Cuadernillo de estudio de esta clase
Un cuadernillo de estudio para imprimir: una pregunta por página, la respuesta del Rav, su fuente y una enseñanza para debatir en familia.
Elul, el mes de la preparación: la yud, la teshuvá (arrepentimiento, retorno) y el retorno a los Avot (los Patriarcas).
La preparación cuenta más que la operación misma. Los Diez Días de Teshuvá duran solo diez días; su preparación, en cambio, exige un mes entero. Y ese mes se abre el mismo día en que Moshé emprende su ascensión celestial para forjar las segundas Tablas de la Ley: idénticas a las primeras en el espíritu, no del todo en la letra, y por eso mismo mucho más accesibles al pueblo.
Esta clase sigue el hilo del mes de Elul: su letra, la yud; su signo, Betulá (la Virgen); su tribu, Gad; su profeta, Malají. Conduce de las 974 generaciones borradas antes de la creación hasta el respeto a los padres como eje de toda la Ley, y se cierra con tres preguntas del auditorio.
Lo que enseña esta clase
Nada es uniforme: ni el espacio, ni el tiempo, ni el hombre. Así como existe una variedad de plantas, de flores, de árboles y de minerales, existe también una variedad de sabores en la percepción de los valores espirituales. La Torá es el mínimo exigido para la elevación del ser; más allá de ella, cada interpretación descubre otras esencias. Y los días que se suceden no se parecen entre sí.
Cada Jódesh (mes) tiene su letra, su tribu, sus atributos. El calendario hebreo se distingue por la impronta que otorga a cada Rosh Jódesh, cabeza de puente de un nuevo ciclo. Cada mes depende de una letra que presidió su creación y le dio su estatura.
La letra de Elul es la yud: la más pequeña, y la esencia de todas las demás. Es el punto. Cuando se comienza a trazar una letra, siempre se empieza por una yud, y luego se la estira para darle su forma. Es elástica: todas las letras derivan de ella.
El mundo comenzó el 25 de Elul, y la teshuvá lo precedió. Elul es el mes de la creación del universo, el que prepara la aparición del hombre el primero de Tishrei. Pero nuestros sabios enseñan que 974 generaciones fueron creadas y luego borradas, porque no respondían al proyecto inicial. La imperfección está, pues, inscrita en la creación misma; y por eso la posibilidad de restaurar, de corregir, de recrear, debía existir antes que ella.
Elul tiene el valor numérico de Biná (entendimiento). El mes invita a un análisis profundo, no superficial. Su signo es la Betulá, la virginidad: se trata de recuperar aquella virginidad primera, la del proyecto inicial al que habría que permanecer fiel. Porque el hombre tiende a abordar la vida con una ligereza que no sirve a la exigencia de su plenitud.
Somos portadores de esta yud: es la de Yehudí, la de Israel. Es la yud de la luz original, ese punto luminoso que está en el origen de la creación. Pero, al desarrollarse, la creación oscureció esa luz: el universo se convirtió en su pantalla, y la materia está amasada con ella. Viendo que corríamos el riesgo de perderla, el Santo, bendito sea, la ocultó en el corazón de los tzadikim (los justos): quiso que esa luz habitara en el hombre.
La yud es lo que proyecta hacia el futuro. Para pasar del presente al futuro basta con añadir esa yud: shamar se convierte en yishmor, «él guardará». La yud no permite detenerse definitivamente; marca un límite para una nueva página de la historia. Y es inseparable de la yad, la mano: no es un pensamiento abstracto, es la acción.
Pasar a la tercera persona es trascender el diálogo. La relación entre el aní (yo) y el atá (tú) sigue siendo subjetiva, limitada. La tercera persona permite superar la materia que nos encierra en nuestro propio proyecto y dejar entrar una luz venida de fuera, una energía nueva.
La tribu de Gad no toleraba ninguna disociación entre el pensamiento y el acto. Eran soldados valerosos, capaces de cortar de un mismo tajo de espada la cabeza y el brazo. Por eso el nudo de los tefilín shel yad, que se llevan en el brazo, tiene la forma de una yud: el pensamiento y su realización son uno.
Hay dos clases de perdón. Uno puede ser perdonado y que ya no se le confíe nada: «Está bien, pero ya no cuento contigo; has perdido mi confianza». Y está el otro: «Cometiste una falta grave, te perdono, y te doy la posibilidad de afirmarte aún más». A esa teshuvá aspiramos: la que abre una misericordia adicional para seguir adelante.
Teshuvá, tefilá (oración) y tzedaká (caridad) apartan el rigor del decreto. Nuestros sabios buscaron alusiones a estas tres cosas en los textos. Para la teshuvá, la circuncisión del corazón anunciada por el versículo; para la tefilá, Aní ledodí vedodí li; para la tzedaká, el envío de porciones al prójimo y de regalos a los necesitados en la Meguilá. Tres versículos cuyas iniciales dibujan el nombre del mes.
Aní ledodí vedodí li («Yo soy de mi amado y mi amado es mío»): Él me devuelve la imagen que yo Le doy. En igual proporción. Todo depende de mi implicación: la espiritualidad funciona como un espejo.
El retorno se verifica en tres niveles: uno mismo, el Creador, el prójimo. Ante todo, respecto de uno mismo: estamos condicionados por la cultura de la época, la moda, el tren de vida, y de vez en cuando hay que desprenderse de esas envolturas, de ese manto de hipocresía, para reencontrar lo que me caracteriza a mí, y la misión que no es la del otro. Luego, respecto del Creador, por medio de la oración: todos nuestros errores proceden de una falta de fe, y solo la palabra restablece el contacto con la Palabra misma de la creación; el estudio no basta para ello, porque se convierte en conocimiento. Por último, respecto del prójimo: en él, como en mí, se ha depositado una parcela de luz, y es la misma red, la misma conexión; lo que pido al Creador, debo primero practicarlo con mi prójimo.
Malají, el último de los profetas, abre un diálogo a corazón abierto. A los doce profetas corresponden los doce meses, y el último mes del año es el de Malají. Se dirige a un pueblo que ha llegado a la madurez: si Yo soy padre, ¿dónde está Mi honra? Si Yo soy señor, ¿dónde está Mi temor? Y anuncia el envío de Eliyahu, que restablecerá la comunicación entre los padres y los hijos.
«Honra a tu padre y a tu madre» figura en la primera tabla, no en la segunda. La primera tabla pone de relieve la relación entre el hombre y su Creador: el Nombre divino aparece en cada uno de sus mandamientos. Está ausente de la segunda. ¿Por qué, entonces, figura allí el respeto a los padres? Porque tres socios concurren en cada ser humano: el padre, la madre y la Shejiná (la Presencia divina). En la pareja, uno más uno siempre suman tres.
El respeto a los padres es universal; lo que lo convierte en mitzvá es la filiación que abre. Toda la humanidad lo practica, a veces hasta el extremo; no se le puede reprochar a nadie. Pero respetarlos por sensibilidad afectiva o por gratitud permanece dentro de los límites de la razón. Respetarlos porque se respeta la parcela divina presente en los padres le da otra dimensión; y sobre ese eje giran tanto las leyes entre el hombre y D-os como las leyes entre el hombre y su prójimo.
Treinta días para llorar a un padre y a una madre: es el mes de Elul. La éshet yefat tóar (la mujer cautiva «de hermosa figura») llora a su padre y a su madre durante treinta días. Del mismo modo lloramos nosotros nuestra desconexión de Av y Em, Padre y Madre, en su dimensión divina. Remontar la cadena, de padre en padre hasta Avraham, av hamón goyim («padre de multitud de naciones»), es reencontrar las propias fuentes; y si esa filiación se restablece como es debido, estamos en la buena trayectoria del mes.
Tres preguntas cierran la clase. Sobre Esav y el respeto a los padres en el mundo de hoy: no se puede generalizar; quien pone a sus padres en una residencia y paga con su propio dinero ha perdido una sensibilidad, pero no ha dejado de estar atento a sus padres. Sobre el heredero del tratado Bavá Batrá: de todos los hijos enviados a golpear la tumba de su padre, solo el que no se atrevió era el verdadero heredero. Y, por último, sobre la luz: no fue creada sino formada, mientras que las tinieblas fueron creadas ex nihilo; es el soplo divino depositado en cada uno, ondulatoria y corpuscular, y su valor numérico, 207, es el de raz, el misterio.
Transcripción completa de la clase
Buenas noches a todos, y qué alegría reencontrarlos. Vamos a abordar, en efecto, el tema del día, el del mes de Elul: la preparación para esta renovación del ser, para este redescubrimiento de uno mismo, para esta recreación de uno mismo. Y la preparación es mucho más importante que la operación misma, que el éxito de la operación, la cual se extiende a lo largo de diez días —los Aséret Yeméi Teshuvá, los Diez Días de Arrepentimiento, ¿no es así?—; pero aquí nos hace falta un mes entero. Emprendemos esta preparación durante todo el mes de Elul, y hacemos coincidir esta búsqueda, esta indagación de uno mismo, con el día en que Moshé emprende su ascensión celestial para traer las nuevas Tablas de la Ley.
Precisamente, el primero de Elul Moshé es invitado a una estancia prolongada de meditación para forjar las nuevas Tablas de la Ley. Son idénticas a las primeras en el espíritu, aunque no del todo en la letra. Algo se realiza a través de las segundas Tablas, que están mucho más cerca, que son mucho más accesibles al nivel del pueblo; porque no olvidemos que la Torá es el mínimo exigido para la elevación espiritual del ser. Por supuesto, hay distintos grados de elevación, incluso en la interpretación de la Torá, y según las interpretaciones se descubren, en efecto, otros sabores, otras esencias. Porque hay que decirse que, así como existe una variedad de plantas, de flores, de árboles, de minerales, existe también una variedad de sabores en la práctica, o en la percepción, de los valores espirituales.
Y eso no es uniforme. Nada es uniforme, porque el espacio no es uniforme, el tiempo no es uniforme, y menos aún el hombre; y los días que se suceden son diferentes unos de otros. El calendario hebreo se distingue por esa impronta que ha dado a cada Rosh Jódesh, a cada nuevo mes, a cada cabeza de puente de un nuevo ciclo. Ahora bien, cada mes tiene su letra, que presidió su creación, que le dio su estatura, que le dio sus atributos; y cada mes depende de la personalidad de una tribu, de los atributos de una tribu, ¿no es cierto? Nisán es Yehudá; Iyar, Isajar; luego Zevulún, y así hasta Tishrei y Elul, este mes que inauguramos hace ya algunos días.
Su letra es la yud. Ahora bien, la yud es la letra más pequeña del alfabeto, pero es la que está en la base de todas las demás letras; es la esencia de todas las demás letras. Cuando se comienza una letra, siempre se comienza con una yud. La yud es el punto, y a ese punto le darán ustedes distintas formas estirándolo. Es elástica, ¿verdad? Y, en efecto, el mes de Elul es el mes de la creación del universo, el que prepara la aparición del hombre, el nacimiento del hombre, el primero de Tishrei. Este universo comenzó el 25 de Elul, y algo preexistió al universo, nos dicen nuestros sabios: la Torá, desde luego, porque siempre hay un pensamiento rector detrás de la realización de un proyecto. Y esto se llevó a cabo a partir de 974 borradores, puesto que hubo 974 mundos que fueron creados y, en cierto modo, destruidos, porque no podían responder al proyecto inicial, que debía servir a toda la humanidad. Por qué razón, queda por ver; pero el hecho es que la noción del error en una creación —es decir, la imperfección misma de un proyecto— está inscrita en la creación del mundo. Y por eso nuestros sabios enseñan que la teshuvá [precedió al mundo].
Es decir, la posibilidad de restaurar, de recrear, de corregir la creación. No se podía permitir que un error cualquiera viniera a demoler de manera irremediable el proyecto de la creación; había que poder recrear el mundo, recrear al hombre, permitir una nueva orientación, un nuevo destino. Y eso es Elul, eso es Elul: este análisis del estado de nuestro universo y de nosotros mismos dentro del proyecto de la creación, dentro de su historia, de su orientación. ¿Habría acaso un proyecto inicial al que deberíamos permanecer fieles? A nosotros nos toca reencontrar esa virginidad primera, porque el signo del mes de Elul es la virginidad: la Betulá es lo propio del mes de Elul. Y, como su nombre lo indica, Elul es una exploración: vealilu, vayaturu, «y exploraron»; es decir, buscar, indagar, analizar.
La inteligencia: el valor numérico de Biná es 67, creo, idéntico al de Elul, que tiene también un valor numérico de 67. Porque el mes de Elul nos invita, en efecto, a un análisis profundo, no superficial; porque el hombre, naturalmente, tiende a abordar la vida con cierta ligereza. Esa ligereza no sirve al hombre en la exigencia de su plenitud, es decir, en la yud que lo habita, esa yud de la creación. Somos portadores de esa yud. No es una coincidencia pasajera que nos definamos por esa yud de Yehudí, por esa yud de Israel. Es la yud de aquella luz original, de aquel punto luminoso que estuvo en el origen de la creación y que, al desarrollarse, contribuyó a la creación del mundo. Pero la creación del mundo, en sí misma, oscureció esa luz; quedó recubierta, y el universo se convirtió en una pantalla para esa luz.
Sí: la materia está ahora amasada con estas luces, y uno quisiera intentar liberarla de esa materia. Ahora bien, el Santo, bendito sea, vio que al final íbamos a perderla o a menospreciarla: ganzó leatid lavó, la ocultó para el tiempo venidero. La ocultó, la enterró, la enterró en el corazón de los tzadikim. Quiso que esa luz habitara en el hombre, y es esa luz la que proyecta al hombre hacia el porvenir. Por cierto, cuando se quiere pasar de un tiempo presente, o de un pasado, al futuro, basta simplemente con añadir esa yud: shamar, yishmor, «él guardará». La yud es una proyección hacia el porvenir. No permite detenerse definitivamente; más bien marca un límite para una nueva frase, como para una nueva página de la historia.
Eso es, eso es: la yud. Y la yud es, en efecto, inseparable de la yad, de la mano, de la acción. No es simplemente un pensamiento abstracto. Es cierto que esta yud es de tercera persona, ¿no es así? Porque siempre es la álef: aní, «yo», atá, «tú»: siempre es la álef. En la relación del aní y del atá permanecemos muy limitados. Para trascender ese diálogo, que sigue siendo muy subjetivo, muy limitado, hay que pasar a la tercera persona; y la tercera persona es la posibilidad de trascender la materia que nos limita en nuestro proyecto y de aportar una luz del exterior, una nueva energía. Y eso es el mes de Elul, que comienza, en efecto, con una enseñanza nueva; eso es Elul. Elul está vinculado a la tribu de Gad. ¿Y cuál era la particularidad de Gad, según se nos dice? Eran soldados valerosos, muy diestros, pero tenían la particularidad de cortar de un solo tajo de espada la cabeza junto con el brazo, al mismo tiempo que el brazo; porque eran personas que no aceptaban ninguna disociación entre el pensamiento y la acción, entre el pensamiento y su realización.
Y por eso el nudo que llevamos en los tefilín de la mano es el de la yud. Así pues, la yud es el mes de Elul: es ella la que forja la identidad del mes de Elul. Ahora bien, hablaba yo de esta posibilidad, tras una búsqueda profunda, porque hay dos clases de reparación de una falta. Cuando uno comete un error y pide perdón a alguien, ya saben, no es lo mismo cuando se trata de una persona que frecuentamos a menudo, o de un empleado, o simplemente de un amigo: entonces contamos un poco con su indulgencia. Pero cuidado con cometer una falta frente a un superior: eso tiene consecuencias, y nos pone en un enorme aprieto. Porque, digan lo que digan, quizá nos perdone, pero no nos permitirá continuar nuestro camino en la promoción social, en la promoción laboral, en el ascenso. Existe, pues, lo que se llama teshuvá tataá y teshuvá ilaá, teshuvá inferior y teshuvá superior. En la primera, el arrepentimiento o el perdón es de calidad inferior: se le ha perdonado, se le ha perdonado; bueno, está bien, pero ya no te confío nada, ya no cuento contigo, has perdido mi confianza. Pero no: la otra es otra cosa: cometiste una falta grave, te perdono, pero no te descalifico; te doy todavía la posibilidad de afirmarte más. Ese es, en efecto, el principio del verdadero apego al que aspiramos: yashuv yerajamenu, «volverá a tener misericordia de nosotros». Yashuv yerajamenu: que nos dé de nuevo la posibilidad de una misericordia adicional que nos permita seguir adelante.
Sí, ¿y de qué manera? Hay un leitmotiv que vuelve en las oraciones características de los Yamim Noraim, estos días llamados «temibles». Lo traduzco así, «temibles», porque interviene en ello una noción de temor; pero no es «temible»: la palabra «temible» no es la adecuada. Porque cuando decimos del Santo, bendito sea, hagadol vehanorá, «el grande y el temible», eso no quiere decir que Le temamos. Así pues: uteshuvá utefilá utzedaká maavirín et róa hagzerá, «el arrepentimiento, la oración y la caridad anulan el rigor del decreto». Ese es el leitmotiv. La teshuvá: el arrepentimiento, el retorno sobre sí mismo, el retorno a ese estado de virginidad primera; la oración; y la tzedaká, la práctica de la caridad.
Maavirín et róa hagzerá: quitan el mal decreto, suprimen el mal decreto; por malo que sea el decreto, queda borrado de inmediato por estas tres cosas. ¿Cuál es la particularidad de estas tres cosas? Cuando nuestros sabios buscaron una pequeña alusión al mes de Elul en los textos, enunciaron tres versículos. Dirán ustedes que es rebuscado, traído por los pelos, pero hay que ver la idea que hay detrás. El primero, para la teshuvá, el arrepentimiento: umal Hashem Elokeja et levavjá veet levav zarejá, «Hashem tu D-os circuncidará tu corazón y el corazón de tu descendencia, de tu progenie». Et levavjá veet levav: álef, lámed, vav, lámed; ese es el primero. Pero no se contentaron con una primera alusión; consideraron que había que encontrar una segunda, y esta es mucho más conocida: Aní ledodí vedodí li. Aní comienza con una álef; «yo soy para mi amado», ledodí, la lámed; vedodí, «y mi amado», la vav; li, «para mí», la lámed. Y ahí tienen ustedes Elul. Y esta se vincula a la tefilá, la oración. Un paréntesis sobre este Aní ledodí vedodí li, «yo soy de mi amado y mi amado es mío»: quiere decir que la espiritualidad, el Creador, me devuelve la imagen que yo mismo Le doy. Todo depende de mi implicación: en una misma proporción, en igual proporción, Aní ledodí vedodí li. Cierro el paréntesis.
La tercera alusión la buscaron en la Meguilat Ester: ish lereehu umatanot laevyonim, «cada uno a su prójimo, y regalos a los pobres». Ish lereehu: en Purim tenemos la obligación de enviar, cada uno a su prójimo —ish, la álef; lereehu, «a su prójimo», la lámed; umatanot, «y regalos», la vav; laevyonim, «a los pobres», la lámed—, y ahí tienen ustedes Elul. Y esto se vincula al tercer elemento de teshuvá, tefilá, tzedaká: esta es la tzedaká, la caridad. Dicho de otro modo, este retorno sobre sí mismo se verifica en tres niveles. Primero, respecto de mí mismo. Todos estamos condicionados: la cultura de la época, las ideas de la época, la moda en el vestir, la rutina de la vida; y por mucho que quisiéramos desprendernos de ello, es imposible. La presión social es tal que uno no quiere condenarse a la vida del nazareo, a la abstinencia total, al aislamiento, a la soledad.
Ahora bien, si debo buscarme en lo más hondo de mí mismo, comparto con mi Creador un soplo, una parte de Él, de Su esencia; está ahí, en lo más hondo de mí. Para poder liberarla, ¿cómo lo haré si no aprendo, de vez en cuando, a despojarla de todas sus vestiduras, de todas sus envolturas, de todo ese manto de hipocresía? Así pues, la teshuvá, el retorno sobre sí mismo, es ante todo este retorno a lo que me caracteriza a mí. Yo soy diferente del otro; yo no soy el otro. Toda creación es singular, y yo estoy encargado de una misión que no es la misma que la del otro; es, pues, diferente. Se trata de mi identidad propia: porque fui creado tal como soy, no tengo las mismas facultades, no tengo las mismas aptitudes, pero se me pide que responda de aquello con lo que se me ha investido, y debo cumplir con mi tarea, que está a mi medida. Ese es el primer nivel: el retorno sobre sí mismo. El segundo es saber que hay un Boré Olam, un Creador del mundo; que hay algo que me supera; que no todo puede reducirse a la razón pura; que hay una fuerza exterior que rige el universo de otra manera, en otra perspectiva, y que debo inscribirme en esa perspectiva.
Liberar mi emuná, mi fe. Sí, porque esa relación pertenece al ámbito de la fe pura. Saben ustedes que todos los errores que cometemos representan la debilidad de una confianza: una falta de confianza en uno mismo, una falta de seguridad, una falta de fe; y es según el grado o la naturaleza de esa ausencia de fe como se pueden evaluar sus desdichadas consecuencias. Entonces hay que restablecer eso mediante la oración; y la oración consiste en establecer la palabra con la Palabra misma de la creación, con la Luz primera de la creación, con el Amor primero de la creación, porque dijimos que el mundo se ha convertido, en efecto, en la envoltura de esa Palabra. Sí, pero esa Palabra está presente en este mundo.
Hay que saber, en efecto, restablecer el contacto, la comunicación, y eso solo puede hacerse a través de la oración, ni siquiera a través del estudio, porque el estudio y la racionalidad son yediá, conocimiento. Y si la emuná se convierte en yediá, en conocimiento, ya no es emuná. Por último, el tercer registro, como dijimos, es ish lereehu umatanot laevyonim, «cada uno a su prójimo, y regalos a los pobres». ¿Cuál es mi relación con mi prójimo? Porque yo nunca soy un ser completo. Del mismo modo que el Santo, bendito sea, ocultó una parcela de Su luz en cada ser, ocultó también mi contraparte en mi prójimo. Por ejemplo —escuchen—, hay una parcela de mí en mi mujer. Ella es diferente, totalmente diferente; es mi sombra, pero es portadora de la parte de luz que comparto con ella. Compartimos, tenemos esa parcela de luz en común, porque procede del mismo origen, de la misma sustancia, de la misma naturaleza. Y ese sigue siendo el único medio de comunicación.
Ahora bien, si no me comporto con el prójimo —en mis relaciones con el prójimo— del mismo modo en que pido al Santo, bendito sea, que se comporte conmigo, ¿qué valen entonces mis peticiones ante el Creador? Es la misma red, es la misma conexión. Así pues, Elul es también ish lereehu umatanot laevyonim; esa es la razón. Y con esto creo que voy a cerrar mi reflexión sobre el mes de Elul. No sé; he hablado en años anteriores, pero no recuerdo de qué hablé. Me disculpo de antemano si a veces me repito, pero eso también forma parte del fenómeno del apego: es de la misma textura. Queda el último de los profetas, Malají.
¿Saben ustedes que tenemos, entre los Profetas, una colección de doce profetas? Hay quienes afirman que las palabras de estos profetas, de estos doce profetas en particular, resuenan cada una por separado en cada mes. Y el último mes del año, que es Elul, corresponde a la profecía de Malají. Ahora bien, Malají inauguró otra forma de profecía, que establece un diálogo entre él y el pueblo, un pueblo que había alcanzado cierta madurez y que era capaz de comprender. Y entonces hay una conversación a corazón abierto, y comienza diciendo: «Escuchen, Yo siempre los he considerado como Mis propios hijos —banim atem laShem, «hijos sois de Hashem»—, y ustedes deberían concederme el lugar de un av, de un padre».
Aquí abro un paréntesis. Siempre se habla de los Avot, los padres; no se dice las Imahot, las madres. Zejut avot: ¿por qué no zejut imahot? Zejut avot, el mérito de los padres; ¿y el mérito de las madres? No, no existe, no. Porque solo se puede ser padre a través de la madre; sin la madre, el atributo de padre no existe, no hay padre. Así que, cuando decimos zejut avot, es un conjunto. Vuelvo de mi paréntesis. Veim av aní ayé kevodí, «y si Yo soy Padre, ¿dónde está Mi honra?». Veim adoním aní ayé moraí, «y si Yo soy Señor» —si Me consideran Señor—, «¿de qué temor gozo, de cuál me beneficio?». Y al final, cuando habla de los tiempos venideros, es él el autor de aquel célebre versículo: «Les enviaré al profeta Eliyahu», veheshiv lev avot al banim velev banim al avotam, que restablecerá la comunicación entre los padres y los hijos, y entre los hijos y los padres.
¿Por qué precisamente esta relación, la relación por excelencia? Es la plataforma. Por cierto, Kabed et avija veet imeja, «Honra a tu padre y a tu madre»: ya saben que hay dos tablas en los Diez Mandamientos. La primera tabla pone de relieve la relación entre el hombre y su Creador. Por eso en la primera tabla aparece cada vez, en cada ley, en cada mandamiento, el Nombre de Hashem, el Nombre de D-os. En la segunda tabla ese Nombre está ausente. No está: lo tirtzaj, lo tinaf, lo tignov, lo taané [vereajá ed shaker], lo tajmod. Todo eso son cinco leyes que pertenecen, si se quiere, al orden moral; no es exactamente eso, pero el Nombre divino no figura en ellas.
Y entonces se preguntaron, se planteó la pregunta: Kabed et avija veet imeja, «Honra a tu padre y a tu madre»; ah, sí, ¿qué hace ahí? ¿No debería haber figurado entre los mandamientos de la segunda tabla? Hay tres socios en cada ser humano: el padre, la madre y la Shejiná. Eso es lo que nos hace decir que, en la pareja, uno más uno siempre es igual a tres, no a dos. Hay una presencia adicional en esa unión. Cabe entonces preguntarse cómo considerarlo: ¿es una mitzvá entre el Santo, bendito sea, y el hombre? Es decir: así como hay que respetar a los padres, hay que respetar a D-os; o así como hay que respetar a D-os, hay que respetar a los padres, porque la noción de padre implica que está en el origen del otro, de una existencia propia de cada ser humano […]. Otro paréntesis.
Y el padre tiene su padre, que tiene su padre, que tiene su padre, y así se remonta hasta Avraham, que es av hamón goyim, «padre de multitud de naciones». Y, desde luego, Avraham reconoce al Dueño del mundo como Padre. Al ken yaazov ish et aviv veet imó, «por eso dejará el hombre a su padre y a su madre» para unirse a su mujer. ¿De qué padre se trata aquí? Del Santo, bendito sea: es su padre; y su madre es Kneset Israel, la Congregación de Israel. ¿Y cómo va a desprenderse de ellos? Yaazov no significa aquí abandonar, sino más bien colaborar, sostener, mostrarse digno de su padre y de su madre. Pero si esta noción de Padre y Madre se encuentra en estado de duelo, está dicho: uvajtá et aviha veet imá yeraj yamim, «y llorará a su padre y a su madre un mes entero». Entonces la neshamá, el alma, debe llorar a su Padre y a su Madre durante treinta días. Treinta días: es el mes de Elul. Uvajtá et aviha veet imá: estamos llorando nuestra desconexión de Av y Em, del Padre y de la Madre.
Esta conexión con Av y Em tiene una dimensión divina. Porque, en el plano puramente social, por supuesto, ¿quién no practica el respeto a los padres? El respeto a los padres lo practica todo el mundo, el universo entero. Existe ese amor intenso que profesan a sus padres incluso las personas más perversas, las más inmorales, cada una a su manera. El propio Esav se distinguió por el respeto a sus padres; eso no se le puede reprochar. ¿Cómo es posible? Ah, sí: hay un respeto a los padres que se impone por naturaleza. Somos una parte de nuestros padres, somos una parte de nuestros padres; por naturaleza, les pertenecemos.
Depositaron algo en nosotros, luego se ocuparon de nosotros y, a pesar de todo, invirtieron algo, cada uno a su medida, a su manera. Pero la hakarat hatov, la gratitud, exige al menos un mínimo de reconocimiento. De lo contrario —lové rashá veló yeshalem—, solo el malvado pide prestado y nunca devuelve. A eso se parecería. Y así, el respeto a los padres lo practica, en efecto, el conjunto de la humanidad; y vemos que entre las naciones a veces se acentúa, incluso hasta el extremo. Entonces, ¿cuál es la diferencia? La diferencia es enorme, porque […] a este respecto. Está el respeto a los padres que procede de la racionalidad, de mis métodos, de mis atributos, de mi percepción de la moral, de mi sensibilidad afectiva. Y está el respeto a los padres que tiene una dimensión divina: respeto a mis padres, respeto esa Shejiná, esa presencia que dio la vida. Eso es inamovible; está más allá de toda racionalidad.
Y por eso todo descansa sobre ello. Las leyes ben adam laMakom, entre el hombre y D-os, y ben adam lajaveró, entre el hombre y su prójimo: el eje sobre el que giran todos los demás mandamientos es el respeto a los padres. Ahora bien, ¿qué es el mes de Elul en el fenómeno de la teshuvá, en la preparación de esa teshuvá? Es reencontrar las propias fuentes, reencontrar los propios orígenes, reencontrar a los padres, a los bisabuelos, remontarse hasta los Avot. Por eso invocamos a «nuestro D-os, el D-os de Avraham, el D-os de Israel», al D-os de los Avot, reconociéndonos como sus hijos. Y si hemos restablecido esta filiación como es debido… ¿Hay preguntas? —Sí, Kevod HaRav. Tengo dos pequeñas preguntas. La primera es sobre Esav. ¿Cómo es posible que Esav respetara tanto a sus padres, cuando vemos que el mundo occidental va más bien en sentido inverso, mientras que, al contrario, los musulmanes suelen respetar a sus padres? Hoy es más bien Ishmael quien respeta a sus padres, y más bien Esav quien los abandona por completo.
Es un poco extraño. Y luego, la segunda cosa: usted dijo que el respeto a los padres es algo que no es natural en absoluto. Yo creo que es la cosa más natural del mundo; el respeto a los padres es la cosa más natural del mundo, la más automática del mundo. —Pues sí, es lo que dije: está inscrito en la teva, en la naturaleza; está en la naturaleza del hombre. Usted dice que yo lo presenté como algo sobrenatural; pero no es sobrenatural, no es sobrenatural. ¿En qué sentido llega a serlo? En que no le doy simplemente el rango de las mitzvot ben adam lajaveró, el de la gratitud; se ha convertido en una mitzvá ben adam laMakom, porque vinculo el respeto a los padres con el respeto al Padre celestial.
Avinu Malkenu, «Padre nuestro, Rey nuestro»: siempre decimos Avinu antes de Malkenu. —Sí, pero eso es muy natural. Precisamente, es muy racional; es un razonamiento muy racional: del mismo modo que nuestros padres nos dieron la vida, etcétera. —No, no, no es racional. No se te ocurre remontarte, a través de tus padres, a tus bisabuelos, a los que no conociste, y más atrás aún… Se trata verdaderamente de recorrer toda la filiación hasta remontarse al origen; es decir, te inscribes en el trazado lógico de esos padres engendrados desde Avraham Avinu, Itzjak y Yaakov hasta el día de hoy. —Pero aun así es muy racional. ¿No se puede quedar uno ahí?
—¡Oh, qué racional! ¿Piensas en ello todo el tiempo? —Bueno, cada vez que estudiamos Torá, cada vez que nos… No hacemos más que establecer vínculos; establecemos vínculos todos los días. —Pero este vínculo, con todo, creo que no es evidente; está lejos de serlo. Porque cuando dices zejut avot, ¿a qué te refieres? ¿Qué es la zejut avot? ¿Por qué? Zejut avot […]. Tú no los conociste. Y sin embargo, son ellos los que se reflejan en cada generación, en cada generación. Esa zejut avot, esa parcela de los Avot, no se detuvo; siguió engendrando, generación tras generación…
…hasta llegar a ustedes, con su luz. —¿Cómo es posible que Esav muestre hoy tanto desinterés por sus padres? —Te diré: no se puede generalizar el problema. Creo que lo hace a su manera. Pone a sus padres en residencias, paga un servicio; a pesar de todo, lo paga con su dinero. Pero es incapaz: ha perdido esa sensibilidad, y aun así sigue atento a sus padres. No, no podemos tirarle la piedra. —De acuerdo. Muchas gracias, Kevod HaRav. —¿Puedo añadir algo? —Sí, sí, con mucho gusto. —Esta cuestión de Esav en la sociedad de hoy es, con todo, una cuestión muy importante, porque —no sé si es en esto en lo que pensaba Yves— estamos en la continuación de lo que inició durante la Segunda Guerra Mundial el nazismo, es decir, el apartamiento del origen biológico.
A eso se había aplicado: a la creación de seres humanos que se emanciparan por completo de un origen parental. Y esta idea, por desgracia, ha abierto su camino en nuestra sociedad actual, y estamos en una sociedad que se desintegra por completo a causa de ello. De hecho, la cuestión central hoy en el mundo profano es dejar de lado la noción de familia. Aquello en lo que se aplica hoy el sistema —al menos en Europa, el sistema occidental— es en desestructurar, en desmontar por completo la noción de familia, en dejarla totalmente de lado y emanciparse de un origen biológico. Y así nos encontramos en una sociedad desintegrada en todos los niveles, porque ya no se respeta ningún valor moral, ni siquiera los valores de principio más básicos.
Es decir, se decreta que ya no hay género, que ya no hay sexo, que se puede hacer absolutamente lo que se quiera. Entonces, efectivamente… —Hacer cualquier cosa. —Sí, efectivamente… Se puede hacer cualquier cosa. Hacer cualquier cosa, es decir, vivir en un mundo que es un mundo virtual, un mundo de ilusión. Pero esta noción de la desaparición de la familia y de la emancipación de un origen biológico… de hecho, yo pienso que la sociedad en la que vivimos no aplica solamente esa ideología del nazismo; aplica absolutamente todos los principios de la ideología del nazismo. Pero esa es otra cuestión; podemos hablar de ello en otro momento. No es solo esa.
Pero en cuanto a Esav y a este respeto a los padres, ¿cómo podemos, en primer lugar, entenderlo, y cómo podemos manejarlo? —Bien, la noción que todos los autores que se han inclinado sobre la cuestión… Porque en Bavá Batrá hay un relato que quizá ustedes no han seguido: un hombre que tenía varios hijos dejó toda su herencia a un solo hijo, sin nombrarlo; así que desheredó a todos sus hijos salvo a uno, pero ¿a cuál? El problema se sometió a varios rabinos, que no pudieron resolverlo. Rabí Banaá tuvo la siguiente idea. Dijo a los hijos: «Escuchen, ustedes están reclamando su dinero. ¿Saben?, yo, en su lugar, iría a golpear la tumba de su padre hasta que se levante y diga cuál es el verdadero hijo al que destina estos bienes».
Pues bien, los hijos, sin saber qué más hacer, dijeron: «Bueno, hagámoslo». Y todos se precipitaron sobre la tumba de su padre, con martillos, a golpes de pico, golpeando, golpeando, golpeando, esperando que lo hiciera. Uno solo no se atrevió a hacerlo. Él era el heredero. —Sí. Gracias. —Bien, adelante. —¿Puedo hacer una pregunta? —Sí, por favor. —Está en relación directa con la parentalidad. Usted evocó, o aludió una u otra vez, a la luz. —Sí. —Es evidentemente un tema indefinido, pero ¿qué entiende usted por la luz? —La luz es la revelación primera de D-os. El primer día, lo que Él revela es Su luz a través de las tinieblas. Las tinieblas son el mundo que Él crea.
Esas tinieblas, dado que son la materia, ocultan. La luz es lo que manifiesta; de hecho, dijo vayehí or, «y hubo luz»: es una luz que se manifiesta. No creó la luz; la formó. En cambio, lo que creó son las tinieblas. Al or, a la luz, le dio una forma, una estructura; pero las tinieblas las creó a partir de la nada. Son una creación ex nihilo. —Sí, pero entonces, la luz, ¿qué es? —Esa luz es la luz divina; es la que habita en cada uno de nosotros. Y podría decirse que está representada por la yud presente en cada uno.
—Está en el soplo divino, en la palabra. —Sí, el soplo divino es, al fin y al cabo, ese soplo que hizo la creación, esa Palabra creadora. —Sí, y el ser humano es depositario de ese soplo divino. —Sí. Por eso se dijo roím et hakolot: al pie del monte Sinaí vieron las voces. No dice que las oyeron. —¿Y qué puede hacer el hombre con esa luz que tiene dentro? ¿Debe revelársela a sí mismo? —Puede precisamente participar en el perfeccionamiento de este mundo, ¿no es así?, un mundo que fue creado en estado bruto y al que habría que darle una fisonomía humana. —¿Esta noción de luz se une con la noción científica de la luz, que es una onda?
—¿Perdón? —¿Se le podría encontrar, con todo, a la luz divina un parentesco con la luz en el sentido científico? Es una onda. —Es una onda y un corpúsculo; ondulatoria y corpuscular. —Sí, sí, sí, absolutamente. Pero seguiría siendo un derivado de esa luz. —Sí, absolutamente, sí. —Pero todo es un derivado de esa luz, en distintos grados. —¿Sería esa luz la que está en el origen de nuestra búsqueda de nosotros mismos? ¿Es la luz de la que somos depositarios la que nos lleva a…? —Sí, y por eso inauguramos el mes de Elul con el sonido del shofar, es decir, el soplo divino. —Entonces la luz sería a la vez la fuente de nuestra búsqueda y su objeto.
¿De qué está hecha? ¿Cuál es su…? ¿Cuál es su esencia? ¿Qué es? —Es imposible. Señora, si lo supiera, se lo habría dicho. —Sí, pero usted tiene, con todo, una aproximación, con su trabajo, con todas sus indagaciones. —Tiene usted el valor numérico de la luz, or: 207. Raz, misterio. —Gracias, gracias. —Bien, adelante. —Muchas gracias, Rav Benizri. Quisiera decir, con todo, que si se pregunta qué es la luz, qué representa la luz y qué se puede hacer con ella, deberían ustedes […] al Rav Benizri para ver lo que hace con la luz. —Sí, por supuesto. ¿Cuándo es la próxima intervención, la próxima clase? —El próximo domingo a las 19 h en Bruselas, 20 h en Israel. —Sí, lo sé.
Muchas gracias. Y recibimos la invitación cada vez, entonces. […]
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