyos, sin caer en la trampa del primer pecado del hombre; porque el primer pecado del hombre concernía al Árbol del Conocimiento y al Árbol de la Vida.

Había que comenzar por apreciar la vida, por dar a la vida su dimensión moral, y solo después perfeccionarla con el conocimiento. No había que dar prioridad al conocimiento ni convertirlo en algo meramente utilitario. Tu BiShvat es la reparación de ese pecado de Adam HaRishón, el primer hombre, a través del consumo de los frutos y a través de la bendición, sobre todo por los frutos vinculados a la Tierra. Porque una característica del árbol es estar enraizado en su suelo: basta con desplazarlo o arrancarlo de su medio para que ya no pueda dar sus frutos; habría que replantarlo en otro lugar. Pero hay tierras mucho más propicias que otras para tal o cual árbol. Lo mismo sucede con los pueblos, y particularmente con nosotros en relación con la Tierra de Israel, y por eso consideramos el exilio como un asomo de muerte,

pero de una muerte que nunca es definitiva. Existe la posibilidad de volver a la vida, de recobrar el aliento: así como el árbol pierde su follaje y se renueva de manera cíclica, así también lo hace el pueblo judío, que está llamado a hacerlo. Y este simbolismo toma cuerpo en nuestra manera de celebrar este día, vinculándolo, como dije, al orden de la creación. Algunos tienen cuarenta frutos: diez de los que tienen un hueso dentro; diez de los que no tienen hueso pero sí una piel, una cáscara exterior; […] diez de los que no tienen dentro ni semillas ni pepitas, ni cáscara; simplemente para decir que así está hecho el hombre, a través de sus distintas etapas de desarrollo.

Lo ideal es alcanzar el estado en que efectivamente ya no hay hueso alguno. El mundo está hecho así: «umisham yipared vehayá learbaá rashim», «y de allí se dividía y se convertía en cuatro cabezas», es decir, el río ya se divide en cuatro brazos al salir del jardín del Edén. El hombre simplemente debe saber servirse de todo, porque todo es indispensable para el equilibrio de la creación, y no tenemos derecho a descuidar nada de ella; pues nuestros Sabios dicen que cada brizna de hierba es portadora de algún remedio que aún no hemos descubierto, y que en los tiempos venideros incluso la zarza, incluso los árboles de espinas y abrojos, darán fruto. Es esta idea del árbol que acompaña al hombre en su ascenso espiritual, en su alimento espiritual, la que está en el origen de la fecha que nuestros Sabios fijaron para Rosh Hashaná la-ilán. La-ilán, y no etz. Por cierto, si se entretienen simplemente en escribir, en la escritura cuadrada asiria, las letras ayin y tzadi una al lado de la otra, ya tienen un esqueleto del árbol, representado por la palabra etz. Pero hay una diferencia entre etz e ilán.

Etz dio origen a la palabra etzá, «consejo»: te pide un mínimo de reflexión, un mínimo de midot, de medida de ti mismo; es decir, revisar constantemente tus propias medidas. Intenta más bien aplicar todas las leyes del cultivo que exige la plantación de un árbol: la cava, la escarda, incluso el abonado alrededor del árbol para impedir que los insectos devoren las raíces, etcétera. Intenta, en definitiva, relacionar con tu propio desarrollo los principios del árbol que alimenta. Esa es, en suma, la razón por la que se compara al tzadik, al justo: «tzadik katamar yifraj, keérez balevanón yisgué», «el justo florecerá como la palmera, crecerá como el cedro del Líbano»: como una palmera que se eleva alto en el desierto, como un cedro que, aunque no dé fruto, se impone por las raíces que hunde profundamente en la tierra.

Así es el tzadik: es a la vez tamar, palmera, y érez, cedro. Y el rey David celebra a qué se asemeja aquel hombre «cuyo deleite está en la Torá de D-os, y que medita en Su Torá», aquel que se consagra al estudio de la Torá. Consagrarse a la Torá no significa, al fin y al cabo, renunciar a todo lo que constituye este mundo; significa hacer que la Torá abrace este mundo de aquí abajo, la realidad de este mundo. Ese hombre «será como un árbol plantado junto a corrientes de agua, que da su fruto a su tiempo». Los frutos no crecen todos al mismo tiempo. […]

Cada fruto tiene su estación, y lo mismo sucede con la naturaleza humana y con toda educación de uno mismo: se realiza a lo largo de cierto tiempo. Saben que, en el caso del árbol (y la fecha de Tu BiShvat es un momento de despertar), no tenemos derecho a consumir sus primeros frutos durante los tres primeros años. El cuarto año debemos comerlos en estado de pureza, en Jerusalén, o bien su contravalor: comerlos en estado de pureza, en un baño espiritual, en una atmósfera de renovación del ser. Y solo el quinto año empezamos realmente a disfrutar de ese árbol. Lo mismo ocurre con la educación del niño, que comenzamos a partir de los cinco años, sin contar esos primeros años en los que es más bien un receptor que un consumidor. Puede suceder que nos encontremos en ese estado de demanda, pero la meta, la hashpaá, es dar el propio fruto, compartir el propio fruto. Llegar a esta etapa es lo que da a Tu BiShvat el carácter de día de fiesta, en el que está prohibido recitar el vidui, la confesión de las faltas, prohibido pronunciar un hesped, un elogio fúnebre, prohibido incluso ayunar. Porque, en la medida en que el hombre se entrega a su propia educación a través del modelo del árbol, el cual, él mismo, no respetó la orden divina: si solo estuviéramos aquí para no cometer faltas, habríamos sido ángeles, privados de nuestra libertad de acción. Y esa libertad de acción, precisamente por la apertura que nos da al error, nos permite en cierto modo restaurar nuestra persona y darle mucha más fuerza, mucho más ardor, mucha más vida.

Recordemos que D-os expulsó a Adam HaRishón del jardín del Edén después de aquella falta en la que puso a prueba su libre albedrío. Pero atención: le prohibió comer del Árbol de la Vida. ¿Acaso para que no viviera eternamente? No. ¿Por qué prohibirle el árbol que le daría la eternidad? Porque no debía comer de la vida habiendo manchado sus vestiduras, habiendo manchado su alma, sin la posibilidad de recobrarse, de restaurarse, de reencontrar su naturaleza original, de volver a la fuente. Por eso le dice: ahora que has preferido el Árbol del Conocimiento al de la Vida (y D-os sabe que el Árbol del Conocimiento más bien te causará problemas si no sabes apreciar la vida), en adelante tendrás que servirte primero del conocimiento para reencontrar el Árbol de la Vida.

D-os dijo al hombre: «mikol etz hagán ajol tojel», «de todo árbol del jardín comerás y volverás a comer». Así pues, podía comer también del Árbol del Conocimiento del bien y del mal, puesto que ese árbol estaba incluido en «mikol etz hagán ajol tojel». Solo que había que encontrar la manera de comer de él saboreándolo, y no descuidando el otro aspecto y queriendo a toda costa poner a prueba la orden divina, el conocimiento de D-os. […] Cuando se interpretó el mandamiento que D-os dio al hombre, «de todo árbol» se entendió como un precepto positivo,

algo que hay que hacer. «Umeetz hadáat tov vará lo tojal mimenu», «pero del Árbol del Conocimiento del bien y del mal no comerás»: es una mitzvat lo taasé, un precepto negativo, algo que no hay que hacer. Así pues, solo había dos mitzvot, y ambas se refieren a la ajilá, al hecho de comer. Y nuestros Sabios dicen que estas dos mitzvot relativas al comer incluían las taryag mitzvot, los seiscientos trece preceptos: los 613 estaban contenidos únicamente en la orden de comer de los árboles, de no comer del Árbol del Conocimiento y de comer de todos los árboles. Nuestros Sabios llegaron incluso a decir que el Árbol del Conocimiento del bien y del mal no se distinguía de los demás árboles.

Era igual, salvo que estaba marcado por esa orden divina negativa: que no había que tocarlo, que no había que comer de él. La mujer quiso, en efecto, hacerla, diría yo, más practicable, añadiendo la prohibición de tocarlo. Todos lo sabemos. Y precisamente ese fue el cauce del pecado del primer hombre: haber añadido, haber considerado que la orden divina era imperfecta y que había que añadirle algo más. Eso significa que el hombre aún no tenía confianza en sí mismo, que no se creía capaz. Y cuando el hombre transgredió la orden esencial que él mismo había añadido, a saber, no tocarlo, eso lo llevó a violar el mandamiento relativo al comer. Todo esto para decir que el disfrute que el hombre obtiene de este mundo es la única manera de consagrar esta obra de D-os.

Porque entonces se asocian e integran los elementos de la creación y se les da una dimensión moral y espiritual. Por eso también toda visión mesiánica comienza aquí, por el lugar que se concede al árbol y a los frutos que da. El profeta dijo: «Y vosotros, montes de Israel, echaréis vuestras ramas y daréis vuestro fruto, porque Mi pueblo se dispone a volver a vosotros». El nuevo brotar de la creación es una manera, por así decirlo, de insuflar una vida nueva a un pueblo que ha atravesado largas pruebas, pero también al hombre, que a lo largo de todo el itinerario de su vida se impone etapas de crecimiento semejantes a las del árbol, aunque con una longevidad que no llega tan lejos, pues el árbol puede vivir incluso cientos de años. Y en los frutos del árbol deberíamos aprender a ver los frutos del hombre, que también marcan hitos no limitados en el tiempo.

Porque existen los tzeetzaím, la descendencia. «Descendencia» sugiere el verbo «descender», pero en hebreo es «salir», de yatzá: una salida ininterrumpida, una salida incesante de uno mismo a través de sus hijos y de sus nietos. Me detengo aquí para dejar lugar a sus preguntas. Quedan aún muchas cosas por decir, y esa dimensión mesiánica de la que hablé la ponen tan de relieve nuestros Sabios, que dijeron que si tienes un plantón en la mano y te anuncian la llegada del Mesías, no lo abandones, no lo sueltes: planta primero tu árbol y luego sal a recibir al Mesías, porque la plantación de ese árbol contribuye, concurre, al advenimiento mesiánico.

Así que, si tienen preguntas, con mucho gusto. —¿No es una contradicción decir, por un lado, que el pecado del hombre fue querer perfeccionar el orden divino, cuando en cierto modo lo divino creó al hombre para perfeccionar Su creación? —Sí: D-os quiso que el hombre fuera Su socio en la creación. Si hubiera creado un mundo perfecto, un universo al que el hombre ya no tuviera nada que aportar, ese mundo habría sido su cementerio, si me permiten la expresión. Muy a menudo, cuando lo hemos heredado todo en la vida y no hemos forjado nuestra persona, nos dejamos arrastrar por una corriente destructiva y no hacemos nada de nuestra vida.

Las pruebas son formativas para el hombre, y era importante: el pecado del hombre, una vez más, no es simplemente un pecado que el hombre cometió; estaba previsto en la creación del universo. Ese pecado es el primer programa del hombre y del alma. No es posible que el hombre llegue a ese meod, a ese estado de perfección, sin pasar por el de Adam: son las mismas letras, Adam y meod. Aquel que hace de este mundo […], cada uno según sus posibilidades. No todos tenemos las mismas posibilidades, pero cada uno tiene recursos diferentes, como todos los pueblos a lo largo de la humanidad entera. Cada uno tiene en sí riquezas y misiones que cumplir, sobre todo sin hundirse en el orgullo de un pueblo elegido que gozaría en exclusiva de la Providencia divina, retirada a los demás pueblos.

Los demás pueblos, como dice el Rambam, también se benefician de una Providencia, pero de una dimensión a su medida, porque eso es lo que son capaces de hacer, a menos que quieran a toda costa lanzarse otro desafío. Eso es posible, y entonces la puerta está abierta. Pero, una vez más: la variedad de los alimentos, como la variedad de los árboles, la variedad de la naturaleza, […]; el mundo necesita esa variedad para su equilibrio. —¿Puedo hacerle todavía una pequeña pregunta? ¿Por qué, entonces, se habla del jet de Adam HaRishón? ¿Por qué no se habla de […]? […]

Pues bien, escuchen: hay tres palabras que traducimos por «pecado»: jet, avón y pesha. El pesha es un acto de rebeldía. Plantarse delante de una sinagoga el día de Yom Kipur para fumarse un cigarrillo: eso es pesha. Si quieres fumarte el cigarrillo, al menos retírate a un rincón (no encuentro la palabra); ahí estás, desafiando a los demás. Avón proviene de una raíz que significa torcido, retorcido: consiste en torcer la ley en provecho propio. Y, atención, se puede cometer avón incluso respetando las leyes de kashrut, incluso respetando el Shabat. Desde el momento en que se tuerce la ley en beneficio propio, es avón.

Luego está el jet. El jet es un error. Uno se equivocó al principio: «No es eso lo que quería; he errado mi objetivo. Creí obrar bien, pero se volvió contra mí». Así pues, el error de Adam HaRishón fue […] no querer conformarse a la voluntad divina sin buscar comprenderla. Hay que ser muy prudente, porque uno puede errar el blanco y, en efecto, está escrito: es una distancia […]. —Una pregunta: he oído pesha; ¿el pesha es uno de los pecados, como […]? —Pesha, del verbo pashá. Incluso hay una resonancia en francés: péché, «pecado». El pesha es un acto de rebeldía. —Antes de que usted enumerara todas las clases de frutos, con piel, con semillas, etcétera, usted habló de ir de la nobleza a la realidad, y no he seguido el hilo.

Sí, porque hay cuatro mundos. El mundo de la emanación, que se llama Atzilut. Luego está el mundo de la Beriá, de la creación; beriá viene de bar, es decir, proyectado hacia fuera: esa emanación se proyectó hacia fuera para realizar un mundo. Es como un pensamiento que al principio se incuba en nosotros y que luego proyectamos hacia fuera: eso se llama Beriá. Después hay que darle forma. Tenemos una idea y no logramos expresarla; buscamos las palabras, le damos forma: eso es olam haYetzirá, el mundo de la formación. Y cuando le hemos dado forma y la hemos llevado a término, es la etapa final, olam haAsiyá, el mundo de la acción, el mundo de la realidad.

Estos cuatro mundos, pues, se encuentran [en el hombre]. Atzilut es difícilmente perceptible; nuestros Sabios dicen que es la jayá, esa aura que se cierne por encima del hombre. Beriá es esa voluntad del hombre de crear, de buscar la originalidad incluso en lo que hace, de darle una forma. Yetzirá: hacemos; tzurá: damos forma; y luego lo llevamos a término. Ahora bien, entre el proyecto inicial y lo que tengo finalmente entre las manos hay que podar muchas cosas. Para que un árbol crezca muy alto, también hay que podar abajo toda rama que brota poco a poco de manera salvaje y le impide tomar impulso. Y, en efecto, en esa poda hay una pérdida de energía. Quizá tengamos ocasión de hablar de ello algún día, porque estos cuatro mundos volverán constantemente en nuestra manera de abordar el mundo, e incluso de abordar al prójimo: esa luz por la cual nos reconocemos en el otro e integramos en nosotros la luz del otro, el rostro del otro. Pero esto no procede de la realidad del ser, porque en la realidad todos estamos constituidos más o menos de la misma manera, sino de […], de lo que hace la particularidad de cada uno; y reconocerla en el otro y darle forma es verdaderamente el primer paso del amor al otro. Es la salida de uno mismo hacia el otro. Pero ese es otro capítulo.

¿Alguna otra pregunta? —No es realmente una pregunta, pero quería preguntar: ¿todas estas clases que usted da existen como un registro escrito que pudiera compartir? —No, no hay registro escrito, Nathaniel; no las escribo. Es verdad que me he entretenido escribiendo tres libros hasta ahora, en francés, sobre todo comentarios sobre las oraciones y sobre el ritual del Shabat. Ahora estoy escribiendo otro en hebreo, sobre la salida de uno mismo, la salida de Egipto […]. Pero estas clases no las escribo. Por supuesto, tomo algunas notas, pero la sustancia de cada clase, como las que he dado en el pasado, es el fruto de un pensamiento compartido con ustedes.

Entonces, tres puntos… —Yo quería plantear algo: en cierto momento usted habló de etz y dijo ilán, pero no desarrolló ilán. —Gracias. El crecimiento vertical del árbol es la relación entre el cielo y la tierra; por usar otra terminología, entre lo trascendente y lo inmanente. Nuestros Sabios relacionan numéricamente ilán con la suma del Tetragrámaton y de Álef-Dálet-Nun-Yud, Adonai, que equivale a 65; 65 más 26 da 91. Álef-Dálet-Nun-Yud es la manifestación de D-os en la Shejiná; [el Tetragrámaton es] lo trascendente, el Ser en su noción totalmente abstracta […]. Así pues, cuando nuestros Sabios dijeron Rosh Hashaná la-ilán, y no la-etz, no el año nuevo de los árboles sino el año nuevo del ilán, significa que ahí es donde el hombre debe darse cuenta de que el etz, el árbol que tiene delante, refleja verdaderamente lo que él mismo posee; porque en cada uno de nosotros hay una parte de trascendencia y una parte de inmanencia.

Y eso es lo que nos permite, en cierto modo, reciclarnos, renovar nuestros recursos, dar cada día a nuestra vida una coloración, una manera de ser propia; porque no somos todos los días lo que fuimos ayer, y mañana no seremos lo que somos hoy. El camino del ser evoluciona siempre entre el pasado, que es irrecuperable, el futuro, que es su devenir, y el presente, que hace de brújula que orienta al hombre. Así pues, el ilán es, en cierto modo, esa parte de inmanencia que está comprometida en este mundo y en sus pruebas; lo trascendente es la posibilidad que tiene de elevarse y de no quedar condicionado por lo que lo rodea constantemente,

por las mezquindades de la vida. Y la relación con la tierra es precisamente una relación de pareja. Les cito a Yeshayahu: como un joven se desposa con una doncella, así tus hijos se desposarán contigo; tratándose del pueblo unido a la tierra. Dicho de otro modo, la relación entre el hombre y la tierra es una relación de pareja. Por eso la tierra es el horizonte del hombre en el mandato de D-os de caminar delante de Él, y, como dijimos, es […] el abrazo. —Gracias, Rav Benizri. ¡Qué movimiento extraordinario, qué pensamiento en movimiento tan extraordinario nos ha ofrecido! Gracias por concedernos este privilegio, muchas gracias; es un regalo maravilloso. Hay tres pequeños puntos que mencionar. El primero: hay preguntas sobre dónde se pueden encontrar sus libros, Rav Benizri. ¿Dónde podemos encontrar sus libros?

Pues miren, mis libros ya no están en el mercado, sencillamente porque del primer libro, que confié a alguien, no vi ni un franco. Pero pagué todos los gastos de envío, y ya no los vendo; a quien los quiere, se los envío. En realidad, no hago de ello un negocio; simplemente habría que apoyar la edición del próximo libro. —Organizaremos una colecta, con mucho gusto; no es complicado. El segundo punto es para Nathaniel: todas las clases están grabadas, y se pueden encontrar y volver a escuchar en la Maison de la culture juive. El tercer punto: hoy, como había prometido, se cumple un año. Saludo aquí a las dos hijas, Risia y Jeanette, que están hoy presentes: dedicamos la clase a la memoria de su madre, que falleció hace un año […]. Dedicamos la clase a su memoria, y quería anunciarlo esta noche por Jeanette y por Risia, que ha venido de Estados Unidos; estaban aquí con nosotros esta noche. Así que doy las gracias a todos. —Gracias. Buenas noches. —Muchas gracias. Buenas noches. Feliz fiesta. —Feliz fiesta. —Es realmente todo lo que se dice sobre la ecología, sobre el desarrollo; todo lo que ha dicho hoy es exactamente eso, esa relación con la naturaleza que podría ser tan elemental. Me emociona oír lo que yo había anotado, y que sea un pensamiento […] que surge realmente así, en directo. Es extraordinario.

—¿Se nota? —Sí, se nota; pero podrías pensar que hay, a pesar de todo, una estructura de notas detrás, y que él está tan impregnado de todo el tema… Aun así, podrías pensar que hay una estructura, un marco detrás de todo esto; pero al final es el fruto de la Biblia que ha comido, al haberse nutrido de todas estas enseñanzas. —Y para terminar, ¿podríamos tener […]? —Habría que ponerse en contacto con […]. Habría que pedírselo; creo que hay que pedírselo directamente a él. Escríbanle un mensaje y él se los enviará. —¡Saludos a todos! —No sé, quizá haya una manera de organizar algo entre nosotros para reeditarlos, algo así, porque estaría bien que quedara una huella, que no se pierda nada.

—Para hacerlo en privado, y en todo caso no bajo los auspicios de la Maison de la culture juive. —Sí, de acuerdo. —Pero sería estupendo. —¿Tienen el correo de Raphaël [Benizri]? —Sí. —¿Puede anotarlo? —Se lo indicaré a cada uno. Todos tienen mi número. —Buena semana. —Hola, Muriel, ¿va todo bien? —Hasta la próxima. Adiós. —Hasta la próxima. Adiós.

Un estudio del Rav Raphaël Benizri. Vea también todas las fiestas judías.

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