Pekudé — el Tabernáculo interior

par le Rav Raphaël Benizri

Preguntas para la mesa de Shabat: Pekudé

Un cuadernillo de estudio para imprimir: una pregunta por página, la respuesta del Rav, su fuente y una enseñanza para debatir en familia.

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El libro de Shemot concluye con un santuario terminado, y sin embargo la Torá continúa. Esta clase parte de esa anomalía: ¿por qué no detenerse ahí, puesto que la nube llena el Tabernáculo y la meta parece alcanzada? El Rav Raphaël Benizri responde con las últimas palabras del texto —«en todos sus desplazamientos»— y hace de este santuario un lugar que se transporta, más que un edificio que se posee. La pregunta que plantea es la de las condiciones bajo las cuales una santidad no muere.

El punto de partida es la lectura de los versículos de cierre y, después, la definición de lo que significa llevar en uno mismo la semejanza de D-os. De ahí el Rav enlaza las dos santidades, la del tiempo y la del espacio, y observa que el nombre mismo dado al santuario anuncia su posible destrucción: todo depende de lo que el hombre haga con él.

La clase avanza luego a través de las figuras de los dos artesanos, Betzalel y Oholiav, cuyo desacuerdo con Moshé sobre el orden de los trabajos revela dos maneras de acceder a lo sagrado: de dentro hacia fuera, o a la inversa. Desemboca en la plegaria de Moshé sobre la obra concluida, en el peligro de la autocomplacencia y en el lugar reservado a los extranjeros en la construcción del Templo de Shelomó.

Lo que enseña esta clase

El libro se cierra con una nube que rige las partidas. La nube envuelve la Tienda del Encuentro y la gloria del Señor llena el Tabernáculo, hasta el punto de que Moshé ya no puede entrar en él. Cuando se retira, los hijos de Israel levantan el campamento; mientras no se retira, no se mueven. Una nube cubre el Tabernáculo de día y un fuego arde en él de noche, a los ojos de toda la casa de Israel; y el Rav corrige la traducción habitual de la última palabra: no se trata de sus estaciones, sino de todos sus desplazamientos.

El mundo se ha convertido en el receptáculo de la Providencia, y es el hombre quien la revela. Este mundo es obra de Elokim, y si Elokim se revela a través de él, hace falta todavía alguien que lleve a cabo esa revelación: aquel que lleva en sí la semejanza de D-os. Esa semejanza no puede entenderse, evidentemente, en un sentido físico ni corporal. La única manera de expresarla es decir que el hombre es capaz de llevar en sí lo divino y de manifestarlo. Pero para ello debe primero integrar las santidades de las que ha tratado la clase.

La primera es la santidad del tiempo, y es la esencia de todo. La primera palabra del relato de la creación es una instantánea tomada del tiempo en lo absoluto, y es ella la que pone en marcha la creación; el Rav recuerda que en ella se ha leído la palabra Shabat. La etapa final perseguida era llevar a Israel hasta el Shabat y darle así un dominio sobre el tiempo, hasta el punto de poder administrarlo él mismo. Pero solo puede hacerlo a condición de vivir en esa santidad. Es ella, como hemos visto, la que consagra al pueblo: la santidad de Israel le es conferida por el Shabat.

La consagración del espacio viene después, y el nombre del santuario anuncia ya su fragilidad. Una vez integrada la santidad del tiempo, el hombre puede consagrar el espacio, y esa consagración es el santuario. Ahora bien, nuestros Sabios dedujeron que estaba destinado a ser destruido del hecho de que la Torá no lo llama mikdash: la palabra que emplea evoca una hipoteca, una prenda. ¿Por qué construirlo, entonces? Porque todo depende de lo que el hombre haga con él. Solo se sostiene si sigue siendo un lugar de encuentro en movimiento. Si el hombre integra a la vez la santidad del tiempo y la del espacio, ese lugar se convierte en una Tienda del Encuentro, un espacio de encuentro con lo divino en desplazamiento permanente, y perdura. Pero en cuanto el hombre se instala en la rutina y empieza a considerar la santidad como algo estático, incapaz de renovarse, de refrescarse, de innovar, hay saturación, y hay muerte. Esa muerte no la inflige D-os: es el hombre quien se la impone, al imponerse límites, al dejar de mirar más lejos, de innovar, de crear. El modelo está en otra parte: Él renueva cada día Su obra.

Betzalel y Oholiav plantean una pregunta difícil: ¿de dónde les venía su arte? Los dos hombres están encargados de confeccionar el santuario, y el texto dice que sobresalían. Sin embargo, durante doscientos diez años el pueblo había sido reducido a la esclavitud, y solo sobresalía en la construcción de monumentos, no en la joyería, el curtido de pieles o la confección de vestiduras tejidas con oro y plata. ¿Cómo se convierte uno en orfebre de la noche a la mañana, capaz de realizar una obra de arte hasta en sus más mínimos detalles? Habían adquirido esa sabiduría porque habían desarrollado en sí mismos el sentido de la perfección; la intuición, en cambio, les fue dada de lo alto, y fueron investidos en sus funciones.

Un malentendido enfrentó a Moshé y a Betzalel sobre el orden de los trabajos. Moshé, transmitiendo la orden recibida, pide que se confeccionen primero los objetos del santuario y después su estructura. Betzalel objeta que eso no es lógico: si se empieza por los objetos, ¿dónde ponerlos mientras la estructura no exista todavía? Moshé le da la razón y le dice que había estado a la sombra de D-os, en el secreto. Queda una pregunta: ¿no era Moshé capaz de comprenderlo por sí mismo, cuando era precisamente en ese orden en que se había ordenado la confección? ¿Por qué cambiar el orden?

Dos modos de pensamiento se enfrentan aquí, en dos niveles. Moshé es un hombre que subió al monte Sinaí y que percibe la palabra de interioridad a interioridad; lo que cuenta ante todo para él es el Santo de los Santos, con el Arca que guarda las Tablas, cuyo resplandor debe luego propagarse más allá. Betzalel objeta que no hay que olvidar a quienes fueron seducidos por la idea del becerro de oro, a quienes habían concentrado toda su fe en la persona de Moshé. Ese pueblo no puede acceder a la santidad de golpe: hay que iniciarlo poco a poco en la vida del espíritu; empezar por la estructura, después los objetos, y terminar por el Arca y el Santo de los Santos. Betzalel llevaba en sí ese amor por los más sencillos, por aquellos a quienes podía acercar y a quienes estaba destinado principalmente este santuario.

La elección de Oholiav va en el mismo sentido. Betzalel era de la tribu real de Yehudá; Oholiav, en cambio, pertenecía a la tribu de Dan, es decir, a la descendencia de una sierva. El Rav recuerda que los hijos de Rajel y de Lea guardaban cierta distancia respecto de los de las siervas. No se quería, pues, que el santuario fuera obra de una élite de personas que hubieran accedido por sí mismas a una visión de conjunto del mundo y hubieran integrado el Shabat desde el principio. Había que asociar a él a quienes habían sido adoptados en la casa, lo que Sará había intentado con Hagar sin éxito, ya que Hagar acabó siendo excluida; y Eliézer, el discípulo perfectamente fiel al pensamiento de Avraham, tampoco dejó descendencia en el seno de Israel.

Los siervos de los patriarcas pesan, sin embargo, más que la Torá de los hijos. El siervo de los patriarcas es aquel tan entregado a su amo que lo hace todo con un amor igual al que tendría por sí mismo, sabiendo que el beneficio será para el amo, lo que la ley enuncia diciendo que lo que adquiere el siervo pertenece a aquel a quien sirve. Nuestros Sabios pusieron de relieve esta figura: la conversación de los siervos de los patriarcas vale más que la Torá de los hijos. ¿Por qué? Porque son ellos quienes impulsan a los hijos a permanecer incondicionalmente en el camino de los padres. Cada cual puede, ciertamente, innovar en su vida espiritual; la cuestión es no salirse de los límites.

Por eso decimos: el D-os de Avraham, el D-os de Itzjak, el D-os de Yaakov. Podría decirse una sola vez, puesto que es el mismo. La repetición dice que las vías de acceso a lo divino son diferentes, aun permaneciendo fieles a la enseñanza de Avraham, fieles a la fuente. Pero ¿quién mantiene esa fidelidad? El ejemplo dado por los siervos de los patriarcas. Y Oholiav, descendiente de una sierva que se había adherido por completo a la casa de Yaakov, participa por esa razón en la edificación de un santuario que no está concebido solo para el pueblo judío.

Este santuario está hecho para el conjunto de las naciones. Nuestros Sabios dijeron que el santuario está llamado a extenderse a toda la ciudad de Jerusalén, que la santidad de Jerusalén se extenderá hasta Damasco, y la de la Tierra de Israel al universo entero. El término del recorrido se alcanza cuando la tierra se llena del conocimiento de D-os. Lo que aquí se construye no es, pues, una posesión, sino un punto de partida. La Torá, por lo demás, habría podido detenerse ahí. Se habría podido cerrar la Biblia al final de Pekudé y llevar a otro volumen los libros siguientes. De hecho, las últimas palabras de esta parashá —el fuego que arde de noche a los ojos de toda la casa de Israel— coinciden con las últimas palabras del último libro de la Torá. La diferencia está en la expresión final: en todos sus desplazamientos. Hubo, en efecto, una revelación a través de este santuario, que integró el fuego del Sinaí; pero es ahora cuando comienzan los desplazamientos, porque esto no debe seguir siendo un bien adquirido exclusivo de Israel.

El Tabernáculo es una prenda, y la vida espiritual sigue siendo inestable por naturaleza. La palabra empleada para designarlo evoca un objeto dejado en prenda, porque la vida espiritual aparece siempre como un injerto extraño en una vida: molesta, no se integra fácilmente en lo cotidiano, va contra la naturaleza, y por eso sigue siendo inestable. ¿Cómo asegurarle permanencia y estabilidad? Debe transformarse en un santuario duradero, lo que hará Shelomó; y aun así, ya que el profeta Yejezkel recibe el plano de un tercer santuario. El Segundo Templo, en efecto, no estaba a imagen del primero: le faltaban cinco elementos importantes y no gozó de la revelación de lo divino en su interior.

La obra concluida es bendecida, como lo fue la creación. Cuando el santuario queda erigido, el texto dice que toda la obra llegó a su fin, exactamente como se había dicho del cielo y de la tierra. Moshé siente entonces la necesidad de bendecir esta obra y de pedir que sea aceptada con agrado. Un midrash llega a identificar esta plegaria con el versículo que pronunciaría más tarde el rey David, pidiendo que la benevolencia de D-os esté sobre nosotros y que Él afiance la obra de nuestras manos: la obra de nuestras manos, afiánzala. El Rav subraya la repetición.

La distinción entre las dos clases de trabajo ilumina esta bendición. La melajá consiste en dar forma a un objeto para un uso que puede servir tanto al bien como al mal, a lo profano como a lo sagrado; esa está prohibida en Shabat. La avodá, que asocia la obra exclusivamente al servicio divino, está permitida. Pero lo está a través de un verbo que vuelve una y otra vez en la confección del santuario, el verbo «hacer», el mismo que aparece en la palabra por la cual el hombre es llamado a la existencia. Lo que hacemos nos realiza: así es como hay que entenderlo.

Y es ahí donde se desliza el veneno: la satisfacción del deber cumplido. En el acto de servir puede insinuarse un contento de sí mismo, una sensación de bienestar. En cuanto el hombre considera que ha respondido a todas las directivas y que no tiene nada que reprocharse, ha transformado su santuario en prenda, y puede perderlo todo. Se puede ser maestro en todas las cosas y perderlo todo por ese solo sentimiento. De ahí la doble petición del versículo: que la obra de nuestras manos tenga éxito, y que Él nos asista en su realización. Hay que vivir con el temor del paso en falso y la preocupación por obrar bien, esperando la ayuda en lugar de darla por sentada.

Los que son capaces de ello son precisamente los siervos de los patriarcas. No los siervos de la Torá, ya que los patriarcas no tuvieron la Torá: desarrollaron esto en sí mismos y nunca mostraron el menor orgullo, la menor vanidad por lo que habían logrado. Al contrario, permanecieron en guardia. El propio Yaakov, después de haber triunfado sobre su hermano Esav, que quería despojarlo, llega a la tierra donde había residido su padre; y la palabra empleada para esa residencia se relaciona también con el verbo «temer». Llega con el temor de no poder perpetuar su asentamiento en esa tierra.

Queda, pues, el camino, y dos libros para acompañarlo. Lo que D-os buscaba al crear el mundo era una morada aquí abajo y un reconocimiento; los obtuvo, pero todavía hay que recorrer el mundo. El Rav Kook solía decir que el libro siguiente es la ley de la casa —cómo comportarse en el hogar, qué sacrificios ofrecer, cómo vivir en familia y en sociedad—, mientras que el que viene después es la ley del camino, el código de conducta en el exilio, en la persecución y en la errancia. La ley, sin embargo, sigue siendo la misma en ambos casos, y el texto lo muestra entrecruzando las materias: elementos de la vida del pueblo en el desierto figuran en el libro de Shemot, y elementos del santuario, como la inauguración de la menorá, se encuentran consignados en el libro del desierto. El primero de estos libros fue dado al pie del Sinaí; el segundo comienza en el segundo año, cuando el pueblo deja el monte y se pone en camino.

El desierto es la vía del exilio, y sus etapas sirven de testimonio. Lo que se recorre a través del espacio es también una manera de mostrar al mundo una fe y un saber, de dar testimonio del santuario que habita en nosotros y que llevamos con nosotros incluso cuando los muros son destruidos. La meta es hacer que el mundo reconozca los valores que portamos, quizá no en su conjunto, sino poco a poco, de fuera hacia dentro, como sucede con quien retorna. Por eso Shelomó, al inaugurar su santuario, declaró que su casa sería una casa de oración para todos los pueblos. Obreros extranjeros tuvieron, además, su parte en esa construcción. Shelomó asoció a ella a hombres enviados por Hiram, rey de Tiro, y el que se distinguía entre ellos era a su vez fruto de un matrimonio mixto: su padre venía de Tiro, su madre de la tribu de Naftalí. El camino está, pues, abierto a las naciones, e incluso quien viene enteramente de fuera y se ha unido al pueblo tiene su lugar en la edificación. Quizá no lo aporte todo, puesto que ese artesano solo se ocupó de los elementos de cobre, y no es oro todo lo que reluce. Los elementos de una cultura extranjera pueden así integrarse en el servicio divino, siempre que se integren en el espíritu de los siervos de los patriarcas, es decir, sin apartarse del designio recibido.

Transcripción completa de la clase

Buenas noches, amigos. Esta noche cierro con ustedes el libro de Shemot con la edificación del santuario. Sellamos, en cierto modo, el cumplimiento de la misión confiada al pueblo judío. Y así es como termina el texto: «Entonces la nube cubrió la Tienda del Encuentro, y la gloria del Señor llenó el Tabernáculo. Y Moshé no podía entrar en la Tienda del Encuentro, porque la nube reposaba sobre ella y la gloria del Señor llenaba el Tabernáculo. Cuando la nube se alzaba de encima del Tabernáculo, los hijos de Israel partían, en todas sus estaciones. Y si la nube no se alzaba, no partían hasta el día en que se alzaba. Porque la nube del Señor estaba sobre el Tabernáculo de día, y había fuego en ella de noche, a los ojos de toda la casa de Israel, en todas sus estaciones».

«En todas sus estaciones»: eso no está correctamente traducido; debería decir «en todos sus desplazamientos». El mundo se ha convertido en el receptáculo de la Providencia divina. Ahora bien, sabemos perfectamente que este mundo es obra de Elokim. Y si el mundo es obra de Elokim, entonces Elokim se revela a través de este mundo; y ¿quién puede revelarlo? Aquel que lleva la demut Elokim, es decir, la semejanza de D-os. Siempre se traduce: este hombre que está a semejanza de D-os. ¿Qué quiere decir estar a semejanza de D-os? ¿Una semejanza desde el punto de vista físico, desde el punto de vista corporal? ¿Cómo podemos expresar esta semejanza? La única manera de expresarla es decir que el hombre es capaz de llevar en sí lo divino y es capaz de revelarlo. Y para revelarlo debe integrar las tres santidades de las que hemos hablado; en primer lugar, la santidad sublime del Shabat, que es la santidad en el tiempo y que es la esencia de todo, puesto que, en definitiva, Bereshit es una instantánea tomada del tiempo en lo absoluto, y es ella la que pone en marcha la creación del mundo. Y ya hemos dicho que en la palabra Bereshit se encuentra la palabra Shabat, yeré Shabat. Es decir, el Santo, bendito sea, tenía como etapa final de Su plan llevar al pueblo de Israel hasta el Shabat y darle un dominio sobre el tiempo, de modo que él mismo pudiera administrar el tiempo.

Pero solo puede hacerlo si integra la santidad del Shabat, si vive en esa santidad absoluta del Shabat. Esta santidad del Shabat, como hemos visto, es la que consagraba al pueblo de Israel. Hay una santidad en Israel, y esa santidad le es conferida por el Shabat. Ahora bien, una vez que el hombre ha integrado la santidad del Shabat, podrá extenderla, consagrar también el espacio. Y la consagración del espacio es el santuario. Y de este santuario se nos advierte ya de entrada que está destinado a ser destruido. Entonces, ¿por qué se construyó? ¿Cómo dedujeron nuestros Sabios que iba a ser destruido? Porque no se llama mikdash. La Torá no lo llama mikdash; lo llama mishkán, que evoca mashkón, una prenda.

Una prenda, una hipoteca. ¿Por qué? Porque todo depende de lo que el hombre haga con él. Si el hombre integra a la vez la santidad del tiempo y la santidad del espacio, se convierte en un Ohel Moed, es decir, en un espacio de encuentro con lo divino; y si está verdaderamente en un estado de desplazamiento permanente, entonces se mantendrá. Pero en cuanto el hombre se instala en una rutina y empieza, poco a poco, a considerar la santidad como algo estático, incapaz de renovarse, de refrescarse, de innovar, entonces hay saturación, hay muerte. La muerte no la confiere D-os: es el hombre quien se la impone. Se la impone cuando se impone límites, cuando deja de mirar más lejos, de innovar, de crear.

Ahora bien, el Santo, bendito sea, aun al crear el mundo, lo está rehaciendo todo el tiempo. Pero para poder hacer esto habría que desarrollar efectivamente en uno mismo ese amor espiritual, ese amor de lo absoluto. El ejemplo nos lo dan Betzalel y Oholiav hijo de Ajisamaj. Ambos se encargan de la confección del santuario, y se nos dice que sobresalían por su sentido artístico. Y uno se pregunta de dónde vino ese sentido artístico: ¿cómo pudieron, de la noche a la mañana, convertirse en joyeros y realizar esa obra de arte que era el santuario hasta en sus más mínimos detalles, cuando durante doscientos diez años habían sido reducidos a la esclavitud y solo sobresalían en la construcción de monumentos, no en el arte de la joyería, ni en el curtido de pieles, ni en la confección de esas vestiduras tejidas con oro y plata?

Pero habían adquirido esa sabiduría porque habían desarrollado en sí mismos ese sentido de la perfección. Así, esa intuición, ese don, les fue dado de lo alto. Fueron investidos por D-os en sus funciones, y también por otra razón. Ya les he hablado de aquel malentendido entre Moshé y Betzalel. Betzalel estaba encargado de la confección del santuario, y cuando Moshé se la confió —siempre por orden de D-os—, le pidió que construyera, que confeccionara primero los objetos del santuario y después su estructura. Y Betzalel vino a decirle: pero esto no es lógico, porque si empiezo por los objetos, ¿dónde voy a ponerlos mientras construyo el santuario? Y Moshé le responde: tienes razón; betzel El hayita, verdaderamente estabas a la sombra de D-os, estabas en el secreto de lo alto.

La pregunta que se plantea es esta: ¿no era Moshé capaz de comprender eso por sí mismo, cuando era precisamente en ese orden en que el Santo, bendito sea, había ordenado confeccionar el santuario? ¿Por qué cambiar el orden? Hay aquí dos modos de pensamiento diferentes, en dos niveles. Moshé es un hombre que logró subir al monte Sinaí. Percibe la palabra de D-os panim el panim, cara a cara, y nosotros hemos traducido panim el panim por «de interioridad a interioridad». La percibe en su profundidad. Por consiguiente, para él lo que importa en primer lugar es el Santo de los Santos; y este Santo de los Santos, con su Arca, que guarda la Ley —las Tablas de la Ley, el Séfer Torá—, debe poder irradiar más allá de la kaporet, más allá de esa cortina de la Tienda del Encuentro. Tenía sentido, pues, empezar por ahí. Pero Betzalel le dice: cuidado. No hay que olvidar a quienes fueron seducidos por la idea del becerro de oro —y ya hemos explicado el becerro de oro en varias ocasiones—, a quienes habían concentrado toda su fe en el hombre Moshé. No puedes darles eso de entrada: este es el pueblo tal como es. Hay que iniciarlo poco a poco en la vida del espíritu. No va a acceder a la santidad de golpe.

Así pues, primero hay que confeccionar los objetos del santuario y… perdón: la estructura primero, primero la estructura del santuario, después poco a poco los objetos, y para terminar, al final, el Arca, el Kódesh HaKodashim. Es decir, Betzalel llevaba en sí ese amor por el pueblo llano, por aquellos a quienes podía efectivamente acercar, por aquellos a quienes estaba destinado principalmente este santuario. Y de hecho, a la confección de este santuario estuvo asociado Oholiav hijo de Ajisamaj, lematé Dan, de la tribu de Dan, mientras que Betzalel era de la tribu real de Yehudá. ¿Y quién era Dan? Dan era hijo de una concubina, de una sierva que había sido introducida en el círculo familiar de Yaakov.

Y recordamos que los hijos de Rajel y de Lea eran algo desdeñosos con esos hijos de las siervas, Bilhá y Zilpá. Tal como yo lo veo, pues, no se quería que el santuario fuera obra de una élite, de personas que hubieran accedido a una visión cósmica del mundo y hubieran integrado ese Shabat de entrada, por sí mismas. Había que dar cabida a los hijos que habían sido anexionados —o más bien, diría yo, adoptados—. Recordemos que Sará había hecho lo mismo con Hagar. Pero no salió bien: Hagar fue excluida de la casa de Avraham. Del mismo modo Eliézer, el discípulo perfecto, fiel al pensamiento de Avraham: tampoco él dejó toledot, descendencia, en el seno del pueblo de Israel.

Llegaron, por así decirlo, a una fecha de caducidad. Pero hay que hacer una distinción respecto de lo que se llama avdé avot, los siervos de los patriarcas. Los siervos de los patriarcas son aquellos tan entregados a su amo que todo lo que hacen lo hacen con tanto amor como si lo hicieran para sí mismos, sabiendo muy bien que es su amo quien va a beneficiarse de ello, como dice la ley: todo lo que adquiere el siervo pertenece a su amo. Esta idea del siervo incondicionalmente entregado a su amo fue puesta de relieve por nuestros Sabios: el discurso, la conversación, las palabras de los siervos de los patriarcas valen aún más que la Torá de los hijos. ¿Por qué? Porque son ellos quienes van a impulsar a los hijos a permanecer incondicionalmente en el camino de los padres. De lo contrario, por supuesto, cada uno innovará su propio camino en la vida espiritual, y eso se admite. Pero ¿cómo no salirse de las fronteras, de los límites? Porque el ideal es que lleguemos a decir, como decimos, Elokei Avraham, Elokei Itzjak, Elokei Yaakov: el D-os de Avraham, el D-os de Itzjak, el D-os de Yaakov. ¿Por qué no decir, puesto que es el mismo D-os, «el D-os de Avraham, Itzjak y Yaakov»? ¿Por qué repetirlo? ¡No! Las vías de acceso a lo divino son diferentes, pero permanecen fieles a la enseñanza de Avraham; permanecen fieles a la fuente. Pero ¿quién las mantiene en esa fidelidad a la fuente? Es el ejemplo dado por los avdé avot, los siervos de los patriarcas. Ahora bien, Oholiav, que era el socio de Betzalel en la edificación del Santuario y que pertenecía a la tribu de Dan —es decir, que era descendiente de una concubina que se había adherido por completo a la vida de la casa de Yaakov—, pues bien, es él quien participará también en la edificación de un santuario concebido no solo para servir al pueblo judío, porque está concebido para servir al conjunto de las naciones.

Nuestros Sabios dijeron —Jerusalén… no—: el santuario está llamado a extenderse a toda la ciudad de Jerusalén. La ciudad de Jerusalén —su santidad, entiéndase— va a extenderse hasta Damasco, y la santidad de la Tierra de Israel va a extenderse al universo entero. Entonces alcanzaremos verdaderamente la meta, cuando la tierra esté llena del conocimiento de D-os. Saben, en suma, se podría haber terminado la Biblia al final de esta parashá de Pekudé. Al fin y al cabo, ¿por qué continuar? Quizá podría ponerse en otro volumen el libro de Vayikrá, el libro de Bamidbar y el libro de Devarim. Y de hecho, cuando se analiza el último versículo de la parashá de Pekudé, allí se dice: «Y había fuego en ella de noche, a los ojos de toda la casa de Israel». «A los ojos de todo Israel»: ¿dónde aparece eso? Son las tres últimas palabras del libro de Devarim, es decir, de la Torá entera.

Hay, pues, una similitud entre el final del libro de Shemot y el final del libro de Devarim, pero con una diferencia: bejol masehem, en todos sus desplazamientos. Es decir, hubo una revelación de D-os a través de este Templo, y este santuario integró el fuego de la revelación del Sinaí. No hay nada que objetar. Pero es ahora cuando comienzan los desplazamientos, porque esto no debe seguir siendo un bien adquirido exclusivo de Israel. Debe ser un bien que beneficie al conjunto de la humanidad, al conjunto de todos los pueblos. Por lo demás, el rey Shelomó transformará el mishkán en mikdash. Se nos dijo que el mishkán era un mashkón, una prenda: ¿por qué? Porque esta vida espiritual aparece siempre como un injerto extraño en una vida. Molesta. Molesta porque no se integra fácilmente en la vida de todos los días; es contraria a la naturaleza, y por eso sigue siendo siempre inestable. ¿Cómo asegurarle esa estabilidad, esa permanencia?

Entonces es necesario que se transforme en mikdash; y aun así, y aun así, les diré por qué: porque en la profecía de Yejezkel, en el capítulo 43, D-os se manifiesta a Yejezkel y le pide que muestre el plano del santuario. Se trata del tercer santuario, porque el segundo santuario, el Segundo Templo, no estaba verdaderamente a imagen del primero. Le faltaban cinco elementos importantes. No gozó de la revelación de lo divino en su interior. El primero sí, y el primero iba a ser destruido simplemente porque la mano del hombre se había inmiscuido en él. Está bien, tiene su valor, pero sigue siendo… abre la puerta, diría yo, a toda forma de servicio divino que adoleciera de subjetividad.

Por lo demás, cuando el Templo queda erigido —como en la creación del mundo, donde se dice que la obra del cielo y de la tierra llegó a su fin—, aquí también toda la obra llegó a su fin. Y Moshé sintió la necesidad de bendecir esta obra, diciendo: sea la voluntad de D-os aceptar con agrado la obra que han realizado. El Midrash llega a decir cuál era el contenido de esta plegaria: era una plegaria de David HaMélej, que el rey David pronunciaría más tarde: «Vihí nóam Hashem Elokenu alenu, umaasé yadenu konená alenu, umaasé yadenu konenehu». Disculpen: es un versículo de los Salmos; voy a intentar encontrárselo. «Que la benevolencia del Señor, nuestro D-os, esté con nosotros; haz prosperar la obra de nuestras manos; sí, la obra de nuestras manos, hazla prosperar».

Y nuestros Sabios se preguntaron por qué se eligió este versículo para atraer la bendición de D-os sobre el santuario realizado por Betzalel y Oholiav. Para responder, hay que distinguir primero entre melajá y avodá. Ya hemos dicho que la melajá está prohibida en Shabat, mientras que la avodá está permitida en Shabat. La melajá, que consiste en dar forma a un objeto para un uso que puede ser a la vez para el bien y para el mal, para lo profano y para lo sagrado: esa está prohibida. En cambio, la avodá, la avodá que asocia la obra exclusivamente al servicio divino, está permitida. Pero está permitida con un verbo que se repite y que encierra una profundidad de pensamiento, porque pone al hombre en movimiento en lo que hace: es lo que se llama la asiyá. En toda la confección del mishkán está este verbo asá, «hacer», que nos recuerda el naasé venishmá: nos realizaremos a nosotros mismos a través de lo que vamos a hacer. Así es como hay que entenderlo.

Ahora bien, en este acto de servir a D-os puede efectivamente deslizarse una satisfacción de sí mismo, una sensación de bienestar, del deber cumplido. Y ese es el veneno de todo servicio a D-os. A partir del momento en que el hombre considera que ya ha respondido a todas las directivas de D-os y que no tiene nada que reprocharse, ha transformado su mikdash en mashkón, lo ha transformado en prenda: puede perderse. Hay que acompañar toda acción con «umaasé yadenu konená alenu, umaasé yadenu konenehu». Dos veces: la obra de nuestras manos, haz que tenga éxito; asístenos en su realización. Se puede ser un maestro en todas las cosas y perderlo todo solo por ese sentimiento de satisfacción: no tener yirá, no tener ese temor, no tener esa preocupación por obrar bien, no temer el paso en falso. Hay que vivir siempre con «Aná Hashem hoshía na»: Hashem, espero Tu socorro; sin por ello deslizar a escondidas un simple «Aná Hashem hatzlijá na»: te lo ruego, Hashem, haz que las cosas salgan bien.

Pero para ello es necesario que el Santo, bendito sea, sea también un actor en lo que emprendemos, y que lo involucremos en todo lo que emprendemos, de modo que nuestra plegaria se convierta en bendición. Y cuando la plegaria se convierte en bendición, entonces es fuente de éxito, de ese redoblamiento. Es el «Aná Hashem hoshía na» lo que constituye, o lo que da, la garantía del «Aná Hashem hatzlijá na». ¿Y quién es capaz de esto? Los avdé Hashem, los avdé avot, los siervos de los patriarcas. ¿Por qué los siervos de los patriarcas? ¿Por qué no decimos siervos de la Torá, siervos de los Sabios, siervos de Hashem? No: porque los patriarcas no tuvieron la Torá. Los patriarcas desarrollaron esto en sí mismos, y nunca mostraron el menor orgullo, la menor vanidad por lo que habían logrado. Al contrario, permanecieron en guardia. Recordemos que Yaakov, incluso después de haber triunfado sobre su hermano Esav, llega a la tierra donde había habitado su padre; pero se nos dice megurei, la tierra de las moradas de su padre.

Llega a la tierra donde había vivido su padre, pero se nos dice megurei, y esta palabra proviene también del verbo yagor, que significa «temer». Llegó con un sentimiento de temor: temor de no poder perpetuar su asentamiento en esa tierra. Y esa es la razón por la cual el libro de Shemot, que habría podido ser la conclusión del conjunto de la Torá —puesto que, en conjunto, esa es la meta—, no pone fin a las cosas. Cuando D-os creó el mundo, aquello a lo que aspiraba era dirá batajtonim, una morada en el mundo de abajo: Su reconocimiento. Lo obtuvo… y sin embargo, no: ahora, bejol masehem, hay que emprender el camino. ¿Cuáles son, entonces, los códigos que deben acompañarnos en este camino?

Está el libro de Vayikrá y el libro de Bamidbar. El Rav Kook solía decir que el libro de Vayikrá es la Torat habáyit, la Torá del hogar: cómo comportarse en la casa, qué sacrificios hay que ofrecer y de qué manera hay que vivir en sociedad, en familia. En cambio, el libro de Bamidbar es el código de conducta para cuando estamos en el exilio, cuando somos objeto de persecución, cuando estamos condenados a la errancia. Y podríamos, en cierto modo, establecer una distinción entre la Torá dentro de nuestra casa y la Torá fuera de nuestras moradas, en el momento en que estamos afrontando el mundo exterior. Es la misma ley. Y lo que muestra que es la misma ley es que elementos de la vida del pueblo en el desierto están consignados en el libro de Shemot, y que elementos del santuario, como la janukat hamenorá, la inauguración del candelabro, están consignados, se encuentran consignados, en el libro de Bamidbar.

El libro de Vayikrá fue dado al pie del monte Sinaí. Pero si hubiera que limitarse a eso, llegaría hasta el veintitrés […] quizá, no más. Mientras que el libro de Bamidbar comienza el primero de Iyar, el segundo mes, del segundo año —siempre hablamos del segundo año—, cuando dejaron el monte Sinaí y comenzaron su camino a través del desierto. Y este desierto es la vía del exilio que debe conducir al asentamiento del pueblo en su tierra. En efecto, a lo largo de la historia, retomar esta marcha por el desierto es la meta; y hacer que estas masaot, estas etapas que recorremos a través del espacio, sean para nosotros también una manera de mostrar al mundo nuestra fe, nuestro saber.

Mishkán haedut, el Tabernáculo del testimonio: para que podamos dar testimonio del santuario que habita en nosotros, que llevamos con nosotros aun si los muros son destruidos, cueste lo que cueste. Y esa es la meta: hacer que el mundo reconozca los valores que portamos, quizá no en su conjunto, sino poco a poco, una vez más de fuera hacia dentro, como con el penitente. Y por eso, a mi juicio, el rey Shelomó, al inaugurar el santuario, dijo «ki betí bet tefilá yikaré lejol haamim»: porque Mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos. Y por esa razón asoció a la construcción del santuario a obreros extranjeros enviados por Hiram, rey de Tiro.

Y el que se distinguía entre ellos era un tal Hiram, que era fruto de un matrimonio mixto: su padre era de Tiro, y él mismo era de la tribu de Naftalí. Se muestra así un camino abierto a las naciones: incluso alguien que viene enteramente de fuera y que ha logrado integrarse en el pueblo judío por la vía de la conversión tiene su lugar en la edificación del santuario. Quizá no aporte toda su parte a la edificación, porque Hiram solo se ocupó del bronce, solo de los elementos de bronce, de cobre. Sí, no es oro todo lo que reluce […]. Pues bien: estos son los elementos de una cultura extranjera que también pueden integrarse en el servicio divino, siempre que se integren en lo que hace un momento llamé ese enfoque de los avdé avot: servir al designio de los patriarcas y no alejarse de él, no apartarse de él. Esa es la enseñanza del santuario con la que cerramos el libro de Shemot, al pasar al libro de Vayikrá.