Janucá: la reeducación judía

par le Rav Raphaël Benizri

Cuadernillo de estudio de esta clase

Un cuadernillo de estudio para imprimir: una pregunta por página, la respuesta del Rav, su fuente y una enseñanza para debatir en familia.

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Janucá cierra el calendario de las festividades judías, y el Rav Raphaël Benizri ve en ella una invitación a una verdadera reeducación de la identidad judía: una identidad que no puede separarse ni de la historia, ni de los antecedentes, ni del patrimonio espiritual recibido de Avraham, Itzjak y Yaakov.

La clase recorre los tres regalim (festividades de peregrinación) y las dos festividades añadidas por nuestros maestros, la noción de bayit (casa, hogar) como condición del encendido, las trece brechas que el pensamiento griego abrió en la muralla, y esa pequeña llama que permaneció intacta y que impide la transferencia de la identidad.

Lo que enseña esta clase

Llevamos en nuestros genes espirituales el patrimonio de nuestros padres. La entidad Israel no es la de un pueblo que, además, habría adoptado una creencia: es la del pueblo que transmite, a lo largo de toda su historia, la identidad de sus padres. De ahí esa muralla que separa a la entidad judía de la entidad de las naciones.

Esta muralla no es discriminación ni racismo. El Rav lo aclara desde el principio: somos también un pueblo de conversos, y quien se integra al pueblo judío se integra, al mismo tiempo, a todo su pasado y a toda su historia, desde los patriarcas.

«Nuestro D-os y el D-os de nuestros padres» basta como referencia. No hace falta decir «Señor del universo». Avraham fundó la creencia en un D-os creador; Itzjak inauguró la fe en la Torá y el servicio divino; Yaakov fundó la casa de Israel, su intimidad.

Tres veces precisa el texto que el pueblo creyó en el Eterno, y esas tres veces son el fundamento de la fe judía. El pueblo comprende que no está entregado arbitrariamente en manos de la historia: hay un Creador que dirige la historia y que ya en Egipto anuncia que la salida desembocará en «serviréis a D-os sobre este monte».

El desierto es el prototipo del exilio y el testigo de una Providencia que no abandona a nadie. Después de la entrega de la Torá, el pueblo no queda librado a sí mismo. Esta Providencia no vela solo por el conjunto de Israel, sino por cada individuo.

Pésaj, Shavuot y Sucot son los tres pies sobre los que descansa todo el edificio judío. Pésaj es la creación del pueblo, paralela a la creación del universo. Shavuot es la entrega de la Torá, paralela a la atadura de Itzjak. En Sucot se deja la intimidad de la casa para ponerse en manos de la Providencia.

Celebrar una festividad es volver a poner en vigor todos sus elementos. La salida de Egipto no ocurrió una sola vez: cada día el hombre debe considerarse como si estuviera saliendo de allí. Las palabras de la Torá deben recibirse como si se acabaran de recibir hoy mismo.

La destrucción del Templo provocó una pérdida de sustancia, y las dos festividades añadidas vienen a compensarla. Purim revitaliza lo que Shavuot había dado; Janucá viene a hacer el mismo trabajo para Sucot. Pésaj y Shavuot están unidos por el lazo del Ómer; Sucot y Janucá forman la segunda pareja.

Janucá ya está consignada en la parashá Emor, junto a Sucot. El vínculo entre el precepto del aceite para la Menorá y la fiesta de las cabañas no es casual: anuncia la apertura de la luz de la Torá hacia el universo entero, hacia toda la humanidad.

En Janucá todos están obligados a encender en su casa, pero antes hay que tener una casa. El Rav insiste en esta condición: solo se puede encender la janukiá si se tiene un bayit. La noción de casa se convierte así en una condición de la que el hombre debe hacerse digno.

Cuando la voz de la profecía calló, la cultura griega quiso ocupar su lugar. No se apuntaba solo a una práctica, sino a la esencia misma de nuestra cultura, la que fue revelada. Los griegos lograron incluso traducir la Biblia: Ptolomeo reunió a los sabios, y trece matices fueron introducidos en el texto.

Esos trece matices son trece brechas abiertas en la muralla. La clase los relaciona con las trece murallas del santuario y con la imagen de los shoshanim, las rosas de trece pétalos: lo que debía proteger la interioridad fue perforado.

«Lehadlik ner Janucá»: es el río que conduce las aguas del manantial. La bendición dice algo del movimiento mismo de la transmisión. El pensamiento griego, en cambio, puso límites al pensamiento, y esos límites detienen el caudal.

Una parte del pueblo judío fue ganada por este movimiento, y tenía un argumento. Está dicho, en efecto: «que la belleza de Yéfet habite en las tiendas de Shem». Pero el Rav muestra por dónde pasa la línea: la belleza griega es admitida bajo la tienda, a condición de que no pretenda sustituir a la Torá.

El milagro de Janucá es haber entregado a los fuertes en manos de los débiles. Había motivos para temer que el pueblo perdiera por completo su identidad. Lo que se salvó no fue un territorio, sino una interioridad.

Los jashmonaim (los asmoneos) evitaron la transferencia: no la transferencia física, sino la de la identidad. Y ese es el problema con el que el pueblo judío sigue debatiéndose hoy. Aunque Israel haya pecado, sigue siendo Israel: es la convicción a la que el Rav vuelve con insistencia.

Esta transferencia nos amenaza en la puerta de la casa, del lado opuesto a la mezuzá. De ahí el lugar exacto de la janukiá: a la izquierda, frente al signo de la alianza, para que el hombre pase entre ambos y se mantenga en medio de lo que ha recibido.

«Deja asomar tu pequeña llama que ha permanecido intacta, aquella que nadie puede alcanzar». Es la respuesta de la clase a la amenaza: no una reconquista ruidosa, sino el cuidado de una luz que la cultura circundante nunca ha podido traspasar.

«Tus hijos vinieron a Tu santuario»: el bayit es lo que construye el hombre del exilio. Es esa intimidad la que hace de él el heredero de los padres, y no a la inversa.

Se bendice a Aquel que compartió de Su sabiduría con quienes Le temen, y de Su gloria con los reyes de Israel. Ver a un sabio de Israel, ver a un rey de Israel, exige una bendición: la grandeza judía nunca es puramente humana; es un compartir.

En cuanto uno sale de la confusión, la pequeña luz vuelve a marcar la frontera. La clase se cierra con el relato de un sabio que, yendo a rescatar cautivos, ordena a un río que se abra, como Yehoshúa deteniendo el sol: cuando se ha guardado la esencia, se puede intervenir en las leyes mismas de la creación.

Transcripción completa de la clase

Abordamos esta noche la fiesta de Janucá, la que en realidad cierra el calendario de las festividades judías y la que nos invita a una reeducación de nuestra identidad judía. Esa identidad no puede separarse en modo alguno de toda nuestra historia, de nuestros antecedentes, porque llevamos en nuestros genes espirituales el patrimonio, la herencia de nuestros padres: Avraham, Itzjak y Yaakov. Fue con ellos cuando se produjo, en efecto, una criba: entre Ishmael e Itzjak, entre Yaakov y Esav. Y por eso la entidad Israel que representamos no es la de un pueblo que, además, adoptó otro modo de vida, una creencia, sino la del pueblo que, a lo largo de toda su historia, transmite la identidad de sus padres. Y es por ello que existe, en efecto, una muralla que separa a esta entidad judía de la entidad de las naciones. Aclaro que no hay en ello discriminación alguna, y menos aún racismo. Hay sencillamente un hecho: quien entra, quien se integra al pueblo judío —porque somos un pueblo de conversos— se integra al mismo tiempo a todo el pasado del pueblo, a toda la historia del pueblo judío, comenzando por sus patriarcas, sus maestros, Avraham, Itzjak y Yaakov.

Por eso, cuando nos referimos al D-os de los Padres, no tenemos necesidad de decir «D-os, Señor del universo». No: Elokeinu veElokei avoteinu —«nuestro D-os y el D-os de nuestros padres»— nos basta. Nuestro D-os es el D-os de nuestros padres, y esa referencia se basta a sí misma. Porque cuando decimos «D-os de nuestros padres»: Avraham es quien fundó la creencia en un D-os creador del universo. Itzjak es quien inauguró la fe en la Torá, en el servicio divino, en una alianza sellada entre el hombre y su Creador. Y Yaakov es quien fundó la casa de Israel, la intimidad de Israel. Ahora bien, hay tres fundamentos en la fe judía: tres veces precisa el texto que el pueblo creyó en el Eterno.

En el momento de la salida de Egipto —de la preparación de la salida de Egipto—, cuando Moshé viene a anunciar al pueblo que el Eterno se ha apiadado de ellos, que ha oído su clamor y se dispone a liberarlos, el pueblo comprende que no está entregado arbitrariamente en manos de la historia: hay un Creador del universo que dirige la historia, incluso allí, en Egipto. Y se les advierte de antemano que la salida de Egipto desemboca en «taavdún et haElokim al hahar hazé»: «serviréis a D-os sobre este monte». Es decir, habrá una revelación de D-os en el monte Sinaí, habrá una entrega de la Torá. Ahora bien, después de la salida de Egipto y de la entrega de la Torá, ¿queda el pueblo librado a sí mismo, obligado a dirigir su propia historia?

No. Está el desierto, que es el prototipo del exilio, el testigo de esa Providencia divina que nunca abandona al pueblo judío, que vela por su destino; y que no vela únicamente por el conjunto del pueblo judío, sino por cada individuo dentro de él. Y es así como Pésaj, Shavuot y Sucot representan esos tres fundamentos de la fe. Pésaj es la creación del pueblo judío, paralela a la creación del universo. Shavuot es la entrega de la Torá, paralela a la Akedat Itzjak, la atadura de Itzjak, a ese servicio incondicional de Itzjak hacia su Creador. Y en Sucot dejamos la intimidad de la casa por la sucá y nos ponemos en manos de la Providencia divina.

A estas tres festividades, que constituyen los tres regalim —es decir, los tres pies sobre los que descansa todo el edificio judío—, vinieron a añadirse otras dos festividades: Purim y Janucá. ¿Qué ocurrió? Hay un principio según el cual toda celebración de una festividad vuelve a poner en vigor todos los elementos de los acontecimientos que conmemora. Es decir, cada día el hombre debe considerar que sale de Egipto: la salida de Egipto es permanente. No se realizó una sola vez en la historia; seguimos viviéndola, y con más vigor en cada Pésaj. Lo mismo ocurre con Shavuot y la entrega de la Torá: los preceptos de la Torá deberían ser para ti como si acabaras de recibirlos hoy mismo,

con la misma frescura, con la misma vida; y eso es la fiesta de Shavuot. La revivimos todo el tiempo, y con mucha mayor intensidad en Shavuot. Lo mismo ocurre con Sucot: «Para que sepáis que en cabañas os hice habitar»; protegí al pueblo judío cuando salió de Egipto, con esa nube que lo cubría durante toda la travesía del desierto. Y la historia está ahí para atestiguar que, del mismo modo que la Torá nunca se ha olvidado en Israel y que podemos revitalizarla y revivirla cada día, así también la existencia misma de Israel es un milagro en sí. Solo que lo que ocurrió es esto: todo ello tuvo una intensidad muy fuerte desde la salida de Egipto hasta la llegada a la Tierra de Israel y la construcción del Templo. Y la construcción del Templo constituye precisamente el bayit, la casa: el lugar donde D-os atestiguó Su presencia en medio del pueblo judío, y en el interior de cada uno de nosotros:

«Habitaré en ellos», en cada uno de ellos, en medio de ellos. El modelo del bayit, de esa intimidad de vida del pueblo judío con D-os, es el Beit HaMikdash. Es allí donde se produce el punto de unión entre la Jerusalén celestial y la Jerusalén terrenal. Pero después de la destrucción del Templo hubo, en efecto, una pérdida de sustancia, como si se hubiera producido un desgaste. ¿Por qué un desgaste? Porque en esa confrontación del pueblo judío con las demás culturas hay una falta de unidad. Del mismo modo que el pueblo está condenado al exilio, a la fragmentación, a la dispersión, también su Torá está dispersa, también su Torá está fragmentada. Ya no se puede encontrar una halajá claramente enunciada, una mishná claramente enunciada.

Hay que buscar aquí y allá sus distintos componentes para restaurar esa transparencia perdida. Entonces llegan los acontecimientos de Purim. ¿Qué hacen los acontecimientos de Purim? Revitalizan el proceso de la salida de Egipto y de la entrega de la Torá, puesto que el pueblo judío recuperó su unidad a causa de la presión ejercida sobre él y de la amenaza de Amán y de sus antisemitas acérrimos, que buscaban su exterminio total. El milagro de Purim reside en esa unidad recuperada del pueblo judío. Y esa unidad recuperada va seguida de un despertar espiritual de todo el pueblo —hadar kiblúha bimé Ajashverosh, «volvieron a aceptarla en los días de Ajashverosh»—: una nueva asunción de la Torá por parte del pueblo judío.

Esta vez no es D-os quien la revela en el Sinaí, sino el pueblo judío quien, por sí mismo, toma en sus manos esta Torá y la adopta, como está escrito: «kiyemú vekiblú haYehudim aleihem ve’al zar’am»: los judíos se comprometieron, por sí mismos y por su descendencia, a obedecer los preceptos de la Ley. Así pues, del mismo modo que Pésaj y Shavuot, unidos por el lazo del Ómer, constituyen una unidad —la salida del pueblo judío, que celebra su creación, y la entrega de la Torá en Shavuot son una unidad en sí, y por esa razón la fiesta de Shavuot se llama Atzéret, «la clausura»—, esos mismos ámbitos, esos mismos parámetros, se encuentran en la fiesta de Purim: primero, el milagro de la supervivencia del pueblo judío; y segundo, la renovada asunción de la palabra de la Torá, la adopción de la Torá.

Quedan Sucot y Janucá. En la parashá Emor, que trata del conjunto de las festividades, justo después del enunciado de las leyes de la fiesta de Sucot viene un pasaje, y uno se pregunta qué hace allí: cuál es la relación, cuál es el vínculo, cuál es la transición. El Eterno, por medio de Moshé, ordena a los hijos de Israel en estos términos que tomen aceite puro de oliva, machacado, para el alumbrado, a fin de mantener las lámparas encendidas permanentemente; fuera del velo que resguarda el Testimonio, en la Tienda de Reunión, Aharón las atenderá desde la tarde hasta la mañana delante del Eterno: estatuto perpetuo para vuestras generaciones. Y […] el vínculo entre este precepto y Sucot hace que la fiesta de Janucá ya esté consignada aquí, en paralelo con la fiesta de Sucot.

¿Por qué? Porque, dice él, hay numerosos puntos en común. La fiesta de Sucot dura ocho días; la fiesta de Janucá dura ocho días. En Sucot ofrecemos sacrificios por las setenta naciones, y su número va disminuyendo. Y de hecho, incluso Shamai, en el encendido de las velas, sostiene que se enciendan en número decreciente; solo que [no seguimos su opinión] porque se considera que en materia de santidad es mejor ir en aumento que ir disminuyendo. Así pues, aquí también está esa apertura de la luz de la Torá hacia el universo entero, hacia toda la humanidad. Y del mismo modo que durante los ocho días de Sucot recitamos el Halel completo —porque ningún día se parece a otro—, mientras que en Pésaj apenas lo recitamos el primer día, así también en Janucá recitamos el Halel completo durante los ocho días. Pero hay algo particular en Janucá.

Todos están obligados a encender en su casa las luces de Janucá. ¿Con qué fin? Pirsumei nisa: para difundir el milagro, «she’asá nisim la’avoteinu bayamim hahem bazmán hazé», «que hizo milagros a nuestros padres en aquellos días, en esta época». Un milagro que sigue perpetuándose: no es solo «en aquellos días», sino una sucesión ininterrumpida de milagros. Entonces, este milagro del pueblo judío —de la existencia del pueblo judío, de la Providencia que vela por su destino—, por supuesto, diríamos, habría que publicarlo, propagarlo, difundirlo. Pero espera: no puedes encender la janukiá si no tienes una casa. Si no tienes casa, estás exento de encender. Para encender la janukiá, para celebrar Janucá, hay que tener un hogar propio.

Y si están de viaje, también están exentos, puesto que en su casa encienden la janukiá por ustedes. Si quieres participar de la fiesta con tu anfitrión, das una pequeña contribución simbólica y enciendes con los demás. ¿Por qué, entonces, esta noción de bayit, de casa? Si al fin y al cabo es algo en lo que el hombre debe apoyarse, como en Sucot, bastaría con encender [donde uno esté], ¿no? ¿Por qué no? Porque la particularidad de la fiesta de Sucot es esa intimidad que reencontramos con Hashem, a quien confiamos nuestro destino; creemos en Su Providencia y vivimos en esa intimidad […]: las cabañas son los ananei kavod, las nubes de gloria que nos protegen.

Pues bien, la luz de Janucá procede del mismo movimiento de pensamiento. Estábamos a punto de perder pie, de avergonzarnos de nuestra identidad, de romper la filiación con nuestros padres. Y nos dice que lo que nos permitió vivir y seguir superando todas las pruebas es que en ningún momento nos incomodó nuestra pertenencia a nuestra historia y a nuestra cultura; llevamos con orgullo la herencia de los padres y seguimos haciéndola fructificar. Pero cuando la voz de la profecía calló, el mundo griego, la cultura griega, quiso sustituir esa voz profética. Decidió por su propia cuenta que, en definitiva, no había diferencia entre los hombres y las mujeres que componen la humanidad, que había que considerarlos a todos del mismo modo, y que solo las religiones habían cavado el abismo entre ellos. Y por eso se recurriría a otros aceites, a otras ciencias. Lo que estaba en juego es verdaderamente la esencia de la cultura —la que Hashem reveló a Su pueblo—, que el mundo griego quiso desconectar de su raíz y reducir a una filosofía de vida.

Es un hecho que los griegos lograron traducir la Biblia. Ustedes saben que Ptolomeo reunió a setenta y dos sabios de Israel y los encerró a cada uno por separado. Ni siquiera los preparó diciéndoles qué misión les confiaba; solo después de haberlos encerrado les dio la Biblia para traducir. Y resultó que esa Biblia traducida al griego, la Septuaginta, era exactamente idéntica en cada versión. Los setenta y dos sabios no se habían consultado, y sin embargo habían producido lo mismo, con trece matices. Esos trece matices son los trece puntos, las trece brechas que se abrieron en esa muralla, en ese cerco alrededor del Templo, que no permitía a quienes no pertenecían al pueblo judío franquearlo para acceder al Templo. Hubo, pues, esas trece brechas, y esas trece brechas son las trece maneras de interpretar la Ley. [Para los griegos,] no hay interpretación de la Ley; está el texto tal cual. En cuanto a la Ley oral,

no es revelación, no procede del espíritu santo; procede de una cultura propia de cada uno, propia de cada rabino, de cada sabio, y está al alcance de todo el mundo. No hay fronteras sagradas: están las trece brechas, trece caminos —también las trece midot de D-os— que son, por así decirlo, vulgarizados, reducidos a su más simple expresión. Y por ello ya no hay continuidad. El Gaón de Vilna dice que, cuando recitamos la bendición del encendido de Janucá, hay que decir «lehadlik ner Janucá» y no «ner shel Janucá». ¿Por qué? Sencillamente para mantener, dentro de «lehadlik ner Janucá», la noción de nájal; nájal, que quiere decir río.

Es decir, este río es el que conduce las aguas del manantial desde un punto determinado hacia tierras lejanas. Es agua viva, agua pura; no es agua detenida, no es agua estancada. Ahora bien, el pensamiento griego puso límites al pensamiento, y esos límites son la tumá, la impureza. Porque desde el momento en que se pone un tapón en algún lugar, se ha detenido el caudal, y esa agua va a acumular ahora impurezas. Ya no es apta para una mikve. Tiene que estar en movimiento permanente […]. Así, este enfoque, el pensamiento griego, ganó los espíritus de una parte del pueblo judío; porque es en aquella época de Matitiahu, es decir, de los macabeos, cuando asistimos a una guerra en el interior del pueblo judío.

No fue una guerra librada contra los griegos, porque los griegos no destruyeron el santuario, como lo hicieron por ejemplo los babilonios, o como lo haría Edom más tarde. No: ellos mantuvieron el Templo con la simple condición de que se le pudieran asociar otras creencias, y nada más. Lo que no toleraban era que la fe judía, en su esencia misma, siguiera siendo exclusiva del pueblo de Israel. Y desgraciadamente una parte del pueblo judío fue ganada por ese grupo, y asistimos al nacimiento, en el seno del pueblo judío, de los mityavnim, los helenizantes. Los mityavnim son los judíos que adoptaron ese modo de vida griego, ese modo de pensar, que abrazaron la razón y que, en un movimiento de apertura hacia las demás naciones, renunciaron a la exclusividad del destino del pueblo judío. Y dijeron: en adelante abordaremos el texto de la Revelación con otros criterios, con otros datos.

Y tenían, en efecto, una base en la que apoyarse, puesto que está dicho: «Yaft Elokim leYéfet veyishkón beohalei Shem», «Que D-os engrandezca a Yéfet y que habite en las tiendas de Shem»: que la belleza de Yéfet habite en las tiendas de Shem. Shem es, en efecto, el portador de la herencia del pueblo judío; pero la belleza es la de Grecia, la que reúne en un solo haz todas las ideas, todos los enfoques, todas las corrientes, y que dice que, en suma, esta herencia judía podría gozar de mayor consideración si ya no fuera exclusiva, sino que pasara a ser dominio de todos. Eso es sacar la Torá del dominio privado al dominio público. Es la vulgarización. Y por ello había motivos para temer que el pueblo judío perdiera, en efecto, por completo su identidad, que perdiera todo lo adquirido con la salida de Egipto y con la Revelación.

Y en esto consiste el milagro de Janucá: «masarta guiborim beyad jalashim, verabim beyad me’atim»: entregaste a los poderosos en manos de los débiles, y a los muchos en manos de los pocos; un ejército numeroso en manos de uno pequeñísimo. En realidad hay aquí una repetición, porque habría bastado decir «a los poderosos en manos de los débiles». No: lo que nuestros sabios quisieron transmitir es que esos pocos que permanecieron firmemente apegados a la esencia de la Ley se consideraron los portadores exclusivos de la herencia de los padres, y lo que llevaban dentro de sí no quisieron abandonarlo en modo alguno. Y ello porque creían en esa intimidad de vida con D-os, exista o no el Templo, ya que todo el propósito del Mikdash, del santuario, es atestiguar que el Eterno reside en el corazón de cada uno, en la intimidad de cada uno.

Y esa es la razón por la cual quien no tiene casa —quien no vive esa intimidad, quien permanece expuesto a todos los vientos— está exento del encendido de las luces de esta festividad. Primero hay que vivir intensamente esa intimidad con Hashem. En esto los jashmonaim evitaron la transferencia. Existe una transferencia física del pueblo judío […], pero hay una transferencia mucho más grave: la de la identidad. Recuerden lo que decimos en el pasaje de la oración que añadimos a la Shemoné Esré y al Birkat Hamazón: se habla de maljut Yaván harshaá, «el reino griego malvado». «Malvado», el impío: ese es el calificativo que se atribuyó a Grecia. ¿Por qué?

Porque «lehaavirám mejukei retzonéja»: «para apartarlos de los estatutos de Tu voluntad». Lehaavirám no es levatlám: no significa anular, ni modificar. No: es una transferencia del pensamiento de un registro a otro, de una esencia a otra esencia. Y ese es el problema con el que seguimos debatiéndonos hoy en el seno del pueblo judío: no guardar ese patrimonio judío, esa herencia, ese nájal, en su pureza original, y querer en cambio vulgarizarlo. Entonces, ¿qué hacemos? Somos conscientes de que «Israel af al pi shejatá, Israel hu»: Israel, aunque haya pecado, aunque haya cometido faltas, sigue siendo fundamental y esencialmente Israel. ¿Por qué? Porque no se puede renegar de una filiación.

¿Qué hijo va a renegar de su padre? Cuando decimos Elokeinu veElokei avoteinu, nos referimos a nuestro D-os, que es el D-os de nuestros padres; y cuando nos referimos al D-os de nuestros padres, no tenemos necesidad de decir Elokeinu Mélej haolam, «nuestro D-os, Rey del universo»: eso basta. Y sin embargo, esta transferencia nos amenaza en la puerta de la casa. No del lado derecho, donde se coloca la mezuzá, sino del lado izquierdo; y por el lado izquierdo pueden infiltrarse todas las desviaciones del pensamiento, las corrientes de impostura, de incredulidad, de vacío. Entonces, atención: deja asomar tu pequeña llama, la que ha permanecido intacta, que nadie te puede arrebatar. Es la del Kohen Gadol, la de tu padre, la de tu abuelo, la que te ha educado desde hace generaciones. Y de esta —de esta vasija, de este frasco de aceite, de esta esencia— nadie puede desposeerte, porque tú no eres un esclavo, no eres un sirviente, no eres un shamash, no eres un hombre como todos los demás: eres un hijo. «Veajar kaj bau vanéja lidvir beitéja».

«Después vinieron Tus hijos al santuario interior de Tu Casa». A Tu santuario: Tu casa sagrada es la que cada uno lleva consigo desde hace generaciones. Y dentro de ella hay un pequeñísimo frasco de aceite de los padres que nunca se altera, porque, como dije antes, nadie puede renegar de su ascendencia, de su nacimiento. Ese frasco está intacto, y puede, en efecto, volver a dar más resplandor, volver a dar frutos. Porque cuando decimos Elokeinu veElokei avoteinu, «nuestro D-os y D-os de nuestros padres», [seguimos:] «zojer jasdei avot umeví goel livnei veneihem»: que recuerda la bondad de los padres. Un acto de bondad nunca se pierde. Un acto de bondad da frutos a lo largo del tiempo, se multiplica. Eso es la bondad de los padres; eso es el amor.

«Y trae un redentor» —Aquel que asegura la redención— «a los hijos de sus hijos, lemaan shemó beahavá, en aras de Su Nombre, con amor». Es este bayit el que él construyó, esta intimidad. El hombre del exilio, el prototipo del hombre del exilio, es Yaakov: Beit Yaakov, Beit Israel. No decimos Beit Avraham, no decimos Beit Itzjak; decimos Beit Yaakov, Beit Israel. Y en ello está absolutamente todo, porque Janucá es una reactivación de la fiesta de Sucot, de esa intimidad de vida con D-os, de ese destino compartido. Y ustedes saben que, cuando se ve a jajmei Israel, a un sabio de Israel, a un rey de Israel, se recita una bendición: «shejalak mikvodó lireav», «Bendito sea Aquel que compartió de Su majestad» —Su gloria, Su honor— «con quienes Le temen».

Pero si se trata de un genio de los otros pueblos, no se dice «Bendito sea Aquel que compartió de Su gloria con quienes Le temen»; se dice «Bendito sea Aquel que dio de Su gloria». Hay una diferencia entre compartido y dado. Cuando algo se comparte, uno está asociado, es socio: eso es irrefutable. Cuando se dice dado, tomo algo y lo paso de un elemento a otro, de un lugar a otro. Lo mismo ocurre con los reyes de Israel: se dice «Bendito sea Aquel que compartió de Su gloria con quienes Le temen» al ver a un rey de Israel. Para el sabio era «de Su sabiduría» —perdón—, mientras que aquí es «de Su gloria», con quienes Le temen; pero cuando se trata de alguien de las otras naciones, se dice «que dio».

Cometí aquí un error; lo corrijo. Así pues: cuando se ve a un genio del pueblo de Israel, se dice «Bendito sea Aquel que compartió de Su sabiduría con quienes Le temen», y cuando se ve a un rey de Israel, «Bendito sea Aquel que compartió de Su gloria con quienes Le temen». Esta es, pues, la fiesta de Janucá: esta pequeña luz con la que marcamos la barrera entre el dominio público y el dominio privado. Marcamos la frontera con este frasco de aceite, este pequeño frasco que ha permanecido intacto a lo largo de toda la historia del pueblo judío, pase lo que pase —se cumplan o no los preceptos, está ahí—. Pero basta con salir de esa oscuridad, de esa confusión en la que las otras culturas quieren fundirnos —porque quieren obligarnos a adoptar su modo de pensar y su modo de vida—. Eso es el jóshej: «vejóshej al penei tehom», «y oscuridad sobre la faz del abismo». El abismo son las aguas, y las aguas no tienen forma; no se les puede dar una forma. Mientras el mundo está cubierto por las aguas, nada se crea.

Es preciso que la palabra de D-os venga verdaderamente a extraer del agua la capacidad de solidificarse y transformarse, como lo hizo en la travesía, en la creación del pueblo judío, durante el paso del mar Rojo; y del mismo modo con un sabio que iba a rescatar cautivos. Un río le cerraba el camino, y él le ordenó que solidificara sus aguas y le dejara pasar. Hizo como Yehoshúa cuando detuvo el curso del sol. Porque cuando se ha guardado esta esencia, se puede intervenir en el curso de la creación, en las leyes de la creación, y dirigirlas a voluntad.

Ese es el sentido del compartir, el sentido de la Alianza del pueblo de Israel con D-os, al menos de quienes son fieles a esta Alianza. Bueno, me detengo aquí. Me he pasado del tiempo; si tienen preguntas, adelante.

Encuentre todas las clases del Rav Raphaël Benizri sobre Janucá: Janucá — Pensées Juives.

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