Cuadernillo de estudio de esta clase
Un cuadernillo de estudio para imprimir: una pregunta por página, la respuesta del Rav, su fuente y una enseñanza para debatir en familia.
Entre Pésaj y Shavuot se abre un período triste: veinticuatro mil discípulos de Rabí Akiva murieron en él, a razón de casi mil funerales por día, hasta el trigésimo segundo día del Omer.
El Rav Raphaël Benizri parte de esta catástrofe para explicar qué es lo que realmente contamos durante estos cuarenta y nueve días: no el tiempo de la creación, sino un tiempo que el hombre mismo concibe, y una medida —el Omer— a la que se trata de devolver su transparencia.
Lo que enseña esta clase
Los discípulos de Rabí Akiva no se reconocieron unos a otros. El Rav precisa el diagnóstico: no se trata de una falta de amor al prójimo, sino de una falta de reconocimiento de la dignidad humana de cada uno —el rechazo a admitir la diferencia, la diversidad, el matiz dentro de la corriente de pensamiento que cada cual elige—.
El Midrash vincula la mitzvá del Omer con la promesa de la tierra. El pacto de la tierra está condicionado por esta cuenta. Es decir, no se puede heredar un país sin haber aprendido antes a hacerle lugar al otro.
Se cuentan los días y las semanas. Puesto que cada día lleva en sí la estructura de los siete días, hay que contar por unidades y por semanas. Pero no son los días de la creación: son los de la constitución del pueblo judío y de su marcha hacia la Tierra de Israel.
El Omer es la medida del maná. Es la ración que descendía en el desierto durante cuarenta años. Cuando llega la primera cosecha en la Tierra de Israel, el maná cesa y el hombre se alimenta del fruto de su trabajo; pero antes lleva una medida de cebada ante el Eterno.
La ofrenda del Omer une dos alimentos. El alimento celestial y el alimento terrenal: es su encuentro lo que asegura la vida. «Lo al halejem levadó yijié haadam»: no solo de pan vive el hombre, sino también de la palabra divina.
La primera mitzvá dada al hombre fue comer. Alimentarse generosamente de los frutos del jardín del Edén, para mantener la relación indispensable entre lo material y lo espiritual. Sin bendición, dicen nuestros sabios, el hombre come «como un perro»: consume sin vincular.
Ese tiempo lo concebimos nosotros. El calendario hebreo no se contenta con la naturaleza. El tribunal puede postergar Rosh Hashaná, el aniversario mismo de la creación, para equilibrar el año solar y el año lunar: el tiempo de las fiestas es un tiempo que el hombre instituye.
Siete veces siete: las midot que rigen nuestra vida. Cada día lleva una estructura de siete, y el hombre es una midá, una medida. Estas siete virtudes, estas sefirot, rigen tanto al hombre como al mundo, pues la Torá llama al universo Adam, con su ombligo, sus ojos, sus arterias.
«Sefirá» viene de «sapir», el zafiro. Contar, aquí, es devolver al objeto su transparencia, purificar su forma. No es la cuenta de los días lo que bendecimos, sino el Omer mismo: la ración alimentaria a la que se le devuelve su valor.
«Yesh»: dar a las cosas una realidad. La palabra no tiene equivalente en otras lenguas y no es un verbo. Su valor numérico es trescientos diez. En «Yisrael», dice el Rav, hay «yesh» y «al» —el todo y la nada—, y es la resh, la cabeza, el rostro, la que decide hacia qué lado uno se inclina.
Humillar al prójimo equivale a un crimen. Porque el rostro es aquello por lo cual el hombre es una realidad y no una cosa. Más vale arrojarse a un horno que hacer palidecer a alguien en público: ahí es donde la cuenta del Omer se juega concretamente.
El brit es aceptar cortarse. Por más que uno salga de Egipto y marche hacia el país, si no ha consentido en recortarse algo de sí para dejarle lugar al otro, no ha hecho nada. El pacto de la tierra está injertado en el pacto de la milá.
Aharón fue el primer hermano que se alegró del éxito del otro. Todo el libro de Bereshit (Génesis) está hecho de disputas entre hermanos; Aharón escapa a la regla, y eso le vale la kehuná (el sacerdocio). Pinjás se suma a él. Y el pueblo entero está llamado a ser «mamléjet kohaním», un reino de sacerdotes.
El «lev tov» de Elazar ben Araj. A la pregunta de Rabán Yojanán ben Zakai sobre la virtud indispensable, la respuesta elegida es el buen corazón: quien tiene un lev no sufre por el éxito ajeno y no se detiene en los aspectos negativos del otro.
Treinta y dos, treinta y tres, cuarenta y nueve. Lev vale treinta y dos; de ahí el trigésimo tercer día del Omer, aquel en que se franquea el corazón. Tov vale diecisiete, exactamente lo que queda hasta el final de la cuenta. Y la oración de la mañana asocia «tov yatzar» y «kavod lishmó».
El Omer conduce de la milá a las tablas del pacto. De la voluntad de cortarse por el prójimo hasta la entrega de la Torá, y luego hasta la tierra, donde las primicias del suelo se unen a las primicias del pueblo. Cuando todo se vincula, todo se sostiene: ese es el mensaje del Omer.
Transcripción completa de la clase
Bien, escuchen: vamos a hablar de este período del Omer, que, a partir de Pésaj, inaugura una temporada, a pesar de todo, triste; triste hasta el trigésimo tercer día del Omer. Y ello porque veinticuatro mil discípulos de Rabí Akiva murieron durante este período, hasta el trigésimo segundo día del Omer. Y allí hacemos una tregua. Imagínense: mil funerales por día durante todo ese tiempo, y eso marca a las generaciones futuras. Y el trigésimo tercer día, porque ese decreto dejó de pesar sobre la congregación de Israel, hay, en fin, un estallido de alegría que no justifica del todo esta pausa, esta tregua. ¿Por qué, en definitiva, el trigésimo tercer día del Omer se convirtió verdaderamente en un día de unión de todo el pueblo de Israel? Para ello hay que comprender lo que significa realmente el Omer. Y el problema no es ajeno a nuestros días, porque si nos remontamos a los orígenes de esta epidemia que golpeó a los discípulos de Rabí Akiva, y que obligó a Rabí Akiva a buscar cinco discípulos a través de los cuales renovaría esta herencia de la Torá —la que hoy tenemos entre las manos gracias a esos cinco discípulos que fue a buscar al sur del país—, entonces comprendemos un poco mejor. Comprendemos mejor por qué sucedió.
Sucedió porque no se reconocieron unos a otros. No dieron muestra —no digo de amor al prójimo—, sino de reconocimiento de la dignidad humana de cada persona; no buscaron admitir la diferencia, la diversidad, el matiz dentro de la corriente de pensamiento que cada uno elige, siempre que emane de la fuente y retorne a la fuente. Me explico. Dice el Midrash: «Al tehí mitzvat haómer kalá beeinéja», que la mitzvá del Omer no sea liviana a tus ojos. No hay que descuidar esta mitzvá del Omer, porque el pacto de la promesa de la tierra está condicionado por ella; por consiguiente, hay que prestar mucha atención a esta mitzvá del Omer. Y cuando uno se pregunta en qué consiste, pues, la mitzvá del Omer…
Estamos contando días, y los contamos por unidades y dentro de la estructura de los siete días de la creación. Dado que un día lleva en sí los elementos de los siete días, tenemos el deber de contar a la vez los días y las semanas. Pero ¿de qué días y de qué semanas se trata? No de los días y las semanas de la creación, sino de los días y las semanas de la constitución del pueblo judío y de la marcha emprendida hacia la Tierra de Israel. Porque la finalidad de esta salida de Egipto es, por supuesto, la concreción del pacto en el monte Sinaí, con las lujot habrit, las tablas del pacto, y la Torá, que es llamada Séfer habrit, el libro del pacto; y la finalidad última es la llegada a la Tierra de Israel, celebrar allí Pésaj y traer la ofrenda del Omer. Ahora bien, ¿qué es el Omer? Es una medida: la medida del maná que descendía en el midbar (el desierto) durante los cuarenta años de travesía. Pero he aquí que, cuando se hace la primera cosecha en la Tierra de Israel, el maná se detiene y el hombre comienza a alimentarse del fruto de su trabajo y del producto de su propia tierra. ¿Y qué hizo entre tanto? Trajo la ofrenda del Omer, tal como lo exigía la Torá; es decir, trajo una medida de cebada, la primera siega que hizo al día siguiente de Pésaj, para hacer lícito el provecho personal del fruto de su trabajo. En efecto, es un precepto de la Torá que sigue a la institución del sacrificio de Pésaj, de la celebración de la fiesta de Pésaj: cuando entren en el país, lo traerán ante el Eterno. Así, esta ofrenda del Omer establecía el vínculo entre el maná, que era léjem min hashamáyim, pan del cielo, el alimento celestial, y el producto del trabajo del hombre en su tierra, el alimento terrenal. Y es precisamente el encuentro entre estos dos alimentos, el celestial y el terrenal, lo que asegura verdaderamente la vida: «Lo al halejem levadó yijié haadam, ki al kol motzá fi Hashem yijié haadam»: no solo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale de la boca de Hashem.
No es solo el pan terrenal, material, concreto, lo que alimenta al hombre. El hombre vive «de todo lo que sale de la boca de Hashem»: también la palabra divina nos sustenta. Si queremos que el alimento nos aproveche plenamente, es preciso que tenga su dimensión espiritual, que reencuentre su fuente de emanación. Y su fuente de emanación es el pan de quienes están al servicio de la espiritualidad. Pero hay que concretar esto por medio del alimento. Y ustedes saben muy bien que, cuando se creó el mundo, el primer mandamiento que se le dio al hombre fue alimentarse de los frutos del jardín del Edén, y hacerlo generosamente. ¿Por qué? Para mantener la relación indispensable entre lo concreto, lo material, y lo espiritual. Sin ello, hay incluso una amenaza que pesa —si así pudiera decirse— sobre Elokim Jayim, sobre un D-os vivo, un D-os de vida.
Hay que permitir que esta espiritualidad siga presente en nuestro interior. Ahora bien, esto no es el tiempo de la creación: es el tiempo que nosotros hemos concebido, el tiempo que hemos pensado. Hemos hablado de una particularidad del calendario hebreo. Estamos acostumbrados a la concepción de la tierra y a la germinación de nuestras semillas […], y somos, desde luego, conscientes de ese movimiento de concepción que asegura la reproducción de la humanidad; pero existe también una concepción del tiempo. Somos nosotros quienes determinamos el tiempo a partir de nuestros acontecimientos, a partir de nuestra historia. Hay un tiempo que no depende ni siquiera del sol.
¿Se imaginan? ¿Se imaginan que Rosh Hashaná, que es el aniversario de la creación, el primero de Tishrei, se vea postergado en el curso de un año embolísmico? Así, el día del juicio, el día del balance, se retrasa. ¿Por qué? Porque el bet din, el tribunal, determinó que había que equilibrar la noción del tiempo entre el año solar y el año lunar, y de ese modo generó un tiempo, un año de trece meses. Y ese tiempo es el que D-os nos pidió que contabilizáramos para nosotros mismos, para nuestras fiestas, para nuestros acontecimientos. Y es el que empezamos a contar a partir del día siguiente de Pésaj. ¿Por qué? Porque incluso la entrega de la Torá depende de esta toma de conciencia, del tiempo que hemos tomado en cuenta, del tiempo que hemos tomado a nuestro cargo, día tras día, día tras día, siempre dentro de una estructura de siete días, que es una estructura de creación nueva. Por eso, cuando contamos el Omer, contamos el día en que estamos y, al mismo tiempo, la semana a la que pertenece, puesto que cada uno de estos siete días tiene su especificidad. Y así como estos siete días tienen su especificidad, también la tiene la midá del hombre. Midá significa «medida». ¿Cuál es el valor numérico de midá?
Mem, cuarenta; dálet, cuatro; y he, cinco: en total, cuarenta y nueve. Es siete veces siete. ¿Por qué siete veces siete? Porque en un solo día hay cada vez una estructura de siete que reúne en pequeño todos los elementos de la creación, poniendo de relieve la particularidad de ese día. Y hay siete midot que rigen el mundo. Estas virtudes, estas midot, estas sefirot, son las que gestionan nuestra vida, las que gestionan el mundo, y debemos integrarlas y reencontrar a través de ellas la dimensión de Adam, porque así como nosotros somos Adam, también lo es el mundo. Por otra parte, la Torá llama al universo creado Adam Gadol, el gran Adam.
Y nosotros somos el pequeño Adam, porque es nuestra personalidad la que forma la personalidad del universo en el que vivimos. Y la Torá no deja de hablar de tabur haáretz, el ombligo —el embrión— de la tierra; ein haáretz, el ojo de la tierra; pi haáretz, la boca de la tierra; kanfot haáretz, las alas de la tierra. Atribuye a la tierra una imagen de la personalidad del hombre. Entonces, cuando el hombre se vuelve insignificante —¿y cómo se vuelve insignificante? En primer lugar, en su manera de alimentarse de los productos de la tierra—, cuando no hay bendición, cuando no hay bendición, dicen nuestros sabios, es como si comiera como un perro. Es decir, considera este alimento sencillamente como una presa: así como la bestia encuentra su presa y busca únicamente satisfacer su instinto, así sucede con él.
Bueno, no sé por qué desapareció la imagen, pero continúo de todos modos. ¿Me siguen oyendo? ¿Hola? ¿Hola? —Lo oímos, Rav Benizri, no hay problema, lo oímos. —Muy bien. Entonces, hace falta una berajá (bendición). Ahora vamos a comprender que esta bendición del Omer no se refiere al día. Porque ¿qué bendición decimos? Decimos «al sefirat haómer»: que nos santificó con Sus mandamientos y nos ordenó contar el Omer. Pero el Omer no se cuenta; los días del Omer, sí. Habría que haber dicho entonces «la cuenta de los días del Omer». No se trata del tiempo, no: la sefirat haómer es la que da valor a esa medida, el Omer, que era la ración alimentaria de cada integrante del pueblo, de cada miembro de la comunidad de Israel durante los cuarenta años en el desierto. Había, pues, que purificar su forma: sapir, el zafiro; es decir, devolver al objeto su transparencia, devolver al alimento su transparencia, volver a vincularlo con su fuente de emanación. Y el Omer, en particular, es yesh.
Yesh tiene el valor numérico de Omer: resh, doscientos; mem, cuarenta: doscientos cuarenta; y ayin, setenta: trescientos diez. Yesh… Ustedes conocen muy bien la palabra yesh. No tiene equivalente en las lenguas, ¿verdad? No es un verbo. Hay él, hay tú, hay él. ¿El hombre es o no es? Es dar una realidad a algo. Y esa realidad está presente cuando es portadora de vida, de reinado. Menciono de todos modos esta alusión: se ha descompuesto el nombre de Yisrael diciendo que en Yisrael está el yesh, es decir, la realidad —y de qué depende esa realidad, ya llegaré a ello—; y al final está al. Al, «no»: al es la negación. No hay término medio.
No hay término medio: o el yesh, o el al, o la nada. ¿Y quién determinará uno u otro lado? La resh. Todo depende de si la resh, la cabeza, está del lado de rosh, del lado de la realeza; o si la resh se vuelve rash, el pobre: la pobreza, la mezquindad. Entonces viene el declive, la decadencia. Todo depende, pues, de esa resh que está en el medio. Y la resh es el panim, el rostro, porque hay dos realidades en el hombre: su realidad física, y la de su rostro, el panim del hombre, que refleja su interioridad. Y esto es importante.
Y es importante porque «kol hamalbín pené javeró barabím», todo el que hace palidecer el rostro de su prójimo en público… Hay que cuidarse de no manifestar desprecio, de no humillar al prójimo públicamente, porque eso equivale a un crimen: su rostro se ruboriza, luego palidece; equivale a un crimen. Nuestros sabios dijeron que el hombre debe ser zahir, debe tener cuidado: más le vale arrojarse a un horno que comprometer la vida de su prójimo. Esto nos devuelve a la noción de kavod, el reconocimiento del otro. Por más que uno salga de Egipto y emprenda esta marcha hacia el país, si no ha aceptado cortarse, dejarle un lugar al otro, no ha hecho absolutamente nada.
Todo está por recomenzar. Y precisamente por eso, paradójicamente, el Midrash vincula el pacto de la tierra, la promesa de la tierra, con el brit con Israel. Ahora bien, ¿qué es el brit? Ya lo hemos explicado. […] El brit es el pacto. Sin embargo, hablamos de karat brit, «cortar» un pacto. En principio debería haberse dicho «concluir», «atar» un pacto. No: porque estamos, en efecto, condenados a estar separados unos de otros, incluso en nuestro amor. Pero cada uno se ha separado de una parte de sí mismo y se la ha confiado al otro, y el otro ha hecho lo mismo; de modo que allí donde estemos, dondequiera que estemos, llevamos con nosotros la parte de cada uno de ellos. Y esto es esencial para la promesa de la tierra. Ahora bien, esta promesa de la tierra está ligada al pacto de la tierra, y está ligada a otro pacto. ¿Cuál es? El pacto primero: el pacto de la milá, el brit milá, que consiste en cortar algo del órgano de la reproducción de uno mismo.
Dejar una parte de sí, de ese amor por el cual nos reproducimos como todos los seres vivos —pero no de la misma manera—; y la manera en que lo hacemos determina la manera en que conducimos la gestión de la tierra. Miren lo extraordinario del kohén. Aharón fue elevado a ese título de kohén, con un pacto eterno, para él y para su descendencia. ¿Por qué? Sencillamente porque el primer hermano que se alegró del éxito del otro fue Aharón. Cuando oyó… Ustedes saben: todo el libro de Bereshit (Génesis) es una historia de disputas entre hermanos. Y aquí, en el seno de una misma familia, Aharón, el hermano mayor, se alegra de la promoción de su hermano menor y de la misión que le confía Hakadosh Baruj Hu (el Santo, bendito sea): un hermano mayor que se alegra del éxito de su hermano menor.
Hubo un segundo personaje que llegó a participar de la kehuná: Pinjás. Pinjás vio la decadencia y la degradación, no la soportó, e intervino con violencia para detener aquella plaga de uniones indebidas: matrimonios mixtos, uniones ilícitas. Entonces Pinjás también recibió la promesa de la kehuná. Y nosotros, nosotros somos mamléjet kohaním, un reino de sacerdotes: estamos destinados a ser sacerdotes […], destinados a ser emisarios ante los demás pueblos. Y, por consiguiente, el reconocimiento que recibamos se medirá por el reconocimiento que nosotros mismos otorguemos. Si hacemos abstracción de […], entonces ya nada funciona.
Y eso es el Omer. Traer el Omer es conceder al hombre lo que lo mantiene con vida; principalmente porque, evidentemente, cuando no tiene qué comer, es incluso incapaz de reflexionar, incapaz de pensar. Así que las cosas van de la mano. Hay que mantener esa vida, pero es eso también lo que acerca a unos con otros. […] es porque consideramos que compartir el pan con el otro es la manera primera, el elemento primero de todo reconocimiento del otro. Entonces comprendemos también esta regla del trigésimo tercer día del Omer. Rabán Yojanán interrogó a sus alumnos: ¿cuál es la virtud indispensable para alcanzar esta cualidad […]
[…] y gozar del reconocimiento de D-os y del reconocimiento de los hombres? Cada uno de los discípulos respondió. Uno dijo ayin tová, un ojo generoso; otro dijo javer tov, un buen amigo; otro dijo haroé et hanolad, aquel que se proyecta hacia el porvenir. Pero lo que más importa es el lev tov, un buen corazón. Y Rabán Yojanán ben Zakai dijo: «Roé aní et divré Elazar ben Araj midivrejem», prefiero las palabras de Elazar ben Araj a las de ustedes, porque el lev tov incluye todas las demás cualidades. Lev tiene el valor numérico de treinta y dos. Cuando uno tiene un lev tov, no sufre por el éxito del otro. No desprecia al otro, no está ahí analizando sus aspectos negativos.
Se concentra, en cambio, en todo su lado bueno. Ahora bien, lo que les sucedió a los discípulos de Rabí Akiva —atención: este problema no es propio de la gente pequeña; al contrario, afecta a los grandes espíritus—. Los discípulos de Rabí Akiva estaban impregnados de Torá, pero cada uno estaba aferrado a sus prerrogativas y era incapaz de considerar la corriente del otro, el momento del otro, la opinión del otro. Uno se vuelve fanático de tal idea, de tal bando, de tal otro bando. Pero no: hay que reconocer el aporte de cada uno. Eso es el lev tov. Y cuando se tiene esta noción de kavod, entonces viene el tov. Kavod, su valor numérico: kaf, veinte; bet, dos: veintidós; vav, seis: veintiocho;
y dálet, cuatro: treinta y dos. El valor numérico de lev: lámed, treinta; bet, dos: treinta y dos. El trigésimo tercer día del Omer es cuando efectivamente hemos franqueado el lev. Y cuando hemos llegado a este lev, ¿qué nos espera? El tov. Tov, su valor numérico: tet, nueve; vav, seis: quince; bet, dos: diecisiete. Quedan diecisiete días que separan el trigésimo tercer día del Omer de Shavuot. […] En la oración, cuando enunciamos las virtudes de D-os en Su creación, en su debido orden —en el Yotzer de la mañana—, decimos «tov yatzar kavod lishmó». Tov yatzar: creó el bien, Él es el bien. Kavod: cuando se tiene respeto, el respeto de sí como el respeto del otro. Lishmó: porque D-os, cuando creó el mundo, fue para ser reconocido en Su kavod —«para Mi gloria lo he creado»—, para Su propio reconocimiento, para Su propia unidad: hacer una obra, realizar una obra que esté verdaderamente a la altura de su Creador, de su Autor, del Señor de todo, la cumbre. Y así, el recorrido del Omer, que nos hace pasar del pacto de la milá, con esa voluntad de cortarse por el prójimo, a merecer las lujot habrit, las tablas del pacto, el libro del pacto, la Torá, que es el pacto con D-os, puesto que uno se somete a su enseñanza y se interesa por la manera en que nuestros sabios mismos enseñan la Torá […]: esa es la carta indestructible para la conservación del Estado, del país tanto tiempo prometido […].
Adquiere todo su significado porque la riqueza de la tierra está inmediatamente ligada a su fuente celestial. Puesto que la tierra es un don de D-os al pueblo de Israel, no es objeto de una conquista, no es fruto de la conquista: es ante todo el don de D-os de este tabur haáretz, de este embrión de la tierra, de este embrión de la creación, al pueblo que también es embrión de la creación. Por eso reshit ketzirjem, las primicias, van de la mano con el reshit de la creación, van de la mano con todo el pueblo de Israel, que es él mismo llamado reshit, primicias. Todo se vincula con su punto de origen; y cuando todo se vincula con su raíz, entonces todo se sostiene, todo está en perfecto equilibrio.
Y ese es el mensaje del Omer. Los dejo con esto. Si tienen preguntas…
Un estudio del Rav Raphaël Benizri. Vea también todos los estudios sobre el mes del Omer.
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