Pirkei Avot, primera parte: introducción al tratado

par le Rav Raphaël Benizri

Esta clase inaugura la serie sobre Pirkei Avot (las Máximas de los Padres), pero todavía no estudia ninguna mishná en sí misma: el Rav eligió hacer primero una introducción antes de pasar a la primera, la segunda y la tercera. La primera mishná, la que dice que Moshé recibió la Torá del Sinaí, ya fue expuesta; el pasaje que suele preceder a la lectura del tratado, «todo Israel tiene parte en el mundo venidero», queda anunciado para la clase siguiente. La pregunta que se plantea aquí es, pues, la del lugar mismo del tratado: ¿por qué un libro de musar (instrucción moral) dentro de una Torá que no lo es, y a quién se dirige? La clase se cierra con una serie de preguntas del público y con la respuesta del Rav acerca de la moral de los Estados.

El Rav Raphaël Benizri parte de una constatación: el término musar es en cierto modo ajeno al pensamiento de la Torá, que solo se vuelve verdaderamente moralizante en Devarim, el testamento espiritual de Moshé. De ahí se remonta a la pregunta del Rambam —¿se puede enseñar la moral?— y a la doble postura que este sostiene, una en la introducción a los Shemoná Perakim (Ocho Capítulos) y otra en la introducción a la Mishná.

La clase avanza siguiendo el lugar del tratado dentro del orden de Nezikín, entre Sanedrín, Avodá Zará y Horayot, y extrae de ello la razón de esa vecindad: el tratado de los Padres es la cara opuesta de la idolatría, y la fidelidad a la transmisión responde al riesgo del error del juez. Desemboca en la distinción entre la Ley escrita, fijada, y la Ley oral, en gestación permanente; y luego, en las preguntas, en el universalismo del pensamiento de los sabios, en la letra bet de la dualidad y en la cuestión de la vestimenta que oculta al ser.

Lo que enseña esta clase

La Torá no es un libro de moral. Solo se encuentra musar en el libro de Devarim, el de Moshé, su testamento espiritual, que la tradición ratificó como Torá pura en la misma medida que los demás libros. En el resto, el término mismo de musar sigue siendo ajeno al pensamiento de la Torá, porque es difícil ser moralizador, y la Torá no es un catecismo que se enseña. La vivencia de la moral es personal para cada uno. El Rambam se pregunta, por lo demás, si es posible enseñar la moral en las escuelas: esa asignatura quizá exista todavía en la enseñanza laica de algunos países, pero en gran medida ha desaparecido, entre otras razones porque no todo el mundo puede abrazar la misma moral.

El tratado de Bava Kama plantea, sin embargo, la pregunta de qué hay que hacer para ser un jasid (un hombre piadoso). Una opinión responde que basta con aplicar las leyes relativas a los daños y perjuicios. Una segunda responde que hay que cumplir las palabras de los Padres, de Avot. El musar es, en efecto, una ciencia transmitida desde los padres, y habría que tratar de conservarla. El debate atañe, pues, menos al contenido que a la fuente: ¿la conducta recta se aprende en el derecho o en la transmisión?

La primera manera de situar la moral la ubica en la relación del hombre con su prójimo. Es el dominio de Nezikín. En la sociedad nos vemos enfrentados al otro, y todo depende de lo que uno le hace al otro. Puesto que cada uno lleva en sí un soplo divino, aquel con quien me comunico es también portador de la imagen de D-os, y en ese sentido no hay diferencia entre un judío y un no judío. Rabí Akiva hizo de «amarás a tu prójimo como a ti mismo» el gran principio y el fundamento mismo de la Torá, lo cual es a la vez lo más difícil. Hillel lo retoma por su cuenta dándole la vuelta: lo que detestas que te hagan, no se lo hagas a tu prójimo, como si la versión positiva no pudiera exigirse directamente.

Hay tres amores en la Torá, y la lengua los distingue. Amarás al Eterno tu D-os; amaréis al extranjero; amarás a tu prójimo. Para D-os y para el extranjero, el texto emplea una partícula que significa «con»: es un amor posible, porque algo del otro me habita. Para el prójimo ya no es así: ahí es difícil estar «con». Es totalmente distinto de mí, es una proyección del ser, y debo dirigirme a él como a través de una pantalla. El extranjero te habita —lo conociste en Egipto porque tú mismo eras extranjero—, pero el prójimo no te habita.

El Rambam introdujo los Pirkei Avot con una serie de meditaciones sobre la conducta del ser humano y sobre la manera de remediar sus males. Justifica sus fuentes en su introducción a los Shemoná Perakim: primero los midrashim de nuestros sabios y sus dichos, pero después —y lo dice— los filósofos y los pensadores, incluso de otras religiones. Se sabe que desarrolló o tradujo ideas cercanas a las de Aristóteles, y que a veces citó a filósofos árabes. No quiso que el tratado de los Padres fuera un bien adquirido exclusivamente por el pueblo judío, porque cada uno puede llevar en sí el principio de la moral.

Si cada uno puede llevar en sí el principio de la moral, ¿podría la moral ser laica? Es posible si se la considera así, y el Rav plantea la pregunta sin cerrarla de inmediato. Pero recuerda la fórmula de Dostoievski: si D-os no existe, todo está permitido, no hay moral. Porque una moral enteramente personal es una moral que cada cual puede fijar a su medida. La dificultad no está en reconocerle a todo hombre el sentido del bien, sino en saber qué le impide redefinirlo en su propio provecho.

El tsadik y el jasid no se sitúan en el mismo lugar. Nóaj es tsadik: el justo camina con D-os, lo lleva de la mano, paso a paso, sin quedarse atrás ni adelantarse; es el hombre de lo racional. Avraham, en cambio, es el hombre del jésed (la bondad), el que compartía la bondad y la generosidad del corazón con todos, y por eso la primera bendición que cierra nuestro homenaje dice «escudo de Avraham». El jasid camina delante de D-os; puede dar un paso en falso, pero es el anunciador de una palabra revelada. En ese sentido la jasidut es el grado último antes del soplo sagrado: quien no posee esa cualidad de compartir con el otro no puede pretender acceder al secreto de lo absoluto.

El Rambam se niega, por pedagogía, a indicar de dónde proceden sus reflexiones. Ya las tome del midrash o de los demás filósofos, no lo dice, para que no se juzgue el pensamiento por su origen y no se descarte tal o cual idea. Hay elementos de revelación que todo hombre posee, sea quien sea: hay que ver cuál es su vivencia, qué se puede aprender de ella, e integrarlo a lo que hemos estudiado. Es lo que el pueblo judío ha hecho a lo largo de su historia, y gracias a las luces de los demás pueblos ha podido desarrollar poco a poco las corrientes de su pensamiento.

El lugar del tratado de los Padres, al final del orden de Nezikín, dice lo que es. Hay seis grandes órdenes en la Mishná: Zeraím, la agricultura y las bendiciones; Moed, las fiestas y los shabatot; Nezikín, los daños y perjuicios; Nashim, el capítulo de lo femenino; Kodashim, los sacrificios y el Mishkán; Taharot, las leyes de pureza e impureza. Nos vemos enfrentados al otro, en competencia con él —no como con un enemigo, sino como con un competidor—, y por su causa atravesamos diversas crisis, de las que hay que salir encontrando un equilibrio y unas referencias. A los tratados sobre los daños les sigue Sanedrín, el cuerpo legislativo de setenta y un eruditos que trata, a través de sus tribunales, los problemas del individuo y del conjunto, y luego las leyes que verifican la fiabilidad de los testigos.

¿Qué hace el tratado de la idolatría en el orden de los daños? La idolatría es todo lo que es ajeno a mis fuentes, todo lo que envenena mi existencia; y lo que envenena mi existencia debo conocerlo para apartarme de ello. A veces se quiere cerrar todos los libros; a Rabí Meir se le reprochó haber llevado oculto sobre sí, como una cartera, muchos libros de cultura y de filosofía generales. Pero el juez debe estar al corriente de las prácticas y los cultos de las demás naciones, precisamente para saber guardarse de ellos. Viene entonces el tratado de Avot, que es la fidelidad a los principios de los Padres, es decir, la cara exactamente opuesta a la idolatría. Y el orden se cierra con Horayot, los errores del juez y del cohén: no somos ángeles, tenemos nuestras faltas y nuestros tropiezos, el hombre aprende con sus errores, y el pecado mismo de Adam estaba programado en la historia de la humanidad, que solo comienza con él.

En la introducción a la Mishná, sin embargo, el Rambam sostiene una postura distinta. Allí el tratado de Avot está reservado a quien ya ha integrado las enseñanzas de la Torá. El erudito puede carecer de moralidad, y la Torá lo llama al orden: tú que juzgas a los demás, has de saber que un hombre cualquiera que comete un error solo se perjudica a sí mismo, mientras que tú, que has alcanzado un nivel de erudición, perjudicas también a los demás, porque todo el mundo te escucha, te mira y te juzga. El tratado viene así a coronar al juez, y por eso se dirige más a una élite que al común de la gente. Numerosos comentaristas buscaron un modus vivendi entre ambas posturas, pero el Rambam está realmente dividido: hay una moral difícil de enseñar, que cada uno puede llevar en sí y que puede tener una vertiente laica, pero que debe desembocar en el soplo sagrado, es decir, en el reconocimiento de algo trascendente. En la introducción a las Mishnayot advierte, por el contrario, que no se la debe separar del conjunto de la Torá, de la que es la prolongación; por eso se dice que la conducta recta precedió a la Torá, y que el vínculo entre padres e hijos depende de la fidelidad de una transmisión a través de la vivencia.

Nadie puede pretender practicar la Torá en su integridad. Hay leyes relativas a la tierra, pero no todo el mundo es propietario; leyes relativas a los cohanim, pero no todo el mundo es cohén. Existe una estructura común al conjunto de la comunidad, pero es la comunidad entera, y no el individuo, la que practica la Torá en su totalidad. Por eso se vinculan la Torá de Israel, el pueblo de Israel y la tierra de Israel, tierra sobre la que se cumplen los preceptos: no hay Torá como la que se vive en Éretz Israel, puesto que incluso los tiempos y las fiestas dependen de las estaciones de ese país y no de las de Australia.

La Ley oral precedió a la Ley escrita, y solo ella sigue en marcha. La Ley escrita está fijada: se llegó hasta contar el número de sus letras. La Ley oral, en cambio, es la que recibimos de nuestros padres: Avraham no tenía ley escrita. La Ley escrita se dio a un pueblo, no se dio a unos elegidos, y el elegido no la necesitaba. La raíz de Torá es hará, concebir, la misma con la que se dice de una mujer que lleva un hijo en su seno que está hará: la Torá está en gestación permanente; la esencia está ahí como una semilla que debe desarrollarse y dar nacimiento a otros aspectos. Solo está fijada para quien estuviera tentado de detenerla en su propia lectura.

Los Pirkei Avot se sitúan en el curso de una transmisión de generación en generación. Los tanaím no son más que un eslabón de esta cadena, y nosotros la continuamos; el tratado va desde Moshé hasta nuestros días, y no ha terminado. La meta sigue siendo siempre hacer volver el corazón de los padres hacia el de los hijos y el de los hijos hacia el de los padres. El Rambam quisiera que este patrimonio fuera celosamente conservado por la élite de la nación, pero sin que ello nos condene a excluir a los demás pueblos ni a rechazar la luz que el otro posee también, igual que nosotros aunque en un grado diferente.

A la objeción de que un Estado no religioso sí tiene una moral, el Rav responde que es una moral de intereses. La moral entre los Estados sigue regida por intereses: si usted no colabora conmigo, se rompen las relaciones. Ahora bien, la moral verdadera sale al encuentro del otro; no conoce ni los celos ni la búsqueda del reconocimiento a cualquier precio. Uno sigue amando al prójimo aun cuando es excluido por él. Sobre la cuestión de la relación entre religión y Estado en Israel, y del rechazo del extranjero, el Rav responde que todavía estamos en un tren en marcha, sin saber si llegaremos a la estación, y que el problema existe también dentro del mundo religioso, cuyas corrientes se rechazan unas a otras.

El Baal Shem Tov pedía que las demás naciones fueran salvadas. Así se dirigía a D-os: salva a Tu pueblo; pero si juzgas que no lo merece, entonces salva a las demás naciones, porque por la liberación traída a las demás naciones conoceremos nuestra propia liberación. Somos familia y estamos ligados a los demás: con Ishmael pertenecemos a dos matrices diferentes, con Esav procedemos de la misma. Por lo tanto no se responde al odio con odio ni a la exclusión con exclusión, e incluso el rechazo de Ishmael es inaceptable, puesto que el Eterno oyó la voz del muchacho que lloraba. El Rav añade que él no hace más que enseñar el pensamiento de nuestros sabios, y que ese pensamiento es universalista, aunque su traducción en los hechos nos quede todavía lejos.

La letra bet es la de la dualidad, y la Torá comienza con ella. Bet es también bayit, la casa: cada uno se encierra en su casa y quiere crearse su propio cielo y su propia tierra, olvidando que la casa debe permanecer abierta. La única letra cerrada, que en el judaísmo es signo de mesianismo, es aquella con la que comienza Mashíaj, y es la letra de la universalidad, el círculo que se cierra. Cuando los padres se reconocen en sus hijos y los hijos en sus fuentes, la unidad se recobra. Así vamos de la dualidad a la unidad, de la dualidad a la unidad, y es así como avanzamos en la vida y resolvemos muchos problemas.

Queda la vestimenta, que es la pantalla de la luz. El hombre, en el origen, no fue creado con vestimenta: la vestimenta es la máscara de la esencia, un artificio, y todavía hoy estamos muy condicionados por ella. La palabra béged viene del verbo que significa traicionar: hay en ella un elemento de traición de lo que somos, un elemento de hipocresía. La vestimenta debe ceñirse a los atributos del hombre e imponerle una medida, como el cinturón del cohén, que rodeaba su pecho a la altura del corazón y le impedía dar rienda suelta a todo lo que quisiera realizar sin medida y sin compostura. Pero esta vestimenta ha ocultado la luz, ha ocultado al ser, y nosotros somos portadores de esas vestimentas.

Transcripción completa de la clase

Buenas noches a todos. Esta noche comenzamos la serie, la serie de clases sobre Pirkei Avot. Pero antes de pasar a la primera mishná, que ya ha sido expuesta, y después a la segunda y a la tercera, quisiera hacer una pequeña introducción. Vale la pena, porque en general en la Torá no hay musar (instrucción moral). Lo encontramos únicamente en el libro de Devarim, que es el de Moshé, el testamento espiritual de Moshé, y que el Santo, bendito sea, ratificó como Torá pura, tanto como los demás libros. Pero el término musar es en cierto modo ajeno al pensamiento de la Torá. Es difícil ser moralizador. La Torá no es un catecismo que se enseña. Para cada uno, la vivencia de la moral es algo personal. El Rambam se pregunta si es posible enseñar la moral en las escuelas. Eso existe todavía hoy, quizá, en Bélgica, pero en las escuelas laicas, en la enseñanza laica. En todo caso, esa asignatura ya no existe, por diversas razones, porque, en efecto, no todo el mundo puede abrazar la misma moral. Y sin embargo, en Bava Kama encontramos un dicho de nuestros sabios: «Hai man de-baéi lemehevéi jasida —quien quiera ser piadoso—», quien quiera ser jasid, «lekayem milé de-nezikín —que cumpla las cuestiones de los daños—»: no tiene más que aplicar, sencillamente, las leyes relativas a los daños y perjuicios. El segundo, Rava, dice que no: «milé de-Avot —las cuestiones de los Padres—»: hay que aplicar los principios de los Padres. El musar es, en efecto, una ciencia que se ha transmitido desde los padres de antaño, y habría que tratar de conservarla.

Hay que aplicar todas las leyes relativas a […] de la existencia. Así pues, hay tres opiniones. La primera —[…]— es la moral. —Disculpe, señor Benizri, hay un problema: alguien tiene el micrófono abierto, y resulta bastante molesto. Todo el mundo tiene que ponerse en silencio. Hay que hacer clic abajo a la izquierda y ponerlo en silencio, y no volver a encender el micrófono, por favor. —Hay tres opiniones. La primera es la que sitúa la moral en la relación del hombre con su prójimo. Eso es milé de-nezikín. En realidad, en la sociedad nos vemos enfrentados al otro, y todo depende de lo que uno le hace al otro, porque el otro también es […]. Es de eso de lo que se nos dice: «lo tishtajavé le-el ajer», no te prosternes ante otra divinidad: ya tienes a Alguien, así que permanece fiel a Él. Y puesto que cada uno lleva en sí un soplo divino, como dije la vez pasada, pues bien, el otro con quien me comunico es también portador de la imagen de D-os, y en ese sentido no hay diferencia entre un judío y un no judío.

No olvidemos esta definición de la Torá que da Rabí Akiva: «Veahavtá lereajá kamoja», amarás a tu prójimo como a ti mismo, lo cual es muy difícil. «Zé klal gadol baTorá», este es un gran principio de la Torá: es el fundamento mismo de la Torá. Pero atención: cuando Hillel lo retoma por su cuenta… El amor que se le tiene al prójimo —y, por lo demás, no hay en ello nada distinto—: hay tres amores en la Torá. El primero: amarás al Eterno tu D-os. El segundo: amaréis al extranjero. El tercero: [amarás a tu prójimo]. Ahora bien, para el amor de D-os y para el amor del extranjero, el texto dice et, y et quiere decir «con»: es un amor posible. Mientras que para el prójimo no dice et, sino le-, porque ahí es difícil estar «con».

No es… es totalmente distinto de mí, es una proyección del ser y, por consiguiente, debo dirigirme a él como a través de una pantalla, lo cual no es el caso de «veahavtá et Hashem Elokeja», amarás al Eterno tu D-os: es D-os quien te habita. Y lo amas [al extranjero], porque «extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto»: lo conociste en la tierra de Egipto, porque eras extranjero. El extranjero te habita. El prójimo no te habita. Sépanlo: es distinto. Y es interesante la manera en que lo expresa el Rambam en su introducción a los Shemoná Perakim, donde menciona también los Pirkei Avot, porque el Rambam escribió, introdujo el libro de Pirkei Avot con una serie de meditaciones, de consejos, de reflexiones sobre la conducta del ser humano, sobre la manera de remediar sus frustraciones, sus males.

Y él lo justifica. Dice: lo que voy a explicar se funda ante todo en los midrashim de nuestros sabios, en sus dichos; esa es su primera fuente. Pero tiene una segunda fuente. La segunda fuente, dice, son los filósofos, los pensadores, incluso de otras religiones. Sabemos muy bien que desarrolló ideas, o tradujo ideas, similares a las de Aristóteles. A veces citó incluso a filósofos árabes. Y por eso no quiso que los Pirkei Avot fueran, por así decirlo, un bien adquirido únicamente por el pueblo judío —aunque este pueblo sea el muestrario de todas las demás culturas—, sino que sostuvo que cada uno puede llevar en sí el principio de la moral. Y si decimos que cada uno puede llevar en sí el principio de la moral, entonces, ¿podría la moral ser laica? Es posible, si se la considera así. Solo que, como saben muy bien, para Dostoievski, si D-os no existe, todo está permitido; no hay moral.

Porque la moral sería entonces enteramente personal. En efecto, cada uno podría tener su propia moral. Pero, por otro lado, Maimónides habla del jasid, de ser jasid. Ustedes saben cuál es la diferencia entre el tsadik y el jasid. El tsadik era Nóaj. Nóaj es tsadik. El hombre justo camina con D-os, lo lleva de la mano. Paso a paso: no ha de quedarse atrás ni ponerse delante de D-os; eso es el tsadik. Y sabemos lo que sucedió: Nóaj no fue elegido como padre de la tradición judía. Para nosotros, la primera bendición, que precisamente cierra nuestro homenaje al Eterno, es Maguén Avraham: Tú eres el escudo de Avraham; contigo se sella la bendición. ¿Por qué? Porque Avraham era el hombre del jésed (la bondad), el que compartía la bondad, la generosidad del corazón, con todos.

El tsadik es el hombre de lo racional. El jasid camina delante de D-os; es el heraldo de D-os. Puede dar a veces un paso en falso, pero es el anunciador de una palabra revelada. Y en ese sentido la jasidut es como el grado último antes del espíritu santo. Antes de acceder al soplo sagrado, al ruaj hakódesh, se pasa primero por la jasidut. Quien no posee esa cualidad de compartir con el otro no puede pretender acceder al secreto de lo absoluto. Ahora bien, no lo comprendemos todo. Hay muchas cosas en la vida que se nos escapan. Y a lo largo de toda nuestra vida caminamos en busca de lo desconocido. Y cada vez que eliminamos una duda, nos serenamos, estamos en paz con nosotros mismos y nos alegramos de ese estado de cosas.

Así pues, Maimónides dice que, desde el punto de vista pedagógico, ni siquiera quiere indicar las referencias de sus reflexiones, de sus meditaciones —ya las tome del midrash o de los demás filósofos—, sencillamente para que no se juzgue, y para que no se excluya, no se descarte tal o cual idea, porque hay elementos de revelación que todo hombre posee. Y sea quien sea, hay que ver, en cierto modo, cuál es su vivencia y cómo se puede aprender algo de ella e integrarlo a lo que hemos estudiado. Es lo que nosotros hemos hecho, y es lo que el pueblo judío ha hecho a lo largo de toda su historia.

Y gracias a las luces de los demás pueblos hemos podido desarrollar poco a poco las corrientes de nuestra Torá, de nuestro pensamiento. Y seguimos haciéndolo. No olvidemos que compartimos, que somos familia, que estamos unidos a Esav y a Ishmael, y que no podemos responder al odio con odio ni a la exclusión con exclusión. Ese es el principio de los Padres, y esa es la razón por la cual el Rambam justifica así el lugar del tratado de Avot —el tratado de los principios, el capítulo de los Padres— al final de Nezikín, es decir, del orden de los daños y perjuicios. Pero, en cuanto a Nezikín, comenzamos diciendo: quien quiera ser jasid debe ante todo cuidarse de no perjudicar al otro.

Como dijo Hillel: «De-alaj saní le-javraj la taavid —lo que para ti es odioso, no se lo hagas a tu prójimo—». Así es como tradujo «amarás a tu prójimo como a ti mismo». Pero ¿se puede separar la moral de la fuente de la revelación, es decir, de la Torá? ¿Puede la moral no ser, entre comillas, religiosa? ¿No debe permanecer unida por su cordón umbilical a la Torá, a la revelación? En la introducción a los Shemoná Perakim, el Rambam, a propósito del tratado de Avot, dice que la moral tiene una vertiente universal y es propia de todo hombre. Luego el Rambam, en su introducción a la Mishná, justifica el hecho de que se haya colocado Masejet Avot como el penúltimo tratado del gran orden de Nezikín, de los daños y perjuicios. Porque ustedes saben que hay seis grandes órdenes en la Mishná, en la Ley oral, que se resumen con la sigla Zeman Nakat: Zeraím, relativo a la agricultura y a las bendiciones; Moed, a las fiestas, a los shabatot; Nezikín, a los daños y perjuicios; Nashim, el capítulo de lo femenino; y luego Kodashim y Taharot.

Kodashim es el orden de los sacrificios y del Mishkán, y Taharot son las leyes de pureza e impureza. Así pues, al final de Nezikín se sitúa el tratado de Avot. ¿Por qué? Pues sencillamente porque, dice el Rambam —y yo lo traduzco a mi manera—, nos vemos enfrentados al otro. Nos vemos enfrentados al otro, estamos en competencia con él, estamos en una carrera. No diré que se defina al otro como un enemigo, sino como un competidor, y por su causa vivo diversas crisis en varios niveles. Pero, a través de esas crisis, debo llegar a encontrar un equilibrio, a encontrar referencias. Así pues, después de los tres tratados que versan sobre los daños y perjuicios que se le pueden causar al prójimo, y de las situaciones de caída, de decadencia en las que uno puede encontrarse, viene Sanedrín. El Sanedrín es el cuerpo legislativo compuesto por setenta y una personas —los elegidos, los eruditos de la Torá— que tratan, a través de sus tribunales, todos los problemas del individuo y del conjunto. Y, evidentemente, este tratado de Sanedrín va seguido de la ley que verifica la fiabilidad de los testigos, e incluso del conocimiento del tratado de Avodá Zará. Ese tratado se encuentra en Nezikín. Me dirán ustedes: un tratado sobre la idolatría dentro de Nezikín, ¿qué hace ahí? Pero, en realidad, ¿saben lo que se puede considerar idolatría? ¿Qué es la idolatría? Es todo lo que es ajeno a mis fuentes, todo lo que envenena mi existencia. Y todo lo que envenena mi existencia, pues bien, debo saberlo, debo conocerlo para apartarme de ello. A veces se quiere cerrar todos los libros, y a Rabí Meir se le reprochó haber llevado, escondidos en su seno como una cartera, muchos libros de cultura general, de filosofía general. Ahora bien, el juez debe estar al corriente de la avodá zará, de las prácticas y los cultos de las demás naciones, de las demás culturas, para saber, en efecto, guardarse de ellos, desconfiar de ellos. Y por último, después de eso, viene el tratado de Avot. El tratado de Avot es la fidelidad a los principios de los Padres, que es precisamente la cara opuesta de la avodá zará. Y, desde luego, no somos… no somos ángeles. Como dice […], somos ángeles por momentos. Es muy raro, es intermitente, pero logramos vivir ese estado angélico por momentos. Pero tenemos nuestras faltas, nuestros tropiezos, y eso nos sucede. Y hay que rehacerse: eso es el hombre, aprende con los errores. No olvidemos que el pecado de Adam estaba programado en la historia de la humanidad. No comenzamos la historia sino con el pecado de Adam; sin el pecado de Adam no habría habido historia.

Así es, y esa es la razón por la cual el final de este orden de Nezikín es Horayot, que trata de los errores que puede cometer el juez, que puede cometer el cohén, y de cómo se repara el error. Así pues, aquí el Rambam tiene una postura totalmente distinta de la que había expuesto en los Shemoná Perakim, al decir que Masejet Avot está reservado a quien ya ha integrado las enseñanzas de la Torá. Es un erudito, pero puede carecer de moralidad, y la Torá lo llama al orden. Le dice: atención, tú que juzgas a los demás, has de saber que si alguien, un hombre cualquiera, comete un error, solo se perjudica a sí mismo. Pero tú, si has llegado a un nivel de erudición y cometes un error, has de saber que perjudicas también a los demás, porque todo el mundo te escucha, todo el mundo te mira y todo el mundo te juzga. Así pues, Masejet Avot viene a coronar al juez, al shofet, y por eso Masejet Avot está reservado más a una élite que al común de los mortales. De hecho, numerosos comentaristas trataron de encontrar una especie de modus vivendi entre la primera postura del Rambam y la segunda. Pero, en realidad, el Rambam está dividido. Hay, en efecto, una moral que es difícil de enseñar, difícil de transmitir; cada uno puede tener su propia moral, cada uno puede enseñarla; puede tener una vertiente laica, pero debe desembocar en el ruaj hakódesh.

Debe llevar al reconocimiento de algo trascendente. Mientras que en la introducción a las Mishnayot dice: atención, no se la debe separar del conjunto de la Torá; es la prolongación del conjunto de la Torá. Y por eso se dice: «dérej éretz kadmá laTorá», la conducta recta precedió a la Torá. Si se quiere un cimiento entre los padres y los hijos, entre los hijos y los padres, es preciso que se establezca esta transmisión, la fidelidad de esta transmisión a través de la vivencia, la vivencia de la Torá, que en efecto no le es dada a todo el mundo, porque nadie puede pretender practicar la Torá en su integridad. Por lo demás, hay leyes relativas a la tierra, pero no todo el mundo es propietario de ella.

Hay leyes relativas a los cohanim, pero no todo el mundo es cohén. Por consiguiente, la Torá en su conjunto… hay, si se quiere, una estructura común al conjunto de la comunidad, pero es el conjunto de la comunidad el que practica la Torá en su totalidad. Y por eso, como les decía el Rav: Torat Israel, Éretz Israel, Am Israel; la Torá de Israel, el pueblo de Israel y la tierra de Israel, tierra sobre la que se cumplen los preceptos de la Torá. No hay Torá como la de Éretz Israel, la que se vive en Éretz Israel, porque incluso los momentos, incluso los tiempos, los moadim (las fiestas), dependen de las estaciones de Éretz Israel y no de las de Australia. Así pues, habría que situar estos Pirkei Avot, este tratado de los Padres, como inscrito en la cadena de las generaciones, desde Moshé hasta nuestros días; y no ha terminado.

Por esa razón la Ley oral precedió a la Ley escrita. La Ley escrita está fijada —[…] se llegó hasta contar el número de sus letras—, pero la Ley oral sigue siempre en marcha. Estamos siempre desarrollando aspectos de la Torá. Así pues, aquí el Rambam dice que los Pirkei Avot se sitúan en el curso de la transmisión de generación en generación. Los tanaím no son más que un eslabón de esta cadena de transmisión, y nosotros la continuamos. Y la meta es siempre hacer volver el corazón de los padres hacia el de los hijos, y el de los hijos hacia los padres. Esto no lo dice el Rambam en su introducción a los Shemoná Perakim, porque quisiera, en cierto modo, que lo que constituye nuestro patrimonio, nuestro tesoro, fuera celosamente conservado por la élite de la nación, pero sin que por ello, ¿verdad?, eso nos condene a excluir a los demás pueblos, a excluir al otro y a rechazar la luz que el otro posee también, igual que nosotros, aunque en un grado diferente.

Y esta es la introducción que quería hacer a Avot, porque lo que vamos a estudiar parece, en apariencia, deshilvanado. Pero en el fondo todo se remite a una misma fuente y abarca numerosos ámbitos. Aquí se les expuso la primera mishná, «Moshé kibel Torá miSinai», Moshé recibió la Torá del Sinaí. Pero en general tenemos la costumbre de introducir la lectura de los Pirkei Avot con «Kol Israel yesh lahem jélek laolam habá, shene’emar: veamej kulam tsadikim, leolam yirshú áretz, nétser mataai maasé yadai lehitpaer»: todo Israel tiene parte en el mundo venidero, como está dicho: «y tu pueblo, todos ellos justos, heredarán para siempre la tierra, retoño de Mi plantación, obra de Mis manos, para gloriarme». Tendré ocasión de tratar este aspecto en la próxima clase. Estamos en la víspera de Yom Hazikarón (el Día del Recuerdo de Israel), y no quisiera prolongar la clase más de la cuenta; quiero dejar lugar a las preguntas, por si algún aspecto ha quedado confuso o no se ha comprendido.

Y tienen ustedes la palabra. —Buenas noches, señor Benizri, soy Éric Skibowski. Tengo algunas preguntas, efectivamente. Hace algunos años me recordó usted que se acordaba de mí como un alumno rebelde. Así que intentaré conservar esa manera de ver las cosas. —¡No me sorprende, Éric! —Usted citó a Dostoievski diciendo que si D-os no existe, todo está permitido, no hay moral. Me cuesta aceptarlo, porque los Estados funcionan y no son especialmente religiosos. Hay, a pesar de todo, una moral de Estado, [sin] que haya religión. —Sí, pero es una moral de intereses. Ese es el problema. La moral entre los Estados sigue regida por intereses, y si al final usted no colabora conmigo, se rompen las relaciones. Entonces yo no […], porque la moral sale al encuentro del otro; no conoce ni la kin’á, los celos, ni la búsqueda del reconocimiento a cualquier precio. Uno sigue amando al prójimo a pesar de todo, aun cuando de algún modo es excluido por él. —Entonces precisamente abre usted la segunda reflexión que yo tenía. Usted habla del extranjero que vive entre nosotros. En cuanto situamos la religión, con la moral de la religión, dentro del Estado, se plantea efectivamente un problema moral, y lo vemos muy bien en Israel: hay un problema muy grande en cuanto a la aceptación del otro, del extranjero, y lamentablemente algunos partidos religiosos ya se sitúan en esa óptica de rechazar al extranjero que está entre nosotros. ¿Hay, entonces, un problema muy importante en la relación entre la religión y el Estado? —Sí, todavía estamos en un tren en marcha.

No hemos llegado a nuestra estación, y no sé si vamos a llegar. Porque el problema que usted plantea existe también incluso en el mundo religioso. Hay corrientes que se rechazan unas a otras. Así que no vale la pena trasladarlo únicamente al mundo jiloní (laico) y al mundo datí (religioso). Se lo dije la otra vez —o creo que no lo cité; lo evoqué sin citarlo— que el Baal Shem Tov se dirigía al Santo, bendito sea, diciéndole: te lo ruego, salva a Tu pueblo. Pero si no quieres salvarlo, si juzgas que no lo merece, entonces te lo suplico, salva a las demás naciones, porque con la liberación que traerás a las demás naciones conoceremos nosotros mismos nuestra propia liberación.

Así pues, estamos ligados a los demás. Con Ishmael pertenecemos a dos matrices diferentes; con Esav estamos en la misma matriz, procedemos de la misma matriz. Pero atención: fue a propósito de Ishmael cuando se dijo «ki shamá Elokim el kol hanáar», porque D-os oyó la voz del muchacho: el Eterno oyó la voz de ese joven que lloraba. Por consiguiente, incluso el rechazo de Ishmael es inaceptable. Ahora bien, eso es lo que creemos. Cómo lo traducimos en los hechos nos parece lejano —estamos lejos de ello—, y es verdad que el alcance del pensamiento de la Torá queda un tanto al margen de lo que somos. Pero yo no hago más que enseñar el pensamiento de nuestros sabios.

Y este pensamiento de nuestros sabios es universalista, y de eso precisamente se trata. Porque, como saben, en el alef-bet está la letra alef y la letra bet. La letra bet es la de la dualidad. La Torá comienza con esta letra de la dualidad, Bereshit, y la bet es bayit, la casa. Cada uno se encierra en su casa, cada uno se enclaustra en su hogar, y cada uno quiere crearse su propio cielo y su propia tierra. Olvida que el bayit debe permanecer abierto; no está cerrado. La única letra que es cerrada, y que en el judaísmo es signo de mesianismo —y esa es la razón por la cual Mashíaj comienza con una mem—, es la de la universalidad: el círculo se cierra.

Cuando los padres se reconocen en sus hijos y los hijos en sus padres, en sus fuentes, entonces la unidad se recobra. Así vamos de la dualidad a la unidad, de la dualidad a la unidad: así es como avanzamos en la vida y así es como resolvemos numerosos problemas. Pero alcanzar el momento de «Hashem ejad ushmó ejad» —el Eterno es Uno y Su Nombre es Uno—, en que la esencia ya no está cubierta por la vestimenta… porque la vestimenta es un artificio de la esencia, ¿no es así? El hombre, en el origen, cuando fue creado, no fue creado con vestimenta. Y la vestimenta es, si se quiere, la máscara de la esencia, o la pantalla puesta ante esta luz, ante esta luz originaria. Habría que poder deshacerse de ella.

Ahora bien, todavía hoy, ¿verdad?, estamos muy condicionados por la vestimenta. Y vestimenta es béged; béged, del verbo bagad, traicionar. Es un elemento de traición de nuestro ser, de lo que somos, un elemento de hipocresía. El levush, la vestimenta, debe ceñirse a las midot del hombre, a los atributos del hombre. Ahora bien, la única prenda del cohén que medía treinta y dos codos y que rodeaba su pecho, a la altura del corazón, desde luego, era el avnet, el cinturón. […] Es un juego de palabras, pero es para decir que este cinturón, que él se impone para no dar, en cierto modo, rienda suelta a todas las tentaciones, a todas sus inclinaciones, a todo lo que quisiera realizar en la vida, pero sin medida, sin compostura, sin freno: eso es la vestimenta.

Y esta vestimenta […] —la palabra es iver, ciego— ha cegado, ha ocultado esta luz. La vestimenta ha ocultado al ser. Somos portadores de esas vestimentas. ¿Alguna otra pregunta? —Si nadie hace ninguna, yo todavía tengo una, señor Bourdis-Ressigny, si me cede la palabra. Usted dice que la Ley escrita está fijada. ¿Es eso lógico en un mundo en evolución constante? —Sí, pero la Ley oral no lo está. La Ley oral precedió a la Ley escrita. Y la Ley oral es la que recibimos de nuestros padres. Avraham no tenía ley escrita; Itzjak tampoco, ni Yaakov. La Ley escrita se dio a un pueblo; no se dio a unos elegidos. El elegido no necesitaba una ley escrita.

¿Saben ustedes cuál es la raíz de la palabra Torá? ¿Cuál es la raíz de Torá? La raíz de Torá es hará; hará, concebir. De una mujer que lleva un hijo en su seno se dice que está hará. Pues bien, la Torá es la forma reflexiva del verbo hará, porque la Torá está en gestación permanente. Pero la esencia está ahí: es la semilla que necesita desarrollarse, constituirse y dar nacimiento a otros aspectos. Solo está fijada para un pueblo que estuviera tentado, cada vez, de moldearla a su manera de leer, de detenerla en su manera de interpretar. […] ¿Sí? —Muchas gracias. —Pues bien, los dejo. Ha sido un momento de placer, de alegría, y hasta la semana próxima: comenzaremos «Moshé kibel Torá».

—Muchas gracias, señor Benizri. Muchas gracias, señor Benizri. Muchísimas gracias, kol hakavod, señor Benizri. Solo para recordarles que nos reuniremos el domingo a las 20 horas de Israel, las 19 horas de Europa. Muchas gracias. —Gracias a ustedes por haber organizado esto. Muchas gracias. Adiós. —Adiós. Adiós, señor. Adiós… Gracias, señor Benizri. Se lo agradezco. Gracias, señor Benizri. Adiós. —Es una… Tenemos la suerte de vivir una época maravillosa, maravillosa. Es verdad. […] Hay que poder darse cuenta de ello, lamentablemente. […] Gracias, adiós. —Adiós. Gracias. Adiós a todos. Adiós… No sabía que usted estaba aquí. Hola, Manu. ¿Estás bien? Gracias, Manu. Gracias, esto es maravilloso.

Gracias, de verdad. Hasta el domingo. Hasta el domingo. Muy bien, en todo caso. Gracias, Manu. Muchísimas gracias. […] Adiós, Chantal. Adiós, Chantal.