Rosh Hashaná: el mes de Elul y el clamor del shofar

par le Rav Raphaël Benizri

Cuadernillo de estudio de esta clase

Un cuadernillo de estudio para imprimir: una pregunta por página, la respuesta del Rav, su fuente y una enseñanza para debatir en familia.

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Primera clase de la serie dedicada a Rosh Hashaná. El Rav Raphaël Benizri no aborda aquí el día en sí, sino el camino que conduce a él: el mes de Elul, los cuarenta días que separan Rosh Jodesh Elul de Yom Kipur, y lo que el sonido del shofar viene a despertar en nosotros.

Lo que enseña esta clase

Elul revive los cuarenta días de las segundas Tablas. Moshé subió al Sinaí en Rosh Jodesh Elul y descendió de él el día de Yom Kipur. El mes no es, pues, una simple preparación marcada por el calendario: cada año revive el ascenso que sigue a una caída.

El pecado del Becerro de oro no pertenece al pasado. El Rav ofrece una lectura que apunta directamente a nuestra época: cometer el pecado del Becerro es tomar un aspecto de la manifestación divina y aferrarse a él; instalarse en una ideología estancada, en un pensamiento fijo, en un molde. Y un pensamiento que ya no se mueve nos sitúa del lado de la naturaleza, que está condenada a envejecer y a morir.

Las maldiciones contienen las bendiciones. A partir de la pregunta planteada a Rabí Shimón bar Yojai, la clase se detiene en una sola palabra del versículo: ya’lem. No significa «las descargará sobre ti», sino «las eclipsará». Cuando se alcanza un punto sin retorno, la promesa hecha al pueblo se impone, y las maldiciones se convierten en bendiciones.

Envejecer es repetirse. El pasaje de venoshantem —«cuando engendres hijos y nietos»— sirve de definición: el envejecimiento no es cuestión de edad; es el sistema en el que todo se vuelve cotidiano, repetitivo, natural. En hebreo, shaná (año) y yashén (dormido) comparten la misma raíz.

El shofar en el tiempo, la mezuzá en el espacio. Dos dispositivos de despertar. Se cruza una puerta provista de mezuzá y se cambia de actitud; se oye el shofar y se sale del sueño: Uru yeshenim mishenatjem, «Despertad, dormidos, de vuestro sueño». El clamor del shofar es el de alguien que, de repente, ya no logra explicarse la situación en la que se encuentra: «como si uno saliera de un sueño y se preguntara dónde está la realidad de las cosas».

Elul está oculto en los versículos. Dos alusiones: la circuncisión del corazón, cuyas iniciales forman la palabra; y Lulé heemanti del Salmo, pues lulé es Elul escrito al revés.

Un arriendo de un año, que renovamos nosotros mismos. La imagen que atraviesa la clase: la vida se nos arrienda por períodos de un año, y nos mudamos en cada Rosh Hashaná. Conservamos lo que encuentra su lugar en el nuevo escenario y desechamos el resto. Rosh Hashaná se convierte en el rosh del shinui: la cabeza del cambio.

Yom Kipur, día de alegría. La clase concluye con la Mishná que no conoce días festivos comparables al Quince de Av y a Yom Kipur: no un día austero, sino el día en que el hombre, como el esclavo liberado, accede a su propia libertad.

Transcripción completa de la clase

Hemos entrado en el mes de Elul, y ustedes saben que los cuarenta días de Elul corresponden a los últimos cuarenta días que pasó Moshé para traer las segundas Tablas de la Ley. Subió, pues, al monte Sinaí en Rosh Jodesh Elul, y el día de Yom Kipur merecimos las segundas Tablas de la Ley. Ahora bien, saben muy bien que, tras la salida de Egipto, llegamos a una cierta cumbre con la revelación de D-os en el monte Sinaí. Y, lamentablemente, cuarenta días después el pueblo cometió el pecado del Becerro de oro, un pecado que también es el nuestro, puesto que estamos llamados a captar la Divinidad tal como es. Eso es muy distinto del sustituto que le damos a cambio, de aquello con lo que, de hecho, reemplazamos esta aproximación a la revelación total de D-os; y entonces tomamos Elokim.

Tomamos Elokim, es decir, una pluralidad de manifestaciones divinas; nos aferramos a un aspecto de esa pluralidad, y ya estamos en el pecado del Becerro. Estamos dentro de ideologías estancadas que, al final, nos impiden reestructurar nuestra propia persona; somos como vaciados en un molde, con un pensamiento detenido y una conducta fija. Por desgracia, ese comportamiento, esa conducta, nos confunde con las leyes de la naturaleza, o nos reduce a las leyes de la naturaleza: una naturaleza que está condenada a morir, a envejecer, a perecer […], mientras que el Creador —y Elokim es el Creador— es Aquel que renueva Su creación cada día. Ahora bien, el día de Tishá BeAv —o más bien, en primer lugar, el día del Diecisiete de Tamuz— fueron rotas las primeras Tablas de la Ley, y esto condujo al segundo pecado, el de los exploradores enviados a la Tierra, a la Tierra Prometida; y Tishá BeAv es precisamente la ruina de esa esperanza del pueblo de Israel de entrar en su tierra. Desde entonces no hay pecado que no contenga, por poco que sea, algo de aquel pecado del Becerro de oro y de aquel pecado de los exploradores. Pero tenemos la garantía del Creador de que, del mismo modo que Él renueva los cielos y la tierra, sostendrá siempre al pueblo sobre el cual se funda —o, mejor dicho, por el cual se justifica— Su propia creación: «Así permanecerán vuestra descendencia y vuestro nombre». En efecto, tenemos la costumbre de cerrar el año con la lectura de la segunda serie de maldiciones, las que amenazan la existencia misma del pueblo judío. Una serie de maldiciones se lee antes de Shavuot, en la parashá de Bejukotai, al final del libro de Vayikrá; y una segunda serie de maldiciones se encuentra en la de Ki Tavó, la que leímos el Shabat pasado. La diferencia entre ambas es la siguiente: las primeras maldiciones corresponden a la destrucción del Primer Templo, y las segundas anuncian la destrucción del Segundo. Para las primeras, para esas primeras maldiciones que afectan a la observancia de la Ley, hay un consuelo: nos daremos cuenta de nuestros errores y volveremos a la práctica de la Ley. Pero las segundas maldiciones, la segunda serie, la que anuncia la destrucción del Segundo Templo, no conocen ese resurgimiento, ese levantarse de nuevo, como las primeras. Tras la primera, al cabo de setenta años, regresamos a la Tierra de Israel. La segunda todavía la estamos viviendo. Y aquí no hay consuelo. Pues bien, esta pregunta le fue planteada a Rabí Shimón bar Yojai, aquel que se refugió con su hijo en una cueva bajo la ocupación romana. Cuando recibió esta pregunta, él mismo no supo qué responder y se echó a llorar. Entonces se le manifestó el profeta y le dijo: Atención, las segundas maldiciones contienen en germen todas las bendiciones. Y la razón es que, allí donde el versículo dice: «También toda enfermedad y toda plaga» que el Eterno traerá sobre el pueblo judío, ya’lem Hashem aleja, ya’lem no quiere decir que las descargará sobre vosotros, que las propagará sobre vosotros. No: ya’lem quiere decir que las desviará, que las eclipsará. Cuando se llega a un punto sin retorno, se pone en marcha una fuerza: la promesa hecha al pueblo judío de que el pueblo judío no desaparecerá, y de que el porvenir de la humanidad, el porvenir de la creación misma, está ligado a su existencia. Por consiguiente, cuando esa promesa pasa a primer plano, las maldiciones retroceden; es como si en ese momento el principio de la renovación del pueblo judío se realizara por sí mismo, y todas las maldiciones se transforman en bendición. Las maldiciones se vuelven fuente de bendición. ¿Por qué digo esto? Porque el arriendo del que disfrutamos en la vida es siempre de un año. Es el ciclo de una etapa de la vida; más aún, de un microcosmos. Si quieren imaginarlo así: la historia se extiende a lo largo de seis milenios, pero dentro de esos seis milenios cada año es en sí mismo una muestra de lo que será el fin de los tiempos, ya que cada año es, en definitiva, una etapa que debería conducir a ese fin de los tiempos. Y esa es la razón por la cual la tierra de Israel no es como las demás tierras, no está sometida a las mismas reglas que las demás tierras.

No es como Egipto, que se riega por irrigación «como un huerto de hortalizas». No: la tierra de Israel es la del rocío del cielo, la que bebe la lluvia de los cielos. Y esto, en efecto, procede de la hashgajá pratit, de la providencia particular de D-os, que le asegura sus aguas de lluvia a la tierra de Israel. Y de ella se dice: es la tierra sobre la cual el Santo, bendito sea, posa Su mirada, «desde el comienzo del año hasta el final del año». Reshit hashaná, ¿qué es? Reshit hashaná es Rosh Hashaná. Y ajarit shaná, ¿qué es? Es el último mes del año, el mes de [Elul]. Y nuestros sabios nos enseñaron que, del mismo modo que iniciamos el reshit, nos encontraremos en el ajarit, en el final del año; un final de año que no está lejos y que no es otra cosa que una proyección del fin de los tiempos. Por ello debemos considerar este ajarit como una finalidad […], como una fuente de experiencia; pero ¿qué es lo que impide, al fin y al cabo, que se realice? Hemos leído el pasaje de la Torá de Tishá BeAv: «Cuando engendres hijos y nietos»; el texto se detiene en tres generaciones: nosotros, los hijos y los nietos.

El nieto es otra generación. Cuando debemos dejar constancia de una genealogía, bastan tres generaciones. ¿Por qué? Porque no debe infiltrarse la noción de venoshantem baáretz. Venoshantem: «envejeceréis». Venoshantem baáretz: el envejecimiento. ¿Qué es el envejecimiento? Es permanecer en un sistema de vida en el que todo pertenece a lo cotidiano, en el que todo es repetitivo, en el que todo depende de los fenómenos naturales. Ahora bien, el Rambam dice que hay que mantenerse alerta y vivo. En dos mitzvot menciona la importancia de mantener al hombre en un estado de vigilia permanente. Una concierne al shofar, en el tiempo. Y la otra, a la mezuzá, en el espacio. La mezuzá, en el espacio, nos llama a cambiar de comportamiento, de actitud, según pasemos de un espacio a otro.

Cuando permanecemos en el mismo espacio, no necesitamos mezuzá; pero a partir del momento en que debemos distinguir entre las diferentes etapas de nuestra vida, entre la reshut harabim y la reshut hayajid, entre, digamos, el dominio público y el privado, entonces necesitamos una mezuzá. Hace falta una mezuzá; no podemos prescindir de ella. Y cada vez, dice el Rambam, que cruzamos una puerta provista de mezuzá, se impone un cambio de actitud, de comportamiento. Lo mismo sucede en el tiempo. Pero en el tiempo, ¿cómo se expresa? Se expresa mediante el shofar. Aunque el toque del shofar que D-os ordenó sea un decreto de la Escritura, hay en él una alusión: «Despertad, dormidos, de vuestro sueño». Sí: resulta que en la lengua hebrea yashán (viejo) y yashén (dormido) tienen la misma raíz.

Dejarse envejecer, entrar en un sistema repetitivo en el que no hay ninguna novedad, ninguna perspectiva de vida nueva, ningún progreso en la vida: entonces estamos, en efecto, en el envejecimiento que conduce a la muerte, y la renovación exige entonces un clamor. Ese clamor es el clamor del shofar. ¿Qué es el clamor del shofar? Es la persona que de golpe se encuentra ante una situación que ya no se explica, que ya no comprende, y que queda sobrecogida de espanto. Es como si uno saliera de un sueño y se preguntara dónde está la realidad de las cosas. El shofar es el regreso a ese aliento primero del hombre, el que le permite en adelante producir y emitir sonidos, formar un lenguaje y comunicarse; pero se trata de otra comunicación.

«¿Se tocará el shofar en la ciudad y el pueblo no temblará?», ¿no quedará sobrecogido de espanto? Sí: D-os está con los que son jaredim el devaró, los que tiemblan ante Su palabra. Él es sensible a aquellos que no buscan racionalizarlo todo, que no se encierran en un pensamiento aproximativo, tenso, racionalizador. Paradójicamente, durante los Shabatot que preceden a Rosh Hashaná concluimos la lectura de la parashá semanal con pasajes de los Profetas, con palabras de consuelo. El profeta es aquel que trae otro lenguaje: el de la nejamá, el consuelo, que es un volver atrás; pero para que este se produzca […]. En cuanto al mes de Elul, nuestros sabios encontraron un remez, una alusión, porque se preguntaron dónde figura en el texto.

Lo encontraron en la expresión de la circuncisión del corazón, de aquello que cierra el corazón del hombre. Ahora bien, cada vez que hablamos de la milá, se trata siempre de una superación del orden natural o, al menos, de una salida de ese orden natural. No queremos someternos a las leyes de la naturaleza. Practicamos la milá para decir que queremos salir de ese marco; y salir de ese marco significa algo más: que dejemos un poco de compararnos siempre, lo que somos con lo que son los demás, nuestra situación con la situación de los demás, como si, al fin y al cabo, se pudiera poner en una misma balanza la historia del pueblo judío y la historia de las demás naciones. Y cada vez que nos dejamos llevar por este enfoque —ser como las demás naciones, compararnos con las demás naciones—, entonces quedamos, en efecto, expuestos a los mismos azotes que las demás naciones, y, del mismo modo que las demás naciones están amenazadas de desaparición,

correríamos el mismo riesgo. Se preguntaron también dónde se encontraba una alusión al mes de Elul. La encontraron en «Lulé heemanti lirot: si no hubiera creído que vería la bondad del Eterno en la tierra de los vivientes», entonces me habría encontrado entre hombres violentos, hombres inmorales, bandidos. Lulé, si se quiere, es el mes de Elul: son las letras de Elul, pero invertidas. Es decir, el recorrido de Elul nos obliga a situarnos nosotros mismos en relación con esas palabras de los profetas, que nos aseguran otro estatus, otro lenguaje. Al profeta se le dijo: «Como el shofar, alza tu voz»; lleva tu voz como el shofar. Eso es refundir el propio lenguaje cada vez, de modo que no se hunda en la vulgaridad. Y, por cierto, esa vulgaridad no existe en el lenguaje del pueblo judío: los órganos íntimos del cuerpo no tienen nombre en el léxico bíblico, quiero decir que hay cierta discreción, cierta voluntad de trascender este mundo y de dejar a la lengua su carácter sagrado.

El mes de Elul, la aproximación a Rosh Hashaná, es lo que nos ordena ser el rosh en el shinui, la cabeza del cambio. Decía hace un momento que siempre tenemos un arriendo de un año sobre la vida: mereshit hashaná veád ajarit shaná. Ese arriendo somos nosotros quienes lo renovamos, y lo renovamos del mismo modo que cuando nos mudamos y cambiamos de entorno. ¿Qué conservamos, entonces? Conservamos los elementos que pueden encontrar su lugar en el nuevo decorado, en el nuevo apartamento, y nos deshacemos de todo lo que no conviene. Hacemos inventario y tiramos todo lo que no corresponde a la nueva situación de vida. Y esto vale también en el espacio.

Lo dije al principio: mereshit hashaná. Es la tierra de […] de D-os. Así pues, cuando estamos en la midat harajamim, el atributo de misericordia —cuando invocamos el atributo de misericordia […]—, hay que saber que, de todos modos, un siervo […]: un siervo no tiene por qué esperar un salario o una recompensa de su amo. Se le paga por eso, se le paga por hacer el trabajo. Ha sido contratado para ese trabajo y, por el contrario, debe hacerlo bien. Estamos obligados a cumplir nuestra misión en este mundo, y la nuestra conlleva muchas más responsabilidades.

De ella depende el equilibrio del mundo, la salud misma del universo entero y de la humanidad. Pero ¿qué desplegamos nosotros para ello? No tenemos mérito propio. Saben que los doce meses del año corresponden a doce combinaciones del Tetragrama, y cada combinación se extrae de un versículo, ya sea de sus primeras letras, ya sea de sus últimas letras. Para Elul es «Utzedaká tihié lanu: y será justicia para nosotros». El atributo que mejor conviene a esta combinación, que conviene al mes de Elul, es este: todo lo que hacemos es tzedaká que se nos concede. Nosotros cumplimos nuestro deber como corresponde, pero el salario que debemos esperar es tzedaká: es una caridad, un gesto del Santo, bendito sea, hacia nosotros. Y por eso el mes de Elul comenzó con los rajamim, la misericordia, con las Selijot, con la invocación de la misericordia divina. Es ella la que nos permitió acceder a las segundas Tablas de la Ley, y es ella la que nos permitirá, en efecto, acceder a la era mesiánica.

Ahora bien, sabemos muy bien que, respecto de esos tiempos mesiánicos, algunos de nuestros rabinos dijeron: «Que venga el Mesías, pero que yo no lo vea». ¿Por qué? Porque está ligado a pruebas dolorosas; no queremos pasar por ellas, no queremos sufrir, ponernos en el mismo plano que los demás. Pero cuando nos ponemos en el mismo plano que los demás, convocamos la midat hadín, el atributo de justicia. Y cuando estamos ante el atributo de justicia, este dice: halalu vehalalu, «estos como aquellos»; estos son Mis criaturas y aquellos son Mis criaturas; estos también, como aquellos. Estamos en la misma balanza; entonces, ¿por qué habríamos de ser favorecidos respecto de otros? ¿Por qué deberíamos, en efecto, acceder a esta vida que no dejamos de reclamar? […] Es porque aspiramos realmente a dar al mundo un fundamento firme, y porque esperamos verdaderamente la consagración de Hashem como Rey de toda la tierra; pero esa consagración […]. No reclamamos nada. Estamos aquí del mismo modo que cumplimos nuestros deberes para con nuestros hijos, para con nuestra fe: lo hacemos para con el universo entero, con un sentido sagrado de la responsabilidad y, sobre todo, implorando la ayuda divina en todo lo que emprendemos. Ese es, ante todo, el mensaje de las Selijot, que comienzan el primer día de Elul y culminan, o concluyen, el día de Yom Kipur. Saben que nuestros sabios dijeron que nunca hubo días festivos, días de regocijo, como el Quince de Av y Yom Kipur. El Quince de Av era, en efecto, el día del encuentro, de los nuevos shidujim, los compromisos matrimoniales: siete días después del duelo por el Templo, por la destrucción del Templo, volvemos a la vida, pensamos en nuevos shidujim, en nuevos encuentros, vamos a reconstruir hogares. Y Yom Kipur es lo mismo: no es un día austero, sino un día de alegría, porque augura otra apertura del hombre, que, así como todos los esclavos quedan libres ese día, él también accede a su propia libertad en el pleno sentido de la palabra. Bien, me detengo aquí para dar paso a las preguntas.

Esta clase forma parte de la serie Rosh Hashaná: cuatro estudios del Rav Raphaël Benizri.

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