Rosh Hashaná: inscríbenos en el libro de la vida

par le Rav Raphaël Benizri

Cuadernillo de estudio de esta clase

Un cuadernillo de estudio para imprimir: una pregunta por página, la respuesta del Rav, su fuente y una enseñanza para debatir en familia.

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En vísperas de Rosh Hashaná, el Rav Raphaël Benizri parte de una pregunta muy concreta: ¿por qué la Amidá (la oración que se dice de pie) de Rosh Hashaná repite sin cesar la misma petición, la de ser inscritos para la vida? ¿Y por qué hay que precisar después «una buena vida», como si la vida no bastara?

Lo que enseña esta clase

Cuatro veces, la misma petición. Los añadidos propios de Rosh Hashaná en la Amidá se reducen todos a un único ruego: inscríbenos en el libro de la vida. El Rav los relee uno por uno —el que lleva el sello de la bondad de Avraham, el que lleva el sello del rigor— para mostrar que todo el día cabe en esta sola palabra.

Jayim es un dual. En hebreo, la vida no se dice en singular. Llevamos siempre una doble vida: interior y exterior, aquí abajo y en el más allá, real e imaginaria. «Los ángeles que suben y bajan por la escalera de Yaakov somos nosotros.» Hay que saber elevarse, pero también saber volver a bajar.

Tres alianzas, una sola libremente aceptada. Nóaj no tuvo elección: el mundo no se sostiene sin las leyes noájidas. Avraham firmó en su carne. Solo en el Sinaí se le pide al pueblo que se adhiera por su propia voluntad. Y en la parashá Nitzavim, que se lee justo antes de Rosh Hashaná, ya no es D-os quien reclama la alianza: es Moshé quien siente la necesidad de renovarla.

Una pregunta del Talmud, y su respuesta. ¿Por qué el primer Decálogo promete solamente prolongar los días, mientras que el segundo añade lemaán yitav laj, «para que te vaya bien», para que goces del bien? La respuesta da la vuelta a la pregunta: la vida es en sí misma una bendición y no necesita ningún calificativo. Somos nosotros quienes no estamos a la altura de ello. Un pueblo que, después del Sinaí, encontró la manera de postrarse ante un becerro de oro necesitaba que se le prometiera una recompensa.

Adam y Adamá. La promesa de la descendencia está siempre unida a la de la tierra. El Rav emplea aquí una palabra que se detiene a precisar: los demás hablan de patria, «nosotros hablamos de matria». La relación del pueblo con su tierra es la de un matrimonio, y el exilio, un divorcio del que se puede volver.

La raíz que no sigue. El pasaje más duro de la clase. En toda alianza subsiste un electrón libre, «una raíz que no sigue el movimiento» y que, poco a poco, va royendo las fuerzas vivas del conjunto. Esto vale para un pueblo; vale también para una persona, porque aun haciéndolo todo, queda siempre una parte que no dominamos.

Lo que pedimos de verdad. De ahí el sentido de la oración de Rosh Hashaná: no ser recompensados, sino recibir la ayuda que nos permita integrar esa parte incontrolable en lugar de dejar que nos arrastre hacia abajo. «Nunca estoy seguro de mí mismo. Siempre me hago preguntas, incluso mientras les hablo.»

Y la esperanza simétrica. Si un pequeño fallo dejado sin control puede destruir toda una vida, entonces un solo acto justo puede, del mismo modo, reconstruir a una persona, a una familia, a una sociedad.

Transcripción completa de la clase

Queridos amigos, buenas noches. Estamos prácticamente en vísperas de Rosh Hashaná y seguimos con el tema de este Año Nuevo, que espero vea desaparecer, en primer lugar, todas nuestras inquietudes, porque es un Rosh Hashaná muy particular: un Rosh Hashaná en confinamiento resulta un poco frustrante. Las bendiciones de la Amidá de Rosh Hashaná expresan un deseo que vuelve una y otra vez: el deseo de ser inscritos para la vida. Primera bendición de la Amidá: Zojrenu lejayim, Mélej jafetz bajayim, vejotvenu besefer hajayim, lemaanjá Elokim jayim —«Acuérdate de nosotros para la vida, Rey que deseas la vida, e inscríbenos en el libro de la vida, por Ti, D-os viviente». En realidad, si tuviera que traducir literalmente, diría: «por Ti, Elokim Jayim, D-os de vida, Eterno de vida».

Segunda bendición. Esta primera bendición es la que se atribuye a Avraham, la que lleva el sello del jésed, de la bondad. La que apela a la guevurá, a la justicia, es la de Itzjak: es la segunda bendición. Y allí el añadido es el siguiente: «¿Quién es como Tú, Padre misericordioso?»: Tú Te acuerdas de Tus criaturas para la vida, y las haces vivir con misericordia. Así pues, una vez más, nuestro deseo de ser inscritos para la vida. Las bendiciones finales de la Amidá están igualmente adornadas con esta petición, pero con un pequeño matiz: Ujtov lejayim tovim kol bené beritéja. Al dar gracias al Eterno, Le pedimos que nos inscriba para una vida llena de dicha, y eso para todos los hijos de Tu alianza. El matiz es que hasta ahora hemos hablado de la vida sin más; ahora, de una vida de dicha.

Literalmente: una vida buena. ¿Es que hay, entonces, una vida buena y una vida maldita? En fin. Última bendición: Besefer jayim, berajá veshalom ufarnasá tová, yeshuá venejamá ugzerot tovot, nizajer venikatev lefanéja, anajnu vejol amjá bet Israel, lejayim tovim uleshalom —«Que nosotros y toda la Casa de Israel seamos recordados e inscritos en el libro de la vida, de la bendición, de la paz, de la prosperidad, de la dicha, de la salvación, del consuelo y del contento». He aquí una bonita tarjeta de felicitación de fin de año: vida, salud, consuelo, prosperidad, dicha… todo esto nos resulta familiar. Una primera observación: el judaísmo no llama a la renuncia al mundo ni a ningún goce, sino más bien a aprovechar la vida en toda su plenitud, con la condición de asociar el cielo y la tierra en esa vida. Porque jayim es en hebreo una palabra dual. No hay una sola vida: vivimos siempre una doble vida, interior y exterior; una vida en este mundo y una vida en el mundo del más allá; una vida en la realidad y una vida en lo imaginario, en el sueño. Vivimos siempre a la medida de la escalera de Yaakov, que sube y baja. Los ángeles que suben y bajan somos nosotros; nosotros somos esos ángeles que pueblan la escalera. En esta vida hay que saber elevarse, por una parte, pero también saber volver a bajar; tener la sabiduría de poder descender y de tomar la vida como un regalo […], de desearla en este mundo, porque la vida es la mayor bendición, la bendición perfecta. Y para mostrarlo, voy a leerles un pasaje del Talmud que se interroga sobre la diferencia que existe entre las primeras Tablas de la Ley y las segundas Tablas de la Ley en lo que respecta al respeto a los padres; el respeto a los padres en cuanto respeto a la herencia de los padres, pertenencia a la tradición de los padres, a la Torá de los padres. Porque la alianza del monte Sinaí comprometió a nuestros padres, a nuestros hijos y a toda nuestra descendencia: nadie escapa a esta alianza.

Esta alianza, que en el monte Sinaí fue impuesta por la fuerza, el pueblo la abrazó y la suscribió voluntariamente en tiempos del rey Ajashverosh, en Purim. De modo que, en suma, hubo una libre elección, una libre adhesión del pueblo a esta Torá entregada en el monte Sinaí mediante una alianza. Una alianza… y atención: hay tres alianzas que el Santo, bendito sea, concluyó con el hombre. Primero, la de Nóaj, en la que el Creador del mundo se compromete a no traer más un diluvio sobre la tierra, a no destruir más Su obra. Pero pone como condición el respeto de las siete leyes noájidas que son transmitidas a Nóaj; y esta vez no pide ninguna aprobación al hombre.

El mundo no puede sostenerse sin el respeto de estas leyes noájidas; así pues, Nóaj está obligado a suscribirlas. Hay una segunda alianza, la que concluye con Avraham. La alianza que concluye con Avraham exige una marca física: la circuncisión. La aprobación de esta alianza —o, si lo prefieren, la adhesión a esta alianza— pasa por aquello que representa el fundamento del ser en su creación y en su procreación: la milá. Hay una tercera alianza, pedida también por D-os: la del monte Sinaí, que compromete a todo el pueblo de Israel. Pero esta vez, paradójicamente, se le pide al pueblo de Israel que se adhiera a ella voluntariamente. El pueblo consiente en adherirse a la Ley, y en tres ocasiones dice: «Todo lo que ha dicho el Eterno, lo haremos». Muy bien. Paradójicamente, cuando concluimos la lectura anual de la Torá antes de Rosh Hashaná, leemos una parashá que dice: Atem nitzavim hayom kulejem, «Ustedes están todos presentes hoy». Hayom, «hoy», nuestros sabios lo interpretaron como el día de Rosh Hashaná. Leovrejá bivrit Hashem Elokéja: «para que entres de nuevo en la alianza del Eterno, tu D-os».

Pero esta vez la alianza no la pide el Santo, bendito sea: es Moshé quien siente la necesidad de renovar la alianza y de comprometer a la generación presente y a la generación futura […]. El que está hoy aquí y el que no está quedan comprometidos por esta alianza. ¿Y quién la pide? Ya no es el Santo, bendito sea: es Moshé Rabenu. ¿Qué ha pasado? Estábamos en estado de gestación. Éramos niños. Necesitábamos una educación algo coercitiva. Hemos llegado al umbral de la Tierra Prometida después de cuarenta años en el desierto —y cuando digo «en el desierto», habría que decir «en el desierto de las naciones»—, y Moshé dice: esta vez no es D-os quien pide una alianza; somos nosotros quienes buscamos renovarla. Porque hemos alcanzado un grado de madurez tal que nuestra fe ya no consiste en esperar a que D-os se manifieste en nuestro favor para satisfacer nuestras necesidades, sino, sobre todo, en responder a lo que D-os espera de nosotros.

Y estamos presentes para responder a esas preguntas. Por eso pedimos ser inscritos en el registro de la vida. Dije hace un momento que este registro de la vida aparece, paradójicamente, en el mandamiento de respetar a los padres: en la fidelidad a la tradición de los padres, en el deseo de entregarse uno mismo para perpetuar esta obra comenzada por los padres y llevarla a buen término. Pues bien, allí se dice: lemaán yaarijún yaméja. En las primeras Tablas de la Ley se dice: «para que se prolonguen tus días». Pero en el segundo Decálogo se retoma el mismo mandamiento, y esta vez se dice: lemaán yaarijún yaméja ulemaán yitav laj al haadamá asher Hashem Elokéja notén laj, «para que se prolonguen tus días y para que te vaya bien sobre la tierra que el Eterno, tu D-os, te da».

Siempre esta promesa de la vida, entendida como el bien, está ligada a la tierra. Adam, Adamá: nuestra dimensión de Adam —que no se disuelve en absoluto, que no se conjuga de ninguna otra manera y que no admite declinación alguna, ni plural, ni femenino: Adam en su dimensión total— solo es perfecta dentro de los límites de la Tierra Prometida. Tanto es así que nuestros sabios dijeron que las mitzvot no son sino señales para el regreso a nuestra tierra, porque es allí donde Israel alcanza su plena dimensión. Es un hecho que, en tierra extranjera, la Torá queda amputada de todas las leyes que se refieren a la tierra y al Santuario, y por ello nos encontramos como amputados de una parte espiritual de nosotros mismos.

Así pues, este fenómeno de identidad plena y completa que une a Adam, el ser humano, con su matriz, Adamá, basta para justificar la voluntad de vivir, la libre elección de la vida. Porque en la parashá con la que concluimos el año se dice también: «Pongo hoy por testigos contra ustedes al cielo y a la tierra: he puesto delante de ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición; y escogerás la vida». ¿Acaso íbamos a escoger la muerte? ¡Claro que vamos a escoger la vida! El más pequeño insecto se debate para conservar, para salvar su existencia de toda amenaza. Estamos aferrados a la vida. Pero no: se trata del contenido espiritual que damos a esta vida, donde shamáyim vaárets, el cielo y la tierra, lo espiritual y lo material, se funden en una sola y misma vida; donde la vida del más allá, la vida futura, y la vida aquí presente se cruzan, se entrelazan, y llevamos esta vida en una dicha permanente. Ni siquiera necesitaríamos añadir un calificativo a la vida y decir jayim tovim, una buena vida, una vida de dicha, una vida de bendición. La vida en sí misma es una bendición, porque la vida es el medio que nos permite gozar de la cercanía de lo divino, ya que lo divino es Elokim Jayim: Él es fuente de vida, esencia de la vida.

Vuelvo, pues, a este texto del Talmud: Rabí Janiná ben Aguil —está en Babá Kamá, para quienes quieran consultar el texto después, página 54b—. Rabí Janiná ben Aguil le preguntó a Rabí Jiyá bar Abá: ¿por qué en el primer Decálogo no se dice tov, «bien», mientras que en el segundo Decálogo se dice tov: lemaán yitav laj, «para que te vaya bien»? No solo «para que vivas», sino «para que saborees la vida». Pregunta por qué esta precisión en el segundo Decálogo. El interrogado no sabe de qué le está hablando y le dice: «Antes de preguntarme por qué se dice allí tov, pregúntame si allí se dice tov en absoluto», ya que tú me preguntas por qué se dice, y por qué no se dice «bien» en el primer Decálogo…

«No sé si allí se habla de tov, si en definitiva esa palabra tov existe siquiera.» ¿Qué quiere decir? No sabe exactamente que hay una diferencia entre el primero y el segundo Decálogo; de ahí su respuesta: «No sé si en el segundo Decálogo se menciona tov». Y luego lo despide y le dice: «Ve a ver a Rabí Tanjum bar Janilai. Yo no puedo responderte; ve a ver al maestro de la agadá» —el maestro de las leyendas, dirían ustedes; el maestro del pensamiento, el maestro de la filosofía de la época— «y hazle esta pregunta». Fue a verlo, y este le dijo: «No lo oí de él directamente, pero esto es lo que me dijo Shemuel bar Najum» —sigue siendo Rabí Janiná ben Aguil quien había hecho la pregunta—: «Me han referido que no está escrito tov en el primer Decálogo porque estaban destinadas a romperse. Y como estaban destinadas a romperse, no merecieron el calificativo de tov». Curioso, ¿no?

Entonces plantea la pregunta y le dice: al fin y al cabo, aunque estuvieran destinadas a romperse a causa del pecado del becerro de oro, ¿qué importa? ¿Por qué no ponerlo? Y él le responde: no, jas veshalom paská tová miIsrael: si se hubieran roto, el bien —D-os no lo quiera— habría cesado para Israel. No comprendemos el sentido de esta pregunta ni de esta respuesta; e incluso si admitimos la pregunta, no vemos por qué el bien habría cesado para Israel. La respuesta es muy sencilla. Como les dije hace un momento, la vida en sí misma es fuente de bendición: no requiere ningún otro calificativo. Al hombre se le da, a través de la vida, la posibilidad de realizar ese encuentro con lo divino, con lo espiritual, de cumplir una misión que D-os le ha confiado. Ahora bien, ¿todo el mundo es capaz de captar esta noción? No. Un pueblo que, después de las primeras Tablas de la Ley, después de la revelación de D-os en el monte Sinaí, después de ese encuentro entre el hombre y lo divino, encontró la manera de postrarse ante un becerro de oro, demostró que aún no estaba en condiciones de acceder a esa revelación de D-os. Necesitaba una dulzura, un endulzamiento de la vida, una promesa, promesas de cosas buenas.

No es muy distinto de cuando se le promete a un niño, o a un adulto, una recompensa a cambio de cumplir con su deber. Y esa es la razón por la cual, en el primer texto, el respeto a la filiación se impone sin compensación alguna. La única compensación es la vida; la única bendición es la vida: esa posibilidad que se me ofrece de participar en la edificación de la obra de D-os, en la culminación de esa obra de D-os. Pero dado que el hombre no es capaz de alcanzar ese nivel, necesita recompensas, compensaciones. Entonces, en el segundo Decálogo, D-os descendió una vez más al nivel del ser humano y le dijo: no solo lemaán yaarijún yaméja, no solo «para que se alarguen tus días», sino lemaán yitav laj.

«Te prometo que gozarás de cosas buenas, de dichas, de beneficios.» Y ahora, queridos amigos, los invito a mirar con otros ojos las dos primeras bendiciones, los dos añadidos de las primeras bendiciones: Zojrenu lejayim, «Acuérdate de nosotros para la vida», Mélej jafetz bajayim, «Rey que deseas la vida», inscríbenos en el libro de la vida, porque Tú, D-os, eres el D-os de la vida. Lo mismo ocurre en la segunda bendición: «Padre misericordioso, que recuerda a Sus criaturas lejayim, para la vida, con misericordia». Hemos recorrido la Amidá, pero sabemos que siempre hay algo que se nos escapa en lo que deseamos y en lo que queremos ser.

Lo precisaré enseguida. Y decimos entonces: Ujtov lejayim tovim, «Inscríbenos para una buena vida, una vida de bien». No somos capaces de captar la vida como una fuente de bendición plena y entera. Necesitamos dulzura, promesas; necesitamos kalkalá y parnasá —sustento y medios de vida—, dicha; queremos recompensas inmediatas. Es el ser humano, no en su pleno desarrollo, sino en sus momentos de debilidad, o digámoslo también así, en sus momentos de humildad. Me explico. Dije hace un momento que el movimiento de retorno hacia D-os implica el deseo de retorno hacia la tierra, porque la promesa de la descendencia siempre está ligada a la promesa de la tierra.

«Porque a ti y a tu descendencia daré todas estas tierras.» Algún día tendremos ocasión de hablar de la tierra de Israel, de lo que representa esta matria. Porque los demás hablan de patria; nosotros hablamos de matria: es nuestro lado femenino. Asimismo, Kneset Israel, la Asamblea de Israel, cuando vuelve a encontrarse dentro de las fronteras del país que le fue prometido, es como un hombre que recupera la parte de sí mismo que le fue arrancada. Recupera la tierra de la que se vio privado porque no se mostró a la altura de las exigencias de su esposa, o de las virtudes de su esposa. Y por eso se produce como un fenómeno de rechazo, como un divorcio: está el exilio, uno se marcha de la casa.

Y luego está, en efecto, el regreso a casa, porque la alianza del pueblo de Israel con la tierra es exactamente la del hombre con su esposa. «Como un joven se une a una doncella, así se unirán a ti tus hijos.» El término es fuerte —el verbo baal designa la unión conyugal, disculpen la expresión—, y así tus hijos se convierten, en cierto modo, en tus compañeros. Y por eso, dicho sea de paso, la teshuvá (el retorno) es primero un fenómeno colectivo y nacional antes de ser un fenómeno individual. Y eso es también lo que subraya la parashá Nitzavim, que concluye la lectura de la Torá antes de Rosh Hashaná: la solidaridad del pueblo judío en su conjunto. Constituimos una entidad, una sola, sin distinción.

Hay, desde luego, niveles; pero son niveles de misión, niveles de carga, niveles de responsabilidad, niveles de obligación, y cada uno debe cumplir su misión. Solo que, en una colectividad, por mucho que yo me esfuerce, aun haciendo todo lo posible por cumplir con mi deber, no tengo la certeza de que el otro vaya a seguir y a hacerlo de la misma manera. Y esa es precisamente la queja del pueblo de Israel: estamos siempre pagando por otros que no cumplieron debidamente su misión. Y estamos abocados al exilio para una especie de reciclaje, para una renovación de nuestra alianza, para una maduración de nuestro espíritu. Pero ¿por qué? El problema es que en la adhesión a una alianza hay siempre un electrón libre, una raíz que no sigue el movimiento.

Ahora bien, esa pequeña raíz que no se adhiere del todo, o que se queda atrás, va royendo poco a poco las fuerzas vivas del conjunto de la nación, y todos nos encontramos condenados a una suerte que no quisimos, y el justo paga también por quienes descuidaron su obligación, su vida. En la parashá, Hashem parece decirnos en cierto modo que D-os tiene en cuenta lo que se nos escapa. Pero no: porque si D-os tuviera en cuenta lo que se nos escapa, como mínimo nos salvaría antes de que llegáramos a una situación de decadencia total; nos rescataría. Y no nos rescata. En cambio, nos dice: cuidado, lo que sucede afuera es el hombre o la mujer que ha decidido no seguir el movimiento, vivir aparte, trazar su camino de otra manera: un shóresh poré rosh velaaná, «una raíz que produce hiel y ajenjo», que destila poco a poco su veneno hasta debilitar el potencial de la nación. Y eso ocurre incluso en el plano del individuo. El propio individuo… por mucho que queramos ser seres perfectos, justos; por mucho que aspiremos a situaciones extraordinarias, a fundar una familia a toda prueba, la mejor historia, a triunfar en la vida, ya que lo hemos invertido todo en ello…

no disponemos, en nuestro libre albedrío, de todos nuestros medios; siempre hay un elemento que escapa a nuestro dominio. Es un elemento que no podemos controlar, y somos conscientes de ello. Porque hoy mismo, cuando formulo mi oración, cuando hago mi mea culpa y tomo buenas resoluciones para el futuro, sé que al día siguiente no voy a cambiar por completo de un extremo al otro. Siempre quedará algo que no domine. Hay imponderables; hay, en efecto, imprevistos. Y hay de todo en una vida, de modo que nuestra libertad, lo queramos o no, queda en cierta medida amputada de una parte. Y esa parte, si no la dominamos y no nos hacemos cargo de ella, corre el riesgo de convertirse en el shóresh poré rosh velaaná, la raíz que destila un veneno y que va a arrastrarme todavía más hacia abajo.

Y ese es un misterio que me gusta evocar. Por consiguiente, ¿cuál es nuestro deseo en vísperas de Rosh Hashaná? Beneficiarnos de esa ayuda, de ese apoyo de D-os, de tal modo que el dominio de aquello que no podemos gestionar con nuestro libre albedrío —dentro de la prueba de madurez que damos— podamos en cierto modo integrarlo, y que no llegue a arrastrarnos hacia abajo. Por esa razón invocamos la Akedat Itzjak, la atadura de Itzjak, la entrega de Itzjak. Nosotros somos Itzjak; somos ese pueblo que es colocado sobre el altar de las naciones, y eso para la salvación de la humanidad. Pero somos conscientes de que no somos perfectos. Y cuando se trata de renovar la alianza, se trata de dar prueba de madurez y, al mismo tiempo, de decir que, a pesar de todo, el conjunto no puede depender solo de mí: hay un socio en lo que emprendo, y no es únicamente mi prójimo —y mi prójimo es, ante todo y sobre todo, mi ben zug, mi cónyuge, femenino o masculino—, sino lo divino. Es la tercera dimensión con la que vivo. Y asimismo, cuando recito los Trece Atributos de D-os, que invoco en mi auxilio, lo hago con la conciencia de que yo no puedo hacer nada salvo remitirme a Aquel que los posee perfectamente y en su totalidad, para que me haga beneficiarme de esos atributos en el momento en que me siento desfallecer.

Así pues, Rosh Hashaná es para nosotros un momento en el que reciclamos nuestra alianza, con la convicción de que, así como un pequeño microbio puede destruir físicamente toda una vida, en el plano espiritual ocurre lo mismo: un pequeño fallo, si lo dejo sin control, sin dominio, a lo largo de mi vida, me destruirá espiritualmente. Pero también con la convicción de que, del mismo modo, un acto realizado —un buen acto, un acto positivo— puede cambiar también todo un… digamos, no solo mi persona, sino mi núcleo familiar, mi núcleo social. Era el Rebe […] quien decía: si crees que se puede destruir, entonces debes estar convencido también de que puedes restaurarlo todo, reconstruirlo todo. Y eso es. El tercer elemento que participa en nuestra vida es Aquel a quien invocamos para que el acto que realizamos el día de Rosh Hashaná —porque todo sigue a la cabeza del año, y hemos dicho que Rosh Hashaná es la cabeza, el cerebro del año; todo sigue a esta determinación de uno mismo—, con la convicción, con la fe de que esta entrega de sí, esta consagración del ser, es buena —no hay que subestimarla—, sea jayim tovim: que pueda verdaderamente dar una buena vida a todos los que nos rodean. Y con esto les deseo… Si tienen preguntas, con mucho gusto. —Sí, señor. Ante todo, gracias por todas estas palabras, todas estas palabras de amor; son siempre palabras de amor hacia la vida. Pienso exactamente como usted, y estoy realmente convencida de que juventud sin D-os es juventud perdida. Pero siempre me pregunto… a veces es tan, tan difícil compartir esta noción de la espiritualidad de la vida, porque hay todo un sector —desde siempre—, todo un sector de la juventud que está tan desconectado de cualquier forma de espiritualidad… Siempre me digo: ¿cómo convencerlos?, cuando pienso que una forma de espiritualidad es verdaderamente un amor a la vida, y que es estar en la vida.

Pero observo a mi alrededor hasta qué punto esta misma noción de espiritualidad resulta a veces tan ajena a tanta gente. No sé si entiende mi pregunta, pero es muy difícil. —Lo que usted dice… a mi edad también es mucho más fácil bajar escaleras que subirlas; me quedo sin aliento muy rápido, ¿verdad? Ahora bien, ya hemos dicho que no practicamos un judaísmo para los demás. Primero lo vivimos para nosotros mismos: respondemos a nuestras expectativas, a nuestras esperanzas, a nuestras obligaciones, a nuestros deberes. Pero sepa que usted se convierte, sin quererlo, en un modelo para su marido, para sus hijos, para sus nietos, y poco a poco eso se propaga. No hacemos proselitismo, no queremos convertir a nadie; vivimos para nosotros mismos, con la convicción de que hemos venido a cumplir una misión, y procuramos cumplirla lo mejor posible. Del mismo modo que en la vida uno asume compromisos —tomemos el ejemplo de un hogar—: queremos que ese hogar salga adelante de maravilla, y estamos dispuestos a renunciar a muchas cosas, a ceder terreno con tal de que salga bien; a dar prueba de humildad, a cargar con cosas nosotros mismos, con tal de que salga bien.

Pues bien, digámonos que hubo uno […] que primero pensó en construir su casa, y a través de su casa abrió sus puertas a muchas personas. Así pues, intenten realizar su vida en este doble registro, a la vez de la vida material y de la vida espiritual. No hay hiato, no hay ruptura, no hay separación. Y así es. A veces uno dice: en la vida, yo no transijo. Este es el camino que he elegido y el que pretendo seguir: para mí mismo, para mi casa, para mi hogar, para el modelo de sociedad que quiero, aquella en la que quiero vivir.

Ahora bien, por supuesto, nos asedian por todas partes. No es fácil, no es fácil, porque el antisemitismo no es solo el que persigue a los judíos. El antisemitismo es el que persigue nuestra manera de entender nuestra espiritualidad, y estamos luchando con ello, sufriendo; no es fácil. Pero son las elecciones que hemos hecho […]. —Si me permite retomar lo que usted decía: ¿entonces, en realidad, no tenemos elección, y solo el ejemplo puede incitar a una generación a seguirnos? —No he dicho que no tengamos elección. Tenemos libre albedrío, sí. Pero […] es limitado.

No podemos decir que disponemos plenamente de nuestro libre albedrío. Si usted puede afirmarlo, me inclinaré ante usted. Pero yo, en todo caso, nunca estoy seguro de mí mismo. Siempre me hago preguntas, incluso mientras les hablo, y detesto dar lecciones. ¿Otra pregunta? —¿Podría hacer una pregunta? En realidad, vuelvo a lo que dijo la persona anterior, sobre la gente que no tiene acceso a esta espiritualidad, que no llega a ella; ella hablaba quizá de jóvenes, de las generaciones jóvenes. Quizá en esas personas hay un acceso disfrazado: cuando esa gente ama la vida, ama la naturaleza, es una manera de amar al Creador de forma un poco disfrazada, creo yo. Ser muy sensible, vivir en la alegría, saber apreciar las cosas: es una especie de espiritualidad, no demasiado intelectual, pero que es una forma de espiritualidad, me parece. ¿Qué piensa usted? Ya que hablamos de la vida, que es tan preciosa, y del amor a la vida, a la naturaleza, a todo lo que D-os ha creado: es una forma de reconocimiento de D-os, una aproximación a la espiritualidad, aunque la gente no sepa ponerle palabras.

—Absolutamente. Pero yo digo que el mundo es idólatra en diferentes niveles. Y en efecto, maravillarse ante la belleza de la naturaleza, o ante la belleza de una obra musical o de cualquier arte, es también una manera de rendir homenaje al Eterno, a lo divino. Pero la noción de fidelidad debe ser el denominador común de todas estas disciplinas, de todas estas bellezas, de todas estas artes, para no dejar que, por así decirlo, se fracturen, se disequen; para no dejar que se transformen, diría yo, en ídolos, en pequeños ídolos, cada cual con su ídolo. No. Hay un conjunto. Eso es Elokim: Elokim es el D-os de la naturaleza, un D-os en Sus manifestaciones, en todas estas manifestaciones naturales. Habría que hacerlas converger hacia el D-os del amor y de la bondad.

Ahora bien, el D-os del amor rechaza el «poliamor» —lo digo de una manera, digamos, un poco burda—, porque si hoy amo este aspecto y mañana me vuelvo hacia otra cosa, se justifican todas las infidelidades y se acepta vivir con ellas. Se trata, en cambio, de hacer converger todas estas energías hacia una sola, hacia su fuente de energía. Y así es como las van a consagrar. Eso es lo que significa decir Hashem Ejad uShemó Ejad, «Hashem es Uno y Su Nombre es Uno». Shemó Ejad: lo que lleva Su nombre es múltiple; pero Hashem Ejad: en Su esencia, Él es Uno. Hay que poder, pues, devolverlas a su fuente. Y eso es el judaísmo: la diferencia entre el judaísmo y las demás religiones es únicamente esa.

Por lo demás, muchas filosofías valen lo mismo, muchas religiones valen lo mismo en ciertos aspectos. En todo caso, puesto que a la humanidad no le pedimos más que el respeto de las leyes noájidas —no de los 613 preceptos—, eso basta: lo esencial de estas leyes noájidas es la estructura mínima de la existencia. Pero haría falta que estas leyes noájidas convergieran hacia una sola vida. No hay una vida de artista y, al lado, una vida de no sé qué otra cosa, ¿verdad? No hay diferentes secuencias de vida: es una vida en su conjunto la que lo abarca todo, y respira la misma filosofía, la misma belleza; el mismo aliento la atraviesa. Y así es. Y lo uno no impide lo otro. ¿Otra pregunta?

—Si me permiten, antes de despedirnos: he mirado el calendario y he visto que no podremos vernos antes del 18 de octubre, ya que cada domingo cae o bien justo después de una fiesta o bien justo después de Yom Kipur. Así que lo siento mucho, vamos a tener que interrumpir durante un mes, a menos que Manu y yo encontremos otra solución. De todos modos, todos serán avisados después de que lo hayamos hablado con el Rav Benizri, y serán avisados por las redes sociales, como de costumbre. Muchas gracias. —Muchas gracias. —Les agradezco mucho a todos. Adiós. —Muchas gracias. Adiós. Feliz año a todos. Feliz año, y gmar jatimá tová, una buena firma final. Buena vida.

Feliz año a todos. Y bienestar, bienestar, bienestar, para todo el mundo. Feliz año. Adiós.

Esta clase forma parte de la serie Rosh Hashaná del Rav Raphaël Benizri.

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