Preguntas para la mesa de Shabat: Toledot
Un cuadernillo de estudio para imprimir: una pregunta por página, la respuesta del Rav, su fuente y una enseñanza para debatir en familia.
¿Por qué esperó la Torá a la unión de Itzjak y Rivká para titular una parashá Toledot, cuando la palabra ya había aparecido a propósito del cielo y de la tierra, y luego a propósito de Nóaj? Esta clase parte de esa cuestión de vocabulario para convertirla en una cuestión de historia: las verdaderas generaciones son las que hacen avanzar, no las que repiten. El Rav Raphaël Benizri examina el hogar de Itzjak y Rivká como el primer modelo de unión, y después las herencias laterales que Avraham debe apartar —Keturá, los hijos de las concubinas, Ishmael— para que la línea continúe. Al fondo se perfila la figura de los dos hermanos enemigos, que todavía no es la de Esav y Yaakov, pero ya es la de Itzjak e Ishmael.
El Rav parte de una constatación sencilla: las generaciones de Nóaj no engendraron más que a su propia persona, y la historia no hace más que repetirse en ellas. Con Itzjak aparece otra cosa: una mutación. Lo difícil no es romper con un padre que se equivoca, sino prolongar a un padre que tiene razón sin contentarse con copiarlo: Itzjak es tzadik hijo de tzadik, y es tomando la vía del rigor, lo contrario de la bondad de Avraham, como hace avanzar la historia.
La clase se detiene largamente en el matrimonio de Itzjak y Rivká —la diferencia de edad, la primera mención del amor en la Torá, las tres señales que se reencuentran en la tienda— y luego sigue el texto hasta la muerte de Avraham, los regalos hechos a los hijos de las concubinas y la genealogía de Ishmael. Desemboca en una idea que rige todo lo que sigue: esas ramas apartadas no quedan anuladas; prosiguen su propia historia, y la agresividad declarada de Ishmael hacia Itzjak, como la de Esav hacia Yaakov, sigue esperando ser resuelta.
Lo que enseña esta clase
La verdadera historia comienza con un matrimonio. La palabra toledot, «generaciones», ya había servido para el cielo y la tierra, es decir, para la puesta en marcha del espíritu y de la materia; también abría el relato de Nóaj. Sin embargo, la parashá que lleva ese nombre es la que sigue a la unión de Itzjak y Rivká. La razón es sencilla: las verdaderas generaciones son aquellas en las que la historia no se repite, en las que avanza, en las que se producen mutaciones. Ahí es donde arrancó la historia, y no hay que minimizar este acontecimiento tomándolo por una gota de agua en el océano.
El hogar de Avraham y Sará no es el modelo de la primera unión. Habían permanecido en el capullo de una familia muy cercana, compartían la misma cultura y las mismas convicciones, ambos llevados por el atributo del jésed, la bondad. Pero Avraham tuvo una sierva en la persona de Hagar, luego una mujer con el nombre de Keturá, y un midrash llega a decir que tomó una hija de cada uno de los hijos de Nóaj. Esos tres hijos representan las tres fuerzas generadoras de la historia: uno enteramente espiritual, otro enteramente material, el tercero volcado hacia el arte, las formas y la belleza de las cosas. Avraham quiso fundirlos en un conjunto para no dejarlos separados, y nada de todo esto se conserva en la unión de Itzjak y Rivká.
Ser justo hijo de justo es más difícil que ser justo hijo de un descreído. Hacer una revolución en el seno de la propia familia, tomar el partido opuesto y fundar otra dirección de pensamiento sigue siendo relativamente fácil. Pero cuando uno es tzadik hijo de tzadik, no va a poner en tela de juicio a su padre ni a su abuelo, y entonces hay que preguntarse cómo avanzar. Si Itzjak se hubiera limitado a continuar, a repetir o a copiar a su padre, la historia no se habría movido: habríamos permanecido en la situación de las generaciones de Nóaj, de quien se dice que no engendró más que a su propia persona.
Itzjak es el hombre del rigor y de la equidad, y esta vía es indispensable. Se sitúa en una perspectiva totalmente distinta de la que tomó su padre. Limitarse a la vía de Avraham era retener un solo aspecto, y sabemos que ese aspecto se dividió después: Ishmael heredó hasta el extremo el atributo de bondad de Avraham, mientras que Esav tomó más bien la vía de la razón y de la lógica puras. Cada polo acaba, por lo demás, reivindicando lo que no recibió: los descendientes de Ishmael aspiran a la justicia y libran guerras de din (juicio estricto), y la corriente surgida de Esav se hace apóstol del amor. Estas dos vías tenemos que reunirlas.
La reunión de los exiliados es ante todo la reunión de estos dos polos. El pueblo judío vivió su exilio en ambos lados: unos junto a Esav, otros junto a Ishmael, el polo de Occidente y el polo de Oriente. Son las dos tendencias fundamentales dentro del pueblo. Y hay que estar en guardia: si no nos reconocemos a nosotros mismos a través de lo que hemos traído de uno y de otro, si no unimos en nosotros estas dos herencias, la guerra entre ellos seguirá durando. A nosotros nos corresponde fundir estas identidades.
Egipto fue el crisol de esta fusión, y el precio fue elevado. Pasamos por el crisol de la humanidad para fundir en nosotros las diferentes identidades y llevarlas con nosotros. Pero dejamos muchas pérdidas atrás: cuatro quintas partes del pueblo perecieron en Egipto, y solo salió la quinta parte que se había preparado. Cuando Moshé vino a anunciar la salida, el pueblo no lo reconoció, porque no se estaba preparando para ello. Se sentía judío, había conservado las tradiciones de los padres, pero no era más que tradición: puesto ante la prueba, era incapaz de reaccionar y de mostrar que estaba dispuesto a sacrificarlo todo.
El proyecto de Toledot es realizar al hijo de Adam. El hijo de Adam es aquel que lleva en sí los diferentes valores de su identidad, hecha a imagen de D-os, y que es capaz, cada día, de amasarla y de trabajarla. Las generaciones perfectas son las del principio, las del cielo y la tierra en el momento de la creación: son proyectos, y son perfectos. Pero en cuanto el hombre emprende la tarea de llevar esta historia a su término, se vuelve coja, inestable, inclinada ora hacia un lado, ora hacia el otro. Por ahora no estamos más que en gestación, pero al final de cada esfuerzo hay una recompensa, y quienes hacen avanzar la historia llevan el mérito de las generaciones anteriores y el de las generaciones futuras. Desde esta perspectiva hay que mirar la unión de Itzjak y Rivká, a pesar de la considerable diferencia de edad que los separa: él tiene cuarenta años cuando se casan.
Algunos maestros aconsejaron no casarse demasiado pronto. Hay un temor en una unión prematura: que esté guiada más por el deseo carnal y por el placer de la intimidad de la pareja que por la aspiración a construir la casa de Israel. No es el caso de Itzjak, ni el de Rivká, sea cual sea la edad que se le atribuya. Y es precisamente ahí, en esta pareja separada por una inmensa diferencia de años, donde la Torá emplea por primera vez la palabra «amor» entre un hombre y una mujer. Antes de eso, la expresión no existía, porque el deseo prevalecía sobre el amor y sobre la aspiración espiritual.
Rivká se arrancó de un mundo idólatra y deshonesto. Es hija de Betuel y hermana de Laván, y nuestros sabios la comparan con una rosa entre espinas. Cuando ve a Itzjak por primera vez, ve a un hombre en oración, de gran elevación, y la diferencia entre ambos se le hace evidente de inmediato. No le faltó, sin embargo, el atributo esencial propio de la casa de Avraham. Por eso nunca la oiremos hablar de otras cosas con su marido: está llena de admiración por él. Esta reserva no significa, sin embargo, ausencia de amor, puesto que Avimélej advierte que se muestran juguetones el uno con el otro; simplemente, lo que conviene a la intimidad de una alcoba no tiene por qué exponerse en público.
Itzjak vuelve de la akedá (la atadura) como un hombre ausente. El texto no dice que regresara con Avraham, y las explicaciones son numerosas. La que adopta el Rav es que Itzjak estaba tan traumatizado por la prueba que se encontraba en otro mundo, y que ni siquiera se atrevía a hablar de ello. Había visto algo extraordinario. Así ocurrió, en un registro totalmente opuesto, con quienes atravesaron los campos y ya no se atrevieron a dar testimonio: aquello los había marcado hasta tal punto que hubo que esperar mucho tiempo para recoger algunas palabras de sus labios.
Es Rivká quien lleva las riendas y toma en sus manos el destino del pueblo. La unión es pura en sí misma, pero no es Itzjak quien la dirige: Rivká es quien llevará ese destino, y lo logrará. Tres señales, por lo demás, vuelven a la tienda con ella.
Estas tres señales son tres exigencias. La lámpara de Shabat que permanecía encendida, la bendición sobre la porción separada de la masa, y la Presencia Divina que se cernía por encima. Son tres exigencias: iluminar el hogar con la espiritualidad del Shabat; velar por que la casa no sea una casa cerrada sino una casa abierta, y elevar el propio pan hasta compartirlo, sirviendo a las causas espirituales antes incluso de disfrutarlo uno mismo; y por último la pureza, cuidando de que la intimidad de la pareja no se pierda en la vulgaridad. Incluso en la intimidad se conservaban los valores espirituales.
El matrimonio no es el punto de llegada del amor, sino su punto de partida. Solo después dice el texto que la amó. Y es la única unión en la que no hay ni concubina, ni sierva, ni segunda esposa. Por eso sigue siendo el modelo, y por eso la Torá, que en otros lugares se contenta con una simple alusión para transmitir una regla fundamental, se permite aquí extender el relato a lo largo de dos capítulos enteros.
Keturá es Hagar, y su nombre habla de un retorno. Había aspirado a ser sierva en la casa de Avraham siendo hija de rey; estuvo a punto de volver a sus orígenes, y luego fue testigo de la providencia que había salvado a su hijo Ishmael. Uno cambia de nombre cuando cambia de destino o de identidad —para un enfermo, para un candidato a la conversión—: ya no es la misma persona, lleva otra vestidura, vive otra dimensión de la vida. Keturá viene de ketóret, el incienso: entre los once ingredientes de esa mezcla había un componente que, quemado solo, desprendía un olor insoportable, y que, mezclado con los demás, avivaba el perfume, como la sal realza el sabor de un plato. La integración de Keturá es positiva en este sentido, puesto que mostró el camino del retorno, y toda Hagar es una Keturá en potencia.
La palabra pilégesh (concubina) contiene la palabra péleg, una parte. La relación no es completa: es una situación, una necesidad, que no siempre procede de una aspiración primera; hay accidentes en el camino, y luego uno se repone. Lo mismo sucede en la forja de la identidad judía, iniciada con Avram. Hay muchos creyentes en la humanidad, varias tendencias, y sin duda tienen su valor: Avraham las reconoce. Pero no deben vivir junto a Itzjak, porque entonces los valores ya no se conservarían en su estado original.
Los regalos de Avraham a esos hijos no son dinero. Son nombres, mensajes: líneas de pensamiento y líneas espirituales muy limitadas. Ahora bien, uno puede tomar una sola vía espiritual y, a fuerza de atenerse solo a ella, verla engendrar creencias mágicas de toda clase. Y es que no puede uno contentarse con un único rayo de pensamiento: hace falta el haz luminoso de todos los valores que el judaísmo lleva a través de la Torá, la cual, aunque dividida en mitzvot, se conserva como una unidad a la que no se puede añadir ni quitar. Esos hijos fueron enviados a las tierras de Oriente.
Avraham no se llevó solo sus años, sino también sus días. El texto dice de él que era anciano y avanzado en días, mientras que para Sará se hablaba de los años de su vida. Cada día de Avraham cuenta. Deja este mundo honrado y reconocido por todos sus hijos, por todas las corrientes surgidas de él, y son Itzjak e Ishmael quienes lo entierran juntos. No quiso, en cambio, bendecir a Itzjak en vida: temía que Ishmael lo tomara muy mal y que su odio hacia Itzjak se alimentara de esa frustración. Es, pues, D-os quien toma el relevo y da la bendición a Itzjak, quien la transmitirá después a Yaakov. E Itzjak se establece junto al pozo de Aquel que ve: el nombre mismo habla de una providencia que nos ve constantemente y que no se puede ignorar ni eludir.
Los doce príncipes de Ishmael preceden a las doce tribus de Israel, e Ishmael retornó al final de sus días. Doce príncipes para doce naciones: la figura se trae al mundo antes que aquella que la retomará, aunque el Rav señala que esas generaciones todavía no producen nada y se asemejan más a Hagar que al propio Ishmael. Tuvo una muerte dulce, y murió rodeado de todos sus hermanos, es decir, de quienes se habían aferrado a él y lo habían sostenido. No se lo puede erradicar, no se lo puede ignorar, no se lo puede arrojar al margen de la historia. Estas historias avanzan de una manera u otra, con altibajos, pero son mutaciones indispensables: vivimos estas gestaciones desde dentro, y cuando las hayamos llevado a buen término, el fruto se verá afuera, en la eliminación de la agresividad declarada de Ishmael hacia Itzjak y de Esav hacia Yaakov.
Transcripción completa de la clase
Continuamos, pues, nuestra reflexión sobre la parashá, porque debo decirles que la verdadera historia comienza con el matrimonio de Itzjak y Rivká. Es después de esta unión cuando la Torá llamó a la parashá Toledot. Toledot quiere decir «generaciones», «engendramientos». Pero ¿acaso no había habido ya engendramientos? Éle toledot hashamáyim vehaárets, «Estas son las generaciones del cielo y de la tierra» (Bereshit 2:4): se trataba de engendramientos, es decir, de la puesta en marcha de la historia, del cielo y de la tierra, del espíritu y de la materia. Y luego estuvo la parashá de Nóaj, con Éle toledot Nóaj, «Estas son las generaciones de Nóaj», que también comenzaba con la palabra toledot. ¿Por qué no se llamó Toledot a la parashá de Nóaj? ¿Por qué se esperó a Veéle toledot Itzjak, «Estas son las generaciones de Itzjak», para dar a la parashá el nombre de Toledot?
Por una razón muy sencilla: las verdaderas generaciones significan que la historia no se repite, que la historia no es simplemente una sucesión de acontecimientos. No: la historia avanza. Se producen mutaciones en la historia, y esas mutaciones comenzaron con la unión de Itzjak y Rivká. Así que no hay que minimizar este acontecimiento —el matrimonio, la unión— como si fuera un suceso menor, una gota de agua en el océano. En realidad, hay que saber que la historia arrancó con Itzjak y Rivká. Itzjak y Rivká seguirán siendo el modelo de una unión —la unión primera, la unión que se hizo dentro de un hogar monógamo—, en la que los dos cónyuges, el futuro marido y la futura esposa, no son como Avraham y Sará. Cuando Avraham y Sará se casaron, permanecieron en el capullo de una familia muy cercana, ya que Sará era sobrina de Avraham, hija de Harán, su hermano; había diez años de diferencia entre ellos; ambos tenían la misma cultura y compartían las mismas convicciones. «Avraham acercaba a los hombres a la fe, y Sará a las mujeres», y los dos estaban llevados por el atributo del jésed, la bondad. Pero ese no es el modelo de la primera unión. Avraham, después de todo, tuvo una sierva en la persona de Hagar, y más tarde —ya fuera Hagar con el nombre de Keturá, ya fuera Keturá otra mujer—, pues hay un midrash según el cual Avraham se casó con una hija de cada uno de los hijos de Nóaj: Sará descendía de Shem, Hagar descendía de Jam, y Keturá sería descendiente de Yéfet. Se nos ha enseñado que estos tres hijos de Nóaj representan efectivamente las tres fuerzas generadoras de la historia, los componentes básicos de su progreso. Y Avraham quiso fundirlos en un conjunto, con miras a su unidad, y no dejarlos separados: Shem, enteramente espiritual; Jam, enteramente material; Yéfet, más volcado hacia el arte, hacia las formas, hacia la belleza de las cosas. Nada de todo esto se conserva en la unión de Itzjak y Rivká.
Cuando uno analiza la situación, este shiduj (compromiso matrimonial) resulta algo anacrónico con respecto a nuestra época. He aquí un hombre que, a los cuarenta años, había llegado a un nivel espiritual elevado. Había vivido una prueba sublime en su vida, y supongo que la vida junto a su padre tampoco fue muy fácil. Ustedes saben que se habla de tzadik ben tzadik, un justo hijo de un justo. Es mucho más difícil ser tzadik ben tzadik que tzadik ben rashá, un justo nacido de descreídos. Cuando haces una revolución en el seno de tu familia, cuando finalmente tomas el partido opuesto e intentas fundar otra dirección de pensamiento, eso es relativamente fácil. Pero cuando eres tzadik ben tzadik, no vas a renegar de tu padre ni de tu abuelo. ¿Cómo vas a avanzar, entonces? ¿Poniendo en tela de juicio a tus padres y a tus abuelos?
Ahí está el problema. ¿Qué hacer? Si no hace más que continuar, repetir o copiar la vida de su padre, la historia no avanza. Estaríamos en la misma situación que las generaciones de Nóaj: Éle toledot Nóaj, Nóaj, «Estas son las generaciones de Nóaj: Nóaj». Nóaj no engendró más que a sí mismo. La historia no avanza; no hace más que repetirse. En cambio: Veéle toledot Itzjak ben Avraham, «Estas son las generaciones de Itzjak, hijo de Avraham». Itzjak se sitúa en un ángulo, en una perspectiva, totalmente distinta de la vía que tomó su padre. Él es el hombre del rigor, el hombre de la equidad. Es otro tipo de tzadik, pero indispensable, porque limitarse a la vía de Avraham era tomar un solo aspecto, y sabemos muy bien que efectivamente eso se dividió: Ishmael heredó hasta el extremo ese atributo de Avraham, el jésed, mientras que Esav tomó más bien la vía de la razón pura, de la lógica pura. De modo que, de un lado y de otro, los descendientes de Ishmael aspiran a la justicia y libran guerras de din, de juicio estricto; y aquel que heredó más bien la corriente de la lógica aspirará al amor: se convertirá en el apóstol del amor, el apóstol del jésed.
Ahora bien, nosotros necesitamos fundirlos, reunirlos. Y eso es lo que hace el pueblo judío en el kibutz galuyot, la reunión de los exiliados: la reunión de las diferentes identidades a través de estos dos polos, principalmente el polo de Ishmael y el polo de Esav, el polo de Occidente y el polo de Oriente. Son las dos tendencias fundamentales dentro del pueblo judío: quienes vivieron el exilio de Sefarad y quienes vivieron el exilio de Ashkenaz; quienes vivieron el exilio en el seno de Esav y quienes lo vivieron junto a Ishmael. Y aquí hay que estar en guardia. Porque si, por desgracia, no nos reconocemos a nosotros mismos, si no logramos unir en nosotros lo que trajimos de Ishmael con lo que trajimos de Esav, entonces la guerra entre Ishmael y Esav seguirá durando indefinidamente, puesto que somos, por así decirlo, el pueblo capaz de fundir las cosas. Porque eso fue Egipto.
¿Por qué estuvimos en Egipto? Pasamos por el crisol de la humanidad para fundir en nosotros las diferentes identidades y llevarlas con nosotros. Por eso dejamos muchísimas pérdidas atrás: cuatro quintas partes del pueblo de Israel perecieron en Egipto. Solo salió la quinta parte que se había preparado. Recuerden que cuando Moshé vino a anunciar que se disponía a sacar al pueblo de Egipto, el pueblo no lo reconoció; es decir, no se estaba preparando para ello. Es verdad que se sentía judío. […] Es verdad que seguía las tradiciones de los padres y las había conservado, pero era tradición. Cuando se lo ponía ante la prueba, era incapaz de reaccionar y de mostrar que estaba dispuesto a sacrificarlo todo para poner en práctica las convicciones mismas que profesaba. Así pues, solo merecieron la revelación de la Torá y aceptaron la Torá quienes, al fin y al cabo, se mostraron consecuentes [con esas convicciones]. De eso se trata en la historia: de realizar al ben Adam, al hijo de Adam. El hijo de Adam es aquel que lleva en sí los diferentes valores de esta identidad —betzélem Elokim, a imagen de D-os— y que es capaz, cada día, de amasarla y de trabajarla, de tal manera que […].
Ese es el proyecto de Toledot, y es la razón por la cual, como les he dicho a menudo, las toledot perfectas son las del principio. Las toledot, en el momento de la creación, en cuanto proyectos, son perfectas. Pero cuando el hombre toma a su cargo esta historia y emprende la tarea de llevarla a su término, entonces es efectivamente vacilante y coja: a veces inestable por la falta de la primera vav, a veces inestable por la falta de la segunda vav [en la grafía de la palabra toledot]; solo será completa cuando [llegue el Mashíaj]. Cuando hayamos logrado forjar esta identidad del ben Adam, esa será la verdadera Toledot. Por el momento estamos en gestación, en proceso de llegar a ser; pero tenemos el mérito necesario para ello. Lefum tzaará agrá, «según el esfuerzo, la recompensa» (Avot 5): al final de cada esfuerzo hay un salario. Los tzadikim, a medida que avanzan en lo que hacen, hacen avanzar la historia; llevan el mérito de las generaciones anteriores y de las generaciones futuras.
Y por eso esta unión de Itzjak… Hay una diferencia de edad enorme entre Itzjak y Rivká. Itzjak tiene cuarenta años cuando se casan. ¡Cuarenta años! Hay rabinos que aconsejaron tomarse su tiempo para casarse. Y sin embargo, ben shemoné esré lajupá, «a los dieciocho años, al palio nupcial» (Avot 5); es entonces cuando, al fin y al cabo, uno empieza a pensar en una esposa […]. Hay un temor en una unión prematura: que esté guiada más por el deseo carnal, por el placer de la intimidad de la pareja, que por la aspiración a construir la casa de Israel. No es el caso de Rivká, tanto para quienes dicen que tenía tres años como incluso para quienes dicen que tenía catorce.
La diferencia de edad es enorme: veintiséis años entre Itzjak y Rivká; es enorme. Y sin embargo, es la primera vez que encontramos la expresión del amor entre un hombre y una mujer. Se dice a propósito de su unión […]. Antes de eso, no existía. ¿Por qué? El deseo prevalecía sobre el amor, sobre la aspiración espiritual. Pero aquí hay verdaderamente un hombre de gran elevación. Cuando ella lo ve por primera vez —ella, que se había arrancado de un mundo idólatra, deshonesto: bat Betuel haAramí… ajot Laván haAramí, «hija de Betuel el arameo… hermana de Laván el arameo» (Bereshit 25:20) […]—, ella, a quien se compara con shoshaná bein hajojim, «una rosa entre espinas» (Shir HaShirim 2:2) […], entonces se percibía la diferencia entre Itzjak y Rivká.
Y ella, cuando ve a ese hombre por primera vez, enteramente sumido en la oración […], en cierto sentido capta el abismo que hay entre ella e Itzjak. Sin embargo, no le faltó el atributo esencial, el del recato, propio de la casa de Avraham; y esa es la razón, por cierto, por la que nunca la oiremos […] hablar de otras cosas con su marido. Está llena de admiración por su marido […]. Pero, atención: no hay que creer que haya ausencia de amor, porque Avimélej advierte que están —como diríamos hoy— coqueteando en ese momento. Solo que lo hacen en la intimidad de una alcoba, sin exponerse al público […].
El amor está ahí. La única vez que ella expresa algo es cuando se trata del matrimonio de los hijos: sí, si él se permite tomar hijas de Jet, hijas de Kenaán, entonces hay un problema. E Itzjak ya estaba traumatizado por la akedá que había vivido, porque no encontramos que, cuando regresa de la akedá, el texto hable de él. Solo dice que Avraham regresó: Vayáshov Avraham el nearav, «Avraham volvió a sus mozos» (Bereshit 22:19), hacia Ishmael, hacia Eliezer. ¿E Itzjak, dónde estaba? Hay diferentes explicaciones, pero hay una que me gusta mucho, la que dice que Itzjak estaba tan traumatizado por la prueba de la akedá que estaba [en otro mundo]; ni siquiera se atrevía a hablar de ello: había visto algo extraordinario. Ustedes saben que lo mismo ocurrió, por desgracia, en un registro totalmente opuesto, con quienes vivieron los grandes campos de concentración y ya no se atrevieron a hablar de ello. Aquello los había marcado tanto que hubo que esperar muchísimo tiempo para poder recoger de sus labios algunos testimonios.
Itzjak, ciertamente, estaba mal. Imagínense, pues, esta unión de Itzjak y Rivká; y sin embargo fue pura en sí misma, porque fue Rivká quien llevó las riendas: es ella quien toma en sus manos el destino del pueblo. […] Es ella quien lo llevará; será ella. Lo logrará. Y esa es la razón por la cual no quisiera pasar por alto la continuación del capítulo del matrimonio —o más bien de la unión de Itzjak—, que concluye así.
Vayeviehá Itzjak haóhela Sará imó, vayikaj et Rivká vatehí lo leishá vayeehavéha: «Itzjak la trajo a la tienda de Sará, su madre; tomó a Rivká, ella fue su esposa, y la amó» (Bereshit 24:67). «A la tienda de Sará, su madre»: […] la lámpara de Shabat que permanecía encendida; la hafrashat jalá, la porción separada de la masa, del pan; y la nube que se cernía, la Presencia Divina que se cernía sobre la tienda. Estaban estos tres elementos esenciales. El primero: iluminar el hogar con la espiritualidad del Shabat. El segundo: velar por que la propia casa no sea una casa cerrada sino una casa abierta; dar de su pan, elevar su pan a la idea de compartirlo con el cohén, servir a las causas espirituales por medio de su pan antes incluso de disfrutarlo uno mismo. Y luego la nube: velar por la pureza de la intimidad de la pareja, para que no se hunda en la vulgaridad; conservar los valores espirituales incluso en la intimidad. Así que, cuando él vio esto —vatehí lo leishá, «ella fue su esposa»—, ella era verdaderamente su esposa: esos eran los criterios. Vayeehavéha, «y la amó»: el amor comenzó entonces; ese es el punto de partida del amor. El matrimonio no es el punto de llegada del amor, sino su punto de partida, ¿ven? Y es la única unión en la que no hay pilégesh: no hay concubina, no hay sierva, no hay segunda esposa. Por eso esta unión sigue siendo el modelo, y por eso la Torá —que a veces se limita a aludir a una halajá fundamental— se permitió aquí extender el relato de la unión de Itzjak y Rivká a lo largo de dos capítulos.
Dos capítulos, sea. Pero es esta unión la que constituye el bereshit, el génesis, de las toledot, de las verdaderas toledot. Ahora bien, antes de hablarnos de estas generaciones, el texto nos dice que Avraham tomó una mujer llamada Keturá, que, según numerosos comentaristas, es Hagar. No olviden que Hagar es ha-guer, «la extranjera», la conversa. Dicho de otro modo, es la guer en el pleno sentido de la palabra, la guer de la que habla la Torá […]. Pero vino por sí misma, no lo olviden: aspiró a ser incluso sierva en la familia de Avraham, cuando era princesa de Egipto, hija del Faraón. Luego estuvo a punto de volver a sus orígenes, cuando vio —cuando fue testigo de— el […] de una providencia que había intervenido y había salvado a su hijo Ishmael.
En respuesta al amor que Avraham sentía por Ishmael —Lu Yishmael yijyé lefanéja, «¡Ojalá Ishmael viva delante de Ti!», dijo (Bereshit 17:18)—, es decir, que también Ishmael integró estos valores judíos, este reconocimiento, al final de su epopeya, de su historia. Y no podemos erradicarlo, no podemos ignorarlo, y no queremos arrojarlo al margen de la historia, ¿verdad? Es la historia la que avanza, de una manera u otra, […] con altibajos. Pero son mutaciones indispensables, porque nosotros mismos vivimos estas gestaciones desde dentro; y cuando las hayamos llevado a buen término, el fruto se manifestará afuera, en la aniquilación, la eliminación, de esa agresividad declarada de Ishmael hacia Itzjak y de Esav hacia Yaakov.
Así pues, la primera en ofrecer esta imagen, este camino, es Hagar, que tomó el nombre de Keturá. Ustedes saben muy bien que todavía hoy, cuando se quiere cambiar el destino o la identidad de alguien, se le cambia el nombre. A un enfermo en peligro se le añade un nombre: una manera de rezar por él y de decir que ya no es la misma persona, que lleva otra vestidura, que vive otra dimensión de la vida. Pues bien, Hagar —y esa es también la razón por la que se opera un cambio de nombre en el candidato a la conversión— tomó el nombre de Keturá. Keturá: la palabra de la que se forma ketóret, el incienso.
En el incienso había un ingrediente, la jelbená (gálbano), que, si se quemaba solo, desprendía un olor insoportable, nauseabundo. Pero cuando se mezclaba con los ingredientes que componían la ketóret, era él quien —al igual que la sal despierta el taam, el sabor del alimento— despertaba el perfume del incienso. Entonces, ¿en qué es positiva esta integración de Keturá? Es positiva porque mostró el camino del retorno, de la teshuvá (arrepentimiento), lo cual hace de todo guer una Keturá en potencia. Resulta que dio a Avraham otros hijos: seis. Pero, como el Santo, bendito sea, le había dicho a Avraham, [Itzjak] sería el único heredero; los demás eran los hijos de las pilagshim, las concubinas.
Ahora bien, pilégesh: nuestros gramáticos señalan que en la palabra pilégesh está la palabra péleg, «una parte». Es decir, la relación de una pilégesh, comparada con la de una ishá, una esposa, no es completa. La pilégesh es una situación nacida de una necesidad, que no siempre está movida por una aspiración primera; ha habido accidentes en el camino, y luego uno se repone. Lo mismo sucede en la forja de la identidad, de la identidad judía, que comienza con Avraham. Hay muchos creyentes en la humanidad, muchas tendencias, muchas corrientes, y sin duda tienen su valor. Así que Avraham las reconoce, pero no deben convivir con Itzjak. Es incompatible, porque después ya no conservaríamos los valores en su autenticidad, en su estado y su valor originales.
Entonces, estos hijos de Avraham, nacidos de Keturá, ¿qué va a hacer Avraham con ellos? Son efectivamente corrientes generadas por los descendientes de Avraham […]: los hijos de las pilagshim, estas creencias secundarias. «Las reconozco; pero es preciso que también ellas hagan su propia historia, que se confronten con la realidad de la vida y que no manchen los valores originales, y que la shifjá, la sierva, no se convierta en la guevirá, la señora de la casa», como Hagar intentó hacer con Sará. Así es: natán Avraham matanot, «Avraham dio regalos» (Bereshit 25:6). ¿Qué son estas matanot, estos regalos? […] ¿Dinero? No, no dinero. Lo que les dio fueron mensajes, es decir, líneas de pensamiento filosófico muy limitadas, líneas espirituales muy limitadas.
Ustedes saben: uno puede tomar una sola línea espiritual, una sola vía espiritual dentro del judaísmo, y cuando se atiene solo a ella, puede efectivamente engendrar toda una gama de hechicerías, es decir, creencias mágicas de toda clase. Pensar según una sola línea y atenerse solo a ella no es posible. Hay que intentar abarcar el haz luminoso de todos los valores que llevamos, que el judaísmo lleva en sí a través de la Torá. Así que [a los hijos de las concubinas] les dio [regalos]. Muy bien; pero hay, ustedes saben cuántos, movimientos científicos, filosóficos y demás, que pueden ser muy convincentes, muy seductores. Pero eso no es el monoteísmo judío.
No lo es. No son los valores de la Torá, la cual, aunque dividida en 613 mitzvot, se conserva como una unidad a la que no se puede añadir ni quitar. Así que los envió a las tierras de Oriente. Hoy sabemos que están asentados principalmente en Asia. Y después se nos dice —y esto no disminuye en nada el valor de Avraham— que no llevó consigo solo sus años, sino también sus días: VeAvraham zakén ba bayamim, «Avraham era anciano, avanzado en días» (Bereshit 24:1). Y por esa razón: Veéle yemé shené jayé Avraham, «Estos son los días de los años de la vida de Avraham» (Bereshit 25:7). Para Sará se dijo shené jayé Sará, «los años de la vida de Sará» (Bereshit 23:1). Aquí dice días: cada día de Avraham importa. Y por eso es zakén vesavéa, «anciano y satisfecho» (Bereshit 25:8): cuando deja este mundo, está en paz.
[…] Lo tiene todo. […] Es honrado, reconocido en común por todos sus hijos. Pero quienes lo entierran son, una vez más, Itzjak e Ishmael. Y después de su muerte se plantea la cuestión de la sucesión. Avraham no quiso zanjarla, y no quiso bendecir a Itzjak en vida, por temor a que Ishmael lo tomara muy mal y a que su odio hacia Itzjak se alimentara de esa frustración. Y así es: Vayehí ajaré mot Avraham vayevárej Elokim et Itzjak benó, «Después de la muerte de Avraham, D-os bendijo a Itzjak, su hijo» (Bereshit 25:11). Es D-os quien toma el relevo, D-os quien da la bendición a Itzjak. Pero después Itzjak la transmitirá a Yaakov. Y esa es la historia de Avraham.
Y está lo que se llama Beer Lajai Roí: vayéshev Itzjak im Beer Lajai Roí, «Itzjak habitó junto a Beer Lajai Roí» (Bereshit 25:11). La noción de Lajai Roí: Aquel que nos ve constantemente; la providencia, que no se puede ignorar ni eludir. Ahora bien, ¿no estaba Lajai Roí en la vecindad de Ishmael, en la vecindad de Hagar? Y ahora, con Ishmael, vienen las toledot de Ishmael (Bereshit 25:12). En las toledot de Ishmael faltan las dos vav. Las dos vav que faltan: la vav representa la estabilidad, la fijación, como el equilibrio, la buena orientación, el engranaje ideal. Pero aquí […], por el momento, todavía no se desprende nada, porque estas generaciones se asemejan más a Hagar, mientras que Ishmael es [presentado como] el hijo de Avraham.
Pero los otros hijos se asemejan más a Hagar, Hagar haMitzrit, Hagar la egipcia. Hay doce hijos, como ya hemos dicho; son la contrapartida: él los trae al mundo antes que las doce tribus de Israel. Shenem asar nesiim leumotam, «doce príncipes según sus naciones» (Bereshit 25:16): doce príncipes para doce naciones. Y a la muerte de Ishmael, [había hecho] teshuvá. Y sabemos que hizo teshuvá porque también de él se señala vayigvá, «expiró» (Bereshit 25:17): tuvo una muerte dulce, kemishjal beinitá mejalbá, «como quien saca un pelo de la leche» (Berajot 8a), como cuando se retira un pelo de un cuenco de leche. Es decir, murió […] rodeado de todos sus discípulos, de todos sus […], ¿de acuerdo?
Pero para nosotros: meJavilá ad Shur asher al pené Mitzráyim, «desde Javilá hasta Shur, que está frente a Egipto» (Bereshit 25:18) […]. Al pené kol ejav nafal, «se estableció —literalmente, «cayó»— frente a todos sus hermanos» (Bereshit 25:18): en vida misma de todos sus hermanos. Al pené kol ejav: ¿quiénes son sus hermanos? Pues sí: los que se aferraron a él, los que lo sostuvieron […]; francamente, es una cuestión candente de nuestra actualidad. Pero el Baal HaTurim [ve en ello] una proyección hacia el futuro, pues cuando se produzca al final la caída [de Ishmael] […]; porque el problema al final de los tiempos no es principalmente el de Esav, sino sobre todo el de Ishmael.
Bien, me detengo aquí. Si tienen preguntas que proponer, […]. Shabat shalom: el Shabat de Veéle Toledot. Gracias por haber visto este video.
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