Vayerá: las promesas a Avraham (segunda parte)

par le Rav Raphaël Benizri

Preguntas para la mesa de Shabat: Vayerá

Un cuadernillo de estudio para imprimir: una pregunta por página, la respuesta del Rav, su fuente y una enseñanza para debatir en familia.

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Esta clase continúa la lectura de Vayerá y llega al último capítulo de la parashá, el que suele llamarse el sacrificio de Itzjak y que habría que llamar más bien su atadura. Desde el principio, el Rav afirma que la traducción corriente es errónea: akedat Itzjak quiere decir atar, ligar a alguien a una realidad, y toda la cuestión consiste en saber qué fue lo que se ató. La clase se pregunta por qué la oración de Rosh Hashaná invoca la atadura de Itzjak y no la prueba de Avraham, cuando fue Avraham quien fue puesto a prueba. La respuesta reside en el conflicto entre dos atributos que podrían gobernar el mundo: la bondad y la justicia.

El Rav Raphaël Benizri parte del capítulo anterior, la alianza sellada entre Avimélej y Avraham sobre una convivencia en la Tierra de Israel, y de la lectura que de ella da el nieto de Rashí, el único que ve en ella un peligro para la descendencia. Recuerda que entre D-os y Avraham todavía no hay ningún precepto, ninguna Torá, nada más que la perspectiva de la tierra, y que todo se juega en torno a esa promesa.

La clase avanza después mediante el análisis de la prueba misma: qué es el Satán, qué es el nisayón, el paralelo con Iyov, el primer sacrificio que había sido la expulsión de Ishmael, y luego la discusión entre Ishmael e Itzjak sobre el mérito de la circuncisión. Desemboca en la lectura de los tres «heme aquí» del relato y en el gesto del ángel que detiene la mano, en el que el Rav lee la síntesis buscada: un mundo gobernado por la justicia, pero por una justicia desbordante de bondad.

Lo que enseña esta clase

No se trata de un sacrificio, sino de una atadura. Akedat Itzjak se traduce como «sacrificio de Itzjak», y es un error: la palabra dice que se ata, que se liga a alguien a una realidad. Todo el resto de la clase consiste en preguntar qué fue atado y qué fue condicionado en este relato. El Rav añade que siempre hay un vínculo, exterior e interior, entre el orden de los capítulos de la Torá y lo que les sigue: el capítulo anterior determina la lectura de este.

La alianza sellada entre Avimélej y Avraham plantea un problema. El nieto de Rashí es el único que señala el peligro que representa este pacto de convivencia entre los filisteos y la descendencia de Avraham en la Tierra de Israel. Su lectura es que aceptar esa convivencia obligará a ceder mucho, a permanecer abiertos a otras creencias y a otras culturas, y que ello acabará afectando a los hijos, con matrimonios de un lado y del otro. El Rav precisa que el midrash no hace ninguna alusión a esto y que sigue siendo una opinión propia de este comentarista, pero la considera muy acertada, y es ella la que explica que a continuación venga la atadura.

Entre D-os y Avraham todavía no hay nada más que la tierra. No se ha ordenado ninguna mitzvá, aún no hay Torá, y todo gira en torno a la promesa de la Tierra de Israel. La revelación primera de Avraham es el hecho de emprender la marcha hacia ese país. Hay que leer, pues, toda su historia a partir de esta única cosa que se le dijo, y medir cada prueba por lo que hace con esa promesa.

Avraham no parte porque huya. No abandona ni su patria ni su familia bajo el golpe de un pogromo, del antisemitismo o de una pobreza cualquiera: procede de una familia noble y rica, no le falta nada, y aun así decide subir a la Tierra de Israel. No será el caso de su descendencia, que saldrá de Egipto corriendo, expulsada; entre ambas partidas hay todo un mundo, y esa es toda la diferencia entre los Patriarcas y quienes vinieron después. Lo que emprende, además, lo emprende con los ojos cerrados: cuando uno se fija una meta y se pone a analizar todas las facetas del problema, nunca sale de él y no llega lejos. Hay que cerrar los ojos y fijar el propio rumbo a partir de una llamada interior, que es subjetiva; pero cuando se pasa a la realización, hay que hacerlo, por el contrario, con los ojos abiertos, con razón y con sabiduría.

No se va a Israel para fundar una nación, sino para realizarse en ella. Se trata de dar al mundo un ejemplo de lo que significa santificar una vida en este mundo, y de hacer del país un estado de Edén, porque la Tierra Prometida es el espejo del Jardín del Edén. Adam había recibido ese jardín sin mérito alguno y fue expulsado de él; aquí, el hombre reconstruye esta tierra y ella es obra de sus manos. Por eso tiene el deber de montar guardia, de levantar un ejército y de construir un Estado, pero un Estado orientado hacia un ideal. Una alianza con un idólatra, al permitir que otros cultos convivan con ese ideal, no podía sino frenar el impulso del país.

La atadura llega, pues, como una prueba última de la entrega incondicional de Avraham. No se trata de su apego a una divinidad entre otras, sino al jésed, el atributo de la bondad, el que abarca todas las corrientes de creencia, todos los movimientos de ideas, todos los pensamientos. Es el jésed el que incluye en sí todos los atributos, hasta tal punto que la enumeración de los atributos comienza por el jésed y termina por la realeza. Es ese apego el que será probado hasta el final.

El Satán es la razón pura. Adopta la apariencia de Elokim y puede tomar prestado su lenguaje: es la mala inclinación, pero la expresión tiene una connotación moral engañosa, porque se trata de una tendencia de la mente, ligada a la naturaleza de las cosas. La creación misma es obra de Elokim, que coordinó las cosas de tal modo que hubiera un orden en la naturaleza y una causalidad por la que el mundo funciona; el Satán pertenece a ese orden, y por eso abraza la razón pura. Su objeción es, por lo demás, una objeción de contable: has hecho tanto por Avraham, pero ¿te ha ofrecido él algo en agradecimiento? Ni un sacrificio, ni un gesto, aunque lo rodeaste de toda Tu benevolencia y le prometiste una descendencia y un pueblo. La respuesta es que, si se le pidiera sacrificar a su hijo, lo haría; y entonces se pasa al acto, se pasa a la prueba.

La escena recuerda lo que ocurre con Iyov. Iyov es un hombre justo, apartado de todo mal, bendecido, rodeado de su mujer y de sus hijos, y cada día ofrece un sacrificio por todo el bien que recibe. La razón pura, que escudriña todos los actos de los habitantes de la tierra, viene un día a objetar: ese siervo Tuyo del que Te jactas está bendecido por todas partes, no le falta nada; servir a D-os es para él la guinda del pastel, no le cuesta nada ni lo somete a prueba alguna. Y la respuesta es que ese hombre es verdaderamente justo, íntegro y sincero, y que, aun privado de sus hijos y de todo cuanto posee, no pronunciaría la menor palabra de rebeldía.

El nisayón (la prueba) busca los límites del alma. Es la razón pura la que quiere saber hasta dónde llega el temor a D-os. Porque si cumplimos los preceptos porque los entendemos bien, y es por eso por lo que los cumplimos, entonces en definitiva no nos servimos más que a nosotros mismos, y ya no son la expresión de nuestra fe. Las mitzvot deberían situarse más allá de la razón: las entendamos o no, no las cumplimos porque las hayamos asimilado, sino porque siguen siendo la expresión de la voluntad divina y porque creemos en ella. Tal es el objeto de toda prueba: hacer abstracción de todo significado subjetivo.

La palabra que abre el capítulo es un grito de angustia. «Y aconteció después de estas cosas»: la palabra es dolorosa, deja al descubierto nuestro porvenir y levanta una espesa nube ante nuestros ojos. Es la segunda de dos pruebas del mismo orden: la primera invitaba a Avraham a sacrificar su pasado; esta lo invita a sacrificar su amor. Pero el propósito de toda prueba es permitirle pasar a otro nivel de vida espiritual. El Ramban dice que la prueba siempre es provechosa para quien la atraviesa, porque le da un nuevo impulso en su dimensión espiritual y hace de él, en el sentido de la palabra nes, un estandarte, un abanderado, un signo de reconocimiento para el mundo entero.

Hubo un primer sacrificio: el de Ishmael. Avraham tuvo que separarse de él y enviarlo al desierto, y no fue fácil. Pero allí había una razón, y por eso no fue considerado una prueba ni contabilizado a favor de Avraham: contó más bien a favor de Sará. Porque Ishmael despilfarraba el presente, y al despilfarrar el presente hipotecaba gravemente el porvenir. La atadura de Itzjak, en cambio, no tenía aparentemente ninguna razón de ser.

«Ahora sé que temes a D-os» es la única ganancia de la prueba. No temes por tu persona, no temes las teorías que te contradicen, no temes el qué dirán, ni las consecuencias ni las malas interpretaciones de tus actos: no actúas sino por temor a D-os. Y porque has dado prueba de ello, y no has vacilado en atar a tu hijo único, la Tierra Prometida se hará realidad y se te da la garantía de que, pase lo que pase, estaré siempre al lado de los tuyos. El Rav abre aquí un paréntesis: esta promesa recuerda la bendición dada a Rivká en el momento de su partida, la que dice que su descendencia heredará la puerta de quienes la odian.

«Después de estas cosas» remite a una discusión entre Ishmael e Itzjak. Ishmael sostiene que a los trece años aceptó la circuncisión, mientras que Itzjak la recibió a los ocho días, sin siquiera sentirla, sin consentir en ella: el mérito correspondería, pues, al primero, y el segundo no habría cumplido más que un rito. Itzjak responde que, si se le pidiera sacrificar su vida, ya no se trataría solamente de un miembro, sino que se entregaría por completo: tiene treinta y siete años y puede decidirlo. Es inmediatamente después de este diálogo cuando llega la prueba, y aquí también es la razón pura la que interviene para saber cuáles son los límites del alma.

La palabra empleada no dice «sacrificar»; dice «elevar». Avraham es enviado a la tierra de Moriá, que es una vez más la tierra por consagrar, la Tierra de Israel que se trata de santificar. Y se le pide que eleve a su hijo, no que lo inmole. Por eso, cuando se le detiene la mano, la respuesta es: no te dije que lo sacrificaras, te dije que lo elevaras; ahora ya lo has elevado, no tienes más que bajarlo del altar. Avraham, por su parte, quería llegar hasta el final, porque se preguntaba cómo justificaría de otro modo su acto ante todos los que observaban y se preguntaban si era verdaderamente sincero hasta el final en su apego.

Queda entonces la verdadera pregunta: ¿por qué la atadura de Itzjak y no la prueba de Avraham? En Rosh Hashaná, cuando todo el mundo es juzgado, pedimos que la atadura de Itzjak sea recordada en favor de su descendencia; ahora bien, fue Avraham quien fue probado, y sin embargo todo el mérito se atribuye al hijo. La razón es que Avraham es la fuente de todo, pero es enteramente jésed; y también Ishmael se distinguía por ello, hasta el punto de que hubo que enviarlo al desierto. Itzjak, en cambio, no está impulsado por el atributo de su padre: lo está por el rigor, por el sentido de la justicia, de la equidad y del reparto justo. El mundo, por lo demás, fue creado por Elokim, es decir, por el atributo de la justicia, y ese atributo es duro: impone la ley, impone jueces y agentes que rigen todo el universo por la coerción. Por eso se estimó que el mundo no se sostendría si quedaba gobernado únicamente por las leyes de la causalidad, y el atributo de la bondad fue asociado al primero para asegurar la permanencia del universo. La pregunta sigue entonces del todo abierta: ¿cuál de los dos debe gobernar?

Una agadá del tratado Shabat somete esta pregunta a la prueba de los Patriarcas. Cansado de la conducta de Israel, pero obligado por la promesa hecha a los Patriarcas, D-os va a ver a Avraham y le dice que sus hijos no han hecho sino empeorar respecto de todo lo que él representó para ellos; Avraham responde que no tiene nada que decir y que pueden ser borrados, y Yaakov, interrogado después, da la misma respuesta que su abuelo. Solo Itzjak los defiende: son Tus hijos tanto como los míos; Tú los sacaste de Egipto y los llamaste Tu hijo primogénito. Luego hace la cuenta: una generación es de setenta años; toma sobre sí la mitad, y de los treinta y cinco restantes resta las horas de oración, los Shabatot y las festividades, de modo que queda una veintena de años por repartir entre los dos; y si hace falta, los tomará todos sobre sí. Funda ese derecho en su silencio: no me moví ni un instante cuando pediste a mi padre que me atara; ni siquiera Te dirigiste a mí, y sin embargo respondí afirmativamente, cuando habría podido decirle que lo había soñado, que era víctima de una alucinación.

El relato cuenta tres veces «heme aquí». El primero es el de Avraham respondiendo a D-os, y significa que hace caso omiso de todo, sin recordar que apenas ayer se le prometía un gran pueblo, una tierra para su descendencia y ese hijo llegado tarde, el de sus entrañas y no el de sus discípulos. El segundo es el que Avraham dirige a su hijo, que lo interroga en el camino: heme aquí, soy enteramente tuyo, mi amor por ti no tiene límites. Durante tres días Avraham se había preguntado qué haría, cómo se justificaría, quién tenía razón, si había que gobernar este mundo con la bondad o con la justicia, y él mismo estaba dividido. El tercero llega cuando el ángel lo llama y le detiene la mano: los dos primeros, uno enteramente bondad y el otro enteramente justicia, encuentran en él su síntesis. La atadura de Itzjak confirma así que este mundo debe ser gobernado por la justicia, pero no por una justicia intransigente ni por una justicia pura, sino por una justicia desbordante de bondad. Lo que fue atado, lo que fue condicionado, es el atributo mismo de la justicia.

Por eso no es Elokim quien detiene la mano. A lo largo de todo el relato solo aparecía ese nombre; pero en el momento de detener el gesto, es un ángel de Hashem quien grita que no se toque al muchacho, y es el ángel de la bondad. Era necesario que fuera esa llamada la que interrumpiera la mano de Avraham. Y por eso, en Rosh Hashaná, día de justicia, pedimos que la atadura de Itzjak sea recordada en nuestro favor: porque solo él, siendo la justicia misma, podía defendernos.

Transcripción completa de la clase

Se trata del no-sacrificio de Itzjak, que, sin embargo, se considera un sacrificio. Lo traducimos por «sacrificio», pero es falso. Akedat Itzjak quiere decir la atadura de Itzjak. Atar, como ven, es ligar, ligar a alguien a una realidad; ya veremos de qué se trata. El hecho es que, como enseña […], siempre hay un vínculo, exterior e interior, entre la sucesión de los capítulos de la Torá y lo que les sigue. La alianza sellada entre Avimélej y Avraham sobre una convivencia en la Tierra de Israel plantea un problema, según el Rashbam. El Rashbam, nieto de Rashí, es el único que menciona el peligro que representa la alianza entre Avimélej y Avraham sobre la convivencia de los filisteos y la descendencia de Avraham en la Tierra de Israel.

Un problema que, en efecto, es de plena actualidad. Pero hay que recordar una cosa: entre D-os y Avraham no se ha ordenado en absoluto ninguna mitzvá; aún no hay Torá; no hay nada más que la perspectiva de la Tierra de Israel. Todo gira en torno a la promesa de la Tierra de Israel. La historia de Avraham, la revelación primera de Avraham, es el hecho de emprender la marcha hacia la Tierra de Israel. Y atención: Avraham no abandona ni su patria ni su familia porque sea objeto de un pogromo o del antisemitismo, ni víctima de alguna pobreza, ni porque esté sometido a otro poder. Procede de una familia noble, de una familia rica; no le falta nada, y sin embargo decide hacer su aliyá a la Tierra de Israel. No será el caso de su descendencia, que saldrá de Egipto corriendo, huyendo, en una expulsión: ki gorshú miMitzráyim, «porque fueron expulsados de Egipto». Y esa es toda la diferencia entre los Patriarcas y quienes vinieron después. Cuando ellos piensan en ir a la Tierra de Israel, es para huir de los pogromos, huir del antisemitismo, rehacer su vida, dejar atrás unas condiciones económicas siempre inciertas e intentar construirse en otro lugar.

Eso es lo que acabamos de leer, y entre Lej Lejá y Beshalaj hay todo un mundo. […] Ahora bien, lo que Avraham emprende, lo emprende con los ojos cerrados, porque así ocurre cuando un individuo toma una decisión: cuando uno se fija una meta, si se pone a analizar todas las facetas del problema, nunca sale de él y no llega lejos. Hay que cerrar los ojos en el camino hacia la Tierra de Israel y fijar las propias directrices en la vida a partir de esa llamada interior, que, es cierto, es subjetiva. Pero cuando se pasa a la fase de la realización, entonces, por supuesto, hay que hacerlo con los ojos abiertos, con razón, con sabiduría; eso es cierto. El asentamiento del pueblo judío que sale de Egipto es otra cosa que lo que hace Avraham, porque primero el pueblo tiene que desprenderse de ese caparazón del exilio, de ese caparazón de la vida entre las diversas culturas y civilizaciones que hace que no sea él mismo, que todavía no haya recuperado su identidad, y que todavía no haya logrado superar todas sus divisiones, todas sus diferencias, todos sus temores, y alcanzar una unidad con vistas a construir un país que le estaba predestinado, ¿no es así? […] No vamos a la Tierra de Israel para fundar una nación; vamos a la Tierra de Israel para realizarnos, para ayudarnos, para dar al mundo un ejemplo de lo que es santificar una vida en este mundo, para hacer de Israel un estado de Edén, porque el espejo de Israel, el espejo del Jardín del Edén, es la Tierra Prometida.

Pero el hombre… Adam fue expulsado de esa tierra prometida; le había sido ofrecida, no tenía ningún mérito propio. Pero este hombre va a reconstruir la Tierra Prometida, va a hacer de ella un estado de Edén, y esta vez es obra de sus propias manos. Por eso tiene el deber, en efecto, de montar guardia, de levantar un ejército, de construir un Estado, pero un Estado orientado hacia un ideal. Ahora bien, la alianza sellada con Avimélej, que es un idólatra, va a permitir en cierto modo que esos ídolos, esas culturas, convivan con el ideal forjado por Avraham, y eso frenará el impulso de este país; de ahí, en efecto, el peligro para la descendencia de Avraham. Así es como el Rashbam quiso explicar el vínculo entre la alianza de Avimélej y Avraham, diciendo: pues sí, si al final permitimos esa convivencia, nos obligará a ceder mucho, a permanecer abiertos a las diversas creencias y a las diversas culturas, y acabará afectando a nuestros hijos, y D-os sabe adónde llegaremos, con matrimonios de un lado y del otro. Pero esto sigue siendo una opinión propia del Rashbam. En el midrash no hay ninguna alusión a ello. Sin embargo, es una opinión muy acertada, y explica el vayehí; porque el capítulo de la atadura de Itzjak (hablaremos siempre de la atadura de Itzjak, y explicaré más adelante por qué) llega como una prueba última de Avraham en cuanto a su entrega incondicional, en su apego a D-os. Pero atención: no se trata, como se suele decir, de «su apego a D-os» en general. Es el D-os de Avraham, y el D-os de Avraham es el D-os del jésed. Creo haberlo dicho una vez: no decimos que Elokim sea Hashem, como si las divinidades fueran Hashem, porque Hashem sería entonces una divinidad entre otras, como Elokim. Decimos Hashem hu haElokim, «Hashem es el Elokim».

El jésed, que es el atributo de la bondad, es el que abarca todas las corrientes de creencia, todas las creencias, todos los movimientos de ideas, todos los pensamientos; es el jésed el que, en efecto, incluye en sí todas las midot, todos los atributos, hasta tal punto que en las midot se comienza por el jésed y se termina por maljut, la realeza, el título que merece la realeza sublime. Así pues, decimos: Hashem hu haElokim. Y Avraham es sometido a una dura prueba por el Satán, porque el Satán adopta la apariencia de Elokim. Puede tomar prestado su lenguaje; es la mala inclinación. Una vez más: «la mala inclinación» tiene una connotación moral […], pero es una tendencia de la mente; está ligada a la naturaleza de las cosas.

La creación misma es obra de Elokim, y es Él quien coordinó, por así decirlo, todas estas cosas, de modo que haya un orden en la naturaleza, una causalidad tal que el mundo funcione; y el Satán forma parte de ello. Por consiguiente, a veces puede abrazar la razón pura. La razón pura es Elokim; la razón pura es también el Satán. ¿Y qué dice el Satán? ¿Qué dice el Satán? Ajar hadevarim haéle, después de estas palabras, después de estos sucesos, ¿qué dice el Satán? Lo que dice el Satán es esto: pues mira, has hecho tanto por Avraham, pero él, ¿te ha ofrecido algo en agradecimiento, ni siquiera un sacrificio, ni un solo gesto? Y sin embargo, lo rodeaste de toda Tu benevolencia.

Le prometiste una descendencia, quieres hacer de su descendencia un pueblo, y he aquí que él no manifiesta nada a cambio. Y entonces el Santo, bendito sea, se defiende ante el Satán, ante la razón pura, y le responde: No, es porque no insisto en ello; pero si alguna vez le pidiera incluso que Me sacrificara a su hijo Itzjak, lo haría. Y se pasa al acto, se pasa a la prueba: vehaElokim nisá et Avraham, «y Elokim probó a Avraham». Esto recuerda un poco lo que ocurre con Iyov. Iyov también, un hombre justo, apartado de todo mal, bendecido por el Santo, bendito sea, con mujer e hijos, ofrece cada día un sacrificio al Santo, bendito sea, por todo el bien que Él le da. Y esa razón pura, que escudriña todos los actos de los habitantes de la tierra, se presenta un día ante el Santo, bendito sea, y responde a la pregunta de D-os —«Y bien, ¿qué te parece Mi mundo?»—. Le dice: todo va bien, pero me parece que Tu siervo Iyov, del que Te jactas… pues bien, está bendecido por todas partes, naturalmente no le falta nada; para él, servir a D-os es la guinda del pastel. No le plantea ningún problema, no lo somete a ninguna prueba; al fin y al cabo, ¿afecta eso en algo a su vida?

«No», le responde entonces D-os, «ya verás: en realidad este hombre es verdaderamente justo. Es sincero, es íntegro en todo lo que hace, y aunque lo privara de sus hijos, lo privara de su esposa, lo privara de todo, e incluso le infligiera enfermedades, no pronunciaría la menor palabra de ira, de rebeldía». No estamos estudiando a Iyov, pero lo digo para mostrarles que aquí el nisayón —el nisayón es la prueba—, el Satán es la razón pura, que quisiera ver, en efecto, cuáles son los límites del temor a D-os, los límites del apego, de la naturaleza: cuáles son los límites del alma.

Por supuesto: porque si procuramos cumplir los preceptos porque los entendemos bien, y es por eso por lo que los cumplimos, entonces en definitiva no nos servimos más que a nosotros mismos, no servimos a D-os; no son la expresión de nuestra fe en D-os. Las mitzvot deberían situarse más allá de la razón. Sea como fuere, tanto si no las entendemos como si las entendemos, no las cumplimos porque las hayamos asimilado, sino porque siguen siendo la expresión de la voluntad divina y porque creemos en ella. Y ese es el objeto de toda prueba: hacer abstracción de todo significado subjetivo que el hombre le atribuya. […] Así pues: vayehí ajar hadevarim haéle. Vayehí es, en efecto, un grito de angustia, y es un grito doloroso, porque deja al descubierto nuestro porvenir; levanta una espesa nube ante nuestros ojos. Y esta es la segunda: la primera fue la que lo invitaba a sacrificar su pasado; la segunda es la que lo invita a sacrificar su amor. Pero el propósito de toda prueba a la que el Santo, bendito sea, lo somete es permitirle pasar a otro nivel de vida espiritual. Siempre es así: es letovat hamenusé, «para el bien de quien es probado», como dice el Ramban. El Ramban dice que el nisayón, la prueba, es siempre provechoso para quien lo atraviesa, porque le da un nuevo impulso en su dimensión espiritual, y lo sitúa —el nisayón eleva al hombre— al nivel de nes: de un banderín, de un abanderado, de un signo de reconocimiento para el mundo entero.

Entonces, ¿cuál sería aquí el signo de reconocimiento? Saben que en Yom Kipur tenemos dos machos cabríos: uno destinado a ser enviado al desierto, y el otro que es efectivamente ofrecido, laHashem, «para Hashem». Si se puede hablar de sacrificio, este es el segundo sacrificio de Avraham. Ya hubo un primer sacrificio, ¿cuál? El de Ishmael. Avraham se separó de Ishmael […]. Lo envió al desierto. No fue fácil. Pero allí había una razón; no fue considerado una prueba, no fue contabilizado como un acto a favor de Avraham, sino más bien a favor de Sará, porque Ishmael era metzajek, «se burlaba».

Despilfarraba el presente, y al despilfarrar el presente, el porvenir quedaba gravemente hipotecado. La segunda, la de Itzjak, no tenía aparentemente ninguna razón de ser. Pero el propósito era atá yadati ki yeré Elokim atá, «ahora sé que temes a D-os». No temes por tu persona. No temes todas las teorías que te contradicen. No temes el qué dirán, las consecuencias ni las malas interpretaciones de tus actos: no lo haces sino por temor a D-os. Y porque has dado prueba de ello, y no has vacilado en atar a tu hijo único, entonces has de saber que la tierra que te he prometido, en efecto la harás realidad; podrás obtener de Mí la garantía de que, pase lo que pase, estaré siempre al lado de los tuyos.

Esta promesa de D-os recuerda un poco la bendición que Laván y su familia dieron a Rivká: Ajotenu, at hayí lealfé revavá, veyirash zarej et sháar soneav, «Hermana nuestra, que llegues a ser millares de miríadas, y que tu descendencia herede la puerta de quienes la odian». […] Y tu descendencia heredará de tus enemigos. A los enemigos hay que combatirlos, a quienes nos hacen daño. […] Hay que dejarlos hablar. […]

Hay que poder convencerlos, hay que poder imponerse a ellos. Bien, esto era un paréntesis. Pues bien, volvamos a nuestro primer versículo. Vayehí ajar hadevarim haéle, después de estos sucesos. ¿Qué sucesos? ¡Ah, sí! Hubo una discusión entre Ishmael e Itzjak. Ishmael le dice a Itzjak: yo, a los trece años, acepté someterme a la milá, la circuncisión. Tú tenías ocho días; ni siquiera lo sentiste, te lo impusieron. Yo consentí; yo tengo el mérito de la milá, y tú no tienes el mérito: es una mitzvá que cumpliste porque se ha convertido, por así decirlo, en un rito, en un ritual. «No», dijo entonces Itzjak, «si me pidieran sacrificar mi vida, no sería solamente la milá lo que habría hecho: me habría entregado por completo al Santo, bendito sea».

«Hoy tengo treinta y siete años, y puedo decidir algo así». E inmediatamente: vehaElokim nisá et Avraham. Así pues, también aquí es la razón pura la que interviene en este diálogo: ¿cuáles son los límites del alma? Dijimos que esos límites están destinados a hacernos pasar a otro plano, a un nivel superior; de ahí extrajeron nuestros Sabios esta enseñanza. Lo deducen del hecho de que en el texto, cuando D-os invita a Avraham a tomar a su hijo, a su único, a Itzjak, y a dirigirse hacia la tierra de Moriá —y la tierra de Moriá está, una vez más, consagrada; la Tierra de Israel es la meta: santificarla—, no dice «lo ofrecerás en holocausto». Vehaalehu sham leolá: «elévalo allí como holocausto».

Te pido que lo eleves: hablamos de elevación, no de sacrificio. Y esa es la razón por la cual, cuando el Santo, bendito sea, detiene la mano de Avraham —Avraham dice que quería, y aún querría, llegar hasta el final, porque ¿cómo va a justificar su acto ante todos los que observan y se preguntan: es Avraham verdaderamente sincero hasta el final en lo que emprende, en su apego a sus creencias, a su idealismo? […]—, Él le dice: escucha, yo no te dije «sacrifícalo»; te dije vehaalehu, elévalo. Ahora ya lo has elevado: detente. No tienes más que bajarlo, no tienes más que bajarlo del altar. […]

Sí; y ahora, ¿dónde se sitúa realmente el problema? ¿Dónde se sitúa este problema que requiere esta atadura? Porque la invocamos el día de Rosh Hashaná. Cuando todo el mundo es juzgado, decimos: vaakedat Itzjak lezaró hayom berajamim tizkor, «y la atadura de Itzjak, recuérdala hoy con misericordia en favor de su descendencia». Subrayo que ya no se habla del sacrificio de Avraham, de la prueba de Avraham. El sacrificio de Itzjak, la atadura de Itzjak; dicho de otro modo, es Itzjak quien tiene todo el mérito. ¿Por qué Itzjak? ¡Si es Avraham! Fue Avraham quien fue probado; ¿por qué Itzjak? Hay una razón. Ustedes saben muy bien que las midot, los atributos que gobiernan el mundo y que se reparten en los siete días, comienzan por el jésed: es el or, la luz.

En esa luz, por lo demás, están todos los elementos de los siete días, y nuestros Sabios lo señalan en el hecho de que, cuando dice yehí or, «sea la luz», esa es la luz de la bondad. Luego está la luz de la guevurá, la luz del rigor. Luego la luz de la verdad, de la tiféret, del esplendor, la que hace la síntesis entre el jésed y la guevurá. Y luego está la separación entre la luz y la oscuridad […]. ¿Por qué? Porque […] es el nétzaj, lo que prevalece, lo que arranca la luz a la oscuridad, y crea […] la luz del día.

Ese es el yesod: lo esencial, el fundamento; es el Shabat, es el Shabat. Así pues, las siete midot están incluidas en esa luz del primer día, lo que hace que a lo largo de los días de la creación se repartan. El segundo día es la separación entre las aguas: es, pues, la razón, la distinción, el análisis: el rigor. El tercer día —se dice bayom hashlishí, «en el tercer día»—: la Torá, dada en el tercer mes, que fue dada […] al tercero de los Patriarcas. Y Moshé y Aharón son los meorot, las grandes luminarias. Y en efecto […], puesto que la vida, la vida universal, comienza el quinto día, y el sexto día es Adam. Y entonces el problema es este Avraham, que es la fuente de todo. ¿Cómo contenerlo, en definitiva? ¿Es posible fundar todo un mundo sobre el jésed? También Ishmael se distinguía por ese jésed. Hubo que enviarlo al desierto.

Ahora bien, Itzjak no está en absoluto impulsado por el atributo de su padre. Itzjak está impulsado por la guevurá, por la midat hadín: el sentido de la justicia, el sentido de la equidad, del reparto justo. Y hay realmente un problema sobre cuál debe ser la fuerza motriz de este mundo: ¿es el jésed, o es la midat hadín? Pues bien, el mundo fue creado por Elokim; fue creado por la midat hadín; y la midat hadín, atención, es la kojaniyut, el imperio de la fuerza; es la alimut, la violencia. No se puede […]. La justicia impone la ley; impone shoftim veshoterim, jueces y agentes, gente que ejecuta la ley, que obliga, que por medio de la ley rige todo el universo. La ley es dura, intransigente. Y el Santo, bendito sea, percibió que el mundo no se sostendría si lo dejaba así, gobernado por las leyes de la causalidad, las leyes de la kojaniyut, de la violencia […], que están inscritas en las leyes de la naturaleza. Entonces Él mismo juzgó necesario asociarle la midat hajésed, el atributo de la bondad; y cuando le asoció la midat hajésed, fue para asegurar la permanencia de Su universo.

Entonces, ¿qué hay que hacer ahora? ¿Es la midat hajésed de Avraham la que gobernará el mundo, o la midat hadín? En el fundamento de esta discusión hay una agadá en el tratado Shabat que dice que el Santo, bendito sea, un poco cansado de la conducta de Israel, pero obligado aun así por la promesa que había hecho a sus padres, va a verlos, y le pregunta a Avraham: «Avraham, tus hijos han pecado; no hacen más que empeorar en su conducta respecto de la moral, respecto de todos los valores que tú has representado para ellos». Y Avraham dice: yimajú al kedushat shemeja, «que sean borrados por la santificación de Tu Nombre». No tienes más que suprimirlos; ante la santidad de Tu Nombre, no tengo nada que decir; basta.

Uno habría esperado, naturalmente, que procurara defender a sus hijos. Pero la bondad tiene sus límites; él mismo lo sabe, y por lo tanto es consciente de ello. Entonces va a preguntar al nieto, a Yaakov, que es rajamim, que es misericordia; le hace la misma pregunta, y Yaakov le da la misma respuesta que su abuelo. Entonces Él se dice: los viejos no entienden, y los jóvenes tampoco entienden […]. Entonces interroga aparte a Itzjak. E Itzjak le dice: escucha, Tú los llamaste Tus hijos cuando aceptaron la Torá; Tú los sacaste de Egipto y dijiste bení vejorí, «Mi hijo primogénito», e hiciste de ellos un pueblo que Te representa en la tierra.

Ahora Te quejas y me dices: «Son tus hijos»; pero también son Tus hijos. Así que, si consideras que en esto somos socios, entonces tomo sobre mí la mitad. Y conocen la agadá: la vida de una generación es de setenta años. Entonces, mitad y mitad: treinta y cinco años. Quitas las horas de oración, quitas los Shabatot, quitas las festividades: ¿cuánto queda? Veintidós años y medio; veintidós, veintitrés años. Entonces Tú tomas sobre Ti once años y medio, yo tomo sobre mí once años y medio; y si no quieres, cuenta conmigo: lo tomaré todo sobre mí, ¿de acuerdo? No me moví ni un solo instante cuando pediste a mi padre que me atara; lo acepté. ¡Ni siquiera Te dirigiste a mí!

Y respondí afirmativamente. Habría podido decirle a mi padre: quizá lo soñaste, debiste de tener una alucinación, solo te imaginaste que Él te habló. Pero no: no dije ni una sola palabra. Y es un hecho que en el relato de este capítulo de la atadura de Itzjak hay tres veces hineni, «heme aquí». El primer hineni es el de Avraham, cuando D-os le habla, y él dice: hago caso omiso de todo, dejo todo de lado. No Te digo que apenas ayer me decías: «Haré de ti un gran pueblo»; no Te digo que apenas ayer me decías que esta tierra pertenecería a mi descendencia; y ahora… Me prometiste un hijo que me diste a cierta edad, porque no querías a mis discípulos, querías únicamente al hijo de mis entrañas, y ahora me dices: «Ve, ofrécemelo». No discutí. Dije hineni. Muy bien: con D-os he resuelto mi problema; confío en Él; estoy seguro de que todo lo que hace es para mi bien.

[…] Entonces su hijo plantea su pregunta: ayé haseh leolá, «¿dónde está el cordero para el holocausto?». […] Le dice a su padre: «Padre mío», y Avraham responde hineni vení, «heme aquí, hijo mío: soy enteramente tuyo, soy enteramente tuyo». Le dijiste a D-os: «Soy enteramente Tuyo»; hoy le dices a tu hijo: «Soy enteramente tuyo», es decir, mi amor por ti no tiene límites. En efecto, durante tres días Avraham se pregunta: ¿qué va a hacer?, ¿cómo va a justificarse?, ¿quién tiene razón?, ¿cómo hay que gobernar este mundo: con la bondad, o con la justicia, con la razón? ¿Tiene razón Itzjak, o la tengo yo? Y él mismo está dividido.

Y cuando el ángel de Hashem le detiene la mano, lo llama: «Avraham, Avraham», vayómer hineni, «y dijo: heme aquí». El tercer hineni. Esta vez, los dos hineni, los dos primeros hineni, uno que era enteramente bondad y el otro enteramente justicia, encuentran su síntesis en el tercer hineni, cuando el Santo, bendito sea, detiene la mano de Avraham. Es decir, el sacrificio de Itzjak, la atadura de Itzjak, confirma finalmente que este mundo debe ser gobernado por la justicia, pero […] siempre con una inclinación hacia la bondad. No es una justicia intransigente, no es una justicia pura; es una justicia desbordante de bondad. Y ese es el propósito del sacrificio, si se quiere, de la atadura. ¿Qué se ató? ¿Qué se condicionó? Se condicionó el atributo de la justicia.

Quedó atado. ¿Por qué? Porque tenía que haber una llamada de Hashem que detuviera la mano. Porque hasta entonces era Elokim, Elokim, Elokim a lo largo de todo el relato. Pero cuando se detiene la mano de Avraham, es malaj Hashem, un ángel de Hashem. Es el ángel de la bondad, del atributo de la bondad, el que grita: «No toques; al tishlaj yadjá el hanáar, no extiendas tu mano contra el muchacho». Eso es; me detendré aquí, creo […]; ese es el sentido de esta atadura de Itzjak, y esa es la razón por la cual el día de Rosh Hashaná oramos y decimos: vaakedat Itzjak lezaró hayom berajamim tizkor. Aunque sea un día de justicia, recuerda que él era el único que podía defendernos, porque él es la justicia misma; y sin embargo podía defendernos porque […]