Mishlé: Eshet Jáyil, el himno a la mujer perfecta — Primera parte

par le Rav Raphaël Benizri

El libro de Mishlé (Proverbios) concluye con un himno a la mujer valerosa, la Eshet Jáyil, que nuestros sabios leen como una exaltación de lo femenino. Pero esa exaltación choca con el estatus jurídico que la halajá (la ley judía) reserva a la mujer, y el Rav Raphaël Benizri se niega a presentar el poema sin haber expuesto antes esa cara oculta. Esta primera sesión está, pues, enteramente dedicada al cuadro ennegrecido: lo que dicen los textos sobre la hija, la esposa, su testimonio, su herencia, sus obligaciones. La pregunta que se plantea es sencilla y dura: ¿dónde reside realmente la dignidad de la mujer, si el derecho no le garantiza casi nada? La clase está dedicada a la memoria de las cuarenta y cinco víctimas de la tragedia de Merón.

El Rav comienza acumulando los textos más duros: el dicho que compara a la hija con la hierba hallada en la harina, el Tanjumá sobre la hija como tesoro envenenado, la enumeración de las incapacidades halájicas, la prioridad otorgada al rescate del hombre, la sentencia final de Kohélet (Eclesiastés), la bendición matinal entendida como una resignación. No intenta suavizarlos; los plantea como un estado de hecho del que hay que dar cuenta.

Luego da la vuelta al cuadro. La Torá entregada en el Sinaí se dirigía a una sociedad determinada y relativizó abusos entonces corrientes; no es la Torá a la que accede Moshé al subir. A partir de ahí, la clase retoma el relato de la creación —el hombre formado fuera del jardín, la mujer dentro de él—, la naturaleza del ézer kenegdó (la «ayuda frente a él»), la identidad de la serpiente, la finalidad que lo femenino da a las cosas, la realeza como séptimo grado y el mérito de las mujeres en la salida de Egipto. Las preguntas del público abren después el debate sobre el rabinato femenino, la exención de los preceptos ligados al tiempo y la distancia entre el derecho y la vida real de las familias.

Lo que enseña esta clase

Es imposible presentar Eshet Jáyil sin mostrar primero la cara oculta del estatus jurídico. El Rav declara de entrada que se niega a maquillar la situación: empezará por ennegrecer el cuadro y solo después presentará el poema. Lo que se trata de exponer es un estatus que bien puede indignar a las conciencias actuales y que, todavía hoy, reclama rectificaciones. La distancia entre el himno final de Mishlé y el derecho no es un malentendido de lectura: es la dificultad real del tema, y hay que pasar por ella.

La hija es presentada como un tesoro envenenado para sus padres. Los sabios vieron con malos ojos el nacimiento de una hija en la familia: lo tradujeron con la imagen de la hierba hallada en la harina, del vinagre hallado en el vino. El Tanjumá detalla la inquietud: se teme por ella desde su más tierna edad, se temen las malas compañías; luego hay que esperar a que la pidan en matrimonio, y nada asegura que encuentre la horma de su zapato; casada, ¿tendrá hijos?; madre, sigue a merced de un marido veleidoso o de una desgracia que la prive de su felicidad y de sus derechos; y ya anciana, se la sospecha de creencias malsanas. De ahí esta conclusión: dichosos los padres que solo tienen varones, ¡ay de quien solo tiene hijas! El Rav recuerda que al abrir el Arca todavía se piden hijos varones, y califica la cosa de escandalosa.

Ese temor se justifica porque el derecho no le garantiza prácticamente nada. Desde el punto de vista halájico, no hereda; su testimonio no se toma en serio; no puede ni juzgar ni dirimir. El Rav da un ejemplo llamativo: en la conversión de una mujer, la inmersión se realiza, por razones de recato, en presencia de una mujer, pero la palabra de la encargada del baño ritual no basta: hacen falta rabinos al otro lado del tabique, informados de que la inmersión ha sido completa, que la interroguen sobre sus intenciones. Es la declaración de los rabinos la que hace válida la conversión.

El matrimonio se describe como una adquisición que otorga derechos al hombre. Es el hombre quien consagra, y consagra con dinero; si es ella quien pronuncia la fórmula, es como si nada se hubiera dicho. El texto se funda únicamente en el hombre que toma. Y esa adquisición le confiere un servicio: ella le lava las manos, los pies, la cara; trabaja, y el fruto de su trabajo corresponde a su marido. ¿Puede siquiera seguir honrando a sus padres como quisiera? No: eso queda supeditado a la voluntad del marido, cuya autoridad está por encima de todo. La familia es patriarcal, lleva el nombre del padre.

Las incapacidades se extienden mucho más allá del derecho de familia. En la kehuná (el sacerdocio), el privilegio es del hombre y la mujer queda como accesoria. Según la ley estricta, ella podría realizar la matanza ritual, pero el Rema escribe que no hay que dejársela practicar, y la costumbre tiene fuerza de ley. No puede ser mohel (circuncidador), aunque la ley lo permitiría. ¿Puede llevar los flecos, subir a la Torá, participar en el zimún (la invitación colectiva a la bendición después de la comida)? Son otras tantas cuestiones que hoy se remueven. Y la búsqueda del jametz antes de Pésaj: ¿quién conoce mejor el terreno que ella, después de haber hecho toda la limpieza? Sin embargo, le corresponde al hombre, con el pretexto de que no se puede descartar un momento de descuido por parte de ella.

Ante el peligro, la prioridad es del hombre. Si dos personas están amenazadas, un hombre y una mujer, hay que salvar primero al hombre, porque lleva una carga espiritual adicional en el cumplimiento de los preceptos. La excepción es la toma de rehenes: si los secuestradores tienden a abusar de la mujer, entonces la prioridad es de ella. El Rav relaciona esto con el final del libro de Kohélet, que encuentra a la mujer más amarga que la muerte, y con la bendición que la mujer recita por la mañana, la cual suena menos a bendición que a sumisión o resignación: ella está hecha así, no lo ha elegido.

La Torá entregada en el Sinaí relativizó ante todo los abusos de su tiempo. Se dirigió a sociedades en las que lo femenino era percibido como un bien, y buscó darles un marco moral sin desconectarlas por completo de las costumbres circundantes. Por eso el precepto «no codiciarás» sitúa a la mujer del prójimo junto a su buey y su asno: no porque ella sea eso, sino porque así se la percibía entonces, como objeto de deseo y nada más. Había que recordar a uno y a otro sus derechos y sus obligaciones, para salvar la alianza conyugal y no dejarla a la arbitrariedad, mientras que otras tradiciones todavía permiten romper un vínculo de un día para otro.

Pero la Torá del Sinaí no es la Torá de D-os. La primera es la que desciende hacia el hombre; la segunda es aquella a la que accede Moshé al emprender la ascensión del monte. Ya no es la moral la que se pone al nivel de la vivencia del hombre, sino el hombre quien, en busca de D-os, se eleva a otra percepción: la de Rabí Akiva, la de Rabí Shimón bar Yojái. A ese nivel, las cosas ya no se ven con estrechez de miras ni con las mezquindades de lo jurídico, que por lo demás está en evolución permanente, incluso ante los tribunales rabínicos de hoy.

El hombre es creado fuera del jardín, la mujer dentro: el jardín es lo femenino. Allí surgió lo femenino, y surgió de tal modo que la relación ya no fuera de lado a lado, sino cara a cara. Algunos han leído ézer kenegdó como una reducción: es un contrasentido. Cuando se dice de D-os que es mi ayuda, eso no significa que sea mi asistente; es quien me construye, quien me edifica, quien me completa y me ayuda a realizarme. Es justamente lo que constata el hombre cuando dice: esta es hueso de mis huesos y carne de mi carne. El hueso es la esencia, lo que da al ser su estatura y lo pone en pie.

La serpiente no es un tercero: es el hombre convertido en serpiente. El texto dice de ella que era la más astuta de todos los seres vivos; más astuta, entonces, que el hombre creado a imagen de D-os. El enigma se disuelve si se comprende que se trata del hombre mismo. Lo que quiso fue poseer por completo lo femenino, sometiéndolo a las categorías del bien y del mal y a la lógica pura. Esa tensión lo excluyó del jardín, es decir, de lo femenino en el que se había formado. Desde entonces, la humanidad entera intenta reconquistar lo femenino; pero la mujer no tiene nada que conquistar: es al hombre a quien corresponde buscar, y consagrar.

«Ahí está, en la tienda» no quiere decir que esté en la cocina. Se tiende a leer la fórmula como una asignación doméstica. Dice otra cosa: la tienda es ella. Es ella quien es capaz de mover las cosas, porque es creación permanente. Comparar a la mujer con la luna no es una simple imagen: lleva en sí numerosas descendencias, y hay en ello no solo una renovación, sino una evolución. En esta línea hay que entender las palabras dirigidas a Avraham: todo lo que te diga Sará, escucha su voz.

Siete profetisas bastan, porque el séptimo grado es la realeza. No se cuentan muchas mujeres entre los profetas, y no hace falta: siete bastan, y el séptimo grado es maljut, la realeza, que caracteriza a lo femenino en la culminación de su evolución. Sobre todo, la profecía femenina no es de la misma naturaleza que la masculina: no es reproche ni llamada al orden. Pertenece a esa intuición que nuestros sabios llamaron una inteligencia adicional otorgada a la mujer: una perspicacia que va al fondo de las cosas y las traduce de otro modo en el plano práctico.

Lo femenino da a las cosas su finalidad. El profeta Eliyahu se revela un día a Rabí Yosí, y este le plantea la pregunta que lo inquietaba: ¿cómo puede D-os decir de su creación que no es buena, cuando había acompañado todo lo demás con la apreciación «bueno»? La respuesta: el hombre siega el trigo y lo lleva a casa, pero ¿puede comerlo tal cual? Planta el algodón, lo cosecha, lo trae; ¿puede vestirse con él? Es la mujer quien transforma el trigo en pan y el algodón en vestido; es ella quien da un alma a todas las cosas. No es que haga de cocinera o de costurera: da una finalidad, siendo ella misma la finalidad de la creación. De paso, el Rav se detiene en la letra que abre la palabra tov, «bueno»: vale nueve, justo antes del diez que lo completa todo, y nuestros sabios dicen que, llegado al noveno grado, ya no hace falta esfuerzo para que venga el décimo, que se presenta por sí mismo.

La pareja es monógama en su origen, y nuestros antepasados salieron de Egipto por el mérito de las mujeres. Asumir lo femenino en su unicidad excluye el reparto, salvo casos excepcionales —una enfermedad que inmoviliza a la esposa, situación en la que la ley abría una posibilidad en lugar de ir a buscar en otra parte—; la pareja ideal sigue siendo la de Itzjak y Rivká, puesto que la descendencia de Avraham pasa por Itzjak. En cuanto al papel de las mujeres en la historia, el Rav lo enumera: Batia, la hija del Faraón, que salva a Moshé; Miriam; las parteras. Fueron las mujeres quienes se negaron a entregar sus joyas para el becerro de oro. Fueron ellas quienes reclamaron la tierra: las hijas de Tzelofjad reivindican con ardor su parte, en las antípodas de la actitud de los exploradores. A ellas se suman Julda y Avigail. El lugar de lo femenino en el curso de la historia no deja, pues, lugar a dudas.

En este plano, la igualdad queda superada. Si el derecho, en la estrechez de sus límites, dejó a lo femenino en un segundo plano, la Torá es lo que arranca al hombre de su pesadez, y el primer motor de ese desprendimiento es la mujer. Ella se ha convertido en la inspiradora del hombre, y por eso se dice que hay que amar a la propia esposa como a uno mismo, pero honrarla más que a uno mismo. Esa es la bendición suprema que un hombre puede invocar con todas sus fuerzas, puesto que la mujer valerosa es la corona de su esposo. Con esta frase el Rav interrumpe la sesión, anunciando que presentará el poema en sí la próxima vez.

Los preceptos ligados al tiempo no la obligan porque su naturaleza es otra. Ante una pregunta sobre cómo recibe la mujer un precepto dirigido al hombre, el Rav responde con el dicho sobre los tres descarados de la creación: el gallo entre las aves, el perro entre los animales, Israel entre las naciones. La Torá, con sus seiscientos trece preceptos, vino a encauzar esa violencia, ese descaro, ese orgullo; la mujer no lo necesita, porque no tiene esas defensas, no busca ponerse por delante, tiene una contención y una discreción propias. Puede alcanzar sus objetivos sin ello. Del mismo modo, si se le dejó la educación dentro del hogar, es porque esa educación —una educación del corazón y no del intelecto— importa más que la que viene de fuera. El Rav recuerda además que la Torá fue ofrecida primero a las mujeres, en un lenguaje de seducción y de corazón, antes de serlo a los hombres en un lenguaje más duro.

Si lo femenino es el lenguaje del corazón, ¿por qué reducirlo al lenguaje de la razón? Es la respuesta del Rav a la cuestión del rabinato femenino. El amor se sitúa más allá de la justicia; el Talmud es lógica pura, un espacio donde se raspa la letra, la palabra y la ley hasta concluir que soy yo quien tiene razón y no tú; y recuerda que los veinticuatro mil alumnos de Rabí Akiva fueron víctimas de ese espíritu, mientras que las escuelas de Shamai y de Hilel se disputaban la ley como enemigos, pero no dejaban que los dividiera. El Zóhar, en cambio, vuelve al lenguaje de lo femenino, que introduce el amor en la justicia. No se trata, pues, de incapacidad —el Rav insiste: son muy capaces, hay mujeres en el gobierno y en la magistratura, y una mujer ortodoxa ha formado parte de la Corte Suprema de Estados Unidos—. Se trata de no establecer una regla general que encierre a lo femenino en la sola lógica.

El desprecio que se atribuye al mundo religioso no puede generalizarse. Un oyente menciona un documental abrumador; otro responde que vive en ese mundo, que las mujeres que conoce en él están realizadas, y que en materia de respeto no hay mucho que aprender del mundo laico, aunque reconoce que allí, como en otras partes, hay mujeres maltratadas. El Rav no zanja el debate sociológico: descarta la palabra misma «religión», que dice humana y no divina, e invita a cada uno a dejar de reproducir las imágenes y los estereotipos de los demás para ser uno mismo. Termina con una comparación: el encuentro entre dos personas sigue los cuatro niveles de lectura de un texto: la apariencia, la alusión de los gestos y de la palabra, lo que la persona dice pensar, y después lo que solo se descubre viviendo juntos.

Transcripción completa de la clase

— Rav Benizri, puede comenzar. — Sí, muy bien. Queridos amigos, buenas noches. La clase de esta noche está dedicada a la memoria de las cuarenta y cinco víctimas de la tragedia de Merón, a la memoria de mi hermano Shalom, de bendita memoria, y de todos nuestros seres queridos. Me había propuesto continuar con ustedes la reflexión sobre Mishlé, pero, como saben, el libro de Mishlé termina con un himno a la mujer valerosa. Y tal como nuestros sabios lo perciben, exalta lo femenino de tal manera que choca con el estatus de lo femenino en la halajá. Así que, en cierto modo, me prohíbo presentarles la Eshet Jáyil tal como la vemos y la percibimos sin mostrarles primero la faceta oculta de ese estatus jurídico, una faceta que bien puede indignar a las conciencias actuales, modernas, y que todavía hoy, a pesar de todo, está siendo objeto de rectificaciones desde distintos ámbitos.

Comencemos, pues, por esta afirmación de nuestros sabios, que vieron con malos ojos la llegada de una hija a la familia. Lo expresaron sin reparos: es como si uno hubiera encontrado hierba en su harina, vinagre en su vino. Así se presenta la hija entre los varones. Indignante, ¿verdad? Y sin embargo, dice el libro de Ben Sirá, citado por el Talmud, […] los tres son necesarios para la subsistencia del mundo. Entonces, ¿por qué? El Tanjumá lo explica: la hija es verdaderamente un tesoro envenenado para sus padres. ¿Por qué razones? Se teme que sea víctima de alguien desde su más tierna edad; luego, las malas compañías a medida que crece, un desliz, digamos, en el plano carnal.

Después, cuando llega a la edad, hay que esperar a que alguien la pida en matrimonio, y quizá no encuentre la horma de su zapato. Se casa: ¿tendrá hijos o no los tendrá? Con ella nunca se está tranquilo. Incluso cuando tiene hijos, sigue a merced de un marido que podría resultar veleidoso, o de una desgracia que la privaría de su felicidad y de sus derechos. Y por eso concluyeron: ashré mi shebanav zejarim, dichosos los padres que solo tienen varones, y ¡ay de quien solo tiene hijas! Olvidé un detalle: cuando envejece, tiende a entregarse a creencias malsanas —keshafim, prácticas de brujería—; es un hecho.

Al abrir el Hejal (el Arca Sagrada) decimos vetehav li benín dijrín: pedimos a D-os que nos dé hijos varones antes que hijas. ¡Es escandaloso! Hay cierto temor, justificado ¿por qué? Por el hecho de que el estatus de lo femenino, desde el punto de vista jurídico, halájico, a fin de cuentas no le garantiza prácticamente nada. La herencia: no hereda. Su testimonio no se toma en serio. Juzgar y dirimir un litigio: no puede. El texto, por supuesto, se apoya en referencias bíblicas para justificar ese estatus. Y la aberración va más lejos: incluso cuando hay una candidata a la conversión —y ustedes saben que la conversión depende de una inmersión total en el agua—, uno pensaría que, por recato, debería ser una mujer la testigo de esa inmersión y quien declarase que todo se ha hecho conforme a la halajá. Pues no: la presencia de la supervisora, si quieren, de la encargada de la mikve (el baño ritual), no se toma como palabra de Evangelio. Hace falta que unos rabinos se coloquen al otro lado del tabique, que se les informe de que ella se ha sumergido por completo y que la interroguen sobre sus intenciones futuras; eso es lo que cuenta. Sobre esa base declaran válida su conversión. Y en la boda:

¿quién es el mekadesh, el que consagra? El hombre. El hombre […]. ¿Qué ocurre? ¿Puede ella, por su parte, pedirle matrimonio y consagrarlo a él? Si ella le dice haré atá mekudash li, «he aquí que tú me estás consagrado», es como si no hubiera dicho absolutamente nada. Uno se funda únicamente en el texto: ki yikaj ish, «cuando un hombre tome». Es el ish, el hombre, quien toma. Muy bien, toma: es él quien es mekadesh, él quien la consagra, y la consagra con dinero. Ahora bien, ¿por qué es verdaderamente un kinyán? Una compra; sí, es una adquisición, y una adquisición que va a darle derechos. Atención: esta mujer se pone por completo al servicio de su marido. Ya verán, se van a reír.

Le lava las manos, le lava los pies, le lava la cara; trabaja, y todo el fruto de su trabajo es para su marido; está a su servicio, en su propia persona. ¿Puede seguir honrando a sus padres como quisiera? No, eso está supeditado a la voluntad del marido, porque la autoridad del marido está por encima de todo. Se ha dicho que la mujer está dispensada de numerosas leyes de la Torá porque depende de la voluntad de su padre. ¡Qué escándalo! La familia de la madre […]; no, la familia es patriarcal, lleva el nombre del padre; así se la ve. Todo esto nos lleva, en efecto, a preguntarnos: ¿dónde reside realmente el kavod, la dignidad, de la mujer? ¿Acaso este kol kevudá bat mélej penima —«toda la gloria de la hija del rey está en el interior»— no es sino el de un ama de casa que hace las tareas domésticas en lugar de una empleada de limpieza?

Y paso por alto el resto, porque hay otras restricciones; no hablemos siquiera del ámbito de la kehuná, el sacerdocio. El kohén es el hombre, que tiene todo el privilegio del sacerdocio, y la mujer, su esposa, es accesoria. Es más, incluso se le han retirado ciertas prerrogativas, ciertas leyes. Según la ley, una mujer podría sacrificar ritualmente un ave o un animal, pero es el Rema quien dice que no habría que dejar que las mujeres lo practiquen, y el minhag, la costumbre, tiene fuerza de ley. No puede ser mohel, aunque según la ley sí podría; pero se hace así porque no, no está bien visto. No vamos a dejar que una médica, una mujer, practique la milá, la circuncisión.

Una mujer quiere llevar los flecos: ¿por qué no, si está en disposición física de hacerlo? ¿Puede subir a la Torá y ser llamada a la lectura? Son cuestiones que hoy se remueven. ¿Por qué? Porque molesta un poco al público masculino. Bueno, comprendo que pueda molestarle si ella no va vestida adecuadamente, etcétera. Pero así son las cosas. ¿Puede participar en un zimún en la mesa? Tampoco. ¿Puede hacer la bedikat jametz, la búsqueda de la levadura? Ahí está ella, que se ha deslomado haciendo la limpieza de Pésaj. ¿Quién mejor que ella sabe dónde están las cosas y lo que ha hecho? Pues no: es el hombre quien debe hacer la bedikat jametz. Y él, que vuelve del trabajo, no sabe lo que se ha hecho. «Ah, pero quizá ella tuvo un momento de pereza, un momento de descuido», así que todavía no se le va a tener plena confianza. Y lo que puede escandalizar: cuando un hombre y una mujer son tomados como rehenes, se mira si esas personas, esos secuestradores, tienden efectivamente a abusar de la mujer; si es así, hay que dar prioridad a la mujer. Si no, no: siempre es el hombre. Porque si dos personas están amenazadas en algún accidente, un hombre y una mujer, hay que dar prioridad al hombre. Hay que salvar primero al hombre,

porque tiene una carga espiritual adicional en el cumplimiento de las mitzvot. Ustedes saben con qué termina el libro de Kohélet: «Encuentro a la mujer más amarga que la muerte»; un juicio tan negativo. «Todo el que sigue los consejos de su mujer […]» […]. Se comprende entonces que la bendición que dice la mujer por la mañana —sheasani kirtzonó, «que me ha hecho según Su voluntad»— es más una bendición de sumisión, una bendición de resignación: está hecha así, no lo ha elegido. Bueno, seamos serios. Ustedes saben que la Torá, tal como fue entregada cuando D-os descendió sobre el monte Sinaí hacia el hombre, relativizaba todos los abusos que eran moneda corriente en las civilizaciones, en las grandes civilizaciones de la época.

La Torá buscó darles un marco que no las desconectara por completo de los usos y costumbres de la sociedad circundante, e intentó darles una base moral, de modo que lo femenino no fuera percibido como aparece en los Diez Mandamientos —lo tajmod—: no codiciarás a la mujer de tu prójimo como codicias su buey, su asno. Pero ella no es eso. Entonces, ¿por qué ponerla en la categoría del buey y del asno, de la adquisición? Porque así era como se la percibía. Cuando en la sociedad ella es objeto de deseo y nada más que eso, entonces ahí está: lo tajmod; a los ojos de los demás está en el mismo nivel.

Esa es, pues, la Torá que apunta al pueblo llano, a la base, donde hay que recordar a uno y a otro cuáles son los límites, qué derechos pueden efectivamente reclamar y cuáles son sus obligaciones, a fin de salvar a toda costa el hogar, la alianza, y no dejarla al arbitrio de cada uno, como sucedía entonces y como sucede hoy en ciertas religiones, donde efectivamente uno puede decidir romper un vínculo de un día para otro, sin que nadie se entere, ¿no es así? Hay un mínimo garantizado. Pero no olvidemos que hay una diferencia entre la Torá que fue entregada en el Sinaí y la Torá de D-os. La Torá de D-os no es la Torá que fue entregada en el Sinaí.

La Torá de D-os es la Torá a la que accede Moshé al emprender la ascensión del monte Sinaí. Es él quien sube hacia D-os; no es D-os quien desciende hacia él. No es la moral la que se pone a la altura de la vivencia del hombre, sino el hombre quien, en busca de D-os, intenta efectivamente elevarse a una cierta percepción de las cosas —la de Rabí Akiva, la de Rabí Shimón bar Yojái—, y entonces las cosas se perciben de otro modo. No con estrechez de miras, no en lo jurídico y sus mezquindades —porque ese juridicismo y esas mezquindades, como podemos constatar, están en evolución permanente, y hoy ya no es así, ni siquiera ante los tribunales rabínicos—, sino con un alcance moral de una elevación superior, por el cual lo femenino es percibido […].

El hombre es creado fuera del jardín del Edén; la mujer es creada dentro del jardín del Edén. Eso lo dice todo: el jardín del Edén, para el hombre, es lo [femenino]. Lo femenino surgió allí, porque es allí donde surgió lo femenino, y surgió de tal manera que la relación ya no fuera de lado a lado, sino cara a cara: una interioridad, panim el panim, cara a cara. Y en ese momento la mujer se convierte en ézer kenegdó. Hay quienes han visto este ézer como una reducción. Pero no, ézer no es una reducción […]. Cuando ustedes dicen que el Santo, bendito sea, es mi ézer, mi ayuda, eso no quiere decir que sea mi asistente. Al contrario: es Él quien me construye, quien me edifica, quien me realiza, quien me completa por entero, quien me ayuda a realizarme.

Y eso es lo que constata el hombre desde el principio: desde el momento en que ella fue hecha, modelada por la mano de D-os, él dice: sí, esta mujer es carne de mi carne y hueso de mis huesos. […] La carne, sí, pero el hueso es la esencia: es lo que da al ser su estatura, lo que lo pone de pie, erguido. Y basar mibesarí, «carne de mi carne», es lo que constituye, en el exterior, todos los valores que puedo llevar y expresar. Y así, de paso, uno se da cuenta de algo acerca de lo femenino a lo largo de la Biblia: no es la mujer quien llevó al hombre a su perdición; es el hombre quien llevó a la mujer a la perdición. Porque ¿quién es ese najash? ¿Quién es esa serpiente que sedujo a la mujer?

Vamos: esta serpiente, hayá arum mikol jayat hasadé, «era más astuta que todas las bestias del campo»; ¿esta serpiente es de verdad la más astuta de todas, más astuta que el hombre, que fue creado a imagen y semejanza de D-os? No: esta serpiente no es otra cosa que el hombre convertido en serpiente. Es el hombre quien quiso poseer por completo lo femenino, sometiéndolo a las categorías del bien y del mal y de la lógica pura. Y por eso mismo se encontró en un estado de tensión que lo excluyó del jardín del Edén. Excluido del jardín del Edén: dije hace un momento que el jardín del Edén era lo femenino, porque es allí donde se realizó, donde se constituyó. Al salir del jardín del Edén, es este hombre convertido en serpiente, esta serpiente-hombre, quien condenó a la humanidad entera a intentar reconquistar lo femenino. Pero ¿quién tiene que conquistar? La mujer no tiene nada que conquistar; es al hombre a quien le corresponde conquistar.

Es al hombre a quien le corresponde buscar lo femenino, al hombre consagrar lo femenino, pero en otra dimensión: la dimensión en la que lo femenino se convierte en su musa, en quien lo inspira. Kol asher tomar eleja Sará, shemá bekolá: «todo lo que te diga Sará, escucha su voz». En este estadio —mientras que al principio tendíamos a entender hiné vaóhel, «ahí está, en la tienda», como si se dijera «está en la cocina»—, no: el óhel, la tienda, es ella. Es ella quien es verdaderamente capaz de mover las cosas, porque es creación permanente. Comparar a la mujer con la luna no es simplemente una imagen.

No: […] es ella quien puede llevar en su seno numerosas descendencias, de modo que haya una renovación, y no solo una renovación, sino una evolución. Así es como se realiza. Y, en efecto, ¿cuántas contamos? No contamos muchos profetas entre las mujeres; no nos hace falta. Para que una mujer sea profetisa… siete, siete nos bastan. El séptimo grado es maljut, la realeza. Y la realeza es lo que caracteriza a lo femenino en su séptimo… en el séptimo grado de su evolución. Volveré sobre esto en Eshet Jáyil. Ahora bien, la profecía femenina, a diferencia de la masculina, no es reproche, no es llamada al orden. Es lo femenino lo que está dotado de esa intuición, como cuando nuestros sabios dijeron biná yeterá baishá, una comprensión adicional en la mujer: una inteligencia, digamos, una perspicacia, un don para ir al fondo de las cosas y traducirlas de otro modo en el plano práctico. Porque cuando el profeta Eliyahu se reveló un día a Rabí Yosí —¡cuánto había esperado Rabí Yosí esa visita!—, este no encontró otra pregunta que hacerle más que la que lo inquietaba sin cesar.

¿Cuál? Lo tov heyot haadam levadó, «no es bueno que el hombre esté solo». ¿Cómo puede D-os decir de Su propia creación que no es buena? Es Él quien creó al hombre; es Él quien dio… y ese hombre era a la vez hombre y mujer. Y luego es Él quien dice esto, cuando de toda la creación había dicho que todo era bueno; la había acompañado de esa apreciación. «Bueno»: ustedes saben que la letra tet, la letra de tov, es el noveno grado, antes del décimo que lo completa todo. Nuestros sabios dicen que, cuando se llega a ese noveno grado, no hace falta esforzarse para alcanzar el décimo: se presenta por sí mismo, viene a añadirse por sí solo. El diez se añade por sí mismo; por eso, dicho sea de paso, la yud, la letra más pequeña del alfabeto hebreo, es ese añadido: es la que se presenta, la que se revela al hombre por sí misma cuando el hombre ha seguido esa evolución de las nueve palabras, los nueve ciclos, los nueve meses que van desde su concepción hasta que emerge, hace su travesía y viene al mundo.

Cuando veo que Aquel que creó al hombre —perdón— dijo de Su creación lo tov, ¿qué le responde [Eliyahu]? El profeta Eliyahu responde: el hombre sale y lo trae todo a casa —ha segado, lo ha traído todo—, pero ¿puede comerlo tal cual? También ha plantado el algodón, lo ha recogido, lo ha traído: ¿puede vestirse con él? No. Has de saber que es la mujer quien transforma ese trigo en pan, ese algodón en vestido; es ella quien da un alma a todas las cosas. Y mientras lo femenino no había sido creado, eso era lo que faltaba. Pero eso no quiere decir que ella hiciera un trabajo de costurera o de cocinera al preparar su pan o su algodón. En absoluto. Quiere decir que dio a las cosas su finalidad.

Dar una finalidad: eso es lo propio de lo femenino, que es en sí mismo la finalidad de la creación. Y por eso la pareja es monógama en su origen. Sí, así es como hay que entenderlo. El primero que tomó dos mujeres fue Lémej […], y quedó marcado con ese calificativo […], porque asumir lo femenino en su unicidad exige [exclusividad], salvo en casos excepcionales de enfermedad, en los que las cosas evolucionan de otro modo. Entonces podía haber dos esposas porque una de ellas había quedado efectivamente postrada por una enfermedad, inmovilizada, impedida, incapaz de responder a nada. En lugar de ir a buscar en otra parte, legalmente existía la posibilidad de tomar una segunda esposa, pero son casos muy concretos. La pareja ideal que tenemos es una pareja monógama, la de Itzjak y Rivká, porque para nosotros la referencia del zera Avraham, la descendencia de Avraham, es Itzjak Avinu: es Itzjak, que tomó a Rivká. Y siempre que vemos cómo intervinieron estas mujeres, cómo dejaron su huella en la historia, en el curso de la historia de Israel, podemos decir que el lugar de lo femenino es efectivamente determinante en nuestra evolución. Eso no nos deja ninguna duda, puesto que bizjut nashim tzidkaniyot yatzú avoteinu miMitzráyim: por el mérito de las mujeres justas salieron nuestros antepasados de Egipto.

Fue Batia, la hija del Faraón, quien salvó a Moshé, por no hablar de Miriam, por no hablar de las parteras. Fueron las mujeres quienes reclamaron la Tierra de Israel; fueron las mujeres quienes se negaron a desprenderse de sus joyas, de sus adornos, para el pecado del becerro de oro. Las hijas de Tzelofjad reclaman con ardor su parte en la Tierra de Israel, a diferencia de la actitud de los exploradores. Y más adelante tendremos que aprender también de otras mujeres, como Julda, […] y Avigail, figuras de pensamiento que recordaré en el estudio de Eshet Jáyil. Pero esto es simplemente para decir que si, en el plano de la justicia, dentro de sus estrechos límites de pensamiento, lo femenino quedó un tanto [relegado], por el contrario la Torá es lo que arranca al hombre de su pesadez.

Y su primer motor es la mujer. Podemos decir que en este ámbito la igualdad queda superada, superada de hecho. Ella se ha convertido en la inspiradora del hombre. Por eso hay que amar a la propia esposa como a uno mismo, pero honrarla más que a uno mismo. Esa es verdaderamente la bendición suprema que un hombre puede merecer, que un hombre puede invocar con todas sus fuerzas, porque éshet jáyil atéret baalá: la mujer de fortaleza, la mujer valerosa, es verdaderamente la corona de su marido. Así que me detendré aquí esta noche, porque no quise maquillarles la situación presentándoles la Eshet Jáyil. Empecé por ennegrecerles el cuadro, y a continuación les presentaré la Eshet Jáyil propiamente dicha.

Así que, si tienen preguntas, adelante, con mucho gusto. — Rav Benizri, no es exactamente una pregunta lo que tengo, pero en efecto… — Un poco más fuerte. — Rav Benizri, no es exactamente una pregunta, […]. Solo quería decir que me alegra que vaya a haber otra clase sobre Eshet Jáyil, porque yo, personalmente, después de haberla recitado tantas veces, siempre he sentido que la Eshet Jáyil, al menos lo que quería decir, estaba en discordancia con lo que veía a mi alrededor en el mundo tradicional. — Yo mismo se la presento así ahora. — Sí, eso es lo que oigo, y es lo que yo también pienso.

— Pero entonces, escuche: si usted la ve en discordancia, es sencillamente —perdone que se lo diga así— porque se ha puesto en la piel de ese mundo que, so capa de haber concedido a lo femenino todos esos derechos, sigue pisoteándolo con toda la cortesía requerida y toda la hipocresía necesaria. Y sin embargo, al fin y al cabo, Devorá la shofetet era jueza. Beruriá tenía autoridad para dictar sentencia sobre su marido, [Rabí] Meír. Las hijas de Rashí —ustedes saben que Rashí no tuvo hijos varones, solo hijas—, pues sus hijas eran más que eruditas: se las cita como autoridades halájicas. Por desgracia, hemos percibido lo femenino como lo percibieron los demás, y lo dejamos en ese encuadre, en ese pequeño encuadre de la visión de las cosas, porque no se podía, de un día para otro, arrancar a los hijos de Israel de la contaminación de la cultura egipcia. Era imposible. Del mismo modo que una luz intensa ciega, así también una enseñanza de gran intensidad, que la pequeña mente de un niño o de un adolescente no puede recibir, lo vuelve impermeable a cualquier posibilidad de recepción. Eso es lo que sucede. Ahora bien, la Torá, tal como fue entregada en el monte Sinaí, quiso situarse en el nivel más bajo del hombre. Después, el hombre hizo de ella su Torá. Y a medida que aprende, se convierte en su Torá. Pero su Torá de los veinte años no es la de los treinta, ni la de los cuarenta, hasta el momento en que su Torá ya no es su Torá, sino que se convierte en Torat Hashem, la Torá de D-os, capaz de un vuelo espiritual tal que ni siquiera los ángeles, que son enteramente fuego, pueden [tocar] ese fuego —el fuego que produce el hombre en el plano espiritual— sin quemarse. Esa es la verdadera Torá: vayáal Moshé, «y Moshé subió». Porque Moshé, al subir, no se contenta con la Torá revelada por el Santo, bendito sea, a un pueblo todavía clavado al pie de la montaña, un pueblo incapaz de escalarla, de subirla, porque tiene miedo de morir.

Por eso, incluso cuando D-os habló, se nos dice que a cada palabra, a cada enunciado, perdían el alma y solo después la recuperaban; es decir, que ni siquiera a ese nivel eran capaces de aceptar lo que se les decía. Ya superaba su entendimiento. — ¿Puedo hacer una pregunta? — Sí. — Buenas noches, Rav Benizri. A pesar de todo, quería hacer esta pregunta. El precepto está dirigido al hombre. — Sí. — El problema no está en lo femenino en cuanto tal. El problema está a veces en lo femenino en su relación con la Torá. Cuando leo este precepto, no está dirigido a mí; o bien, ¿cómo está dirigido a mí? — No he oído la última frase.

— El precepto, lo tajmod, etcétera. Los preceptos también se dan a las mujeres. ¿Cómo deben tomar las mujeres este precepto? — Ah, muy bien. Hay un dicho de nuestros sabios: hay tres descarados en la creación; entre las aves, el gallo; entre los animales, el perro; entre las naciones, el pueblo de Israel. Es decir, la Torá fue dada únicamente para encauzar esa violencia del ser, ese descaro, ese orgullo; por eso la Torá, con sus 613 mitzvot, solo concierne al hombre. Pero la mujer no necesita las 613 mitzvot. ¿Por qué? Porque su naturaleza es completamente distinta. No tiene esas defensas; no va buscando ponerse por delante. Tiene cierta contención, cierta discreción.

Y así, para ella, cuando se dice mitzvot asé shehazmán guerama nashim peturot —las mujeres están exentas de los preceptos positivos condicionados por el tiempo—, es porque, de entrada, no les conciernen. Pueden alcanzar sus objetivos sin ellos. Y por eso todas las mitzvot de la Torá se refieren más bien al hombre. — Kevod haRav, ¿podría usted…? […] — Pero yo soy el jazán, el cantor, del Santo, bendito sea; no soy Su borrador. Soy la expresión de Su voz. […] Y así, incluso esa educación, que no se le confió [formalmente], sino que se le dejó dentro del hogar, es porque esa educación dentro del hogar es mucho más importante que la educación que el niño pueda traer de fuera del hogar.

Esa es una educación del corazón, no una educación del intelecto. Y por eso —tiene usted razón— lo tajmod se dirige más al hombre y no a lo femenino. Sí, otra pregunta. — Kevod haRav, ¿es cierto, es correcto, que Moshé Rabenu presentó la Torá primero a las mujeres? — Así es: ko tomar leveit Yaakov vetaguid livnei Israel, «así dirás a la casa de Yaakov y anunciarás a los hijos de Israel». El Santo, bendito sea, empezó por las mujeres: si las mujeres no hubieran aceptado la Torá, la aceptación de los hijos de Israel no habría tenido ningún sentido. Para la casa de Yaakov dijo amirá, tomar: el lenguaje suave, el lenguaje de la seducción, el lenguaje del corazón. Vetaguid: devarim hakashim keguidín, «palabras duras como tendones»; para eso hay que tomar el látigo para educar, el vergajo de buey. A nosotros mismos nos educaron así […] en el jéder: el maestro tenía un vergajo de buey […]. Si se nos iba la concentración, veíamos ese vergajo de buey caer sobre nuestros hombros. — ¿De verdad, un vergajo de buey? — Sí. Dense cuenta, era la época; eran otros tiempos.

Lo cual demuestra que siempre hay una evolución, siempre una nueva manera de ver las cosas, y por delante está esa ascensión perpetua del ser. De modo que no hace falta encerrar al hombre en una prisión, no hace falta hacerle violencia, no hace falta [coaccionarlo]: él mismo es capaz de comprender y de adherirse. Y el niño, en su adolescencia, también se rebela contra todo. No hay que juzgarlos sin [tener en cuenta] la oposición que muestran a quien quisiera darles una enseñanza ajena a su propia naturaleza. — Sí, Rav Benizri, buenas noches. Usted dice que efectivamente hay una evolución, que evolucionamos, que la Torá fue dada en una época determinada y que las funciones de los hombres y de las mujeres se establecieron en función de lo que nos rodeaba en la época de la salida de Egipto, para no alejar demasiado a la gente de las culturas que conocía. Hoy en día todo ha evolucionado, todo ha cambiado. Se dice que detrás de cada hombre que ha triunfado hay una mujer. Entonces, ¿por qué, puesto que tienen esa sensibilidad, esa inteligencia innata, y también tienen capacidad de aprender, por qué en el judaísmo de hoy no las encontramos en el rabinato, como rabinas también? ¿Por qué no permitirles ejercer esas funciones hoy, cuando ellas también podrían tener una influencia importante en la vida de cada uno?

— Pues se lo voy a decir; aquí la respuesta es muy sencilla. El amor se sitúa más allá de la justicia; en eso estamos de acuerdo. Si lo femenino es el lenguaje del corazón, ¿por qué hay que reducirlo al lenguaje de la razón? Está más allá de ese lenguaje. La justicia es la justicia. El Talmud es el Talmud. La Ley Oral: entras en una lógica que no te suelta, que al final no te deja ningún espacio en el que […]. Bueno, no importa, lo dejo. No. El Talmud es un estudio […]. Fíjense que nuestros sabios dicen que [las escuelas de Hilel y de Shamai] eran como oyvim, como enemigos, cuando se disputaban la ley, pero terminaban como ohavim, como quienes se aman.

Terminaban así, para no dejar que esa ley los dividiera, que esa justicia los dividiera. La Ley Oral es lógica pura; no es […] la ley del Zóhar, es decir, la ley de Rabí Shimón bar Yojái. Por cierto, la semana pasada tuve ocasión de decir que los 24.000 alumnos de Rabí Akiva que perecieron fueron víctimas de ese espíritu, ese espíritu de raspado. Se raspa la letra, se raspa la palabra, se raspa la ley, y luego uno considera que soy yo quien tiene razón y no tú; y el otro dice que no, que es él quien tiene razón. Mientras que en el Zóhar de Rabí Shimón bar Yojái volvemos más bien a ese lenguaje de lo femenino, que es todo amor —rajamim badín—, introducir la noción de amor en la justicia. Eso es, pues, lo que no se quiere […], simbólicamente. Por lo demás, hoy en día hay, en cierto modo, personas —en el gobierno y también en la magistratura—; es un hecho que hay mujeres, y podría haber muchas mujeres en […]; nadie se lo impide.

Ustedes saben muy bien que hay una mujer ortodoxa en la Corte Suprema de Estados Unidos, ¿no es así? Y que viene de un medio jasídico, de línea dura. Así que no hay contradicción; simplemente no se quiere establecer una regla general que reduzca lo femenino a esa sola lógica matemática. Hay que dejar que se exprese de otra manera. Ahora bien, si tú quieres hacerlo, puedes hacerlo: ¿quién te lo impide? Hubo un tiempo en que los ortodoxos se retiraron porque se había confiado un puesto de ministro a […] la primera mujer que llegó a ser primera ministra de Israel. Hoy ningún ortodoxo abandona el gobierno, aunque quizá mañana Ayelet Shaked ocupe ese puesto.

— Sí, pero si son capaces en la política, y los ortodoxos no tienen ningún problema con ellas en la política, entonces, con el mismo razonamiento, quizá sean igual de capaces —no solo con el amor, sino también con el intelecto— de juzgar y de ser rabinas. — No, yo no digo que no sean capaces; usted deforma mi pensamiento. Al contrario, son muy capaces. — Entonces, ¿dónde está el problema? — El problema es que las queremos como profetisas; no las queremos como […]. — Rav Benizri, ¿no está también relacionado con el hecho de que no dominan la función? — No oigo […]. — ¿No está también relacionado con el hecho de que no dominan la función?

— ¡Ah, no, de ninguna manera! De hecho, hay toda una serie de mitzvot que se dan a los hombres porque dominan la función. ¿No interviene aquí en la reflexión esa noción de dominar la función? — He oído la mitad; la otra mitad no la he oído, así que no puedo responder. Disculpe: un poco más alto, un poco más fuerte. — Decía: el hecho de que las mujeres no dominen la función… en general, todas esas mitzvot que se dan a los hombres se deben también a que ellos dominan la función, y las mujeres no siempre dominan la función. ¿No interviene eso también en la reflexión? — Sí, ciertamente interviene, pero no es la razón esencial. Yo digo que la razón esencial es que lo femenino es capaz de más; entonces, ¿por qué mantenerlo únicamente en esa óptica [limitada]?

Al contrario, dejémosle las esquinas con los flecos: claro que puede hacerlo, por supuesto. — ¿Puedo hacer, eventualmente, una pregunta política? — Una pregunta política. Sí. — Rav Benizri, hace unos años el rabino Adín Steinsaltz escribió un libro sobre la mujer y sobre el lugar de la mujer. — Sí, en efecto. — Y fue, digamos, amenazado, y ciertas autoridades aquí en Israel le pidieron amablemente que retirara su libro de la venta. ¿Sabe usted qué pasó con el rabino Steinsaltz, […]? ¿Y en qué quedó esa historia? Le pidieron que retirara el libro. Yo he leído ese libro.

— Ya lo tengo; de hecho, lo tengo. — Cuando quise comprarlo ya no era posible, y me dijeron que lo habían retirado bajo amenaza. — Se lo puedo fotocopiar. — ¿Por qué? ¿Es ortodoxo? — ¡Los derechos de reproducción de ese libro ya no están protegidos si se ha retirado de la venta! — Pero ¿por qué lo amenazaron? ¿Sabe usted por qué? Yo no lo sé. — No lo sé… porque presentó a todas las mujeres de la Biblia bajo […]. — Ah, ya sabe usted… Eso es un problema. Hoy, o te reconocen o no te reconocen, ¿no es así? Hay corrientes en el judaísmo que no se toleran entre sí.

Es como tantos discípulos de rabinos que […]. Y sin embargo hay que aceptar al otro, del mismo modo que con sus hijos ustedes transigen porque tienen una opinión distinta, una visión distinta de las cosas; no les imponen su manera de ver y de hacer, la aceptan e intentan comprender. Por desgracia, ese espíritu de apertura no existe, con el pretexto de que la mejor manera de conservar la ley es no ceder ni un ápice del texto, y no solo del texto, sino incluso de la vestimenta. Si hacen falta calcetines blancos, hacen falta calcetines blancos. Si hace falta levita, hace falta levita. Bueno, no vamos a extendernos sobre las levitas. Otra pregunta. — Bueno, le agradezco, Rav Benizri, que comparta su visión de la mujer, y debo decir que es una visión muy humanista, muy ilustrada e iluminadora, muy humanista; pero aun así, no se puede decir que sea, por desgracia, la visión de muchos religiosos, o de muchos ultraortodoxos. Anteayer mismo vi un documental sobre Mea Shearim; el desprecio por las mujeres era sencillamente aterrador. Hay que reconocerlo. — Nathaniel, te lo ruego: en el crecimiento espiritual, sé tú mismo; con eso me basta. Hubo un tiempo en que jugábamos con calcomanías. Si seguimos jugando con calcomanías siendo adultos, reproduciendo las imágenes y los estereotipos de los demás, no acabaremos nunca. Dejémoslo. Seamos creativos. ¿No es así, Eric?

— Sí, estoy completamente de acuerdo con usted. — ¡Pero todavía más creativos! El Talmud dice claramente, a propósito de las mujeres…, el Talmud dice […]. Es una construcción, una edificación; no es una simple inteligencia matemática. Es una concepción. Ustedes saben que todas las esferas son femeninas: las esferas del pensamiento, la esfera de la creación, la esfera de la nobleza son femeninas. El Shabat es masculino en francés; en hebreo es femenino. La Torá es femenina. La Torá shebeal pe, la Ley Oral, es masculina […]. Y por eso a lo femenino se le veda el acceso, porque ese es el límite. No obstante, hay mujeres que son eruditas de muy alto nivel, y nadie las excluye. Y bien, mis queridos amigos, nos vemos la semana que viene.

— ¿Podría hacerle una pregunta más, Rav Benizri? Hay una mujer rabina en Francia que es muy famosa, que aparece a menudo […]. ¿Qué siente usted ante el hecho de que esta mujer sea rabina, de que sea reconocida y aceptada, y de que los medios la presenten a menudo para mostrar que efectivamente hay algo diferente —una manera femenina de ver las cosas, pero igual de seria que si fuera un hombre—? ¿La acepta el rabinato en general? ¿Podría aceptarla? — Es brillantísima, absolutamente brillantísima. — ¿Y quién es? ¿De quién hablan? — De Delphine Horvilleur, ¿verdad, Eric?

— ¿Perdón? — Sí, eso es, Delphine Horvilleur, sí, exactamente. — Eso es, Delphine Horvilleur. — No la conozco. El nombre me suena. — Pero es una verdadera filósofa, una verdadera… — Sí. Escuche, ¿de qué comunidad es rabina? — Es rabina en Francia, no lo sé. Nathaniel quizá lo sepa. — Es liberal. — Es liberal. Bueno, entonces aquí caemos en […]. Pongamos las cosas en su sitio. No podría ser rabina en ningún otro sitio que en esos medios. — No, pero escuche: si nos dispersamos en distintas corrientes y distintos […]… Es cierto, por lo demás, que necesitamos una autoridad general, necesitamos una reagrupación. Mientras no hayamos recuperado la autoridad del Sanedrín, es difícil crear…

…y hacer cambios, emprender cambios que bien pueden facilitar la desintegración de toda la unidad del pueblo judío, lo cual no es fácil. Por lo demás, hoy, en el plano político, vemos lo que eso da. Entonces, ¿qué sería en el plano [religioso]? — ¿Y la personalidad de Nejama Leibowitz? — ¿Perdón? — ¿Qué piensa usted de la personalidad de Nejama Leibowitz? — Nejama Leibowitz… Escuche, Nejama Leibowitz está en la tradición pura. Saben ustedes que yo di mis primeros pasos en el pensamiento judío con Nejama Leibowitz, y la respeto como maestra de pensamiento. Su hermano, ya saben, el profesor Yeshayahu Leibowitz, es mucho más audaz que ella. Pero les confieso que ella tiene una inteligencia refinada que merece ser estudiada a fondo.

Pero, ¿saben?, partamos del principio de que […]. Incluso cuando me entregan una enseñanza, me preguntan: «¿Acepta usted las copias?». No las quiero, pero estoy obligado, si no, me rechazan. Dejen un poco de lado todo eso; eso es lo importante. — Solo una pequeña cosa para terminar, si me lo permite. Es a propósito del comentario de Yves, Yves de Latour, no sé cómo se pronuncia el nombre. — No entiendo el comentario de Yves. — […] — No, lo que yo quería decir es que, cuando usted hablaba del estatus de la mujer entre los religiosos, yo conozco el estatus de mi propia esposa, pero también el de muchísimos amigos religiosos que viven en Israel.

Y pienso que, en lo que respecta al respeto a la mujer, al respeto de los derechos de la mujer y al respeto de la realización de la mujer, no tenemos mucho que aprender del mundo laico. Pienso que hay mucha menos falta de respeto hacia la mujer en el mundo religioso-nacional de las kipot serugot, las kipás tejidas —hablo de las kipás tejidas porque es el mundo en el que vivo—, que en el mundo laico en general. Así que, cuando me dicen «la mujer entre los religiosos», se me eriza el vello, porque religiosos los hay de todo tipo, de todas las formas. Por otra parte, la gente que habla de los religiosos, en general, no conoce en absoluto la vida de los religiosos, porque nunca ha vivido allí.

Incluso cuando hablamos de nuestros religiosos: yo he visto amigos en Bnei Brak, y sus esposas están realizadas. Así que, cuando se habla de «la mujer entre los religiosos», me parece un tópico, y me parece verdaderamente superficial y del todo fuera de lugar, aunque evidentemente entre los religiosos, como en el otro grupo, hay mujeres que son maltratadas […]; eso no ofrece ninguna duda. Pero cuando se habla de «religión», no me reconozco en ello. — Solo una palabrita sobre nuestra tradición… — Lo «religioso»… lo aborrezco. Lo aborrezco. Hablemos de espiritualidad, hablemos de otra cosa. La religión es humana; no es divina. — Solo quería añadir una palabrita: en nuestra tradición, la mujer es una perla. La palabra peniná: penima quiere decir «interior», peniná quiere decir «perla». Sí, en nuestra tradición la mujer es una perla. — Volveremos sobre eso, pero depende de a cuánto la compres, de qué precio pagues por ella.

[…] — Sí, penima y peniná son palabras muy cercanas. — Somos un poco ingenuos, un poco ingenuos. Le decía a un grupo de chicas, de jóvenes mujeres, a las que doy clase los lunes por la noche: ya saben, cuando van a un shidduj, ¿verdad? Ustedes conocen a un joven, o un joven conoce a una joven. Entonces, primero, la primera mirada: han visto cómo se presenta. Eso es el peshat, el sentido literal. Han visto a la persona: ¿les causa impresión o no? Luego la persona se pone a hablar, camina delante de ustedes, y ven un poco en sus movimientos, en su manera de hablar: ¿cecea?, ¿tartamudea? Después, al final, quieren ir al fondo de las cosas: ¿qué piensa esa persona? Pues bien, eso era el rémez: el rémez era la alusión; el derash era lo que la persona piensa: les dice lo que piensa —«estas son mis ideas, estas son mis aspiraciones»—, y el joven también. Pero ahora, ¿creen que ya lo saben todo? No, porque cada uno de ustedes ha ocultado cosas y no las ha revelado. Por consiguiente, esas cosas las van a descubrir más adelante, cuando vivan con la persona. Eso es el sod, el secreto. El sod se descubre —la profundidad del texto—; uno empuja el texto, y en ese momento lo estamos poniendo a prueba, y él también nos pone a prueba a nosotros. Así nos descubrimos el uno al otro, en sentido propio y en sentido figurado.

Ahí lo tienen: eso es el Pardés —peshat, rémez, derash, sod—, lo cual demuestra que incluso en el nivel más elemental es válido. Y que pasen una buena noche. — Muchas gracias, Rav Benizri. Buenas noches. — Gracias, buenas noches. — Gracias, buenas noches. Muchas gracias. — Aun así, yo vuelvo a los enlaces que vi.