Elul: la singularidad de cada uno

par le Rav Raphaël Benizri

Cuadernillo de estudio de esta clase

Un cuadernillo de estudio para imprimir: una pregunta por página, la respuesta del Rav, su fuente y una enseñanza para debatir en familia.

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Elul, el mes de la hitbonenut: reencontrar el propio lugar único.

«Aní ledodí vedodí lí» —yo soy de mi amado y mi amado es mío—: tal es el signo del mes de Elul. Pero el Rav Raphaël Benizri insiste desde el principio en una expresión: cada uno individualmente. Porque el pueblo judío cuenta tantas almas como letras tiene la Torá, y una sola letra dañada invalida todo el Séfer Torá.

Esta clase explora la singularidad irreemplazable de cada uno: afirmar la propia personalidad y la propia función en el seno de Israel, comprender Elul como un impulso de uno mismo hacia el Creador, limpiar el kli (el recipiente) para que la neshamá (el alma) pueda desplegarse en él, y recuperar el alma cautiva en lo más hondo de nosotros. Concluye con tres preguntas del público.

Lo que enseña esta clase

Cada uno es una letra del Séfer Torá que estamos escribiendo. El pueblo judío cuenta un número equivalente al de las letras de la Torá: cada letra representa a uno de nosotros. Y así como la menor interrupción en una letra invalida el rollo, el daño infligido a un solo individuo alcanza al pueblo entero.

Escribimos la Torá cada semana. Le damos otra connotación, otra versión, otro espíritu: le quitamos el polvo, la renovamos, le insuflamos un espíritu nuevo. Así como Él renueva cada día la obra de la creación, nosotros renovamos esa obra mediante el espíritu que insuflamos al texto.

Israel tiene dos aniversarios, y dos movimientos de amor opuestos. Nisán es el aniversario propio del pueblo, el que afirma su derecho a ser; nos preparamos para él con treinta días de antelación eliminando el jamets. Elul precede al aniversario de la creación. En Nisán reina «Dodí lí vaaní lo» —Él me colma y yo respondo—; en Elul es «Aní ledodí», un impulso de uno mismo hacia el Creador, y solo se recibe en proporción a esa entrega de sí.

Rajamim viene de réjem, la matriz. La misericordia no es un sentimiento vago: es el lugar donde se deposita el amor que da origen a un ser nuevo, el tinok (el recién nacido). Eso es el mes de Elul: somos concebidos en el seno del mundo entero, con un estatus distinto, lo queramos o no.

Primogénito de la humanidad, Israel tiene derechos, pero sobre todo deberes. «Bení bejorí Israel», y en una familia no puede haber más que un primogénito. El propio nombre de Elul, importado de Babilonia, ilustra esta tarea: así como una persona se convierte al judaísmo, se convierte una cultura de lo profano a lo sagrado, como hizo Onkelos, el primer comentario verdadero en una lengua extranjera.

No busquemos a D-os en ningún otro lugar que en nosotros mismos. Él habita en nosotros. Si nos vemos llevados a verlo y a captarlo fuera de nosotros, dice el Rav, rozamos la idolatría. Hay que aprender a pensar fuera de la propia carrocería, fuera de la propia estructura, porque mientras pensemos las cosas únicamente desde nuestro punto de vista, permanecemos en un cerco de la razón proporcional a nuestra inteligencia.

El valor numérico de Elul es el de Biná. Biná, el entendimiento; la hitbonenut, la reflexión y la meditación, aquella que lleva al ser a desconectarse de sí para ir más allá de lo que es y realizar aquello para lo cual fue creado. Todo aniversario de nacimiento, por lo demás, está ligado directamente a la creación del universo entero.

Vivimos en un presente permanente, y ahí reside nuestra oportunidad. Shaná expresa la repetición, jag el ciclo, y padecemos ese tiempo desde fuera, como algo makif (envolvente). Pero Ibn Ezra recuerda que el pasado ya no es y el futuro aún no ha llegado. Es precisamente en este presente inasible donde puedo hacer converger pasado y futuro, y reorientar el pasado de modo que ilumine el porvenir.

El primer «yasher kóaj» de la historia fue por haber roto las Tablas. Paradójico, dice el Rav, pero maravilloso: la Ley no tiene por qué ser dada en su totalidad e impuesta desde fuera. Requiere una participación de uno mismo para forjarla. Por eso Moshé parte de nuevo en Rosh Jódesh Elul para tallar él mismo la piedra y poner la Ley al alcance del pueblo.

«Kudshá Berij Hu, Oraitá veIsrael jad hu»: una sola unidad. Esto significa que la Torá la descubrirás por ti mismo y la escribirás en las tablas de tu corazón. No basta con reducirla a un conocimiento lógico puro: hay que vivirla desde dentro, sentirla, reescribirla. Y puedes hacerlo porque el Santo, bendito sea, habita en ti.

Las selijot no sirven para hacerse perdonar cualquier cosa. Un comentario relaciona salaj, perdonado, con shalúaj, enviado. Se trata de despojarse de esa tendencia a perdonárselo todo, a hacerse cómplice de uno mismo. Porque no hemos limpiado el kli —nuestro recipiente, es decir, el cuerpo humano—, que necesita una preparación para que la neshamá se despliegue en él con toda su intensidad.

No es D-os quien examina nuestros corazones: somos nosotros. Nos dirigimos a HaKadosh Baruj Hu y Él escucha, pero somos nosotros quienes debemos analizarnos y ver si somos sinceros con nosotros mismos. Este descubrimiento de sí es la condición para reconocer al Creador como Rey del universo.

Nuestros enemigos nacieron dentro de la matriz de Avraham. D-os habría podido librarnos de ellos; quiso, por el contrario, que ocuparan su lugar dentro de Israel, y que todo alejamiento fuera solo temporal. Llegará el día en que el propio Ishmael participará en la unidad de D-os proclamada por Israel. Mientras tanto, es un fruto todavía verde, que da dentera.

Dos vías se abren al descubrimiento de sí: la razón y lo que está más allá de la razón. El estudio colma la carencia de lo afectivo y nos recuerda el deber de profundizar en la Ley. Pero la oración tiene otra función: supera el estudio y establece un contacto directo con el infinito. En la Torá permanecemos en un efecto de espejo, con varias interpretaciones posibles; en la oración no hay varias maneras: se reza.

Los trece atributos son vestiduras que hay que reproducir en uno mismo. El Tomer Devorá de Rabí Moshé Cordovero insistió en su alcance e invitó a cada uno a reproducirlos en su propia estructura. Avraham, Itzjak, Yaakov, Moshé, Aharón, Yosef y David son las midot (rasgos de carácter) del hombre. En Rosh Hashaná no se invoca a Itzjak por su nombre —el rigor puro es mortal—: queremos la generosidad de Avraham.

Durante Elul, el Rey sale a recorrer los campos. Busca a Sus hijos, porque la noción de padre solo existe si hay hijos. Hashem está cerca, al alcance del pueblo judío: «Buscad al Eterno donde se deja hallar, invocadlo cuando está cerca».

El prójimo al que debes amar es también tu compañero ignorado. Hilel resume toda la Torá en «amarás a tu prójimo como a ti mismo». Pero ese prójimo, dice el Rav, es el primer compañero del hombre: caminamos con él sin saberlo. Es Él.

«Ábreme», y cuando por fin me decidí, se había ido. La voz del amado llama a la puerta en el Cantar de los Cantares. Yo no estaba preparado, me había quitado la túnica, no quería levantarme. ¿Cuántos amores no hemos sabido recoger a tiempo, ni medir en su justo valor? Pero no todo está perdido: el presente en hebreo se llama benoní, una acción continua, siempre en curso de realizarse.

La verdadera guerra consiste en liberar el alma cautiva en nosotros. «Veshavitá shivyó»: habrás tomado cautivo lo que ya estaba cautivo. La éshet yefat tóar, esa mujer de hermoso aspecto hallada entre los cautivos, es el alma prisionera en el interior de cada uno. Quienes libraban esa guerra eran tsadikim (justos), sin añoranza por la viña plantada ni por la casa construida.

Sean ustedes mismos un santuario ambulante. Se nos quitó el santuario de piedra y de madera para que nuestro lugar de inspiración no se convirtiera en una pequeña idolatría. Se les concede un santuario, dice el Rav, pero encuéntrenlo en ustedes, redescúbranlo dentro de ustedes.

Betulá, tinok, tikún: los tres tiempos de la regeneración. El signo del mes es la virginidad, que se trata de recuperar desconectándose de los estereotipos acumulados. «Kum, kerá el Elokeja»: levántate, invoca a tu D-os. Se recupera entonces el tinok, el recién nacido, y luego el tikún —las mismas letras—, es decir, la restauración de uno mismo.

Tres preguntas cierran la clase: el pasado, el alma rehén y la idolatría del folclore. Reorientar el pasado es retomar el espíritu de los seres perdidos e insertarlo en otra montura. El alma es rehén porque la hemos reducido al silencio y la hemos usado como una prenda gastada. Y se cae en la idolatría cuando se cede al folclore: la verdadera oración está en el silencio de la Shemoné Esré, la «voz del silencio» del profeta.

Transcripción completa de la clase

¿Me oyen todos bien? Sí. Queridos amigos, buenas noches; me alegra reencontrarme con ustedes bajo el signo del mes de Elul. Ustedes saben que el signo del mes de Elul es «Aní ledodí vedodí lí»: yo soy de mi amado, y mi amado es mío. Ustedes son mis amados; mis amados, cada uno individualmente. Porque es importante que cada uno se distinga del otro por su personalidad, por su función, por sus responsabilidades, del mismo modo que en un Séfer Torá cada letra tiene su función dentro de la palabra y puede inclinar su sentido en una dirección o en otra. Sepan, pues, que el pueblo judío cuenta un número equivalente al número de las letras de la Torá; por consiguiente, cada letra de la Torá representa a uno de nosotros, a una individualidad. Y si esa individualidad resulta dañada de algún modo, entonces, así como en el Séfer Torá la menor interrupción, por así decirlo, en una sola letra lo invalida, lo vuelve pasul, lo mismo sucede con nosotros como pueblo de Israel.

Por eso lo que importa ante todo en este mes de Elul es afirmar la propia personalidad en relación con la propia función, con las propias responsabilidades en el seno del pueblo de Israel, dentro del conjunto del Séfer Torá que escribimos constantemente. Estamos escribiendo el Séfer Torá. ¿Saben cómo escribimos la Torá? Cada semana le damos otra connotación, otra versión, otro espíritu; le quitamos el polvo, la renovamos, le insuflamos un espíritu nuevo. Así como Él renueva cada día la obra de Su creación, nosotros renovamos esa obra de la creación mediante el espíritu que insuflamos al texto de la Torá. Y por eso hay una diferencia: ustedes saben que el pueblo judío tiene dos aniversarios.

El aniversario propio del pueblo judío, el que le es particular y afirma su derecho de primogenitura, es la salida de Egipto, en Nisán. Nos preparamos para la celebración del mes de Nisán con treinta días de antelación, expulsando el jamets de la casa. Y está también el mes que se sitúa treinta días antes del aniversario de la creación, y es eso lo que nos sumerge en la colectividad del mundo. Durante el mes de Nisán estamos bajo el signo de «Dodí lí vaaní lo»: mi amado es mío, Él es para mí, es Él quien me colma de todo, y yo respondo a Su llamada. Eso es Pésaj. En cuanto al mes de Elul —no, el mes de Elul es más bien un impulso de uno mismo hacia HaKadosh Baruj Hu, hacia el Creador del mundo: «Aní ledodí», yo me entrego a Él, y en proporción a esa entrega de mí mismo podré recibir la contrapartida.

He ahí, pues, toda la diferencia entre la concepción del hombre y su realidad. ¿Dónde está la concepción y dónde está la realidad? Está en rajamim. Ya les he dicho que rajamim, que se traduce como «misericordia», viene de la palabra réjem, la matriz. Allí es donde se deposita el amor que va a dar origen a un ser nuevo, un ser al que al principio se llama tinok, el bebé. Así se denomina a ese embrión llamado a desarrollarse, a no volver ya al réjem, y que es a su vez fruto de un mundo entero, íntegro. Pues bien, eso es el mes de Elul: en realidad, somos concebidos en el seno del mundo entero, con un estatus diferente, lo queramos o no.

Bereshit, el Génesis, está ligado a Israel, que es llamado reshit, las primicias. «Bení bejorí Israel», «Mi hijo, Mi primogénito, es Israel». ¿Cuántos primogénitos puede haber en una familia? Uno solo. Pues bien, nosotros somos los primogénitos de la humanidad, y el primogénito de la humanidad tiene derechos, pero sobre todo tiene deberes. Esta toma de conciencia para la que nos preparamos no es casual. A través del nombre de este mes de Elul —un nombre extranjero, importado de Babilonia, pero que encontró su lugar dentro de la literatura sagrada— vemos que, del mismo modo que una persona se convierte al judaísmo, se convierte esa cultura de lo profano a lo sagrado.

Hay aspectos que efectivamente podemos convertir, y que han sido convertidos. Por eso la traducción aramea de la Torá, Onkelos, es el primer comentario verdadero que nos da otra dimensión de lo que dice la Torá, aunque en una lengua extranjera, y debemos conservarla, respetarla, considerarla como tal. Pues bien, díganse que lo que sucede fuera sucede dentro de nosotros mismos. Queridos amigos, no vayamos a buscar a D-os en ningún otro lugar que en nosotros mismos: Él habita en nosotros. Si, al fin y al cabo, nos vemos llevados a verlo y a captarlo fuera de nosotros, es que de algún modo rozamos la idolatría.

Porque el verdadero D-os está ante todo en nosotros. Y cuando yo mismo logro por fin arrancarme de mi estrecho marco de la razón y pensar —hoy en día hay un anuncio publicitario sobre conducir «fuera de la carrocería», ¿no es cierto? ¡Qué placer!—. Pero primero hay que saber pensar uno mismo fuera de su propia carrocería, fuera de su propia estructura, intentar ir un poco más allá de las cosas. Porque mientras respiremos las cosas desde dentro y las pensemos únicamente desde nuestro punto de vista, permanecemos de algún modo en un encierro, en un cerco de la razón que es proporcional a nuestra inteligencia. Y, ¿saben?, no en vano nuestros Sabios dijeron que el valor numérico de Elul es el de Biná, el entendimiento; la hitbonenut, la reflexión, la meditación, aquella que lleva al ser a desconectarse de sí mismo para ir más allá de lo que es y realizar aquello para lo cual fue creado. Porque así es como Rabí Moshé de Kobrin definió el nacimiento de cada uno: todo aniversario del nacimiento de una persona está ligado directamente a la creación del universo entero, como si D-os le dijera: «No podía crear Mi mundo sin concebirte a ti mismo en este mundo, y sin que pudieras atravesar este tiempo del infinito en este mundo».

Porque así es también como hay que ver las cosas. Tenemos un tiempo que es la shaná, y que es la repetición: shaná, shenáim, shanú, repetido. Tenemos la tekufá, el período, un tiempo que es makif, que nos condiciona, que nos encierra, un período también repetitivo. Está el jag, que es un círculo: el jag es un ciclo que vuelve cada año, y nos encontramos dentro de ese ciclo, obligados a atravesarlo. Pero en realidad, ¿dónde estamos? Si, al fin y al cabo, padecemos este tiempo como algo que nos envuelve desde fuera, si lo padecemos en su repetición y en su ciclo, entonces, ¿dónde estoy yo? Estoy en un presente permanente. Esa es la idea de una vida en la que el tiempo, como dice Ibn Ezra, es así: «heavar áyin», el pasado ya no existe, ya no es; y «heatid adáyin», el futuro es un «todavía no».

Es un «todavía no», está por venir: es el mañana, no sé lo que traerá. «Vehahové kehéref áyin»: y el presente es como un parpadeo. Se me escapa; pero precisamente porque se me escapa y no puedo asirlo, puedo en realidad hacer converger el pasado con el futuro, iluminar el futuro por medio del pasado, y reflexionar sobre el pasado de tal modo que pueda iluminar el futuro. Ojalá hayamos integrado un poco estos preliminares del pensamiento propio de este mes de Elul. Porque, como ustedes saben, Rosh Jódesh Elul es el día en que Moshé vuelve a subir para traer las segundas Tablas de la Ley. Debía permanecer cuarenta días. La primera vez había permanecido cuarenta días y bajó el diecisiete de Tamuz; y allí, con el pecado del becerro de oro, rompió las Tablas de la Ley, y fue felicitado por ello. El primer «yasher kóaj» fue por haber roto las Tablas de la Ley. Es paradójico, pero es maravilloso. ¿Por qué maravilloso? Porque la Ley no tiene por qué ser dada en su totalidad e impuesta desde fuera. La Ley requiere una participación de uno mismo para forjarla. Así pues, las segundas Tablas: después de que Moshé pudo interceder para obtener una prórroga para el pueblo judío, parte de nuevo en Rosh Jódesh Elul. Por eso Rosh Jódesh Elul está situado bajo el signo de rajamim, de la misericordia, de la refundición del pueblo judío; y esa refundición del pueblo judío va de la mano de una refundición de la Torá. Pero esta vez las Tablas de la Ley no son dadas enteramente por D-os, como cuando «la escritura era escritura de D-os», leyes por así decirlo transparentes. No: «pesol lejá», esta vez tú, Moshé, tallarás la piedra, escribirás tú mismo esta Ley y la pondrás al alcance del pueblo, de modo que pueda obtener su adhesión. Y ese es, en suma, el proceso del mes de Elul, porque partimos del principio de que «Kudshá Berij Hu, Oraitá veIsrael jad hu».

Así pues, el Santo, bendito sea, la Torá y el pueblo de Israel constituyen una unidad. ¿Qué quiere decir que constituyen una unidad? La Torá la descubrirás por ti mismo. «Kotvem al lúaj libeja»: en la tabla de tu corazón la escribirás. No tiene sentido que la tomes y la reduzcas a un conocimiento lógico puro. No: es preciso que la vivas desde dentro, que la sientas, que la reescribas. ¿Y cómo podrás hacerlo? Porque, en suma, el Santo, bendito sea, habita en ti; habita en ti, está contigo, está en ti. Ahí se percibe el secreto de este descubrimiento de sí en el mes de Elul, que comenzamos, precisamente, con las selijot.

Con las selijot: selijot, selijot… Hoy en día, por cualquier cosa se pide perdón […]. No. Hay un comentario que establece una relación entre salaj y shalaj, ya que las letras sibilantes pueden intercambiarse en el alfabeto hebreo; existe, pues, la posibilidad de relacionar salaj, perdonado, con shalúaj, enviado. ¿Cuál sería entonces la relación entre «enviado» y «perdonado»? Se trata de despojarse de esa tendencia a hacerse perdonar todo, a mostrarse cómplice de uno mismo en todo lo que hacemos. Y, al final, no integramos el verdadero alcance de las cosas, porque no hemos limpiado nuestro kli, nuestro recipiente. Nuestro recipiente es el cuerpo humano, y este cuerpo humano necesita una preparación para que la neshamá pueda resplandecer en el ser con toda su intensidad. Hay que deshacerse, por tanto, de todas esas escorias que estorban a nuestro ser, de toda esa contaminación que nos rodea. […] Somos nosotros quienes examinamos nuestros corazones. Nos dirigimos a HaKadosh Baruj Hu —y está bien, Él está ahí para escuchar lo que queremos—, pero no es Él quien está examinando nuestros corazones; somos nosotros quienes los estamos analizando y viendo si somos verdaderamente sinceros con nosotros mismos.

Y si vamos hacia estos descubrimientos de sí —porque este descubrimiento de sí es muy importante para reconocer al Creador como Rey del universo: Mélej. Esa es una noción que desarrollaremos en otro shiur (clase): en Rosh Hashaná situamos a HaKadosh Baruj Hu en la órbita de «Mélej al kol haárets», Rey sobre toda la tierra, algo que solo Avraham realizó. Decía ayer que, por el momento, somos los hijos de Israel, la casa de Yaakov, pero aún no hemos llegado a vivir a Avraham; todavía no somos el pueblo de esa generosidad de Avraham, de esa entrega de sí de Avraham. Porque es un hecho que HaKadosh Baruj Hu habría podido librarnos de todos nuestros enemigos, de Ishmael, de Esav. Al contrario: no solo no los situó fuera del recinto de Israel, sino que quiso que nacieran dentro de la matriz de Israel, dentro de Avraham, dentro de Itzjak. Quiso que ocuparan allí su lugar, y que, si efectivamente hay un alejamiento o una exclusión, esta solo pueda ser temporal. Llegará el día en que el propio Ishmael se unirá al unísono a esa unidad de D-os proclamada por el pueblo de Israel, y Esav tras él. Pero, una vez más, es preciso que el Ishmael y el Esav que nos habitan […], porque por más que los expulsemos de nuestra casa, siguen anclados en nosotros; se aferran a nosotros, reclaman sus derechos, reivindican su primogenitura.

Ishmael reivindica su derecho de primogenitura; Esav reivindica su derecho de primogenitura. Esos adoradores de ets vaéven, de la madera y de la piedra, pues bien, son miembros de la gran familia, de la gran familia de Israel, pero están dentro de la pequeña familia de Israel, lo queramos o no. Y lo que hace que no los digiramos es que todavía son agraz, un fruto que no está maduro: al comerlo rechinan los dientes, y no es agradable. Esa es, en efecto, la situación en la que nos encontramos. Y por eso los Sabios encontraron muchas abreviaturas que evocan el mes de Elul y su contenido, recursos mnemotécnicos. Además de «Aní ledodí vedodí lí», está también «Umal Hashem Elokeja et levavjá veet levav zarejá»: «Hashem tu D-os circuncidará tu corazón y el corazón de tu descendencia». Tu corazón, y el corazón de tu descendencia: hace falta una circuncisión.

Ahí está el mes de Elul: debemos realizar la circuncisión de nuestro corazón y la de nuestra descendencia. Ustedes saben muy bien que esta circuncisión tiene un campo de resonancia muy amplio, porque la orlá, el prepucio, se encuentra en distintos niveles: […] de nuestra afectividad, de nuestra palabra, de nuestro lenguaje. Lo veremos también, porque es hacia allí adonde nos dirigimos, mediante el esfuerzo de la oración. Porque siempre se nos ofrecen dos vías en el descubrimiento de sí, en el descubrimiento del infinito que nos habita, en el descubrimiento del destino que debemos llevar a término. Esas dos vías son la de la razón y la de lo que está más allá de la razón. La de la razón —de ella hablé hace un momento— somos nosotros mismos, la afectividad tal como estamos en ella; sigue siendo subjetiva. Más allá, más allá de la razón […]. El estudio, en el que tanto pensamos, colma la carencia de esa afectividad, y por eso se nos recuerda nuestro deber de profundizar en la Ley, de comprenderla, de intentar cada día salir al encuentro de las zonas de sombra que quedan aquí y allá. Pero la oración tiene otra función: es la que supera el estudio, la que establece un contacto directo con el infinito, con D-os, con la santidad. En la Torá permanecemos como en un efecto de espejo: mirando el texto, analizándolo, respondiendo, planteando preguntas e intentando comprender; y a veces nos quedamos en «sí, puede interpretarse de esta manera, puede interpretarse de la otra», etcétera.

En la oración no hay mil y una maneras de rezar. Y aquí, el medio de acceder a una esfera superior de pensamiento es la oración. Por eso el mes de Elul nos inicia aún más por medio de estas selijot, que nos invitan a reconsiderar nuestra estructura de ser, porque nuestra estructura de ser es tal como D-os la concibió en Su proyección en el mundo. Pasa a través de trece vestiduras, trece atributos, que recitamos cada vez intentando, diría yo, impregnarnos de ellos. Quizá tengamos ocasión algún día de profundizar en ellos. El Tomer Devorá, el libro de Rabí Moshé Cordovero, insistió precisamente en el alcance de estos trece atributos e invitó a cada uno de nosotros a reproducirlos en su propia estructura. Porque no podemos adherirnos verdaderamente a la realidad del Santo, bendito sea, que está lejos de nosotros.

Al que solo podemos imaginar muy lejos. Pero «Dirshú Hashem» quiere decir: buscad al Eterno allí donde se encuentra, en el momento en que se encuentra. Buscad al Eterno, ¡e invocadlo! «Invocadlo cuando está cerca»: el Eterno está cerca del pueblo judío, está al alcance del pueblo judío durante el mes de Elul. Durante el mes de Elul decimos «hamélej basadé»: el Rey sale a recorrer los campos, y busca, busca a Sus hijos. Busca, porque la noción de av, la noción de padre, solo puede existir si hay hijos. Si no hay hijos, no se saborea el gozo de ser padre, no se conoce el atributo de la paternidad.

Así pues, a Av HaRajamim, el Padre de la misericordia, el Padre del amor, lo estamos descubriendo a través de la recitación de los trece atributos, que están a la medida del hombre, de la estructura del hombre, de la estructura de los Patriarcas. Porque, en suma, creo haber dicho ya que Avraham, Itzjak y Yaakov, Moshé, Aharón, Yosef y David son las estructuras de las midot del hombre: la bondad, la guevurá (el rigor), la justicia. Y, entre paréntesis —entre paréntesis—, en la oración de Rosh Hashaná encontramos muy a menudo el nombre de Avraham, el nombre de Yaakov, el nombre de Yosef; no encontramos el nombre de Itzjak, que solo se sugiere a través del shofar.

¿Por qué? Porque el rigor —permanecer todo el tiempo en el ámbito del rigor y de la lógica pura— es la muerte; es mortal. No podemos hacer intervenir ese rigor el día de Rosh Hashaná. No lo queremos, no lo queremos. Queremos […] a Avraham. Queremos esa generosidad de Avraham; queremos ese jésed (bondad amorosa) de Avraham. Por eso la tercera faceta del mes de Elul —la tercera faceta del mes de Elul— es «Ish lereehu umatanot laevyonim» («[porciones] cada uno a su prójimo, y regalos a los pobres»): ish, álef; lereehu, lámed; umatanot laevyonim, lámed. Es decir, hay otra manera de abordar el mes de Elul: considerar al otro y verlo a través del prisma de esa responsabilidad que nos une a él, la que llevó a Hilel a decir que, si uno quiere aprender la Torá en el tiempo en que puede mantenerse en equilibrio sobre un solo pie, es «veahavtá lereajá kamoja», amarás a tu prójimo como a ti mismo.

Ahora bien, ¿quién es ese prójimo? También aquí hay varios comentarios, varias explicaciones. Pero, ¿saben?, el prójimo —«reajá verea avija», tu compañero y el compañero de tu padre—, ese compañero es HaKadosh Baruj Hu. Es nuestro compañero, el primer compañero del hombre. Caminamos con Él, pero lo ignoramos, no lo sabemos. […] Caminamos con Él. Rea, reajá: es Él. «Ish lereehu umatanot laevyonim». «Kol dodí dofek, pitjí li, ajotí raayatí»: la voz de mi amado que llama: «ábreme, hermana mía, amada mía». Esa es Knéset Israel, la comunidad de Israel; pero no es solo Knéset Israel: es cada uno de nosotros. Y es esa voz profunda de la conciencia de ser, de lo que está más allá de lo que somos y de lo que realizamos. Porque hace falta esa seguridad; no hay que empequeñecerse, no hay que encogerse. No es eso. Al contrario, hay que realizar la propia dimensión e intentar darle una amplitud mayor. Porque a medida que ustedes la realizan, su compañero —su compañero también— se realiza tanto como nosotros, y nos da el amor que esperamos de Él. Porque todo es cuestión de un amor que a veces no hemos sabido recoger a tiempo, o que no hemos sabido medir en su justo valor, y lo hemos dejado escapar.

Y es difícil recuperarlo, porque en el momento en que llamaba a la puerta y decía «ábreme», yo no estaba preparado. No estaba… no pensaba en eso […]. «Ya me he quitado la túnica, ¿cómo voy a ponérmela de nuevo?». Y encima tengo que levantarme de la cama para ir a abrir, mientras él llama a la puerta. Pero cuando por fin me decidí a hacerlo —«vedodí jamak avar»—, mi amado se había ido, se había marchado. Qué lástima […]; él me buscaba. Pues bien, así somos nosotros; él no está fuera de nosotros. Hemos tenido muchos momentos en nuestra vida que habríamos podido aprovechar; habríamos podido asirlos y dar a nuestra vida una orientación distinta de la que tiene hoy. Pero no todo está perdido, puesto que este viaje en el tiempo que nos es impuesto hace que estemos en un hové permanente, en un presente permanente.

¿Cómo se dice el presente en hebreo? Benoní poel. Benoní poel significa una acción continua: está siempre haciéndose. Esa es nuestra preparación para descubrir a esta éshet yefat tóar, esta mujer de hermoso aspecto que hemos encontrado entre nuestros cautivos. Es la parashá de la semana; la parashá de la semana es Ki Tetsé: «ki tetsé lamiljamá al oyveja». Ustedes saben que las parashiot de este mes de Elul son densas, y transmiten un pensamiento muy fuerte que se acerca a la atmósfera de Rosh Hashaná, que nos sumerge en ella. Porque dice: «Ki tetsé lamiljamá al oyveja untanó Hashem Elokeja beyadeja veshavitá shivyó»: «Cuando salgas a la guerra contra tus enemigos, y el Eterno tu D-os lo entregue en tus manos, veshavitá shivyó, y lo tomes cautivo», en lugar de «veshavitá otó».

En hebreo se diría «veshavitá otó», pero dice «veshavitá shivyó», es decir, has tomado cautivo lo que era el cautivo. ¿Qué significa esto? El Or HaJaim HaKadosh lo ilumina a su manera, diciendo: atención, las personas que libraban esta guerra a tambor batiente eran personas que no añoraban la viña que habían plantado ni la casa que habían construido, y que no temían que los pecados que tenían en sus manos les hicieran pagar el precio de sus faltas durante esa guerra. Eran personas íntegras, personas justas. Estaban allí para librar la guerra de toda la comunidad de Israel. Y esa guerra de la comunidad de Israel consiste en redescubrir, en redescubrir el alma que está en cautiverio en el interior de cada uno de nosotros.

Una mujer de hermoso aspecto: ¿dónde la hemos encontrado? Ustedes saben que hemos dejado el mes de Av. Era el mes de Arié, el león que ruge, que tomó como presa nuestro santuario, el lugar que era precisamente el lugar de nuestra inspiración. Y se nos dijo: atención, no conviene que su lugar de inspiración siga siendo la piedra y la madera. No, no, no lo queremos: Él vertió y derramó Su ira sobre la madera y las piedras, porque corrían el riesgo de hacer también de ellas una pequeña idolatría como las demás, ets vaéven, los que adoran estatuillas de madera y de piedra. No: «Mi santuario», les dice, «se lo concedo. Encuentren ese santuario en ustedes».

Redescúbranlo dentro de ustedes; sean ustedes mismos un santuario ambulante: eso es lo que les pido. Y eso es «veasú li mikdash veshajantí betojam»: «que Me hagan un santuario, y habitaré en medio de ellos». Ahora bien, ¿cuál es el signo del mes de Elul? Betulá, la virginidad: vamos a recuperar esa virginidad del ser. Y por eso, ¿saben?, hay tres palabras clave en la palabra nitúk, desconectarse. Les he hablado de la desconexión de todo lo que hemos acumulado como estereotipos de nuestro pensamiento, de la vida. Por supuesto, se instala la rutina, y poco a poco nos acomodamos en ella, nos instalamos en nuestras pantuflas. Hay que reaccionar, hay que despertar: «Ma lejá nirdam? Kum, kerá el Elokeja»: «¿Por qué duermes? Levántate, invoca a tu D-os». […] Es el recién llegado, el tinok, el bebé, el nuevo nacimiento: se trata de esa regeneración de uno mismo. Y esa regeneración de uno mismo es el tikún: ahí está la verdadera restauración. Tu búsqueda es restaurar; son las mismas letras: tikún es la restauración, la restauración de uno mismo. Pues bien, eso es lo que estamos emprendiendo este mes de Elul. Creo que me detendré aquí para dejar lugar a las preguntas, y continuaremos la semana que viene.

Así que, si tienen preguntas, con mucho gusto; no duden. ¡Atrévanse, atrévanse, atrévanse! ¿Saben?, en hebreo la palabra lehaez, «atreverse», deriva de la palabra oz: tener valor, tener fuerza. —«Usted habló de algo que me cuesta entender: habló de reorientar el pasado. ¿Cómo se puede reorientar el pasado? ¿Cómo se puede? Reorientar el pasado. Usted habló del pasado, del futuro, y de reorientar el pasado. No comprendo esa relación. El pasado es el pasado». —Sí, querido amigo, sí, querido amigo. Todos estamos sujetos en nuestra vida a dramas que no hemos querido, que no hemos elegido. Hay personas —lejos de nosotros— que han perdido a sus hijos jóvenes, que han visto a su familia desgarrarse, que han sido víctimas de un accidente.

Hay numerosos acontecimientos que vienen, diríase, a pasar la tijera por nuestra vida. Y en Baruj Sheamar decimos: «Baruj sheamar vehayá haolam», Bendito Aquel que habló y el mundo fue, […] «Baruj gozer umekayem». Baruj gozer: bendito Aquel que corta, que zanja; umekayem, al menat lekayem, con el fin de mantener algo. Y no podemos comprenderlo. Vayan a decirle eso a quien sea en el momento en que vive su drama: los echará a la calle. Y sin embargo, a veces, con el tiempo, llegamos a integrarlo, porque el alma no muere nunca. El alma nos acompaña: la parcela, la parcela de infinito que llevamos en nosotros de nuestros padres, de nuestros hermanos, de nuestras hermanas, de nuestros hijos.

Pues bien, esa no se pierde. El instrumento se ha perdido, pero el espíritu no conoce la muerte. Y ese espíritu vamos, en efecto, a retomarlo, a insertarlo en otra montura, y vamos a devolverle un lustre que no tenía hasta ahora, porque hasta ahora lo habíamos considerado simplemente como algo dado gratuitamente. Y creo que cada uno de nosotros lo hace, en alguna proporción, cada uno a su nivel, cada uno a su medida; pero se hace, se hace, se hace. A nuestros padres los llevamos con nosotros; acontecimientos familiares, traumas, acontecimientos que hemos vivido —como la Shoá, por ejemplo—, los llevamos con nosotros. Forman un solo cuerpo con nuestra historia. No podemos hablar de la Shoá en pasado. ¿Sí?

[…] —«Sí. Buenas noches. Quería hacerle una pregunta. ¿Por qué se habla del alma tomada como rehén, y no del alma desaparecida o del alma perdida? ¿Quién la tomó como rehén? ¿Qué se esconde detrás del principio de la toma de rehenes?». —La toma de rehenes significa que no la hemos tenido en cuenta. La hemos encerrado. Ella quería… cada vez nos enviaba señales, y la hemos reducido al silencio. No le hemos permitido —no le hemos permitido— llorar a su padre y a su madre, cortarse las uñas. No hemos —no hemos querido que esa alma reencontrara su fuente, su origen; y nos hemos servido de ella como de una prenda gastada. Ese es el problema. La conciencia, la conciencia de ser, existe en todos los niveles, en todo el mundo. Pero, desgraciadamente, a esa hermosa mujer —esa Betulat Israel, esa Virgen de Israel— no logramos liberarla. Pero esa es la verdadera guerra. Ustedes saben que, cuando regresaron de una guerra victoriosa, el Rabino dijo: muy bien, se han hecho dueños del enemigo exterior; pero su enemigo interior, ¿lo han vencido?

Esa es la verdadera guerra. ¿Otra pregunta? —«Sí, Rav Benizri. ¿Cómo decirlo? Cuando se frecuenta regularmente la sinagoga, uno se encuentra con todas nuestras tradiciones, con, diría yo, el encadenamiento habitual de un oficio, y… ¿cómo decirlo? Personalmente, a menudo me interpela lo que sucede, la actitud de unos y la actitud de otros. Quisiera preguntarle, en relación con nuestro propio ritual: ¿a partir de cuándo estoy en avodá zará? ¿A partir de cuándo estoy en la idolatría?». —Sí: usted está en la idolatría cuando, al fin y al cabo, cede al folclore. Y ese folclore existe. No lo denigro, pero hay que ser consciente del lugar que ocupa. Porque, bueno, necesitamos jazanim (cantores), necesitamos adornar la oración con cantos, con melodías; todo eso está bien.

Pero, de todos modos, es como un piano, un gran piano, con distintas notas. Pero en la oración siempre está nuestra sinfonía personal, que tocamos, que interpretamos; y eso lo hacemos en la Shemoné Esré, cuando todo el mundo ha quedado en silencio. Entonces es el mejor momento, el mejor momento, en que uno está verdaderamente frente a sí mismo. Pero todo eso —todo lo demás no ha sido más que preparación para ese nivel. Por otra parte, la propia estructura de la oración obedece a tres niveles —por no hablar del cuarto, que es el de Atsilut, la emanación—: Beriá, la creación; Yetsirá, la formación; Asiyá, la acción.

Así pues, comenzamos a la inversa. Asiyá primero: lo que soy, lo que soy hoy. Después Yetsirá: lo que concibo, lo que deseo ser, ¿no es así? Beriá es mi autocreación, mi autocreación en la que participo en lo que soy. Esa es la nota personal. Pero está en el silencio. Como se dice, «lo varáash Hashem»: no es en la tempestad, no es en el trueno donde se encuentra el Eterno. «Kol demamá daká»: es la voz de un silencio fino, apagado, un silencio en sordina. […] Es esa, la Shemoné Esré. Eso es. Bueno, los dejo. Me ha alegrado reencontrarme con ustedes. Hasta la semana que viene, hasta la próxima.

—«Lo suscribo al canal. Muchas gracias. ¿Puedo permitirme añadir que hoy ha sido particularmente impresionante?». —«Sí, exactamente». —«Muchas gracias. Muchas gracias por estas palabras, que ponen el amor al otro, el amor a D-os […]». […] «Estaba usted muy inspirado». —Eso es. Eso es, gracias. Que pasen una buena noche. —«Muchas gracias. Buenas noches. Adiós». —Muchas gracias. Adiós. Gracias, Manu. —«Hasta luego». —Adiós. Bueno, lo dejamos aquí. Entonces, vamos a salir. Gracias, Manu. —«Sí, gracias, Manu». —Hola, Julie. Hola, Nenel, ¿qué tal? —«Bien». —¿Todo bien? —«Sí, sí. Muy bien». —¿Tu familia está bien? —«Estupendamente. Casé a mi hija el domingo pasado; no podría ir mejor». —¡Oh, mazal tov, oh, mazal tov, qué maravilla!

Ha casado a su hija. Mazal tov, mazal tov. Estupendo. —«Muy emocionante, fue muy, muy emocionante». —Sí, es verdad. Me lo imagino, me lo imagino. Estupendo. Es magnífico. —«Ven, te enseño la mía. Ven un momento aquí. Esta es mi hija». —Hola. […] Hasta luego, Manu. Hasta la semana que viene. —«Hasta la semana que viene».

Un estudio del Rav Raphaël Benizri. Encuentre todas las clases de la serie sobre el mes de Elul.

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