Elul: cuando la maldición es una bendición

par le Rav Raphaël Benizri

Cuadernillo de estudio de esta clase

Un cuadernillo de estudio para imprimir: una pregunta por página, la respuesta del Rav, su fuente y una enseñanza para debatir en familia.

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El secreto revelado en un sueño: la maldición es en sí misma la bendición.

«Que termine el año con sus maldiciones, y que comience el año con sus bendiciones». Pero ¿de qué maldición se trata? La parashá Ki Tavó, que se lee antes de Rosh Hashaná, no concluye con ningún consuelo, sino solo con la amenaza de un regreso a Egipto y de un sufrimiento sin precedentes.

El Rav Raphaël Benizri parte de esta pregunta, la misma que le fue planteada a Rabí Shimón bar Yojai en su cueva, para desvelar el secreto de las maldiciones: en su esencia, son una bendición. La clase prosigue con los trece atributos, con el shofar como primer aliento de la palabra y con los cuatro acrósticos del mes de Elul.

Lo que enseña esta clase

La pregunta planteada a Rabí Shimón bar Yojai quedó al principio sin respuesta. Refugiado en su cueva con su hijo por miedo a los romanos, no supo qué responder a sus discípulos: ¿cómo puede comenzar el año con sus bendiciones si las maldiciones siguen ahí? Se echó a llorar y cayó en un sueño profundo, hasta que el profeta lo despertó: en estas maldiciones hay un secreto.

El secreto: la maldición es en sí misma una bendición. No hay verdadero consuelo al final de Ki Tavó, porque no hace falta: la amenaza misma lleva consigo la salvación. Pero para comprenderlo hay que volver al versículo de Devarim: «ki tolid banim uvené vanim», «cuando engendres hijos y nietos».

Dos series de maldiciones, dos destrucciones del Templo. Las primeras, que se leen antes de Shavuot, apuntan sobre todo a la destrucción del Primer Templo, y allí sí existe un consuelo, puesto que fue reconstruido setenta años después. Las segundas, que se leen antes de Rosh Hashaná, apuntan a la destrucción del Segundo Templo, conmemorada también el nueve del mes de Av.

«Venoshantem» comparte su raíz con yashén, dormir. Cuando engendres hijos y nietos y envejezcáis en la tierra: este envejecimiento es un estado de indolencia y de rutina, el mayor de los peligros, el que puede conducir al pueblo a su autodestrucción.

El exilio llegó dos años antes del plazo, para impedir la muerte. HaKadosh Baruj Hu (el Santo, bendito sea) exilió a Su pueblo de la tierra antes de que la amenaza se consumara. Este exilio es una manera de remodelar al pueblo en otro lugar, para que se replantee a sí mismo y elija por sí solo una orientación nueva: la que lo hará volver a su tierra.

La verdadera desaparición del pueblo sería su asimilación. No se trata de la aniquilación física, sino del momento en que el pueblo judío quiere volverse como las demás naciones, en que se funde y se asimila entre ellas, en que ya no se distingue entre un judío y un no judío. Pero D-os prometió que, como los cielos nuevos y la tierra nueva, esta descendencia permanecerá siempre.

La imagen de la pelota lanzada contra una pared. Lanzada con fuerza, vuelve hacia uno: con menos fuerza, pero vuelve, porque no puede destruir la pared. Así ocurre con las pruebas terribles: el movimiento de caída que comienza con el becerro de oro y se precipita hacia Tishá beAv choca con la promesa divina de no separar jamás el destino de Israel del ser mismo de la creación. La promesa lo hace retroceder, y ya no queda elección: hay que recomponerse.

Elul abre cuarenta días en los que nosotros mismos modelamos las tablas rotas. Las maldiciones que preceden a Rosh Hashaná preparan la nueva entrega de la Torá que llegará en Yom Kipur. Dos medios sirven a este fin: la invocación de los trece atributos de bondad y el shofar.

«Concederé Mi gracia incluso a quien no la merece». Este es el secreto de los trece atributos revelado a Moshé: daré Mi gracia a aquel a quien rodee de esta gracia, y Mi misericordia a quien la reciba. Llega un momento en que HaKadosh Baruj Hu mismo deja de lado la amenaza «heref miméni veashmidem» —«déjame, y destruiré a este pueblo»— y concede Su gracia.

El shofar está destinado a confundir al Satán. El Satán es el ángel de la muerte: el que alimenta el orgullo y una soberbia desmedida, ardiente como un toro que embiste contra el hombre. O bien es el jamor, el asno, que ha elegido soportar, cargar con los fardos, indiferente a todo. El sonido del shofar siembra la confusión en ambas tendencias, la una activa, la otra pasiva.

La jaradá no es el miedo: es un plan desbaratado. El verbo jarad aparece por primera vez cuando Yaakov, vestido con las ropas de Esav, viene a tomar la bendición: un sobresalto en su grado más alto. Luego, cuando los hermanos, de regreso de Egipto, encuentran su dinero en los sacos de trigo. La jaradá es esa sacudida que detiene el curso de un acontecimiento y obliga a repensarlo de otro modo.

El shofar es la neshamá primera, la palabra en gestación. La palabra se manifiesta en tres estadios: neshamá, rúaj, néfesh. El niño que aún no habla tiene su neshimá, su respiración, y solo expresa sus necesidades por medio del llanto. El shofar es ese primer aliento, cuando la palabra solo puede expresarse a través de gemidos y lágrimas: un sonido que no se traduce en palabras y que no se ajusta a ninguna melodía.

Hoy se ha vaciado este sonido de su resonancia. Los niños juegan con el shofar; se organizan concursos del mejor tañedor de shofar. Pero el shofar es el derramamiento del alma, su expresión en bruto, lo que el alma puede expresar desde lo más hondo de sí misma.

Tekiat shofar significa «clavar». El verbo hebreo designa el acto de clavar una estaca, de forzar un objeto a encajar en otro. ¿Por qué este término? Porque hemos adoptado un lenguaje formal que permite maquillar las situaciones, politizar, seducir, mentir, engañar. Contra este lenguaje que ha perdido toda proporción —como ocurrió con las primeras lujot (tablas)— hace falta un sonido nuevo.

En el Sinaí todo calló mientras el shofar se amplificaba. Ningún pájaro gorjeó, ninguna bestia emitió un sonido; la tierra se quedó inmóvil, toda relación se quedó inmóvil. Hay que recrear, reencontrar un lenguaje. Las segundas tablas son el segundo lenguaje, el dibur (la palabra): como el primero fue falsificado, hay que restituirlo de otra manera.

Cuarenta días para restituir una comunicación sana entre D-os y el hombre. Más allá de los textos, que varían según las comunidades, y de las fechas de inicio, en este punto hay unanimidad. El mundo fue creado por la palabra: hay que devolverle a la palabra su fuerza creadora y su vibración, desde Rosh Jodesh Elul hasta Yom Kipur.

De cincuenta y siete acrósticos bíblicos, se retienen cuatro para Elul. El primero es «Aní ledodí vedodí li». La primera falsificación que nos amenaza es la del amor, cuando falta la reciprocidad. Porque la relación que vivimos en lo absoluto es la que vivimos en miniatura en el hogar; y si ese amor fracasa, son los hijos quienes primero sufren las consecuencias.

El segundo acróstico: circuncidar el corazón es ir en contra de lo natural. Hay que practicar la circuncisión sobre el mal, no dejarlo en su naturaleza bruta. Hay que aprender a amar, no permanecer insensible, no dar una patada a todo lo que los padres han edificado, e incitar a las nuevas generaciones a honrar esa herencia. «Es difícil», repite el Rav.

El tercero: «ish lereehu umatanot laevyonim», la vida comunitaria. Un movimiento de unidad en el que cada uno se reconoce a través de su prójimo, y una generosidad hacia quienes carecen de todo: una carencia que puede ser de consuelo, intelectual o de medios de subsistencia.

«La reciprocidad no engendra más que violencia». Me dijiste, te dije; me hiciste, te hice; te pago con la misma moneda. Es la peor de las conductas. Hay que saber vivir dentro de una alianza, pero el Rav la entiende de otro modo: no como igualdad total, sino más bien como una desigualdad a favor del otro.

El cuarto acróstico habla del homicidio involuntario. «VehaElokim iná leyadó»: a quien ha matado por accidente, D-os le da una posibilidad de refugio y de reconsideración. Vive bajo el peso del remordimiento, porque hubo una muerte y eso no se repara. El mensaje vale para toda crisis que no hemos elegido: te ayudaré a reconstruirte a partir de ahí.

También somos víctimas de los accidentes de los demás. De su mala conducta, de su irresponsabilidad. No lo quisimos: otros nos arrastran a la guerra, y al final eso nos alcanza también a nosotros. Es en este cuarto punto donde el Rav interrumpe su reflexión, anunciando que la retomará más adelante.

Transcripción completa de la clase

El Año Nuevo, el Año Nuevo, al que siempre acompañamos con este deseo: «Tijlé shaná ukilelotea» —«que termine el año con sus maldiciones»—, «tajel shaná uvirjotea» —«que comience el año con sus bendiciones»—. Entonces, ¿de qué maldición se trata? Ustedes saben que Ezra instituyó que antes de Shavuot, es decir, antes de celebrar la entrega de la Torá, leyéramos una parashá (sección de la Torá) de kelalot, de maldiciones: amenazas de muerte que pesan sobre el pueblo si alguna vez no respeta la finalidad de la salida de Egipto. E instituyó también que antes de Rosh Hashaná leyéramos otra parashá de maldiciones, a saber, la parashat Ki Tavó, que leeremos la semana próxima. Ahora bien, esta parashá no termina con palabras de consuelo, como sí lo hace la primera, la parashá que precede a Shavuot. Y nos preguntamos: ¿por qué? ¿Por qué razón, por qué razón?

Lo que nos desconcierta es que los versículos concluyen con «veheshivjá Hashem Mitzráyim baoniyot» —«Hashem te hará volver a Egipto en naves» (Devarim 28:68)—, con la amenaza de un regreso a Egipto, de un sufrimiento como nunca hemos conocido. Y nos preguntamos adónde nos va a llevar esto, y cómo podemos decir entonces «que termine el año con sus maldiciones», cuando esas maldiciones están ahí: las leemos todos, todos los años, y no las vamos a borrar. Esas amenazas pesan sobre nosotros; entonces, ¿cómo podemos comenzar el año con sus bendiciones? Es una pregunta que le fue planteada a Rabí Shimón bar Yojai, y no supo responderla. Estaba refugiado en su cueva con su hijo, por miedo a ser apresado por los romanos y sometido a violencias físicas porque seguía manteniendo el estudio de la Torá; sus discípulos lograron hacerle llegar esta pregunta y, como no sabía qué responder, él mismo se echó a llorar y cayó en un sueño profundo, hasta que el profeta lo despertó diciéndole: en las segundas bendiciones —en las segundas maldiciones— hay un secreto: no hay verdadero consuelo. ¿Por qué? Porque la maldición es en sí misma una bendición. Que la maldición sea una bendición resulta un tanto sorprendente. Pero para comprenderlo hay que volver a otro texto de Devarim: «Ki tolid banim uvené vanim venoshantem baáretz» —«Cuando engendres hijos y nietos, y hayáis envejecido en la tierra» (Devarim 4:25)—. Ustedes saben que Tishá beAv conmemora la destrucción del Primer y del Segundo Templo; y sabemos muy bien que las primeras maldiciones están más orientadas hacia la destrucción del Primer Templo. Allí hubo un consuelo, puesto que setenta años después se construyó el Segundo Templo. Pero las segundas maldiciones apuntan más bien a la destrucción del Segundo Templo, que se conmemora también el nueve de Av.

Así pues, el día de Tishá beAv, la lectura de la Torá se articula en torno a «ki tolid banim uvené vanim» —«cuando engendres hijos y nietos»— y luego venoshantem: si envejecéis en esta tierra, ese envejecimiento puede efectivamente conducir a la autodestrucción del pueblo judío. Pero HaKadosh Baruj Hu (el Santo, bendito sea) hizo que ese envejecimiento no desembocara en la muerte. ¿De qué manera? Dos años antes de que la amenaza de muerte se consumara, exilió a Su pueblo de la tierra; y este exilio es una manera de remodelarlo en otro lugar, para que vuelva a pensarse a sí mismo y elija por su cuenta una nueva orientación: la que lo hará volver a su tierra.

Y en el fondo, el término venoshantem, ese envejecimiento, comparte su raíz con el verbo yashén, con shená: el sueño. El sueño —ese estado de indolencia, de rutina— es incluso el mayor de los peligros. El mayor de los peligros, porque los hijos y los nietos viven en otras condiciones, en condiciones nuevas, que no son las de sus padres, de sus bisabuelos, etcétera. El mundo avanza, y avanza con «hamejadesh betuvó bejol yom tamid maasé vereshit» —«Quien en Su bondad renueva cada día, continuamente, la obra de la creación»—. Él renueva la vida. Las condiciones de vida no son las mismas, puesto que, como hemos dicho, hay un comienzo y, por consiguiente, hay una finalidad, hay un propósito; hay una historia que se va haciendo desde la creación hasta la llegada del mundo mesiánico. Por eso un día no es igual a otro, ni una generación es igual a la que se vivió antes que ella; y esto lo atestigua el movimiento de las generaciones, sus nuevas pruebas y la manera en que cada generación, en su tiempo, supera sus desafíos.

Así pues, se nos enseña que el hecho de adelantar el exilio, antes del plazo fijado, tenía como fin prevenir la desaparición del pueblo entre las naciones. ¿Y qué es la desaparición del pueblo entre las naciones? Es cuando el pueblo judío quiere volverse como las demás naciones. Ahí está, fundido en las naciones, asimilado entre las naciones: esa es su forma de desaparición. Ya no se distingue entre un judío y un no judío. Ahora bien, HaKadosh Baruj Hu prometió que el pueblo judío nunca desaparecerá: «ki kaashér hashamáyim hajadashim vehaáretz hajadashá… ken yaamod zarajem veshimjem» —«pues así como los cielos nuevos y la tierra nueva… así permanecerán vuestra descendencia y vuestro nombre» (Yeshayahu 66:22)—. Como los cielos nuevos y la tierra nueva, vuestra descendencia estará siempre presente. El pueblo judío está ligado a la existencia física misma de este mundo y, por lo tanto, no se puede imaginar ni por un instante su desaparición. ¿Qué sucede entonces cuando HaKadosh Baruj Hu trae calamidades e impone duras pruebas al pueblo judío?

No es —nunca es— para desterrarlo de la tierra, sino siempre para permitirle sobrevivir, atravesar sus pruebas y renovar sus energías vitales. Y por eso las kelalot, las maldiciones, son en su esencia una bendición. Es un fenómeno que nuestros Sabios expresaron con la siguiente imagen. Cuando lanzan con fuerza una pelota contra una pared, vuelve hacia ustedes; no con la misma intensidad, desde luego, con menos fuerza, pero ha encontrado una pared, no puede destruirla, y entonces vuelve. El mismo fenómeno se plantea en el pensamiento judío; solo que aquí la fuerza que lanza la pelota es la de las pruebas terribles que D-os impone a Su pueblo. Porque las tablas de la Ley —el mismo día en que se celebraba la entrega de la Torá— fueron profanadas por el pecado del becerro de oro; y a partir de ahí comienza verdaderamente una caída, una decadencia, que nos precipita hacia Tishá beAv, hacia la destrucción total.

Cuarenta días después fueron rotas las tablas de la Ley, las primeras tablas. Estamos, pues, en un camino resbaladizo, en una pendiente precipitada hacia la nada; pero en ese preciso momento surge la promesa de D-os de no separar jamás el destino del pueblo judío del ser de la creación, del universo. Y entonces ese movimiento de caída se encuentra con esa fuerza primera, la promesa de D-os, que lo empuja con fuerza hacia atrás, de modo que ya no hay elección posible; al contrario, ahora hay que recomponerse. Ese es el fenómeno de las primeras maldiciones, las que preceden a Shavuot, que forman un todo con las maldiciones que preceden a Rosh Hashaná; las maldiciones anteriores a Rosh Hashaná, que evocan la destrucción del Segundo Templo y que preparan la nueva entrega de la Torá que llegará en Yom Kipur. Y esto comienza en Rosh Jodesh Elul, el primer día del mes.

Empezamos a contar esos cuarenta días en los que, efectivamente, intentamos repensar nuestra existencia, nuestra vida, y modelar con nuestras propias manos las tablas de la Ley que rompimos la primera vez. ¿Y cómo se hace? Hay dos cosas. Está la invocación de los trece atributos de bondad de D-os, porque todo es «bedil vayaavor». ¿Bedil vayaavor? ¿Qué quiere decir este bedil vayaavor? Pedimos a HaKadosh Baruj Hu que se acuerde de nuestros padres —de Avraham, de Itzjak, de Yaakov, de David, de Shelomó— y le pedimos que nos conceda Su favor, que nos salve, que cure a los enfermos del pueblo de Israel, etcétera; y siempre: bedil vayaavor, bedil vayaavor, bedil vayaavor.

¿Qué quiere decir este bedil vayaavor? «A causa de Vayaavor», «Y pasó». ¿Y qué es Vayaavor? Es la invocación de los trece atributos. Pero ¿cuál es el secreto de estos trece atributos? Es cuando HaKadosh Baruj Hu le dijo a Moshé: ahora que Me pides el secreto de Mi conducta hacia el pueblo de Israel, has de saber que «vejanotí et ashér ajón verijamtí et ashér arajem» (Shemot 33:19): daré Mi gracia a aquel a quien rodee de esa gracia, y tendré misericordia de aquel que reciba esa misericordia. Y los Sabios le dieron esta interpretación: concederé Mi gracia aunque no la merezca; concederé Mi misericordia aunque no sea digno de ella. Es decir, llega un momento en que HaKadosh Baruj Hu mismo deja de lado la amenaza «heref miméni veashmidem» (Devarim 9:14) —«déjame, y destruiré a este pueblo»— y concede Su gracia a Su pueblo.

Y nosotros, en nuestras oraciones, al invocar estos trece atributos de gracia, decimos: «Haz esto por nosotros, concédenos aquello; y así será, así será, puesto que Tú nos lo prometiste». Nos lo prometiste cuando Te revelaste a Moshé, cuando él intercedió —cuando intercedió para pedir una prórroga para el pueblo—, y Tú le prometiste que así sería. Esa es la primera cosa. La segunda, la segunda es el shofar. Y el shofar está concebido learbev et haSatán, para confundir al Satán, para sembrar la confusión en el Satán. ¿Qué es el Satán? «Hu Satán, hu yétzer hará, hu malaj hamávet»: «él es el Satán, él es la mala inclinación, él es el ángel de la muerte». El Satán es el ángel de la muerte.

El Satán es aquel que, efectivamente, alimenta en nosotros un sentimiento de orgullo, una soberbia desmedida: eso es cuando está ardiente, como un toro que embiste contra el hombre. O bien es como el jamor, el asno, cuando ha elegido soportar las cosas, quedarse en su sitio, quedarse de pie, no prestar atención a nada, no velar. Soporta las cosas […]; la carga, la soporta, pero es completamente indiferente. Ese es el malaj hamávet, ese es el Satán; ese es el ángel de la muerte, el ángel de la muerte. ¿Y cómo se confunde al Satán? ¿Cómo se siembra la confusión en estas dos tendencias,

la una activa, la otra pasiva? Por el sonido del shofar. El sonido del shofar. Ah, sí: «Im yitaká shofar beír veam lo yejeradu?» (Amós 3:6): ¿se tocará el shofar en una ciudad y el pueblo no temblará, no caerá en la turbación, en la jaradá? Hoy se habla de los jaredim, pero no se sabe lo que significa. Ahora bien, la fuente de la palabra jaredim está en las palabras de los profetas: «Shimú dvar Hashem hajaredim el devaró» (Yeshayahu 66:5) —«Escuchad la palabra de Hashem, los que tembláis ante Su palabra»—: vosotros que tembláis, que os turbáis, cuando oís la palabra de D-os. Para ello hay que remontarse al origen del verbo jarad en el texto. ¿Cuándo aparece el verbo por primera vez? Cuando Yaakov, vestido con las ropas de Esav, se presenta ante Itzjak para tomar la bendición; y allí se dice: «Vayejerad Itzjak jaradá guedolá ad meod» —«Y se estremeció Itzjak con un estremecimiento sumamente grande» (Bereshit 27:33)—.

Itzjak quedó sobrecogido por un temblor, por un desconcierto en su grado más alto, porque, imagínense, tenía un modo de actuar, un plan; pero resulta que Yaakov surge ante él con la vestimenta de Esav, y entonces su plan queda desbaratado. Su plan quedó desbaratado: eso es la jaradá. Y volvemos a encontrar este sentido de jaradá una segunda vez, una segunda vez, cuando los hijos de Yaakov suben de Egipto cargados con todos los sacos de trigo que Yosef había dado a cada uno de sus hermanos para combatir el hambre que se había abatido sobre la tierra de Israel y había golpeado a la familia. Y cuando abrieron los sacos, encontraron su dinero —el dinero que habían dado a Yosef para pagar el trigo—, y los hermanos se preguntan: pero ¿qué nos están preparando? Se habían fiado de sus suposiciones y se equivocaban: creían estar en la buena corriente de la historia, y resulta que no. Entonces, ¿qué es la jaradá? La jaradá es esa sacudida que detiene el curso de un hecho, de un acontecimiento, y que obliga a repensarlo de otro modo, a situarlo de otra manera. Y esa es la fuerza del shofar.

¿Se tocará el shofar en una ciudad y el pueblo no temblará, no se preguntará por qué está ahí, por qué ha sonado el shofar? Lamentablemente, hoy le hemos quitado en cierta medida al shofar toda su resonancia, su vibración profunda en la conciencia […]. Hoy los niños juegan con el shofar, y hay concursos del mejor tañedor de shofar; pero el shofar es el derramamiento del alma. ¿Qué derramamiento del alma? Hay tres estadios en la manifestación de la palabra: néfesh, rúaj, neshamá. Esto muestra muy bien que, cuando D-os distinguió al hombre de todos los animales por el aliento de la palabra, eso fue llamado néfesh jayá, alma viviente: la palabra fue llamada néfesh jayá. Pero esta néfesh jayá es un aliento en movimiento, un aliento en movimiento que ha sido articulado: se ha convertido en néfesh, se ha convertido en palabra.

Pero ese aliento partió de la neshimá, de la respiración misma. Un niño todavía no sabe hablar. Tiene su neshimá, su respiración, pero aún no ha dado forma a su aliento; no tiene más que su llanto, y es a través del llanto como expresa sus necesidades. Más adelante articulará ese aliento, le dará un cuerpo, le dará una forma. ¿Qué es el shofar? El shofar es la neshamá primera de la palabra. Cuando logra expresarse, solo puede hacerlo a través de lamentos, jadeos, gritos, gemidos y llantos. Es la palabra en su primera gestación. Por eso, cuando nuestros Sabios hablaron del shofar, hablaron de un sonido que no puede traducirse en palabras.

No puede ajustarse a ningún movimiento musical. Permanece en su expresión bruta: lo que el alma, en lo más hondo de sí misma, puede expresar; su neshimá, su neshimá. Y por eso se habla de tekiat shofar, tekiat shofar. ¿Qué quiere decir el verbo taká en hebreo? El verbo taká en hebreo quiere decir «clavar». Litkoa yated es clavar una estaca, forzar un objeto a encajar en otro. ¿Y por qué se eligió este término, litkoa bashofar, «clavar» el shofar? El sentido es que hemos adoptado un lenguaje algo formal que nos permite maquillar un poco todas las situaciones, politizar nuestro lenguaje, seducir, mentir, engañar. Pero para combatir este fenómeno de un lenguaje que ha perdido toda proporción —como les ocurrió a los primeros dibrot, las primeras palabras, a causa del pecado—, hace falta un sonido nuevo: el sonido del shofar.

Por eso, en el momento en que D-os se reveló al pueblo de Israel, «vayehí kol hashofar holej vejazek meod» —«y el sonido del shofar iba creciendo cada vez más» (Shemot 19:19)—. El sonido del shofar iba en aumento; el sonido del shofar va en aumento, y todo el mundo calla. Ningún pájaro gorjeó, ninguna bestia emitió un sonido; la tierra se quedó inmóvil, toda la creación. Hay que recrear, hay que reencontrar el lenguaje. Y es este proceso de recreación del lenguaje el que nos llevará a los segundos dibrot. Los segundos dibrot son el segundo lenguaje, el dibur, la palabra. El primer dibur de HaKadosh Baruj Hu fue falsificado, fue desvirtuado; ahora hay que restituirlo de otra manera. A eso nos dedicamos a partir de Rosh Jodesh Elul.

Porque, al margen de todos los textos que varían según las comunidades y de las fechas en que comienzan las selijot (oraciones penitenciales), etcétera, hay algo en lo que todas las comunidades coinciden: cuarenta días antes de la restitución de una comunicación sana entre D-os y el hombre, empezamos a tocar el shofar. Empezamos a devolver a ese aliento primero del hombre su verdadera naturaleza. Ahora bien, el mundo fue creado por la palabra; hay que devolverle a la palabra su fuerza creadora, su vibración. A eso nos aplicamos desde el principio, desde Rosh Jodesh Elul, hasta que finalmente concluyamos esta liberación de nuestro ser de todos los artificios de la palabra mediante el sonido del shofar.

[…] Ustedes saben que nuestros Sabios encontraron rashé tevot —acrósticos— para el mes de Elul: álef, lámed, vav, lámed. Si buscáramos todos los acrósticos de este tipo que hay en la Biblia, encontraríamos cincuenta y siete; pero lo que se encuentra en general, y lo que se retiene, son cuatro. ¿Cuáles son esos cuatro? «Aní ledodí vedodí li» —«Yo soy de mi amado y mi amado es mío» (Shir haShirim 6:3)—: aní, álef; ledodí, lámed; vedodí, vav; li, lámed. Ahora bien, la primera falsificación que amenaza al ser humano es la del amor: cuando no hay reciprocidad en el amor. Aní ledodí vedodí li: mi amado es mío, y yo soy de mi amado. Es el secreto del reconocimiento de toda persona,

de reconocerla en su existencia misma. Porque hay que saber que la relación que vivimos con D-os en lo absoluto es la que vivimos en miniatura en la relación de pareja. Hay que dar a este amor los kidushín, el sentido de la santidad, el sentido de la santidad. Eso es lo que intentamos hacer, y de ello depende el éxito de este primer punto. Pero este compromete a toda una generación, la educación de cada generación: porque si este amor fracasa, los primeros en sufrir las consecuencias son los hijos. Luego el segundo, el segundo acróstico de Elul: «Umal Hashem Elokeja et levavjá veet levav zarejá» —«Y circuncidará Hashem tu D-os tu corazón y el corazón de tu descendencia» (Devarim 30:6)—: et, levavjá, veet, levav; álef, lámed, vav, lámed: Elul. Es la circuncisión del corazón. Porque, en definitiva, ¿qué es la circuncisión?

Es un acto primordial: ir en contra de la naturaleza, del orden de las cosas, de los datos naturales y morales. La circuncisión. Así pues, el primer despertar consiste en practicar la circuncisión sobre el mal. No hay que dejarlo en su naturaleza primera, en su naturaleza bruta; hay que rectificarlo a través de la carne misma. Y así hay que enseñar al ser humano a amar, a no permanecer insensible, a no dar una patada a todo lo que los padres han edificado; tratar de atraer a las nuevas generaciones hacia la verdadera herencia de sus padres. Es difícil, es difícil […]. Pero lo que invocamos en nuestras oraciones […] es la fuerza, la fuerza de nuestros padres: es ella la que nos da, es esa fuente la que nos da.

Así pues, Elul nos compromete no solo a dar un nuevo vigor a nuestro amor santo, sino también a poner más énfasis en la educación de nuestros hijos, de la que depende igualmente nuestro futuro. Está en juego nuestro propio ser, nuestra dignidad, nuestra educación. Y un tercer aspecto. […] Pero lo que importa —se lo he dicho siempre— es la idea que se perfila a través de «ish lereehu umatanot laevyonim» —«[porciones] cada uno a su prójimo, y regalos a los pobres» (Ester 9:22)—. Está en la Meguilat Ester: hay un movimiento de unidad del pueblo judío, en el que cada uno se reconoce a través de su prójimo, […] y una generosidad hacia quienes carecen de todo. Y atención: la carencia puede ser de distintos tipos: una carencia de consuelo, una carencia intelectual, una carencia de medios físicos de subsistencia, etcétera.

Así pues, el tercer punto fuerte de nuestra reconsideración para este nuevo año es nuestra vida comunitaria, que solo puede recuperar su comunicación, su facilidad de comunicación, su unidad, a través de la entrega de uno mismo. Lo digo a menudo: la reciprocidad no engendra más que violencia. Me dijiste, te dije; me hiciste, te hice; te pago con la misma moneda, etcétera. Es la peor de las conductas, del comportamiento humano. No: hay que saber situarse siempre en una berit, una alianza. Sí, una alianza compromete a ambas partes por igual a hacer ciertas cosas; pero yo la considero como una berit jésed, una alianza de bondad: no voy a situar las cosas en la igualdad total, sino en una desigualdad a tu favor, a favor del otro.

Ese es el tercer capítulo de la reflexión, y por último un cuarto: «VehaElokim iná leyadó vesamtí lejá makom» —«pero D-os lo hizo caer en su mano, y Yo te señalaré un lugar» (Shemot 21:13)—. Se trata de alguien que ha matado por inadvertencia. HaKadosh Baruj Hu le da una posibilidad de refugio, de reconsiderar el accidente del que fue autor sin verlo, un accidente que lo carcome porque hubo una muerte, y que no le da respiro bajo el peso del remordimiento. ¿Y ustedes, entonces? Hay momentos de crisis en la vida. Hay situaciones que no hemos querido. Hay errores que hemos vivido. […] Y eso me persigue. «Te ayudaré a reconstruirte a partir de ahí».

Es un hecho, porque incluso cuando nosotros mismos no provocamos ningún accidente, a veces somos víctimas de los accidentes causados por otros, de su mala conducta, de su irresponsabilidad, etcétera. No lo quisimos: otros nos arrastran a la guerra […], y eso nos cuesta. […] Ese es el cuarto. Creo que voy a tener que detenerme aquí. Continuaré esta reflexión, no la semana próxima, porque participaré en un acontecimiento familiar, una ocasión feliz […], si D-os quiere. Así que nos volveremos a ver en otra ocasión. Y ahora, si tienen preguntas, con mucho gusto las responderé. —Quería hacerle una pequeña pregunta. Con todas sus explicaciones sobre el shofar, uno se pregunta cómo se puede escuchar realmente el shofar e interiorizarlo antes de Rosh Hashaná o antes de Yom Kipur. Porque mientras uno no haya sido «limpiado», entre comillas, por […]

Un estudio del Rav Raphaël Benizri. Encuentre todas las clases de la serie sobre el mes de Elul.

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