Preguntas para la mesa de Shabat: Vayakhel
Un cuadernillo de estudio para imprimir: una pregunta por página, la respuesta del Rav, su fuente y una enseñanza para debatir en familia.
Antes de que se erija el Tabernáculo, el texto recuerda el Shabat. Esta clase toma en serio esa inversión y se pregunta por qué la observancia del séptimo día aparece como preámbulo de una construcción. El Rav Raphaël Benizri muestra que el santuario y el Shabat son las dos formas de un mismo designio —un lugar de encuentro y un tiempo de encuentro— y que el segundo rige al primero. La pregunta planteada es la de la relación entre lo que se construye en el espacio y lo que no se construye en él.
El punto de partida es el pecado del becerro de oro, en el que el pueblo se aferró a la persona de Moshé en lugar de aferrarse a Aquel que lo enviaba. El remedio reside en la congregación con la que se abre la parashá, al día siguiente de Yom Kipur, cuando cada uno renuncia a su individualidad. De ahí el Rav pasa a lo que hace posible esa congregación: el Shabat, un tiempo anterior a la creación que se convirtió en su finalidad.
La clase detalla luego la estructura de los trabajos prohibidos —su número, su distribución según los componentes del universo, su relación con el paso de la nada al ser— y recorre después los cinco pasajes de la Torá en los que el Shabat se enuncia y se motiva de manera distinta. Concluye con la singular prohibición de encender fuego, con las revelaciones que se produjeron todas a través del fuego y con el peligro de sustituir ese fuego por un fuego humano.
Lo que enseña esta clase
El pecado del becerro de oro consistió en aferrarse a Moshé en lugar de a Aquel que lo enviaba. Cuarenta días después de la revelación del Sinaí, el pueblo dice de Moshé que es el hombre que lo hizo subir de Egipto, y que no se sabe qué ha sido de él. Luego, una vez fabricado el becerro, dice de él exactamente lo mismo: esta es tu divinidad, que te hizo subir de Egipto. El becerro es, pues, un sustituto de Moshé, y Moshé mismo ya había ocupado, en la mente del pueblo, el lugar de su fuente de inspiración.
Esta desviación no pertenece al pasado. Vale para todas las épocas, cada vez que los líderes espirituales empiezan a sustituir la palabra de D-os por la suya propia y a imponer su autoridad en todas direcciones. Sin cooperación ni concertación entre ellos, en una individualización de las creencias en la que cada uno se atiene a su propia filosofía, incluso en la religión, y sin dejar margen alguno de apertura, se acaba en una cerrazón del mismo orden que la del becerro de oro. La respuesta es una congregación, y tiene lugar al día siguiente de Yom Kipur. La parashá se abre con Moshé congregando a toda la comunidad de los hijos de Israel, en un momento en que cada uno renuncia a su individualidad. Esa congregación, por sí sola, pone freno a lo que llevaría al pueblo a la perdición. Y el nombre que aquí se da a los hijos de Israel dice lo que son: testigos. No podemos ser más que testigos de Su presencia y de Su revelación; no hay que ir más allá, no hay que tener pretensiones, y ese testimonio nos devuelve a proporciones relativas.
El encuentro real con lo divino se produce en el Shabat, y por eso precede a la construcción. El Shabat es un tiempo fuera del tiempo, que precedió a la creación y se convirtió en su objetivo; solo allí nos volvemos verdaderos socios. Hasta ahora se había tratado únicamente del diseño del santuario; ahora se pasa a la fase de su construcción, y antes que nada Moshé se empeña en recordar que el encuentro inicial del pueblo se produjo a través del Shabat. Comportarse en él como D-os lo hizo en Su creación, es decir, suspender toda actividad, es la primera institución que D-os estableció en Su propia obra. Es la apertura que dejó al hombre para que este contribuyera a la creación con su presencia misma.
El santuario es la firma de la obra de la creación. Lo que en él se construye es la maqueta del universo creado, reproducida en pequeño. Porque lo que D-os buscó fue un tiempo de encuentro con el hombre y un lugar de encuentro con él; esta pareja de espacio y tiempo está representada, por una parte, por el Shabat y, por otra, por el Tabernáculo. El sueño de todo hombre que construye su propia morada y marca su puerta nace del mismo deseo: hacer de su casa un pequeño santuario; y esos pequeños santuarios, al sumarse, realizan el grande, en el que hay un lugar para toda la humanidad.
Pero el Tabernáculo no puede sustituir al Shabat. No se puede suspender ni postergar el Shabat para construir el santuario. En él se pueden realizar avodot, trabajos de servicio, pero no melajá. La diferencia es clara: la melajá transforma algo y le da una forma, una realidad propia, mientras que la avodá no es más que el traslado de objetos dentro de un espacio. En una casa, esto significa que no se enciende fuego, que no se saca nada al exterior, que no se escribe una letra o dos, que no se anuda ni se une nada; pero sí se pueden desplazar objetos en el interior, aunque ello resulte fatigoso.
Los trabajos prohibidos se cuentan a partir de los dichos y de las letras de la creación. Hay diez dichos de la creación y veintidós letras de realización: en la palabra está el contenido, el proyecto y el sonido, y las letras son las herramientas mediante las cuales se realiza el edificio universal. De esas veintidós, siete se llaman acentuadas, marcadas con un punto, y por ello desdobladas. El conjunto conduce así al número de los trabajos que fundaron el mundo y que sirvieron para realizar el Tabernáculo. Estos trabajos se distribuyen, además, según los componentes del universo. Nuestros sabios cuentan cuatro, que el lenguaje actual llamaría gas, líquido, sólido y energía. A la tierra le corresponden el que construye y el que derriba; al fuego, el que enciende y el que apaga; al agua, el que escribe y el que borra; al aire, el que anuda y el que desata, el que ensambla y el que desmonta. A ellos se añade un quinto registro, que se sale de lo ordinario: dar forma a una materia que ya existe, convertirla en un instrumento.
Este último trabajo remite al acto inaugural de la creación. Hay primero un ser primordial, totalmente espiritual, que concedió una parte ínfima de su luz para que este mundo existiera; esa parte fue luego reducida a una nada, y de esa nada nació nuestro mundo material. Dar forma a lo que era informe reproduce ese gesto, y por eso figura entre los trabajos prohibidos. Lo mismo sucede con el transporte de un dominio privado a un dominio público: llevar un pañuelo fuera, en el bolsillo, parece insignificante, pero ese traslado de un dominio a otro evoca el primer paso de la nada al ser, ese cambio de estado y de nivel por el cual una realidad sale a la luz.
Puesto que D-os suspendió Sus intervenciones, el hombre no puede lograr nada de una sola vez. Cuando queremos hacer de este mundo un santuario, nos está prohibido conseguirlo de golpe; siempre hacen falta seis días. El texto lo dice: seis días trabajarás. Incluso para la revelación, Moshé tuvo que esperar seis días de preparación. Nada se le regala al hombre; tiene que implicarse para descubrir esa espiritualidad y lograr el encuentro. Y lo que el Shabat concentra son las chispas de la vida cotidiana. El encuentro llega a veces en momentos límite: una fracción de segundo, un minuto, un instante de elevación en la oración. Son esos momentos los que se suman y se reúnen en el Shabat, puesto que él es su finalidad. Lo celebramos con la santidad de la acción llevada a cabo cada día, y son esas chispas, esas palabras, esos sonidos, esos proyectos los que forman nuestro santuario.
Los sabios encontraron ese orden en las tareas más corrientes. Enumeraron las etapas que llevan de la materia prima al pan y contaron once; once también para la vestimenta, siete para el trabajo del cuero. Estas series reconstituyen los números ya encontrados, los de las letras y sus desdoblamientos. La vida material más común resulta estar estructurada por la misma cuenta que la creación y que el santuario.
El Shabat aparece cinco veces en la Torá, y la primera no está motivada. Habitualmente se cuentan cuatro, pero el análisis de los textos da cinco, y cada uno lo justifica de una u otra manera, salvo uno. El primero es el Shabat del Génesis, en el que D-os se detuvo por Sí mismo: es un Shabat de D-os, no un Shabat del hombre, y no se da razón alguna de él. No sabemos por qué decidió suspender Su universo en el séptimo día y dejar una parte de él para componerla con el hombre.
Nueve veces en la creación, dieciocho veces en el santuario. El nombre Elokim aparece nueve veces en el relato de la creación del universo. Y la fórmula «como el Eterno ordenó a Moshé» se repite dieciocho veces en la construcción del santuario. En todo el esfuerzo que cuesta el santuario hay, pues, una asociación efectiva de D-os y del hombre, una elevación del universo al rango de santuario en el que ambos realizan su encuentro: el que tiene lugar tres veces al año, cuando el hombre se presenta en las festividades, ve y se deja ver.
El primer Shabat es universal, no exclusivo del pueblo judío. Allí donde el Eterno suspende Su creación, la consagra y la bendice, invita a toda la humanidad a imitar Su proceder. Cuando el rey Shelomó construyó el Templo, dejó asimismo un lugar para todo extranjero que deseara traer una ofrenda y dar testimonio de la soberanía de D-os en el mundo. Pues la razón primera del Shabat es afirmar a D-os como Creador, y es a ese Shabat del origen al que seguimos vinculados. A este primer Shabat se une un segundo, el del maná: la Providencia atiende a las necesidades del hombre todos los días salvo el séptimo, así como en el momento de la creación se le había dado toda la vegetación como alimento.
El Shabat de la salida de Egipto solo aparece con claridad en el segundo Decálogo. Allí el séptimo día se vincula a una voluntad de liberar al hombre de toda esclavitud y de todo condicionamiento. Adquiere un carácter comunitario y social. Pero reconoce al mismo tiempo que, más allá de todo dominio que podamos tener sobre el mundo y de toda gestión que ejerzamos en él, hay un Administrador por encima de nosotros que lo rige todo.
Un cuarto Shabat no se vincula a nada, salvo a la santidad del pueblo. No se justifica ni por la creación, ni por el abastecimiento del mundo, ni por el santuario: el texto dice solamente que es una señal entre D-os y el pueblo, por todas las generaciones, para que se sepa que es Él quien santifica. Dicho de otro modo, quien quiera iniciarse en la santidad debe pasar por el Shabat. Y como eso resultaría abstracto, esa manifestación se vincula al Tabernáculo, que la hace palpable. El santuario es así una manera de orientar el pensamiento del hombre hacia un mundo impregnado del espíritu del Shabat, capaz de asegurar su libertad.
El quinto pasaje vincula el descanso a quienes no pueden concedérselo a sí mismos. En él el Shabat se menciona sin otra justificación: seis días harás toda tu obra, y el séptimo cesarás, para que descanse tu buey, para que tu siervo y el extranjero puedan recobrar el aliento. La razón que se da es que conociste la servidumbre en Egipto, y que no hay otra salida de esa servidumbre que el Shabat. Por eso el profeta lo hace vivible: te deleitarás en él, elegirás los mejores frutos, lo llamarás delicia. No es un día de recogimiento austero ni de ascetismo, sino un día en que se vive desde dentro esa cercanía.
Queda por comprender por qué el texto especifica aquí la prohibición de encender fuego. Todo trabajo está ya prohibido, y el encendido está incluido entre los demás trabajos; mencionarlo aparte, justo antes de la construcción, requiere una explicación. Esta reside en que toda revelación de D-os al hombre se produjo a través de un fuego. La primera vez es la alianza sellada con Avraham, en la que una antorcha pasa entre los pedazos. Luego, la zarza que arde sin consumirse, el fuego en la cima del Sinaí y, por último, el fuego que se instala en el santuario mismo. El peligro es, por tanto, sustituir el fuego divino por un fuego humano. Eso es lo que hicieron Nadav y Avihú: no esperaron a que el Eterno se revelara en el santuario durante su inauguración y trajeron su propio fuego, es decir, una manera personal de concebir el servicio divino. Es también lo que ocurrió con el becerro de oro, cuando se arrojó el oro al fuego y de él salió un ídolo. La Torá da un Shabat y un santuario como puntos de encuentro entre lo humano y lo divino; ambos están marcados por una santidad en la que la iniciativa propia no tiene cabida.
Falta una letra allí donde se habla de la luz pura. El Rav señala, sin poder desarrollarlo, que la letra sámej está ausente de los nombres dados a los personajes desde los orígenes, salvo en Yosef, y que falta también en los pasajes del santuario y de la menorá. Es una letra cerrada, que representa un círculo vicioso, y el Rav recuerda que entra en las palabras que designan el veneno o la droga; hay que asegurarle una apertura. Yosef la reconvirtió, en cierto modo: vendido por sus hermanos, condenado, encarcelado, atravesó todas esas pruebas y mereció ser llamado el justo. En ello reside el rasgo propio del pueblo judío: asumir los periplos y las tragedias de la historia y, a pesar de todo, manifestar su presencia.
Hacen falta zonas francas, porque todo se desgasta. No hay vestido que no se ensucie, ni alimento que no se estropee, ni vida espiritual que no se descuide. Hace falta, pues, una luz que no encierre en el círculo repetitivo, un lugar donde volver a sumergirse y rehacerse, y eso son el Shabat y el Tabernáculo: reencontrar allí el fuego inicial por el cual D-os se manifiesta. De los cuatro componentes del universo, el fuego es además el único cuyo movimiento va de abajo hacia arriba, arrancando al mundo de su pesadez para darle alas —seis alas, dice el profeta, que corresponden a los seis días de la creación: el hombre convertido en mensajero lleva en sí lo que ha realizado en cada día de su semana.
Transcripción completa de la clase
Estamos en Parashat Vayakhel, tras la larga intercesión de Moshé en favor del pueblo de Israel, que, cuarenta días después de la revelación de D-os en el monte Sinaí, cometió el pecado del becerro de oro. Todavía no hemos explicado este pecado con detenimiento y en profundidad. Pero, en fin, hubo un momento en que el pueblo se aferró a la personalidad de Moshé más que a quien lo inspiraba, a Aquel que lo había enviado. Así, en el pecado del becerro de oro, miraron a Moshé mismo: «porque este Moshé, el hombre que nos hizo subir de la tierra de Egipto, no sabemos qué ha sido de él». Era Moshé quien nos había hecho subir de Egipto. Ahora, haznos una divinidad que pueda hacernos subir de aquí; y fabricaron un becerro.
«Esta es tu divinidad, Israel, que te hizo subir de la tierra de Egipto». Hay, pues, un sustituto de Moshé que, en cierto modo, se apropia de la fuente de inspiración del pueblo. Y esto vale para todas las épocas, cuando los líderes espirituales empiezan a sustituir la palabra de D-os por la suya propia y a querer imponer su autoridad en todas direcciones, sin que haya realmente una cooperación, una concertación entre todos esos líderes, entre toda esa dirección espiritual del pueblo judío. Y, en efecto, en esa individualización de las distintas corrientes de creencia —porque cada uno tiene su filosofía, incluso en la religión, por desgracia—, sin dejar margen alguno de apertura, nos encontramos precisamente en la cerrazón del becerro de oro. No podemos evitar del todo estas desviaciones; ocurren. Pero tenemos el día para ello: el día de esa congregación, de ese nuevo aliento del pueblo judío, en el que renunciamos a nuestras individualidades. Y esa congregación, en sí misma, tal como explicamos la última vez, es el remedio contra toda perdición del pueblo judío.
Y por eso, al día siguiente de Yom Kipur, vayakhel Moshé et kol adat benei Israel, «Moshé congregó a toda la comunidad de los hijos de Israel». Congrega a todos los hijos de Israel; y los hijos de Israel son llamados aquí adat benei Israel: los testigos, el pueblo de Israel como testigo. No podemos ser más que testigos de Su presencia, de Su revelación. No hay que ir más allá; no hay que tener pretensiones. Damos testimonio de Su palabra, y eso nos devuelve a proporciones del todo relativas. Pero allí donde, finalmente, realizamos un verdadero encuentro con lo divino es en el Shabat: el Shabat, ese tiempo fuera del tiempo, el tiempo que precedió incluso a la creación y que se convirtió en el objetivo mismo de esa creación.
Solo nos convertimos en verdaderos socios del Santo, bendito sea, en el tiempo del Shabat. Este tiempo del Shabat habría que analizarlo primero, para comprender la razón por la que la observancia del Shabat viene a situarse aquí, como preámbulo, como prólogo a la construcción del santuario. Porque hasta ahora solo hemos hablado del diseño del santuario; ahora pasamos a la fase de su construcción. Pero, antes que nada, Moshé se empeña en recordar que el encuentro inicial del pueblo con Hashem se da, ante todo, a través del Shabat. Y este encuentro —en el que intentamos actuar, comportarnos como D-os lo hizo en Su creación, es decir, suspendiendo toda actividad el día de Shabat como lo hizo el Eterno— es, digamos, la primera institución de D-os en Su propia creación.
Es la apertura que dejó al hombre para que, mediante su aportación, mediante su presencia misma, tomara parte en la obra de la creación. Porque no olvidemos que el santuario es la firma de la obra de la creación. ¿Qué significa que firma la obra de la creación? A través del santuario hemos reproducido, digamos, la maqueta del universo creado por D-os. Porque eso es lo que D-os buscó: tras un tiempo de encuentro con el hombre, un lugar de encuentro con el hombre, ¿no es así? Este espacio-tiempo está representado, por una parte, por el Shabat y, por otra, por el Mishkán (el Tabernáculo). Pero ¿puede el Mishkán reemplazar al Shabat, ocupar su lugar?
No. La construcción del Mishkán no desplaza al Shabat. Es decir, no se puede suspender ni postergar el Shabat para construir el Mishkán. Sí se pueden realizar las avodot, los trabajos de servicio —esos se pueden hacer en Shabat en el santuario—, pero no se pueden realizar melajot: se puede hacer una avodá, no una melajá. ¿Cuál es la diferencia entre melajá y avodá? La melajá consiste en transformar algo y darle una forma, una realidad propia. La avodá es sencillamente el traslado de objetos dentro de un espacio. ¿Cómo se traduce esto en la vida? Muy sencillo: podemos imaginar que en Shabat, en nuestra casa, no encendemos fuego.
En Shabat no podemos sacar nada al exterior, no podemos escribir una palabra o dos, una letra o dos, no podemos anudar ni unir cosas. En cambio, sí podemos desplazar objetos dentro de la casa; aunque resulte algo fatigoso, está permitido. Eso se llama avodá. Pero la primera categoría es la que remite a las lamed-tet melajot, los treinta y nueve trabajos que fundaron el mundo y que participaron en la realización del santuario, y el Séfer Yetzirá (el Libro de la Formación) los enumera así. Hay diez dichos de la creación, pero están las veintidós letras de realización, porque en la palabra está el contenido, el proyecto y el sonido, y las letras son las herramientas para realizar este edificio universal. Hay, pues, veintidós letras. Pero dentro de esas veintidós letras están las que se llaman letras con daguesh, las letras acentuadas con un punto y que por ello quedan desdobladas. Son las letras bet, guímel, dálet, kaf, pe, resh, tav, lo que nos lleva a veintinueve letras; y veintinueve letras más los diez dichos de la creación constituyen el conjunto de los trabajos. Estos trabajos se distribuyen, además, en cinco apartados —cuatro más uno, digámoslo así—, ya que hay cuatro componentes del universo.
En el lenguaje actual, son el gas, el líquido, el sólido y la energía. En el lenguaje de nuestros sabios, está afar, la tierra, la materia, y en ese ámbito, en ese nivel, están boné y soter: el que construye y el que derriba. En el nivel de esh, el fuego, están mavir y mejabé: el que enciende y el que apaga. En el nivel de máyim, el agua, está el que escribe y el que borra. En el nivel del aire, está el que hace un nudo y el que lo deshace, el que une algo y el que lo desmonta. Y, por último, hay un quinto que, en cierto modo, se sale de lo ordinario: maké bapatish, «dar el golpe final con el martillo». Maké bapatish es dar forma a la materia.
Esa materia existe; darle una forma, hacer de ella un instrumento cualquiera, está prohibido en Shabat, porque remite a la primera manera, al primer elemento de la construcción del universo a partir del ser. Porque hay un ser —un ser, que es D-os— que concedió una parte ínfima de Su luz, de Su ser, para la creación de este mundo, y que luego la transformó en ayin, en nada; y después creó nuestro mundo, que es yesh meayin, algo a partir de la nada. Hay, pues, un primer yesh, que es totalmente espiritual; hay un ayin, que es en cierto modo el despeje de ese primer yesh; y luego el nacimiento del segundo yesh, que es el de nuestro mundo material. Eso es lo que se llama maké bapatish: dar forma a algo que era informe. Figura entre los trabajos prohibidos en Shabat, porque también fue una manera de participar en la creación del mundo. Ahora bien, cuando Hashem dejó, el día de Shabat, de intervenir en Su creación, suspendió todas Sus intervenciones; y por eso, cuando queremos hacer de este mundo un santuario para D-os —un santuario que nos inspira poco a poco y que no podemos realizar de una sola vez—, nos está prohibido hacerlo de golpe; siempre necesitamos seis días. «Seis días trabajarás», porque incluso para la revelación de D-os, Moshé tuvo que esperar seis días de preparación. Nada se le regala al hombre.
Tiene que implicarse para descubrir esa espiritualidad, para lograr ese encuentro con lo divino. Y a veces llega en momentos límite: una fracción de segundo, un minuto, un instante de elevación en la oración. Pues bien, son esos momentos los que sumamos y concentramos en el Shabat, puesto que él es su finalidad. Cuando celebramos el Shabat, lo celebramos con la santidad de la acción que hemos llevado a cabo en lo cotidiano, cada día. Y son esas chispas de santidad, esas palabras, esos sonidos, esos proyectos los que forman nuestro santuario. Porque hemos dicho que ese santuario que D-os deseó en el seno del hombre tiene, en cierto modo, su correspondencia en la realidad a través del Mishkán que construimos, y a través del Shabat. Y en estos trabajos nuestros sabios introdujeron, por supuesto, cierto orden. Por ejemplo, la elaboración del pan: requiere once. Contaron cuáles son las etapas necesarias para llegar a la fabricación del pan a partir de jóresh, del arado, y encontraron que había once etapas. Once etapas para el pan, once etapas para el béged, la vestimenta, y siete etapas para el trabajo del or, el cuero. Ya ven, pues, que se han reconstituido las veintidós, junto con las siete letras desdobladas: veintinueve. Y entre los trabajos que les anuncié y enumeré hace un momento, hay uno que no enumeré: trasladar una cosa de un dominio privado a un dominio público, o transportar cosas dentro del dominio público. Por supuesto, uno puede preguntarse: al fin y al cabo, llevar un pañuelo fuera, en el bolsillo, ¿qué importancia tiene?
No es nada en absoluto, se diría. Y sin embargo, es precisamente ese traslado de objetos de un dominio a otro el que evoca el primer traslado, el primer paso de la nada al ser. Ese traslado, ese paso de un estado a otro, de un nivel a otro, ese sacar a la luz una realidad dentro de un dominio: por eso el trabajo de hotzaá, el transporte de objetos de un dominio privado a un dominio público o dentro de un dominio público, está prohibido en Shabat. Todo esto, sencillamente, para decirles que esta parashá —que, junto con Pekudé, cierra la realización del santuario— está calcada de los trabajos del Shabat. Ahora bien, ¿cómo aparece este Shabat? En realidad hay cuatro Shabatot. Sin embargo, cuando se mira la Torá, cuando se analizan los textos de la Torá, no hay cuatro, hay cinco.
Explicaré por qué he pasado de cuatro a cinco, pero hay cinco pasajes en la Torá en los que el Shabat se desarrolla y se motiva de una u otra manera, se justifica; pero hay un pasaje en el que el Shabat no se justifica. El primer Shabat, pues, es el Shabat de Bereshit, del Génesis, en el que D-os, efectivamente, se detuvo por Sí mismo. Es un Shabat de D-os, no un Shabat del hombre, y ese no está motivado. No sabemos por qué el Santo, bendito sea, decidió en el séptimo día suspender Su universo y dejar una parte de él para hacerla con el hombre, para componerla con el hombre. Es interesante, por cierto, observar que el nombre Elokim, D-os, aparece nueve veces en la creación del universo —puesto que Bereshit es el décimo dicho, pero allí no tenemos vayómer Elokim, «y dijo D-os», como en las demás ocasiones: «y dijo D-os», «y dijo D-os»—. ¿Y cuántas veces encontramos en el santuario kaasher tzivá Hashem et Moshé, «como el Eterno ordenó a Moshé»? Dieciocho veces. Nueve veces en la creación, dieciocho veces en la construcción del santuario.
Es decir, en la construcción del santuario hay verdaderamente una asociación efectiva entre D-os y el hombre para elevar este universo al nivel de un santuario, en el que el hombre y D-os realizan su encuentro. Tres veces al año el hombre se presenta con ocasión de las festividades: ve a D-os, y se muestra, se revela ante Él. Así pues, es realmente con ese santuario con el que soñamos cuando construimos nuestra pequeña morada y marcamos su puerta con la mezuzá: colocar la mezuzá es una voluntad manifiesta de hacer de esa morada un pequeño santuario. Y esos pequeños santuarios, al sumarse, realizan el gran santuario. En efecto, hay en él un lugar para toda la humanidad, porque el primer Shabat —atención—, el primer Shabat es un Shabat universal, no un Shabat propio del pueblo judío. Es aquel en el que el Eterno suspende Su creación: se detuvo, consagró, bendijo Su mundo, e invitó a toda la humanidad a imitar Su proceder. Cuando el rey Shelomó construyó el Templo, también él dejó un lugar para el ben nejar, para todo extranjero que quisiera traer una ofrenda a D-os y que quisiera atestiguar, dar testimonio de la soberanía de D-os en el mundo. Porque ese es el punto esencial, la razón esencial del Shabat: ante todo, afirmar a D-os como Creador de este mundo. Y por eso estamos vinculados a un Shabat de Bereshit, al Shabat del origen.
Y este Shabat del origen es un Shabat universal; es incluso el Shabat del maná. Porque, incluso antes de que se nos diera el Shabat, se nos advirtió que el séptimo día no habría maná. El Santo, bendito sea, provee el maná, provee las provisiones del hombre, provee las necesidades del hombre todos los días de la semana, salvo el Shabat: en Shabat no hay maná. Es, pues, exactamente lo mismo que en la creación, cuando el Eterno creó al hombre y lo introdujo en el Shabat. Dijo: mirad, os he dado toda la verdura para comer, toda la vegetación para comer. Así, los primeros Shabatot que conocemos son aquellos cuya institución está vinculada al Shabat del Génesis y al Shabat de esa Providencia que provee a toda necesidad.
Por el momento, todavía no estamos en el Shabat de la salida de Egipto. El Shabat de la salida de Egipto, de manera clara y nítida, solo aparecerá en el segundo Decálogo, en las segundas Tablas de la Ley, donde el Shabat se vinculará a una voluntad de liberar al hombre de toda esclavitud, de todo condicionamiento. Y el Shabat adquirirá un carácter comunitario y social, pero que reconoce que, más allá de todo dominio que podamos tener sobre el mundo y más allá de toda gestión que ejerzamos en este mundo, hay un Administrador que está por encima de nosotros y que lo rige todo. […]
Comprendemos, pues, por qué el Shabat va a hacer su aparición a lo largo de todo el libro de Shemot. Primero, vinculándose al fenómeno de la creación. Pero hay un Shabat que no se vincula en absoluto a la creación, ni al alimento, ni al abastecimiento del mundo, ni al Mishkán. Ya ven: la creación, el abastecimiento del mundo, el Mishkán; el cuarto es la santidad del pueblo de Israel. En la parashá que leímos esta semana estaba, en efecto: aj et shabtotai tishmoru, «solo Mis Shabatot guardaréis», ki ot hi beiní uveineijem, porque es una señal entre Yo y vosotros, ledoroteijem, por todas vuestras generaciones. ¿Por qué?
Ladáat ki aní Hashem mekadishjem: «para que sepáis que Yo soy el Eterno que os santifica». Dicho de otro modo, aquí la santidad del Shabat es la que santifica al pueblo de Israel. Aquí el Shabat no se vincula a nada. No se nos dice «porque el Eterno nos sacó de Egipto», ni «porque el Eterno creó el mundo para nosotros», sino «para que sepáis que Yo soy el Eterno que os santifica». Si de verdad queréis iniciaros en la santidad, tenéis que pasar por el Shabat. Pero como eso resultaría, digamos, algo abstracto para nosotros, vinculo esta manifestación a la del Mishkán; la hago mamashí, real, palpable, a través del santuario. Así pues, el santuario es, en cierto modo, una manera de orientar el pensamiento del hombre hacia la realidad de un mundo que quisiéramos ver impregnado del espíritu del Shabat, y que podría, en efecto, asegurar al hombre su libertad.
Y precisamente, hablando de esta liberación: en Parashat Mishpatim es donde se menciona el Shabat, pero sin nada más. «Seis días harás tu obra» —realizarás todo tu trabajo— «y el séptimo día cesarás». ¿Por qué te ordeno cesar? Aquí es para que haya descanso: «para que descansen tu buey y tu asno, y recobren aliento el hijo de tu sierva y el extranjero», para que también tu siervo pueda renovarse, y el extranjero, el converso. Pero, en líneas generales, la razón que se da es esta: conociste esas servidumbres en Egipto; quieres salir de esas servidumbres; no hay para ti otra salida que el Shabat. Y el Shabat, en efecto, es en el Mishkán donde podrás palparlo, hacerlo real.
Esa es, de hecho, la razón por la que el profeta hace vivible este Shabat. Te deleitarás en este Shabat. Elegirás los mejores manjares, los mejores frutos para tu Shabat. Disfrutarás del Shabat con alegría. No es un día de recogimiento como el de un nazir, de ascetismo; es un Shabat en el que vives verdaderamente desde dentro esa alegría, esa cercanía; un Shabat en el que vives verdaderamente, desde dentro, la cercanía divina. Solo hay una pregunta, sin embargo, a la que aún no hemos respondido. En todas partes, en efecto, en los cinco pasajes importantes sobre el Shabat en la Torá, se dice claramente que todo trabajo estará prohibido.
Más allá de lo que hemos dicho —no habrá ningún trabajo, y hemos definido qué es la melajá por oposición a la avodá—, nos queda por justificar el hecho de que aquí, como introducción a la construcción del santuario, el texto diga: sheshet yamim teasé melajá uvayom hashevií yihyé lajem kódesh, Shabat Shabatón laHashem, «seis días se hará trabajo, y el séptimo día será para vosotros santo, Shabat de reposo absoluto para el Eterno». Seis días trabajarás, y el séptimo día será santo, porque es por la santidad del Shabat como santificáis vuestra propia vida, como vosotros mismos sois santos. Y por eso: lo tevaarú esh bejol moshvoteijem beyom haShabat, «no encenderéis fuego en ninguna de vuestras moradas el día de Shabat». No encendáis fuego. Pero no encender fuego ya está incluido en todos los demás trabajos del Shabat. ¿Por qué especificar el encendido de todo fuego el día de Shabat aquí, ahora, antes de pasar a la construcción del Mishkán? La respuesta es sencilla: toda revelación de D-os al hombre se produjo a través de un fuego.
La primera vez que aparece este fuego es en la Alianza entre los Pedazos, sellada con Avraham: vehiné tanur ashán velapid esh asher avar bein haguezarim haele, «y he aquí un horno humeante y una antorcha de fuego que pasó entre estos pedazos». He aquí que una antorcha de fuego pasa entre esos cadáveres, o esos pedazos cortados, como prefieran. Después, cuando el Santo, bendito sea, se revela a Moshé, este ve una zarza en llamas, y la zarza no se consume. Cuando el Eterno se revela en el monte Sinaí, hay un fuego en la cima de la montaña. Cuando el Eterno se revela dentro del Mishkán, dentro del santuario, llega igualmente esa columna de fuego, ese fuego divino que se instala en el santuario. Entonces, ¿cuál es realmente el peligro? Sustituir ese fuego divino por un fuego humano.
Eso es lo que hicieron Nadav y Avihú. Nadav y Avihú no esperaron a que el Eterno se revelara en el santuario durante su inauguración. Trajeron su propio fuego, entendamos por ello una manera personal de concebir el servicio divino. Eso es lo que se hizo al fabricar el becerro de oro: se arrojó el oro al fuego, y de ese fuego salió el becerro. Así pues, la Torá dijo: atención, os doy un Shabat, os doy un santuario, como punto de encuentro entre lo humano y lo divino; y todos ellos están marcados por una santidad en la que [la iniciativa propia del hombre] no interviene. Saben, no tendré tiempo de desarrollar esto, pero hay pasajes en la Torá en los que no aparece la letra sámej. Saben, cuando consideran, cuando analizan todos los nombres dados a los protagonistas de la historia desde los orígenes, no ven ninguna sámej en los nombres de las personas, salvo en Yosef. ¿Por qué? Porque la sámej es un círculo vicioso. Ya les he dicho, ¿no es así?, que las letras más temibles —lo que representa una droga, el sam, el sam hamávet, el veneno mortal— son la sámej y la mem. Hoy samim significa drogas, sam es el singular; y la sámej y la mem final son letras peligrosas porque son cerradas; hay que asegurarles su apertura. Para la mem se encontró un remedio: lemarbé hamisrá ulshalom; en la función del Mashíaj que describe el profeta Yeshayahu encontrarán una mem final colocada en medio de la palabra; en cierto modo, ha sido reconvertida. Y la sámej fue reconvertida por Yosef.
Yosef —su vida, en suma, la conocemos—: rechazado por sus hermanos, perseguido, vendido como esclavo, condenado por causa de la mujer de Potifar. Está en el beit haasurim, la prisión; estuvo en prisión. Pero después de atravesar todas esas pruebas, mereció el título de Yosef el Justo. Y por ello la segulá del pueblo judío —la sámej de segulá […]— consiste en asumir todos esos periplos, todo lo trágico de la historia, y, a pesar de todo, manifestar su presencia, poder afirmar su triunfo sobre todas las pruebas que ha tenido que soportar. Ahora bien, en la parashá del santuario, como en la parashá de la menorá, donde se trata de la luz pura, no se encontrará ninguna sámej. Y es una manera de decir que, para poder realmente rehacerse —porque no hay vestido que no se ensucie, no hay alimento que no se estropee, no hay vida espiritual que no se descuide—, hay que tener zonas francas, zonas puras, una luz que no nos instale en ese círculo repetitivo de la sámej […].
Están todos los verbos en los que aparece la sámej, que muestran hasta qué punto el hombre puede desequilibrarse y desorientarse aun mientras recorre voluntariamente su camino en la vida del espíritu. Uno puede verse vencido por el desgaste; pero hay que poder volver a sumergirse en el Shabat, rehacerse en ese Mishkán, reencontrar ese fuego inicial por el cual D-os se manifiesta al hombre. Había dicho que, de los cuatro componentes de este universo, solo el fuego tiene ese movimiento de abajo hacia arriba, y que expresa, en efecto, esa voluntad de la revelación de arrancar el mundo a su pesadez para darle alas: alas, seis alas, dice el profeta Yeshayahu. Cuando el hombre se convierte en mensajero, está dotado de seis alas; seis alas que responden a los seis días de la creación, porque lleva consigo cada día de la creación, cada día de la semana en el que ha realizado algo del Shabat en su vida; ha preparado el Shabat de su vida. Sabemos muy bien que el Shabat es el olam habá, el Mundo Venidero, mientras que el olam hazé, la muestra en la que se teje ese Mundo Venidero, está aquí abajo. Y por eso Parashat Vayakhel exige la reunión de todas nuestras fuerzas al día siguiente de Yom Kipur, cuando todos nos hemos renovado, cuando hemos realizado nuestra unidad.
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