Esta clase entra en el texto de Éshet Jáyil (la «mujer de valor»), el himno que cierra Mishlei (el libro de los Proverbios), y comienza con una cuestión de método: ¿de qué habla realmente este poema? El Rav Raphaël Benizri se niega desde el principio a leerlo como el retrato de una mujer ejemplar cuyos méritos se podrían enumerar. Ve en él una figura de lo femenino como eje de todas las cosas y, por tanto, una lectura de lo que son la unión, la adquisición, la fidelidad y la transmisión. La pregunta que plantea es sencilla y temible: ¿existe esta mujer de valor? Y si no se la encuentra, ¿cómo se la adquiere?
El Rav parte del principio de que todo en la vida es parábola, y de que este poema llega en su lugar, al final de un libro hecho enteramente de meshalim (parábolas). Recuerda su propia definición del judaísmo —un judío no es, llega a serlo— y la aplica a lo femenino: el valor no es un conjunto de virtudes adquiridas de forma definitiva, sino una lucha permanente. A partir de ahí aborda el rechazo de la palabra báal, la construcción alfabética del poema y la primera palabra del texto, mi yimtsá, quién hallará.
La clase avanza luego versículo por versículo por los primeros elementos del himno: la confianza que el esposo deposita en sus manos, el bien prodigado todos los días de la vida de ella, y no de la de él, el rechazo a mezclar la lana y el lino, la armonía entre la mano y la boca. Concluye con una pregunta del auditorio sobre la casa de Yaakov y los hijos de Israel, y con una dedicatoria de la clase a la memoria de la madre del Rav, de su hermano y de las víctimas de la agresión sufrida.
Lo que enseña esta clase
La Éshet Jáyil cierra un libro de parábolas, y es su clave. Todo en la vida es parábola: abordamos una realidad, pero en forma de imagen, en una película ininterrumpida que pasa por nosotros, por nuestros hijos, por nuestros nietos. Sin lo femenino, que es su eje, ya nada se sostiene. Por eso el homenaje supremo que Shelomó quiere rendir a su madre adopta la forma de este himno a la mujer de valor. El libro termina, pues, exactamente donde debía terminar.
La pregunta «¿existe realmente?» es la misma que la pregunta «¿existe el judío?». Un judío no es: llega a serlo. Siempre estamos en estado embrionario: retomamos la herencia genética y espiritual que se nos ha dejado y la trabajamos. De la Ley Escrita hacemos una Ley Oral, que se convierte en el centro de nuestras discusiones y de nuestras pasiones, y de ahí nace otra luz sobre la vida. Lo escrito, lo oral y el Zóhar son los tres elementos de esta reflexión, y cada uno accede a ella según su nivel.
Lo femenino es lo que abre el camino a la fecundidad y a la renovación, y por eso no se compara con las piedras preciosas. El texto dice que su valor supera al de las perlas. Las piedras preciosas, por preciosas que sean, están en estado estático: no cambian una vez pasada la alegría de poseerlas; pertenecen a la caja fuerte, se las encierra por miedo a que las roben, y alimentan los celos y el mal de ojo. No es eso lo que vemos a través de lo femenino. Lo que vemos en él es aquello que prolifera, se desarrolla y se renueva.
El Rav rechaza la palabra báal para designar al esposo. Traducido en buen castellano, baalí significa mi amo, mi poseedor, mi propietario, y ¿quién se atrevería a decir eso? El profeta corrige el rumbo: llegará el día en que ya no lo definirás como tu amo, sino que dirás ishí, mi compañero. El masculino de ishá es ish, no báal. Ya con esta perspectiva desciende Avraham a Egipto con Sará: para él ella no es un objeto, y no quiere verla rebajada al nivel de objeto de deseo ajeno.
Jáyil designa un conjunto de virtudes, pero esas virtudes nunca se adquieren de una vez para siempre. Surgen de una multitud de situaciones en las que nos encontramos y que procuramos atravesar a costa de grandes esfuerzos. Es una lucha permanente. La mujer es la revolución encarnada de una sociedad: a través de ella se mueven las finanzas, el arte, la política y el devenir espiritual, no solo de una familia sino de un pueblo. Y sin embargo no busca ponerse en primer plano ni hacer ostentación de lo que hace. Este combate es interior y no frontal: no hacemos de ella un soldado en el frente, ante el enemigo exterior; hacemos de ella una figura de combate encarnizado dentro de la casa, dentro del país, dentro de la familia. Es una mujer siempre alerta, que no deja ni a su marido, ni a la sociedad, ni a la familia en un estado estático y amorfo. Nada se alcanza nunca de forma definitiva: todo puede dar un vuelco por lo inesperado, por un hijo, por un accidente, por una enfermedad, por una mala educación, por malas compañías, por una presión social nociva.
El himno está construido sobre las veintidós letras del alfabeto, y esta elección no es ornamental. Las letras son los medios de identificación y los modos del canto, de la expresión, de la poesía. Por eso, cuando los profetas quisieron expresar un estado de sublimación, lo hicieron recorriendo todas las letras del alfabeto hebreo. Hay letras diferentes porque hay medios de expresión diferentes, y se necesitan todos esos medios para hacer una bella poesía, como se necesitan todas las notas para hacer una bella sinfonía.
El poema se abre con mi yimtsá: quién hallará, y la pregunta se vuelve sobre sí misma. ¿Se halla a la mujer? Una vez hallada, ¿se ha hallado de verdad lo que se buscaba? Y la mujer, ¿ha hallado a su marido? Lo que se halló antes del matrimonio no es lo que se descubre después, y hay que ajustar las cosas: se puede haber hallado más de lo que se esperaba, o mucho menos. Son dos seres que se encuentran, venidos de ambientes diferentes, de formaciones diferentes, cada uno con sus antecedentes, y de todo ello hay que hacer una pareja nueva. Es un desafío que hay que ganar, porque de él depende la vida de los hijos. Se enseña que la hija de fulano está destinada a fulano, y que por tanto hay que buscarla. Pero ¿se buscó en la buena dirección, y cómo se sabrá que es realmente ella? Buscar lo igual en lo igual no es más que alimentar el propio ego: si solo busco lo que se me parece, más vale quedarme solo entre cuatro paredes y desarrollarme por separado, con menos gasto y menos riesgo. Entretanto, cada uno ha cambiado y evolucionado, porque dispone de libre albedrío. Hay, pues, una primera unión y una segunda: una vez consumada la unión, hay que hacer frente a una realidad constantemente distinta, y tanto el hombre como la mujer serán juzgados según su comportamiento mutuo.
Shelomó dice haber hallado un hombre entre mil, pero ninguna mujer. Un hombre entre mil basta para inspirar a los otros mil. Esta noción de adam se sitúa en la cima de la evolución del hombre, al término de un recorrido que pasa por enosh, guéver e ish: el modelo del ser humano, al que no se reduce a su pertenencia religiosa, nacional o social. De la mujer, en cambio, no se dice que haya sido hallada, y por una razón precisa: a una mujer no se la halla, se la adquiere.
Esta adquisición no tiene nada de compra. No es el coche, ni la carrera, ni lo que se le pueda ofrecer. Cuando se adquiere una mujer, se le da un pequeño anillo, una suma simbólica, a veces dinero que dio el padre. En realidad no tiene precio, y precisamente porque su valor es inestimable se trata de una adquisición. No se la encuentra en el camino: hay que conquistarla, y en ello me va mi propio porvenir. Lo que busco en ella no es la riqueza ni la afirmación social, sino la afirmación de lo que soy en lo más profundo de mi ser, porque, dicen nuestros sabios, es la mujer quien forja la voluntad de su marido.
Lo femenino ata al hombre a este mundo, y ese vínculo es una virtud. Incluso el gusto por los regalos, las joyas y los adornos es una manera de permanecer ligado a la realidad de las cosas, de reconocer que todavía puede añadirse algo a la belleza del mundo. El Rav relaciona esto con una lectura de la cuerda atada al Sumo Sacerdote el día de Kipur: la explicación habitual es macabra, pero existe otra, el temor de que ese hombre, al descubrir la esfera de la santidad, se negara a salir de ella. Por eso se le dice: toma allí un soplo de aire y vuelve a nosotros para que nos beneficiemos de él. Lo femenino hace ese mismo trabajo de retorno a lo real.
«El corazón de su esposo confía en ella»: el versículo relata un desprendimiento voluntario. El texto emplea aquí la palabra báal, que el Rav acaba de juzgar reductora. Pero lo que precede lo ilumina todo: el báal renuncia a su noción de posesión y de propiedad, pone en manos de ella las llaves de todo. Y solo de este modo lo que ha acumulado, su botín, no se perderá. Porque ese botín, lo que hemos almacenado a costa de una vida y de una carrera, no es lo que nos llevaremos con nosotros.
A las tres coronas se añade una cuarta que no es una corona más. Está la corona de la Torá, la del sacerdocio y la de la realeza: buscamos la consagración mediante valores morales y espirituales, la pertenencia a una élite, la capacidad de servir de modelo, y cada uno quiere ser rey en su propia casa. Se nos dice que existe una cuarta, la corona del buen nombre. Pero no se suma a las tres: se injerta en ellas. Es bueno aspirar a ser un referente y el portavoz de esos valores, siempre que no haya ninguna condescendencia y que todo se haga con espíritu de humildad. En ese impulso de humildad sitúa el esposo a su mujer en su verdadero lugar.
Nuestros sabios advierten, por otra parte, que la Éshet Jáyil no es solo la mujer. Es también la Torá, es también el Shabat. Lo que será vuestra Torá, lo que será vuestro Shabat, la manera en que lo celebraréis, en que lo saborearéis, en que gustaréis la Torá, todo ello dependerá de la Éshet Jáyil. Dependerá de esa mujer de combate adquirida en el seno de la casa, a la que habéis dado todo vuestro crédito porque confiáis en ella. No es un agua estancada lo que buscasteis, sino alguien que anime el espíritu de la casa, en una lucha permanente, día tras día.
«Le hace bien y no mal todos los días de su vida»: de la vida de ella. El texto no dice los días de la vida del marido. Incluso más allá de la muerte de este, ella continúa la tarea comenzada con él y la lleva a término. La muerte no la detiene; no es una etapa final. Prosigue una labor formadora y renovadora, a través del recuerdo, a través de los hijos, a través de lo que permanece inefable en el ser de su marido.
Hacer el bien sin hacer el mal no es nada evidente. Se puede hacer el bien haciendo el mal: basta con que yo intente despojarte de tu identidad, arrancarte de tu familia y de tu cultura, considerando que lo que te doy vale más que lo que tenías, y que te moldee a mi manera. Entonces no he hecho nada. No somos fotocopias que reproducir: cada uno tiene su personalidad, su manera de vibrar con su judaísmo. Lo esencial es no desviar ese judaísmo, no vulgarizarlo, no apartarlo de su belleza y de su valor propio. Lo femenino no mira cómo debería ser su marido a los ojos de la sociedad: le da los medios para afirmarse sin desnaturalizarlo, porque no hace de él un producto manufacturado.
Hay en el hombre un ser imperecedero, y es en él donde trabaja lo femenino. Hay dos registros para hablar de D-os: el Nombre que expresa el ser y que nadie puede definir, y el nombre por el cual se Lo percibe a través de lo que ha creado y realizado. Lo mismo sucede con el hombre. Hay una diferencia entre el ma y el mi: cuando se pregunta quién eres, responder «abogado», «médico» o «propietario de tal tienda» es responder con la propia función, con el ma, no con el mi. El mi es lo que eres, tu valor propio, tu esencia. La vida transcurre entre ambos: por lo que realizo, la gente me percibe; en mi ser, estoy en mutación permanente, y eso es lo que la muerte no alcanza.
Lo femenino no mezcla la lana y el lino. No somete a las personas a una misma categoría de pensamiento y de concepción. La lana es la cubierta del animal; el lino procede de la vegetación: son dos mundos diferentes, el del néfesh y el del rúaj. Ahora bien, en el hombre está la neshamá, que se encuentra más allá de ambos; el néfesh es el nivel de las funciones biológicas y sensitivas del ser. El trabajo de la Éshet Jáyil no se hace, pues, al nivel de la cubierta que se cambia según las estaciones, por espíritu de oportunismo. El versículo dice que ella hace lo que hace bejéfets, es decir, según lo que el otro desea: no lo que ella misma impone, sino aquello a lo que el otro aspira, y que ella quiere realizar como tal. El versículo juega además con una ortografía idéntica: «su mano» y «su boca» se escriben igual, y lo que hace su mano se une a lo que dice su boca. Lo que dice es lo que hace; lo que hace es lo que dice. Es preciso que la cosa se vuelva voluntaria, que la voluntad del hombre pueda expresarse en ella. Estos son, dice el Rav, los primeros elementos de la Éshet Jáyil; el resto queda para la clase siguiente.
Una pregunta final versa sobre las dos formas de dirigirse al pueblo en el Sinaí. «Así dirás a la casa de Yaakov y anunciarás a los hijos de Israel»: la casa de Yaakov es lo femenino, puesto que es lo femenino lo que funda la casa, y nuestros sabios enseñan que su casa es su mujer. Se le da, pues, la prioridad, y lo que se dirá después a los hijos de Israel depende de ello. Los dos verbos son, además, diferentes: el primero es un lenguaje persuasivo, un lenguaje de belleza y de seducción, y es él el que guía y une el conjunto. Se promete para los tiempos futuros que las naciones dirán: a la luz de las familias de Yaakov, sigamos el camino del Eterno.
Transcripción completa de la clase
Entramos ahora en el meollo del asunto, es decir, en el estudio del texto de Éshet Jáyil. Dijimos que esta mujer de valor cierra todas las parábolas de la vida, porque todo en la vida es parábola, todo. Abordamos una realidad, pero en forma de imagen; es una película ininterrumpida que pasa a través de nosotros, de nuestros hijos, de nuestros nietos. Pero sin ese elemento femenino que es el eje de todo, ya nada funciona. Y es por eso por lo que el homenaje supremo que Shelomó Hamélej (el rey Salomón) quiso rendir a su madre es el himno a la mujer de valor. Entonces, ¿existe en la realidad? ¿Existe el judío? Ya sabéis muy bien cuál es mi definición: un judío no es, llega a serlo.
En la época que vivimos, estamos siempre en estado embrionario. Retomamos la herencia, tanto genética como espiritual, que se nos ha dejado, y nos ponemos a trabajarla. Poco a poco la desarrollamos, y de lo que fue escrito, de la Ley Escrita, hacemos una Ley Oral; se convierte en el centro de nuestras discusiones, de nuestras pasiones. Y en suma hacemos surgir otra luz, otra manera de iluminar la vida. Estos son, pues, los tres elementos de reflexión: a partir de lo escrito, de lo oral y del Zóhar, de esa iluminación que se convierte en fuente de inspiración para todos, cada uno según su nivel. Y por consiguiente la Éshet Jáyil, la mujer que es el fundamento —lo femenino, diría yo— es el fundamento de todo ello, porque solo lo femenino abre el camino a esta fecundación, a esta proliferación, a este desarrollo, a esta renovación. Y así se comprende por qué una mujer no se compara con las piedras preciosas. Por preciosas que sean, y por muy contentos que estemos de poseerlas, están en estado estático; no cambian una vez pasada la alegría de haberlas poseído.
Pertenecen, más o menos, a la caja fuerte. Se las encierra porque tenemos miedo de que nos las roben. Alimentan cierta envidia, el mal de ojo. No, no es eso lo que vemos a través de lo femenino. Lo femenino… Avraham, por supuesto. Cuando baja a Egipto con su mujer, le dice: hiné na yadati, «He aquí que ahora sé [que eres mujer hermosa de ver]» (Bereshit 12:11). Como si dijera: por supuesto, para mí ya me perteneces; pero ahora, a los ojos de los demás, te conviertes en un objeto de deseo ajeno, y no quisiera verte rebajada a ese nivel. Porque para mí no se trata de una relación de báal, de propietario. Hay algo abominable en esa palabra, baalí.
Baalí: ¿qué significa baalí? Si tuviera que traducirlo en buen castellano, significa mi amo, mi poseedor, mi propietario. Pero ¿quién se atrevería a decir eso, baalí? ¿No es así? Entonces el profeta Oshea corrige el rumbo: vehayá bayom hahú…, «Y sucederá en aquel día… que Me llamarás ishí (mi esposo) y no Me llamarás más baalí (mi amo)» (Oshea 2:18). Llegará el día en que ya no lo definirás como báal, como amo, sino que dirás ishí, mi compañero. Como está escrito: «Esta será llamada ishá, porque del ish fue tomada» (Bereshit 2:23). Así pues, el masculino de ishá es ish, y no báal. Y entonces, para volver a Éshet jáyil mi yimtsá, «Una mujer de valor, ¿quién la hallará?» (Mishlei 31:10): ¿qué es jáyil? Jáyil es un conjunto de virtudes. Pero esas virtudes, ¿se adquieren de una vez para siempre? No. Surgen de una multitud de situaciones en las que nos encontramos y que procuramos adquirir a costa de grandes esfuerzos. Es una lucha permanente. Una mujer es, en efecto, la revolución encarnada de una sociedad. A través de ella se mueven las finanzas, el arte, la política, el devenir espiritual, no solo de una familia, sino también de una sociedad, de un pueblo. Pero no quiere ponerse en primer plano, no quiere hacer ostentación de todo lo que hace. Ya vimos que lo hacía con pasos sigilosos: este combate se libra desde dentro y no desde fuera.
No hacemos de ella un soldado en el frente, ante el enemigo exterior, sino que hacemos de ella, en efecto, una figura de combate encarnizado dentro de la casa, dentro del país, dentro de la familia. Y por eso, cuando él comienza su himno, este está construido sobre los diferentes modos del lenguaje, y esos diferentes modos del lenguaje son el alfabeto hebreo, las veintidós letras del alfabeto hebreo, que constituyen, en efecto, los medios de identificación. Como se dice: naguila venismejá baj, «Nos alegraremos y regocijaremos en ti» (Shir Hashirim 1:4): baj, «en ti», cuyo valor numérico es veintidós, las veintidós letras del alfabeto hebreo. Son los modos del canto, de la expresión, de la poesía, si queréis. Y por esa razón, cuando los profetas quisieron expresar un estado de sublimación, lo hicieron a través de todas las letras del alfabeto hebreo.
Así pues, el versículo comienza diciendo mi yimtsá (מי ימצא), «quién hallará». ¿Se halla a la mujer? Estamos realmente en su búsqueda. Y cuando la hemos hallado, ¿hemos hallado de verdad lo que buscábamos? La pregunta puede darse la vuelta: ¿ha hallado la mujer a su marido? En realidad, para esto solo tenemos palabras aproximadas. Lo que se halló antes del matrimonio no es lo que se descubre después del matrimonio. Hay que ajustar las cosas. Puede ir en un sentido o en otro: o bien se ha hallado más de lo que se esperaba, o bien mucho menos de lo que se esperaba, ¿no es así? Hay que decirse que son dos seres que se encuentran, que vienen de ambientes diferentes, de formaciones diferentes.
Y, en efecto, con antecedentes por ambas partes, de todo ello habría que hacer una pareja nueva, nuevas combinaciones, nuevos datos. Es un desafío, y hay que ganarlo, porque de él depende la vida de los hijos. Y a menudo se oye decir que uno no tiene más que la mujer que merece, o el hombre que merece. ¿Es cierto? Si partimos del principio de que ya desde el nacimiento —bat ploní liploní, «la hija de fulano será para fulano»— se nos ha destinado, ya al nacer, cuál sería nuestra alma gemela: ¡magnífico! Ahora hay que buscarla. Pero ¿se buscó en la buena dirección? ¿Y cómo se va a saber que es verdaderamente el alma gemela?
¿Lo igual con lo igual? No, eso es verdaderamente alimentar el propio ego. Si solo busco lo que se me parece, lo que soy yo mismo, entonces no se ha hecho nada. Más vale quedarse solo entre cuatro paredes y desarrollarse por separado, con menos gasto, con menos riesgo. Pero si hay que hacerlo, si hay que hacerlo, entonces se nos dice […]. La primera tentativa de unión es cuando se decidió por vosotros, al nacer, cuál sería vuestra alma gemela. Pero entretanto vosotros habéis cambiado, habéis evolucionado, porque disponéis de libre albedrío, porque no se os sometió a un condicionamiento tal que fuerais a permanecer fieles a lo que se os transmitió, a las condiciones en las que crecisteis y vivisteis. Y lo mismo ocurre con el alma gemela. Hay, pues, un zivug rishón, una primera unión, y hay un zivug shení, una segunda unión.
Ahora bien, no lo interpretéis mal. En realidad, resulta que la mujer que nos está destinada en nuestra primera unión es muy distinta de la que vamos redescubriendo a medida que vivimos con ella. Porque antes de conocerla estábamos, en efecto, concebidos y destinados el uno para el otro; pero una vez consumada la unión, se trata entonces de hacer frente a otra realidad, que es constantemente distinta, y la mujer y el hombre serán juzgados según su comportamiento mutuo. Hay, pues, en la evolución de una pareja, una marcha ininterrumpida con pruebas permanentes, pero esas pruebas son el fermento de esta unión, de este logro, de este desarrollo que se prolonga a través de nuestros hijos. Y eso es lo que dice: «Un hombre entre mil he hallado» (Kohélet 7:28): entre mil, hallé un hombre que merece el título de adam. Ya expusimos esta noción de adam, que se sitúa en la cima de la evolución del hombre, a través de enosh, guéver, ish y luego, sí, adam, que es el modelo del ser humano, al que no se reduce a calificativos relativos a su pertenencia religiosa, a su pertenencia nacional, a su pertenencia social.
Adam está por encima de todas esas consideraciones. Entonces Shelomó Hamélej dice: sí, hallé uno entre mil, y basta. Basta, en efecto, para inspirar a las otras mil personas. Pero ¿una mujer? «Entre todas estas no la hallé» (ibíd.). ¿Por qué? Porque a una mujer no se la halla, se la adquiere; tiene un precio. Pero no es ni el coche, ni la carrera, ni nada de lo que podáis ofrecerle. Porque, cuando se adquiere una mujer, ¿qué se le da? Unas monedas, un pequeño anillo; y a veces es el padre quien nos dio el dinero de bolsillo para comprarlo, ¿no es así? Y con eso se consagra a la mujer; es algo totalmente simbólico.
En realidad no tiene precio, pero es una adquisición; es una adquisición porque tiene un valor inestimable. Llegaré a ello, porque es a través de ella como voy a realizar mi vida. Entonces […]. No, no la vamos a encontrar en nuestro camino, y aunque la encontráramos, habría que adquirirla. Hay que conquistarla; en ello me va mi porvenir. Y no busco a través de ella ni la riqueza ni la afirmación de lo que soy en el plano social, sino la afirmación de lo que soy en lo más profundo de mi ser. Eso es lo que nuestros sabios expresaron mediante la sentencia ishá osá retsón baalá: es la mujer quien forja la voluntad de su marido.
Dicho de otro modo, es ella quien realmente lo sostiene. Por eso todo depende del crédito que seamos capaces de conceder al otro. Si nos acercamos a él con sospecha, desprecio, condescendencia, y si tratamos de hacer de él nuestro propio doble, nuestro espejo, sin duda hemos malogrado nuestra vida. Eso ya no es la Éshet Jáyil. Repito que es una mujer de combate. Es una mujer que está constantemente alerta, que no deja a su marido —ni a la sociedad, ni a la familia— en un estado estático, amorfo. «Bueno, hemos alcanzado nuestro objetivo»: no, nunca lo alcanzamos. Nos quedamos con cierta ansiedad, digamos, con una voluntad al menos de mantener el nivel que tenemos, al que hemos llegado, porque todo puede dar un vuelco, todo puede dar un vuelco por lo inesperado: por un hijo, por —D-os no lo quiera— un accidente, una enfermedad, un mal paso, una mala educación, malas compañías, una presión social nociva.
Ahora bien, lo femenino es lo que lo devuelve todo hacia la interioridad del ser, hacia dentro, y lo vuelve a trabajar, le da un estado de fermentación permanente para que pueda, en efecto, hacer frente a toda dificultad, a todo problema […]; y esa es su riqueza. Así pues, yimtsá, matsá, «hallada»: en efecto, no se la halla. No se la halla, se la adquiere. Se la adquiere cuando se invierte en ella. E invertir en ella no es invertir en joyas, aunque esta tendencia de lo femenino a apreciar los regalos, las joyas, los adornos es una manera de permanecer ligado a la realidad de las cosas, a la realidad de este mundo; es darse cuenta de que hay algo que podría añadir, incluso en ese elemento de coquetería, un poco más de belleza.
¡Es maravilloso! Pues bien, lo femenino es de esta naturaleza, de esta naturaleza que lo ata a este mundo, de modo que no quiere, por así decirlo, salir de lo que es su propia realidad. Eso es poner al hombre en pie. Sabéis que el día de Kipur se retenía con una cuerda, atada a la pierna, al Kohen Gadol (el Sumo Sacerdote) que entraba en el Santo de los Santos. ¿Por qué? Lo que se admite en general es que se temía que muriera y que no se pudiera entrar a sacarlo. Pero hay otra idea, que no es macabra: se temía que ese hombre, al descubrir la esfera de la santidad, renunciara a todo y no quisiera salir, que quisiera quedarse en esa esfera de santidad, del Santo de los Santos. Entonces se le dice: no, no, querido amigo, vas a estar en contacto con el mundo del infinito, donde el espacio no ocupa lugar; pero desde allí tomas un soplo de oxígeno y luego vuelves a nosotros y nos haces aprovechar esa aportación de espiritualidad que has aspirado, la compartes con nosotros. ¿Está bien?
Eso es lo femenino, eso es lo femenino. En definitiva, no se debe evaluar lo femenino por su aportación material, tangible, ya sea en el plano financiero, en el doméstico o en el de la belleza, sino por esos valores intrínsecos que son los únicos que constituyen el valor del ser humano. Por otra parte, en el texto veremos que, cuando el hombre le concede bataj bah lev baalá, «el corazón de su esposo confía en ella» (Mishlei 31:11), se ha utilizado la palabra báal para deciros «su marido», su esposo. Ahora bien, acabo de definir la palabra báal como algo, digamos, reductor para lo femenino. Pero mirad un poco lo que precede: bataj bah lev baalá, es decir, el báal renuncia a su noción de posesión, de propiedad, de dominio. Bataj bah: se lo da, se lo confiere, lo comparte con ella; pone en sus manos las llaves de todo, bataj bah lev baalá. Y es de este modo, precisamente de este modo —veshalal lo yejsar, «y no le faltará botín» (ibíd.)— como lo que tiene en sí, su botín, lo que ha acumulado, lo que ha adquirido, no lo va a perder.
Porque ese shalal —shalal es el botín, lo que a costa de esfuerzos y de luchas hemos almacenado durante toda una vida, durante toda una carrera—… pero no es eso lo que nos llevaremos con nosotros. […] Y hay tres ketarim, tres coronas, dicen nuestros sabios: Kéter Torá, Kéter Maljut y Kéter Kehuná, la corona de la Torá, la corona de la realeza, la corona del sacerdocio. Avanzamos y caminamos en busca de la consagración mediante la Torá, mediante valores morales, mediante valores espirituales. Buscamos esas vestiduras, ¡atención! Buscamos pertenecer a una élite intelectual, como queráis; queremos ser capaces, en efecto, de servir de modelo a los demás: Kehuná, Kéter Kehuná. Sí, nos creemos en condiciones de dar supuestas lecciones; es terrible verse en esa situación todo el tiempo.
Hay una cuarta: Kéter Shem Tov. Y Kéter Maljut: cada uno es rey en su propio ámbito; buscamos imponernos en la célula en la que nos movemos. Se nos dice que hay una cuarta, y la cuarta es Kéter Shem Tov: el buen nombre, la corona del buen nombre. ¿Qué es? El texto no me dice que haya tres coronas y luego cuatro coronas. No: la corona del buen nombre se injerta en la corona de la realeza, en la corona de la Torá, en la corona del sacerdocio. Está bien aspirar a ser un modelo, un referente; está bien aspirar, en efecto, a dominar muchas cosas y a tener influencia, a ser el portavoz de esos valores. Pero atención: nada de condescendencia hacia los demás, con espíritu de humildad. Así es como hay que ver un poco vuestra situación respecto a los demás, y así es como la ven nuestros sabios. En suma, bataj bah lev baalá: el báal es aquel que, en un impulso de humildad, sitúa a su mujer en su verdadero lugar. Ahora bien, su mujer… hemos dicho su mujer. «Rav Benizri, exagera usted», me diréis. Pero nuestros sabios dijeron: atención, la Éshet Jáyil no es solo la mujer; la Éshet Jáyil es la Torá, es el Shabat. Ah, entonces no estamos hablando solo de lo femenino; estamos hablando del saber, estamos hablando del Shabat, estamos hablando de la Torá. También aquí: lo que seréis en Torá, lo que seréis en Shabat —el descanso del Shabat, cómo lo celebraréis, cómo saborearéis de verdad el Shabat, cómo saborearéis la Torá—, todo ello dependerá de la mujer de combate que habéis adquirido, en efecto, en el seno de la casa y a la que habéis dado todo vuestro crédito porque tenéis esa confianza en ella. Es por ese motivo por el que la adquiristeis, es lo que buscasteis en ella: no buscasteis un agua estancada; buscasteis, por el contrario, alguien que anime el espíritu de la casa, en una lucha permanente, día tras día. Y así sucede que todo lo que tengo —shalal, todo lo que he puesto aparte, todo lo que he arrancado con el sudor de mi frente—, lo yejsar: no faltará en ningún momento. No voy a lamentarlo, no voy a considerarlo un día u otro como algo que haya contribuido de algún modo a mi derrota, a mi fracaso; al contrario, ella supo darle valor, supo valorizarlo. Y por eso el texto dice a continuación en qué se reconoce toda esta inversión de lo femenino al lado de su marido: guemalatu tov veló ra kol yemé jayeha, «le hace bien y no mal todos los días de su vida» (Mishlei 31:12). Cabría esperar que el texto dijera […]. Le hace bien y no mal todos los días de su vida: ¿la vida de quién?
¿La vida de su compañero, la vida del marido? No: es la vida de ella, porque más allá del marido, más allá de la tumba, ella sigue sirviéndole. Continúa la tarea que comenzó con él, hasta llevarla a término. La muerte no la detiene, no es una etapa final. No ha concluido: a través del recuerdo mismo de su marido, a través de su descendencia, prosigue una labor formadora, renovadora. Y guemalatu tov veló ra: ¿cómo se puede hacer el bien sin el mal? ¿Habéis reflexionado un poco sobre esta idea? Guemalatu tov veló ra, hacer el bien. Por supuesto, si te hago el bien, no te hago daño. Pues sí: se puede hacer el bien haciendo el mal.
Me preguntaréis cómo. Y la respuesta es muy sencilla. Si, en definitiva, intento despojarte de tu identidad, de lo que eres, arrebatarte a tu familia, a tu cultura, considerando que lo que te doy vale más que lo que has tenido hasta ahora, y me pongo a moldearte a mi manera, entonces no he hecho nada. ¡Y a eso se le llama hacer el bien! Por supuesto, la Torá te da otros medios y, perdonadme que os lo diga, todos somos conversos, ¿no es así? Partiendo de este punto: no nacemos judíos. Por nuestro nacimiento, por nuestros antecedentes, somos judíos, pero debemos llegar a serlo: llegamos a afirmarlo, llegamos a serlo, o bien lo rechazamos. Por mucho que se diga «un judío es un judío»… Bueno, lo es, teóricamente lo es; pero ¿qué me importa su mera existencia? Pues sí, su realidad de judío es la que trabaja cada día, cada día a su medida. No estamos aquí como fotocopias que reproducir, ¿verdad? […] Cada uno tiene su personalidad, cada uno tiene su manera de vivir su judaísmo; pero lo esencial es no desviar ese judaísmo, no vulgarizarlo, no apartarlo de su camino majestuoso, de su belleza, de su arte, de su valor intrínseco. Cada judío, en su manera de realizarse —a través de la Torá, por supuesto, a través del Shabat—, respira un aliento nuevo a medida que avanza: ya sea a través de su estudio, ya sea a través de su celebración del Shabat, ese perfume de santidad que gusta y saborea el séptimo día, con vistas al octavo.
Y lo femenino es aquello que no mira cómo debería ser su marido en el exterior, a imagen de lo que la sociedad presenta, sino: es él, y debo realizarlo en cuanto tal, sin desnaturalizarlo, dándole los medios para afirmarse más. Eso es guemalatu tov veló ra. ¿Por qué? Porque ella no hace de él un producto manufacturado, no hace de él un producto artificial, no hace de él un producto recargado. No: es el producto de base, pero con una etiqueta mejor, una manera de ser mejor. Y por eso, si hay letras diferentes, es porque hay diferentes medios de expresión, y necesitamos todos esos medios de expresión para realizar una bella poesía, y necesitamos todas las notas musicales para hacer una bella sinfonía. Bien, eso es guemalatu tov veló ra kol yemé jayeha. Kol yemé jayeha: no es la vida de él, no solo mientras él está aquí. Incluso cuando está ausente, ella sigue preocupándose, en efecto, por lo que él es, por lo que será, a través de su propia persona, a través de sus hijos, de su progenie, por supuesto, pero también a través de lo que él es en lo inefable. Porque, del mismo modo que existen dos atributos de Hashem: Hashem es el Ser, ¿y quién puede definir el Ser? Nadie puede definirlo; el Ser no se define, es la esencia de todo. Pero puedo percibirlo dándole una imagen, percibiéndolo a través de lo que ha realizado, de lo que ha creado, de lo que ha formado: es Elokim, éle mi; éle, «estos»: he aquí lo que ha hecho, he aquí lo que ha realizado, es decir, a través de sus obras. Y con el hombre sucede lo mismo.
Hay en él un ser imperecedero. Ese ser imperecedero es […]. Y, como ya dijimos, el valor numérico de adam es 45, que es el valor numérico de ma. ¿Qué significa esto? Sabéis que hay una diferencia entre ma y mi. Cuando queremos identificar a una persona, decimos mi, «quién». Pero cuando te digo mi atá, «¿quién eres?», no me respondes: soy abogado, o soy médico, o soy el propietario de esta tienda. No, esa es tu función, ese es tu ma, no tu mi. El mi es lo que eres, tu valor propio, tu esencia. Tu esencia es el Nombre Havayá, el Nombre del Ser: es tu ser. Tu ma, cuyo valor numérico es 45, tu ma es lo que has realizado.
Así pues, la vida transcurre entre este ma y este mi. Lo que realizo es aquello por lo cual la gente me percibe y me reconoce; pero en mi ser estoy en mutación permanente, y eso es lo inefable del hombre, que la muerte no alcanza. Y eso es, en suma, lo que lo femenino busca hacer en guemalatu tov veló ra kol yemé jayeha, porque lo femenino es muy sensible. No mezcla los productos, no mezcla la lana y el lino, no mezcla. No somete a las personas a una misma categoría de pensamiento y de concepción, no. En la vegetación hay multitud de plantas, cada una con sus virtudes, sus remedios, su vitalidad, digamos; y está el reino animal. La lana es la cubierta del animal; el lino es la cubierta que procede de la vegetación. Son dos mundos diferentes: el mundo del néfesh y el mundo del rúaj. Y en el hombre está la neshamá, y la neshamá está más allá del néfesh y del rúaj.
El néfesh es el nivel inferior de la existencia del hombre: son las funciones biológicas del ser. El rúaj son las funciones afectivas, sensitivas del ser. La neshamá está más allá. Así pues, el trabajo de la Éshet Jáyil no se realiza al nivel del tsémer, de la cubierta de lana, o de la cubierta de lino que se cambia según las estaciones, por espíritu de oportunismo. No: vataás bejéfets kapeha, «y trabaja con la voluntad de sus manos» (Mishlei 31:13). Ella hace lo que hace bejéfets; y bejéfets significa lo que el otro desea, aquello a lo que aspira, aquello a lo que tiende; y ella quiere realizarlo en cuanto tal. Bejéfets kapeha: kapeha, «sus manos», y kefiha, «según su boca»: es la misma ortografía, כפיה.
Su mano se une a su boca. Lo que dice es lo que hace; lo que hace es lo que dice, lo que expresa. Y todo ello bejéfets. Es preciso que la cosa se vuelva voluntaria; es preciso que la voluntad del hombre pueda expresarse en ello. Estos son los primeros elementos de la Éshet Jáyil. Me detengo aquí; si tenéis preguntas, con mucho gusto las responderé, y la próxima vez continuaré con el resto. —«Kevod Harav, quería preguntarle la diferencia entre tomar leveit Yaakov y taguid livné Israel.» —Sí. Pues bien: ko tomar leveit Yaakov, «así dirás a la casa de Yaakov» (Shemot 19:3), establece que darás prioridad a la casa de Yaakov. Y la casa de Yaakov es lo femenino, puesto que el bayit, aquello que lo funda, es lo femenino, y nuestros sabios dijeron: beitó zo ishtó, «su casa es su mujer»; su mujer es su casa.
Y por tanto todo dependerá de ko tomar leveit Yaakov, de lo que digas a la casa de Yaakov y de lo que haga la casa de Yaakov. Vetaguid livné Israel: te dirigirás entonces a los hijos de Israel. Los hijos de Israel dependen de la casa de Yaakov. Por otra parte, en la profecía de los tiempos futuros, las naciones dirán (cf. Yeshayahu 2): «A la luz de las familias de Yaakov, vayamos por el camino del Eterno». Eso es. Beit Yaakov representa a las mujeres, y Bnei Israel, a los hombres. —«A los hombres. Muy bien.» —Y hay dos formas de lenguaje. Tomar, de amar: es un lenguaje suave, un lenguaje persuasivo, un lenguaje seductor. No llegaré a relacionar amar con amor.
«Amor», en español. No, pero en fin, este lenguaje persuasivo, este lenguaje de belleza, de seducción, es el que hará posible el taguid: taguid, de guid, «tendón»; es lo que ata, el músculo que mantiene unidos todos los miembros, todo el esqueleto, y lo hace funcionar. Así pues, eso es el taguid livné Israel: depende de la casa de Yaakov. ¿Otra pregunta? Olvidé decir que esta clase estaba dedicada a la memoria de mi madre, en primer lugar, cuyo yahrzeit (aniversario de fallecimiento) es hoy; de mi hermano Shalom; y de las víctimas de esta agresión que acabamos de sufrir una vez más por parte de nuestros enemigos. Eso es todo. Con esto me despido. Os deseo una buena semana, y hasta la semana próxima. Todá rabá, hasta la semana próxima.
¿Alguna otra pregunta? ¿Todo bien? Lo pensaremos, ¿eh? Que D-os os proteja a todos, que D-os os proteja a todos en Israel. Amén. —Buenas noches, señora Canet. —Buenas noches. —Es verdaderamente terrible lo que estamos pasando. —¿Cansado? —Pues eso, vamos. —Muchas gracias, Rav Benizri. Muchas gracias. Hasta la semana próxima. Muchas gracias.
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